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ISBN: 84-607-1379-2EL PUENTE VASCÓN Goio Baldus Euskal Herria Euskadi Alice Bailey El enigma de suso Uno de los innumerables Pulsar que recorren infatigablemente las profundidades más absolutas del Universo, como si fuera una sutil chispita electromagnéticamente neutra y provista de una misteriosa e ignota información, surcaba a velocidades de auténtico vértigo por entre incontables vórtices luminosos, los cuales aparecían súbitamente ante la veloz chispita como diminutos y fugaces puntos de luz que se iban quedando atrás para difuminarse a continuación, dejándose ver después como un lejano manto de resplandores giratorios. Después, la chispita neutrónica eligió uno de los abundantísimos vórtices de luz giratoria, y se dirigió al instante hacia él. Al aproximarse, el puntito de luz fue ganando en tamaño, transformándose en una descomunal Galaxia que giraba lenta y majestuosamente, provocando con su movimiento una musical y nebulosa espiral cuyos brazos de materia interestelar iban alargándose lánguidamente hasta parecer que todo el conjunto, en la medida que seguía melodiosa y altívamente dando vueltas y vueltas sobre sí, tendía de improviso a contraerse, a absorberse a sí mismo, para volver a su intangibilidad originaria después de incontables eones de manifestación rotatoria, sonora, luminosa y tangible. Luego, la chispita galáctica, ante tanto fenómeno cósmico, penetró a través de uno de los brazos de la espiral de la Galaxia, y multitud de Soles con sus respectivos Planetas fueron apareciendo ante la incansable chispita. Aquí también se decidió por uno de los muchísimos Sistemas Solares que había por todas partes, y, como en la vez anterior, el objeto de sus deseos surgió ante su percepción en toda su grandiosidad. La chispita solar distinguió un radiante Sol, y después ocho o nueve o quizá diez Esferas rotando en derredor del Luminoso Rey. Era como un gigantesco átomo, con su núcleo de protones positivos y neutrones andróginos en su centro solar, y con sus electrones negativos o planetas rotando cuan spin y girando en derredor del núcleo o ígneo Rey Solar. Si la sub estancia molecular de las células radicaba en sus diversas y minúsculas estructuraciones atómicas, la sub estancia “molecular” de las Galaxias radicaba en sus diversos e incontables sistemas solares que eran como los átomos del aún desconocido Cosmos. La chispita terráquea encaminó su andar cósmico hacia una de las Esferas electrónicas, la cual destacaba del resto por irradiar una límpida tonalidad opalina. Aparecieron algunos cúmulos de blancas nubes, los azules mares, los continentes de diverso colorido, Europa y el norte de África. Casi entre ambas tierras, se delimitó con precisión el contorno costero de una curiosa y llamativa Península, menos fina que la perfilada a su derecha; y al norte de ella, al norte de la más tosca, en su mismísimo y ancho istmo como cuello de buey, se pudo contemplar una cadena de montes surgidos de improviso. La chispita ibérica fue hacia aquellos montes, deleitándose en sus elegantes y blancas cumbres, en sus profundos y sombríos valles, en sus umbrías impregnadas de rocío matutino, en sus escarpadas y agrestes laderas, así como en sus altivos y grises peñascales, a la manera de auténticas fortalezas de piedra provistas de erizadas murallas ciclópeas a cuyos pies se esparcían unos frondosos y vivificantes bosques insertados entre verdes praderas de buen pasto y mejor retoce a la cálida voluptuosidad del Sol. “¡Qué chorras! ¡Viva el retoce terráqueo!”, se dijo la chispita a sí misma con una ligera añoranza. La chispita montaraz y un tanto excitada, dejando a un lado sus atávicos instintos carnales, sobrevoló uno de los peñascales y allí, sobre el mismísimo borde del abismo, divisó a Pello. Se fue hacia él y, entrando por la médula oblonga del cerebro del solitario montañero, como un compact disc que se inserta en un ordenador, se dispuso a conocer las ideas, sentimientos, emociones, deseos e instintos que pululaban por los recovecos más íntimos de su personalidad. Asimismo; y respetando escrupulosamente la independencia de criterio del solitario montañés, o sea, siempre y en todo momento y lugar; la chispita animadora también estaba dispuesta a colaborar con Pello en todo aquello que fuera posible. Para eso había llegado hasta él. Lo que viene a continuación, desde la perspectiva de la chispita, es la narración de la historia de las cosas de Pello, y la descripción de los momentos en los que no tuvo más remedio que intervenir. Y así es como ella lo vio, por muy absurdo y fantasioso que pueda parecer.
Capítulo 1. EL PACTO Principios de junio de 1998 en un ancestral lugar del Pirineo navarro. Pedro Iturriotz Urotz, Pello para su abuelo y Kepa para su madre, era ante todo y sobre todo un navarro de pura cepa. Como le inculcó su abuelo, el ser Nafarroako euskaldun era mucho más importante que cualquier título nobiliario, principesco o real. Nacido en Goizueta a últimos de la década de los 40, sus primeros recuerdos eran para su madre, después para su abuelo y ya en grado mucho menor, tenía una ligera y difusa imagen de su padre. Pello, con casi 50 años a cuestas, estaba viendo declinar la tarde de un espléndido día de finales de primavera desde la cima del Ezkaurre, situada en el extremo oriental del Pirineo navarro para unos, o nabarro para otros. Contemplaba, al frente y al fondo, la llamada parte francesa de Euskal Herria y, a su izquierda, la también llamada parte española. Abajo, justamente a menos de un suspiro de distancia de las punteras de sus botas, descendía verticalmente un desafiante murallón de piedra en una interminable caída libre, en un impresionante descenso en picado de algo más de setecientos metros de altura; lo cual le permitía a Pello, a vista de pájaro de altos vuelos, como si estuviese dotado del poder del águila, observar el lejano, diminuto y serpenteante riachuelo verdusco que discurre, cuan zigzagueante culebra, por la localidad oscense de Zuriza. Sin embargo, para la consciencia de Pello, la posición que había adoptado sobre el vacío del abismo, con la tierra a sus pies, el cielo sobre su cabeza y él en el medio, sólo era por el placer de enfrentarse y superar la atracción vertiginosa que origina la casi metafísica ley de la gravedad. Sólo era un juego. No obstante, lo que el atrevido y juguetón navarro no sabía, era que, por fin, su subconsciencia sí quería emprender el vuelo. Pero esta vez de verdad, y cuanto antes y cuanto más alto, mejor. Por eso, la subconsciencia de Pello hacía ya tiempo que ansiaba la comparecencia de la chispita, o sea, se moría de ganas de conocer la chispeante y narrativa presencia encargada de realizar su más completa integración personal en los planos físico, emocional y mental. Al notar mi presencia, Pello no pudo reprimir unas lágrimas al evocar las enseñanzas de su querido zahar ona. Su viejo abuelo, que vivió más de 90 años, Don Pedro Iturriotz Ibaizabal, como él mismo contaba con un cierto aire de tristeza y melancolía, había nacido demasiado tarde para combatir en la última carlistada, y demasiado pronto para poder defender las libertades del pueblo euskaro en la guerra civil española del año 1936 de infausto recuerdo. Su abuelo fue un gran conocedor de la Historia del País Vasco, ya que desde niño había oído montones de historias que le despertaron en su imaginación un romántico ardor guerrero que nunca tuvo ocasión de demostrar, a la vez que un profundo amor y respeto a las costumbres y leyes de sus antepasados. Había mamado la tragedia que supuso, para muchos vascos, la última guerra carlista de 1876, con la posterior derrota de los foralistas vascos y consiguiente abolición unilateral de los fueros y del entramado legislativo, casi casi republicano, de los cuatro territorios del sur de Euskal Herria. Pello le había oído contar muchas veces, unas con la voz entrecortada por la pena, otras con rabia mal contenida, que la abolición del fuero era la culminación de un plan que el poder del mal había ideado, hace ya muchos milenios, para acabar con un sistema social perfecto en el cual todos eran señores y en el que todos tenían unos derechos de linaje que ni los propios reyes podían arrebatárselos. Que, mientras los sucesivos reyes castellanos respetaron los usos, costumbres y leyes de autogobierno de cada uno de los territorios del sur, no hubo ningún problema con España. Que el navarro, al igual que sus hermanos de lengua, los vizcainos, guipuzcoanos y alaveses, había conseguido que el acuerdo con la Castilla que, por cierto, había conquistado militarmente al independiente Estado del Viejo Reyno de Navarra, fuera dicho acuerdo, a pesar de la derrota, sobre la base de una condición que era, en sí misma, la esencia del sentir vasco. Le solía decir Don Pedro a su nieto, con muy poca modestia, también por cierto: — Pello, fíjate si el pueblo euskaro sabe armonizar el talento y el ingenio con la bravura y la nobleza, que el pacto que hacíamos con las monarquías castellanas, y luego españolas, se basaba en que jurábamos lealtad y ser sus más fieles vasallos, siempre y cuando ellos, a cambio, jurasen que nunca se entrometerían en nuestras formas de vivir y de gobernarnos. Era un pacto entre señores; y así debe ser, caiga quien caiga. Siempre acababa con un guiño picarón la frase que, según él, resumía todo el espíritu de las antiguas relaciones de los vascos con España. El sol comenzaba a alejarse y Pello se imaginó las playas de Lapurdi y sus chicas con las tetas al aire, absorbiendo ansiosamente los últimos rayos del día. Sonrió con sorna al recordar el plan diabólico de las temibles fuerzas ocultas del mal que acostumbraba a contarle su aitona, y asintió con seriedad al recordar que sus antepasados supieron enfocar sabiamente las relaciones con España. Un profundo suspiro de melancólica incomprensión surgió desde el fondo de su ser y separándose del borde del precipicio, emprendió el camino de vuelta, tomando la senda que le conducía a una pequeña tienda de campaña, situada hacia la mitad de las faldas del Ezkaurre, bajo una gran bóveda de piedra y sólo piedra. Capítulo 2. LA GUERRA Mientras Pello descendía el Eskaurre, las sombras del atardecer entre los peñascos, provistas de tristes partículas de luz negra, le volvieron a la realidad, recordándole el porqué de su estancia en el Pirineo navarro. Pedro Iturriotz Urotz, alias Kepa y Pello en su familia, tenía otros apodos. En la organización también se le conocía por Petankas y por Mitarra. Petankas por su afición a fumar cigarrillos de marihuana que llevaba en una petaca. Lo de Mitarra se lo ideó él mismo en honor del legendario montañés, rey de Nabarra, Santxo Mitarra que, como le contó su abuelo, había derrotado a los moros una y mil veces. En su condición de Mitarra, en las afueras de Lyon, no hacía ni 48 horas, Pello había tenido una discusión bastante violenta con el responsable de mayor influencia política y operativa de la organización. Las discrepancias venían de lejos y cada vez se sentía más incómodo. Si hasta ahora no le habían apartado o entregado a la policía francesa, era porque aún conservaba un gran prestigio dentro de la organización, así como en el conjunto del movimiento de liberación nacional vasco, de índole un tanto mesiánica. Llevaba más de 25 años, casi siempre en primera línea de combate, como militante liberado de la organización armada Euskadi ta Askatasuna. Por ello, Pello o más bien Mitarra, había participado en muchas acciones y operaciones armadas; y, además, nunca había sido detenido por la policía, bien por la buena suerte que tienen todos los de Goizueta, como él solía decir, o bien, por las rigurosas medidas de seguridad que siempre había observado. La cita con su responsable, Patxi Retama, había llegado con más de seis meses de retraso, y estaba ya hasta los huevos. La extrema clandestinidad, absolútamente necesaria para evitar las redadas de la policía francesa, dificultaba y retrasaba, desde hacía ya varios años, los contactos y la comunicación que a juicio de Mitarra eran imprescindibles en un buen funcionamiento organizativo y participativo. Además, Retama, con casi 10 años de menos que él como militante, había ido adoptando una serie de medidas políticas, organizativas y operativas que la organización acataba sin rechistar, pero que para Pello Mitarra Petankas eran una absoluta chapuza, la cual, siempre que tenía oportunidad, no dudaba ni dejaba de criticar, tanto en público como en privado. Su abuelo le había dicho muchas veces que un nabarro jamás deja de decir lo que se debe de decir. Caiga quien caiga. Cuando Mitarra acudió a la cita, ignoraba que Patxi Retama sabía que la reunión con Petankas iba acabar como el rosario de la Aurora. Para Retama, lo de Petankas era lo de siempre, o al menos ésa era la versión que contaba a sus más directos colaboradores. Solía decir que Petankas había acabado como muchos militantes que, por miedo o por comodidad, se hacen liquidacionistas y en consecuencia pretenden convencer a los demás con una fraseología demagógica, revestida de una argumentación aparentemente brillante, más o menos razonada, la cual es falsa como serpiente rastrera y sólo sirve para desconcertar y desmoralizar a la militancia, favoreciendo así al odiado enemigo español. Antes de la reunión con Mitarra, Retama había comentado con los suyos que: “como Petankas se ponga tonto, le damos dos hostias al muñeco para que se entere que conmigo no se juega, y si así no se entera, ya sabe lo que le puede esperar”. A Retama, en el fondo, le gustaba que el único miembro en activo que le podía hacer sombra en la jefatura operativa, se estuviese desprestigiando en el seno de la organización. El historial de Retama como activista militar, no era muy extenso. Antes de pasar a Iparralde, en el sur de Euskadi sólo había participado en 3 ó 4 acciones de apoyo a comandos de liberados. Al ser un militante legal de la organización, en una redada de la policía española a mediados de los 80, tuvo que esconderse y pasar más tarde a Euskadi norte. Allí, enseguida se destacó por sus cualidades organizativas y burocráticas, ascendiendo en el escalafón organizativo y adoptando cada vez más responsabilidades en la estructura de la erakunde. Pero Retama sabía que nunca podría aspirar a alcanzar el prestigio y despertar la admiración que se había ganado Mitarra en el seno del M.L.N.V. Para Retama, Pello Petankas tenía demasiadas medallas; y él, en cambio, estaba convencido de que en la carrera de títulos y honores, no tenía mucho donde escoger. Desde el más profundo estrato de su ser, le llegaba un mensaje comunicándole que Mitarra era, en casi todo, mucho más persona que él; pero eso, en lugar de inducirle a intentar emular y parecerse al objeto de sus deseos, únicamente le creaba una sensación agridulce que con el tiempo acabó transformándose en una no muy bien disimulada envidia. Así que la reunión la planeó con la intención de no entrar al trapo de lo que pudiese decir el liki de Goizueta, y de llevarle a su sitio, al sitio que le correspondía, que no era otro que a la charca. A la ciénaga fangosa del olvido, comentó para sí. Retama siempre había pensado que para golpear bien a un perro, primeramente hace falta meterlo bien metido en el barro. No obstante, Pello Mitarra pensaba encontrarse con un Retama más dialogante.
Capítulo 3. EL MUS Pello, mientras recordaba los prolegómenos de su reunión con Retama, observó a la oscuridad nocturna descendiendo sobre el Ezkaurre y a una luna llena iluminando los peñascos del lugar con un resplandor azulado de insondables memorias. Pedro Iturriotz o Pello Mitarra o Kepa Petankas o el coño de mi madre, como muchas veces pensaba medio en broma, calculó que ya le faltaría poco para llegar a su refugio de lona. Decidió, seducido por la belleza de la noche, aprovechar una piedra con aspecto cómodo por el verdín que la cubría, para sentarse, liar un cigarrillo de marihuana y fumárselo tranquilamente con la mente activada en sus recuerdos no tan insondables. Le vino a la mente que los únicos secretos habidos con su familia, habían sido el de los porros con su abuelo y con su madre, y sólo con su madre, al menos durante los primeros años, el referente a la ideología marxista y atea que adquirió en Madrid. Bueno, también lo de Aurora, pero éste fue más bien por motivos de seguridad y quizá también porque intuyó que a su ama no le gustaría su relación con una mujer de algo más de 20 años que él, y que, además, le inició en el sexo y en el materialismo dialéctico e histórico. Su madre era Begoña Urotz Basoarte, natural de la villa marinera de Bermeo en la provincia de Bizkaia. Desplegó una gran actividad política en su juventud. A principios de los años 30, siendo muy joven, se afilió al Partido Nacionalista Vasco, y gracias a su tremenda energía, así como por poseer una mente ágil y práctica, adquirió muy pronto una serie de responsabilidades en el alderdi, a nivel local, que para su época no era muy habitual entre las emakumes afiliadas a partidos políticos. El levantamiento militar del ejército franquista del año 36, le pilló como responsable del aparato de organización de la zona de Busturialdea. Cuando Gernika fue bombardeada se le reveló todo el horror de la guerra y, a partir de entonces, se inmunizó para siempre de lo que ella solía denominar como fiebre romántica del nacionalismo vasco. Desde ese momento, tuvo muy claro, y así lo manifestaba, que para defenderse de los enemigos de la aberri era preciso recurrir al diálogo y si fuese preciso, no habría que desechar el recurso a las trampas y al engaño. Que mientras el enemigo fuese más fuerte, era un suicidio enfrentarse de frente a su potencial bélico. Pello recordó, entre chupada y chupada al cigarro, las discusiones patrioteras mantenidas muchas veces por su madre y su abuelo. Una decía que lo más importante es la inteligencia. El otro le respondía que la razón y la verdad siempre serán la arrazoia y la egia. La madre, jugadora de mus desde niña, le respondía, esta vez en castellano, que su razón sólo le salía del cojón, y que ella prefería la razón emanada de la cabeza y del corazón. También le decía que la vida y sobre todo la política, eran como una partida de mus. Había que saber esconder la jugada, amagar y aparentar que la cosa va por un lado, para de esta forma, engañar al contrario y esperarle a que entre por donde realmente se tiene jugada. La sonrisa surgida con el pareado del zorro y el león, se le fue diluyendo lentamente al recordar, otra vez, el motivo por el cual ahora estaba tan divinamente bajo las estrellas del cielo que servía de techo a los Auñamendi. Se hizo consciente de que era preciso recordar todo el proceso y analizar la situación de forma científica. La mente consciente de Kepa comenzó a funcionar analíticamente, de la misma manera que tantas veces lo había hecho en las innumerables partidas de mus que jugó de niño, y de no tan niño, con su, mentalmente, afamada madre; la cual fue la primera instructora que tuvo en el arte del razonamiento desapasionado, o dicho en plan más fino, aunque ella no lo supiera, fue la que le instruyó en las esencias lógicas que sustentan el núcleo de la filosofía del Materialismo Dialéctico, tan antidogmático en la teoría, y, asimismo, tan racionalista, analista, cientifista y materialista. Pero a la vez, tan poco entendido, y sobre todo, tan malamente aplicado, por lo menos hasta ahora por parte de los encargados de aplicarlo. Capítulo 4. LA TREGUA Lo primero que se le ocurrió fue que él era el mayor liante del mundo, bueno, por detrás de unos pocos. El orden que empleó en la elaboración del pensamiento, le hizo ver que el estilo directo heredado del abuelo seguía siendo una característica de su carácter. Seguía con la costumbre de presentar en primer lugar lo que consideraba fundamental y básico, para después atemperarlo con cualquier tipo de matiz. Un diplomático o un político, por el contrario, comenzaría por exponer primero lo suave, a modo de vaselina, para después introducir e intentar colar lo sustancial. Había comprobado muchas veces que esta estrategia, que comenzaba por enmascarar los objetivos, casi siempre por no decir siempre, se perdía en los vericuetos y tácticas preliminares, olvidando al final cuál es la esencia del objetivo. Prefería las ideas claras y por delante, y si era preciso, después de exponerlas, añadir cualquier observación que pudiese contribuir a un hipotético acuerdo o a una mejor comprensión. Él siempre avisaba antes. Se dio cuenta de que como siempre fue muy previsible y que esta actitud era la que tenía cuando acudió a la cita de Lyon con Retama. En efecto, Mitarra pensaba decir a Retama todo lo que pensaba. Así de sencillo. Pensaba contarle todo desde un principio. Que todo comenzó, como comienza todo, por ligeras dudas y sensaciones no muy perceptibles, pero que empezaron a tomar forma a raíz de la ejecución de su querida amiga Yoyes en el año 1986 de ingrato recuerdo para él. Ésta fue su primera discrepancia con la organización. Curiosamente, le afectó sólo a nivel emotivo. Tácticamente entendió que era muy peligroso permitir que antiguos dirigentes de la organización, pudiesen, cuando les apeteciese, abandonar la disciplina y volver a sus pueblos con el beneplácito del enemigo, tras haber negociado una salida personal con el Estado Español. Pero su bihotza se rompió, y se acordó de su abuelo y de su ama. En su día así lo manifestó, basándose en las teorías de las guerrillas revolucionarias y en la experiencia de la debacle de los guerrilleros urbanos del ejército Tupamaro de Uruguay. Explicó en una reunión del ejecutivo, el cual aún no presidía Retama pero del que sí era miembro como responsable de relaciones internacionales, que era un suicidio el practicar una lucha armada que no cuidase escrupulosamente la calidad de las acciones y lo acertado de los objetivos militares. Acabó su intervención diciendo que no les podía pasar lo mismo que le había pasado a los Tupamaros. También su madre le inculcó que nunca debía depender de nadie. Así fue cómo es que siempre tuvo su propia infraestructura para no depender exclusivamente de la ofrecida por el aparato logístico de la organización. Por otra parte, la caída de la dirección en Bidart creó un caos en el funcionamiento interno y provocó cierta desbandada de cuadros intermedios. Los militantes designados para sustituir a los de la dirección, en caso de que fuese necesario, tuvieron bastantes dificultades para coordinarse. Fue Mitarra, al no estar detectado por la policía, el que tuvo que apechugar con la reorganización de la dirección. Patxi Retama resultó nombrado para la función coordinadora y dirigente de la organización, y, por consiguiente, la persona más influyente en el conjunto del movimiento de liberación. Pello Mitarra propuso a Retama para ese cargo, debido sobre todo a su experiencia internacional, la cual le valió, entre otras cosas, para encontrarse fuera de Francia en el día de la redada de Bidart, donde cayeron Pakito y compañía con el nombre de Artapalo. Mitarra fue nombrado responsable de los comandos liberados, porque, como él mismo decía, se creía más apto y estaba más a gusto en la acción militar y en la compañía de sus camaradas de armas, que en las labores burocráticas de coordinación y dirección. Intentó desarrollar un tipo de lucha armada lo más selectiva posible, ocupándose personalmente de realizar el fallido atentando a Aznar en abril del 95. El último escalón y definitivo, lo ascendió gracias a la ponencia Oldartzen de 1994. Esta ponencia venía a decir que había que socializar el sufrimiento. Explicaba el escrito que la única forma de acojonar al enemigo, a sus cipayos y a la sociedad domesticada que los sustentaba con sus votos, era llevando, al enemigo y a la sociedad vasca, el mismo sufrimiento que el llevado por el sistema opresor a sus militantes, amigos, familiares y presos. Al leer la ponencia, Pello se dio cuenta de que el ser tan torturador como el torturador, no era precisamente lo que su abuelo le había inculcado sobre la esencia noble y señorial de los nabarros, de los euskaros, en fin, de los vascos. Además, la visión que tenía sobre la tenacidad navarra de Euskal Herria, le hizo ver con claridad meridiana que la sociedad no se iba acojonar, y que únicamente iban a conseguir que, de una aparente resignación, el pueblo pasase a una abierta beligerancia hacia este tipo de actividades militares y de kale borroka. Los hechos le fueron dando la razón. La paliza propinada a un ertzaina en las fiestas de Bilbao por parte de 15 “nobles y valientes” gudaris. El quemar vivo a otro ertzaina en Renteria. Los continuos ataques a sedes de otros partidos, que, además, ponían en peligro las viviendas de los vecinos de las sedes. Las condiciones infrahumanas en las que unos compañeros suyos tuvieron secuestrado a Ortega Lara. El secuestro y ejecución del concejal de Ermua, Miguel Angel Blanco, con sus impresionantes manifestaciones de repulsa en todo el País Vasco. La absoluta indiferencia de la sociedad vasca ante el fusilamiento de dos activistas en Bilbao, como también ante el juicio de los políticos de la mesa nacional de HB y su posterior y desproporcionada condena. Y tantas chapuzas más que hacían una lista interminable de motivos que no contribuían para nada al logro de una Euskadi soberana con el apoyo de todo el pueblo. Las pintadas profusamente realizadas por todos los pueblos de Euskal Herria con el mensaje de “ETA, herria zurekin”, le producían un cierto sonrojo. Así que después de doce largos años de navegar en un desmotivador mar de dudas y confusión, por fin había llegado a la conclusión empírica de admitir la evidencia de encontrarse en una situación de absoluto convencimiento del grado de ineficacia y rechazo que producía la actividad armada. La lógica práctica y evidente de Kepa Mitarra, le dictó que la única salida al retroceso producido por la estrategia de Retama, era iniciar un debate en serio sobre la viabilidad, o no, de acordar una tregua estable y duradera que permitiese una negociación o, al menos, un diálogo en profundidad. Pello se levantó de la roca que le había servido de butacón, y sonrió al pensar que con esta idea se presentó en el lugar de la cita. Y así pasó lo que pasó. Capítulo 5. ETXEBER El resplandor de unos relámpagos, seguidos de un trueno lejano, interrumpió la secuencia de los inquietos pensamientos de Pello Mitarra, haciendo volar su mente a las tormentas nocturnas de verano que tanto le gustaban cuando de joven venía de Pamplona, donde estudió el bachillerato, a pasar las vacaciones en su Goizueta natal. Acostumbraba a cobijarse debajo de un gran árbol, que había delante de su casa, para observar la tormenta y oír el ruido de los truenos, del viento y del agua al golpear las hojas y las ramas del ancestral árbol. Su madre salía al amplio zaguán de la casa para llamarle y conminarle a que abandonase el viejo roble, el Aritz zarra que ellos decían, y para obligarle a entrar en la casona paterna a resguardarse de la tormenta. La vieja casona era conocida desde siempre como la Etxeber de los Iturriotz. Cuando apareció su padre, después de faltar casi 10 años, acompañado de la que iba a ser su mujer, enfermo pero muy contento; la sorpresa en el pueblo fue por partida doble. Volvía a casa el futuro etxejauntzako de los Iturriotz y de Etxeber, después de haber estado preso; y venía con una bonita mujer vizcaina, hija de arrantzales del Cantábrico. Pello no sabía demasiado de su padre. Sabía que fue a estudiar a la escuela de ingenieros de Bilbao. Que el levantamiento militar de Franco le pilló acabando la carrera. Que se alistó en el batallón Abellaneda de gudaris del ejército vasco. Que cuando la retirada de las tropas nacionalistas, fue uno de los encargados de organizar la evacuación por mar, desde Bermeo, de varios dirigentes políticos militares de Euzkadi. Que allí conoció a Begoña Urotz y que se enamoraron, parece ser que muy apasionadamente, nada más conocerse. Después, el continuar de la guerra les separó. Fue hecho prisionero por los italianos en la localidad de Lanestosa, y estuvo más de 9 años internado en diversos campos de concentración. Al salir libre, lo primero que hizo fue ir a Bermeo para llevar a su novia a su Goizueta navarra. Pello no sabía a quién admirar más. Si a su padre por mantenerse tan firme en su amor, durante tantos años, pese a la dureza de la prisión, la cual a la larga acabó con su vida pocos años después; o a su madre que supo esperar con ilusión y confianza el regreso del ya no tan joven gudari navarro. Su madre demostró una fe a prueba de bombas. También acaso hubo algo de conformismo y resignación en su inquebrantable espera. Begoña Urotz acostumbraba a decir que las cosas son como son, a lo que el abuelo replicaba que las cosas tienen que ser como deben de ser y sin tanto cuento. Por las buenas o por las malas. Caiga quien caiga. Pello, como en la mayoría de las discusiones dialogadas que presenció en Etxeber, estaba de acuerdo con los dos, y constató de nuevo que ambas posturas no eran incompatibles. El truco consistía en saber cuándo emplear una y cuándo la otra. Una inteligencia despierta y práctica, reflexionó Pello descendiendo el Ezkaurre, consistía en tener una actitud abierta a todas las posturas, y más que decantarse por alguna en detrimento de la otra, lo más positivo, además de lo más justo, era encontrar la síntesis de los opuestos, a pesar de que eso significase que siempre había que estar deslizándose por el filo de la navaja. No obstante, nunca le había importado mucho semejante heterodoxia intelectual. Opuestos, siguió recordando, la pareja formada por su abuelo y su abuela. Bixenta Landa Gaztelu representaba una forma muy diferente de ver la vida. Era natural de Artzan, localidad vecina a Goizueta. El pequeño barrio de Artzan se encontraba hacia la mitad del camino a Leitza. Desde niña mantuvo una relación muy estrecha con la naturaleza. Acostumbraba a dar largos paseos por los cercanos montes con arboladas campas que rodeaban el nacimiento del río Urumea. Un poco más arriba, las campas arboladas se transformaban en un frondoso bosque. Una vez, hubo alguien que dijo que en alguna ocasión la habían visto hablando con un belagile que, según se decía, vivía por aquella comarca. Con belagiles o sin ellos, lo único que sabía Pello con respecto a su abuela, era que entendía mucho de hierbas y plantas que recogía por los bosques próximos a Etxeber, para después trabajarlas en una habitación de la casa que según recordaba, le habían dicho que no se podía entrar sin su permiso, y de donde sacaba unos frasquitos de diversos colores que los repartía entre los vecinos aquejados de mal, bien, en el cuerpo físico o, bien, en el intangible cuerpo espiritual del alma. La casa se situaba sobre un pequeño altozano que por uno de los lados iba declinando suavemente hacia el joven pero vigoroso Urumea que serpenteaba un poco más abajo. Por el otro lado, el terreno se iba elevando ligeramente para, de repente, cortarse abruptamente sobre una pared de piedra y hiedra que caía verticalmente a pico sobre el viejo camino de Hernani. Al pie de este pequeño acantilado verdoso, que no sobrepasaba los 15 metros de altura, había una fuente de agua muy clara, de la cual todo el mundo decía que siempre estaba muy fría. Rodeando este pequeño conjunto, había una serie de lomas y pequeñas colinas con árboles frutales, las cuales hacían de avanzadilla de unos montes que se encontraban casi encima, y que alguien los puso allí para formar una especia de herradura boscosa y agreste. Según le contaba su abuelo, los montes que formaban la herradura, fueron puestos ahí para proteger del viento al suave tobogán de hierba que formaba el pequeño altozano de Etxeber. La cama de recio nogal donde murió la abuela Bixenta, estaba orientada para poder contemplar, desde el amplio ventanal del dormitorio, la entrada al pequeño valle por donde justamente aparecía el Sol todas las mañanas para anunciar un nuevo y esplendoroso amanecer o goizu de Goizueta. Pello vio a su abuela por última vez, un día antes de su muerte. La amona Bixenta le cogió de una mano y, sin abrir los ojos, le dijo muy bajito que todos venimos a este mundo para hacer lo que se tiene que hacer, pero que antes de merecer hacer lo que se tiene que hacer, hay que pasar y superar lo que la vida quiera hacer con nosotros. Al día siguiente de semejante acertijo, y al año escasamente pasado de la muerte de su hijo gudari, Bixenta Landa murió con una radiante sonrisa que iluminó su rostro durante algunas horas. Su marcha dejó un gran vacío en el corazón del abuelo, que sólo logró superarlo al volcar toda su atención en el pequeño nieto que correteaba incansablemente por las campas de Etxeber. Pello se preguntó si su afición a la marihuana no sería por influencia de la amama Bixenta y por la cara de tonto que se le ponía cuando quería o intentaba interpretar el mensaje póstumo de la abuela. ¿Merecer qué? Y para qué? Siempre le pareció que las últimas palabras expresadas por su abuela un poco antes de abandonar esta vida, habían sido un auténtico galimatías, más propio de sorginas que de sencillas aldeanas. El olor a lluvia que venía de Hegoalde, le devolvió a recuerdos más próximos que le trajeron la imagen de una húmeda mañana y de una parada de autobuses salpicada de charcos de lluvia en las afueras de la ciudad de Lyon. La cita era para las 10 de la mañana del día anterior al de la subida al Ezkaurre. Allí, en la reunión con su jefe, hablaría poco, conciso y breve; pero clarico clarico. Y no como su abuela, de cuya manera de expresarse pensaba el navarrico de Pello que no había Dios que la capiscase ni tan siquiera un poquico. Vamos, que era como intentar enseñar física cuántica a un inocente y asilvestrado borrico. Pello Mitarra, olvidándose de las tormentas de verano, así como de las postreras palabras de su abuela, se concentró en rememorar los sucesos previos que acontecieron en la tan esperada cita con su responsable máximo en orden y gobierno. Recordó que una lluvia fina pero cerrada, algo más densa que un txirimiri, daba un aspecto melancólico a la zona en donde esperaba el contacto. La nota que le habían pasado le indicaba que debía esperar a un automóvil en una parada de autobuses en plena carretera a las afueras del casco urbano de Lyon, ciudad francesa como pocas. Un automóvil se acercó a menor velocidad que el resto de los vehículos que circulaban a esas horas del primer domingo de Junio. Al pasar por enfrente de la marquesina, el conductor miró al interior de la parada. Cuando Pello pensó que pasaría de largo, los pilotos traseros se encendieron de rojo y a continuación cambiaron de color, indicando que el chofer iniciaba la marcha atrás. El conductor apareció de nuevo ante su vista, mientras se abría la ventanilla del lado del asiento derecho. Era el contacto verbal preliminar, establecido en la nota, para dar apariencia de naturalidad en caso de haber más personas esperando el autobús. El conductor le invitó a entrar. Al subirse al coche, Mitarra se dio cuenta de que un teléfono móvil, colocado encima de la guantera, estaba activado en comunicación con otro móvil que presumiblemente estaría en un automóvil que circularía algunos cientos de metros por delante. Comprobó que había acertado cuando al mirar al frente, divisó que, en ese momento, a unos 200 metros más adelante, otro coche de color oscuro salía del arcén y se incorporaba a la corriente de vehículos. Pensó que irían dos miembros legales de la organización de nacionalidad francesa, abriendo camino e informando al instante de cualquier contratiempo o de la existencia de controles policiales. El coche de delante aceleró y se alejó unos cuantos cientos de metros. El chofer del coche donde iba Mitarra, también aceleró y se volvió sonriendo hacia su pasajero. Parecía simpático pero un poco txisgarabis. Su cara no le sonaba. Hacía unos pocos años, durante casi 24 meses, Mitarra estuvo de instructor militar en uno de los albergues de formación que la organización tenía en diversos lugares de Francia y Bélgica. Por allí pasaron más de cincuenta militantes que iban rotando de un albergue a otro. El contacto de Pello no era uno de ellos. Pensó que correspondería a las últimas hornadas de activistas que se habían incorporado. A Mitarra le extrañó que alguien, aparentemente sin mucha experiencia, estuviese en el círculo de relaciones directas de Retama. O como diría un cursi, que fuese de la guardia de corps del superjefe. Eneko González, alias Txentxo, era, en efecto, producto de una de las últimas hornadas. Estaba como liberado de la organización desde hacía dos años. Destacó por su arrojo en diversos enfrentamientos callejeros con la ertzaintza en su localidad natal de Hernani. Al mismo tiempo, fue nombrado responsable local de las juventudes de Jarrai y, como tal, tuvo cierta influencia en bastantes jóvenes del pueblo. Una vez, le llamaron a participar como apoyo en una acción. Su labor consistía en ir con su coche a recoger a dos liberados y llevarlos a otro sitio. Durante el trayecto se vieron sorprendidos por la policía que llevaba ya tiempo siguiendo a los dos liberados. En la refriega de tiros que se produjo, Txentxo supo mantener la calma y consiguió evadir el cordón policial. Hubo que cambiar de planes y se dirigieron a la zona de Lasarte. Allí, en un piso franco de seguridad para liberados, estuvieron encerrados unos cuantos días hasta, una vez aquietado el revuelo, poder pasar al otro lado. La radicalidad de sus planteamientos y el ardor juvenil que tenía, hizo que Retama se fijase en él y le llamase para efectuar labores de una especie de mezcla de chofer y guardaespaldas. Al llegar a una rotonda, Txentxo cambió el tono de la voz. —Mitarra, ya puedes perdonar, pero es que se me ha olvidado coger unas gafas ciegas para que te las pongas, así que sintiéndolo mucho, no tendrás más remedio que agachar la cabeza y meterla entre las piernas. Unos 10 minutos más tarde, entraron en el jardín de una casita situada en una urbanización de chalets. Txentxo introdujo el vehículo en el garaje y Mitarra pudo levantar la cabeza. Por una puerta interior pasaron a la vivienda contigua al garaje. En la sala de la casa, Patxi Retama le recibió con una amplia sonrisa mientras se incorporaba para darle un efusivo abrazo de camarada a camarada.
