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ISBN: 84-607-1379-2EL PUENTE VASCÓN Goio Baldus Euskal Herria Euskadi Alice Bailey El enigma de suso Uno de los innumerables Pulsar que recorren infatigablemente las profundidades más absolutas del Universo, como si fuera una sutil chispita electromagnéticamente neutra y provista de una misteriosa e ignota información, surcaba a velocidades de auténtico vértigo por entre incontables vórtices luminosos, los cuales aparecían súbitamente ante la veloz chispita como diminutos y fugaces puntos de luz que se iban quedando atrás para difuminarse a continuación, dejándose ver después como un lejano manto de resplandores giratorios. Después, la chispita neutrónica eligió uno de los abundantísimos vórtices de luz giratoria, y se dirigió al instante hacia él. Al aproximarse, el puntito de luz fue ganando en tamaño, transformándose en una descomunal Galaxia que giraba lenta y majestuosamente, provocando con su movimiento una musical y nebulosa espiral cuyos brazos de materia interestelar iban alargándose lánguidamente hasta parecer que todo el conjunto, en la medida que seguía melodiosa y altívamente dando vueltas y vueltas sobre sí, tendía de improviso a contraerse, a absorberse a sí mismo, para volver a su intangibilidad originaria después de incontables eones de manifestación rotatoria, sonora, luminosa y tangible. Luego, la chispita galáctica, ante tanto fenómeno cósmico, penetró a través de uno de los brazos de la espiral de la Galaxia, y multitud de Soles con sus respectivos Planetas fueron apareciendo ante la incansable chispita. Aquí también se decidió por uno de los muchísimos Sistemas Solares que había por todas partes, y, como en la vez anterior, el objeto de sus deseos surgió ante su percepción en toda su grandiosidad. La chispita solar distinguió un radiante Sol, y después ocho o nueve o quizá diez Esferas rotando en derredor del Luminoso Rey. Era como un gigantesco átomo, con su núcleo de protones positivos y neutrones andróginos en su centro solar, y con sus electrones negativos o planetas rotando cuan spin y girando en derredor del núcleo o ígneo Rey Solar. Si la sub estancia molecular de las células radicaba en sus diversas y minúsculas estructuraciones atómicas, la sub estancia “molecular” de las Galaxias radicaba en sus diversos e incontables sistemas solares que eran como los átomos del aún desconocido Cosmos. La chispita terráquea encaminó su andar cósmico hacia una de las Esferas electrónicas, la cual destacaba del resto por irradiar una límpida tonalidad opalina. Aparecieron algunos cúmulos de blancas nubes, los azules mares, los continentes de diverso colorido, Europa y el norte de África. Casi entre ambas tierras, se delimitó con precisión el contorno costero de una curiosa y llamativa Península, menos fina que la perfilada a su derecha; y al norte de ella, al norte de la más tosca, en su mismísimo y ancho istmo como cuello de buey, se pudo contemplar una cadena de montes surgidos de improviso. La chispita ibérica fue hacia aquellos montes, deleitándose en sus elegantes y blancas cumbres, en sus profundos y sombríos valles, en sus umbrías impregnadas de rocío matutino, en sus escarpadas y agrestes laderas, así como en sus altivos y grises peñascales, a la manera de auténticas fortalezas de piedra provistas de erizadas murallas ciclópeas a cuyos pies se esparcían unos frondosos y vivificantes bosques insertados entre verdes praderas de buen pasto y mejor retoce a la cálida voluptuosidad del Sol. “¡Qué chorras! ¡Viva el retoce terráqueo!”, se dijo la chispita a sí misma con una ligera añoranza. La chispita montaraz y un tanto excitada, dejando a un lado sus atávicos instintos carnales, sobrevoló uno de los peñascales y allí, sobre el mismísimo borde del abismo, divisó a Pello. Se fue hacia él y, entrando por la médula oblonga del cerebro del solitario montañero, como un compact disc que se inserta en un ordenador, se dispuso a conocer las ideas, sentimientos, emociones, deseos e instintos que pululaban por los recovecos más íntimos de su personalidad. Asimismo; y respetando escrupulosamente la independencia de criterio del solitario montañés, o sea, siempre y en todo momento y lugar; la chispita animadora también estaba dispuesta a colaborar con Pello en todo aquello que fuera posible. Para eso había llegado hasta él. Lo que viene a continuación, desde la perspectiva de la chispita, es la narración de la historia de las cosas de Pello, y la descripción de los momentos en los que no tuvo más remedio que intervenir. Y así es como ella lo vio, por muy absurdo y fantasioso que pueda parecer.
Capítulo 1. EL PACTO Principios de junio de 1998 en un ancestral lugar del Pirineo navarro. Pedro Iturriotz Urotz, Pello para su abuelo y Kepa para su madre, era ante todo y sobre todo un navarro de pura cepa. Como le inculcó su abuelo, el ser Nafarroako euskaldun era mucho más importante que cualquier título nobiliario, principesco o real. Nacido en Goizueta a últimos de la década de los 40, sus primeros recuerdos eran para su madre, después para su abuelo y ya en grado mucho menor, tenía una ligera y difusa imagen de su padre. Pello, con casi 50 años a cuestas, estaba viendo declinar la tarde de un espléndido día de finales de primavera desde la cima del Ezkaurre, situada en el extremo oriental del Pirineo navarro para unos, o nabarro para otros. Contemplaba, al frente y al fondo, la llamada parte francesa de Euskal Herria y, a su izquierda, la también llamada parte española. Abajo, justamente a menos de un suspiro de distancia de las punteras de sus botas, descendía verticalmente un desafiante murallón de piedra en una interminable caída libre, en un impresionante descenso en picado de algo más de setecientos metros de altura; lo cual le permitía a Pello, a vista de pájaro de altos vuelos, como si estuviese dotado del poder del águila, observar el lejano, diminuto y serpenteante riachuelo