Capítulo 7. EL DUELO Pello, bajando las peñas del Ezkaurre, continuó recordando todo lo vivido en Lyon durante la mañana del día anterior en su cita con Retama. Patxi Retama le saludó con un egunon Petankas. Mitarra observó, a través de la ventana de la sala, que había más casitas por las proximidades y que un trozo de un cartel de propaganda de una telefónica, le decía algo que no terminaba de ver por completo. También vio, aparcado en el jardín de la casa, un coche oscuro que supuso sería el automóvil que había ido por delante en funciones de abrir la marcha, a la manera de una avanzadilla de exploradores en medio de una jungla hostil. Retama le dijo que sería mejor que entregase el hierro a Txentxo. — Ya se sabe que esos instrumentos no contribuyen a mantener una charla amistosa. ¿Te acordarás de Artapalo cuando acostumbraba a poner la txarraska encima de la mesa y nos quedábamos todos un poco acojonados? Mientras sacaba la pistola del bolsillo de la txamarra y se la entregaba a Txentxo, Pello se acordó de un compañero de Ondarroa que estuvo con él en Nicaragua y que solía contar una especie de chiste. Decía: “ en Ondarroa a las mariposas las llamamos kalapitxixe, en Lekeitio las llaman pinpilinpauxa y en Bermeo, ¿a que no sabes cómo las llaman? “ Respondía él mismo, poniendo cara de pillo: “ las llaman mariposíe ”, y a continuación se descojonaba de la risa que le entraba. Pello y Retama se sentaron alrededor de una mesa, con sendas latas de cerveza en la mano. Mitarra empezó a hablar. De una sola tacada dijo todo lo que pensaba y concluyó con la exposición de lo que él consideraba como la única salida lógica y viable, que no era otra que la necesidad de iniciar un debate a fondo, en el conjunto del movimiento abertzale, sobre la posibilidad de declarar una tregua estable y unilateral. Hasta ese momento, dando pequeños tragos a la lata, Retama escuchó sin interrumpirle. Pensó que ya era hora de hablar. — Petankas —, comenzó, — dejando al margen si estamos acabados o no, lo que sí te digo es que en este momento la relación de fuerzas no nos es muy favorable. Nos han dado muchas hostias y el enemigo sabe que no andamos muy finos. Ahora no es inteligente plantear una tregua. Además, si planteamos tregua, no podríamos seguir con la kale-borroka que, aunque tú opines lo contrario, a mí me consta que es un frente de lucha que les está jodiendo bien. Jo ta ke —, dijo con énfasis. — Por tanto, no tenemos más remedio que intensificar nuestra actividad y la de la guerrilla urbana. Leña al mono —, acabó diciendo. Patxi Retama y Mitarra habían coincidido una vez en un viaje que hicieron al Ulster. Él iba como responsable militar y Retama como el de relaciones políticas. Era un intercambio de experiencias sobre el terreno y en el mismísimo frente de combate. En el viaje de vuelta, realizado vía Dublín - Amsterdam, las impresiones que más les habían llamado la atención, no eran las mismas en uno y otro. Para Retama, lo que más le gustó fue el ambiente de camaradería y confianza en sí mismos que observó en una docena de militantes del ejército republicano del IRA, al pasar los dos con ellos la noche previa a la realización de una emboscada a un convoy militar inglés, que se iba a efectuar al amanecer del día siguiente en las afueras de Belfast. Le impresionó la noche en vela, tomando abundante whisky y haciendo bromas y chanzas sobre los soldados ingleses que iban a atacar dentro de unas pocas horas. Por el contrario, para Mitarra, además de la casi absoluta perfección que demostraron los muchachotes – soldados – comandos del IRA en el desarrollo de la operación militar, lo que más le impresionó fue el ambiente de guerra y entrega generosa a la causa que observó en la mayoría de la población católica de Belfast. Le recordaba la Euskadi de la primera mitad de los 70. Las reivindicaciones del IRA eran más básicas que las suyas. Exigían la expulsión del ejército británico, una paz estable con los protestantes, derecho a enseñar el gaélico en las escuelas y la composición democrática de un parlamento en Irlanda del Norte que, una vez elegido y constituido, se encargase de negociar la independencia con Londres y su integración en el resto de Irlanda. Más de 10 años después, no habían conseguido ni una sola de sus reivindicaciones. Ahora estaban negociando, pero para ello, habían declarado una tregua oficial e indefinida. Mitarra pensó que, en cambio, desde hacía tiempo, todos estos logros habían sido alcanzados, más o menos, en la llamada comunidad autónoma vasca. Se había conseguido un estatuto y un parlamento autónomo que, aunque totalmente insuficiente para las aspiraciones independentistas, permitía un cierto desarrollo y daba la posibilidad de conceder cancha y juego a la clase política reformista. Pero estos logros políticos evitaban que la sociedad se identificase con la actividad armada. Sin embargo en el Ulster, las condiciones eran diferentes. Unas condiciones políticas tan duras, favorecían la actividad militar y el apoyo que ésta recibía de la mayoría de la población católica. Mitarra comparó la realidad de Euskadi con la del Ulster y contestó a la alusión de Retama sobre la guerrilla urbana. Patxi Retama dejó la lata sobre la mesa con un golpe seco. — Oye Petankas, veo que no ves o no quieres ver la situación. Una tregua ahora no es posible. Lo máximo que podríamos conseguir sería la salida de los presos del mako, a cambio de una disolución. ¿Es eso lo que tú quieres? ¿Quieres liquidar la organización? Mitarra le respondió. — Eso es lo más triste de todo. No podemos dejar que los presos se vayan consumiendo en la cárcel durante tantos años. Muchos llevan más de 15 años, por una serie de reivindicaciones que al final las hemos reducido prácticamente a una sola: ¡Que vengan a las cárceles de Euskadi! No estamos reivindicando ni la amnistía, ni la autodeterminación. Nuestra consigna de enganche para el pueblo se ha reducido y se ha volcado en el tema de los presos. Si no cambiamos el rumbo, sólo vamos a poder negociar el tema de los presos. ¿Para eso hemos luchado más de 20 años? ¿Para sacar a los compañeros que han caído por unas reivindicaciones más ambiciosas? Vaya viaje pequeño para tanta alforja. —Petankas, Petankas, Petankas —, se expresó Retama con una indisimulada falta de autocontrol. — Tienes una actitud derrotista y desmoralizadora. Con gente como tú, no vamos a ningún sitio. Creo que es oportuno que dejes todas tus responsabilidades en la organización y que te mantengas apartado de la gente. Mitarra comprendió que no había nada que hacer. Como diría su abuelo, Retama era un claro exponente de la soberbia y despotismo que tantas veces habían practicado los enemigos de las antiquísimas costumbres democráticas de los vascos. No sólo no estaba dispuesto a realizar un debate democrático en el seno de la organización, sino que, además de considerarse a sí mismo como la única opinión válida, le apartaba para que no incordiase y así poder seguir haciendo lo que le apeteciese sin tener que dar cuentas a nadie. En ese momento se acordó de las partidas de mus que de niño jugaba con su madre y dos empleados de la serrería familiar. Había que ocultar la jugada y confundir al rival.
Capítulo 8. EL REGICIDIO Desconociendo la relación de amor odio que mantenía Retama con respecto a él, Mitarra inició la jugada. — Mira Patxi, tú sabes que yo no soy ningún liki. Yo soy el primero en afirmar que la violencia revolucionaria es necesaria en muchas ocasiones. Y practicarla contra el Estado Español, también es necesaria. Pero, si lo hacemos bien. No me importa que me apartes por un tiempo, pero si es que de verdad ahora no es posible una tregua, por lo menos te pido que hagas una lucha más selectiva y más eficaz. Dad varias hostias buenas y después intentar negociar en serio. En este último año no nos hemos lucido mucho y lo comprendo. La cosa está muy jodida. Ya he notado que me has puenteado en la dirección de los comandos y no lo has hecho mal. Pero insisto, elige objetivos más selectivos. Yo sé que tú tienes capacidad para eso y mucho más si te lo propones. Pretendía dar a entender que aceptaba la decisión de Retama de apartarle de la organización. De este modo, una vez que se hubiese confiado, iniciar una serie de contactos y reuniones con los militantes más influyentes, a fin de forzar a Retama a aceptar el inicio de un debate. Lo que no se imaginó fue el revuelo emocional que ocasionó en el ego de Retama. Patxi Retama no cabía en su cuerpo. — Bueno, puentear, puentear, no. Más bien que he asumido personalmente la jefatura operativa. Mitarra asintió con la cabeza. Era verdad. Él mismo había aceptado esta estrategia. Quizá, influenciado por el general Zumalakarregi, el cual, según un libro de la 1ª Guerra Carlista de 18 que estaba en la gran biblioteca de Etxeber, había pronunciado unas palabras casi proféticas, un poco antes de morir en el sitio de Bilbao. El libro decía que el General se confesó ante unos amigos con las siguientes palabras en un euskera mitad tolosano, mitad del Goiherri guipuzcoano. Decía: “Amigos, compañeros de armas por las sagradas libertades de Vasconia, los tiempos marcados para la consecución de nuestras libertades y el establecimiento de nuestro antiguo sistema de gobierno basado en la autonomía de nuestras provincias federadas, no se ha cumplido todavía. ¿Qué importa mientras tanto que nobles víctimas sufran su destino? Nuestra sangre, generosamente derramada en los combates, hará nacer en los montes una generación de héroes. Testigos de las lágrimas de la patria y de nuestras heridas, nuestros hijos, mecidos con cantos guerreros, alimentarán en sus corazones el odio inextinguible de la opresión y se reunirán como hermanos, en torno del roble de la libertad, enarbolando la bandera de la liberación; y cuando su invencible falange, guiada por la estrella brillante de nuestros ancestros, se precipite en la barahúnda de los pueblos, se la verá como el rayo surcando el horizonte”. Mitarra recordó todo el párrafo y reconoció que había vivido mucho tiempo bajo la influencia de las palabras de Tomás de Zumalakarregi. Era verdad que habían adoptado esta estrategia, pero también era verdad que no se había logrado el objetivo involucionista que se perseguía, y, además, el pueblo había dicho basta. La mirada de asco y desprecio que observó en Mitarra, le despertó de sus sueños de gloria. Comprendió que se había ido de la lengua. La decisión la tomó rápidamente, al mismo tiempo que estrujaba con una mano la lata vacía de cerveza, y lanzaba una mirada furtiva, de indescifrable interpretación, a su chofer, guardaespaldas y hombre de confianza. Se levantó y tendió la mano a Mitarra con una sonrisa que éste no supo interpretar. — Agur Petankas. Geroarte —. Y volvió a mirar a Txentxo con la misma extraña expresión. Capítulo 9. LA ESCAPADA Mitarra pensó que parecía que la cosa no iba bien. Se acordó que le habían quitado la pistola al entrar en la sala. Pidió su devolución y Patxi Retama le tranquilizó diciéndole que la tenía Txentxo y que más tarde se la devolvería. Agur Petankas, volvió a decir dando por terminada la reunión. El viaje de vuelta se inició como el de ida, pero con una pequeña variante. En el coche oscuro de apoyo, esta vez sólo iba un ocupante. El segundo vasco de Iparralde ocupó el asiento trasero del automóvil donde iban Txentxo y Mitarra. Volvió a meter la cabeza entre las piernas, el coche salió del chalecito e inició el recorrido que, según Retama, le llevaría a un retiro temporal donde pudiera descansar hasta el comienzo de la ofensiva final. Pello estaba alucinado de la actitud y de los planes del fanático de Retama. Era una auténtica burrada de imprevisibles consecuencias. ¿No se daba cuenta Retama que de efectuarse el múltiple magnicidio, no haría falta la intervención del ejército? Sería el propio pueblo vasco el que les correría a hostias hasta hundirlos en el mar. Se acordó de la canción. Lo único que le consolaba, pensó con la cabeza entre las piernas, era el imaginar la casi insuperable dificultad técnica y operativa de realizar semejante barbaridad. Aunque, cuando surgió la posibilidad de atentar contra Carrero Blanco, también le pareció a la Organización, en un principio, que era un objetivo demasiado complicado y ambicioso. Además, existía el precedente de hacía unos pocos años, protagonizado por unos chalados, más o menos controlados por la organización, que estuvieron a punto de dispararle al Rey de España con un rifle de mira telescópica. Estaba en estas consideraciones, cuando la voz de Txentxo le sacó de sus negros pensamientos. — Mira Petankas Mitarra, fíjate qué pedazo de mujer está ahí enfrente. Pello Mitarra levantó la cabeza y vio a una bonita mujer con la ropa muy ajustada que se protegía de la lluvia con un enorme paraguas de llamativos colores y artísticos dibujos. Pero también se dio cuenta de que estaban accediendo a la rotonda donde, a la ida, le había pedido Txentxo que agachase la cabeza para que perdiese el sentido de la orientación y no supiese por dónde se iba al refugio de Retama. Le pareció un fallo imperdonable e inadmisible en Txentxo. Éste le había hecho levantar la cabeza antes de tiempo. Ahora ya sabía por dónde se iba a la urbanización de chalecitos. Su instinto funcionó con rapidez mientras el coche desembocaba en la rotonda. Aquí había algo que olía mal. Repasó la situación. En primer lugar estaba lo del compañero de atrás, después, aún no le habían devuelto la pipa, y por último, a Txentxo no le importaba que se enterase por dónde se accedía al refugio de su jefe. ¿Qué está pasando aquí? La respuesta le vino como un relámpago de las tormentas veraniegas de Goitzueta. “A Txentxo le ha traicionado el subconsciente. Me van a dar el paseíllo. Éstos me dan el palo”. Dio media vuelta al coche y se dirigió hacia el sur, a la población de Tardets en la suletina provincia de Zuberoa, donde tenía una vivienda de seguridad de su infraestructura personal e intransferible. Tardets o Atharratze como se la conoce entre los vascos euskaldunes, es una bonita población de la región de Soule o, también si se quiere, del territorio vasco francés de Zuberoa en Iparralde, en el norte de Euskal Herria. En línea recta no hay más de 30 kms. entre la villa y el Ezkaurre, y como Atharratze significa algo así como portal de las piedras o portal de piedra, no lo sabía exactamente, Pello pensó que el Ezkaurre con sus grandes peñas y su imponente peñascal, era su destino ideal. Llegó a Tardets al poco de amanecer el día, y se fue a su refugio. Recogió un “Smith and Wesson”, cambió el taxi por un turismo matriculado en Baiona, y de allí a la cima del Ezkaurre, fue y se movió como pez en el agua, bajo la inocente apariencia de un turista francés amante del montañismo y pertrechado de una riñonera en la que muy justamente entraba un azulado revólver del 38 de reducido cañón y potente impacto.
Capítulo 10. EL NACIMIENTO Así que ahí estaba en medio de las peñas del Ezkaurre, intentando orientarse en la oscuridad iluminada por las luces de una gran tormenta. El repaso que había dado a sus dos últimos días había concluido, y seguía sin saber qué hacer. Estaba igual de desorientado, pero se encontraba extrañamente relajado. Le parecía que poseía una nueva condición más fluida y sutil, como si se hubiese desprendido de un gran peso. La lluvia irrumpió con fuerza y le empapó la cara. La tormenta estaba encima del monte en su máximo apogeo. Un rumor sordo en su cabeza, parecido al bramido del mar al golpear las rocas, fue lo primero que percibió al volver en sí. El golpear de las olas en el interior de su cerebro, le evocó el peñón de S. Juan de Gaztelugatxe que estaba siempre rodeado de olas, resistiendo, desde hace muchos milenios, los embates de un mar embravecido y mucho más poderoso que la gran roca. La imagen del peñón costero le recordó la historia de los vascos; y, además, se acordó que él también se apellidaba Gaztelu. Su mente viajó a las temporadas de principios de verano que solía pasar en Bermeo cuando era niño. San Juan de Gaztelugatxe estaba al lado de Bermeo, y Bermeo era el pueblo de sus abuelos maternos. Le gustaba el olor del puerto y la febril actividad que había cuando llegaban los barcos. Le daba mucha energía el contemplar las prisas con que se movían las mujeres que realizaban la estiba de pescado. Le alegraba su euskera bizkaino costero y cantarín que manejaban sin parar, y sin parar de trajinar las cajas de pescado. Le encantaba la historia del bajel turco que a mediados del siglo XVII, había encallado en la costa, a poca distancia de Gaztelugatxe. Las mujeres del puerto le contaron varias veces, y siempre entre sonoras risas, que una vez se había hundido un barco pirata turco “en las rocas de ahí detrás”. Fueron más de 20 piratas los que aparecieron por el pueblo en busca de comida y refugio. Los bermeanos, a los cuales siempre les han encantado los forasteros, y cuanto más estrafalarios y llamativos, más; les recibieron con los brazos abiertos y pronto encontraron un lenguaje mitad euskera mitad turco para entenderse y contarse sus aventuras marineras. Se integraron en la costera población, y todos encontraron mujer bizkaina, y a los pocos años se comenzó a ver niños con ensortijados y negros cabellos que correteaban por el puerto. También fue en Bermeo donde unos familiares de su madre le contaron que sus abuelos habían muerto juntos en el bombardeo de Gernika. Su madre nunca le había dicho nada. Martín Urotz Susaeta y Felisa Basondo Sendotegi, acostumbraban, siempre que podían, a visitar la feria del cercano pueblo de Gernika. El día en que las bombas de Hitler arrasaron el símbolo de las libertades bizkainas y asesinaron a cientos de civiles, sus abuelos también fueron a pasar la feria, pero para no volver a salir con vida. Un calor agradable en la cara, producido por una rayo de sol matinal, que incidía directamente sobre sus ojos, le animó a incorporarse. Notó un dolor en la nuca y se llevó la mano a la zona dolorida para averiguar si había sangre. Sólo encontró un enorme huevo. Pello miró en su derredor y comprobó que se encontraba en el interior de un pequeño agujero abovedado, dentro de una roca, con el suelo de una capa de tierra fina y seca que estaba esparcida sobre la horizontal superficie rocosa, configurando una alfombra de tierra muy agradable. Se sentía como un polluelo antes de romper el cascarón. A Pello le entró la risa. “Bueno”, pensó, “ahora me viene una de Indiana Jones. Lo que me faltaba”. Miró la tablilla y a continuación la metió en un bolsillo de la anoraka. Salió al exterior, dejando la sombra de la pequeña gruta y su misterioso arcón de roca, con una expresión de asombro y sorpresa en el rostro, a la vez que se palpaba el bolsillo que contenía el extraño objeto encontrado en aquella especie de claustro materno.
Capítulo 11. LA CALUMNIA Un día y pico antes del insospechado y aparentemente inocuo descubrimiento arqueológico de Pello, Txentxo no sabía cómo calmar a su jefe. Había logrado salir de la situación comprometida en que le puso Mitarra. La herida en el brazo y el golpe recibido en la cabeza con el marco de su puerta en el momento del impacto, le aturdieron unos segundos que aprovechó Mitarra para salir del automóvil y echar a correr. El legal de atrás también se había descolocado como consecuencia del choque. Txentxo, un tanto trabajosamente, salió por la puerta del copiloto y se encaró con los ocupantes gritones del coche embestido por el suyo. Un niño pequeño les estaba llamando secuestradores y mafiosos, porque decía que había visto escaparse a un secuestrado. La madre le mandó callar. Txentxo comprendió que la situación era muy delicada y que además corría el riesgo de verse inmerso en una discusión callejera que podía acabar con la aparición de los gendarmes. Sacó su pistola y echó para atrás a los ofendidos damnificados. El niño, que lo estaba pasando muy bien, llamó boba a su madre por no enterarse de la auténtica calaña de los mafiosos secuestradores. Txentxo a continuación paró un coche a punta de pistola, mandó bajar a su ocupante, y junto con su compañero que ya había cogido el móvil, emprendió la huida. El niño había cambiado su versión y ahora decía que les había atacado un comando integrista argelino. Más adelante, Txentxo y su acompañante abandonaron el automóvil y tras varias maniobras de diversión, llamaron al compañero del coche de apoyo con el fin de ser recogidos y llevados al chalet de Retama. Patxi Retama se cagaba en Dios y descargaba su mala hostia con el butacón de la sala, al que propinó varias patadas. Después de un rato de desahogo, mandó a su hombre de confianza a que le curase el brazo un médico simpatizante de la organización, y a continuación se puso a analizar la complicada situación. No comprendía por qué coño había hablado tanto con Mitarra, o más bien, no quería entenderlo. Durante la reunión de la mañana, hubo un momento en el que pensó que podía contar con Mitarra, siempre y cuando, ¡una vez más!, que éste aceptase su jefatura y su plan. Pero el desprecio que observó en su mirada, le hirió en lo más profundo de su alma, haciéndole revivir la especie de desamor y despecho que sentía por Mitarra. Le dolió la mirada de Mitarra, al que respetaba y admiraba mucho, pero que, también, al que envidiaba por el prestigio que tenía en el movimiento abertzale. Entendió que no podía contar con él y se dio cuenta de que Mitarra era la única persona capaz de arruinar sus planes. Del dolor del desprecio, pasó al odio del despecho. Era necesario actuar porque Mitarra podía desbaratar sus planes, pero también porque quería vengarse de la mirada de desprecio. Estrujó la lata de cerveza como señal convenida de antemano, por si fuera preciso, para que Txentxo actuase según lo planeado; mientras, le decía a Petankas que no le liase la manta, a la vez que miraba significativamente a su joven y charlatán escudero. El plan de la ejecución de Mitarra lo habían estado estudiando durante cierto tiempo. Después de contemplar varias posibilidades, se quedaron con la que creyeron más apropiada a las condiciones del objetivo. Tenía que ser algo sencillo que por lo ingenuo de la maniobra no despertase desconfianza en Mitarra, y al mismo tiempo, tenía que ser rápido. Además, eran dos con pipas contra uno previamente desarmado. La operación era simple. Se fingía un pinchazo de la rueda trasera derecha, salían todos a la cuneta a comprobar el pinchazo, y Txentxo le descerrajaba un tiro en la cabeza. Txentxo prefería no hacerlo, pero la autoridad militar se acabó imponiendo. A continuación, se golpearía el cadáver con un bate en diversas partes del cuerpo y se le abandonaba en una zona pantanosa próxima a la carretera. Parecería que los servicios secretos españoles le habrían secuestrado, torturado, interrogado, asesinado y tirado a la charca. ¿Cómo hostias lo ha sospechado el hijo puta este?, se preguntaba Retama sin encontrar ninguna respuesta convincente. A continuación, estudió las diversas posibilidades de Mitarra. ¿Acudir a la policía? Imposible. ¿Desaparecer de escena para siempre sin dar la lata? También imposible. Llegó a la conclusión que ya conocía de antemano. Mitarra le iba a liar la manta. Se sentó en la mesa y se dispuso a escribir una carta al responsable de la seguridad interna de la organización que residía en París. El texto, reflejo claro de su autor, cuya peculiar idiosincrasia en los movedizos campos de la ética personal no daba lugar a muchas dudas, decía: “Estimado Korta : Petankas está negociando una salida personal con el ministerio de interior del Gobierno español. A cambio de un trato de favor, va a dar toda la información que dispone y va a entregar todas las armas que controla. Me ha informado de todo esto el contacto que tenemos en Madrid. No hay duda de la veracidad de la información. He hablado con Petankas y no me lo ha negado. Sólo ha negado lo de la información y lo de las armas, pero sí ha reconocido que piensa entregarse al enemigo. Fíjate, ¡con todo lo que sabe! Es prioritario localizarle y darle matarile. Muévete rápidamente y envía a tu mejor gente para su búsqueda y liquidación. Es muy escurridizo. Le ha metido un tiro a Txentxo. Andaros con cuidado, es un hijo puta traidor de mucho cuidado”.
Capítulo 12. LA IMAGINACION Pello, al poco tiempo de salir de su segundo claustro materno, divisó abajo la bóveda de roca y un puntito azul resaltando sobre el gris claro de la piedra. Le hizo ilusión contemplar su pequeña tienda azul de lona. Pensó en darse un buen desayuno a base de nueces y queso. Tenía una bota de vino y sólo le faltaba un poco de pan fresco, pero todo no se puede pedir en la vida. Por lo menos eso es lo que le decía su madre. Así que el estómago le pedía comida, pero su cabeza estaba con la tablilla encontrada en la pequeña gruta. Alucinaba como si en vez de uno o dos, hubiese fumado quince petardos de marihuana. Comenzaba a tener la sensación de como que había dejado de ser el director de su vida. Siempre había tenido muy claro que había dos tipos de personas. Los que son dirigidos por la vida y los que dirigen sus vidas. Pello en todo momento había ejercido de director y decisor de su existencia, sin embargo, ahora todo parecía diferente. Desde que se escapó de Txentxo, todo lo que había pasado era como una película en la cual él era sólo un actor involuntario, yendo de un sitio a otro como teledirigido por no se sabe qué tipo de impulsos irracionales e inexplicables desde un punto de vista lógico. No comprendía qué fue lo que le impulsó a venir a los Pirineos, en vez de ir a París, que es en donde tendría que estar. No sabía por qué eligió el Ezkaurre. No entendía cómo es que no vio la abertura del agujero del peñasco en el que pasó toda la noche medio inconsciente medio dormido. Y para colmo, había encontrado una novelesca tablilla que no sabía ni por qué ni para qué la llevaba en el bolsillo. Llegó a la misma conclusión que la del domingo por la tarde cuando se dirigía a París. No sabía nada. No obstante, pese a verse como un autómata manipulado únicamente por corazonadas inexplicables, curiosamente, no le desagradaba la situación. Al acercarse a la bóveda de la catedral de piedra formada por el inmenso peñasco, vio una figura sentada a la entrada de su tienda azul, la cual correspondía a un hombrecillo muy viejo y delgado, pero con un extraño aire juvenil. Fuera lo que fuese lo que allí abajo hubiese, Pello Mitarra, incomprensiblemente sin temor alguno, continuó su descenso hasta llegar a su campamento base. El viejo se incorporó y le miró con una expresión un poco burlona pero franca. A Pello le recordó la mirada de su abuelo; y además se sentía muy cansado y débil. Pello se llevó instintivamente la mano al hinchazón de la cabeza para comprobar si antes se había equivocado y si había sangre a la vista que hubiese permitido saber al anciano lo de su golpe en la cabeza. No había ni herida ni sangre. Pello abrió la boca para expresar un montón de preguntas, pero el viejo le hizo una seña con la mano y le sonrió amigablemente. Agur Iturriotz, dijo el anciano, mientras iniciaba el camino de ascenso al monte. Mitarra se quedó indeciso por segunda vez en menos de 48 horas. Por una parte, su curiosidad le empujaba a seguir al viejo y hacerle un interrogatorio completo sobre los conocimientos ambiguos pero también extrañamente precisos que poseía el anciano con respecto a su persona. Por otra parte se sentía sin fuerzas para seguir el rápido ascenso del viejo, y prefirió sentarse a descansar el amodorrado cuerpo y dejar que su mente, formada ideológicamente e intelectualmente en el materialismo dialéctico e histórico de Marx y Engels, comenzase a funcionar. Se olvidó de comer y pensó que lo sucedido con el viejo era inexplicable. El viejo conocía lo del golpe, lo de la tablilla, lo de Etxeber, lo de su caos mental, su apellido, dijo algo sobre Bermeo, y, además, le dijo, o por lo menos así lo entendió, que en San Sebastián accedería a la sabiduría que justamente era lo que más echaba en falta en ese momento. Repasó todas las posibles explicaciones lógicas y racionales para semejante misterio. Las fue desechando una por una. Ninguna explicaba la extraña experiencia. No había explicación racional. Volvía a encontrarse confuso e indeciso. Optó por dejarse llevar por su instinto y enfocó el problema desde el ángulo opuesto. No había ninguna explicación racional para lo sucedido, pero él sabía que había sucedido. Había sucedido y por lo tanto tenía que haber explicación, racional o no racional. Científica o acientífica. Lo único que le rondaba por la cabeza, le daba un poco de vergüenza tomarlo en consideración. ¿Serían verdad las leyendas y cuentos que tantas veces oyó narrar a su abuelo sobre las andanzas de las xorginas y de los xurginoas por el Auñamendi navarro? De niño, cuando las escuchaba, le gustaban mucho y su imaginación viajaba junto con las palabras del abuelo. Pero cuando mejor se lo pasaba con su imaginación, era cuando desde la atalaya de la ermita de Gaztelugatxe, se imaginaba que el mar desaparecía de su sitio y dejaba ver el suelo del fondo marino, libre de olas y encrespadas aguas. Con el pensamiento veía grandes valles cubiertos de vegetación marina ondulando por el fondo marino. También veía serpenteantes caminos de arena flanqueados por caprichosas rocas oscuras que formaban grutas y pasadizos adonde el Sol nunca había accedido. Los barrancos más profundos se los imaginaba como unas enormes paredes que desde arriba apenas se divisaría lo de abajo. ¿Habría arena o habría pequeños montes mucho más oscuros que los de arriba? Le encantaba ir a San Juan de Gaztelugatxe. Después, su madre le convenció que la imaginación y las historias del abuelo, sólo eran cuentos para niños bobos. Más tarde en Madrid, estudiando arquitectura, se relacionó con estudiantes de izquierdas, gracias a los cuales conoció a Aurora que fue la que le inició en el materialismo dialéctico y en el sexo. A la espera de la llamada, participaba en las actividades antifranquistas de los estudiantes de su escuela. Una tarde acudió con unos amigos a una concentración convocada para reivindicar las libertades democráticas que el sistema franquista se negaba obstinadamente a permitirlas. Al poco tiempo llegaron los grises montados a caballo, y debido a su aparición, el desorden y el miedo cundieron en la concentración. Pello salió de la ratonera como pudo y se encontró con una mujer madura que cojeaba con dificultad por efecto de un golpe de porra recibido en una rodilla. Ante la proximidad de algunos caballos, la tomó en brazos y en volandas la sacó fuera del lío. Ése fue el principio de una duradera, instructiva y apasionada amistad, y de un amor del que Pello nunca llegó a enterarse. Aurora le decía que la diferencia que había entre el materialismo dialéctico y el idealismo metafísico, o sea, entre el conocimiento científico y la imaginación subjetiva, es la misma que hay entre la mente de una persona de 40 años y la de un niño de 5 años. La persona de 40 años ya ha aprendido que todo lo que ha conseguido en su vida, ha sido únicamente gracias a su propio esfuerzo y que nadie le ha dado nada a cambio de nada. El único motor de la historia, el que ha hecho evolucionar las condiciones sociales del mundo, tanto cuantitativa como cualitativamente, es el deseo de la humanidad por el bienestar material. Por tanto, la persona instruida sabe que su bienestar depende de sí mismo y de una justa distribución de la riqueza que se alcanzará cuando no exista la propiedad privada de los medios de producción. La ignorancia y la superstición religiosa, al servicio desde siempre de los intereses de los poderosos, es el mayor lastre para la libertad individual de la persona y para la consecución de una mente progresista, científica y racionalista, que no tenga ningún tipo de prejuicios y creencias inexplicables desde la lógica y el conocimiento materialista de las leyes de la naturaleza. En consecuencia, Dios, que permite tanta injusticia, no es más que un invento de la ignorancia, que tanto interesa mantener, y de las diversas religiones para tener sumiso al pueblo trabajador y explotado. Por consiguiente, si Dios es un invento oportunista para atontar a la sociedad, tampoco existen los milagros, la magia y las profecías que dicen adivinar lo que aún no ha ocurrido. No existe nada que no se pueda explicar racionalmente, después de estudiarlo y observarlo con una mente científica y materialista. Pello ya había decidido 4 ó 5 años antes de conocer a Aurora, que un Dios omnipresente, omnisciente, omnipotente y, además, omnibondadoso que permitía tanta injusticia en la vida; o era un perfecto cabrón o era otro cuento inventado por los curas para los niños bobos. Pero ahora se enfrentaba a algo irracional que sí existía, aunque no se pudiese explicar. Comprendió que no podía rajarse, que tenía que agarrar al toro por los cuernos y que debía tomar en consideración la única explicación racional - irracional que se iba haciendo evidente: Se había encontrado con una persona con capacidades de conocimiento desconocidas e inexplicables que le permitían conocer misteriosamente todo lo que le estaba pasando a él. A él, que nunca había creído nada de todas estas zarandajas de beatas. Se le ocurrió que acaso la realidad fuese como el cambiante fondo arenoso y vegetal de los océanos que circundan la tierra; que, aunque no se vea por estar tapado por el mar, ahí está siempre debajo del agua, oculto por la vorágine de las profundas corrientes submarinas, oculto por las espumeantes e impetuosas olas de la superficie, y oculto por los tonos verde oscuros que adquieren las aguas durante las galernas y temporales provocados por la furia incontenible de la, también, vorágine del aire; cuando, éste, en su movimiento, incrementa su velocidad de desplazamiento y, por lo tanto, el potencial de su fuerza de choque. Y todo ello motivado por la inteligente influencia benefactora de la válvula de escape que suponen los altibajos de temperatura de la atmósfera alimentada por el amor del calor que, como dulce néctar o como eficaz dador de vida, emana del poderoso astro rey de nuestro sistema planetario: Eguzkia. Pello se sorprendió de la chorrada que se le había ocurrido y, sin más concesiones a la ensoñadora imaginación, prosiguió con el análisis de sus contradictorias sensaciones. Se dio cuenta de que se sentía como quien se tira desde una ventana, sin saber si se encuentra a ras de suelo o si está en un 4º piso; o como quien se tira a una piscina con los ojos cerrados y sin comprobar antes si hay agua o sólo cemento. De todas formas, supo aceptar el reto y supo adaptarse a la realidad un tanto irreal que se le había presentado con la aparición del enigmático viejo. Así que decidió tirarse. Había que ir a Donostia a husmear.
Capítulo 13. EL ESPÍA Patxi Retama decidió no pensar más en Mitarra y se dedicó todo el lunes a ultimar los preparativos de la operación que, según él, iba a cambiar el curso de la historia y que, además, iba a crear un serio problema de sucesión en la monarquía española. La fecha elegida para realizar el real magnicidio, era el 22 de Junio, día de Santo Tomás Moro, y se iba a llevar a cabo en Zaragoza, donde estaba previsto celebrar un acto especial con motivo del centenario de la pérdida de Cuba y Filipinas. Para tal evento, acudiría la pareja real, acompañada del heredero y de las infantas con sus respectivos consortes, además de innumerables mandos del ejército y representantes políticos de España, tanto del gobierno como de la oposición. Se reunía en un mismo acto toda la élite del sistema que a ojos de Retama, eran los responsables de la situación de opresión que sufría Euskal Herria. Marino había hecho amistad con uno de los secretarios técnicos del ayuntamiento de la ciudad aragonesa, al que conoció intentando obtener una licitud para unas obras municipales. Ambos eran juerguistas y puteros, y enseguida se hicieron buenos amigos. A principios de Febrero, el secretario técnico le llamó a Marino para comunicarle que con motivo del centenario de la pérdida de Cuba, se iba a celebrar un acto muy especial en su ciudad, y que le habían encomendado la preparación y montaje de las estructuras metálicas, tarimas y plataformas necesarias para construir el palco donde estarían todas las autoridades. El secretario técnico dijo como quien no quiere la cosa: —A cambio de una buena comisión, yo me encargo que la obra sea para ti por un presupuesto que permita que tanto tú como yo podamos sacar una buena tajada. El secretario técnico concluyó su propuesta con un comentario sobre que donde hay confianza, lo mejor es ir directos a la panza. Marino vio al instante las posibilidades que se abrían si su propia empresa podía acceder con absoluta seguridad al corazón del escenario de la celebración. Inmediatamente se puso en contacto con su responsable del área económica y le comunicó la asombrosa buena noticia. El responsable de finanzas tardó menos de 24 horas en ponerse en contacto con Retama. La reunión fue convocada para ese mismo fin de semana. Marino subió desde Zaragoza a Lyon, y transmitió la información al propio Retama. Retama anunció solemnemente que comenzaba la preparación de la Operación Infierno. Porque eso era en lo que se iba a convertir el estrado de las más altas autoridades del país. En un infierno de metralla y hierros retorcidos por culpa de tanto iba que te iba.
Capítulo 14. LOS HÉROES El almirante de la armada y presidente del Gobierno Español, Sr. D. Luis Carrero Blanco, voló por los aires en diciembre de 1973. Pello Iturriotz, que por aquella época aún no era ni Petankas ni Mitarra, participó en la acción que acabó con la vida de la segunda persona más influyente del sistema franquista y, en consecuencia, con el posible sucesor de Franco. El detonante fue el juicio de Burgos. En diciembre de 1970, perdiendo los últimos 12 días de clase de ese año, Pello se trasladó a Burgos, sin que lo supiese su familia, a presenciar en vivo lo que era el acontecimiento político más importante desde hacía mucho tiempo, tanto para el propio régimen franquista como para Euskadi. Todos los días guardó cola, desde las 5 de la mañana, para poder acceder al mismísimo teatro de operaciones, soportando las bajísimas temperaturas del exterior del edificio militar que hacía las veces de palacio de justicia, junto a amigos y familiares de los patriotas acusados de terrorismo, y a los que la fiscalía militar intentaba condenarles a muerte. A cinco de los juzgados les cayó 2 penas de muerte por cabeza, que posteriormente fueron indultadas por el Generalísimo Franco, ante la presión y protestas que se produjeron, tanto en Euskadi como en el Estado Español y comunidad europea en general. Cuando el señor Mario Onaindia Natxiondo; también con el alias de Pello como nombre de guerra y que además era idealista y romántico hasta las patas, nacido en la autosuficiente y liberal Bilbao pero luego baserritarra de pro por las inmediaciones de Lekeitio para más tarde ser educado socialmente en la industrial y socialista Eibar, es decir, bilbaíno, baserritarra y socialista; pues bien, a lo que se iba, cuando Mario se levantó de su asiento durante la última sesión abierta al público, y avanzando hacia los jueces militares con los dos puños cerrados y esposados y dirigidos al frente, gritó un Gora Euskadi askatuta que le salió del alma; y cuando a continuación se oyó un chirriante ruido producido por un sable militar al desenfundarse, cuyo amenazador sonido fue tapado por las estrofas del Eusko Gudariak, iniciado por los propios encausados y continuado por todos los asistentes al juicio; Pello Kepa Iturriotz Urotz quiso saltar de su asiento para atacar a los guardias que intentaban maniatar y tapar la boca de los patriotas vascos; los cuales, manifestándose públicamente sin ningún reparo como unos auténticos héroes, como unos románticos luchadores por la libertad de su pueblo, y como unos osados, atrevidos y valerosos revolucionarios que no temían ni al mismísimo Franco; provocaron que el joven corazón del futuro Mitarra se inflamase de ardor guerrero por obra y gracia de los románticos efectos sentimentales de la pasión desinteresada y de la entrega generosa e incondicional a una causa tan sublime y tan justa. Como si fuera una luminosa estrella fugaz atravesando una oscura noche, pasó este cúmulo de sensaciones por el corazón del joven y apasionado nabarro. Así lo vio y así lo sintió. Después, la conexión corazón cerebro funcionó con fluidez, y como consecuencia de ello, la mente de Pello registró y concentró en un instante y en un único punto, todo lo que había aprendido y oído a su madre y a su abuelo, con respecto a las tribulaciones históricas de los vascos. Una vez archivada la información, la sensación emotiva regresó al centro cardiaco, provocando un sentimiento que le desgarró el corazón de tristeza, al comprobar y sentir en aquel momento, la impotencia y la entrega de un pueblo generoso, que allí, “in situ”, estaba siendo representado, con todos los honores pertinentes, por aquellos patriotas juzgados por la injusta cerrazón de la prepotente represión franquista, tan representativa, por cierto, de todos los defectos y errores humanos. A continuación, cuando Pello saltó del asiento y cantó el Eusko Gudariak más emocionante de su vida, deseó estar sentado en el banquillo de los acusados, junto a sus héroes. Se identificó con ellos y se juró a sí mismo que estaba dispuesto a entregar su vida por la libertad e independencia de Euskal Herria, con la misma nobleza y generosidad que habían mantenido sus héroes. Ese mismo día volvió a Madrid, y al día siguiente se fue a Goizueta para ponerse en contacto con un cura de Leitza que había estado una temporada en la cárcel por ser simpatizante de ETA. Pello le planteó al sacerdote que quería encuadrarse en la organización, revolucionaria socialista vasca y de liberación nacional, Euskadi ta Askatasuna. ETA tardó casi un año en responder. El mismo cura fue el encargado de transmitirle la función que habían pensado para Pello. Le dijo: Después de pasar en casa de Aurora las variopintas horas que contemplan tanto el final del atardecer como el principio del anochecer, fueron muchas las noches en las que Pello llegaba algo tarde a las cenas que primorosamente le preparaban unas tías suyas con las que vivía en Madrid. Es de suponer que si a la exquisitez de los platos que le presentaban, se le añade el apetito natural de la juventud, que en el caso de Pello se veía muchas veces intensificado por el desgaste sufrido en las interminables sesiones amatorias con Aurora; la conclusión más natural será que el aprendiz de espía haría los honores debidos a las suculentas creaciones gastronómicas de sus dos tías. Genara y Blanca, que así se llamaban sus tías, eran unas primas solteronas de su padre, que se fueron a vivir a Madrid al acabar la guerra civil española. De familia también carlista, el padre de Genara y Blanca y hermano del abuelo de Pello, era un monárquico tradicionalista de fuertes arraigos españolistas. El señor Don Iñigo Iturriotz Ibaizabal abrazó la causa tradicionalista, no porque ésta anteriormente hubiese garantizado las libertades vascas, sino porque confundió, según su hermano, los medios con el objetivo, por culpa de los carcamales curas navarros, y se hizo católico fundamentalista y monárquico carlista, olvidando la auténtica causa del carlismo vasco que no era otra que la de apoyar al rey, fuese quien fuese, que respetase el ancestral régimen foral de las 4 provincias del sur de Euskal Herria. De esta forma, por la influencia de sus profundas convicciones religiosas y por las relaciones que obtuvo en Madrid, se hizo partidario de la causa monárquica española y como tal, cambió su visión y se sintió español. Se trasladó a Madrid y puso un negocio de fabricación de muebles que le obligaba a pasar largas temporadas en la capital del Reino. En la película, los comandos ingleses atentaban contra un general nazi de las SS, porque éste tenía siempre las mismas costumbres y realizaba los mismos recorridos.
Capítulo 15. EL INFIERNO Patxi Retama seguía recordando, con mucha satisfacción, la reunión que mantuvo con el director de la empresa S.M.A. de Zaragoza. Cuando se hizo consciente de la posibilidad de realizar un atentado de semejante dimensión, despidió a su responsable de finanzas y se quedó con Marino. La cobertura para realizar la operación le había caído del cielo, pero había que diseñarla y desarrollarla hasta su más mínimo detalle. Estuvieron varias horas discutiendo los pros y las contras de las diversas formas de enfocar la operación y barajando las distintas posibilidades que permitía la situación. Al final, a Retama le pareció perfecto el plan que concibieron. La plataforma que hacía de tarima para el palco de las autoridades, tenía 20 mts. de largo por 8 mts. de fondo, y se situaba a 3 mts. del nivel del suelo. Según Marino, que ya tenía hecho los planos del montaje, llevaba 100 pilares de tubo hueco de 15 cms. de diámetro. La idea consistía en rellenar cada uno de los 100 tubos, por el extremo que estuviese en contacto con el suelo, con 3 kgs. del explosivo más potente que hubiese en el mercado. Después se introducía en cada tubo un montón de tuercas, que al explotar las cargas, hiciesen de metralla. Sería como 100 trabucos de gran calibre, apuntando debajo de los pies de los principales personajes del aparato del Estado. Calcularon el espesor del maderamen de la base de la tarima y acordaron que las bocas de los trabucos asomasen a través del piso de madera, quedando al mismo nivel que el de la superficie de la plataforma. Después, con trozos circulares de la misma madera, a modo de corcho, se taponarían las bocas. Una moqueta por encima de la madera, cubriría el mortífero puzle que formaban las bocas de fuego y metralla. Otras cargas explosivas se colocarían en el interior de los tubos horizontales de la parte correspondiente al lugar de honor del palco. Se taponaría cada extremo con unas chapas soldadas y se practicarían unos orificios a lo largo del tubo, para que la onda expansiva se dirigiese hacia arriba. Calcularon que haría falta más de 400 kilos de explosivo y que había que cubrir la estructura metálica con una pintura especial que tuviese algún producto químico que evitase la acción olfativa de los perros adiestrados para detectar explosivos. Los 10 operarios necesarios para la obra, tenían que ser todos miembros legales de la organización, y el propio Marino estaría a pie de obra, dirigiendo personalmente el montaje de la mortífera estructura metálica. Un técnico en explosivos colocaría los detonadores electrónicos que hiciesen explosionar las cargas. Así que después de repasar toda la operación, y a menos de 15 días para la celebración del acto cuyo final iba a suponer la mayor debacle del Estado Español, Retama pensó “que se jodan todos los Mitarras del mundo”. A continuación recapituló sobre la situación actual de los preparativos de la Operación Infierno: “todos los tubos metálicos ya están cargados con el explosivo y la metralla, y se encuentran almacenados en el local de la S.M.A. a la espera del día en que serán trasladados al lugar de la celebración patriótica de los hipócritas fachas españoles”. Retama sonrió con satisfacción. Ya estaba todo perfectamente en su sitio y a punto para dar la hostia que, además de contribuir a la liberación de los vascos, también, sin duda, iba a darle el prestigio de un auténtico líder. Sólo quedaba un pequeño detalle por determinar. Cómo, quién y a qué distancia había que activar el emisor electrónico que detonase las cargas. Cómo y a qué distancia, aún no lo había determinado. Pero quién lo haría, sí que estaba decidido. Sería él mismo quien estaría en el frente de combate para apretar el mando a distancia. Otra vez le vino la imagen de Argala.
Capítulo 16. EL VUELO Pello Mitarra; mientras se tiraba a la piscina, es decir, mientras descendía el Ezkaurre camino de Isaba a coger el coche que había dejado bien aparcado el día anterior en un parkin del pueblo, y con el que pensaba realizar el viaje a Donosti en busca del conocimiento perdido; iba dándole vueltas a sus desconcertantes experiencias montañeras. Recordó que todo era debido a la actitud del fanático de Retama y al demencial plan que suponía el magnicidio de la familia real y demás representante políticos y militares. Sin proponérselo y sin saber por qué, su mente se trasladó a una cafetería de Madrid, en donde debía esperar a un contacto que venía desde Iparralde para preparar otro magnicidio. Para el joven y romántico Pello, ésta fue su primera cita con un liberado de la organización. La cita era a las 8 de la tarde. Hacía mucho frío y el local estaba con bastantes personas. Pello llegó con 10 minutos de adelanto y se apoyó en la barra, dejando sobre ella el libro “La Guerra y La Paz” de León Tolstoi, con la portada del libro bien a la vista como señal identificativa. Esperó durante más de media hora y pensó tal como le indicaba la nota recibida, que si para las 8 y media no se establecía el contacto, tendría que marcharse para volver al día siguiente al mismo local y a la misma hora. Fue en ese momento cuando Argala le abordó por detrás. Pello no lo conocía, pero le pareció que su contacto era una persona muy seria y muy delgada. Supuso que tenía que haber llegado antes que él, porque no le había visto entrar por la puerta que en ningún momento había dejado de vigilar. Siguieron paseando juntos por la Gran Vía, camino de la plaza España, y Pello pensó que su compañero tenía razón. Pello, cuando tenía 15 años, en los recreos en el patio del colegio de Pamplona, no fumaba en los urinarios como el resto de los colegiales que les gustaba el tabaco. Se ponía por el centro del patio, tapado por sus compañeros que jugaban al fútbol, y aparentando que estaba jugando con los demás, se fumaba el cigarrillo de los recreos al aire libre de las miasmas olorosas de los urinarios. Argala entró en materia, a la vez que se arreglaba la bufanda granate del cuello para protegerse del helado viento madrileño del primer mes del año de gracia de 1973. Pero antes le dio otro consejo. A continuación le preguntó si tenía copia o si se acordaba de las direcciones enviadas a la organización. Pello le respondió que ni lo uno ni lo otro. —Bien chaval —, le dijo Argala, — ahora escúchame con atención. Cuando me haga falta reunirme contigo, te llamaré por teléfono a casa a las 10 y media de la noche, a la vuelta de tus correrías amorosas — guiñándole un ojo, prosiguió con las instrucciones — y cuando te llame, diré siempre que soy Manuel, un ficticio compañero de la facultad de arquitectura, y quedaremos para vernos al día siguiente en el bar de la escuela. Pero ahí nunca nos veremos. La llamada de Manuel supone que al día siguiente nos encontraremos, a las 7 de la tarde, por la planta baja del Corte Inglés de Callao. Ya te buscaré yo. Tú tranquilo y aparenta que quieres comprar algo. Si no aparezco, vuelve al día siguiente. Nunca me esperes más de 20 minutos. ¡Ah¡ y deja ya de enviar direcciones a Tolosa. Le pidió su teléfono y tras un agur dicho casi imperceptiblemente, se separaron cerca de la estatua de Don Quijote, en medio de la plaza que a esas horas no estaba nada concurrida. Una vez más, le impresionó a Pello el cuidado y profesionalidad que demostraba su flaco camarada. Cuando Pello inició el camino de vuelta, comprobó que si hubieran sido seguidos, dificilmente sus perseguidores hubiesen pasado desapercibidos en aquella explanada. Antes de cruzar hacia la Gran Vía, le pareció distinguir que una persona alta y delgada con una bufanda granate, entraba en un coche que le esperaba aparcado con el motor en marcha. A continuación, arrancó el vehículo y se dirigió hacia el puente de Segovia. Argala le llamó 5 ó 6 veces en los casi 12 meses que estuvo el comando Txikia en Madrid, planificando la acción de Carrero. Casi siempre fue para que les esperase con su coche en algún lugar de Madrid. Aparecía Manuel con un compañero más bajo que él, al que una vez oyó que le llamaban Inglesa, les llevaba a donde le decían, y después volvían a separarse. Las manecillas del reloj de Pello marcaban las 9 y media pasadas, cuando un seat 124 aparcó detrás del suyo, y sus cuatro ocupantes, tras descender de su automóvil, se metieron en su simca 1200. “Todo bien chico”, le dijo Manuel, y a continuación le mandó arrancar el coche. Les llevó a otro punto de Madrid, cercano al mercado de abastos de la ciudad, donde se despidieron. Al volver a la casa de sus tías, después de dejar al comando Txikia, sobre las 11 y media de la mañana, Pello se enteró por la radio, que esa misma mañana, dos horas antes, el almirante Carrero Blanco y presidente del Gobierno Español, había sufrido un atentado con explosivos que acabó con su vida y en consecuencia, con la vida del previsible sucesor de Franco, adelantando de esta forma, en más de 10 años, la transición hacia la democracia. Varios meses más tarde, le comentó Argala, en un pisito de Biarritz, que el éxito de la Operación Ogro consistió sobre todo en el perfecto camuflaje que tenían los dos activistas encargados de pulsar el botón que activaba, a través de un sencillo cable eléctrico, los detonadores de las cargas. Lo de Carrero contribuyó a acelerar la evolución hacia la democracia. Lo de Retama era una acción para conseguir la involución y aumentar, de esta forma, la represión al pueblo vasco. Se dio cuenta de otro aspecto del que no se había percatado hasta ese momento. No sólo no estaba a favor de la lucha armada actual por ineficaz y contraproducente, sino que, además, se había dado cuenta que, asimismo, el objetivo de la acción de Retama era claramente reaccionario y opuesto a los objetivos que se había marcado la organización en sus principios. Con esta acción, se iba a poner en peligro las libertades democráticas conseguidas hasta ahora, tanto a nivel del Estado como a nivel de Euskadi. Y eso, siempre es retroceder políticamente, y, además, es una gran putada para el pueblo. Pello sintió y luego comprendió que el objetivo involucionista que perseguía Retama, aunque hace años él también lo hubiese apoyado, ahora lo veía como una estrategia totalmente inhumana, carente de cualquier consideración lógica y del más mínimo atisbo de generosidad, de tolerancia o de compasión; no sólo hacia las víctimas del atentado, sino sobre todo hacia la sociedad que tanto decían querer defender.
Capítulo 17. LA COBERTURA El lunes 8 de junio, Patxi Retama acabó bastante preocupado y cansado de devanarse los sesos para encontrar una buena cobertura que le permitiese acercarse sin riesgo al objetivo real. Él también sabía que era fundamental para la operación que el camuflaje que utilizase fuese lo más seguro posible. Cansado y con sueño, se fue a dormir. Quedaban pocos días para la acción y tenía que ocurrírsele algún plan. Se durmió dándole vueltas al asunto. Le gustaba quedarse un rato en la cama por las mañanas al despertarse, mientras escuchaba las noticias y los coloquios que casi todas las emisoras de radio españolas tenían en su programación. Era una forma de conocer el pulso político y social de España. Al despertarse al día siguiente, sintonizó la radio en una de las cadenas radiofónicas más oídas. Estaba hablando el ministro de asuntos exteriores del Gobierno español. Cuando Retama estaba a punto de cambiar de emisora, escuchó el nombre de Chirvan. Apagó la radio y dejó de escuchar el interminable discurso sobre la confraternización de los “países” ricos con los pobres, la cual consistía y se concretaba en un mero gesto simbólico de hermandad hispano-árabe, a pesar de la contundencia que ponía el político de turno cada vez que pronunciaba la palabra “países”. Sin embargo, la mente relajada de Retama después de más de ocho horas de bien dormir, funcionó con rapidez. Recordó que tenía un contacto con un ex-agente del KGB, al que conoció 6 años atrás en Praga, cuando era el responsable de relaciones internacionales de la organización; y también le vino a la memoria que tan bien le funcionaba, que, en la actualidad, el ex-KGB desempeñaba un cargo importante en la embajada de la república de Chirvan en Suiza. Hacía poco que la región caucásica de Chirvan había logrado la independencia y se había constituido como república. Retama trazó mentalmente toda la estrategia que le permitiría fabricar una cobertura absolutamente segura y eficaz. Se vio a sí mismo con el camuflaje perfecto que suponía el vestirse con la ropa y el tocado característico de los árabes. Se imaginó paseándose tranquilamente por la zona de la celebración del acto patriótico, con una túnica blanca festoneada de ribetes dorados y negros que hacía juego con un elegante turbante negro. La túnica tendría unos amplios bolsillos que le permitiesen ocultar la pipa y el mando a distancia que electrónicamente pondría en actividad a los detonadores de las cargas explosivas. Decidió que tenía que irse inmediatamente a Suiza para establecer contacto con el ex- agente de la KGB y ahora funcionario de la embajada en el País Helvético. Apartó el edredón y saltó fuera de la cama. Se lavó, se preparó y se vistió con una rapidez poco habitual para lo que normalmente le llevaba casi una hora. Llamó por teléfono a un colaborador para que se presentase lo antes posible con un coche potente, y escribió una nota a Txentxo. Retama estaba preparando la bolsa de viaje cuando entró Txentxo en la casa con el brazo derecho sujeto por un pañuelo que le colgaba del cuello. Retama se cagó en Dios por lo bajo, pero decidió hablarle con amabilidad para que no se revirase ahora que se tenía que marchar para Berna. Capítulo 18. LA GULA En la venta de Arrako, Pello, después de casi tres días de no comer mucho, hizo por fin una comida con fundamento. Cuando estaba en plena acción, no le importaba olvidarse de la comida seria y quitaba el hambre a base de bocadillos o frutos secos, tal como lo había hecho durante los últimos días. Pero cuando tenía oportunidad, también le gustaba regalarse con lo más selecto de la gastronomía vasca. Aunque también disfrutaba con la cocina francesa y con la gallega y con la castellana y con la mediterránea. En fin, que le gustaban todas las buenas cocinas donde se mimasen los alimentos. Su abuelo solía contarle que, según las antiguas crónicas del reino de Nabarra que algunos dicen que se remontan al siglo IX en el que Iñigo Aritza fue elegido por las juntas de vecinos como primer rey de Pamplona, los antiguos vascones comenzaban la jornada con una buena comida, a media mañana se daban otro buen almuerzo, al mediodía se regalaban como si no hubiesen comido nada en toda la mañana, a media tarde volvían a repetir la faena, y acababan la jornada con la comida más importante y cuantiosa de todo el día. Algunas malas lenguas, que los cronistas atribuían a la envidia de los visigodos y de los francos, decían que también se levantaban del lecho a media noche para seguir comiendo todo lo que pillaban por la sukaldea de fuego bajo. También recordó que una vez había leído en un libro de la biblioteca de casa, que después de las comidas, a los nabarros les gustaba cantar y bailar. Los árabes, que en algunas temporadas se relacionaron amigablemente con los habitantes del norte del Ebro, se quedaron gratamente prendados de las cantarinas mujeres rubias que poblaban los valles y llanuras nabarras. Muchas de ellas fueron a parar a los harenes de los jerifaltes de Córdoba y Granada, contribuyendo con sus zortzikos a desarrollar el cante hondo y el flamenco. Debían de ser ciertas las cualidades bailarinas de los vascos, porque el gran Voltaire dijo una vez que lo único que sabía de los vascos es que son un pueblo que brinca y canta sobre las peñas de los Pirineos con inusitado vigor. Pello se comió dos mamias de postre, se tomó una copa de armagnac y se fumó un puro tipo farias. En la mesa de al lado, cuatro lugareños jugaban al mus. Las palabras euskaldunes empleadas por los jugadores, tales como enbidatu, txika, hordago y hamarreko, le recordaron una historieta que siempre contaba su madre a todo aquél que venía a casa a jugar al mus por primera vez. Se ponía muy seria mientras barajaba los naipes y con una voz retocada de cierta solemnidad, se dirigía al nuevo jugador, el cual casi siempre caía en los trucos y operaciones de diversión que empleaba la etxekoandre de Etxeber durante la partida, para decirle, mirándole directamente a los ojos, lo serio que es el mus. Apagó la colilla del puro en el cenicero de la mesa y se despidió de los muslaris. Pello pensó que ya era hora de continuar el viaje a Atharratze, donde cambiaría su apariencia de montañista francés por la de un serio pamplonica que le sirviese de cobertura en su viaje a Donostia, para ver si encontraba algo que explicase el contenido de la tablilla, tal como le dijo el viejo belagile. Salió de la venta y emprendió el viaje. Llegó a Tardets en menos de una hora. Le recibió el dueño de la casa que le servía de refugio en Zuberoa. Beñat saludó a Pello con mucho cariño. Siempre le traía alguna tonteria que le hacía mucha ilusión al viejo casero. Cuando estuvo el día anterior por la mañana para cambiar de coche y prepararse para la montaña, no se encontró con Beñat. Pero ahora sí, y Pello le entregó una caja de frutas escarchadas y otra de bombones de licor, y estuvieron un rato charlando amigablemente. Beñat le preguntó si deseaba cenar algo, a lo que Pello respondió que no. Estaba muy cansado y prefería meterse en la cama para dormir un montón de horas. A eso de las 8, se retiró al dormitorio. Después de dos noches de no dormir en condiciones, lo que más le apetecía era introducirse entre las sábanas de fino hilo que le esperaban en la cama. Había dormido un poco en el coche durante el trayecto de Lyon a Tardets. La noche siguiente la pasó en el agujero donde encontró la tablilla, y esta noche iba a dormir en una de las mejores camas del mundo. Así es la vida, pensó Pello, a la tercera va la vencida. Dos noches de mal dormir y una de placer onírico. Le pareció que la relación dos a uno estaba adecuadamente proporcionada y asimismo era también muy interesante. Se le ocurrió pensar que ¡qué chorradas me vienen a la mente! De todas formas, antes de acostarse, redactó dos cartitas para dos amigos. Una era para Jokin, un hombre de su confianza y viejo militante de la organización, aunque un poco apartado en la actualidad, que residía en Paris. La otra era para su amigo y compañero de armas, Santiago Arróspide, conocido por el sobrenombre de “Potros”. La carta para Jokin decía en francés: “Estimado socio y amigo. El número uno de nuestra sociedad está completamente desquiciado. Intenta realizar una operación descabellada y funesta al número uno de la competencia que tenemos en España para nuestros productos. No atiende a la realidad, ni a la realeza de nuestra empresa que tantas veces hemos comentado tú y yo. Urge que contactes con los principales accionistas y con todo aquél que pueda influir a nuestro número uno para que convoque inmediatamente un consejo de administración. Confío que no hayas olvidado tus dotes conspirativas, después de tantos años sin debates ni asambleas en el seno de nuestra cooperativa. Un saludo de Pierre Beaumont”. La nota de Jokin iría a un buzón de seguridad que sólo lo conocían los dos. La de Santi iría directamente a la carcel francesa donde estaba preso. A Mitarra le interesaba que la censura carcelaria se enterase de la movida política de la organización. Le ineresaba que saliese en la prensa la polémica sobre la posibilidad de una tregua. Pello Mitarra metió las cartas en sus respectivos sobres y se sumergió entre las sábanas de fino lino para dormir más de 10 horas de un tirón.
Capítulo 19. LOS AMIGOS Cuando se levantó a la mañana siguiente, Pello se encontró con un magnífico sol que evaporaba los restos del rocío nocturno y con un no menos magnífico desayuno que le había dejado preparado el amigo Beinat. Tenía de todo. Pan tostado, mantequilla, fiambres, queso, nueces, fruta, bacalao en ensalada, sidra y leche caliente. También había un par de botellas de vino a la vista. Comió de casi todo con mucho apetito y después de liar un porro de marihuana, salió a saludar a Begnat que ya llevaba más de dos horas levantado y trabajando en el huerto de hortalizas con una azada. —Egunon Beñat. Zer moduz?— Charlaron un ratito sobre los productos de la huerta que estaba trabajando el viejo, y Pello a continuación se retiró al interior del caserío para preparar su nuevo camuflaje. Se despidió del buen hombre propietario de la casa con un comentario insustancial. — Bueno Beñat, voy a ver si encuentro cobijo junto a un gran arbol que me dé buenas nueces. Agur eta eskerrikasko, Beñato. A continuación le dio los dos sobres para que sin falta los llevase esa misma mañana a la oficina de correos. Salió en dirección a Baiona con la intención de parar en St. Jean Pied de Port o, si se prefiere, en Donibane Garazi. Al entrar en Donibane Garazi, aparcó el coche en la pequeña explanada que está enfrente de la muralla. Dio un largo paseo por las estrechas calles de la parte vieja de la villa, y cuando le entró el apetito, se dirigió hacia el Arranbide. Dentro de unas pocas horas iba a pasar a la parte española de Euskal Herria, y pensó que por si acaso, no le vendría nada mal darse una buena y exquisita comida. Se quería despedir de Iparralde con una de las mejores cocinas del Estado francés. En la casa Arranbide, Petankas pidió que le sirvieran una lubina marinada a las finas hierbas de Provenza, presentada sobre un concienzudo lecho de cebolla pacientemente confitada o kipula mela-mela, y acompañada de una fresca salsa de tomate que apenas había pasado por el fuego. Después se comió un espléndido solomillo asado, rodeado de una salsa al vino tinto aromatizada con buenos trozos de gibelurdines. Bebió media botella de un Beaujolais de buen año. El gran arbol que se encuentra en la terracita del Arranbide, le había dado algo más que unas buenas nueces. La intención de Pello era ofrecerse a la organización para que ésta le aceptase como miembro liberado y poder así dedicarse en exclusiva a seguir los pasos de sus héroes del juicio de Burgos y también los de Manuel, su contacto en Madrid durante el año pasado. Al entrar en el apartamento de Biarritz para entrevistarse con algún responsable, se encontró con que el responsable que le recibió era Manuel. Argala se llevó una buena impresión de Pello cuando estuvo en Madrid preparando lo de Carrero Blanco, y cuando se enteró de que el joven espía de Madrid solicitaba una entrevista, se ofreció a atenderla. Pello fue aceptado como miembro liberado de la organización, lo cual le permitió moverse por Iparralde entre los compañeros refugiados. Pronto estableció una buena amistad con Santiago Arrozpide, pese a que casi siempre estaban discutiendo. Pello Mitarra no había llegado en un buen momento. ETA se partía en dos. El frente militar, al cual estaba incorporado, mantenía serias discrepancias estratégicas e ideológicas con la infraestructura política de la organización, constituida y controlada principalmente por miembros legales desde Euskadi Sur. Mitarra estaba posicionado con el frente militar y Santi se iba decantando por la otra postura. Santi le decía que no estaba en contra de la lucha armada, faltaría más. Y daba un golpe en la mesa para enfatizar su fe en la lucha armada. — Eso que dices es muy bonito y muy teórico, pero mantener una relación orgánica con la actividad política a desarrollar entre el pueblo, va a suponer un mayor riesgo para la seguridad del frente militar. Las caídas en una actividad van a afectar a la otra, y viceversa. Al ser todos de la misma organización, la represión se va a cebar en los militantes políticos, sindicalistas y agitadores de masas. Pero, además de la represión indiscriminada, hay otro factor: Las discusiones políticas y teóricas sobre la viabilidad o no de cualquier acción importante, en muchos casos, van a impedir su realización, porque se van a quemar con tanto hablar y con tanta gente que indiscretamente se va a ir de la lengua. Por último, la apertura de militantes que propugnáis los polimilis, va a facilitar la entrada de topos infiltrados. En conclusión, sí hace falta que el pueblo se articule en torno a alternativas y movimientos de masas de carácter abertzale y socialista, pero ésa no es nuestra función. Hay que separar las dos funciones. La organización está para golpear y debilitar al enemigo, y para garantizar, consolidar y defender los avances democráticos del pueblo y de los instrumentos políticos y organizativos con los que se dote. Pero cada uno por su lado y sin dependencias mutuas. Eso es todo, polimili, que eres un polimili. Mitarra tuvo, año y medio después, la primera noticia de su amigo Santi. En la primavera del 76 estaba destinado en Baigorri, a poquísimos kilómetros de la frontera con España. Una mañana de principios de abril, oyó por la radio que los 29 fugados del día anterior de la cárcel de Segovia, apoyados por un comando exterior de polimilis a las órdenes de Santiago Arrozpide, habían sido localizados y rodeados por las fuerzas de la Guardia Civil en las inmediaciones de Espinal y Valcarlos. Estaban a tiro de piedra de Baigorri. Sin consultar con nadie, Pello llamó a dos compañeros de su equipo de mugas y se presentó en la zona. Nunca había visto semejante despliegue de txakurras. Anduvo varias horas por las cañadas y bosques del Adartza, evitando las patrullas de guardias civiles. Se dio cuenta de que los fugados estaban desorientados. Unas veces pasaban a la parte francesa y después, sin saberlo, volvían a entrar a la española. Les había fallado el mugalari para pasar la línea divisoria entre Hegoalde e Iparralde, y el monte y la niebla les estaban poniendo los cuernos. Localizó un pequeño grupo de fugados que se encontraban a unos 500 mts. más abajo, y se dispuso a establecer contacto con ellos. Sin saber cómo, desde detrás de unas peñas, surgieron tres guardias provistos de fusiles ametralladores. Estaban a menos de 30 mts., y los dos tríos se miraron. Mitarra y sus dos compañeros, que también llevaban fusiles automáticos, los clásicos naranjeros Stern, pensaron que el enfrentamiento era inevitable, pero por si acaso, retrocedieron un poco sin dejarles de dar la cara. Los guardias civiles hicieron lo mismo y desaparecieron de su vista tras los peñascos. Mitarra comprendió que había sido detectada su presencia y antes de verse rodeado, tuvo que retirarse a la base de Baigorri. Su amigo Santi fue capturado a poca distancia suya, y después de ser brutalmente torturado, así como su compañera Izaskun que también estaba en el comando de apoyo a la fuga, entró en la cárcel para salir 14 meses después con la amnistía del 77. Poco después, junto con casi todos los Bereziak, Santi volvió a la ETA de Argala. Los recuerdos de sus aventuras por el Pirineo se fueron difuminando al tener que atender al camarero del Arranbide que le había presentado la cuenta. Pello pensó que, por lo menos, su madre nunca había dejado de ayudarle financieramente, gastando gran parte de la pequeña fortuna familiar en mandarle cuantiosas inyecciones económicas. Al salir de Donibane Garazi, rumbo al paso fronterizo de Behobia, camino de Donostia, recordó las palabras de Argala cuando le decían que la función de la violencia revolucionaria es garantizar, consolidar y defender los avances y conquistas democráticas del pueblo trabajador vasco y sus organizaciones abertzales y de clase. Pello pensó en Retama y volvió a reconocer el asombroso giro de 180º que había tomado la actual estrategia de la organización con respecto a la de Argala. Ya no se defendía a la sociedad, y eso le dolió. ¿Se estaría volviendo un sentimental? ¿Se le estaría abriendo el corazón, tal como le aconsejó el viejo belagile del Ezkaurre? La hora que tardó en recorrer la distancia que separa Donibane Garazi de Behobia, Pello la empleó en reflexionar sobre las contingencias que de repente surgen en la vida. Las circunstancias impactantes que realmente transforman la forma de pensar o ver la vida, son casi siempre imprevisibles. Le sorprendió la idea que le había enviado la mente. La repitió otra vez. Las circunstancias impactantes son casi siempre imprevisibles. ¿Por qué se está intentando durante toda una vida llevar un camino previamente establecido, y de repente pasa algo que te obliga a reflexionar, y te hace cambiar la orientación de tus creencias y la forma de entender la vida? Es como si todo el esfuerzo por amarrar un estilo de vida, no valiese para mucho. Al final ocurre algo ajeno a la persona, que de manera imprevisible es lo que realmente determina el tipo de vida. Su experiencia personal de realizar cambios sobre la marcha, no le estaba yendo tan mal, pero se imaginó que el impulso externo que obliga a cambiar la forma de ver la vida, no siempre sería algo agradable. ¿No sería, quizás, más natural dejar que la vida fluya por sí sola, en vez de pretender controlarla? Además, es más vivificante la incertidumbre y el riesgo que la cómoda seguridad de creer que ya está todo conseguido, o que ya no se puede más. Es lícito el conformarse cuando se cree que ya no se puede más, pero también es lícito el argumento contrario, es decir, el no rendirse nunca. Pello prosiguió con sus pequeñas disquisiciones filosóficas. El argumento contrario consiste en reafirmarse a uno mismo que el conformismo o el deseo de descansar, nunca me va a llegar porque siempre creo que aún se puede hacer más. Si se está convencido de que siempre se puede más, no hay opción para la rendición. La aceptación de esta afirmación y su puesta en práctica, consciente o inconscientemente, determina una actitud ante la vida que es completamente diferente a aquella que tiende a aceptar el “yo no puedo” o el “yo ya no puedo más”. Mitarra pensó que cada cual era como era. Mitarra conocía algunas personas que nunca se habían rendido, y también conocía a otros que se solían rendir con mucha frecuencia. Recordó a algunos que se habían rendido. También intentó recordar a los que nunca se habían rendido, pero eran muchos menos, porque, además de la comodidad y del “ya no puedo más”, había un tercer motivo para la rendición. No siempre todos los que claudican, continuó meditando, es por causa del cansancio o de la debilidad. También hay personas que hacen dejación de sus principios por interés personal y/o material, vendiendo su rendición al mejor postor. Este tercer motivo le pareció que era muy interesante para analizarlo en su justa dimensión. ¿Una gratificación material puede justificar la dejación de los principios ideológicos, morales o éticos que tiene cada conciencia del género humano? La respuesta era evidente. Eran muchas las personas que lo habían hecho sin ningún problema, al menos aparentemente. Es más, Pello tenía la sensación de que eran muchos más los que daban más importancia a lo externo que a lo interno, al tener que al ser. ¿Cómo sería una sociedad en la que todos sus componentes fuesen motivados únicamente por alicientes materiales y externos, y muchas veces hasta opuestos a la verdadera e intrínseca esencia de cada persona? No habría poetas, porque la poesía no da dinero; no habría sinceros, porque la verdad siempre es impopular; no habría valientes, porque el valor siempre implica riesgo; no habría conciencia, porque tener conciencia supone dejarse llevar por los sentimientos, por el romanticismo; y sobre todo, no habría inteligencia, porque el pensar significa analizar, y el egoísmo no soporta que se le analice. Pello comenzó a comprender la utilidad de las imprevisibles circunstancias impactantes que obligan a depender menos de lo material y de lo externo, y más de la propia conciencia y de los valores internos. Lo imprevisible tenía la función de aviso para los más espabilados, y la de severo correctivo para los menos avispados, es decir, para los que centran toda su vida en el poder personal, en el dinero o en la fama. Tal como supuso Pello, todas las casetas de control del paso fronterizo de Behobie se encontraban cerradas y no había ningún tipo de vigilancia. De todas formas, si hubiera habido algún aduanero que le hubiese pedido la documentación, tenía cobertura de ciudadano francés que circulaba con un coche debidamente documentado a su nombre y matriculado en Baiona. Aunque nunca se sabía. Hacía unos años que un militante, el cual, además de ser una excelente persona, conocía perfectamente el idioma alemán, había caído en un control rutinario de carretera, porque al entregar el pasaporte alemán al guardia del control, éste le preguntó de qué coño de país era. El falso alemán le contestó una grosería en alemán, que el guardia pensó que era en euskara. Le volvió a hacer la pregunta y el liberado con apariencia de turista teutón, también le volvió a contestar en alemán. El guardia, indignado y dolido por la falta de consideración a su idioma castellano que demostraba el vasco ese de los cojones, le llevó detenido al cuartelillo. Allí descubrieron que el turista que hablaba en alemán y no en vasco, tal como había supuesto el guardia civil del control, en realidad era un liberado de la organización muy buscado por todas las fuerzas de seguridad del estado. Entró en Donostia, o en la Bella Easo, o en el marco incomparable de San Sebastián, sobre las siete de la tarde. El autobús le dejó cerca de la Parte Vieja. Se encontraba totalmente desorientado sin saber por dónde comenzar a buscar. Supuso que ésa sería la sensación que tuvieron los fugados de Segovia cuando andaban perdidos por el Adartza. No tenía ninguna idea de cómo iniciar la búsqueda. Sólo había seguido un absurdo consejo de un viejo chiflado con pintas de brujo barato. Así que, ya que últimamente se movía más por sensaciones instintivas que por impulsos racionales, decidió dejar pasar el tiempo y esperar cualquier cosa que le pudiese indicar el camino a seguir. Se internó por la Parte Vieja. El ambiente de cuadrillas de txikiteros y de comedores de delicias atravesadas por un palillo, que observó por los bares, le envolvió rápidamente y le animó a sumarse a la fiesta. Tomó 2 ó 3 txikitos, mientras observaba la actitud de los parroquianos e intentaba oír alguna que otra conversación. No había tensión, ni miedo, ni ningún síntoma que denotase la sensación de sentirse oprimidos por el sistema español y la colaboración cipaya de algunos pocos vascos. Ni tampoco la contraria, claro. La gente parecía muy feliz y en todos los bares se oía el ruido de muchas voces hablando a la vez. Tampoco había miedo a que te escuchase el de al lado. Estando en estas consideraciones de turista observador y cotilla, se acordó de que en el Portaletas o en Casa Tiburcio, había unas riquísimas cazuelitas de callos. Le entró el apetito y decidió entrar en el primero de los dos bares que encontrase a mano. Al entrar en el Portaletas, se sentó en una mesa que estaba al fondo del local y pidió una ración. Se apoderó de un periódico que estaba por ahí y, sin perder de vista la puerta de entrada al bar, comenzó a ojearlo. En el momento que le servían la cazuelita, su vista se posó en la foto de una mujer bastante guapa. El texto que acompañaba a la foto, decía que la señorita Arantza Urdanpilleta, profesora de filosofía y especialista en textos de antiguas lenguas indoeuropeas, daba, esa misma tarde, una conferencia sobre un tema que se titulaba “Dioses y fuerzas vitales de la cosmogonía hindú”. Se sentó al fondo de la sala e intentó seguir el contenido de la conferencia. Al poco tiempo, ante la imposibilidad de entender la terminología y el sentido de las palabras de la señorita Urdanpilleta, optó por desentenderse y dejó vagar su mente. Hacía algo más de tres años que no cruzaba la muga que separa el Estado Francés del Español. Conocía alguna dirección de simpatizantes de la organización que residían en la capital guipuzcoana, pero no podía recurrir a la infraestructura de la organización, por temor a que Retama les hubiese mandado algún aviso sobre su persona. La opción era evidente. Después de hablar con la señorita cosmogónica, se presentaría en el domicilio de un matrimonio de bastante edad que residía en el barrio de Gros. Mitarra sabía que ese piso no era conocido por la organización, y, asimismo, todas las veces que había acudido al piso de Gros, había sido siempre bien acogido. La mujer, que era natural de Ondarroa, mitad vizcaina y mitad guipuzcoana, hablaba mucho y era muy simpática. Casi siempre había pescado para comer o cenar, y le hacía mucha gracia cómo denominaba la cocinera a la merluza frita. Arantza llevaba varios años practicando técnicas espirituales orientales de crecimiento personal, y pensaba que la mejor actitud para discurrir por la vida era aceptar todo lo que su karma había dispuesto para ella. Ultimamente estaba comenzando a plantearse que también el esfuerzo personal y racional era un método muy eficaz para lograr y conseguir del karma, únicamente, aquellos aspectos buenos que hubiese dispuesto para ella la ley. Era como si para merecerse lo bueno, hiciera falta primero esforzarse en ello, al mismo tiempo que se aceptaba tanto lo bueno como lo malo. Como dirían los cristianos, había que aceptar la voluntad de Dios, pero estando siempre abierta a toda experiencia nueva que Arantza no dudaba que fuese positiva, porque llevaba tiempo intentando, con más o menos fortuna, erradicar cualquier pensamiento negativo. Se repetía constantemente que una actitud negativa, sólo trae cosas negativas. En cambio, una actitud positiva, por una especie de vibración afín, sólo traía agradables sorpresas.
Capítulo 21. EL CAUCASO Pello y Arantza se sentaron en una mesa del local, desde la cual Mitarra podía observar la puerta de acceso. Arantza pidió un té. El instinto de Pello le hizo ver que podía decepcionar a la señorita Urdanpilleta si pedía algo con alcohol, así que se decidió por una tónica. Sacó un cigarro y se lo ofreció a su acompañante. Ante su negativa a aceptarlo, le pidió permiso para encenderlo. Arantza contestó que aunque era muy, muy, muy contraria al tabaco, no era nadie para prohibir algo a los demás. —Si desea fumar puede hacerlo —. Pello se disculpó y dejó el cigarrillo sobre la mesa junto a las cerillas y el paquete de tabaco negro, dando por zanjado el tema del fumar. — Señorita Urdanpilleta, si me he atrevido a molestarla es porque me han dado muy buenas referencias de usted en un círculo de aficionados a la arqueología, al que suelo acudir alguna vez en mis ratos libres. Arantza comentó con un casi imperceptible aire de satisfacción, algo referente a que no se consideraba experta en nada. Cogió el papel que le ofreció Pello y comenzó a estudiarlo. Ciertamente, sus conocimientos no eran muy amplios, pero sí lo suficientes como para distinguir las diversas épocas y grupos étnicos a los que pudiesen pertenecer los jeroglíficos de los textos de caracteres neolíticos. A simple vista, le pareció que la escritura se correspondía con otras que se habían encontrado en la zona del Cáucaso. Pero el tipo de inscripciones que aparecían fotocopiados en la hoja de papel, no eran linealmente exactas con lo que ella había visto antes. Por la forma de algunos caracteres, dedujo que el texto que tenía entre las manos, podía ser anterior en antigüedad a todo lo que ella conocía. Quizás fuese de principios del neolítico, o acaso de finales del paleolítico, lo cual convertía al texto en una auténtica joya arqueológica de indudable valor. La teoría de Arantza sobre las lenguas indoeuropeas era que todo comenzó con el lenguaje de los Vedas, supuestamente a finales del paleolítico. Después, a principios del neolítico, la lengua de los vedas se transformó en el sánscrito que conoció Krisnha y del cual han surgido las lenguas del tronco indoeuropeo preario. Estas lenguas se esparcieron, desde la cuenca del sagrado río Ganges, por el resto del continente asiático europeo, asentándose alguna derivación de ellas en el Caucaso. La conclusión que sacó, respecto al texto presentado por el señor Astrain, era que tenía la impresión de que parecía escrito con caracteres anteriores a la época del sánscrito. Quizás fuese uno de los poquísimos textos originales escritos en el idioma del paleolítico y supuestamente, el idioma raíz de todas las lenguas de Europa y parte de Asia. Podía tener en las manos un mensaje de los vedas y de ser así, el hallazgo de Pedro Astrain tenía un valor incalculable. No le comentó nada a Pello y le hizo dos preguntas: Pello se lo había jugado todo a una carta. Supuso que una niña rica de la Avenida, no acostumbraría a viajar en tren y, por consiguiente, no estaría al tanto de los horarios de las llegadas y salidas. Él tampoco los sabía. Esperó la reacción de Arantza y comprobó que había entrado al trapo. Arantza con cierta preocupación, contestó al señor Astrain. Arantza, sin soltar el texto, le insistió en que le hacía falta un poco más de tiempo, y que estaba muy intrigada por el origen y contenido de la inscripción. Vio clarísimo que si dejaba escapar esta oportunidad, igual no se merecería que se le volviese a presentar. Sólo le quedaba una salida. Respiró hondo y con un poco de nerviosismo, le dijo al señor Astrain. El señor Astrain agradeció la amabilidad de la señorita Urdanpilleta y dio a entender que no quería molestar ni a sus padres ni a ella, pero después de un pequeño tira y afloja, acabó accediendo a la petición de la, presumiblemente, neska zaharra de la distinguida Avenida de San Sebastián y cosmogónica profesora de universidad.