verdusco que discurre, cuan zigzagueante culebra, por la localidad oscense de Zuriza. Sin embargo, para la consciencia de Pello, la posición que había adoptado sobre el vacío del abismo, con la tierra a sus pies, el cielo sobre su cabeza y él en el medio, sólo era por el placer de enfrentarse y superar la atracción vertiginosa que origina la casi metafísica ley de la gravedad. Sólo era un juego. No obstante, lo que el atrevido y juguetón navarro no sabía, era que, por fin, su subconsciencia sí quería emprender el vuelo. Pero esta vez de verdad, y cuanto antes y cuanto más alto, mejor. Por eso, la subconsciencia de Pello hacía ya tiempo que ansiaba la comparecencia de la chispita, o sea, se moría de ganas de conocer la chispeante y narrativa presencia encargada de realizar su más completa integración personal en los planos físico, emocional y mental. Al notar mi presencia, Pello no pudo reprimir unas lágrimas al evocar las enseñanzas de su querido zahar ona. Su viejo abuelo, que vivió más de 90 años, Don Pedro Iturriotz Ibaizabal, como él mismo contaba con un cierto aire de tristeza y melancolía, había nacido demasiado tarde para combatir en la última carlistada, y demasiado pronto para poder defender las libertades del pueblo euskaro en la guerra civil española del año 1936 de infausto recuerdo. Su abuelo fue un gran conocedor de la Historia del País Vasco, ya que desde niño había oído montones de historias que le despertaron en su imaginación un romántico ardor guerrero que nunca tuvo ocasión de demostrar, a la vez que un profundo amor y respeto a las costumbres y leyes de sus antepasados. Había mamado la tragedia que supuso, para muchos vascos, la última guerra carlista de 1876, con la posterior derrota de los foralistas vascos y consiguiente abolición unilateral de los fueros y del entramado legislativo, casi casi republicano, de los cuatro territorios del sur de Euskal Herria. Pello le había oído contar muchas veces, unas con la voz entrecortada por la pena, otras con rabia mal contenida, que la abolición del fuero era la culminación de un plan que el poder del mal había ideado, hace ya muchos milenios, para acabar con un sistema social perfecto en el cual todos eran señores y en el que todos tenían unos derechos de linaje que ni los propios reyes podían arrebatárselos. Que, mientras los sucesivos reyes castellanos respetaron los usos, costumbres y leyes de autogobierno de cada uno de los territorios del sur, no hubo ningún problema con España. Que el navarro, al igual que sus hermanos de lengua, los vizcainos, guipuzcoanos y alaveses, había conseguido que el acuerdo con la Castilla que, por cierto, había conquistado militarmente al independiente Estado del Viejo Reyno de Navarra, fuera dicho acuerdo, a pesar de la derrota, sobre la base de una condición que era, en sí misma, la esencia del sentir vasco. Le solía decir Don Pedro a su nieto, con muy poca modestia, también por cierto: — Pello, fíjate si el pueblo euskaro sabe armonizar el talento y el ingenio con la bravura y la nobleza, que el pacto que hacíamos con las monarquías castellanas, y luego españolas, se basaba en que jurábamos lealtad y ser sus más fieles vasallos, siempre y cuando ellos, a cambio, jurasen que nunca se entrometerían en nuestras formas de vivir y de gobernarnos. Era un pacto entre señores; y así debe ser, caiga quien caiga. Siempre acababa con un guiño picarón la frase que, según él, resumía todo el espíritu de las antiguas relaciones de los vascos con España. El sol comenzaba a alejarse y Pello se imaginó las playas de Lapurdi y sus chicas con las tetas al aire, absorbiendo ansiosamente los últimos rayos del día. Sonrió con sorna al recordar el plan diabólico de las temibles fuerzas ocultas del mal que acostumbraba a contarle su aitona, y asintió con seriedad al recordar que sus antepasados supieron enfocar sabiamente las relaciones con España. Un profundo suspiro de melancólica incomprensión surgió desde el fondo de su ser y separándose del borde del precipicio, emprendió el camino de vuelta, tomando la senda que le conducía a una pequeña tienda de campaña, situada hacia la mitad de las faldas del Ezkaurre, bajo una gran bóveda de piedra y sólo piedra. Capítulo 2. LA GUERRA Mientras Pello descendía el Eskaurre, las sombras del atardecer entre los peñascos, provistas de tristes partículas de luz negra, le volvieron a la realidad, recordándole el porqué de su estancia en el Pirineo navarro. Pedro Iturriotz Urotz, alias Kepa y Pello en su familia, tenía otros apodos. En la organización también se le conocía por Petankas y por Mitarra. Petankas por su afición a fumar cigarrillos de marihuana que llevaba en una petaca. Lo de Mitarra se lo ideó él mismo en honor del legendario montañés, rey de Nabarra, Santxo Mitarra que, como le contó su abuelo, había derrotado a los moros una y mil veces. En su condición de Mitarra, en las afueras de Lyon, no hacía ni 48 horas, Pello había tenido una discusión bastante violenta con el responsable de mayor influencia política y operativa de la organización. Las discrepancias venían de lejos y cada vez se sentía más incómodo. Si hasta ahora no le habían apartado o entregado a la policía francesa, era porque aún conservaba un gran prestigio dentro de la organización, así como en el conjunto del movimiento de liberación nacional vasco, de índole un tanto mesiánica. Llevaba más de 25 años, casi siempre en primera línea de combate, como militante liberado de la organización armada Euskadi ta Askatasuna. Por ello, Pello o más bien Mitarra, había participado en muchas acciones y operaciones armadas; y, además, nunca había sido detenido por la policía, bien por la buena suerte que tienen todos los de Goizueta, como él solía decir, o bien, por las rigurosas medidas de seguridad que siempre había observado. La cita con su responsable, Patxi Retama, había llegado con más de seis meses de retraso, y estaba ya hasta los huevos. La extrema