Capítulo 22. LA CONSPIRACIÓN Al día siguiente, Patxi Retama se despertaba un poco tarde en un dormitorio de un piso de la ciudad de Berna, el cual pertenecía a un simpatizante de la organización. Había llegado el día anterior a la capital suiza. Nada más llegar, después de pasar por la vivienda del simpatizante, se fue a un restaurante desde donde se puso en contacto con la embajada de Chirvan. El recepcionista que le atendió por teléfono, le dijo que el señor Yussuf no se encontraba en ese momento en la embajada, pero que sin ninguna duda, estaría al día siguiente. Así que al día siguiente Retama salió a la calle sobre las 10 de la mañana, y volvió al restaurante de la tarde anterior. Pidió un desayuno completo y se dirigió a la cabina del teléfono del local. El mismo recepcionista de la embajada le comunicó que el agregado cultural, señor Abrahim Yussuf, sí se encontraba en su despacho, y que lo mejor era que se presentase personalmente en la embajada si quería ser recibido por él. Retama dio buena cuenta del desayuno y se fue para la embajada. El funcionario de la entrada de la embajada le hizo rellenar un extenso formulario que precisaba con exactitud cuál era el motivo por el que deseaba entrevistarse con el agregado cultural. Había muchísimas preguntas, lo cual obligó a Retama a emplearse a fondo para cumplimentar reglamentariamente los diversos y abundantes apartados que componían la complicada encuesta. Le costó casi una hora el tiempo que dedicó en rellenar el formulario, y al final escribió una contraseña en clave, establecida hace tiempo en Praga, la cual le permitió identificarse ante su contacto, mitad ex agente de la KGB y mitad responsable de seguridad de la embajada con cobertura de agregado cultural. Dos horas más tarde, el funcionario le llamó para decirle que el señor Abrahim Yussuf, agregado cultural de la embajada de la república caucásica e islámica de Chirvan, “tiene la grandísima felicidad de disfrutar del placer de recibirle inmediatamente”. Retama subió las escaleras alfombradas por exquisitos tapices, pensando que menos mal que por lo menos había tenido la precaución de darse un buen desayuno. Otra magnífica alfombra repleta de grabados florales y de paisajes nevados, ocupaba gran parte del suelo del amplio despacho del señor Yussuf. Una gran mesa de cara madera oscura servía de realce a la persona enjoyada que se sentaba tras ella con una radiante sonrisa. Yussuf le escuchó con atención, mientras se acariciaba una gruesa cadena de oro que llevaba al cuello, con una mano en la que destacaban los anillos, también de oro, que portaban los tres dedos del centro. Un poco más abajo, a la altura de la muñeca, relucía una gruesa pulsera de oro. Le gustaba la sensación que producía llevar tanto oro sobre el cuerpo. Cadena, anillos, gemelos, brazaletes y un pesado rolex de oro, le hacían sentirse mucho más seguro al humilde y servicial funcionario de Chirvan. Por una parte, su ideología integrista y fanáticamente fundamentalista, le impulsaba a llevar la guerra santa revolucionaria y religiosa a toda Europa. Era la revancha de tantos siglos de dependencia y humillación a manos, o bajo los pies, de occidente; pero además de la revancha, era también un objetivo sagrado y político a conseguir, ya que todo aquello que contribuyese al debilitamiento de las potencias europeas, suponía el fortalecimiento de uno de sus objetivos más seculares. Por otra parte, su pertenencia a la orden secreta de la “Luz del Ocaso”, era un motivo más para tomar en consideración la propuesta de Retama. Con la misma piedra podía derribar dos pájaros. A la vez de golpear a Europa, también se podría acabar con el maldito pueblo vasco de Aitor. Yussuf había comprendido que la represión y medidas políticas que se originarían tras el atentado, aniquilarían cualquier vestigio de vasquismo y sobre todo, sería el golpe de gracia a la antigua ley de Aitor que proclamaba que todos los seres son señores y dueños de su propia existencia, con unos derechos que como hijos del Sol, nadie les podía arrebatar. Todo comenzó algo más de 10.000 años atrás, cuando el pueblo formado por los supervivientes de la Atlántida se fragmentó en dos comunidades bien diferenciadas, después de permanecer en las montañas del Cáucaso durante casi dos milenios. Una de ellas, que era conocida como la de los eguskos por su adoración al Sol o Eguzkia, conservó las antiguas enseñanzas de los atlantes que decían que todos los humanos son hijos de Dios, y, por consiguiente, son todos iguales en dignidad y gobierno. La otra, que estaba controlada por los sacerdotes y brujos de la jerarquía religiosa institucionalizada 1.000 años atrás, mantenía que la autoridad no la podían detentar todas las personas, y que sólo podía y debía recaer en los elegidos por los dioses y por las estrellas, y en aquellas personas sabias que fuesen nombradas por los sacerdotes para aceptar y respetar el orden jerárquico que se observa en toda la naturaleza, tanto en la terrenal como en la celestial. La catástrofe y posterior desaparición bajo las aguas del océano de su originario continente, como consecuencia del caos y del desorden anárquico que produjo la concepción igualitaria de los primitivos atlantes, fue el argumento de peso que esgrimieron los sacerdotes contra sus opositores adoradores del Sol y de las libertades individuales. En pleno enfrentamiento de ideas, hubo un gran diluvio que dio la razón a los sacerdotes. Al bajar las aguas que cubrían los valles del Cáucaso, fueron descendiendo los supervivientes, desde las cumbres del Ararat y otros montes, para comenzar a organizarse de nuevo. A partir de este momento, el enfrentamiento, no ya sólo ideológico, fue total. Una parte de los que consideraban que todos eran jaun eta jabeak, con sus cruces solares y sus discos de cuatro cabezas en espiral giratoria, tuvieron que abandonar las montañas y los valles del Cáucaso para dirigirse hacia la puesta del Sol y buscar un lugar apropiado donde conservar sus leyes y su lengua que venía directamente de los primitivos señores solares que habitaron la Atlántida. Otra parte, en vez de tirar para occidente, se dirigió hacia oriente y se establecieron a lo largo de las llanuras asiáticas. Ambos grupos expedicionarios llamaban también Egiazkoa al Sol, que en su idioma significaba “El de Verdad”, y para expresar que algo era mentira, utilizaban la palabra gezurre, que ellos lo entendían y lo concebían bajo la imagen oratoria de “El insípido Oro”. Los que no emigraron, adoptaron la filosofía y religión de los sacerdotes, lo cual supuso la ordenación natural y jerárquica de la sociedad en diversas clases funcionales. Fue en esta época cuando los brujos se constituyeron en sociedad secreta para combatir, hasta el final de los tiempos, si así fuese preciso, las costumbres y las peligrosas leyes igualitarias de los hijos de Aitor, estuviesen donde estuviesen. Abrahim Yussuf pensó que el objetivo secular de su orden, volvía a estar al alcance de la historia y también, por qué no, de su mano. Mirando fijamente a Retama, le dijo que tenía que consultar con sus superiores para que decidiesen la viabilidad o no de la operación. Ya le convocaría cuando tuviese noticias al respecto. También le dijo que esperaba que fuesen plenamente satisfactorias. Se despidieron con un “vive la revolutión”.
Capítulo 23. LOS LIBERALES Y LOS CARLISTAS Ese mismo día, también Pello se despertó un poco tarde. Las manecillas de su reloj marcaban algo más de las 9 de la mañana. Al principio le costó un poco averiguar en dónde estaba y por qué había dormido en una habitación tan coqueta. Al instante recordó a la señorita Urdanpilleta y el plan que tan bien le había salido. La claridad que penetraba por la ventana del dormitorio, hacía de la habitación una estancia más alegre de lo que le pareció la noche anterior al entrar en ella. Se vistió y salió al pasillo. Recorrió el piso y comprobó que no había nadie. Sobre la mesa de la sala, al lado de una gran cacerola de porcelana, encontró una nota de Arantza. Decía: “Señor Astrain. He salido para la universidad a consultar mis notas sobre textos indoeuropeos. Si desea desayunar, en la cocina encontrará algunas cosas. Soy vegetariana y sólo tengo frutas y verduras. Le espero a la 1 y media en la cafetería de ayer. Confío en traerle alguna novedad. Deséeme mucha - mucha suerte”. Había buenos muebles y grandes cuadros que daban a entender que los Urdanpilleta pertenecían a la típica clase media donostiarra, tirando a alta. Al entrar en casa, la noche anterior y justo en el momento en que se dirigían cada uno a su respectivo dormitorio, Arantza le comentó que su padre, ex directivo del Banco Guipuzcoano y de la Real Sociedad de Fútbol, estaba jubilado y que pasaba, junto con su madre, gran parte del año en una casona ubicada en pleno Baztan. A continuación le mostró el dormitorio y el cuarto de baño, y sin mirarse a la cara, se dieron las buenas noches en castellano. Le hizo gracia que un activista de la organización hubiese encontrado como refugio un piso tan español y, por lo tanto, de tan absoluta seguridad. Irónicamente y con cierta sorna, mentalmente le salió un viva España. En efecto, los Urdanpilleta descendían de lo más selecto del liberalismo de San Sebastián. Un bisabuelo del padre de Arantza fue concejal del ayuntamiento donostiarra que, a principios de 1830, estaba mayoritariamente posicionado a favor de la causa de Isabel, hija de Fernando VII, y en contra del régimen foral de la provincia de Gipuzkoa. El concejal Urdanpilleta era un furibundo y apasionado seguidor de las teorías progresistas que venían como una corriente imparable desde la vecina república francesa, liberada del absolutismo monárquico, tras la revolución burguesa de últimos del siglo anterior. El señor Urdanpilleta, así como la mayoría de la población donostiarra, cuando se produjo el alzamiento carlista de 1833 a favor de los derechos al trono del hermano de Fernando VII, el aspirante Carlos, y en detrimento de los de Isabel; pese a ser contrario a los sistemas monárquicos, se posicionó a favor de los derechos de la infanta, porque le pareció que suponían y representaban a una monarquía más liberal que la que representaba los derechos del absolutista Carlos. Además, también pensaba que el sistema de gobierno de la provincia debía de recaer más en la capital y depender menos de las asambleas de vecinos de los pueblos que, al amparo del antiguo sistema de gobierno de los vascos, configuraban una especie de república federal provincial. Así que las intenciones abolicionistas con respecto a los fueros de las cuatro regiones vasco españolas que animaban a los liberales isabelinos, fue un argumento más para posicionarse en contra de los carlistas vascos que pretendían como rey a un representante de la decadencia más absolutista y más antidemocrática, sólo porque el pretendiente al trono de España les había prometido seguir respetando su vieja ley. Al señor Urdanpilleta no le supuso muchos quebraderos de cabeza el superar la aparente contradicción de estar a favor de un sistema republicano para el incipiente estado español, o por lo menos a favor de una monarquía teóricamente constitucional, y a la vez, no desear ni interesarle la democracia directa que había desde siempre en su provincia. Al fin y al cabo, una cosa era una pequeña república provincial, dirigida principalmente por aldeanos altivos y orgullosos, y otra cosa era la formación de un estado español, económicamente fuerte y dirigido por la burguesía, que fuese capaz de modernizar las antiguas estructuras sociales y políticas de una de las monarquías más oscurantistas de Europa. En ese año fueron abolidos los privilegios ciudadanos que los vascos tenían con respecto a su rey, desde la época de las primeras monarquías castellanas. Pero porque todo tiene su cara y su cruz, el afán excesivamente comercial de la burguesía liberal vasca, tuvo otros efectos que a la larga le ocasionaron más de algún disgusto. Por una parte se crearon las bases imprescindibles para la irrupción del Nacionalismo Vasco. Por otra, se crearon las condiciones objetivas para el desarrollo del Socialismo Vasco. Pero, en aquella época, la incipiente burguesía no era consciente, ni se podía imaginar las consecuencias de sus actos. Todavía no había aprendido que quien siembra vientos, siempre recoge tempestades. Y todavía, tampoco, el Nacionalismo y el Socialismo Vasco habían aprendido que es mejor converger hacia el vértice de la V, en lugar de tender a separarse a través de las dos líneas divergentes hasta el infinito. Al fin y al cabo, ambos son hijos del mismo padre, y por perogrulla consecuencia, y, por consiguiente, también son hermanos. El hijo del concejal Urdanpilleta y abuelo del padre de Arantza, fue un fiel seguidor de la ideología de su padre y también, como su nieto, fue directivo de un banco. Con la abolición definitiva de los fueros, se sintió integrado con pleno derecho en un estado nacional que sobrepasaba los estrechos límites de su aldeana provincia, y así fue cómo decidió que era más progresista pertenecer a una nación que tuviera mejores perspectivas de futuro, al menos desde un punto de vista meramente económico. Intentaron realizar la revolución burguesa a la manera de la vecina Francia, pero sin que llegase la sangre al río. La única sangre que corrió fue la de los vascos, carlistas y liberales, y la modernización de la monarquía española no se produjo hasta un siglo después. Durante el siglo de espera, la mayoría de los liberales de San Sebastián se olvidaron del euskera.
Capítulo 24. MUCHO PERO MUY Arantza le recibió con una agradable sonrisa. Se sentaron a una mesa y pidieron unos bocadillos vegetales para comer. Cuando Arantza comenzaba a darle el parte de sus actividades investigadoras de temas tan herméticos para Pello, Mitarra se fijó en un hombre de unos 40 años, un poco fondón y sin alegría en sus movimientos, que le estaba observando desde la barra de la cafetería. Mitarra le miró directamente a los ojos y el cliente soso de la barra mantuvo un rato la mirada para retirarla a continuación con una expresión que parecía ser de timidez. A Mitarra no le pareció que el cliente soso tuviese pintas de hombre de acción y decidió olvidarse de él. Arantza le estaba contando que no había podido averiguar gran cosa, cuando el cliente de la barra, al salir del local, pasó al lado de la mesa y le miró otra vez con una sonrisa que a Pello le pareció como de admiración hacia su persona. Pensó que sí era cierto que la señorita Urdanpilleta estaba muy buena, pero no creía que la cosa fuera para tanto. Se concentró en escuchar a Arantza. Pello Petankas, en ese momento, estaba contemplando los bonitos ojos azules de Arantza. Le agradó el título de querido amigo que le había otorgado la apetecible mujer de caderas bien proporcionadas y contundente pecho y que hablaba sin parar con mucha pasión y con muchos muy - muy y muchos pero - pero y muchos muchos - muchos. Se le ocurrió que en euskera se la podría definir como musu beroak dun andereño muinoak. Apartó de la mente todo lo referente al aspecto externo de la señorita Urdanpilleta, y sopesó la propuesta que le había planteado Arantza. Comprendió que no había más remedio que ir a Bilbao. La pega de tener que salir al día siguiente, le parecía muy interesante. Tendría que ir hasta Hondarribi a recoger la tablilla, pero esta vez prefería hacerlo en automóvil. Arantza le interrumpió. — No se preocupe por eso. No me hace falta el coche hasta mañana para ir a Bilbao. Se lo puedo dejar, y en cuanto a cuándo me lo puede devolver, porque no he quedado en nada con mi amigo Benjamin, aún no sé si nos puede recibir por la mañana o por la tarde; así que como usted prefiera, si quiere se queda a dormir en su casa o, si lo prefiere, vuelve aquí esta misma noche para, por si fuera preciso, poder salir mañana temprano o cuando sea preciso para Bilbao. Una vez tuvo que hacerlo y no salió demasiado mal parado. Si vino en autobús a Donostia desde el aeropuerto, la tarde anterior, fue porque no tenía plenas garantías de que el coche no estuviese controlado por los servicios de seguridad franceses y, por consiguiente, también por las fuerzas de seguridad españolas. Quizás la ertzaintza sería la única que, de estar controlado el coche, no tendría acceso a esa información. Mitarra se relajó y se dedicó a mirar el paisaje salpicado de suaves colinas verdes. Pello se dio cuenta de que tenía hambre. En todo el día no había comido nada con fundamento y estaba hasta el gorro de tanta tontería dietética y de tanta sosería gastronómica. Al llegar a la zona de Oiartzun, salió de la autovía y se dirigió a una conocida sagardotegia donde sabía que asaban muy bien una buena chuleta de carne roja y poco hecha al calor de las brasas. Se la comió en un santiamén y pidió una cuajada de postre. Con una copa de calvados en una mano y un puro en la otra, se acordó que fue en una cena de camaradas de la organización, cuando un refugiado que vivía en Normandía, sacó una botella de calvados y les invitó a una generosa copa por barba. A Pello le gustó mucho el coñac de manzana. Argala no solía beber nada, pero también probó un poco. En aquella cena, Argala les dijo que la zona comprendida en el arco de media luna que forman las localidades de Lasarte, Andoain, Hernani, Oiartzun y Rentería, es donde existen las mejores condiciones objetivas para el desarrollo de un auténtico contrapoder popular, capaz de plantear una alternativa real de gobierno local, frente a las futuras instituciones del reformista sistema seudodemocrático que acabarían por aceptar y tragar todos los partidos claudicantes. A la pregunta de cuál debía ser la actitud revolucionaria ante las cercanas elecciones a ayuntamientos, Argala contestó así: Argala contrarrestó el argumento de Pello, explicándole otra vez la estrategia de la media luna que iba de Lasarte a Rentería. Le dijo que una vez alcanzado el poder y el control de la zona que rodea a Donostia, se convergería sobre la capital guipuzcoana. Al salir de la sidrería, Pello se preguntó cuál sería la actitud de Argala si siguiese aún con vida. De los cinco puntos de la alternativa, se podría decir que, a excepción del derecho a la autodeterminación y el control sobre las fuerzas armadas en suelo vasco, los cinco puntos se habían conseguido más o menos. Los políticos militares consiguieron una amnistía para sus presos. Se legalizaron los partidos independentistas. Se habían cerrado muchos cuarteles de la Guardia Civil y muchas comisarías de policía, y existía una policía vasca que aunque se habían enfrentado a ella, había que reconocer que contaba con amplios apoyos por parte de la sociedad vasca, y para colmo, hasta había salvado, en varias ocasiones, a militantes abertzales de las iras del pueblo. En cuanto a la mejora de vida de los trabajadores, sin ser todo lo que se pueda aspirar, también había que reconocer que ahora se vivía mejor que hace 20 años. Habría más paro quizás ahora, pero se tenían mejores coberturas de desempleo. El estatuto de autonomía era el tema más conflictivo. No recogía lo de la unificación de Euskal Herria norte y sur, y tampoco el herrialde de Nabarra estaba incluido. Pero también había que reconocer que para la reunificación de Euskadi, era necesario contar con la voluntad integradora de todos los ciudadanos vascos. Era evidente que en Nabarra no había, hoy por hoy, esa voluntad. El resto del estatuto era bastante aceptable. Sólo quedaba por alcanzar el democrático derecho a autodeterminarse. Mientras entraba al coche, Pello comprendió cuál había sido el inconsciente y verdadero motivo que le animó a irse a Nicaragua a los dos meses de la muerte de Argala. Estando en la selva centroamericana, le llegaron unas alarmantes noticias desde Iparralde. Un grupo que se llamaba GAL, estaba sembrando las pacíficas calles de Lapurdi de cadáveres de refugiados vascos. La lucha se había trasladado a la base operativa de la organización, y Pello abandonó a sus compañeros de armas de la guerrilla salvadoreña para dirigirse a La Habana, desde donde se embarcó en un avión que le llevó a Roma. Desde allí, se fue a Euskal Herria para reunirse con sus camaradas de la organización, y contribuir en la protección de sus compañeros. A partir de la actuación de los GAL, la policía francesa empezó a meterles mano, y el País Vasco francés dejó de ser un santuario seguro y confortable. Después vino la ejecución de Yoyes. Lo de Hipercor. La nueva detención de su amigo Arrozpide. La caída de Bidart. El nombramiento de Retama y la ponencia Oldartzen. El secuestro y ejecución de Miguel Angel Blanco. Y para rematar la faena, estaba el demencial plan de Retama que suponía el magnicidio de la familia real y demás políticos y militares. Dentro de un rato, pensó, llamaría a la señorita mucho – pero - muy, para decirle que había decidido regresar a San Sebastián ese mismo día, y que ya se encontraba a medio camino. Le hacía ilusión volver a encontrarse con la señorita Urdanpilleta. Durante el viaje se cambió de camisa en el coche, no sin antes olerse los sobacos.
Capítulo 25. LOS SICARIOS Patxo, Iñaki y Juantxo llevaban, desde el mediodía del día anterior, visitando todas las casas que la organización tenía por la zona de París, para recabar cualquier información que les condujese a Mitarra. Korta, el responsable de la seguridad interna de la organización, les llamó nada más recibir la carta que Retama le había enviado desde Lyon. Les puso al corriente de la situación tan peligrosa en que les había puesto el traidor de Petankas Mitarra. Patxo, Iñaki y Juantxo pertenecían al sector más duro de la organización. Eran conocidos como los chicos de Korta, el cual les utilizaba desde hacía dos años para efectuar labores y servicios de seguridad e información interna en el seno de la organización, debido a la radicalidad de sus planteamientos y a la fidelidad que habían demostrado en todas las decisiones adoptadas por la dirección. Al principio les sorprendió la orden de buscar a Mitarra y darle matarile, pero Juantxo, que era el ideólogo del comando itinerante de seguridad e información interna, les dijo después de la reunión mantenida con Korta que su misión era como la de las policías secretas que tienen todos los países, con sus servicios de información y desactivación del enemigo. — Oso ondo —, respondió Jokin, — sartu, Patxo. — ¿Qué clase de recado? —, respondió Jokin preguntando. Unos meses atrás, se les ocurrió a Iñaki y Juantxo la idea de utilizar una panadería ambulante como cobertura para los desplazamientos del comando. Pensaron que para las labores de vigilancia y seguimiento de algún objetivo por las calles de París, era el medio más apropiado. Sin embargo, existía el contratiempo de tener que cargarla con pan. La solución la encontró Iñaki que tenía una novia en una importante panificadora de las afueras de París. Les salía un poco caro el comprar el pan necesario para llenar unos cuantos cestos que ellos mismos cargaban y descargaban, pero tanto Iñaki como Juantxo estaban convencidos de que el camuflaje panadero proporcionaba una excelente cobertura. A Patxo, por el contrario, no le parecía tan buena la idea y no las tenía todas consigo, pero acabó aceptando la propuesta, bien defendida por Iñaki y Juantxo, por no discutir más con sus compañeros de comando itinerante; a los cuales les encantaba hasta el color chillón del camuflaje, porque como solía decir Iñaki, ”joder, mamón, ¿quién coño va a pensar que tres espías de un comando de “hélice” puedan ir con esos colores espiándo por ahí?” Debido a las prisas que les había metido su responsable, Patxo, Iñaki y Juantxo no habían tenido tiempo para ir a la panificadora a comprar pan, y estaban todavía con unos cestos de barras de pan que tenían más de 10 días. Estaban más duras que una esfera de titanio. Juantxo, dando valientemente la espalda a la clienta ultrajada y armada con la barra de pan, seguía intentando convencer al mosqueado gendarme que escuchaba con cara de pocos amigos a los dos extraños panificadores con fuerte acento español y no magrebí como suponía la airada ciudadana francesa. Iñaki le interrumpió. — Calla cabrón, me cagüen la hostia, que estás más revirao que un bacalao . La mejor prueba de que la cobertura es de puta madre, es que el tontolaba ése no se ha enterado de nada. Mucha policía francesa y ya ves. ¡Que no te enteras!, joder. Patxo retomó la palabra. — Me da exactamente igual. He dicho que nunca más vamos a usar este trasto y se acabó. ¿Quién es el responsable del comando? Yo, pues se acabó la discusión. A tomar por saco, gilipollas. Cambió el giro de la discusión y le preguntó a Patxo si en la visita efectuada a Jokin, se había podido enterar de algo que les lleve hasta Mitarra.
Capítulo 26. LA SEXÓLOGA Pello Iturriotz aparcó el coche de Arantza en un sitio libre que encontró en la acera de uno de los laterales del edificio de abastos que aún olía a verduras y frutas. El mercado se encontraba a pocos metros del portal de la vivienda, próxima a la Avenida, en la cual tenían su abolenga residencia los Urdanpilleta. Una hora antes había efectuado la llamada convenida con Arantza, y ésta le confirmó que Benjamin Ríos les esperaba al día siguiente, a las 12 del mediodía, en el interior del museo Guggenheim. Pello le dijo que se encontraba cerca de Lesaka. A continuación, Arantza le comentó que iba a preparar cuatro tonterías para cenar en casa y así se podrían retirar antes a dormir para salir, muy muy bien descansados, mañana por la mañana a Bilbao. La mesa comedor del salón estaba puesta con mucho gusto. Dos fuentes de ensaladas sofisticadas de diverso colorido y una ensaladera repleta de escarola con unos granos rojos, ocupaban el centro de la mesa. A Pello le pareció que era imposible haber hecho todo eso en una sola hora. Pensó que Arantza le quería agradar. Arantza le dijo que iba a mirar algo que tenía en el horno. Pello se quedó en la sala, escuchando una agradable canción que salía del aparato musical. Arantza volvió y le preguntó su opinión sobre la música que estaba sonando. Pello dijo que le gustaba mucho pero que no sabía quién era la que cantaba. — Es Loreena Mckennit —, le respondió Arantza, — es canadiense y compone una música celta que la combina con aires árabes e hindúes. “The book of secrets” es para mí su mejor álbum. Se sentaron a la mesa y Arantza sirvió con mucho esmero una porción de cada ensalada en el plato de Pello, mientras comenzaba a darle a la lengua. — Espero que le guste. Ya sabe que sólo como verduras y frutas, pero no crea que se va a quedar con hambre. La de espinacas al vapor, lleva huevo duro, tomatitos pequeños, trozos de manzana, nueces y queso de cabra; todo ello aliñado con una emulsión de aceite, vinagre, mostaza y sal. La otra lleva puré de patatas muy espeso, también unos tomatitos, aceitunas negras, unas vainas y un poco de coliflor. El secreto está en el aliño. La salsita blanquecina que la cubre está hecha con aceite, alcaparras, cebolleta, perejil, algo de vinagre y una yema de huevo. Se mete todo esto en el minipimer y queda una salsa muy muy refrescante. En cambio, la de escarola sólo lleva unos trozos de manzana y unos granos de granada para contrarrestar el amargor de la escarola. Algo de aceite, vinagre de manzana, sal y pimienta negra dan mucha mucha vida a la loca rizosa de la escarola. Las ensaladas estaban riquísimas y Pello repitió varias veces. Como final de la cena, Arantza sacó del horno un bonito pastel de zanahoria y queso, recubierto de una capa de color rosáceo moteado de pistachos verdes. La cena le encantó a Pello. Arantza no bebió nada y después del postre se tomó una infusión de té. A Pello le puso, al alcance de la mano, una botella bastante fría de clarete riojano del tipo “ojo de gallo” que había sacado de la bodeguilla de su padre. Por un momento pasó por su cabeza la posibilidad de un romance en la cama de la encantadora cocinera vegetariana, como colofón perfecto a tan deliciosa velada, pero lo desechó de inmediato. Ni creía que fuese posible en tan corto plazo, ni se encontraba él con muchas ganas de comenzar a desarrollar ahora ningún tipo de juego amoroso y seductor. Además, ése no era su estilo. Prefirió esperar y dejar la iniciativa a la señorita Urdanpilleta. Pello le asintió con la cabeza. Arantza prosiguió con su charla. Pello se había perdido por la mitad de la exposición macrobiótica de la señorita militante vegetariana, ahora, alias “mucho mucho”. Arantza continuaba con su gran pasión. Pello pensó que él no podría estar 10 días sin comer. Recogieron la mesa y Pello la acompañó a la cocina para contemplar a Arantza cómo introducía todo lo que habían ensuciado en un moderno lavavajillas. Por segunda noche consecutiva se dieron las buenas noches y cada uno se fue a su dormitorio. Buenas noches, señorita “mucho mucho”, dijo Pello al entrar en su habitación, dejando un poco sorprendida a Arantza. Pero ahora le apetecía un poco de humo. Sacó el revólver de la bolsa y lo puso debajo del colchón, tal como hizo la noche anterior. Cogió la bolsita de la marihuana y se sentó en la cama. La tablilla descansaba sobre una mesita de la sala, donde la había dejado Arantza después de haberla estudiado minuciosamente en la cocina, mientras Pello se fumaba su cigarrillo tranquilamente sin haber tenido la cortesía de pedirle permiso. Se tumbó en la cama a fumar el calumet, usando un platillo a modo de cenicero que encontró encima de la cómoda. Volvió a pensar en la encantadora señorita Urdanpilleta. Estaba bastante buena, era muy, muy agradable. Quizá hablaba demasiado, pero lo hacía con mucho estilo y parecía que entendía de todo lo que hablaba. Petankas pensó que estaría mucho más a gusto si se hubiesen ido juntos a la cama. Con Aurora, su iniciadora de Madrid en marxismo y en sexo, todo era más sencillo. No se andaba por las ramas y, por lo menos con él, siempre había ido de una manera directa en los asuntos del sexo. Por lo general, se solían alternar las clases teóricas con las prácticas. Después de las prácticas, Aurora fumando de la marihuana de Pello, continuaba con la teoría. Pello Petankas, mientras apagaba la colilla del porro en un artístico platillo de porcelana, se dio cuenta de que todas las veces que él la había llamado, Aurora siempre estuvo libre de cualquier otro compromiso y dispuesta a seguir enseñándole todas las teclas de la magia del sexo a cualquier hora del día o de la noche. Fue una gran amiga y quizás también algo más que Pello no supo captar en su momento. Pello se acordó de Marx, y también de aquello que decía sobre la teoría y la práctica. Constató que, también, en los asuntos del sexo, había tenido la suerte de encontrarse con una auténtica artista que había sido, o era, la hostia y mucho más. Acabó por dormirse, mientras se preguntaba qué habría sido de su antigua amiga Aurora. Y también, qué tal sería la señorita Urdanpilleta como maestra de sexo y placer.
Capítulo 27. LA MUJER También Arantza tardó un buen rato en dormirse. Nunca había pasado una noche a solas con un hombre en su casa, y mucho menos después de haberle preparado una cena con tanto primor. Además, le agradaba mucho el señor Astrain. Recordó que en el salón de actos de la Kutxa, se presentó con el nombre de pila de Pedro. Le gustaban muchas cosas de Pedro. El respeto que mostraba hacia ella en todo momento y en cualquier situación; su mirada penetrante y algo divertida, siempre enfocada hacia sus ojos; hablaba poco pero con corrección y seguridad; era elegante y físicamente no estaba mal; y por si fuera poco, lo que más le gustaba del pamplonica era que sabía escucharla como nadie, a excepción de Benjamin, lo había hecho hasta ahora. Le había sorprendido la despedida de Pedro. ¿Qué habrá querido decir con lo de señorita mucho mucho? Y con qué descaro se había fumado un cigarrillo en la sala, sin pedirle ni permiso para hacerlo. Adivinó que el señor Astrain estaba comenzando a jugar. Igual no era tan serio como parecía. Le agradó el descubrimiento. Se fueron a un hotel de la capital donostiarra y la cosa fue muy sosa. Arantza era virgen y Juan también. A la inexperiencia de ambos, se añadió una casi nula actividad pasional de su compañero en el día de su iniciación sexual. A la hora escasa de entrar en la habitación, salieron del hotel sin que Arantza tuviese muy claro si había perdido la virginidad o no. A raíz del experimento, la amistad de los dos frustrados amantes se fue enfriando y acabaron por dejar de verse. Tiempo más tarde, se enteró de que Juan había comenzado a frecuentar un local de homosexuales. Durante más de un año no tuvo más relaciones íntimas con los hombres, y Arantza siguió con la duda de si la virginidad le había abandonado o no. Después, cuando apareció en su vida el representante de Vitoria, del que casi no se acordaba ni de su nombre, pensó que podía ser el hombre de su vida. El representante no se parecía en nada a Juan. Cuando aquello, Arantza tenía 25 añazos y se salía de lo buena que estaba; y él, con 10 años más que ella, era muy hablador y siempre estaba contando chistes. Recordó que el que más le gustó, fue el de la inocente “rapaziña”. Decía: Un señor muy serio que había estado más de 20 años fuera de su pueblo, volvió con unos ahorrillos. Lo primero que hizo fue presentarse en casa de su primo y después de los saludos y preguntas de rigor, le dijo a su primo si conocía a alguna chica del pueblo que tuviese las dos cualidades más apreciadas por él en una mujer. Quería que fuese dulce, como corresponde a una buena rapaziña gallega, y también que fuese inocente. Su primo le escuchó con atención y le informó que esa chica era una vecina suya que vivía en el piso de abajo. Según su primo, Angelines, que así se llamaba la virtuosa vecina, era un dechado de sencillez, bondad e inocencia. El primo quedó con Angelines en un bar para presentarle al recién venido que buscaba mujer dulce e inocente. Tomando unas tacitas de ribeiro, salió un tío desnudo en la pantalla del televisor del local. El primo, que era un cachondo, preguntó con cara de pillo que qué era lo que le colgaba entre las piernas al nudista de la televisión. Angelines contestó que eso era un muñequito. El señor serio quedóse impresionado de la candidez e inocencia de Angelines. Hablaron de la boda y se casaron a los pocos días. En la noche de bodas, el señor serio le enseñó su pene y le preguntó qué era eso. Angelines contestó que era un muñequito. El señor serio volvió a quedar encantado, y riéndose un poco, le dijo que eso no era un muñequito, sino un “carayo”. Sin embargo, Angelines, con su mejor mirada, cándida y virginal, respondió inocentemente que no, que eso no era un carayu, que eso era un muñequito, “un carayu es lo que tiene tu primo”. Cada vez estaba más aburrida de la relación; y en realidad fue un alivio para ella, el día en que se enteró de que el representante no era de Vitoria y que estaba casado en Durango, donde vivía con su mujer y sus dos hijos. Cuando se lo planteó, el representante de Durango le juró que estaba locamente enamorado de ella, que estaba a punto de decirle lo de su matrimonio, y que pensaba separarse de su mujer lo antes posible; pero Arantza aprovechó la ocasión para cortar por lo sano, y el representante se quedó sin sus dos buenos polvos que tenía todos los meses con el chollo de Arantza. Desde entonces no volvió a tener ninguna experiencia más en los campos del amor y de la cama, los cuales no siempre acostumbran a ir muy unidos. Así que Arantza tuvo que buscar algo, y en las filosofías orientales de crecimiento espiritual, encontró el remedio a su soledad afectiva. Pero, al comienzo de la búsqueda, casi todas las diversas variaciones e interpretaciones tecnológicas – espirituales que conoció, no le dijeron mucho, porque apenas incidían en la comprensión racional de la filosofía, y sólo se limitaban a explicar una serie de ritos sin mucho fundamento. Las diversas enseñanzas que conoció estaban repletas de engaños, pero siguió buscando, y al final acabó encontrando el yoga. Después todo fue distinto. La estabilidad emocional y, ante todo, la comprensión racional del funcionamiento de los espesos deseos, de las húmedas emociones y de los vaporosos sentimientos que le proporcionaron los viejos conocimientos de la India, le permitió tener otra visión sobre los asuntos amorosos. Solía decirse a sí misma que, de no aparecer un auténtico príncipe azul, no le importaba pasar tranquilamente de los hombres, ya que no tenía ninguna dependencia de nada de lo que los hombres pudiesen ofrecerla. No quería más problemas. No había semana que no relatase algún revolcón con alguna desconocida, y que no se extendiese en hablar de las cosas que hacía en el chalet que sus padres tenían en las afueras de Biarritz. Lo contaba tan bien y con tantos detalles y también era tan guapo y, además, por si fuera poco, también había una chica de la cuadrilla y buena amiga de Arantza, que le contó una vez que también ella había caído bajo los encantos de Imanol y que por lo tanto, también su amiga se había acostado con el afamado Don Juan que tan bien sabía hacer el amor. Así que, con tanto tan bien y tanto también, Arantza estaba completamente convencida de tener en la cuadrilla a un auténtico prodigio sexual, así como a un auténtico experto del amor. El anónimo decía: Querido, ansiado y deseado Imanol. Te parecerá un inicio, acaso, demasiado intenso, pero es lo mínimo que puedo expresar para darte a entender la vorágine emotiva, sentimental y vaginal que siento cada vez que me imagino un contacto contigo, estando entre tus brazos, siendo acariciada y tocada, mientras me entras una y otra vez, hasta hacerme desfallecer del continuo placer que sé que serías capaz de darme con dulzura, pero también con contundencia. Voy intentar calmarme, amor mío, porque no quiero que estas líneas que tanto me ha costado decidirme a escribírtelas, se conviertan únicamente en un torrente cascada de pasión tórrida, húmeda y fluida. Tengo que dejarte por un momento para tranquilizarme, haciendo el amor contigo, aunque sea solamente con mi imaginación y con mis dedos, frotando mi farfarín hasta hacerme perder el sentido. Amor, amor, amor, amor, amor, amor, amooor. Amor mío, ya me he ido otra vez pensando en ti y ya estoy aquí de nuevo para continuar contándote todo lo que te amo y te deseo. Estoy mucho más calmada y mucho más feliz. Si me haces sentir así sin ti, aquí en la soledad de mi casa, ¿cómo será el día, la noche y el amanecer en que el destino nos una de verdad? Será un frenesí sin fin, en el que prometo exprimirte hasta la última gota de tu jugo de hombre. No sé si recibes muchas cartas tan locas como ésta y tampoco sé si las tomas en serio, pero te pido que no te rías de mí. Para ello te voy a explicar de qué te conozco. Te suelo ver bastantes veces por la calle y siempre te como con los ojos cada vez que te veo. Pero te conozco más, pero mucho mucho más, de las maravillosas y excitantes historias que una buena amiga mía me ha contado de ti y de tu tronío, mi amor. Con el tiempo has llegado a ser una obsesión para mí y el objeto de mis sueños más lascivos. Nunca pensé que sería capaz de excitarme tanto y de expresarme con tanta sinceridad. Te preguntarás que por qué no te llamo o que por qué no te doy mi teléfono. No es por timidez, te comería todo – todo ahora mismo; es porque mi amiga está muy ilusionada contigo y soy incapaz de hacerle una faena a mi amiga. Este es mi secreto que al final he decidido compartirlo contigo, mi amor. Así que, a pesar de sentirlo mucho y de correr el riesgo de convertirme en la campeona de las masturbaciones y de las corridas fluidamente privadas, mientras sigas provocando oleadas de océanos orgásmicos y sin fin de temblores orgiásticos en mi afortunada y envidiada amiga, me es imposible satisfacer lo que mi voraz, profunda y sedienta vagina, espera y reclama intensa y húmedamente: ¡fóllame!, fóllame, fóllame mucho, mucho, mucho. ¿Cuándo me llenarás de gozo? ¿Cuándo entrarás en mi volcán que ya sólo es tuyo? Espero que pronto y confío que esta pasión erótica y amorosa que siento por ti, y que me está haciendo perder la cabeza, tenga algún día la oportunidad de fluir libremente, logrando así que nuestros lascivos cuerpos se fundan en uno solo; mi muy muy magnético muchacho, mi muy muy magnífico monumento molecularmente maduro, maduro y más duro. Monamúgg, macho mío. Confiemos en el destino. Te podría estar escribiendo mucho, mucho más tiempo, pero sólo acuden a mi mente las imágenes de nuestros cuerpos desnudos, sudorosos, cálidos, temblorosos, tensos, duros y húmedos. Prefiero dejarte por ahora. Se despide y te besa húmedamente en los labios y en todo ese cuerpo que tienes de guerrero conquistador, una mujer que se siente sólo coño y todo coño, cuando piensa en ti, en tu poderío orquestal y en el vigor de tu viril aparato instrumental. Hasta pronto mi hombre. Mi amor. Mi polla. Te ha escrito una mujer enamorada que está mucho más salida que una leona en celo, mucho más que una osa y muchísimo más que una pantera negra. Algún día seré tuya. Debajo de la enigmática, zoológica, gráfica y expresiva firma, adhirió a la carta con un poco de papel de celo, un vistoso ramillete rubio que además de perfumado, estaba realizado con sus rizados pelos del pubis. A los pocos días de enviar la carta primorosamente escrita en la que desnudaba su cuerpo y su alma a Imanol, se enteró en un bar de la playa que sus amigos y amigas, todos y todas en traje de baño, estaban leyendo, comentando y riendo la carta que había escrito a Imanol, y que ahora estaba numerosamente fotocopiada y repartida por doquier. Además, todos los chicos miraron la entrepierna de Arantza para comprobar si era cierto que tenía los pelos del pubis tan rubios y tan rizados como los de la muestra enviada. Arantza comprendió que todos sabían que era ella la autora de la carta. Se le bajó de repente la regla y su traje de baño y sus piernas se enrojecieron de una sangre que costó mucho tiempo limpiarla del suelo en donde habían caído algunas gotas. Al salir corriendo, Arantza dejó un reguero de gotitas rojas que más que salir de su vagina, salían de su destrozado corazón y de una sensación de vergüenza tan abrumadora que le cortó hasta la respiración. Acertó a la primera. A Imanol se le disparó la tontería mental y se dedicó, una vez más, a presumir en su cuadrilla de los estragos que producía en las mujeres de fuera y de dentro de su pandilla. También, claro está, se acojonó ante tanta pasión y, acaso para evitar el riesgo de tener que dar la cara y otra cosa que quizá no estaba a la altura de lo que le pedía su fogoso amor, comunicó a todo el mundo, con bastante mala conciencia por cierto, que la loca calentona que le mandaba pelos de su rubio coño, era, ni más ni menos, la mismísima y muy fina señorita Arantza Urdanpilleta. Los chicos la llamaron durante una temporada, la pantera caliente. Las chicas aún la seguían llamando la osa en celo cada vez que se acordaban de ella. Le entró el sueño a borbotones, no le dio tiempo de hacer sus prácticas preoníricas de meditación yoga, y lo último que pensó, antes de dormirse, fue en Pedro cuando la llamó señorita mucho mucho. ¿Por qué lo habrá dicho?, pensó medio despierta, medio dormida.