clandestinidad, absolútamente necesaria para evitar las redadas de la policía francesa, dificultaba y retrasaba, desde hacía ya varios años, los contactos y la comunicación que a juicio de Mitarra eran imprescindibles en un buen funcionamiento organizativo y participativo. Además, Retama, con casi 10 años de menos que él como militante, había ido adoptando una serie de medidas políticas, organizativas y operativas que la organización acataba sin rechistar, pero que para Pello Mitarra Petankas eran una absoluta chapuza, la cual, siempre que tenía oportunidad, no dudaba ni dejaba de criticar, tanto en público como en privado. Su abuelo le había dicho muchas veces que un nabarro jamás deja de decir lo que se debe de decir. Caiga quien caiga. Cuando Mitarra acudió a la cita, ignoraba que Patxi Retama sabía que la reunión con Petankas iba acabar como el rosario de la Aurora. Para Retama, lo de Petankas era lo de siempre, o al menos ésa era la versión que contaba a sus más directos colaboradores. Solía decir que Petankas había acabado como muchos militantes que, por miedo o por comodidad, se hacen liquidacionistas y en consecuencia pretenden convencer a los demás con una fraseología demagógica, revestida de una argumentación aparentemente brillante, más o menos razonada, la cual es falsa como serpiente rastrera y sólo sirve para desconcertar y desmoralizar a la militancia, favoreciendo así al odiado enemigo español. Antes de la reunión con Mitarra, Retama había comentado con los suyos que: “como Petankas se ponga tonto, le damos dos hostias al muñeco para que se entere que conmigo no se juega, y si así no se entera, ya sabe lo que le puede esperar”. A Retama, en el fondo, le gustaba que el único miembro en activo que le podía hacer sombra en la jefatura operativa, se estuviese desprestigiando en el seno de la organización. El historial de Retama como activista militar, no era muy extenso. Antes de pasar a Iparralde, en el sur de Euskadi sólo había participado en 3 ó 4 acciones de apoyo a comandos de liberados. Al ser un militante legal de la organización, en una redada de la policía española a mediados de los 80, tuvo que esconderse y pasar más tarde a Euskadi norte. Allí, enseguida se destacó por sus cualidades organizativas y burocráticas, ascendiendo en el escalafón organizativo y adoptando cada vez más responsabilidades en la estructura de la erakunde. Pero Retama sabía que nunca podría aspirar a alcanzar el prestigio y despertar la admiración que se había ganado Mitarra en el seno del M.L.N.V. Para Retama, Pello Petankas tenía demasiadas medallas; y él, en cambio, estaba convencido de que en la carrera de títulos y honores, no tenía mucho donde escoger. Desde el más profundo estrato de su ser, le llegaba un mensaje comunicándole que Mitarra era, en casi todo, mucho más persona que él; pero eso, en lugar de inducirle a intentar emular y parecerse al objeto de sus deseos, únicamente le creaba una sensación agridulce que con el tiempo acabó transformándose en una no muy bien disimulada envidia. Así que la reunión la planeó con la intención de no entrar al trapo de lo que pudiese decir el liki de Goizueta, y de llevarle a su sitio, al sitio que le correspondía, que no era otro que a la charca. A la ciénaga fangosa del olvido, comentó para sí. Retama siempre había pensado que para golpear bien a un perro, primeramente hace falta meterlo bien metido en el barro. No obstante, Pello Mitarra pensaba encontrarse con un Retama más dialogante.
Capítulo 3. EL MUS Pello, mientras recordaba los prolegómenos de su reunión con Retama, observó a la oscuridad nocturna descendiendo sobre el Ezkaurre y a una luna llena iluminando los peñascos del lugar con un resplandor azulado de insondables memorias. Pedro Iturriotz o Pello Mitarra o Kepa Petankas o el coño de mi madre, como muchas veces pensaba medio en broma, calculó que ya le faltaría poco para llegar a su refugio de lona. Decidió, seducido por la belleza de la noche, aprovechar una piedra con aspecto cómodo por el verdín que la cubría, para sentarse, liar un cigarrillo de marihuana y fumárselo tranquilamente con la mente activada en sus recuerdos no tan insondables. Le vino a la mente que los únicos secretos habidos con su familia, habían sido el de los porros con su abuelo y con su madre, y sólo con su madre, al menos durante los primeros años, el referente a la ideología marxista y atea que adquirió en Madrid. Bueno, también lo de Aurora, pero éste fue más bien por motivos de seguridad y quizá también porque intuyó que a su ama no le gustaría su relación con una mujer de algo más de 20 años que él, y que, además, le inició en el sexo y en el materialismo dialéctico e histórico. Su madre era Begoña Urotz Basoarte, natural de la villa marinera de Bermeo en la provincia de Bizkaia. Desplegó una gran actividad política en su juventud. A principios de los años 30, siendo muy joven, se afilió al Partido Nacionalista Vasco, y gracias a su tremenda energía, así como por poseer una mente ágil y práctica, adquirió muy pronto una serie de responsabilidades en el alderdi, a nivel local, que para su época no era muy habitual entre las emakumes afiliadas a partidos políticos. El levantamiento militar del ejército franquista del año 36, le pilló como responsable del aparato de organización de la zona de Busturialdea. Cuando Gernika fue bombardeada se le reveló todo el horror de la guerra y, a partir de entonces, se inmunizó para siempre de lo que ella solía denominar como fiebre romántica del nacionalismo vasco. Desde ese momento, tuvo muy claro, y así lo manifestaba, que para defenderse de los enemigos de la aberri era preciso recurrir al diálogo y si fuese preciso, no habría que desechar el recurso a las trampas y al engaño. Que mientras el enemigo fuese más fuerte, era un suicidio enfrentarse de frente a su potencial bélico. Pello recordó, entre chupada y chupada al cigarro, las discusiones patrioteras mantenidas muchas veces por su madre y su abuelo. Una decía que lo más importante es la inteligencia. El otro le respondía que la razón y la verdad siempre serán la arrazoia y la egia. La madre, jugadora de mus desde niña, le respondía, esta vez en castellano, que su razón sólo le salía del cojón, y que ella prefería la razón emanada de la cabeza y del corazón. También le decía que la vida y sobre todo la política, eran como una partida de mus. Había que saber esconder la jugada, amagar y aparentar que la cosa va por un lado, para de esta forma, engañar al contrario y esperarle a que entre por donde realmente se tiene jugada. La sonrisa surgida con el pareado del zorro y el león, se le fue diluyendo lentamente al recordar, otra vez, el motivo por el cual ahora estaba tan divinamente bajo las estrellas del cielo que servía de techo a los Auñamendi. Se hizo consciente de que era preciso recordar todo el proceso y analizar la situación de forma científica. La mente consciente de Kepa comenzó a funcionar analíticamente, de la misma manera que tantas veces lo había hecho en las innumerables partidas de mus que jugó de niño, y de no tan niño, con su, mentalmente, afamada madre; la cual fue la primera instructora que tuvo en el arte del razonamiento desapasionado, o dicho en plan más fino, aunque ella no lo supiera, fue la que le instruyó en las esencias lógicas que sustentan el núcleo de la filosofía del Materialismo Dialéctico, tan antidogmático en la teoría, y, asimismo, tan racionalista, analista, cientifista y materialista. Pero a la vez, tan poco entendido, y sobre todo, tan malamente aplicado, por lo menos hasta ahora por parte de los encargados de aplicarlo. Capítulo 4. LA TREGUA Lo primero que se le ocurrió fue que él era el mayor liante del mundo, bueno, por detrás de unos pocos. El orden que empleó en la elaboración del pensamiento, le hizo ver que el estilo directo heredado del abuelo seguía siendo una característica de su carácter. Seguía con la costumbre de presentar en primer lugar lo que consideraba fundamental y básico, para después atemperarlo con cualquier tipo de matiz. Un diplomático o un político, por el contrario, comenzaría por exponer primero lo suave, a modo de vaselina, para después introducir e intentar colar lo sustancial. Había comprobado muchas veces que esta estrategia, que comenzaba por enmascarar los objetivos, casi siempre por no decir siempre, se perdía en los vericuetos y tácticas preliminares, olvidando al final cuál es la esencia del objetivo. Prefería las ideas claras y por delante, y si era preciso, después de exponerlas, añadir cualquier observación que pudiese contribuir a un hipotético acuerdo o a una mejor comprensión. Él siempre avisaba antes. Se dio cuenta de que como siempre fue muy previsible y que esta actitud era la que tenía cuando acudió a la cita de Lyon con Retama. En efecto, Mitarra pensaba decir a Retama todo lo que pensaba. Así de sencillo. Pensaba contarle todo desde un principio. Que todo comenzó, como comienza todo, por ligeras dudas y sensaciones no muy perceptibles, pero que empezaron a tomar forma a raíz de la ejecución de su querida amiga Yoyes en el año 1986 de ingrato recuerdo para él. Ésta fue su primera discrepancia con la organización. Curiosamente, le afectó sólo a nivel emotivo. Tácticamente entendió que era muy peligroso permitir que antiguos dirigentes de la organización, pudiesen, cuando les apeteciese, abandonar la disciplina y volver a sus pueblos con el beneplácito del enemigo, tras haber negociado una salida personal con el Estado Español. Pero su bihotza se rompió, y se acordó de su abuelo y de su ama. En su día así lo manifestó, basándose en las teorías de las guerrillas revolucionarias y en la experiencia de la debacle de los guerrilleros urbanos del ejército Tupamaro de Uruguay. Explicó en una reunión del ejecutivo, el cual aún no presidía Retama pero del que sí era miembro como responsable de relaciones internacionales, que era un suicidio el practicar una lucha armada que no cuidase escrupulosamente la calidad de las acciones y lo acertado de los objetivos militares. Acabó su intervención diciendo que no les podía pasar lo mismo que le había pasado a los Tupamaros. También su madre le inculcó que nunca debía depender de nadie. Así fue cómo es que siempre tuvo su propia infraestructura para no depender exclusivamente de la ofrecida por el aparato logístico de la organización. Por otra parte, la caída de la dirección en Bidart creó un caos en el funcionamiento interno y provocó cierta desbandada de cuadros intermedios. Los militantes designados para sustituir a los de la dirección, en caso de que fuese necesario, tuvieron bastantes dificultades para coordinarse. Fue Mitarra, al no estar detectado por la policía, el que tuvo que apechugar con la reorganización de la dirección. Patxi Retama resultó nombrado para la función coordinadora y dirigente de la organización, y, por consiguiente, la persona más influyente en el conjunto del movimiento de liberación. Pello Mitarra propuso a Retama para ese cargo, debido sobre todo a su experiencia internacional, la cual le valió, entre otras cosas, para encontrarse fuera de Francia en el día de la redada de Bidart, donde cayeron Pakito y compañía con el nombre de Artapalo. Mitarra fue nombrado responsable de los comandos liberados, porque, como él mismo decía, se creía más apto y estaba más a gusto en la acción militar y en la compañía de sus camaradas de armas, que en las labores burocráticas de coordinación y dirección. Intentó desarrollar un tipo de lucha armada lo más selectiva posible, ocupándose personalmente de realizar el fallido atentando a Aznar en abril del 95. El último escalón y definitivo, lo ascendió gracias a la ponencia Oldartzen de 1994. Esta ponencia venía a decir que había que socializar el sufrimiento. Explicaba el escrito que la única forma de acojonar al enemigo, a sus cipayos y a la sociedad domesticada que los sustentaba