Capítulo 28. INTXAURRONDO Patxo, Iñaki y Juantxo llegaron a Atheratze – Tardets, después de haber viajado toda la noche por las carreteras de Francia. Al final de la tarde anterior, Korta, el responsable de la seguridad interna de la organización, felicitó a sus chicos por la rapidez que habían tenido en encontrar una pista sobre Mitarra. Les proporcionó un coche en buen estado y les mandó salir de inmediato para el sur, a Tardets, a buscar y dar matarile al traidor de Petankas. Antes de despedirse, les proveyó de unas cuantas direcciones y teléfonos de simpatizantes y militantes legales de Zuberoa, Gipuzkoa, Bizkaia y Nabarra, así como de documentaciones falsas y algún que otro carné de policía también más falsos que las tetas de la Obregón. A Iñaki no le hizo mucha gracia tener que partir esa misma noche, ya que tenía pensado ir a dormir a la casa de su novia panadera, y de paso decirle que iba a dejar el negocio del pan. Por lo menos durante una temporada. Seguía convencido de que la idea de la furgoneta con panadería incluida, era de puta madre. El comando itinerante se compró unos enormes bocadillos, llenos de fiambre y de lechuga con tomate, y dos botellas de tinto francés peleón. El plan que habían diseñado Patxo, Iñaki y Juantxo consistía en comer en el mismo coche durante el viaje para, de esa forma, no tener que parar más que para repostar. Las instrucciones de Korta habían sido muy precisas. Tenían que estar a la mañana del día siguiente en Tardets. Al entrar en Sauvaterre, un poco antes de Atheratze, un transeúnte se le cruzó por delante de improviso. Iñaki se olvidó del bombeo previo y pisó a fondo el freno. En vez de reducirse la velocidad, pareció que el coche se aceleraba más. El peatón, ciudadano francés de Salvatierra de toda la vida, dio un salto casi olímpico para evitar ser arrollado por el coche que venía a más velocidad de lo permitido en esa zona. Iñaki soltó un mecagüen la hostia, y vio por el retrovisor cómo el asustado ciudadano francés, sentado en el asfalto de la carretera, alzaba los brazos y gritaba algo con una expresión mitad asustada, mitad feroz. Patxo se despertó sobresaltado, preguntando qué había pasado. Lo primero que hicieron fue ir a ver al contacto de Atheratze que les había dado Korta en París. Por medio del simpatizante, se enteraron de que Mitarra solía alojarse algunas veces en el caserío de otro simpatizante de la organización, llamado Beñat, Begnat o Beinat, el cual vivía a las afueras del pueblo. Cuando entraron en la propiedad de Beñat, lo encontraron trabajando en el pequeño huerto de alubias que tenía por detrás de la casa. Aparcaron el coche, y Patxo y Juantxo se fueron a hablar con el viejo. A Iñaki le encomendó Patxo la labor de husmear por el exterior del caserío. Iñaki se acercó a la puerta medio abierta de un cobertizo que hacía la función de garaje para el tractor. Entró a investigar pipa en mano, y detrás del tractor, tapado con una lona, se encontró con el taxi que había dejado Pello Mitarra dos días antes. Un gallo de fina estampa iba y venía entre los aperos de labranza como comprobando que ninguna de sus gallinas hubiera tenido la osadía de poner un huevo fuera del ponedero habitual para esos menesteres. Iñaki, olvidándose del gallo, recordó que una vez alguien le dijo que Mitarra solía usar un taxi para los desplazamientos largos por territorio francés. Iñaki apretó la culata de la pistola y pensó que ya le había pillao bien pillao. Salió al exterior como una exclamación, así creía que se decía, y muy nervioso se dirigió al huerto de alubias, ocultando la pistola por detrás del cuerpo, pero sin dejar de apretar la empuñadura del arma por si acaso. Patxo le asesinó con una mirada penetrante, y le dijo que no era Tolosa de Gipuzkoa, sino Tolosa de Toulouse de France. A continuación le hizo una seña con el dedo índice dándole a entender que no volviese a abrir el pico. Patxo, otra vez con mirada penetrante, formuló otra tanda de preguntas al bueno de Beñat. — Bueno, buen hombre, si no sabe más, nos va ser muy difícil encontrarlo para darle un aviso muy importante de parte de la dirección, y que Mitarra lleva tiempo esperándolo. Nos dijo que cuando tuviésemos el recado, viniésemos rápidamente a Atheratze y preguntásemos por ti. Los humanos entraron en el coche completamente desorientados y sin ninguna pista con respecto al camino a seguir. Decidieron que lo mejor era ir a un restaurante a comer un menú del día. Korta les apretaba mucho las tuercas en todo lo referente a los gastos y facturas que ocasionaban sus misiones. Además, se habían gastado mucho dinero en la adquisición de panes para la furgoneta de Iñaki y Juantxo. Patxo comía en silencio, mientras Iñaki y Juantxo hacían conjeturas sobre las enigmáticas palabras de Beñat. Juantxo las repetía, intentando que se le ocurriese alguna explicación. Patxo, aunque oriundo del Goiherri guipuzcoano y euskaldun de toda la vida, tampoco era un experto en euskera zuberotarra, y no recordaba cuál fue la expresión precisa que utilizó Beñat. Hubo un intercambio de opiniones, y la alternativa presentada por Juantxo fue ganando credibilidad. Además, era la única que tenían con un poco de fuste. Con sendas copas de armañac en la mano, brindaron por la brillante ocurrencia de Juantxo, y se dispusieron a bajar, con cierta emoción contenida, a Hegoalde para continuar la búsqueda de Mitarra por la zona de Donostia.
Capítulo 29. LA INDEPENDENCIA Tres horas antes del brindis del comando itinerante para darse ánimos y celebrar la ocurrencia de Juantxo; Arantza y Pello iniciaban el viaje a Bilbao. A Mitarra le preocupaba un poco tener que realizar un viaje tan largo por Euskadi Sur, sin que por delante fuese otro coche haciendo la labor de información y cobertura. Bajó a la calle un poco antes que Arantza para comprobar si el barrio estaba limpio de cualquier movimiento extraño que le hiciese sospechar que estaba siendo controlado y vigilado. De paso, también pensaba desayunar, en la cafetería de siempre, un buen par de huevos fritos con jamón, acompañados de un tinto riojano de crianza. El barrio se encontraba tranquilo y se fue a la cafetería. Estaba acabando de untar el plato cuando apareció Arantza para avisarle que ya estaba lista y para decirle que si no le importaba, prefería que fuese él al volante. No esperó a que Pello pagase la cuenta, y salió a la calle para hablar con la portera de su inmueble, la cual en aquel momento estaba barriendo las inmediaciones del portal con un brío digno de contemplar. Tomaron la autopista y a la altura de Orio, ante el pensativo silencio de Arantza, Pello comenzó a cantar una canción de Mikel Laboa. “Hegoak ebaki banizkion, nerea izango zen. Ez zuen alde egingo, bainan, honela ez zen gehiago txoria izango eta nik, txoria nuen maite. ETA nik, txoria nuen maite”. — Pues por eso —, replicó Arantza con rapidez, — porque ni mis padres, ni mis abuelos, ni qué sé yo, hablan o han hablado el vascuence. Pello volvió a tragar saliva. Era la primera vez que hablando con alguien que no conociese su militancia abertzale, se enteraba de que su ideología era nacionalista. Bueno, una vez también se fue de la lengua estando con dos señoritas que creían que Mitarra era un sacerdote de la iglesia católica, pues así iba vestido. El tema comenzó cuando las señoritas le dijeron que no entendían al nacionalismo vasco. Él o lo que ellas pensaban que era un cura vasco, les contestó que todo dependía de la actitud del esposo. Un esposo autoritario, machista y poco seductor, era el mejor reclamo para querer separarse de él; por el contrario, de un esposo amable, respetuoso e interesante, nadie desearía separarse. Pues eso y sólo eso es el nacionalismo vasco, concluyó Mitarra ante los atentos oídos de las dos señoritas que se encontraban, por aquella época, inmersas en plena batalla feminista por conseguir el derecho al divorcio o a la libre adhesión al matrimonio. Arantza sabía muy bien lo que era el mundo del sentimiento, y se quedó gratamente sorprendida por las razonadas y apasionadas palabras de Pedro en defensa del sentimiento de la independencia. Pello continuaba hablando. — Bai. Aquí existe un pueblo que, aunque igual todos no tengan la misma concepción con respecto a él, queramos o no, tiene unas características propias, ni mejores ni peores que otras, que le identifican como una comunidad civil con una lengua propia, aunque sea minoritaria, con unas costumbres propias, y sobre todo con un fortísimo sentido de la libertad y de la independencia de todas las personas y de las formas y de las maneras que estimen oportunas para organizar su vida y sus relaciones con sus vecinos. Desde hace varios miles de años, éste ha sido y sigue siendo el sentir de este pueblo. Así lo dice hasta la historia franquista que estudié de niño en un colegio de curas de Pamplona. Según la historia que estudié en el colegio, siempre estábamos en guerras con los celtas, con los romanos, con los godos, visigodos, alanos, después con los francos, con los árabes, con los ingleses, y para acabar, con los castellanos. Nunca nos invadieron totalmente, ni nos ocuparon de manera estable entrando por la fuerza. Unas veces fueron derrotados por nuestros guerreros, otras, aceptaban nuestras leyes y nuestras costumbres, y llegaban a acuerdos de convivencia pacífica que facilitasen las relaciones mutuas. Pero siempre, la relación con los vecinos se aceptaba siempre y cuando los vecinos aceptasen y comprendiesen que para que colaborásemos con ellos, era condición inamovible que ellos no podían ni debían imponer la colaboración, y mucho menos, no debían inmiscuirse en nuestras formas de auto gobernarnos. Era algo muy sutil. “ Era como una libre adhesión, como un matrimonio moderno. Mira, los vascos hemos sido los más leales vasallos de los reyes de Castilla, pero no porque fuese algo obligatorio, sino porque si estábamos a gusto con el rey, se le prestaba toda la colaboración, pero si no nos convencía o convenía, rompíamos la relación. Las juntas provinciales de los elegidos en los batzarres de cada anteiglesia de la región, decidían en cada momento que fuese preciso, qué opción tomar. Opción que cada junta regional tomaba por separado. La independencia también se aplicaba en cada región. Con Castilla y después con España, durante varios siglos no hubo ningún problema. Los problemas comenzaron a principios del siglo pasado. Ya conoces la historia de las guerras carlistas, la abolición de los fueros y, para rematar la faena, la irrupción bárbara del franquismo. Desde hace dos siglos, están cogiendo por la fuerza de las armas, algo que ya era suyo por las buenas. Sólo tenían que respetar nuestras leyes. Fíjate que aunque fuimos un pueblo diferente al resto, con identidad propia, con lengua y con costumbres propias; nunca nos preocupó lo que hacía nuestra región de al lado”. “ Nabarra ha sido reino independiente, y Bizkaia o Gipuzkoa o Araba podían formar parte del reino de Castilla. Y no pasaba nada. Habría reyertas por motivos concretos, pero nunca una región quiso conquistar a su región hermana en costumbres e idioma. Se respetaba el autogobierno de cada región. Otras veces, igual era Bizkaia la que decidía acogerse al reino de Nabarra, y Gipuzcoa debatía si acogerse o no al de Francia o al de Inglaterra o al de Castilla. En el norte, en el país vasco continental, pasaba lo mismo. Unas veces iban por libre, otras se aliaban para formar un reino independiente, o aceptaban al rey de Aquitania unos, y otros al de la Nabarra peninsular. Así como cada persona tenía el derecho a su propia libertad, las comunidades regionales también lo tenían. La mejor prueba está en la diseminación individualista de viviendas rurales por toda la geografía de nuestros montes y valles, y sobre todo en la cantidad de dialectos y subdialectos que enrriquecen el euskera. La independencia se aplicaba hasta en la forma de hablar. ¿Ahora comprendes por qué el sentimiento vasco no tuvo más remedio que derivar hacia el nacionalismo vasco?” Pello no le dio opción a su compañera para responder, y continuó hablando. — Mira Arantza, tú eres una mujer independiente que concibes la relación entre hombre y mujer como una relación voluntaria que se fundamenta únicamente en que si existe esa relación, es porque eres libre de aceptarlo o no, y nunca porque se te ha impuesto. Después se pueden aceptar algunas condiciones, algunas obligaciones, pero, insisto, siempre y cuando la relación sea libre y voluntaria. Tú no admites ningún tipo de imposición, ni de violencia, ni de obligación de tener que querer a uno, o de tener que estar con otro. Tú defiendes, como todas las mujeres libres, la libertad, la independencia y la posibilidad de dejar una relación si no te satisface. Si tú estás a gusto con alguien, deseas compartir tu vida con ese alguien, pero sin que se tenga la obligación de estar siempre con él, si ese alguien deja de ser de tu agrado. Sólo te gustan, sólo te agradan, los hombres que respetan tu libertad y tu forma de vivir y de pensar. Pues yo, soy igual. Bardin naiz. Pero porque soy consecuente, o por lo menos eso creo, también lo quiero para mi país y para todos los países. Pello soltó toda esta parrafada, dirigiendo la vista casi más hacia el retrovisor que hacia la carretera, y a continuación pidió permiso a Arantza para encender un cigarro. Arantza se lo concedió. Estaba totalmente sorprendida del discurso de Pedro. Había sido muy bonito y además muy largo. Había hablado más en 15 minutos que en los dos días que había estado con él. No obstante, a Arantza no le gustaba que los demás dijesen la última palabra, y le replicó, más que nada por seguir provocando al navarro. Pello estaba encantado. Nunca había hablado de estos temas con un o una no nacionalista. Comprobó que era posible dialogar correctamente sobre estos temas. Le respondió: — Ya sé que las leyes son muy antiguas. Esas leyes viejas son la esencia formalista del sentir y del comprender la vida que desde siempre han tenido los vascos. Pero al mismo tiempo, el que sean antiguas, no significa que sean erróneas, y además, igual el concepto de vida que implican las viejas leyes de los vascos, es ahora una concepción moderna. El concepto de la Europa de los pueblos, que no la de los estados, está siendo cada vez más asumido por distintos pensadores y filósofos de Europa. Ahora sólo hace falta que también sea interesante para los grandes intereses económicos y políticos de los estados multinacionales. “ Ahí ha estado siempre el problema. El problema está en la burguesía liberal, comerciante, productiva y consumista, y en la ideología prepotente hacia el débil, que, paradójicamente, también acabó asumiendo el proletariado antiburgués. Menos la belleza, todo se pega. De todas formas, si sigues pensando que los derechos históricos es algo obsoleto, siempre queda el recurrir a un concepto moderno y progresista como es el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Lo uno o lo otro. No vale ni lo uno ni lo otro. O aceptamos que la sociedad vasca y sus formas de autogobernarse, tienen unas características propias y como tal se deben de respetar; o, si creemos que eso no es así por obsoleto o por cualquier otro motivo, se tiene que preguntar a los ciudadanos vascos, cuál de las dos posturas es la que realmente comparte, siente y desea la ciudadanía de Euskadi. Y recalco lo de la ciudadanía”. “ Así que la solución es sencilla. Con esto, no pretendo decir que la solución es el inmediato ejercicio de la autodeterminación, porque eso significaría resolver el problema a favor de sólo uno de los contendientes. La solución consiste, como siempre, en encontrar el punto de equilibrio entre los dos opuestos. El equilibrio de estas dos enfrentadas posturas ideológicas, y también muy pasionales, se encuentra en la realización de una simple pregunta a los vascos. ¿Quieren ustedes recobrar los derechos históricos?, o si se prefiere, ¿quieren ustedes ejercer, en un futuro a determinar, el derecho a la autodeterminación? Si la respuesta es no, quiere decir que los vascos están muy bien como están, y, por consiguiente, el nacionalismo no tiene arraigo en nuestro pueblo. Así que, si sale que no, todos deberemos aceptar la libre decisión de los vascos, que como siempre y según nuestras costumbres, es la única que nos vale. Pero, si por el contrario, dicen que sí, también todos debemos respetarlo y comenzar entre todos, la preparación de un proceso limpio que desemboque, en un plazo de 3, 4 ó 5 años, en un democrático y popular referéndum de autodeterminación. Y en el hipotético caso de que la pregunta previa estuviese enfocada a los derechos históricos y hubiera salido que sí queremos su devolución, se tendrían que restituir con un criterio actual todos los derechos arrebatados hace un siglo por la fuerza de las armas. El estatuto de autonomía es un paso, pero si no se puede profundizar más, no nos vale. No hay que tener miedo a lo que pueda desear un pueblo. Ahí está la verdadera grandeza de los fuertes. En el escrupuloso respeto a los derechos de los más débiles”.
Capítulo 30. LA SEDUCCIÓN Arantza se calló, quizá por aquello de que quien calla otorga. Pero en realidad estaba analizando a Pello. No le importaba mucho el aburrido mundo de las ideologías políticas, así que desechó hacer un análisis racional de las ideas nacionalistas de Pedro. Prefería analizar la auténtica esencia del inesperado charlatán. Le gustaba la pasión que ponía en la defensa de sus ideas, le gustaba la lógica de sus planteamientos románticos, le gustaba la sencillez y sinceridad con que los planteaba, y también le gustaba las diversas tonalidades que adoptaba su voz, en función del mayor o menor énfasis que ponía en cada parte del discurso. Sabía pasar de forma natural de un estilo intenso y apasionado, a otro más dulce y calmado. El señor Astrain, Pedro para ella, le gustaba mucho - mucho. Pello volvió a tomar la palabra. — Antes me has preguntado qué significaba la letra de la canción. Te la paso al castellano. Dice así: “Si le hubiera cortado las alas, hubiera sido mío. No se hubiera escapado, pero, de esta manera, no hubiera sido nunca más pájaro y yo amaba al pájaro”. El autor que hizo esta letra, también ama a la libertad y a la independencia. Esta canción es un homenaje al respeto que se debe de tener siempre a la libertad de todos los seres de la tierra. Los antiguos vascos decían que todos somos señores, con unos derechos que ni los propios reyes debían quitar. Era un canto a la generosidad, al desapego y al amor hacia los demás. Suponía la raíz del Raja Yoga que Arantza practicaba, así como también coincidía plenamente con el mensaje del cristianismo original. Todas las filosofías que conocía, coincidían en lo fundamental. Todas decían que Dios creó a sus criaturas humanas con libertad de pensar y de sentir y de tener su propia voluntad. El pecado y el supuesto castigo posterior no existe, es sólo una invención de los hombres para amedrentar a los ignorantes que piensan que entre ellos y Dios tiene que haber intermediarios con derecho a manipular sus vidas por medio de reglas y normas represivas de la auténtica esencia de las personas. La auténtica esencia de las personas es que todos somos hijos del mismo Dios y, por consiguiente, todos somos hermanos con los mismos derechos; sin que haga falta unos intermediarios institucionalizados para relacionarnos con Dios, ya que al ser todos hijos de él, la comunicación directa y personal siempre está a nuestra disposición. Además de afirmar que nadie debe monopolizar a Dios, asimismo y también, las filosofías orientales dicen que nadie debe combatir a los que piensan diferente, ni nadie debe aprovecharse de las diferencias sociales, culturales o étnicas; porque el auténtico amor es generoso y desinteresado. Sin trampa ni cartón. Hay que dar por el placer de dar, sin esperar nada a cambio. Lo más importante y lo más sabio de la vida es desarrollar el deseo de ser útil a los demás sin utilizar nunca a los demás en provecho propio. Todas también coincidían en que porque todos somos hijos de Dios, en consecuencia, también todos somos Dios. Todos somos señores sin que nadie sea mejor o peor que otro. Todo se reduce a esperar que la esencia divina de la persona se manifieste, bien de forma natural, o bien por medio de un esfuerzo disciplinado, racional y absolutamente personal, sin ningún tipo de intermediarios que puedan manipular el proceso de manera voluntaria o involuntaria. Las filosofías orientales también eran un canto a la independencia. Arantza agradeció a las antiguas religiones de los hindúes, provenientes de la cuenca del sagrado río Ganges, el maravilloso legado que habían aportado a la humanidad. Y también agradeció a su Dios interno, la fortuna que había tenido al conocer a una persona con semejante sentimiento por la libertad. Se alegró al comprobar que se estaba sintiendo cada vez más atraída por el romántico de Pedro. Pello era consciente de la corriente de atracción que se estaba generando entre los dos. Nunca había tenido problemas en relacionarse con las mujeres. A las que las gustaba su estilo, pues muy bien. A las que no llegaba a agradar, pues también, bien. No le molestaba que una mujer no se interesara por él. En cambio, cuando percibía que gustaba, pisaba un poquito el acelerador si le apetecía, y esperaba a que la mujer se insinuase o a que le llevase a la cama. Tenía muy claro que en el juego de la seducción, la única decisión que iba a misa era la que adoptaba la mujer. El hombre sólo puede esperar el veredicto. Además, él era como era y no iba a fingir tal o cual cualidad para intentar impresionar a nadie. Ni a hombres ni a mujeres. También, Petankas tuvo que reconocer que le encantaban las mujeres cuando se volvían seductoras e insinuantes. Pello Petankas recordó algunas charlas con amigos que, según ellos, entendían mucho de mujeres. Uno de ellos, Tomás, tenía, también según él, un método sencillo pero eficaz. Cuando tenía ganas de liarse, iba a un local nocturno donde hubiese muchas mujeres. Se acercaba a la primera que le venía a mano y le decía alguna tontería con gracia que le hiciese reír, o por lo menos esbozar una sonrisa. Si le reían la gracia, a continuación, sin decir nada más, les juraba que lo que más deseaba en ese momento era poder hacer el amor con ella durante toda la noche. Solía contar que todas las noches que salía en ese plan, a la cuarta o quinta o décima mujer que abordaba, siempre había alguna gustosa de aceptar su descarada proposición amorosa. Otro, Mikel, era un experto en psicología femenina, porque, como según decía él mismo, se debía a que tenía muy desarrollado el aspecto femenino de su personalidad. Con absoluta seguridad y total falta de modestia, decía que en la historia de la seducción amorosa, había tres leyendas de indudable categoría. Dos de ellas ya estaban muertas: Casanova y Don Juan. La otra aún vivía, era él. Su método consistía en saber vender el producto a las posibles compradoras. El producto era él. Había sido vendedor de seguros y afirmaba que el ligue era como una operación de marketing. Era preciso saber qué es lo que quieren comprar. Para eso, en primer lugar, era fundamental la información. Al principio había que hablar poco, hacer algunas preguntas aparentemente banales, y luego escuchar atentamente las respuestas. Con la información recibida se hacía una primera impresión. Si el objetivo a llevar a la cama era una soltera porque aún no había encontrado un hombre dulce y comprensivo, Mikel adoptaba una expresión tímida y cariñosa, y le daba a entender que era muy sensible. Si era una mujer independiente y feminista, tenía un discurso muy bien elaborado sobre el machismo prepotente e ignorante de muchos hombres. Si era una intelectual con gustos filosóficos, el bilbaino de Mikel sabía hablar algo sobre la corriente epicúrea en la filosofía clásica de los griegos, o sobre cuatro cosas que conocía de la cultura árabe en España. Si era una mujer satisfecha con su trabajo, se limitaba a hacerle muchas preguntas sobre su profesión y mostrar mucho interés por sus respuestas relacionadas con su experiencia laboral. Y siempre, pero siempre, había que aparentar ser un poco niño y un poco inocente. Esto último les encantaba a todas, debido al fuerte sentimiento maternal que tienen casi todas las mujeres. Eso sí, en todos los casos, se preocupaba de modular la voz de la forma que consideraba más apropiada a la idiosincrasia de su presa. La cena siempre iba acompañada de un cava muy frío, porque tal como les decía en el momento del descorche, las burbujas del champán es el mejor acompañamiento para una velada tan agradable con una mujer tan interesante y tan inteligente. A sus amigos les decía otra cosa. Les decía que había comprobado que a las mujeres les encanta comer con champán y que, además, así se suelen descuidar un poquito más. Si la cita era en época estival, su especialidad era la paella de mariscos hecha con caldo de pescado y verduras. Utilizaba el truco de echar un buen chorretón de orujo seco al caldo. Le salía buenísima y aparentando cierta modestia, explicaba a la homenajeada que todo consistía en el perfecto, amoroso, paciente, concienzudo y lento guiso de la confitura de cebolla y otras verduras del tiempo que utilizaba como base para el arroz. Con la paella, sustituía el cava por una sangría, también muy fría, que como él aseguraba, acababa con las últimas defensas vaginales por muy formidables que éstas fuesen. Más de una vez, Mitarra se encontró, cuando iba a su apartamento a encomendarle algún trabajo, conque la leyenda viviente estaba todavía en la cama con alguna encantada, somnolienta y bien alimentada mujer. Pese a los consejos de sus experimentados amigos, Pello seguía pensando que su estilo era menos complicado y más natural. Arantza le comentó que conducía muy bien y que ya estaban llegando al Bilbao de Benjamin.
Entraron en Bilbao sin ningún contratiempo. Desde la apertura del metro, los atascos habían disminuido en la capital vizcaina. Al bajar por el puente de La Salve, Pello dedicó un maquiavélico pensamiento a sus amigos de verde del cuartel que se encontraba debajo del puente, mientras Arantza le estaba explicando cuál era su teoría sobre el origen de los vascos, que en líneas generales, no contradecía la que conocía de labios de su abuelo. Un pueblo de inmigrantes que vino desde Oriente, hará unos 8.000 años, para establecerse a ambos lados del Pirineo. A Pello le agradó que Arantza supiera sobre estas cosas. A Pello le pareció que era un hombre de una edad indefinida, calculó que rondaría los 60 años, vestido con un llamativo chandal de color violeta con unas franjas amarillas. Le hizo gracia la absoluta falta del sentido del ridículo que tenía el maestro de Arantza, o igual era que esa vestimenta era su camuflaje para pasar desapercibido por el museo. Parecía simpático. Arantza le presentó a Benjamin Ríos y dijo que era un buen amigo. A Pello le presentó como Pedro Astrain y aseguró que también era otro buen amigo. A continuación, Arantza se colgó del brazo de Benjamin y con una amplia sonrisa le comunicó que estaba muy contenta de verle, que tenía muchas ganas de estar con él, y que estaba más guapo que nunca. Se enzarzaron en una charla alegre y personal. Pello les siguió por detrás. Arantza, de vez en cuando, volvía la cabeza y miraba a Pello muy alegre y contenta, como para cerciorarse si continuaba siguiéndola por detrás. Pello miraba más a las bonitas piernas y al buen trasero de Arantza que a las obras de arte que estaban por todas partes, y pensó que, o la señorita “mucho mucho” cree que no sé andar por un museo, o ya ha comenzado a desplegar sus estrategias de coqueteo y seducción. Le gustó las perspectivas que se iban perfilando para el fin de semana bilbaino. Benjamin parecía un jatorra que, según Arantza, podía desvelar el secreto de la tablilla, y, encima, la señorita Urdanpilleta estaba más guapa y apetecible que nunca. Decidió no pensar en Retama ni en su loca y mortífera masacre. De todas maneras, por ahora no podía hacer nada. Benjamin le contestó. — Mi querido amigo, sí tienes razón en lo que dices, pero de no dedicar ese dinero a mejoras sociales, es mejor dedicarlo a cosas bellas en vez de en la formación de ejércitos o en la compra de armas. ¿No crees que usar la violencia contra lo bello o contra la vida, no tiene sentido? ¿No crees que es mejor gastar el dinero, o la energía, o el tiempo en hacer cosas bellas, en vez de en muerte y destrucción? Mitarra recordó que hacía algo menos de un año que un comando legal de la organización había intentado realizar un atentado en el museo o contra el museo. No lo sabía exactamente. Prefirió no seguir hablando del tema de la violencia con Benjamin, y con la cabeza dio a entender que estaba de acuerdo con el viejo zorro de Benjamin Ríos. También observó que Arantza le estaba mirando y que estaba a punto de partirse de las risas que, con mejor o peor fortuna, intentaba reprimir. Para Pello, el Guggenheim era una bilbainada más. Tenían el mejor museo; el mejor metro; habían organizado y adecentado la villa como para hacerla hasta bonita; iban a limpiar la ría y la iban a dejar más límpida que las aguas del Támesis; en todo el mundo no se comía tan bien como allí; Dios, para demostrar al mundo en qué consiste la auténtica humildad, no se hizo a sí mismo un bilbaino más; y por si fuera poco, tenían un equipo de fútbol que era el único en el mundo que jugaba en la alta competición con sólo vascos. Siempre eran los mejores en todo. Por lo menos, así se lo creían ellos, pero, sin embargo, tenían un gran corazón. En efecto, el bilbaino desde siempre había tenido más seguridad en sus convicciones y en sus casi divinas cualidades que la que mostraba el resto de los pobladores del país con respecto a sí mismos. Quizás, el origen de esta presuntuosa y folclórica actitud, fue la sensación que tuvieron sus primeros habitantes, todos ellos pertenecientes a la antiquísima tribu euskaldun de los autrigones, de haber encontrado el paraíso al contemplar y quedarse después en el maravilloso cuadro que dibujaba la desembocadura del ancho río Nervión, rodeada de fértiles campas salpicadas de acogedores árboles que surgían de las suaves colinas que, a su vez, brotaban de la tierra como unas verdes y hermosas olas, las cuales daban sensación de movimiento y vida, embelleciendo, si cabe aún más, la inmensa vega profusamente surcada por innumerables, cantarines y alegres riachuelos. Encima, todo el paraje estaba protegido por unos montes con antiquísimos bosques de robles, castaños, encinas y nogales, que lo resguardaban de los vientos y de las bajas temperaturas. Acaso, el hecho de ser conscientes del cuadro incomparable que suponía la ría y su entorno, les hizo sentirse superiores a todos los demás habitantes del mundo. Casi siglo y medio después, los liberales bilbainos, que eran casi mayoría y que paradójicamente nunca dejaron de ser foralistas, resistieron varios asedios de las tropas carlistas formadas por los aldeanos que menospreciaban. A sus muchas características, Bilbao o Bilbahoa, añadió una más. La de ciudad invicta. Su autoestima siguió creciendo. Después, la ideología nacionalista de Sabino de Arana y Goiri, no tuvo en un principio mucho eco en Bilbao, pero la pequeña burguesía nacionalista bilbaina supo arreglarse muy bien con la burguesía bilbaina no nacionalista. Así estuvieron las cosas hasta que la guerra civil del 36 rompió la entente de la derecha bilbaina. La represión y la actitud violentamente autoritaria que mostraron los vencedores franquistas al conquistar y entrar en la hasta entonces invicta ciudad, con el beneplácito de la derecha bilbaina no nacionalista que representaba el papel de los liberales en las guerras carlistas, indignó a la mayoría de los bilbainos, tanto a los nacionalistas como a los no nacionalistas, uniéndose todos en el sentimiento de que ante Franco, eran bilbainos y vascos ante todo. Con Franco sólo quedó la gran burguesía y unos cuantos oportunistas. Benjamin les llevó a una taberna inglesa que estaba por los alrededores del museo y cerca de su vivienda. Les atendió una inmensa persona que, por las aleonadas melenas y nutrida barba que rodeaban su rostro, tenía un aspecto que a Pello le recordó la imagen de un león. Con una mirada franca y amable, les sirvió dos pintas de cerveza irlandesa y un té frío para Arantza. Se sentaron en una mesa con vistas al puente de La Salve. Benjamin Ríos, mirando directamente a los ojos de Pello, dijo: — Yo soy nacido en Bilbao, pero mis padres lo hicieron en un pueblo de Salamanca. Mis padres y mucho menos yo, nunca nos hemos sentido no aceptados por los bilbainos de toda la vida. Quizás fuese porque mi padre era médico y en consecuencia tuviese un cierto prestigio. Pero la cosa es que yo me siento totalmente identificado con Bilbao y con el resto de Euskal Herria. Me siento vasco, no porque lo lleve en la sangre, ni en el RH famoso, sino porque siento como vasco y como bilbaino. No sé cuál es el agente provocador de esa sensación. Algunos lo atribuyen al medio ambiente cultural o social, otros creen que es por la educación recibida en el seno de la familia y por el tipo de amistades que se tienen en la adolescencia, y hay un tercer grupo compuesto por prestigiosos sicólogos encabezados por Joung, que afirma que es debido a lo que ellos llaman el inconsciente colectivo. Como ocurre casi siempre, todos tienen razón, pero no la única razón. Mi opinión es que la sensación emotiva de pertenecer a un clan o a un pueblo, proviene de los tres factores. En primer lugar, tiene que haber un inconsciente colectivo que impregna el núcleo del imaginativo subconsciente. Después, el subconsciente envía mensajes al consciente. Es la fase que se corresponde a la espontánea educación familiar y al tipo de amistades que se tengan. Esta fase desemboca en el desarrollo y constitución de un medio ambiente cultural y social. Ya ves que el factor RH no tiene nada que ver. El origen está en el inconsciente colectivo que subconscientemente influye tanto en el sentir popular de cada región del mundo. En Bilbao y también en Euskal Herria, se palpa el inconsciente colectivo por doquier. Mitarra salió de sus reflexiones y se dio cuenta de que hacía un ratito que Benjamin había acabado de hablar, y que tanto Arantza como Benjamin, le estaban mirando con una expresión divertida en los ojos. Sintió como si le hubiesen cogido estando en Babia. La mirada de Arantza era risueña, había un poco de ironía y daba a entender que si te apetece, aquí me tienes, pero prepárate. La de Benjamin I era más complicada de descifrar. Tenía los párpados ligeramente entornados, como cuando te viene un poco de sol a la vista, y los ojos parecían ser de un castaño indefinido que le miraban dando a entender que entendían y comprendían todo lo que estaba pensando Pello, y que, de manera absolutamente sincera, además mostraban estar contentos y alegres de los pensamientos que percibían en su nuevo amigo. Eran seductores y, sin embargo, tranquilizadores. A Pello le surgió su espíritu guerrero, tal vez influenciado por la atrayente presencia de Arantza, y le dijo a Benjamin lo primero que se le ocurrió, más que nada por no aparentar tanto acatamiento a los conocimientos del zorro. — A eso no te puedo contestar con exactitud —. Respondió Benjamin. — Pero no es muy difícil imaginárselo. Me lo imagino como una especie de ondas electromagnéticas, parecido a las ondas de la radio o de la TV que se encuentran en el espacio y por todo el espacio, pero que no pueden ser detectadas, a no ser que se disponga de un receptor adecuado a su longitud de onda. La mente puede ser el receptor de las ondas del inconsciente colectivo. Sabemos algo sobre el cerebro, pero casi nada sobre la mente. ¿Quién puede, si apenas conocemos el mundo de los pensamientos, asegurar que no existen un tipo de ondas que transportan una información, ideas, que son captadas por algún mecanismo oculto del subconsciente? Estamos hablando de energía e información. Un tipo de energía que nos hace tener una serie de características mentales, emotivas y físicas. Lo he dicho por este orden, porque hace más de un siglo que la ciencia ya ha descubierto que la energía es la que configura y modula la materia. La ciencia ya sabe que la materia es una consecuencia de la energía latente en las subpartículas que constituyen la estructura atómica de lo tangible que, con mucho denuedo, termina por manifestarse bajo una apariencia física. Me imagino que la energía más sutil es la mental, después se manifiesta como algo más denso, algo más perceptible como es el carácter emotivo, para que esta energía emotiva sicosomática configure a su vez, o modifique, las partículas atómicas que constituyen los ladrillos de la materia física del cuerpo humano. Está cada vez más asumido por la profesión médica, la existencia de muchas enfermedades que son de tipo somático. Igual resulta que el inconsciente colectivo está en todas partes. De todas formas, prefiero utilizar la expresión de alma vasca para designar el inconsciente colectivo de los vascos, y la de almas individualizadas para referirme a los receptores ocultos del subconsciente encargados de captar las ondas cósmicas. Arantza comentó que un día es un día y que hoy tenía ganas de desmadre. Perfiló un gracioso gesto con su respingona nariz, dedicado a Pello, mientras pagaba Benjamin la primera consumición, y, despidiéndose del propietario, salieron a la calle.