con sus votos, era llevando, al enemigo y a la sociedad vasca, el mismo sufrimiento que el llevado por el sistema opresor a sus militantes, amigos, familiares y presos. Al leer la ponencia, Pello se dio cuenta de que el ser tan torturador como el torturador, no era precisamente lo que su abuelo le había inculcado sobre la esencia noble y señorial de los nabarros, de los euskaros, en fin, de los vascos. Además, la visión que tenía sobre la tenacidad navarra de Euskal Herria, le hizo ver con claridad meridiana que la sociedad no se iba acojonar, y que únicamente iban a conseguir que, de una aparente resignación, el pueblo pasase a una abierta beligerancia hacia este tipo de actividades militares y de kale borroka. Los hechos le fueron dando la razón. La paliza propinada a un ertzaina en las fiestas de Bilbao por parte de 15 “nobles y valientes” gudaris. El quemar vivo a otro ertzaina en Renteria. Los continuos ataques a sedes de otros partidos, que, además, ponían en peligro las viviendas de los vecinos de las sedes. Las condiciones infrahumanas en las que unos compañeros suyos tuvieron secuestrado a Ortega Lara. El secuestro y ejecución del concejal de Ermua, Miguel Angel Blanco, con sus impresionantes manifestaciones de repulsa en todo el País Vasco. La absoluta indiferencia de la sociedad vasca ante el fusilamiento de dos activistas en Bilbao, como también ante el juicio de los políticos de la mesa nacional de HB y su posterior y desproporcionada condena. Y tantas chapuzas más que hacían una lista interminable de motivos que no contribuían para nada al logro de una Euskadi soberana con el apoyo de todo el pueblo. Las pintadas profusamente realizadas por todos los pueblos de Euskal Herria con el mensaje de “ETA, herria zurekin”, le producían un cierto sonrojo. Así que después de doce largos años de navegar en un desmotivador mar de dudas y confusión, por fin había llegado a la conclusión empírica de admitir la evidencia de encontrarse en una situación de absoluto convencimiento del grado de ineficacia y rechazo que producía la actividad armada. La lógica práctica y evidente de Kepa Mitarra, le dictó que la única salida al retroceso producido por la estrategia de Retama, era iniciar un debate en serio sobre la viabilidad, o no, de acordar una tregua estable y duradera que permitiese una negociación o, al menos, un diálogo en profundidad. Pello se levantó de la roca que le había servido de butacón, y sonrió al pensar que con esta idea se presentó en el lugar de la cita. Y así pasó lo que pasó. Capítulo 5. ETXEBER El resplandor de unos relámpagos, seguidos de un trueno lejano, interrumpió la secuencia de los inquietos pensamientos de Pello Mitarra, haciendo volar su mente a las tormentas nocturnas de verano que tanto le gustaban cuando de joven venía de Pamplona, donde estudió el bachillerato, a pasar las vacaciones en su Goizueta natal. Acostumbraba a cobijarse debajo de un gran árbol, que había delante de su casa, para observar la tormenta y oír el ruido de los truenos, del viento y del agua al golpear las hojas y las ramas del ancestral árbol. Su madre salía al amplio zaguán de la casa para llamarle y conminarle a que abandonase el viejo roble, el Aritz zarra que ellos decían, y para obligarle a entrar en la casona paterna a resguardarse de la tormenta. La vieja casona era conocida desde siempre como la Etxeber de los Iturriotz. Cuando apareció su padre, después de faltar casi 10 años, acompañado de la que iba a ser su mujer, enfermo pero muy contento; la sorpresa en el pueblo fue por partida doble. Volvía a casa el futuro etxejauntzako de los Iturriotz y de Etxeber, después de haber estado preso; y venía con una bonita mujer vizcaina, hija de arrantzales del Cantábrico. Pello no sabía demasiado de su padre. Sabía que fue a estudiar a la escuela de ingenieros de Bilbao. Que el levantamiento militar de Franco le pilló acabando la carrera. Que se alistó en el batallón Abellaneda de gudaris del ejército vasco. Que cuando la retirada de las tropas nacionalistas, fue uno de los encargados de organizar la evacuación por mar, desde Bermeo, de varios dirigentes políticos militares de Euzkadi. Que allí conoció a Begoña Urotz y que se enamoraron, parece ser que muy apasionadamente, nada más conocerse. Después, el continuar de la guerra les separó. Fue hecho prisionero por los italianos en la localidad de Lanestosa, y estuvo más de 9 años internado en diversos campos de concentración. Al salir libre, lo primero que hizo fue ir a Bermeo para llevar a su novia a su Goizueta navarra. Pello no sabía a quién admirar más. Si a su padre por mantenerse tan firme en su amor, durante tantos años, pese a la dureza de la prisión, la cual a la larga acabó con su vida pocos años después; o a su madre que supo esperar con ilusión y confianza el regreso del ya no tan joven gudari navarro. Su madre demostró una fe a prueba de bombas. También acaso hubo algo de conformismo y resignación en su inquebrantable espera. Begoña Urotz acostumbraba a decir que las cosas son como son, a lo que el abuelo replicaba que las cosas tienen que ser como deben de ser y sin tanto cuento. Por las buenas o por las malas. Caiga quien caiga. Pello, como en la mayoría de las discusiones dialogadas que presenció en Etxeber, estaba de acuerdo con los dos, y constató de nuevo que ambas posturas no eran incompatibles. El truco consistía en saber cuándo emplear una y cuándo la otra. Una inteligencia despierta y práctica, reflexionó Pello descendiendo el Ezkaurre, consistía en tener una actitud abierta a todas las posturas, y más que decantarse por alguna en detrimento de la otra, lo más positivo, además de lo más justo, era encontrar la síntesis de los opuestos, a pesar de que eso significase que siempre había que estar deslizándose por el filo de la navaja. No obstante, nunca le había importado mucho semejante heterodoxia intelectual. Opuestos, siguió recordando, la pareja formada por su abuelo