Capítulo 32. EL LARRUN Patxo, Iñaki y Juantxo también pagaron religiosamente la cuenta de su menú, y emprendieron la marcha. Hasta llegar al extrarradio de Baiona, estuvieron discutiendo todo el viaje. Iñaki defendía con ahínco su propuesta. Decía que había que cruzar la muga por el Larrun, ya que lo conocía perfectamente de haberlo utilizado en varias ocasiones para pasar de un lado a otro de la frontera. Iñaki era de Barakaldo y llevaba casi 10 años como liberado de la organización. Estaba en ETA porque, según decía, eran los únicos que le echaban cojones y se enfrentaban de verdad a los cabrones de mierda responsables de esta puta sociedad. Así de simple. Juantxo, por el contrario, defendía la postura de efectuar el paso de muga en coche, haciéndolo tranquilamente y como unos señores, a través del casi inexistente puesto fronterizo de Behobia. Insistía que ahora ya no había vigilancia ni control en las aduanas, y que su método era más eficaz, rápido, cómodo y menos arriesgado que la excursión por el monte Larrun propuesta por Iñaki. Juantxo, que era de Donostia y más intelectual que Iñaki, siempre decía que el intelecto es necesario siempre, y mucho más para la planificación del desarrollo de cualquier praxis. La teoría siempre debe preceder a la praxis. Iñaki no cejaba en su empeño. — Si por el desarrollo de tu teórica praxis práctica de los cojones, la policía española nos pide la documentación por una puta casual casualidad, ¿creéis vosotros que nosotros damos el pego de ser franceses de Francia? Pero Juantxo, que continuaba viendo policías por todas partes, en un descuido de sus vigilantes, logró escapar y pasar la frontera en coche, con una vieja tía suya que le hizo de carabina. Una vez al otro lado, un hijo de la tía viajadora pasó a Hendaya a recoger a su madre aventurera y al coche. Juantxo conocía una dirección en Tarbes y allí se presentó. Estableció contacto y se ofreció para lo que quisieran mandarle. A cambio de alojamiento, comida y unos pocos francos para sus gastos, hizo de correo interno de la organización; y porque nunca se supo que las caídas en la infraestructura legal de Donostia, se habían debido al involuntario guía, Juantxo estuvo un par de meses haciendo de Miguel Strogof por el sur de Francia sin pasar nunca al otro lado de la muga. Una vez, le dieron un recado en un sobre para llevarlo de Baiona a San Juan de Luz. Se montó en el tren y aquel día se durmió a la altura de Biarritz. No se despertó hasta que fue zarandeado con muy malos modos por un revisor ferroviario en la estación de Irun. Cuando se percató de que había vuelto a la parte española, perdió el control y salió como una bala del tren. Una pareja de guardias civiles, que patrullaba por el andén, le echó el alto y se lo llevaron a comisaría. Allí se dieron cuenta de que era el Juantxo que se les escapó tres meses atrás, tras descubrirles varios pisos. Le dieron unos cuantos golpes y al día siguiente le pusieron a disposición judicial. Estuvo en la cárcel algo menos de un año y salió en libertad condicional a ver si seguía dejando pistas por ahí. Nada más salir de Martutene, se volvió para Euskadi Norte y nunca más repitió la experiencia de subirse a un tren. El sobre que contenía el recado se debió de perder en la estación, porque jamás se supo nada más de él. Cuando Juantxo se entrevistó con su responsable, le explicó que había sido secuestrado en el tren y que a punta de pistola le obligaron a pasar la frontera. Eso sí, también le dijo a su responsable que antes de ser inmovilizado, logró tirar el sobre por la ventanilla cuando el tren pasaba por encima de un río. El asunto siempre quedó un poco confuso y un tanto inverosímil. En esas, llegaron a la circunvalación de Baiona y tomaron la dirección a Hendaya. Al pasar cerca de Chambre d’Amour, el subconsciente de Iñaki le envió alguna señal, porque dijo que se sentía como los hombres cuando quieren follar. — Calla cabrón —, le respondió Iñaki, — mecagüen la hostia, tú te crees muy listo, listo de los cojones, pero ya he oído a algunos que la caída de Artapalo en Bidart, fue casualmente tres meses más tarde de tu detención en el tren. A saber lo que te cogerían. Iñaki se creció, y Patxo y Juantxo no tuvieron más remedio que aceptar el destino juguetón que favorecía el plan de pasar por el “alto de La Rhune”, o “Larrun mendia”, a la manera aventurera y furtiva de los antiguos contrabandistas vascos. Juantxo, esta vez al menos, no puso pegas para montar en el pequeño trencito, y los tres amigos hicieron la ascensión como unos turistas más, al lado de un grupo de japoneses, con muchas cámaras fotográficas, que iban a conocer el monte que según el poeta Agustín Chaho, tenía las vistas más maravillosas de toda Euskal Herria. El zuberotarra, escritor, poeta, revolucionario y esoterista Joseph Agustín Chaho escribió miles de páginas de romántica y sincera literatura vasquista, en el corto periodo de vida que tuvo a mediados del siglo XIX. En uno de sus libros, escrito con apenas treinta años, describe la panorámica que se divisaba desde la cima del Larrun, cuando todavía ningún pequeño trencito subía hacia arriba por su ladera. Así la vio el aventurero de Atheratze: “Desde el Larrun se domina un extenso paisaje, tal vez el más hermoso de los Pirineos Occidentales, tan ricos en panoramas pintorescos. Al mediodía, la Nabarra peninsular, cuyos valles se suceden huyendo hasta el Ebro; al norte, las tres provincias de la Vasconia francesa, Baiona, Pau y Las Landas que llegan hasta Burdeos; al oriente, la cadena de los Pirineos cuyas cimas gigantescas, semejantes a titanes, se elevan y se aglomeran por millares como para escalar el cielo; al oeste, las costas escarpadas del golfo de Vizcaya y la inmensidad del Océano. La claridad de aquel bello día me dejaba percibir, a pesar de la distancia, el lejano puerto de Bilbao y distinguía, siguiendo el litoral, a Getaria, San Sebastián, Pasajes, Fuenterrabía y la isla de los Faisanes, llamada isla de la Conferencia desde el famoso tratado de los Pirineos. Veía correr el Bidasoa al salir de Nabarra hacia el golfo y separar Gipuzkoa del territorio laburdino. Ese río sirve de límite a los dos reinos de Francia y España. A mis pies tenía el Laburdi con sus treinta parroquias que podría contar. De todas ellas, había dos, Hendaya y Ustaritz, que me recordaban dos épocas bien distintas de la historia de los vascos cispirenaicos. Sus guerras contra los francos y sus expediciones marítimas”. Patxo se sentó cerca del chofer del autobús. Juantxo se aposentó en la última hilera, e Iñaki, hacia el centro del pasillo, tuvo como compañera a una mujer muy gorda que le obligaba a sacar medio cuerpo fuera del asiento. Cada vez que el conductor del autobús miraba por el retrovisor, veía a un Iñaki tenso y preocupado que parecía estar muy atento a la conducción del chofer. El conductor supuso que el desconfiado pasajero habría sufrido alguna vez algún espectacular accidente de autobús. En cambio, Iñaki, mentalmente, sólo se dedicaba a echar pestes contra su voluminosa vecina y compañera de viaje.
Capítulo 33. EL DIOS KAKA Benjamin Ríos vivía en el segundo piso de un edificio de la Alameda de Rekalde, situado enfrente del colegio de los Escolapios. La vivienda era antigua y señorial, y estaba decorada de una manera muy informal, con cantidad de diversos objetos y enormes plantas de interior que daban mucho colorido al piso. La cocina era muy amplia y tenía una mesa preparada con tres cubiertos. Moviendo con mucho brío una cazuela de barro, había una gruesa mujer entrada en años. La señora les recibió con una pequeña regañina. Benjamin la presentó a Pello. — Esta irrespetuosa artista de la cocina se llama Engracia y es oriunda de Basauri. Hace años, ella y su difunto marido regentaban una casa de comidas en su pueblo. Eran artistas en bacalaos en salsa, en txipirones en su tinta y en merluza en salsa verde. Al enviudar, cerró el negocio, y tuve la fortuna de convencerla de que se dignase cocinar para mí y para mis amigos, y de paso quitarle un poco el polvo al piso. Vale Engracia, ahora mismo nos sentamos en la mesa y comemos como buenos chicos. Engracia le dio a Benjamin las últimas instrucciones y se despidió. Tenía mucha prisa ya que había quedado con su hermana para ir a pasar el fin de semana en una casita que tenía en La Rioja. Enfatizó que ella también tenía derecho a descansar. Dijo un agur y salió de la cocina. Al poco tiempo se oyó el ruido de la puerta de la calle al cerrarse. Arantza respondió que sus méritos culinarios no eran para tanto, mientras le sonreía a Pello con una expresión en los ojos que traslucía mucha simpatía y picardía a borbotones. Se abrió una botella de txakoli, y sobre un bonito mantel de hilo que cubría una espléndida madera, comieron la ensalada sin hablar apenas. Después vino la cazuela de medallones de merluza en salsa verde, con un puñado de guisantes, unas cuantas almejas y media docena de espárragos. El perejil le daba un bonito realce de color a la untuosa salsa que se había creado gracias a la gelatina del pescado y al rítmico movimiento de mano de la salerosa cocinera. Pello tuvo que reconocer que nunca había comido una merluza en salsa tan legalmente elaborada. Benjamin afirmó que a él le constaba que Engracia la hacía sin usar para nada la harina, que por eso era una auténtica artista. Miró a Arantza como si se estuviese preguntando si Arantza tendría la suficiente gracia y salero en la cocina. Pello ya sabía que Arantza sabía que él ya sabía que era muy fina en la cocina, pero lo que Pello quería comprobar ahora era cómo reaccionaba el ego de Arantza ante la petición de gracia y salero. Arantza, que no había perdido su pícara mirada, le contestó, también como quien no quiere la cosa, que la única manera de comprobar si una mujer tiene gracia y salero en la cocina, es mirando a la cocinera cómo lo hace y probando las maravillas que sepa hacer. Continuaron disfrutando de la merluza y de sus comentarios. También la merluza desapareció de los platos y de la cazuela con gran rapidez. Benjamin sólo abrió la boca para comer. Mirando cariñosamente a Arantza, le pasó el cigarro, mientras decía que hay mucha gente que cree que lo fundamental para la salud es alimentarse únicamente a base de frutas y verduras. — No saben que es más sano comer con grasas, siempre y cuando se haga con alegría, disfrute y/o concentración, que comer en plan más limpio, pero con la cabeza sumergida en preocupaciones o en otros pensamientos ajenos a lo que se está comiendo. Es una falta de respeto y de agradecimiento a algo que dentro de poco va a formar parte de uno mismo. Pello iba de sorpresa en sorpresa con Arantza. También fumaba marihuana, y lo hacía con mucho estilo. Arantza le pasó el porro, y Pello aprovechó la oportunidad para preguntarle a Benjamin si creía que podría descifrar la tablilla. Benjamin le contestó que aún no la había visto y que no podía responder a su pregunta hasta que la viese. Pello se levantó de la mesa y se dirigió a la sala donde había dejado su bolsa de viaje. Cogió la tablilla, y aprovechó la ocasión para quitarse el revólver de encima. Lo escondió en lo más profundo de una enorme planta que ocupaba el centro de la espaciosa sala que hacía también las funciones de biblioteca y de expositor de objetos curiosos. “Todos sabemos qué es la caca. Es la cagada. En euskera es kaka. En gitano es perel. Analicemos en primer lugar la kaka vasca. La función de defecar es el acto más íntimo que realiza el ser humano. En todo lo demás se puede estar acompañado, ya que casi siempre nos gusta la compañía. Pero en el defecar se prefiere la soledad. Si nos imaginamos a los primitivos humanos, mitad animales mitad personas, viviendo en sus colectivos, es lógico suponer que los únicos momentos en los que estaban a solas consigo mismo, era tras el biombo de unos matorrales o de unas piedras. Era el único momento en el que pensaban a solas. Pensarían sobre el producto que estaban evacuando, y olerían sus efluvios. Se tuvieron que dar cuenta de que lo que echaban se correspondía con lo que habían comido uno o dos días antes. También comprobaron en sus desplazamientos nómadas que, cuando volvían a algún antiguo asentamiento, las zonas usadas para la defecación eran las más fértiles. Asociaron la idea de que la defecación, que para ellos era la muerte de los alimentos, producía vida. Esa vida creaba los árboles que les daban los frutos que comían para ser después evacuados, lo cual contribuía, a su vez, a dar vida a los árboles, continuándose ininterrumpidamente el ciclo de esta manera. Así que les pareció algo perfectamente bueno. Algo casi mágico. A ese ciclo o ley, los primeros que cagaron por el mundo lo llamaron Dios”. “ Dios era el dador de la vida de su mundo. Para ellos, el ciclo vida – muerte - vida era el agente activador de la naturaleza, tanto la de ellos mismos, como la del exterior que les permitía alimentarse y vivir. Pues bien, tú sabes que en euskera el sufijo ka denota una acción continuada e insistente. Es la esencia de la acción y de la vida. Pero también, el sufijo ka se utiliza para dar la idea de carencia, de vacío, de muerte existencial. Sirve para utilizarlo tanto en un caso como en su opuesto. Así vieron los antiguos hombres a Dios. Como algo que producía vida, después venía la muerte y, de la muerte, volvía a surgir la vida”. Arantza y Pello no pudieron contener la risa, y Pello le preguntó a Benjamin si cada vez que fumaba marihuana le daba siempre tan fuerte. Benjamin le sonrió y prosiguió con su juego de hipótesis no comprobables y por lo tanto dificilmente refutables. Benjamin interrumpió sus historias medio en broma, medio en serio, y se puso a tocar las palmas de las manos como un consumado experto en flamenco.
Capítulo 34. EL DIOS PEREL Benjamin Ríos, dejando los juegos y las gracias para otro momento, tomó la tablilla y se concentró en ella. Durante un buen rato la acarició, la olió, la sopesó y pasó muy despacio la yema del dedo corazón por los surcos de las inscripciones grabadas en la piedra. Después la colocó sobre la mesa y estuvo contemplándola sin mover ni un solo músculo del cuerpo y efectuando unas respiraciones muy profundas. Cuando salió de su ensimismamiento, dio un suspiro y se dirigió a sus dos amigos. “ Otro caso. Roberto, alias “carácter militar”, al comprobar el estado meteorológico del día, agarra un enfado monumental y se caga en Dios y en todo su equipo. De todas formas, decide que, pase lo que pase, se va a la playa con la chica. No podrán estar tumbados al sol, pero irán al txiringito de la playa. Roberto aprovechará la ocasión para impresionar a la chica y se dará un baño entre las enormes olas. Comerán a solas en el restaurante de la playa, y la soledad del local y la frialdad del ambiente no serán los más propicios para el logro de sus intenciones posteriores, pero por lo menos lo intenta”. “ El tercer caso es Roberto alias “carácter soñador”. La tristeza y la depresión le abruman al asomarse a la ventana y se queda ahí, de pie enfrente de la lluvia, imaginando todo lo que podía haber sido pero que no será. Llora de tristeza al soñar con la felicidad perdida, también se olvida de llamar a la chica, y le surgen algunos versos melancólicos que le desgarran su corazón, impregnándose de pena, sufrimiento y poesía. Su extremada sensibilidad le acabará conduciendo a algún tipo de misticismo o seguimiento devocional de cualquier causa perdida”. “ Cuarto y último caso. Roberto, alias “carácter deportivo”, también se queda triste como el vacío y el soñador, pero además se enfada, algo menos, como el militar. La parte soñadora de su carácter, al no estar bloqueada por la mala hostia o por la melancolía, comienza a analizar las nuevas posibilidades que la lluvia y el viento han aportado. Cae en la cuenta de que el mar debe de estar maravilloso de fuerza y de color, y decide ir a un sitio apropiado y salvaje, que permita una buena visión del oleaje, para pasar la mañana en el coche, mientras comentan el espectáculo de la naturaleza. La comida y la sobremesa en algún restaurante, que no sea el solitario de la playa, siguen siendo una oportunidad interesante para el posterior desarrollo de la tarde. El carácter deportivo te permite sacar provecho de manera inteligente y audaz de cualquier situación. Diría que es como el carácter del militar, pero más atemperado y con grandes dosis de imaginación y por lo tanto de sensibilidad. “Como colofón al tema de los caracteres, amigo Pedro, me imagino que no te interesará mucho la sicología esotérica, pero si algún día te da por ella, quiero decirte que el carácter militar corresponde a una personalidad cuyo Rayo cósmico predominante es el primero, el vacío al 2º, el diablo al 3º, el soñador al 4º, el intelectual al 5º, el fanático al 6º y el deportivo al séptimo y último Rayo”. “ Habla el cuento sobre la intensidad y la energía que encierra el aspecto voluntad, aquel que permitió sobrevivir a los primeros semihumanos influidos por el Dios KAKA, pese a las duras condiciones de vida, para al final lograr modificar hasta las iniciales creencias basadas en el miedo, y transformarlas en un deseo por la felicidad que encontraron en el dios KABI de la época del lúdico Perel. El cuento dice que estaban dos ranas dando saltos por un prado cercano a su charca, cuando sin saber cómo, las dos ranas aterrizaron en el interior de un balde metálico lleno de leche. Intentaron salir, pero las paredes metálicas del balde impedían la salida. Comenzaron a nadar, mientras comentaban qué se podría hacer. Al cabo de un buen rato, una de ellas dijo que ya no podía más y que se iba a dejar hundir. La otra le echó una arenga sobre lo importante que era el no rendirse nunca, la cual logró convencer a su amiga. Nadaron otro buen rato, y la misma rana volvió a anunciar que esta vez sí era verdad que no podía más y que se dejaba hundir. Desapareció bajo la blanca superficie, y dejó sola a su compañera de aventuras. La rana de la superficie se olvidó rápidamente de su compañera, y concentró la poca energía que le quedaba en seguir agitando sus patas. Cada vez que notaba que las patas no le respondían, concentraba todo su ser en enviar la orden a sus extremidades, y éstas respondían cada vez con más dificultad. En una de las veces que intentó seguir controlando a sus patas, éstas no pudieron responder, y supo que se iba para el fondo. Comenzó a hundirse y a poca profundidad, casi en la superficie, la rana sintió que sus patas se posaban sobre un cuerpo duro, casi sólido, que le permitiría, si es que era capaz de dar la orden a sus patas, saltar fuera del balde. Era consciente de que todo dependía de ese momento, y su deseo por vivir hizo que la voluntad no se rindiese y tuviese la necesaria capacidad de energetizar a sus extremidades para que éstas a su vez, hiciesen el impulso hacia arriba. Mandó la orden a sus patas y éstas obedecieron. Las patas se afianzaron sobre la capa de mantequilla que se había formado de tanto batir la leche con sus patitas, y se dispararon como dos resortes para impulsar a su dueña fuera del balde”. — Estamos llegando a las primeras estribaciones del mundo del espíritu, y todo gracias al esfuerzo de la voluntad. Pello fue sincero y le salió una expresión de auténtico asombro. Recogió la tablilla, estrechó la mano de Pello y volvió a salir en compañía de Arantza. Pello Petankas rió la ocurrencia de Arantza. — ¿Cuántos años crees que tengo? — Yo creo que tendrás algo más que yo, unos 43 ó 44 años. Arantza tardó casi media hora en volver. Pello, mientras esperaba, estuvo comiendo queso y nueces, intentando llevar a la práctica los consejos de Benjamin sobre la concentración inherente a toda acción. Arantza entró en la cocina y se dirigió al aparador a coger una pera del cesto de las frutas. Comenzó a comerla a mordiscos, apoyada de pie en el aparador, mientras el agua de la pera resbalaba desde la comisura de sus labios. Pello la observaba desde el fondo de la cocina. Arantza llevaba recogida su cabellera rubia con una toalla, y se adivinaba que debajo del albornoz, que hacía juego con los azules ojos de Arantza, no había nada más que su cuerpo. Pello no esperó a que Arantza terminase con toda la pera. Se levantó de la mesa y se acercó a ella. Notó que Arantza conocía sus intenciones por la mirada fija y brillante que adoptó la mujer del albornoz y la pera. Cuando estuvo muy, pero que muy cerca de ella, habló con suavidad. Fueron casi 40 horas ininterrumpidas de pasión y de amor, que aunque sea justo reconocer que hubo bastante más de lo primero que de lo segundo, no por eso hay que obviar el gran componente de cariño que se originó entre ambos. Estuvieron durante casi dos días adorando sin parar al dios Perel, poniendo en ello todo su ardoroso denuedo.
Capítulo 35. EL CHARLATAN Patxo, Iñaki y Juantxo se apearon del autobús en el donostiarra barrio de Gros, y se metieron en un bar que estaba lleno de pinchos y de cazuelitas. Patxo cogió el teléfono y llamó a uno de los contactos que le había dado Korta en París. El responsable del comando itinerante tuvo que hablar más de la cuenta para convencer al simpatizante de Donostia que la llamada no era ninguna encerrona de la policía. Juantxo, a su lado con cara de preocupación, observaba a los clientes del bar para cerciorarse de que nadie estaba escuchando la conversación. Mientras, Iñaki estaba en la barra, degustando unos pinchos, a la vez que pensaba con la boca llena en el siguiente que se iba a comer. Jon respiró aliviado. Había temido que en su primera cita con la alta competición operativa, se hubiera ido de la lengua como el clásico parraplas charlatán. Patxo confirmó una vez más que era un experto en obtener información. — Bueno Jon, te felicito por ser tan buen observador. Gracias a tu preciso conocimiento de la situación, nos has evitado andar de la ceca a la meca. Compañeros militantes como tú, son los que mantienen viva la llama de la causa de nuestra Euskal Herria. Has sido muy útil y tienes que seguir con nosotros. Tienes que darnos alojamiento, darnos un coche y ayudarnos a averiguar quién es la mujer esa del otro talde, que tiene el contacto con Mitarra. Es la única forma de encontrar a Mitarra. Por medio de ella sabremos cómo encontrarlo. Jon aceptó la labor con gran emoción, y a eso de las 12 de la noche, todos se fueron a casa de Jon. Patxo y Juantxo se imaginaron que la mujer de la cafetería sería algún destacado responsable de los servicios de información del Ministerio del Interior, encargada de establecer los primeros contactos con Mitarra. ¿O eran los segundos? Iñaki se imaginó que la mujer de la cafetería sería algún ligue de Petankas. Jon se imaginó que la mujer de la cafetería sería una sofisticada e interesante camarada de la organización. La pena era que no estuviese en su talde, pensó Jon, en vez de pensar que la pena era que no hubiese algo así en su talde ni en ningún talde de la banda armada. De todas formas, se dijo Jon, animándose a sí mismo, lo importante era que ahora iba a jugar en primera división con un comando de elite de la organización. Tendría que seguir comportándose igual de eficaz como hasta ahora. Estaba harta de la vida, de su marido y sobre todo, de las embarcadas de su marido. Era natural de Ordizia y llevaba más de 20 años viviendo con Jon. En un principio, Amparo estuvo muy identificada con la causa de la izquierda abertzale, pero con el paso de los años, se fue desmotivando. Desde hacía tiempo, había comprobado que los vecinos, familiares y amigos habían pasado de respetarlos, o por lo menos de aceptarlos con cierta tolerancia, a evitarlos y mostrar hacia ellos un antagonismo cada vez más beligerante, que en vez de hacerla reflexionar, la sumergió en un sentimiento de desprecio y manía hacia todos los que no compartían sus puntos de vista. Lo había comentado algunas veces con su marido, y Jon siempre le contaba la misma historia con las mismas palabras. Una vez que todos tuvieron muy claro sus respectivas misiones, Jon no paró de hablar. Les dijo que su talde también estaba preparando otra operación. Patxo, Iñaki y Juantxo estaban aburridos de la verborrea de Jon, y dando el último trago a sus respectivos whiskys con cocacola, se fueron a dormir, dejando al charlatán de Jon recogiendo los vasos y dos ceniceros repletos de colillas.
Capítulo 36. LA ESPERA Patxo, Iñaki y Juantxo se levantaron a las 7 y media de la mañana del sábado 13 de Junio. Jon se encontraba en la cocina, preparando el café con leche del desayuno. Dieron buena cuenta de todo el surtido de pastelería y bollería industrial, introduciéndolo varias veces dentro de unos humeantes tazones de desayuno, decorados con unos vistosos motivos vascos. A continuación, todos se tomaron un carajillo. Iñaki se quedó en casa y los demás salieron a la calle a recoger el coche que tenía preparado el talde de Jon para efectuar la ekintza del cuartel de Intxaurrondo. El comando legal tenía una lonja para sus cosas en el barrio de Amara, el cual era el mismo barrio en el que vivían Jon y Amparo. Se fueron a pie hasta la lonja y sacaron el coche para dirigirse a la zona de la Avenida. Una vez allí, Juantxo se quedó en el coche, Patxo se dirigió a la cafetería, y Jon se fue para el banco del que saldría 10 minutos más tarde para presentarse a eso de las 9 en la cafetería casi vacía de clientes. Uno de los clientes tempraneros era un miembro liberado y responsable de un comando de elite de la organización militar que tanto amaba el voluntarioso empleado de banca. Patxo y Jon hicieron como que no se conocían, y pasaron toda la mañana con sendos periódicos delante de sus narices. Cada vez que entraba una mujer rubia, Patxo miraba a Jon y éste, con mucho disimulo, le indicaba que no era la camarada del otro talde. Patxo comentó con el camarero que si estaba tanto tiempo en el bar, era porque debía de esperar a un personaje para realizarle una entrevista para su periódico. El camarero quiso saber quién era la persona a entrevistar y Patxo tuvo que improvisar sobre la marcha. Amparo les recibió con un humor más agradable que el que había mostrado la noche anterior. De todas formas, casi al final de la comida y ante un comentario insustancial de Jon, Amparo perdió el autocontrol y le salió toda la mala hostia que llevaba dentro. Iñaki llevaba más de una semana sin acostarse con su novia la panadera de París, y andaba más salido que “Simbad el Marino” en un harén de “Las Mil y una Noches”. Además, Amparo estaba de muy buen ver con sus casi 40 años. La bata granate que llevaba, se ceñía sobre su blanca piel, y marcaba perfectamente las redondeces de sus curvas y el meneo de sus caderas que acompañaban rítmicamente al movimiento de sus brazos y de sus hombros mientras realizaba el fregado de la cacerola del cocido. Durante la mañana, Iñaki ya se había fijado en el trasero de Amparo y en sus oscilaciones acompasadas al trajín del quitar el polvo de la sala. Iñaki esperó a que se le pusiera dura, y cuando comprobó que ya estaba en condiciones, se levantó de la mesa y se la arrimó al trasero de Amparo, colocando sus manos sobre el pecho de la sensual danzarina. Iñaki iba a decir algo cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza, propinado por Amparo con el cazo de servir las alubias. Iñaki se apartó instintivamente, llevándose las manos a la zona dolorida, pero también por si acaso, por si se le ocurría a Amparo seguir repartiendo estopa. Amparo, sin soltar el cazo, le llamó sinvergüenza, y asimismo le dijo que a ver si sabía con quién se jugaba los cuartos. Iñaki debió de poner una cara muy triste cuando pensó que como siempre, en los asuntos del meneillo, las mujeres son las que tienen la sartén o el cazo por el mango. Acertó a decir un “joder, estás pirada”. Amparo dejó el cazo en la fregadera y sintió una cierta ternura ante la compungida expresión del alocado seductor. Además, pensó que no era plan el romperle la cabeza al primer hombre que se le había acercado con ganas de achuche desde hacía ya bastante tiempo. Así que Amparo le hizo sentarse, y acercándose a él, con una servilleta comenzó a quitarle los trozos de alubias que se esparcían medio aplastados entre la abundante cabellera de Iñaki. El pecho de Amparo estaba a la altura de la boca de Iñaki y, sin poder remediarlo, el fogoso amante le dio un mordisquito mientras la atraía hacia sí, poniendo las manos sobre el excitante culo cubierto por la tela de intenso color granate. Amparo se dejó guiar y se sentó de frente a Iñaki sobre sus rodillas. Allí mismo, sin moverse de la banqueta en donde estaba sentado el indomable Tenorio, echaron un polvo que les dejó completamente relajados. Después se fueron al sofá de la sala y, con la televisión puesta, continuaron con las sesiones de relajo físico y mental. En la otra punta de Donostia, el comando de información se distribuía de la misma forma que la empleada durante la mañana. Juantxo se quedó en el coche con un Egin, y Patxo y Jon entraron por separado en la cafetería. Había más clientela, lo cual contribuía a que la situación fuese algo menos complicada. Jon no paraba de darle vueltas a la cabeza, sopesando las distintas maneras de preguntar por la mujer rubia a los camareros, si es que ésta no llegaba a aparecer para las 9 de la noche. Se le ocurrió que podría enfocar el tema como si fuese un pariente lejano que sólo sabía que su familiar acostumbraba a ir por esa cafetería. Lo desechó porque pensó que él también acostumbraba a ir por la cafetería, y los camareros le conocerían y sabrían que todo era mentira. También se imaginó que podría decirles que estaba muy interesado por la atractiva rubia, y que le harían un gran favor si le decían quién era o en dónde vivía. También lo desechó porque pensó que los camareros le podrían tomar el pelo y avergonzarle en público por sus pretensiones de romántico ligón. Al final, se le ocurrió una idea que le pareció perfecta. Hizo una seña a Patxo para que no se preocupase y salió a la calle a comprar un paraguas de señora. Patxo pensó que Jon habría visto pasar por delante de la cafetería a la misteriosa rubia y que se disponía a seguirla. Dijo al camarero que volvía en un momento y salió detrás de Jon. Le siguió y vio cómo entraba en una lujosa y cara tienda de ropas de mujer. Esperó en la calle, suponiendo que la amiga de Mitarra estaría también en el interior de la tienda. De repente, alguien le tocó en un hombro y le obligó a volverse hacia quien le había abordado tan de sopetón. Era un primo de su pueblo, Idiazabal, al que hacía más de 15 años que no veía. El primo era testigo de Jehová y no sabía mucho de las cosas de Patxo. Patxo observó cómo Jon salía de la tienda con un llamativo paraguas de señora de color lila con unos lacitos rosas. Se encaró con su primo y le mandó a tomar por el saco. Patxo le indicó a Jon, con el dedo índice, que ya era hora de entrar en acción. Jon carraspeó y llamó al camarero más próximo, que era el que se olía que allí pasaba algo raro y que también era el que había escuchado a Patxo, casi 10 horas antes, la historia sobre una entrevista a una valerosa mujer gravemente enferma. — Si me pudieses decir cómo se llama o dónde vive, podría devolverle el paraguas —. Y volvió a elevarlo por encima de la barra. El camarero era de Tafalla, y además de no fallarle la memoria, le zumbaba una mala hostia de cuidado. — Pero usted cree que yo me chupo el dedo. La señorita Arantza no se dejó ningún paraguas olvidado, ni usted pudo recogerlo, porque se fue antes que ellos. Ya se podía, usted, haber inventado una historia con más fundamento. Si se la quiere ligar, no me venga con milongas ni macanas. Dígame que le gustaría conocerla y pregúnteme, por favor, si le puedo decir cómo se llama, que yo no tengo por qué ocultarlo. O invéntese que es un familiar lejano que ha venido a traerle una herencia o lo que sea. Pero no me tome por bobo. Ni usted, ni su compinche de allí, que también me ha metido otra bola a la mañana, me parece que sois trigo limpio. Yo no estoy aquí para oír cuentos y trolas. Yo estoy aquí para cumplir con mi trabajo y nada más. Y, ¿para qué chorras quieren ustedes estar con la señorita Arantza? ¿No pretenderán molestarla? No me toque los cojones que llamo ahora mismo a la ertzaintza para que os meta un buen puro. Patxo tuvo que intervenir. — Tranquilícese que todo tiene su explicación. Somos del equipo de dirección de un programa de televisión que se llama “¿Dónde está mi amor?” La persona que ha contactado con nuestro realizador, es un corazón solitario que busca calor y protección, y nos ha encargado que busquemos a la señorita Arantza, que le entreguemos este paraguas, y que le digamos que nuestro buen hombre le quiere declarar su amor. — ¿A la señorita Arantza Urdanpilleta? —, respondió el de Tafalla, — pero, joder, cómo chorras es que este tontolaba no sabe en dónde vive la señorita Arantza, si vive en el portal de ahí enfrente desde siempre. Patxo tuvo que rizar el rizo ante la dura mirada del navarro. —El corazón solitario, sí nos dijo que vivía en esta calle, pero no sabía en dónde. Sólo nos dio su nombre: Arantza Urdanpilleta. Este buen hombre siente un amor platónico por la señorita Urdanpilleta, ya sabes, y porque es muy tímido, nunca se ha atrevido a pararla por la calle. Ésa es la función humana y social de nuestro programa. Unir a los corazones solitarios y desprotegidos. Corazones que no se atreven a mostrar sus auténticas motivaciones. — Sí —, contestó Patxo, — es porque ésta es una zona muy propensa a corazones desprovistos de humanas razones. — Te has portado muy bien, y tu idea del paraguas, nos ha venido de puta madre para endilgarle el cuento al cabrón de ese desconfiado nabarro de las pelotas. Ahora vamos a casa y le regalas el paraguas a tu mujer, para que hagáis las paces y os echéis un buen polvo a nuestra salud. Aurrera lagun.
Capítulo 37. KIZIL El monte Ararat de 5.162 mts. de altura, el monte del Arca de Noé, está ubicado en la cordillera del Cáucaso que separa, junto con los Urales, el continente asiático del europeo. Abrahim Yusuf, ex agente de la KGB y responsable de seguridad de la embajada de Chirvan en Suiza, con cobertura de agregado cultural, circulaba por un abrupto camino hacia un monumental monasterio que se encontraba en las laderas del Ararat. En uno de los sótanos de la inmemorial abadía, la sociedad secreta “Luz del Ocaso” tenía su centro neurálgico, operativo, ideológico y religioso. Yusuf esperaba llegar un poco antes del amanecer. La cita con el máximo responsable de la orden era a la salida del Sol. El gran sacerdote de la secta no era muy amigo del día, así que no le afectaba no saber en dónde estaba el Sol, porque en el interior de los profundos sótanos del monasterio nunca se sabía si era de noche o de día. Yusuf entró en el gran patio del monasterio y aparcó el todoterreno en la amplia explanada que se sitúa enfrente del milenario edificio. Apagó las luces del automóvil y sólo distinguió una inmensa mole oscura que se recortaba en el cielo. Pensó que de haber ignorado la existencia de la construcción, habría sido casi imposible distinguirla del fondo de la piedra del monte. Miró hacia ella y apenas pudo ver los huecos de las ventanas del monasterio. Yusuf fue recibido por un hermano de la secta que le condujo hasta la cámara principal del “sancta sanctorum” de las dependencias de la orden hermética “Luz del Ocaso”. Las paredes y el suelo del inmenso despacho de dirección eran de un gres pálido con veteadas zonas blancas y negras. Predominaba la tonalidad oscura. Una mesa de mármol negro ocupaba el centro de la sala y ocultaba la parte central de una gran chimenea que crepitaba con un rescoldo rojizo y mortecino. El techo desprendía una luz azulada que daba una tonalidad marina al conjunto, el cual producía una sensación como de densidad y misterio. En el centro del escenario, se recortaba la figura del gran sacerdote, sentado detrás de la maciza mesa de negro mármol. Yusuf se presentó ante el Sumo Sacerdote, y de pies y con las manos férreamente entrelazadas por detrás de la espalda, le informó de todo el plan magnicida que le había contado el vasco Retama en Suiza. No se sabía nada del Sumo Sacerdote, así que su existencia no constaba en ningún archivo de ninguna central estatal de información. Su auténtica identidad, sólo él la sabía. De joven se afilió al partido nazi. Al poco tiempo, debido a su fina inteligencia y a sus conocimientos sobre la vida etérica y astral, fue captado por una super secreta sección de las SS, la cual se dedicaba a la investigación y manipulación de lo que popularmente se conoce como magia negra. Allí también destacó, y a los dos años pasó a formar parte del grupo que asesoraba directa y personalmente a Hitler. Cuando Hitler le conoció y le escuchó por primera vez, consideró que era el mago más eficaz y audaz, y no se volvió a reunir con el resto de los brujos negros. Desde entonces sólo lo hizo con el que después sería el Sumo Sacerdote de la “Luz del Ocaso”. Con la derrota del ejército alemán, vino también la desaparición de Hitler y de sus conspiraciones en el mundo de la magia negra. El asesor personal de Hitler se fue de Alemania y se trasladó a Bagdad, y allí se alistó en la orden “Luz del Ocaso”. En 20 años logró la máxima prefectura de la secta. Durante su etapa de asesor de Hitler, dispuso de todo el poder que le proporcionaba la infraestructura nazi por todo Europa y parte de Asia. Pudo desarrollar cantidad de expediciones por todo el mundo. Especialmente por la zona del Turquestan. También dispuso de fondos y de medios para investigar los diversos aspectos del esoterismo que, de manera misteriosamente curiosa, coinciden en muchas y diversas culturas de todo el mundo. Fue en esta etapa cuando oyó por primera vez de la existencia de la orden “Luz del Ocaso”. Sus investigaciones le llevaron a la conclusión de que esta orden poseía el conocimiento de los auténticos orígenes de las razas preindoeuropeas e indoeuropeas. Asimismo se enteró de que cerca de Bagdad, en la zona donde más se aproximan los ríos Tigris y Eufrates, había un templo consagrado a la “Luz del Ocaso”. De esta manera, cuando tuvo que marcharse de Alemania, no lo dudó ni por un momento, y se fue a Bagdad para seguir profundizando en los ancestrales conocimientos de la orden. Ahora que disponía de toda la información sobre los orígenes de las civilizaciones, y tras oír a Yusuf, consideró que parecía que el actual ciclo de 10.000 años podía llegar a su fin con una decisiva victoria sobre los hijos del Sol. Los conocimientos sobre el origen de las civilizaciones que poseía la “Luz del Ocaso”, eran como sigue a continuación: Hace 12.000 años, sólo había un continente habitado en el planeta Tierra, el cual disponía y gozaba de un alto nivel social y tecnológico. Las demás zonas del planeta eran más inhóspitas y apenas estaban pobladas por unos seres casi humanos que tenían poco desarrollada la capacidad racionalizadora del hemisferio izquierdo del cerebro y que por lo tanto se encontraban en las postrimerías del Paleolítico. El continente civilizado disponía de asentamientos coloniales por todo el litoral costero de América, Europa, Norte de África y Sur de Asia. Su avanzada tecnología metafísica les permitió conocer la inminencia de un gigantesco desastre que iba a suponer el hundimiento de su continente y la subida del nivel del mar en todos los litorales de todas las costas del planeta. El desastre iba a producirse por la súbita y caótica descongelación de la mayor parte de uno de los dos inmensos casquetes polares que había en aquella época, como consecuencia del paso de una inmensa bola de fuego, a la manera de un furibundo castigo divino proveniente del confín de la galaxia. Durante varios años estuvieron trasladando a todas las personas que pudieron a la zona del Cáucaso, especialmente a los altos valles que rodean al monte Ararat. El motivo de haber elegido la zona del Cáucaso, además de la altura que tenía sobre el nivel del mar, fue que era el centro geográfico de la zona que se extiende a ambos lados del paralelo 40º de latitud norte, entre los centros cardíaco y laríngeo de Gaia, o entre el corazón y la garganta de la Madre Tierra. Habían previsto que la zona que discurre abajo y arriba de este paralelo por las tierras de Asia y Europa, sería la cuna del desarrollo de las futuras civilizaciones. Eligieron la cordillera del Cáucaso como el centro desde donde partiría la eclosión civilizadora, una vez se hubiesen apaciguado las condiciones producidas por el cataclismo. Cuando la Atlántida se sumergió en el océano Atlántico, la zona del Cáucaso se quedó como el único punto importante de la civilización atlante y último reducto de la séptima sub raza de la antiquísima Cuarta Raza Raíz. Según constaba en los antiguos anales que tenía a su disposición el Sumo Sacerdote, los atlantes tenían un origen solar. No se especificaba en qué consistía el origen solar, pero todos se consideraban hijos del Sol y como tal, todos eran Dios. Habían desarrollado una técnica espiritual que les permitía manifestar la presencia de Dios en su interior. De esta manera, y con semejantes conocimientos, los atlantes del Cáucaso siguieron con su lengua, sus usos y sus costumbres un tanto románticas. Pero las condiciones de vida en los duros valles del Cáucaso no eran tan cómodas como en las de su extinguido continente, y los problemas comenzaron a surgir. Poco a poco se fue creando una corriente de opinión que decía que era una muestra de soberbia el afirmar que todos eran Dios. También decían que la catástrofe que había hecho desaparecer a su antiguo continente, fue debida a la anarquía social que existía, la cual produjo la ira del Dios que les envió la bola de fuego. Decían que Dios estaba por encima de las personas, y que, por lo tanto, a lo único que se podía aspirar era a cumplir con sus normas y preceptos. Los conocimientos de la técnica espiritual para contactar personal e individualmente con Dios, fueron empleados por algunos para obtener el poder de elevarse intelectualmente por encima de la mayoría de los antiguos atlantes. Así se crearon las primeras castas de sacerdotes o brujos negros o intermediarios profesionales entre Dios y los hombres, que a cambio de regalos, decían que siguiendo sus instrucciones, las personas podían estar a bien con las leyes de Dios. Los primeros sacerdotes amasaron grandes fortunas, propiciadas por los más cómodos que, en lugar de continuar practicando las exigentes disciplinas personales de la técnica espiritual de los antiguos atlantes, prefirieron que fueran otros los que les llevasen sus asuntos con Dios. La mayoría de los caucasianos, como buenos románticos, no aceptaron la nueva moda, y siguieron con sus prácticas individualistas. Con el paso de los siglos, esta situación se fue polarizando y acabó por enquistarse al consolidarse las dos formas diferentes de ver a Dios. Una, la primitiva de los atlantes, afirmaba que todos eran iguales y que no hacía falta ningún tipo de sacerdote que oficiase ningún tipo de ritual supersticioso y artificial. La otra decía que así como la naturaleza está jerarquizada, también los humanos tenían que estar clasificados en diversos estamentos en función de sus conocimientos e influencia social. Si no se respetaba este orden natural, Dios podría volver a castigarles. En la cúspide de la pirámide jerárquica estaba Dios, y ya en la Tierra, el nivel más alto entre las personas, correspondía a los sacerdotes. Habían pasado alrededor de 1.000 años desde que se produjo la desaparición de la Atlántida, y sus descendientes se habían fragmentado en dos comunidades bien diferenciadas. Hubieron de pasar otros 1.000 años para que la naturaleza diese la razón a los sacerdotes. Hace aproximadamente 10.000 años, se produjo otro desastre que aunque de menor envergadura que el anterior, volvió a provocar la subida de las aguas. El monte Ararat fue una de las pocas zonas del Cáucaso que se salvó de la gran inundación provocada por un torrencial diluvio que de manera contumaz asoló sin sol las montañas de la Iberia caucásica. Tuvieron que pasar muchos años para que las aguas bajaran al nivel actual. Los casi 500.000 supervivientes de la segunda catástrofe se encontraban más divididos que nunca. Más de la mitad seguía manteniendo el antiguo culto al Sol, a la Naturaleza y a la relación personal e intransferible con Dios, que les proclamaba como reyes con unos derechos que ni el propio Dios les podía arrebatar. El resto había abrazado la religión de los sacerdotes, brujos o intermediarios entre lo energético y lo material. El carácter individualista y medio anarquista de los hijos del Sol, no era el más apropiado para enfrentarse militarmente a las organizadas huestes de la otra religión. Aún siendo más numerosos que sus contrarios, y acaso también a que recordaron el plan original de sus ancestros, atzabak o abazarrak, de expandir la civilización a través del paralelo que pasaba por el Ararat, optaron por coger el petate y salir a buscar nuevos horizontes. Se dividieron en tres partidas de cien mil integrantes, aproximadamente, por grupo, y cada una de las expediciones salió en distintas direcciones. Antes de emprender la marcha, se pusieron de acuerdo en que tenían que dejar una serie de señales, como las miguitas de pan que se van echando por el sendero de un bosque, para que permitiese a las generaciones futuras conocer sus recorridos, sus idas y venidas. El primer grupo salió hacia el este, bordeando las costas del sur del mar Caspio, y se internó por el fangoso desierto de Karakum. Los casi 1.000 kms. que separan el principio del desierto del actual Turquestan o Urkestan occidental, fueron demoledores para la numerosa expedición. Después de muchos años de vagar por el inacabable pantano, se separaron en dos ramas a la altura de Kizilkum. Una de ellas bajó hasta el paralelo 40º de latitud y acabó accediendo a las primeras estribaciones del Tíbet occidental a través de Kizilkaya y Kizilrabot. Concretamente, accedieron a la cordillera de Karakakorum. A continuación desembocaron en la fría meseta del Tíbet y descendieron a la cálida India o gran Aindia. Les había supuesto varias generaciones realizar el duro y largo viaje, pero la belleza y riqueza natural de los bosques que encontraron, les resarció de todas las calamidades pasadas. Siguieron practicando sus disciplinas espirituales, y todo su conocimiento lo plasmaron en unos libros que se conocen con el nombre de los Vedas. Casi 4.000 años más tarde, Krisnha, el fundador de la religión hindú, redactó el Bhagavad Gita en el idioma sánscrito, que era el idioma en el que se había transformado la antigua lengua preindoeuropea de los atlantes – vedas. La doctrina del Bhagavad Gita estaba inspirada en los textos de los antiguos Vedas que se basaban en el amor y en el respeto a los demás, y en la obtención de la armonía a través de la intuición proveniente de la consecución del desapego y la entrega generosa. La otra rama que se había separado a la altura de Kizilkum, dejó las pantanosas llanuras del desierto de Karakum y se dirigió hacia el norte para establecer contacto con la segunda gran expedición que había partido del Cáucaso. Este segundo grupo de 100.000 inmigrantes que salió del Cáucaso, se encaminó hacia el norte. Bordeó la costa occidental del mar Caspio y, una vez superado, lo doblaron para tirar también hacia el este a través de Kizilkoga, dejando atrás un río, al cual lo llamaron Ural. A continuación se encontraron con las estepas del Kazajastan, y dejando atrás Kizilzhar, se toparon, en Kizilkomuna, con la rama escindida del primer grupo. Todos juntos continuaron hacia el este, a través de la zona inferior al paralelo 50º de latitud, hasta llegar al monte Beluka de 4.500 mts. de altura, a través de otro Kizilkaya. El monte Beluka es el mascarón de proa de las primeras estribaciones occidentales de la cordillera Altai. En este punto, la rama escindida del primer grupo se volvió a separar y a través de los montes Hangayn, descendió a las llanuras de Mongolia y atravesó el desierto de Gobi para acabar llegando a la actual China, desarrollando allí cerca el lenguaje Tocario, origen de los diversos idiomas chinos. Esta rama que se estableció en el sudeste asiático, había empezado el viaje con el primer grupo, después se había ido para juntarse con el segundo grupo que viajaba más al norte, y ahora se volvía a separar para bajar a Mongolia. Había conocido dos expediciones distintas y al final se quedaron en el medio. Sus experiencias de haber convivido en dos grupos diferentes, les sirvió para desarrollar el aspecto dual de la mente. Profundizaron en el estudio de la mente y acabaron por comprender que todo dependía del sabio equilibrio entre los contrarios, logrando así la intuición proveniente de recorrer el mental sendero medio o equidistante entre los diversos pares de opuestos. Desarrollaron la filosofía del Yin y del Yang, que unos milenios más tarde adoptó como propia el filósofo chino conocido por Lao Tse. La segunda gran expedición, una vez vuelta a su composición original, desde el monte Beluka se dirigió hacia el nordeste, y a través de Kizil, en las proximidades del nacimiento del río Yenisei, desembocó en las gélidas estepas de Siberia. Pasando por Kizilxilik, Kizilsir y Kizilsuluo, se toparon con los impresionantes montes helados de Cherski. Les costó muchísimo superar las altas cumbres de hielo, pero después de emplear tres generaciones en la empresa, consiguieron pasar al otro lado a base de utilizar el misterioso sentido de la intuición, pero en este caso proveniente de un casi inhumano uso de una férrea tenacidad como consecuencia de una indomable voluntad. Al otro lado se encontraron con un panorama parecido, pero al menos habían pasado lo peor. Siguieron para el Este, y sin saber exactamente en qué momento, se adentraron en el continente americano a través del estrecho de Bering. Su pista se desvanece al desparramarse por todo el continente de norte a sur. Además de un cierto parecido físico, lo único que les une son las intuitivas prácticas chamánicas que conocen y practican los aborígenes de Siberia y los indios de todo el continente americano. La tercera gran expedición que partió de las laderas del Cáucaso, encaminó sus pasos para el Oeste. Avanzó hacia occidente sobre la línea del paralelo 40º de latitud, y en toda Turquía fue dejando un reguero de miguitas de pan. Kiziltepe, Kizilirmak, Kizilimak y Kizilcahaman son algunas de las pistas que dejaron por Turquía, o Urkia, antes de adentrarse en Europa a través del Bósforo. Una vez en las tierras de la actual Bulgaria, este grupo también se escindió. Unos que habían comprendido que la vida no es ir de la ceca a la meca, y que preferían el placer del sexo a las exigencias del deber, optaron por quedarse por Hungría y acabaron constituyéndose con el tiempo en una raza que sólo viajó y vivió para la alegría. Los que continuaron para occidente, llegaron a una cordillera a la que pusieron el nombre de Ahuntzmendi por la cantidad de cabras que brincaban por sus cumbres. La clave que acordaron utilizar para jalonar sus recorridos por Asia y Europa, fue la palabra Kizil, que para ellos significaba el lugar en donde reposan las diminutas partículas en que se convierten los cuerpos después de morir. Desde el extremo occidental de Turquía al extremo oriental de los montes de Cherski, existen más de 20 toponimios expresados con Kizil, los cuales indican los cuatro caminos que llevaron a los antiguos atlantes a América, a China, a la India y al Golfo de Bizkaia. El Sumo Sacerdote analizó la situación que le presentaba Yusuf, y se dio cuenta a la primera que las consecuencias represivas que ocasionaría el magnicidio propuesto por ETA, serían tan devastadoras que acabarían con el sentimiento de anarca libertad que siempre habían tenido los hijos del Sol. La única rama caucasiana que había conservado el idioma atlante y que, además, había mantenido íntegra su voluntad de permanecer independiente a todo y a todos, aparecía en el momento más oportuno para utilizarla en su sagrada guerra contra todo aquello que sonase a libertad, democracia, armonía, racionalidad y sabiduría al servicio de la independencia personal y la libertad de criterio. Recordó que la orden “Luz del Ocaso” fue fundada por la misma época en la que emprendieron sus viajes las tres expediciones de los hijos del Sol. Los sacerdotes se habían quedado con el Cáucaso, pero eso no era suficiente. Para que su filosofía religiosa y social tuviese éxito, era necesario que el mal ejemplo, anarquista y liberalizador de los hijos del Sol, no arraigase en la incipiente humanidad cromañoide que por aquel entonces comenzaba su andadura evolutiva del Paleolítico al Neolítico. Y la cosa no había ido tan mal. Por una parte, a pesar de la obtención de grandes joyas intelectuales como las logradas por las ramas atlantes que civilizaron la India y la inquietante China de rasgados ojos, a pesar del desarrollo de las científicas técnicas de Yoga, de la filosofía del Tao, del conocimiento de Budha y de las prácticas del Zen, lo cual todo ello supone un auténtico canto a la libertad mental, emocional y física; a pesar de todo ello, la dualista y mecánica visión de los sacerdotes logró que los mensajes originales de los atlantes no tuviesen mucho arraigo en Oriente. Fueron desvirtuados y manipulados y exoterizados por las sucesivas castas sacerdotales que más tarde comenzaron a surgir en la India y en el Sudeste Asiático. Los originarios conocimientos para liberar a las personas de sus ataduras a la materia, fueron tergiversados y transformados en una serie de creencias supersticiosas. Con el transcurrir del tiempo, la antigua sabiduría de los atlantes se había quedado en unos conocimientos que sólo compartían los intelectuales metafísicos y los místicos soñadores. Por otra parte, la rama que desembocó en América había sido prácticamente borrada del mapa. Asimismo, la raza gitana se había convertido en un pueblo marginal. Sólo los vascos eran los únicos que seguían metiendo ruido. Pero esta vez, el ruido les iba a explotar en sus propias narices y en las del sistema democrático occidental. Para el Sumo Sacerdote, cualquier debilitamiento de Occidente le era muy favorable para seguir impulsando y fortaleciendo el poder del integrismo religioso islámico, que desde hacía dos décadas estaba in crescendo. El fanatismo religioso era la antítesis de la ideología democrática y liberal, la cual, al fin y al cabo, no era más que la actual adaptación de la vieja ley de los hijos del Sol. Habían pasado varios milenios desde que olvidaron las viejas leyes atlantes, y después de un duro y largo proceso, habían llegado a lo mismo. Ahora, en toda Europa se reconocía, aunque no se practique siempre, que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, que todos tienen los mismos derechos y que el derecho a la libertad de expresión es la piedra angular que permite el mantenimiento de los demás derechos. La vieja ley atlante de los hijos del Sol, que consideraba que todos eran Dios, que todos tienen derecho a desarrollar su propio criterio, y que la libertad de pensamiento y de expresión es el único motor de la evolución; se volvía a enunciar con distintas palabras, pero con el mismo mensaje. Así que el Sumo Sacerdote tenía muy claro que el concepto de la democracia que venía desde Occidente, era la doctrina más peligrosa para el fanático, ignorante, machista y violento movimiento integrista árabe. Por eso, el anular la libertad de pensamiento bajo el peso de la ignorancia, y lograr que todas las personas acepten sin rechistar la autoridad de unos pocos, fue el objetivo que se propuso la “Luz del Ocaso” desde su inicio fundacional, allá en los albores de la Historia. La historia se volvía a repetir. Hace 10.000 años, los que se quedaron en el Cáucaso o Iberia, o Ibaierria, bajo la influencia de los sacerdotes, estuvieron durante varias generaciones preparándose para la guerra. Cuando consideraron que ya estaban preparados, enviaron expediciones hacia el Sur. Se asentaron en las cuencas del Tigris y del Eufrates, fueron los Sumerios de Uruk; y una vez que consiguieron una sociedad férreamente militarizada, comenzaron la conquista del Asia Central, de la península de Arabia, del Norte de África, y de toda Europa. Durante dos milenios combatieron en el Asia Central, adoptando diversos nombres, y llegaron a penetrar en la mismísima India de los Vedas, siendo conocidos allí como los Arios Indoeuropeos. En el Oriente próximo se les conoció como los Semitas, hijos de Sem o de Seme, el hijo de Noé. Llegaron a crear sus propias lenguas, pero sin perder el sustrato de la lengua primitiva preindoeuropea. Semitas eran los Hebreos de Abraham, oriundo de Ur, o Hebraicos o Ibaierrikos, adoradores de Yavhé o Jabe. Asimismo eran también Semitas los que después acabaron adorando a Alá o Ahala. Así, las grandes religiones monoteístas, la hebrea de Yavhé, la católica latina de Deus Dei o Deia, y la islámica de Alá, provienen del mismo tronco étnico y lingüístico indoeuropeo, el cual había tomado abundantes vocablos de la anterior lengua preindoeuropea de los inmemoriales Vedas o Atlantes. En el Egipto de los Etíopes Camitas, las huestes arias fueron conocidas con el nombre de Hititas. En lo que después fue Grecia, los Pelasgos o Belaskos preindoeuropeos les conocieron como los Gálatas; y en la Italia de los Etruscos también preindoeuropeos, aparecieron como los Latinos que fundaron Roma; y en el Centro y Norte de Europa, fueron los Keltas o Celtas. Arios, Hititas, Gálatas, Latinos, Celtas, Germanos, todos ellos aguerridas tribus indoeuropeas venidas de Asia o Hasia, que hablaban idiomas indoeuropeos con notables raíces preindoeuropeas, fueron también las principales naciones matriz de la llamada Quinta Raza Raíz. En Europa, los Celtas entraron a través de los Urales y se asentaron durante una época en las estepas rusas. Luego avanzaron hasta centro Europa, y después terminaron llegando a las costas atlánticas; siguiendo la pista de los hijos del Sol preindoeuropeos, para intentar acabar con ellos, y así cumplir el viejo designio de la “Luz del Ocaso”. Pero, ni los Celtas; ni los Romanos del Mediterráneo pelásgico, semítico y latino; ni los Bárbaros, en sus distintas versiones de Francos o Alanos o Godos, descendientes de los antiguos Celtas centroeuropeos; ni los Árabes fieles seguidores del todopoderoso Alá y de la palabra de Mahoma; ni los actuales vecinos, Españoles y Franceses, que tenían ahora, habían podido acabar con ellos o al menos con su espíritu. Sin embargo, la oportunidad que le brindaban los vascos de ETA, permitiría al Sumo Sacerdote crear el caos en un país democrático de Europa, y, además, acabar definitivamente con el sentimiento de independencia de los vascos. Y todo gracias a ETA. El Sumo Sacerdote dio el visto bueno a la colaboración en la realización del magnicidio, y dijo a Yusuf que pusiera a su mejor gente en la operación. Yusuf se despidió dando un fuerte taconazo en el suelo de gres, y salió del despacho para iniciar el viaje de vuelta a Suiza. Durante todo el trayecto de retorno a los Alpes, estuvo pensando en lo mismo, y sólo en lo mismo: “Gracias Alá por haber elegido a mi humilde sumisión para tu Santa Misión”. RELACIÓN DE LOS LUGARES QUE TIENEN EL NOMBRE DE KIZIL, DESDE EL EXTREMO OCCIDENTAL DE TURQUÍA AL EXTREMO ORIENTAL DEL NORTE DE SIBERIA.
En Europa, las invasiones griegas, celtas y latinas difuminaron la mayoría de los toponimios preindoeuropeos existentes al comienzo de la arribada de los pueblos de Hasia, con sus valores y sus creencias precursoras del actual sistema imperante.
Capítulo 38. EL YOGA Arantza y Pello llevaban casi 40 horas en la cama, haciendo el amor sin parar, adorando con frenesí desmedido al sensual, lúdico y tan poco conocido dios Perel. De vez en cuando echaban una cabezadita para reponer fuerzas, y a continuación seguían practicando la amorosa religión de la Madre Naturaleza. Durante todo el tiempo, en el que apenas abandonaron la cama, Arantza se encargó de los avituallamientos alimenticios. Se alimentaron a base de uvas pasas, y de un energético batido de leche de soja con miel, yemas de huevo, plátanos y canela en polvo. Pello recordó que una vez había estado casi 24 horas en la cama con una mujer, y que ésta le alimentó a base de angulas, porque, según decía ella, además de riquísimas, se hacen en un pis-pas. Tuvo que reconocer que le gustaba más el batido de Arantza que las angulas de la otra mujer. En varias ocasiones, Arantza logró que Pello alcanzase los arrebatadores y profundos umbrales del paraíso. Pello se acordó de las palabras de Aurora, cuando decía que es muy difícil que un hombre se enamore en la cama. Mitarra se sentía completamente enamorado del apasionante volcán que era Arantza. Encima, la señorita “muy pero mucho” no le había hecho ninguna pregunta sobre su vida personal. Todas las mujeres, siempre le habían hecho algunas preguntas sobre su vida, que obligaban a Mitarra a improvisar cualquier cuento. Pero Arantza fue absolutamente discreta. No le preguntó a qué se dedicaba, o si estaba casado, o si sentía mucho amor por ella. Arantza y Pello no sabían cuándo podía llegar Benjamin, y a media mañana del domingo, tuvieron que levantarse de la cama. Les costó mucho dejar el nido, pero al final se animaron porque acordaron compartir juntos una cálida ducha. Estuvieron casi una hora en la ducha. Después se prepararon para salir a la calle, y dieron un paseo por el centro de Bilbao. Petankas estaba pletórico de alegría, y también de ganas de darse una buena comida. Arantza le llevó al Guria de la Gran Vía. Ya que lo estaba pasando tan bien en la capital vizcaina, Pello quiso rendir homenaje a la cocina vizcaina, y se atrevió con un bacalao a la vizcaina y con unos callos, también, a la vizcaina. Le maravilló, una vez más, la salsa vizcaina hecha a base de pimientos secos. Arantza se decantó por una menestra de verduras a la bilbaina y un bacalao al pil-pil. Los camareros del Guria aún recuerdan a la acaramelada pareja que sin ningún rubor se acariciaba, se besaba y se reía en el distinguido comedor de estilo inglés del buen restaurante del señor Genaro Pildain. Al entrar Pello en la casa, lo primero que vio fue la sala de estar, después a Benjamin sentado en el sofá, y luego a la planta que escondía su revólver. Mitarra – Pello – Petankas se percató de que se había olvidado de coger el revólver escondido por él en la gran planta. En casi 25 años, nunca había salido a la calle sin el acompañamiento de un arma corta de fuego. Pensó que era cierto que el amor hace perder la cabeza. Sacó un papel del bolsillo y se lo entregó a Pello. Con cierta emoción, Pello desdobló el papelito y leyó lo siguiente: “Descendiendo de los montes de las cabras y de una fuente fría que está en lo más alto, el agua fría llegará a la llanura de verdes hierbas, rodeada de bosques, y convirtiéndose en un ancho río, alcanzará los muros del castillo en llamas, consiguiendo un lugar sano y fuerte. Todo será a través de la unión de la Tierra con el Sol”. Pello lo releyó 2 ó 3 veces más, y tal como le dijo Benjamin, parecía que el texto no tenía mucho significado. Sin saber cómo, se le ocurrió pensar las palabras del texto en euskera. Era un poco complicado y decidió coger un papel y el correspondiente lápiz. En un euskera popular y clásico, pasó el contenido del texto a su idioma materno. “Gorengo dagozen ahuntz mendiak eta iturriotzetik jeitsirik, urotza helduko da, belar berdeetako landara eta basoarteetan, eraldatuz ibaizabal batetan, susaetan dagoen gazteluko ormara iritsiko da, sendotegia lortuaz. Dena lortuko da, lurra eta eguzkiaren elkartasunetik”. Una vez plasmado en el papel, leyó cómo quedaba el texto en euskera, y también le pareció que no decía nada. A la manera de cómo vio a Benjamin concentrarse dos días antes en la tablilla, Pello respiró hondo y exhaló el aire en dos veces, la segunda más prolongada, hasta exhalar todo el aire de los pulmones. El texto comenzó a enviarle señales. Primero se dio cuenta de que “ahuntz mendi” es el nombre euskaldun de los Pirineos o Auñamendi. Después le llamó la atención la palabra “iturriotz” y después la palabra “urotz”. Tomó de nuevo el lápiz y subrayó aquellas palabras que parecían que le atraían más intensamente. Con una sensación extraña en la base de la columna, las palabras que subrayó fueron: “iturriotz”, “urotz”, “landa”, “basoarte”, “ibaizabal”, “susaeta”, “gaztelu” y “sendotegi”. Inexplicablemente, las ocho palabras subrayadas correspondían a sus ocho primeros apellidos correctamente ordenados. Se acordó de sus problemas con la organización. Se percató de que la organización era como un castillo en llamas. Pero no entendía cómo era posible que hace unos cuantos miles de años, alguien supiese que a finales del siglo XX, iba a existir una persona con esos ocho apellidos y que, además, tuviese problemas con su organización militar o guerrera. También el texto le decía que estaba predestinado para apagar los fuegos de su organización. El texto le estaba recordando que tenía que evitar la ekintza de Retama y lograr la tregua que permitiese convertir a la organización en algo sano y fuerte. Pero, ¿cómo? ¿Cómo se conseguía lo que ya sabía que había que conseguir? No hacía falta que la tablilla le recordase lo que ya sabía desde Lyón. Precisamente se había ido a los Pirineos para encontrar la solución. Para saber qué se podía hacer. El Eskaurre, la tablilla, el misterioso viejo, Donostia, Arantza y Benjamin le habían conducido a lo que ya sabía. Pello estuvo a punto de decepcionarse y de pensar que todo había sido una pérdida de tiempo. Sin embargo, pensó que por lo menos había conocido a una gente maravillosa. Había conocido a Benjamin y a su sabiduría, y a Arantza y a su ilimitado y desinteresado amor. Sintió de nuevo la extraña sensación a través de la médula espinal, pero esta vez, en lugar de subir hasta el entrecejo, se quedó a la altura del corazón. Se acordó de las últimas palabras del viejo del Eskaurre. Le dijo que para encontrar la sabiduría, es preciso dejarse guiar por el corazón. Sintió y comprendió que debía de abrir su corazón a sus nuevos y queridos amigos. Arantza le cogió una mano, y con la expresión más bonita que Pello nunca había visto en los ojos de una mujer, le dijo que para ella siempre sería el Pedro Astrain que conoció en San Sebastián. También le dijo que todo lo demás era accesorio y que no estaba dispuesta a perder la amistad y el amor de una gran persona. — Yo tengo mucha compasión por muchas personas, por la mayoría de los animales y por todos los niños maltratados por la vida; pero, en cambio, hay otras muchas personas que considero que lo mejor que se puede hacer con ellas es quitarlas de en medio lo antes posible. Sin embargo, entiendo que el tomarse la justicia por la mano, no garantiza que se haga justicia. Muchas veces se cometen errores a la hora de decidir la ejecución de alguna persona, porque al no permitirla que se defienda y no escuchar el otro punto de vista, se hace al mismo tiempo de parte, de causa, de juez, de fiscal y de verdugo; y ya se sabe que un juicio sin posibilidades de defensa, siempre será un juicio injusto. Lo que pasa es que llegué a esta conclusión no hace mucho tiempo. Hace un año más o menos. Desde entonces tengo otra visión del asunto, que al combinarla con la clara postura que tengo sobre la inviabilidad estratégica de la lucha armada, hace que me haya vuelto más pacifista que una paloma, tanto desde la racionalidad y la estrategia, como desde los sentimientos, porque, al haberme siempre dolido la injusticia, he comprendido que las ejecuciones no son justas, ni humanas, ni ná. La verdad es que no entiendo cómo he tardado tanto tiempo en darme cuenta. Benjamin aplaudió las palabras de Pello, pero pretendía que Mitarra siguiese profundizando en el tema de la violencia. “ Cuando se logra equilibrar o alinear la voluntad, el amor y la inteligencia, se produce una serie de reacciones en cadena. Por una parte, la voluntad potencia la capacidad razonadora de la calculadora mente consciente. Por otra parte, el amor potencia la capacidad imaginativa de la soñadora mente subconsciente. Los más propensos al racionalismo, recibirán una dosis extra de imaginación. Por el contrario, los propensos a la imaginación, recibirán un extra de racionalidad. Como consecuencia de lo anterior, o bien el subconsciente se equilibra con el consciente, o bien es éste el que se equilibra con el otro. Al igualar la potencia de ambas mentes, se produce la fusión o síntesis entre ellas, o lo que los místicos llaman la iluminación. La sabiduría se comienza a desarrollar cuando se inicia el proceso consciente, lento pero constante, de la síntesis de las dos mentes. A ti, Mitarra, te sobra voluntad y racionalidad, pero te falta un poco más de sensibilidad en el corazón, para que equilibres todo el cuadro de fuerzas electromagnéticas que supone el cuerpo humano”. Benjamin hizo otra pausa y cogió la tablilla. Señalando la parte final, continuó con su monólogo. — El auténtico mensaje de este texto, está al final. El mensaje dice que todo será posible si se unen la Tierra y el Sol. Es una analogía sobre la síntesis de los opuestos. Tierra y Cielo o Sol. Consciente y subconsciente. Voluntad e inteligencia. Acción y reacción. Noche y día. Y ese equilibrio entre opuestos, sólo se consigue cuando se produce un acuerdo de igual a igual entre ambos. Es el logro de la unidad de los objetivos y de los medios. Es la unión armoniosa de la causa y el efecto. La palabra yoga, en sánscrito, quiere decir unión. Según la antiquísima religión hindú, venimos a este mundo para unir consciente, esforzada y científicamente, la personalidad mortal con el alma inmortal que todos tenemos por alguna parte. De esta forma alcanzaremos toda la sabiduría y también la inmortalidad que nos convertirá en Dioses pletóricos de toda la voluntad, de todo el amor y de toda la inteligencia que hay en toda la creación o en Dios, que venía a ser lo mismo para los antiguos hindúes. “ Para lograr la sabiduría, que nos permita alcanzar la inmortalidad, como la de la energía que nunca se destruye, sino que únicamente se transforma, te he dicho antes que es preciso desarrollar la fuerza de la voluntad, el sentimiento desinteresado y el conocimiento racional. Tu vida es todo un ejemplo de voluntad e inteligencia, pero quizás le falte el aspecto sentimiento o amor hacia los demás. No sólo es bueno amar a los tuyos, también es bueno amar a todos por igual. Ése es tu punto menos desarrollado. La solución a tus problemas, puede que acaso se encuentre en el alineamiento de estos tres factores, o Aspectos básicos de la Creación, que por separado sólo suman o restan, pero que en equilibrio o unión, se multiplican sus intensidades entre sí”. Dejó la tablilla en su sitio y se dio un respiro como para pensarse lo siguiente que iba a decir. Lo pensó y después lo dijo. A Pello Mitarra siempre le habían gustado las apuestas fuertes y aceptó. Benjamin dijo que le parecía de puta madre y le comentó a Arantza que deseaba hablar con ella a solas. Se fueron a la cocina y le dejaron a Pello preguntándose por qué diría siempre que sí a todo. Decidió relajar la cabeza y puso al azar un canal de la televisión. Estaba hablando una persona, con una expresión muy seria en la cara, que no le sonaba de nada. Decía: “Es conveniente y añadiría que hasta preciso, una reconducción generosa que garantice la estabilidad necesaria y el desarrollo inmediato de las estructuras socioeconómicas del país. En este sentido, es fundamental la colaboración de todos los agentes sociales, a fin de conseguir una mayor y más efectiva relación intersocial que nos permita, sin desánimo y sin miedo a los retos del futuro, afrontar con plenas garantías lo que toda la sociedad civil demanda y espera, sin prisas pero también sin pausas, de sus delegados y responsables políticos elegidos para el legítimo gobierno del país; lo cual, es ni más ni menos, que lo hagamos bien, o por lo menos, bastante mejor que hasta ahora. Ahí está la clave de nuestro futuro y de nuestra apuesta convenientemente consensuada, insisto, para la obtención de unas mayores cotas de progreso y bienestar social que nos conduzca a ocupar el puesto que nos corresponde en el concierto internacional. Repito de nuevo: lo tenemos que hacer mejor”. El político acabó la parrafada y esperó con una sonrisa muy americanizada y un poco flácida, la siguiente pregunta del entrevistador. Pello se asombró, una vez más, de la capacidad que tenían los políticos para hablar sin parar y sin decir absolutamente nada. Lo más curioso era que los ciudadanos les seguían votando. Pello cambió de canal y apareció Karlos Argiñano. Pasó un buen rato, disfrutando de la sabiduría gastronómica del saleroso y gracioso cocinero guipuzcoano. Después se le ocurrió que tenía que escribir unas líneas a Arantza. Cogió papel y lápiz, y dejó que su mente dijese lo que quisiera, sin forzarla ni dirigirla en ningún momento. “Querida Arantza. Siempre tuviste mucho corazón, lo cual te ha hecho reír y llorar. Has pasado por momentos de felicidad y por ratos de tristeza y pesar, que te han enseñado, a la hora de estar, a saber presentarte con lógica, lucidez y razón; pero, no obstante, sin que por ello hayas tenido que abandonar la creencia y confianza en el aparentemente casquivano azar.. ¿Qué más puede desear una mujer deliciosa, además de magnética, generosa, elegante y hermosa, para no tener nunca más ni una pizca de dolor? La respuesta la estás dando ahora en clave de amor, trazando con soltura una pincelada de color. A modo de ensalada, te has arropado con confianza, alegría y valor. Así, la obra de arte se ha vuelto perfecta e imparable. Eres un marco incomparable que se ve por fuera, y un cuadro interno, también incomparable, de maravillosa, fragante y eterna primavera. No cambies nunca”. Pello pensó que nunca había escrito nada tan cursi, pero lo achacó a su condición de enamorado. En ese momento volvieron Arantza y Benjamin de la cocina. Benjamin se retiró a su dormitorio y Arantza se sentó al lado de Pello. Arantza y Pello se dieron un beso de despedida al estilo Romeo y Julieta, pero como si Romeo se estuviese despidiendo de Julieta porque no tenía más remedio que irse a las estepas rusas con la División Azul. Pello le entregó el papelito que contenía las encendidas líneas que el subconsciente le había dictado, y le dijo a Arantza que lo leyese cuando estuviese a solas. — Me da un poco de vergüenza que lo leas delante de mí—. Se volvieron a besar y Arantza se marchó para Donostia.