y su abuela. Bixenta Landa Gaztelu representaba una forma muy diferente de ver la vida. Era natural de Artzan, localidad vecina a Goizueta. El pequeño barrio de Artzan se encontraba hacia la mitad del camino a Leitza. Desde niña mantuvo una relación muy estrecha con la naturaleza. Acostumbraba a dar largos paseos por los cercanos montes con arboladas campas que rodeaban el nacimiento del río Urumea. Un poco más arriba, las campas arboladas se transformaban en un frondoso bosque. Una vez, hubo alguien que dijo que en alguna ocasión la habían visto hablando con un belagile que, según se decía, vivía por aquella comarca. Con belagiles o sin ellos, lo único que sabía Pello con respecto a su abuela, era que entendía mucho de hierbas y plantas que recogía por los bosques próximos a Etxeber, para después trabajarlas en una habitación de la casa que según recordaba, le habían dicho que no se podía entrar sin su permiso, y de donde sacaba unos frasquitos de diversos colores que los repartía entre los vecinos aquejados de mal, bien, en el cuerpo físico o, bien, en el intangible cuerpo espiritual del alma. La casa se situaba sobre un pequeño altozano que por uno de los lados iba declinando suavemente hacia el joven pero vigoroso Urumea que serpenteaba un poco más abajo. Por el otro lado, el terreno se iba elevando ligeramente para, de repente, cortarse abruptamente sobre una pared de piedra y hiedra que caía verticalmente a pico sobre el viejo camino de Hernani. Al pie de este pequeño acantilado verdoso, que no sobrepasaba los 15 metros de altura, había una fuente de agua muy clara, de la cual todo el mundo decía que siempre estaba muy fría. Rodeando este pequeño conjunto, había una serie de lomas y pequeñas colinas con árboles frutales, las cuales hacían de avanzadilla de unos montes que se encontraban casi encima, y que alguien los puso allí para formar una especia de herradura boscosa y agreste. Según le contaba su abuelo, los montes que formaban la herradura, fueron puestos ahí para proteger del viento al suave tobogán de hierba que formaba el pequeño altozano de Etxeber. La cama de recio nogal donde murió la abuela Bixenta, estaba orientada para poder contemplar, desde el amplio ventanal del dormitorio, la entrada al pequeño valle por donde justamente aparecía el Sol todas las mañanas para anunciar un nuevo y esplendoroso amanecer o goizu de Goizueta. Pello vio a su abuela por última vez, un día antes de su muerte. La amona Bixenta le cogió de una mano y, sin abrir los ojos, le dijo muy bajito que todos venimos a este mundo para hacer lo que se tiene que hacer, pero que antes de merecer hacer lo que se tiene que hacer, hay que pasar y superar lo que la vida quiera hacer con nosotros. Al día siguiente de semejante acertijo, y al año escasamente pasado de la muerte de su hijo gudari, Bixenta Landa murió con una radiante sonrisa que iluminó su rostro durante algunas horas. Su marcha dejó un gran vacío en el corazón del abuelo, que sólo logró superarlo al volcar toda su atención en el pequeño nieto que correteaba incansablemente por las campas de Etxeber. Pello se preguntó si su afición a la marihuana no sería por influencia de la amama Bixenta y por la cara de tonto que se le ponía cuando quería o intentaba interpretar el mensaje póstumo de la abuela. ¿Merecer qué? Y para qué? Siempre le pareció que las últimas palabras expresadas por su abuela un poco antes de abandonar esta vida, habían sido un auténtico galimatías, más propio de sorginas que de sencillas aldeanas. El olor a lluvia que venía de Hegoalde, le devolvió a recuerdos más próximos que le trajeron la imagen de una húmeda mañana y de una parada de autobuses salpicada de charcos de lluvia en las afueras de la ciudad de Lyon. La cita era para las 10 de la mañana del día anterior al de la subida al Ezkaurre. Allí, en la reunión con su jefe, hablaría poco, conciso y breve; pero clarico clarico. Y no como su abuela, de cuya manera de expresarse pensaba el navarrico de Pello que no había Dios que la capiscase ni tan siquiera un poquico. Vamos, que era como intentar enseñar física cuántica a un inocente y asilvestrado borrico. Pello Mitarra, olvidándose de las tormentas de verano, así como de las postreras palabras de su abuela, se concentró en rememorar los sucesos previos que acontecieron en la tan esperada cita con su responsable máximo en orden y gobierno. Recordó que una lluvia fina pero cerrada, algo más densa que un txirimiri, daba un aspecto melancólico a la zona en donde esperaba el contacto. La nota que le habían pasado le indicaba que debía esperar a un automóvil en una parada de autobuses en plena carretera a las afueras del casco urbano de Lyon, ciudad francesa como pocas. Un automóvil se acercó a menor velocidad que el resto de los vehículos que circulaban a esas horas del primer domingo de Junio. Al pasar por enfrente de la marquesina, el conductor miró al interior de la parada. Cuando Pello pensó que pasaría de largo, los pilotos traseros se encendieron de rojo y a continuación cambiaron de color, indicando que el chofer iniciaba la marcha atrás. El conductor apareció de nuevo ante su vista, mientras se abría la ventanilla del lado del asiento derecho. Era el contacto verbal preliminar, establecido en la nota, para dar apariencia de naturalidad en caso de haber más personas esperando el autobús. El conductor le invitó a entrar. Al subirse al coche, Mitarra se dio cuenta de que un teléfono móvil, colocado encima de la guantera, estaba activado en comunicación con otro móvil que presumiblemente estaría en un automóvil que circularía algunos cientos de metros por delante. Comprobó que había acertado cuando al mirar al frente, divisó que, en ese momento, a unos 200 metros más adelante, otro coche de color oscuro salía del arcén y se incorporaba a la corriente de vehículos. Pensó que irían dos miembros legales de la organización de nacionalidad francesa, abriendo camino e informando al instante de cualquier contratiempo o de la existencia de controles policiales. El coche de delante aceleró y se alejó unos cuantos cientos de metros. El chofer del coche donde iba Mitarra, también aceleró y se volvió sonriendo hacia su pasajero. Parecía simpático pero un poco txisgarabis. Su cara no le sonaba. Hacía unos pocos años, durante casi 24 meses, Mitarra estuvo de instructor militar en uno de los albergues de formación que la organización tenía en diversos lugares de Francia y Bélgica. Por allí pasaron más de cincuenta militantes que iban rotando de un albergue a otro. El contacto de Pello no era uno de ellos. Pensó que correspondería a las últimas hornadas de activistas que se habían incorporado. A Mitarra le extrañó que alguien, aparentemente sin mucha experiencia, estuviese en el círculo de relaciones directas de Retama. O como diría un cursi, que fuese de la guardia de corps del superjefe. Eneko González, alias Txentxo, era, en efecto, producto de una de las últimas hornadas. Estaba como liberado de la organización desde hacía dos años. Destacó por su arrojo en diversos enfrentamientos callejeros con la ertzaintza en su localidad natal de Hernani. Al mismo tiempo, fue nombrado responsable local de las juventudes de Jarrai y, como tal, tuvo cierta influencia en bastantes jóvenes del pueblo. Una vez, le llamaron a participar como apoyo en una acción. Su labor consistía en ir con su coche a recoger a dos liberados y llevarlos a otro sitio. Durante el trayecto se vieron sorprendidos por la policía que llevaba ya tiempo siguiendo a los dos liberados. En la refriega de tiros que se produjo, Txentxo supo mantener la calma y consiguió evadir el cordón policial. Hubo que cambiar de planes y se dirigieron a la zona de Lasarte. Allí, en un piso franco de seguridad para liberados, estuvieron encerrados unos cuantos días hasta, una vez aquietado el revuelo, poder pasar al otro lado. La radicalidad de sus planteamientos y el ardor juvenil que tenía, hizo que Retama se fijase en él y le llamase para efectuar labores de una especie de mezcla de chofer y guardaespaldas. Al llegar a una rotonda, Txentxo cambió el tono de la voz. —Mitarra, ya puedes perdonar, pero es que se me ha olvidado coger unas gafas ciegas para que te las pongas, así que sintiéndolo mucho, no tendrás más remedio que agachar la cabeza y meterla entre las piernas. Unos 10 minutos más tarde, entraron en el jardín de una casita situada en una urbanización de chalets. Txentxo introdujo el vehículo en el garaje y Mitarra pudo levantar la cabeza. Por una puerta interior pasaron a la vivienda contigua al garaje. En la sala de la casa, Patxi Retama le recibió con una amplia sonrisa mientras se incorporaba para darle un efusivo abrazo de camarada a camarada.
Capítulo 7. EL DUELO Pello, bajando las peñas del Ezkaurre, continuó recordando todo lo vivido en Lyon durante la mañana del día anterior en su cita con Retama. Patxi Retama le saludó con un egunon Petankas. Mitarra observó, a través de la ventana de la sala, que había más casitas por las proximidades y que un trozo de un cartel de propaganda de una telefónica, le decía algo que no terminaba de ver por completo. También vio, aparcado en el jardín de la casa, un coche oscuro que supuso sería el automóvil que había ido por delante en funciones de abrir la marcha, a la manera de una avanzadilla de exploradores en medio de una jungla hostil. Retama le dijo que sería mejor que entregase el hierro a Txentxo. — Ya se sabe que esos instrumentos no contribuyen a mantener una charla amistosa. ¿Te acordarás de Artapalo cuando acostumbraba a poner la txarraska encima de la mesa y nos quedábamos todos un poco acojonados? Mientras sacaba la pistola del bolsillo de la txamarra y se la entregaba a Txentxo, Pello se acordó de un compañero de Ondarroa que estuvo con él en Nicaragua y que solía contar una especie de chiste. Decía: “ en Ondarroa a las mariposas las llamamos kalapitxixe, en Lekeitio las llaman pinpilinpauxa y en Bermeo, ¿a que no sabes cómo las llaman? “ Respondía él mismo, poniendo cara de pillo: “ las llaman mariposíe ”, y a continuación se descojonaba de la risa que le entraba. Pello y Retama se sentaron alrededor de una mesa, con sendas latas de cerveza en la mano. Mitarra empezó a hablar. De una sola tacada dijo todo lo que pensaba y concluyó con la exposición de lo que él consideraba como la única salida lógica y viable, que no era otra que la necesidad de iniciar un debate a fondo, en el conjunto del movimiento abertzale, sobre la posibilidad de declarar una tregua estable y unilateral. Hasta ese momento, dando pequeños tragos a la lata, Retama escuchó sin interrumpirle. Pensó que ya era hora de hablar. — Petankas —, comenzó, — dejando al margen si estamos acabados o no, lo que sí te digo es que en este momento la relación de fuerzas no nos es muy favorable. Nos han dado muchas hostias y el enemigo sabe que no andamos muy finos. Ahora no es inteligente plantear una tregua. Además, si planteamos tregua, no podríamos seguir con la kale-borroka que, aunque tú opines lo contrario, a mí me consta que es un frente de lucha que les está jodiendo bien. Jo ta ke —, dijo con énfasis. — Por tanto, no tenemos más remedio que intensificar nuestra actividad y la de la guerrilla urbana. Leña al mono —, acabó diciendo. Patxi Retama y Mitarra habían coincidido una vez en un viaje que hicieron al Ulster. Él iba como responsable militar y Retama como el de relaciones políticas. Era un intercambio de experiencias sobre el terreno y en el mismísimo frente de combate. En el viaje de vuelta, realizado vía Dublín - Amsterdam, las impresiones que más les habían llamado la atención, no eran las mismas en uno y otro. Para Retama, lo que más le gustó fue el ambiente de camaradería y confianza en sí mismos que observó en una docena de militantes del ejército republicano del IRA, al pasar los dos con ellos la noche previa a la realización de una emboscada