Capítulo 39. OPERACIÓN PALOMA RUBIA Patxo, Iñaki y Juantxo se levantaron de la cama a media mañana. Más o menos a la misma hora en la que Arantza y Pello compartían una cálida ducha dominguera. El comando había dormido un montón de horas, y hasta la tarde no tenían que volver a sus labores de búsqueda de la funcionaria rubia del Ministerio del Interior del Gobierno Español. Así que se dispusieron a pasar la mañana en la casa de Jon, sin tener nada que hacer hasta la hora de la comida; pero eso sí, antes de no hacer nada, volvieron a repetir todo el rito que supone la introducción de bollería industrial en humeantes tazones de café con leche decorados de vistosos motivos vascos, donde alegres danzarines bailaban al son del txistu y el tamboril. — Qué, ¿cómo va el partido?—, preguntó Jon con la misma expresión de satisfacción que tenía desde la felicitación de su jefe. Juantxo retiró la vista apresuradamente y se volvió para seguir mirando las litografías. No sabía qué pensar y decidió que en la primera oportunidad que tuviese, le preguntaría a Iñaki qué es lo que estaba pasando. No le pudo preguntar hasta la hora de acostarse. — No, yo sé distinguir un felpudo de unas bragas, además tú tenías un cojín encima de las piernas porque estabas más salido que un burro en una feria de ganado. Se durmieron y no se despertaron hasta que Patxo entró en su dormitorio a media mañana para decirles que ya estaba bien de tanto sobar. Amparo estuvo radiante y cantarina durante toda la mañana del domingo. A los cuatro polvos que echó con Iñaki durante la tarde anterior, había que añadirle uno más que echó con Jon. Además, le había traído un bonito y fino paraguas como regalo sorpresa. Jon cumplía siempre con todas las órdenes que recibía de la organización. Las órdenes del orden del día que había planificado Patxo, se las comunicó a su gente, mientras Amparo y Jon ultimaban un marmitako en la cocina. Lo primero que dijo Patxo, le hizo polvo a Iñaki. El de Barakaldo le llamó cabrón a Juantxo con la mirada, y sólo acertó a decir si ya no era necesaria la función de coordinación de la operación desde la casa de Jon. Patxo le dijo que ya no era necesario y mandó callar a Iñaki. — Os acabo de decir que esta tarde salimos los cuatro de caza y de casa. Jon y yo nos vamos a la cafetería y seguimos con la cobertura de periodistas del programa “¿Dónde está mi amor?”. Iñaki y Juantxo, es decir, tú y tú, os apostáis a cada extremo de la pequeña calle donde vive la txakurra esa del Ministerio del Interior. Si aparece con Mitarra, les dais el pasaporte a los dos. Primero, los dos, os cargáis a Mitarra y después a la rubia. Yo os cubriré desde atrás. Por el contrario, si aparece sola, Jon nos la identifica y esperamos a que se meta en el portal. Entramos detrás de ella, la abordamos en el interior del portal y a punta de pistola la subimos a su piso. Allí nos dirá dónde hostias está Mitarra. Nos lo diga o no, después la liquidamos. Quitamos un txakurra de en medio y, además, porque vamos a hacer un montaje que tengo pensado, va a parecer que ha sido Mitarra el que se ha limpiado a la poli secreta esa de los cojones. Después del muerto que le va a caer a Mitarra, me imagino que ni la policía, ni el Ministerio del Interior, querrán más tratos con el traidor de Mitarra. Juantxo expuso una pequeña objeción al plan de Patxo, muy en su papel de ideólogo del comando. — Si nos cargamos a una mujer, la opinión pública va a ser muy dura y no va a comprender la legitimidad de la acción. Nos van a tachar de insensibles y machistas. Patxo e Iñaki habían participado juntos en 4 ó 5 ejecuciones, antes de ser llamados por Korta para formar el comando itinerante de inteligencia, información y seguridad interna de la organización. En todas las ejecuciones, siempre había sido Iñaki el encargado de apretar el gatillo. Sentía un cierto placer cuando tenía que acabar con la vida de algún hipotético cabrón asesino, que como decía el propio Iñaki, “eran todos unos sincarios a sueldo y unos vendidos mecernarios que conlaboran con este sistema social de mierda”. Aparcaron el coche por la zona de siempre, y cada uno fue a ocupar sus respectivos puestos. Iñaki se colocó en una de las esquinas que dan al Paseo de la Avenida. Juantxo, en la otra parte de la pequeña calle, se colocaba por la zona que da al mercado de abastos. Patxo y Jon entraron en la cafetería y se sentaron juntos en la barra, lo más cerca posible de la amplia cristalera que separa el exterior del interior de la cafetería, y que estaba situada, justamente, enfrente del portal de Arantza. El camarero de Tafalla debía de meter muchas horas extras, porque también ese día estaba allí. Les saludó como a dos viejos conocidos. — Hola, reporteros de televisión, he preguntado a mi novia por vuestro programa y me ha dicho que no le suena de nada. Patxo empleó su tiempo en recapacitar sobre la jugada a realizar en caso de que la funcionaria apareciese sola. Una vez liquidada en su piso, Juantxo, que tenía una altura parecida a la de Mitarra, saldría a la calle, e Iñaki, siguiéndole por detrás, gritaría para que le oyesen algunos transeúntes, que “ése es Mitarra, ése es Mitarra”. Juantxo se iría al coche donde ya estarían Jon y Patxo, y después recogerían a Iñaki que aparecería por detrás de Juantxo. Confiaba que algún viandante contase a la policía lo que había oído a un valeroso vecino que había salido en pos del peligroso terrorista. Iñaki pasó su tiempo de espera en la calle, mirando a las personas que paseaban por la Avenida. Le gustaban mucho los perros, e hizo amistad con dos pequeños “yorkshire” que acompañaban a una guapa turista francesa. Por un momento se olvidó de la misión, y quiso hacer también amistad con la propietaria de los dos pequeños perritos. El testigo sí entendió esta vez el mensaje, y pensó para sí que “cómo están de agresivas las dulces criaturas del Señor”. Ayer, su primo le había ofrecido una forma consagrada, y ahora, el extraño personaje que llevaba tanto tiempo en la esquina de la calle, le ofrecía también un par de ellas. Masculló un “¡cómo está el mundo, Padre mío!”, y abandonó la peligrosa zona para dirigirse hacia una parte más tranquila que le permitiese seguir realizando su amoroso apostolado. Se fue a la zona del mercadillo en donde estaba Juantxo. Juantxo tuvo mejor suerte. Estaba pensando en las posibilidades revolucionarias de los zapatistas del comandante Marcos, cuando vio a una señora saliendo del portal de Arantza, transportando un montón de bolsas repletas de basura, la cual se dirigió lentamente hacia su esquina. Al pasar cerca de Juantxo, se le fue al suelo una de las bolsas, que, al caer, desparramó parte de su contenido entre los pies de Juantxo. La señora se disculpó con Juantxo, mientras se agachaba con cierta dificultad para recoger los desperdicios en el preciso momento en el cual aparecía el testigo de Jehová con la cristiana intención de ayudarla a limpiar lo desparramado y de paso a dar un poco la brasa. Juantxo no entendía por qué aquel hombre le estaba diciendo aquellas cosas tan raras. Prefirió ignorarlo y dedicarse a exprimir toda la información posible a la señora de las bolsas de basura. Mientras, la portera del inmueble se atusaba el cabello y miraba en derredor suyo para ver si captaba alguna cámara oculta de televisión. Comenzó a darle a la lengua: Juantxo, ante la cantidad de palabras que surgían de la boca de la señora portera, tuvo que decirle que se callara y que estaba muy agradecido por la información. Aprovechó que el testigo comenzaba a platicar con la portera sobre las bondades del Padre de todos los Padres, para apartarse de la pareja y encaminar sus pasos hacia la cafetería. En ese momento apareció Arantza, más guapa que nunca y con juvenil sonrisa iluminando su rostro, caminando con donaire por la acera de enfrente. Pero, ni la portera se fijó en ella, y ni el testigo, ni Juantxo tenían aún el placer de conocer a semejante beldad. Cuando Arantza irrumpió en el teatro de operaciones, pasaron varias cosas casi al mismo tiempo. Jon la vio y dio el aviso a Patxo. Patxo salió a la calle para indicar a Iñaki y a Juantxo que ya comenzaba la operación “Paloma Rubia”. Iñaki y Juantxo se acercaron a la cafetería. La portera se cagaba en todos los muertos del testigo y le decía que si no la dejaba en paz, iba a darle tres hostias que le iban a doler hasta “a tu padre ése que está en los cielos”. A continuación, la iracunda y explotada portera, vio a Arantza delante del portal. El testigo de Jehová, mientras pensaba que había días en los cuales era mejor no salir de casa, volvió a ver a su primo por segunda vez en dos días, cuando había estado más de 15 años sin verle ni una sola vez. El camarero de Tafalla, que también había visto llegar a Arantza, al percatarse que salían del local los dos impresentables que decían ser de la televisión, salió detrás de Patxo y de Jon, con expresión feroz en el rostro y con la navarra intención de hostiarles si se metían con Arantza. Además, la guapa turista francesa apareció con sus dos perritos, por la parte de la calle que daba a la Avenida, con su minifalda y su sugerente escote; y, claro, los perritos reconocieron ruidosamente al amigo que una hora antes les había acariciado, o sea, el amigo Iñaki. Y como traca final, por si fuera poco, desde la zona del mercado de abastos, se comenzó a oír unas detonaciones de disparos de fusiles antidisturbios que lanzaban intimidatorias bolas a unos 15 chavales encapuchados que corrían y se escondían con muy poco estilo por entre los coches aparcados por las inmediaciones del mercado. Arantza había llegado a Donostia un poco antes de las 9 de la noche. Tardó un rato en encontrar un sitio para aparcar el coche, pero al final coincidió, en tiempo y espacio, con un vehículo que salía de su lugar. Anduvo lista y aparcó su automóvil en el hueco que había quedado libre. Durante todo el trayecto de Bilbao a Donostia, estuvo repasando mentalmente los acontecimientos vividos en la capital vizcaina. Arantza era consciente del giro emocional que había tomado su vida al conocer a Mitarra. Las experiencias sufridas con los hombres en su juventud, le habían enseñado que la mayoría de los hombres eran unos niños muy débiles. Desde entonces, Arantza, que había aceptado su condición de mujer exigente con respecto a los hombres, sabía que era muy difícil que un hombre llegase a interesarla. Había comprendido que aquellas que quisieran llevarse bien con ellos, no tenían más remedio que hacer la vista gorda a muchas de las cosas que a ellos tanto les gustan, pero que en cambio, por lo general, a las mujeres les producen bastante repelús. Arantza no estaba dispuesta a pasar por ese trago para obtener la compañía de un hombre. Así se lo manifestó una vez a Benjamin, y su querido amigo le contó la historia de la evolución de la humanidad, desde la perspectiva de las relaciones de las mujeres con los hombres. Se la contó al poco tiempo de conocerse, paseando por la playa de La Concha, bajo un cálido sol de principios de marzo. Benjamin le dijo que durante toda la historia de la humanidad, las mujeres siempre habían aceptado resignadamente todo lo que no les gustaba de los hombres, porque, sencillamente, desde el principio de los tiempos, ellos eran más fuertes, físicamente hablando; y por eso, y ¡sólo por eso!, accedieron al poder sobre las mujeres. Desde el inicio de la humanidad, los hombres han forzado, golpeado o matado a las mujeres, si éstas no acataban sin rechistar cualquier apetencia de sus amos. En aquella época paleolítica, la relación del hombre con la mujer, además de servirles como desahogo del ímpetu sexual masculino, se basaba en el servilismo más absoluto de la hembra con respecto al fornido macho. El dominio prepotente y violento, impuesto por el hombre sobre la mujer, hizo que los primitivos hombres no tuviesen necesidad de recurrir al pensamiento para relacionarse con las primitivas mujeres. Cuando querían algo, lo pedían y se les daba sin rechistar. Fue la época del garrotazo y tente tiesa, que tantas veces se ha visto reflejada en los tebeos. Pero una mente que no tiene que analizar para conseguir lo que quiere, no se desarrolla, ya que con el simple ejercicio de la voluntad y de la fuerza intimidatoria, era suficiente para obtener cualquier cosa de la mujer. Los hombres no utilizaron la cabeza con las mujeres, sólo la violencia. Esta fase se corresponde con el culto al dios Kaka. Por el contrario, las mentes de las mujeres tenían que experimentar la situación opuesta. Su voluntad no les valía para nada, porque siempre se imponía la voluntad de los hombres, pero podían pensar para intentar dulcificar un poco su trágica existencia de esclavas. En aquella época, el hombre sólo desarrolló la fuerza y la voluntad. La mujer no tuvo más remedio que desarrollar la belleza y la inteligencia. La belleza y la inteligencia femenina fue la causa del derrocamiento del dios Kaka y de la aparición del dios Perel. Con el conocimiento que iban adquiriendo las mujeres sobre los hombres, desarrollaron la estrategia de la seducción. Ellos siguieron practicando el aquí te pillo y aquí te mato, pero empezaron a distinguir que era más apetecible que fueran ellas las que se insinuasen primero, porque, entre otras cosas, halagaba su vanidad de machos y jefes de la manada. Los hombres dieron un gran paso en su evolución, cuando notaron que para hacer sexo, eran preferibles las mujeres sensuales e insinuantes. Fue la época del máximo apogeo del dios Perel y el principio del culto a la mujer como la diosa madre de la naturaleza. Los hombres y las mujeres disfrutaron del placer del sexo por el sexo. Pero todos sabemos qué es lo que ocurre cuando la mujer puede expresar libremente su vitalidad sexual. Los hombres no están a su altura. Y eso fue la causa de la ruptura. Era un contrasentido el mantener la situación de amos y esclavas, cosa que seguían siendo por muy diosas madre que fuesen consideradas, y que al mismo tiempo, las esclavas dominasen sexualmente a los hombres. Cuando los hombres comprendieron que en unas relaciones sexuales de tú a tú con las mujeres, ellos siempre perdían, les entró el miedo al comprobar que el poder podía pasar a manos de ellas. Este temor a perder el poder sobre las mujeres, fue la causa del final de la época del dios Perel y del advenimiento del dios Oro. Los hombres, debido a que todavía seguían teniendo más desarrollada la fuerza física y la voluntad, dieron un golpe en la mesa, y las mujeres volvieron a su antigua condición de ser únicamente las esclavas de sus amos. Y los hombres separaron las dos funciones que cumplían las mujeres. Para la función sensual, crearon los prostíbulos. Para la función servil, crearon las mujeres de un solo hombre. Se había individualizado la posesión sobre la mujer y se corregían dos problemas de una sola tacada. Por una parte, el viejo problema de la inferioridad sexual del hombre con respecto a la mujer. Con las prostitutas no importaba quedar mal, porque por su función meramente sensual y marginal, les daba igual la opinión que pudiesen tener sobre ellos. Además, con las esclavas que ahora pertenecían sólo a un solo hombre, crearon la esposa servil que sólo servía para trabajar y darles hijos, pero impidiendo que las mujeres disfrutasen del acto de concebir a los hijos. Los hombres inventaron el mito de que una esposa como Dios manda, no debía disfrutar del sexo. El placer sexual de las mujeres quedó relegado y permitido únicamente a las prostitutas. Por otra parte, con el bienestar y pequeñas posesiones creadas en la época del dios Perel, los hombres quisieron transmitírselas a sus hijos. Pero para eso era preciso saber exactamente quiénes eran sus hijos. En consecuencia, el hombre impuso unas leyes muy severas contra cualquier desliz amoroso de las esclavas – esposas - madres de sus herederos. Lapidaciones, hoguera, amputación de la nariz, empalamientos vaginales, son una muestra de los métodos empleados para obligar a las mujeres a que renunciasen a cualquier tipo de aventura. Impusieron sus leyes por la fuerza, como siempre, y a continuación, otra vez, dejaron de pensar. La mujer tuvo que abandonar la estrategia de la seducción, y siguió perfeccionando su equipo intelectual por otros derroteros. La mujer descubrió otro punto débil de los hombres. Los hombres sentían orgullo por sus hijos varones, especialmente por el primogénito. Querían moldearlos a su propia imagen, para que después fuesen dignos de recibir lo que sus aguerridos padres habían conseguido con el duro trabajo o la dura lucha. Así que con todo el descaro del mundo, encargaron a la mujer la función de transmitir a los hijos varones todas aquellas normas que imponían los hombres. Durante los primeros años de la vida de los niños, las madres eran las educadoras. Después, serían los padres los encargados de darle el último toque varonil y machista. Se creó la familia, y la mujer a sus muchas funciones, las de esclava, esposa y madre, no tuvo más remedio que adoptar una más: la de educadora y transmisora de las leyes que el hombre, desde siempre, había impuesto a las mujeres. La mujer esclava – esposa - madre era la que garantizaba la continuidad del sistema, y tuvo que hacerlo porque, como siempre, le iba la vida en ello. Había empezado como esclava, después fue sensual, y ahora volvía a ser esclava, pero con la función añadida de madre educadora de los hijos del hombre. Todo para garantizar la supervivencia del afán violento, egoísta y posesivo del sexo más fuerte. Nació el concepto de la propiedad, el de la riqueza, el del poder, el de la política, el de la religión al servicio del sistema, el de la tecnificación de la violencia, y el de la guerra para conquistar más poder. Surgió la envidia, la avaricia, la sumisión de los pueblos, la conspiración, el olvido del dios Perel, el honor de morir con valor, y las gestas heroicas en el combate. Se escribieron grandes epopeyas. Las más conocidas fueron la Ilíada, la Odisea y la Eneida. Se creó el mundo de las emociones, con sus patriotismos, con sus honores guerreros y con sus fanatismos; pero también, las emociones humanas se desplazaron hacia el amor a las riquezas que proporcionaba el culto al dios Oro. Antes se deseaba la riqueza para poder vivir mejor. Sólo era un medio. Ahora se la deseaba para poder conseguir más riqueza. El afán de riqueza se convirtió en un fin. Las diferencias sociales se agudizaron y acabaron siendo irreconciliables. Pero la mujer tuvo que seguir siendo la fiel educadora de los valores masculinos. No tenía más remedio porque seguía siendo una esclava, por muy madre educadora que fuese. Pero la mente de la mujer seguía atenta a las nuevas modas y gustos que adoptaban los hombres. El hombre comenzaba a idealizar el concepto de saber morir con honor en la lucha por la defensa de causas nobles exentas de interés material o político. Se iniciaba el periodo del dios Romanticismo. El concepto de saber morir con honor en la defensa de los más débiles frente a los poderosos adoradores del dios Oro, fue un peldaño que contribuyó a dar otro gran paso. “El morir con honor” se llegó a equiparar con “el vencer como sea” de la época del dios Oro. Se creó la idea de que los humildes y los débiles también tenían honor. La mujer supo ver el nuevo cambio que se iniciaba. Si alguien estaba siendo humillado continuamente sin ninguna posibilidad de rebelarse, ese alguien eran las mujeres. Aprovecharon la ocasión y transmitieron a sus hijos el concepto que algunos hombres habían adoptado. Los amos de las mujeres comenzaron a verlas, además de esclavas, sensuales, esposas y madres, como a unos seres que también, precisamente por su condición de débiles, tenían honor y nobleza. Surgió el romanticismo y el concepto de la caballerosidad. Fue la época de las leyendas del rey Arturo y de la búsqueda del Grial. Nació el culto a la aventura y al riesgo por la defensa de los más débiles. La mujer se llevó la mejor parte. Seguía siendo esclava, esposa y madre, pero también en algunos casos, se la apreciaba y se la amaba. Tuvo la oportunidad de volver a ser la reina, por lo menos con los hombres románticos y enamorados. Se creó la literatura sobre pobres esposas de tiránicos maridos que eran protegidas por galantes caballeros aventureros y románticos. Así surgieron dos tipos de hombres. La mayoría que seguía siendo como siempre, y una minoría romántica que veía a la mujer como a un ser digno de darle algo de amor. Los románticos se embarcaron en la defensa de las mujeres, de los pueblos oprimidos, de los más débiles, de la justicia social, y en la defensa de la libertad de pensamiento. Se estaban creando las bases para la irrupción en escena del dios Razón. La religión de los papas de Roma había tenido dos funciones. Una, la de ahogar la independencia del pensamiento. Otra, la de contribuir eficazmente a la supresión de la independencia y libertad de las mujeres. Esta situación opresiva para el intelecto humano y para las mujeres, que para el caso era casi lo mismo, se comenzó a resquebrajar gracias al impulso racionalista que muchos románticos pusieron en escena. Comenzó la época de la Ilustración y de las reformas religiosas. El viejo sistema, como siempre, puso toda la carne en el asador y en las hogueras para intentar evitar lo que se avecinaba a todas luces por muy oscuras que fuesen todavía. Las principales víctimas del reaccionario sistema religioso, como siempre, fueron las mujeres. Se las acusaba de brujería, se las torturaba y luego se las quemaba en nombre del amoroso Jesús, hijo de Dios y de su infinita misericordia. Increíble pero cierto. Pero la evolución de la mente es un designio de la naturaleza que no hay Dios ni religión institucionalizada que lo pare y, más tarde que temprano, llegó el advenimiento del racionalista dios Razón. Con el tiempo se llegó a admitir que incluso las mujeres podían tener libertad de pensamiento y de expresión, claro está, siempre y cuando no fuese demasiado revolucionario. Los hombres, además de violentos, salidos, emotivos, egoístas y románticos, comenzaron la dura etapa del acceso a la racionalidad. Ya no lo basaban todo en la represión, en la sensualidad, en el egoísmo o en el romanticismo. Comenzaron a usar la inteligencia. Comenzaron a jugar en el campo que desde siempre habían estado jugando las mujeres. Pero lo hacían con varios miles de años de retraso con respecto a la mujer y su femenina inteligencia. Al principio no se enteraron y siguieron pensando que eran los reyes del mundo. Las clases sociales más oprimidas también aprovecharon la liberalización de las ideas para exponer sus reivindicaciones, y así fue cómo se originó el movimiento Socialista e Internacionalista que consiguió establecer el actual sistema de bienestar social para Occidente. Con semejantes avances sociales, las mujeres también supieron sacar partido de la nueva situación. El único factor que las había mantenido pasivas y sumisas, la violencia del macho, empezaba a estar mal vista. El movimiento feminista fue ganando batallas que cien años atrás hubieran sido impensables. Libertad de expresión, libertad de separarse del marido no querido, derecho al voto, libertad de hacer con su cuerpo lo que más les apeteciese, y, sobre todo y ante todo, reconocimiento formal de que todos y todas tienen los mismos derechos ante la ley. Por lo menos, así lo proclaman todas las constituciones democráticas de Occidente. Cuando la mujer se vio libre del único impedimento que les obligaba a estar sumisas desde el principio de los tiempos, la reiterada violencia física y social impuesta por los hombres, comenzó a pisar el acelerador. Por fin eran personas con los mismos derechos que el ancestral amo y, además, todos los siglos dedicados a cultivar el intelecto, les colocaba y les ha colocado en una situación de privilegio con respecto a los hombres que con ellas sólo habían desarrollado e impuesto la autoridad del más fuerte. La naturaleza siempre es justa y acaba dando a cada uno lo que le corresponde. También en el aspecto sexual. Ahora, los hombres están comprobando que las mujeres ya no se callan si, como casi siempre, los hombres no saben o no pueden satisfacerlas convenientemente. El hombre, ahora que las leyes impiden forzar violentamente la voluntad de las mujeres, comienza a comprender su inferioridad con respecto a las mujeres en los campos de la sexualidad, así como en los de la inteligencia. Pero se lo han ganado a pulso durante muchos milenios, aunque todavía haya muchos que no lo admitan. Benjamin rectificó y en vez de decir “se lo han ganado”, se expresó con un “nos lo hemos ganado a pulso”. Arantza recordó que cuando Benjamin le contó, en la playa de la Concha, la triste y complicada historia del hombre, sintió una angustia mucho más grande que cualquier otra que hubiese podido padecer anteriormente. Benjamin se percató de ello, y le dijo que no se preocupase. — Todo tiene arreglo en este mundo. La evolución de la humanidad no es un producto aleatorio. Queramos comprenderlo o no, la evolución responde a un programa establecido previamente y perfectamente lógico. Como habrás visto, el panorama actual no parece muy halagüeño. Principalmente para los hombres, pero también para las mujeres que tendrán todavía que soportar los últimos coletazos del hombre Kaka – Oro que sigue pensando que la mujer es una propiedad más. Pero todo se supera y las mujeres, por ser más inteligentes y más pasionales, ahora que las leyes les amparan, tienen libertad para presentarse tal como realmente son, y si el hombre no espabila, tendrá que tragarse su mal entendido orgullo masculino. La solución ya la está dando el dios Sabiduría que hace poco ha comenzado a regir. La humanidad ha pasado por las fases del dios Kaka, del Perel, del Oro, del Romanticismo, del Razón, y ahora estamos bajo el inicio de la influencia del dios Sabiduría. La sabiduría es el nuevo reto que tiene la humanidad, especialmente los hombres que aún se rigen únicamente por su voluntad y por una pizca de raciocinio. La sabiduría es el resultado de la conjunción de una mente racional e imaginativa con un corazón desinteresado y generoso. Si en la época del dios Perel hubiera habido sabiduría, los hombres en vez de precipitarse en la fase de las emociones, de los egoísmos, de las religiones represoras y de las guerras de sometimiento a otros pueblos; habrían saltado la fase emocional y habrían gozado de la fase del romanticismo, pero sin abandonar el disfrute del sexo libre de tú a tú de la época del dios Perel y las reinas madres. Si así hubiera sido, la historia de la Humanidad habría sido otra, pero cada cosa tiene su tiempo, y a un niño egoísta y emocional no se le puede pedir que se porte como un adulto responsable y generoso. Así que ya ves que pese a la existencia de fases negativas pero necesarias, la humanidad sigue avanzando, — concluyó Benjamin. Arantza evocó, mientras se acercaba al portal de su vivienda, que Benjamin debió de notar algún gesto de desconfianza en ella, porque le dijo que se lo iba a explicar de otra manera para ver si así lo veía más claro. — Mira Arantza, el hombre ya es casi un ser racional. En unas zonas más que en otras, pero en general se puede decir que con un poco de autocontrol, el hombre tiene bastante desarrollada la racionalidad. Ahora le hace falta desarrollar el amor desinteresado hacia todos los demás y por supuesto, también hacia la mujer. Tiene que aprender a respetar y amar a las mujeres, sin esperar ninguna gratificación de índole sexual o servil. De la misma forma que respeta y quiere a un camarada o a un amigo de toda la vida. Porque el principio de la sabiduría, o de la voluntariosa inteligencia amorosa, se basa en algo muy sencillo. Se basa en que jamás hay que hacer a los demás, todo aquello que no quieras que te lo hagan a ti. En el caso de la relación del hombre con la mujer, el principio es el mismo. Se debe de querer tratar a la mujer de la misma forma que le gustaría al hombre que le tratasen si fuera mujer. De esta forma se interactúa el querer, el pensar y el sentir; es decir, la voluntad, la inteligencia y el amor o sensibilidad. Cuanto más tiempo tarde el hombre en comprender esta regla tan simple, la mujer con inteligencia, que es la principal característica femenina, en la medida que vaya desarrollando su masculina voluntad, que es la característica masculina, va a pasar cada vez más de los hombres que no estén dispuestos a desarrollar su femenina inteligencia a través de su neutral sensibilidad. Me imagino que no hace falta decirte que sensibilidad no tiene nada que ver con sensibilismo. Así que el hombre debe aprender y aprenderá a utilizar su masculina voluntad para, a través de su neutral sensibilidad, desarrollar su femenina inteligencia. En cambio, la mujer ya está utilizando su femenina inteligencia y su neutral sensibilidad para, si los hombres se lo permiten, desarrollar su masculina voluntad. Arantza entendió el punto de vista de Benjamin, y desde entonces supo dar un contenido teórico a lo que ya conocía de sus experiencias con los hombres. Pero nunca dejó de mantener la secreta esperanza de que, tarde o temprano, tendría que aparecer un hombre que respondiese a lo que ella siempre había deseado e imaginado que se merecía. Como acostumbraba a decir Benjamin, la naturaleza o lo que sea, siempre concede a cada uno lo que le corresponde, así como lo que se ha merecido. — Siempre recibimos lo que nos hemos ganado a pulso con nuestras acciones. Tanto en lo bueno, como en lo malo, — sentenció Benjamin mostrando una simpática sonrisa a pesar de lo tenebroso de la historia narrada. Capítulo 41. LA ASAMBLEA POPULAR Cuando Arantza divisó su portal desde la zona del mercado de San Martín, estaba, en ese momento, disfrutando del recuerdo de las sorprendentes y sinceras líneas escritas por Pello en casa de su amado maestro espiritual. Las líneas habían sido escritas por Pello, para ella y sólo para ella. Él era mucho más delicado y comprensivo y atento que lo que había podido percibir durante los cuatro días tan apasionadamente vividos en compañía de él. Él, Pello, o quién sabe, quizás ella, o acaso ello; le volvía a sorprender. En un principio le cayó bien; después supo interesarla con su misteriosa tablilla; luego le dio confianza con su comportamiento, absolutamente respetuoso, durante la primera noche pasada en casa; al día siguiente, cuando quedaron en que Pello la llamaría desde Pamplona, para decirle si pasaba la noche en San Sebastián o no, ella estuvo toda la tarde esperando la llamada, y deseando que el interesante señor pamplonica tomase la decisión, ¡como así fue!, de volver a su casa para cenar y dormir; más tarde, cuando empezó a intuir que él también parecía que estaba a gusto, y que, además, se permitía hasta algún pequeño juego, es decir, que no era tan serio como parecía, comenzó a sentir un cierto cariño hacia él; a la mañana siguiente, cuando el viaje a Bilbao, ella se sorprendió, y le agradó, al enterarse y conocer el verdadero carácter de Pello: romántico, apasionado, calmado, idealista, bastante racional, y no tan corto como había supuesto en un principio; en fin, que a partir de ese momento, tuvo muy, pero que muy claro que se iba acostar con él; y lo logró, y lo que vino a continuación, acaso porque nunca lo había sentido antes, superó hasta los casi olvidados sueños de temblorosa sensualidad que tuvo en su imaginativa y ya un poco lejana juventud; pero después Pello volvió a sorprenderla al enterarse de que él era, otra vez, él y ello, de que era una especie de Robin Hood o Dick Turpin empeñado en una romántica y, para ella, tonta lucha de liberación nacional; no obstante, le agradó el descubrimiento de la entrega, generosa a su causa, que apreció en Pello; pero, por si todo esto fuera poco, además, estaba lo de la tablilla, con sus ocho apellidos, escrita sabe Dios cuándo; pero, ¡y había ya tantos peros!, el plato fuerte vino al final, vino cuando Pello, que, para entonces, lo más seguro que ya era ello – ella, le plasmó por escrito las palabras más halagadoras que nunca había oído, provocándole una gratificante e intensa sensación de seguridad en sí misma, y una reconfortable sensación de saberse amada y deseada, y, por lo tanto, una inefable sensación de felicidad. Conclusión, comentó para sí cada vez más cerca de su portal, estoy más colada por él que …; y rebuscó en su imaginación para encontrar la expresión más apropiada a todo lo que sentía; estoy más colada que … las flores por el Sol; que … una puta por su hombre; que … María Magdalena por Jesucristo; que …, y se dijo basta ya, estoy más colada que un alma receptiva por su espíritu vivificante. Estando en estas placenteras consideraciones, fue cuando Arantza llegó a su portal y abrió el bolso con el fin de coger las llaves de casa e irse a la cama a dormir un montón de horas sin perder ni un solo momento. Pero Iñaki “kaka” se puso a su altura como si también fuera a entrar en el portal. Juantxo “romanticismo” se paró por detrás de los dos, poniendo cara de despistado. Jon “oro” se quedó quieto en medio de la terraza de la cafetería, contemplando boqui abierto la belleza de su, por él, supuesta camarada . Patxo “razón” estaba atento a lo que pasaba en la entrada del portal de Arantza “sabiduría”, y a lo que hacían su primo “romanticismo”, el testigo de Jehová, y el camarero de Tafalla “perel”. Todavía no había detectado la presencia de la portera “oro” ni la de la francesa “perel” con sus dos perritos “perelitos”. Iñaki le dio las buenas noches a Arantza e hizo un gesto como dando a entender que había olvidado las llaves del portal. En ese momento, la portera se puso al lado de Arantza, y tras saludarla, comenzó a hablar sin parar. El testigo de Jehová se acercó, con un poco de recelo, a su primo. Los perritos entraron en escena, y comenzaron a dar saltos y a emitir agudos ladridos entre los pies de su antiguo amigo Iñaki. La francesa se puso un poco histérica mientras intentaba retirarlos de en medio. Jon se animó y se fue junto a Iñaki para conocer de cerca a su heroína compañera y camarada de organización. El de Tafalla, cuando vio que uno de los impresentables que decían ser de la TV, se había aproximado a Arantza, se acercó de muy malas pulgas al grupito que cada vez era más numeroso. Patxo, que no era vidente pero que vio claramente que la operación “Paloma Rubia” comenzaba a descontrolarse, no tuvo más remedio que meterse en el ajo para ver qué coño pasaba. Juantxo se puso a su vera, con la misma expresión de despistado. La portera le decía a Arantza: — No sabe la noticia que le traigo. El señor éste que está aquí —, señaló a Juantxo, — es del programa de TV “¿Para quién va a ser mi amor?”, y me ha dicho antes de que usted llegase, que le trae una sorpresa del hombre con el que se ha ido a casa del señor Benjamin Ríos. Por lo que me ha dicho, debe de estar completamente coladito por usted. Es un detalle muy emocionante. ¡Qué ganas tengo de verla en la TV! ¿Pero qué puñetas quieren estos perros tan enanos? ¿De quién leches son? ¡Mecagüenlá! Juantxo tuvo que presentarse ante la sorpresa de Patxo que cada vez andaba más mosqueado. Iñaki, entre tanto, estaba haciéndole señas con las cejas a la dueña de los perritos, la cual parecía sentirse a gusto entre tan variopinto personal. Juantxo dijo: — En efecto, señorita Urdanpilleta, somos del programa “¿Para qué quiero a mi amor?”, y le traemos un mensaje de su amor. Ya sabe que el amor es el don más preciado. Si nos permite a mi compañero —, señaló a Iñaki, — y a mí, podemos subir a su casa para hablar con más tranquilidad de algo tan íntimo y personal. El camarero de Tafalla intervino en la conversación. — Señorita Arantza, me parece que aquí hay gato encerrado. Hasta ahora sólo había dos periodistas —, señaló a Jon y a Patxo, — pero ahora aparecen dos más de repente —, y señaló a Juantxo e Iñaki. — Además, a mí me han dicho que son del programa “¿Quién busca a mi amor?” y no del “¿Para qué sirve el amor?”. Son unos mentirosos. Ayer me dijeron que usted estaba enferma de cáncer, y después me dijo éste —, señaló a Jon, — que usted había perdido un paraguas. Yo ya sabía que era mentira porque usted no llevaría un paraguas tan chorras. Era más cursi que una ración de lenguado a la “meuniere” con guarnición de pétalos de lilas. La francesa consiguió coger en brazos a los perritos y se quedó al lado del de Tafalla. El primo de Patxo no perdió la oportunidad de dirigirse a una asamblea tan concurrida. Iñaki, olvidándose de la francesa, también tuvo su intervención, dirigiéndose a un Patxo que cada vez estaba más que mosqueado. — ¡El revirao de antes! Cagüen Dios. Es más pesao que Mayor Oreja. Mándale a tomar por saco. Es un hijo puta de cuidao. Arantza, que no tenía el coño para muchos ruidos, ni la cabeza para sandeces, mandó callar a todos, y pese al ruido de los disparos antidisturbios que cada vez se oían más cerca, consiguió hacerse oír entre tanto gallo. — Pero, ¿qué está pasando aquí? Y usted cállese, maleducado. No creo que nadie me haya enviado ninguna sorpresa tan cursi y tan patética, pero de todas formas, no estoy dispuesta a escucharles ni una sola palabra más. Si es cierto que hay por ahí alguien tan pobre de espíritu, le pueden decir de mi parte que si me quiere decir algo, que se deje de tonterías y me lo diga a la cara. Ahora, les pido por favor que no me molesten más. Acabo de llegar de Bilbao y estoy un poco cansada. Llevo dos noches que no he dormido casi ná. Así que geroarte, Bonaparte. Y usted no vuelva abrir la boca, maleducado. Iñaki, muy dolido por las para él injustas palabras de la txakurra, iba a contestarla que la maleducada sería su puta madre, cuando Arantza le guiñó un ojo al camarero de Tafalla, hizo un amplio y saleroso ademán con la mano que sujetaba el bolso, y dándose media vuelta a lo Marylin Monroe, dio por acabada la discusión. Juantxo intentó explicarle de nuevo lo del enamorado platónico y un poco pelmazo, pero una airada mirada de Arantza le hizo desistir de semejante empeño. El camarero de la cafetería aprovechó la ocasión para cantarles las cuarenta a Jon y a Patxo. — Bueno, señores reporteros de “¡Yo qué sé en dónde está mi amor!”, ya han oído a la señorita Urdanpilleta. Así que o ahuecan el ala, o aquí va haber más hostias que en el Vaticano y en toda su curia de cuervos chupa sangres. Arantza y la portera se metieron en el portal y cerraron la puerta con llave. El testigo de Jehová, por si a la ertzaintza le daba por confundirle con un revoltoso, salió corriendo como una bala. El nabarro o navarro de Tafalla invitó a la francesa a tomar un café con pastas. Patxo comprendió que una retirada a tiempo era una victoria. Dijo a sus chicos que entrasen rápidamente en la cafetería y se fue con ellos. Iñaki entró detrás de la francesa, pensando que el cabrón del camarero nabarro le había levantado el ligue. ¡Con lo buena que estaba! Patxo, Iñaki, Juantxo y Jon se sentaron en la mesa más alejada de la puerta de la calle. Patxo hacía grandes esfuerzos por no elevar el tono de la voz. En ese momento, se dio cuenta de que Jon le miraba con una expresión de extrañeza, y rectificó sobre la marcha. — Ahora va a creer que somos de la pasma y no va a querer hablar con nosotros. ¿Qué es eso que ha dicho que ha estado en Bilbao con un Benjamin? — La portera me ha dicho que ha estado en casa de un tal Benjamin Ríos que vive cerca del museo ese tan raro que se han hecho los bilbainos. Ya ves que uno cuando quiere, también sabe enterarse de las cosas. Iñaki seguía contemplando a la exuberante turista francesa que sentado su contundente culo en un taburete de la barra, y mostrando unas buenas piernas, con un espléndido apetito daba buena cuenta de una bien surtida bandeja de dulces y pasteles, a la que había sido invitada por el rumboso camarero. Los perritos, para no ser menos, también estaban comiendo una pequeña ración de pastelillos colocados en un pequeño platito. Patxo estuvo un rato callado, mientras analizaba la nueva información suministrada por Juantxo. El estrépito de una fuerte explosión, que venía de la calle, se oyó en el interior de la cafetería-pastelería. El responsable del comando itinerante tomó de nuevo las riendas de la dirección operativa de su grupo, y dijo que había que irse a Bilbao. — Mitarra no ha venido con la compañera Arantza, y la única pista que tenemos es que ha estado con el tal Benjamin Ríos —. Patxo pensó que seguro que sería algún pájaro de cuidado de la Seguridad del Estado. — Nos vamos a Bilbao y miramos en la guía telefónica y si por un casual resulta que ése es su verdadero nombre, podremos localizarle. Patxo puso cara de circunstancias y miró a Jon. — Compañero, nos tienes que hacer el último servicio. Mañana nos llevas a Bilbao y luego te vuelves para aquí con el coche para que lo podáis utilizar en vuestra ekintza. Y por último, no comentes con nadie, pero absolutamente nada, ni lo que has hecho, ni lo de la militancia de Arantza, ni de nada de lo que ha pasado en esta puta calle. ¿Entendido? Se dirigieron a la Avenida y esperaron la llegada del coche de la infraestructura operativa del talde de Jon. Pero Jon no apareció por donde le esperaban. Les llegó, caminando muy de prisa, muy agitado y con la cara más blanca que una camiseta del Real Madrid puesta a remojo en un cántaro de leche. Patxo le dijo que lo sentía mucho, pero que la guerra era la guerra y que había que estar preparado para estas contingencias. A continuación le dio un buen disgusto. — Amigo Jon, nos vas a tener que prestar por unos días el vehículo que tienes para tu uso personal. Para no hacerte perder más el tiempo con nosotros y porque ya no corre prisa que vuelvas con tu coche, ¿no vais a utilizarlo para la ekintza, no?, no hace falta que nos acompañes. Cuando localicemos a Mitarra, te mando el coche con Juantxo. Pero no te preocupes, que en uno o dos días lo tienes de vuelta. Jon pensó en los gritos que le daría su mujer Amparo cuando se enterase de que les había dejado el coche nuevo que no hacía ni dos meses que se habían comprado, después de firmar un montón de letras pagaderas todos los meses durante otro buen montón, pero de años.
Capítulo 42. EL ALMA Pello durmió algo más de 8 horas y se despertó un poco antes de las 5 de la mañana. Recordó que todo empezó a raíz de su entrevista con Retama. Se acordó de los planes de su superior jerárquico en el organigrama de la organización, referentes al asesinato de los Reyes de España y demás autoridades políticas y militares. No sabía ni dónde ni cuándo y ni si realmente lo iba a poder realizar. Sólo sabía que si lo hacía, el resultado iba a ser desastroso para todos, y también sabía, sin saber exactamente cómo, que había llegado hasta la casa de Benjamin Ríos para obtener alguna solución a sus problemas. Además, estaba lo de sus ocho apellidos de la misteriosa tablilla, su amor por la apasionante y apasionada señorita Urdanpilleta y, porque no hay dos sin tres, estaba dispuesto a ponerse incondicionalmente en manos de Benjamin, para comenzar un cursillo intenso de raja yoga, el cual le iba a proporcionar la sabiduría necesaria para afrontar con éxito la dura tarea de apagar los fuegos de su organización y de transformarla en algo fuerte y sano. |