a un convoy militar inglés, que se iba a efectuar al amanecer del día siguiente en las afueras de Belfast. Le impresionó la noche en vela, tomando abundante whisky y haciendo bromas y chanzas sobre los soldados ingleses que iban a atacar dentro de unas pocas horas. Por el contrario, para Mitarra, además de la casi absoluta perfección que demostraron los muchachotes – soldados – comandos del IRA en el desarrollo de la operación militar, lo que más le impresionó fue el ambiente de guerra y entrega generosa a la causa que observó en la mayoría de la población católica de Belfast. Le recordaba la Euskadi de la primera mitad de los 70. Las reivindicaciones del IRA eran más básicas que las suyas. Exigían la expulsión del ejército británico, una paz estable con los protestantes, derecho a enseñar el gaélico en las escuelas y la composición democrática de un parlamento en Irlanda del Norte que, una vez elegido y constituido, se encargase de negociar la independencia con Londres y su integración en el resto de Irlanda. Más de 10 años después, no habían conseguido ni una sola de sus reivindicaciones. Ahora estaban negociando, pero para ello, habían declarado una tregua oficial e indefinida. Mitarra pensó que, en cambio, desde hacía tiempo, todos estos logros habían sido alcanzados, más o menos, en la llamada comunidad autónoma vasca. Se había conseguido un estatuto y un parlamento autónomo que, aunque totalmente insuficiente para las aspiraciones independentistas, permitía un cierto desarrollo y daba la posibilidad de conceder cancha y juego a la clase política reformista. Pero estos logros políticos evitaban que la sociedad se identificase con la actividad armada. Sin embargo en el Ulster, las condiciones eran diferentes. Unas condiciones políticas tan duras, favorecían la actividad militar y el apoyo que ésta recibía de la mayoría de la población católica. Mitarra comparó la realidad de Euskadi con la del Ulster y contestó a la alusión de Retama sobre la guerrilla urbana. Patxi Retama dejó la lata sobre la mesa con un golpe seco. — Oye Petankas, veo que no ves o no quieres ver la situación. Una tregua ahora no es posible. Lo máximo que podríamos conseguir sería la salida de los presos del mako, a cambio de una disolución. ¿Es eso lo que tú quieres? ¿Quieres liquidar la organización? Mitarra le respondió. — Eso es lo más triste de todo. No podemos dejar que los presos se vayan consumiendo en la cárcel durante tantos años. Muchos llevan más de 15 años, por una serie de reivindicaciones que al final las hemos reducido prácticamente a una sola: ¡Que vengan a las cárceles de Euskadi! No estamos reivindicando ni la amnistía, ni la autodeterminación. Nuestra consigna de enganche para el pueblo se ha reducido y se ha volcado en el tema de los presos. Si no cambiamos el rumbo, sólo vamos a poder negociar el tema de los presos. ¿Para eso hemos luchado más de 20 años? ¿Para sacar a los compañeros que han caído por unas reivindicaciones más ambiciosas? Vaya viaje pequeño para tanta alforja. —Petankas, Petankas, Petankas —, se expresó Retama con una indisimulada falta de autocontrol. — Tienes una actitud derrotista y desmoralizadora. Con gente como tú, no vamos a ningún sitio. Creo que es oportuno que dejes todas tus responsabilidades en la organización y que te mantengas apartado de la gente. Mitarra comprendió que no había nada que hacer. Como diría su abuelo, Retama era un claro exponente de la soberbia y despotismo que tantas veces habían practicado los enemigos de las antiquísimas costumbres democráticas de los vascos. No sólo no estaba dispuesto a realizar un debate democrático en el seno de la organización, sino que, además de considerarse a sí mismo como la única opinión válida, le apartaba para que no incordiase y así poder seguir haciendo lo que le apeteciese sin tener que dar cuentas a nadie. En ese momento se acordó de las partidas de mus que de niño jugaba con su madre y dos empleados de la serrería familiar. Había que ocultar la jugada y confundir al rival.
Capítulo 8. EL REGICIDIO Desconociendo la relación de amor odio que mantenía Retama con respecto a él, Mitarra inició la jugada. — Mira Patxi, tú sabes que yo no soy ningún liki. Yo soy el primero en afirmar que la violencia revolucionaria es necesaria en muchas ocasiones. Y practicarla contra el Estado Español, también es necesaria. Pero, si lo hacemos bien. No me importa que me apartes por un tiempo, pero si es que de verdad ahora no es posible una tregua, por lo menos te pido que hagas una lucha más selectiva y más eficaz. Dad varias hostias buenas y después intentar negociar en serio. En este último año no nos hemos lucido mucho y lo comprendo. La cosa está muy jodida. Ya he notado que me has puenteado en la dirección de los comandos y no lo has hecho mal. Pero insisto, elige objetivos más selectivos. Yo sé que tú tienes capacidad para eso y mucho más si te lo propones. Pretendía dar a entender que aceptaba la decisión de Retama de apartarle de la organización. De este modo, una vez que se hubiese confiado, iniciar una serie de contactos y reuniones con los militantes más influyentes, a fin de forzar a Retama a aceptar el inicio de un debate. Lo que no se imaginó fue el revuelo emocional que ocasionó en el ego de Retama. Patxi Retama no cabía en su cuerpo. — Bueno, puentear, puentear, no. Más bien que he asumido personalmente la jefatura operativa. Mitarra asintió con la cabeza. Era verdad. Él mismo había aceptado esta estrategia. Quizá, influenciado por el general Zumalakarregi, el cual, según un libro de la 1ª Guerra Carlista de 18 que estaba en la gran biblioteca de Etxeber, había pronunciado unas palabras casi proféticas, un poco antes de morir en el sitio de Bilbao. El libro decía que el General se confesó ante unos amigos con las siguientes palabras en un euskera mitad tolosano, mitad del Goiherri guipuzcoano. Decía: “Amigos, compañeros de armas por las sagradas libertades de Vasconia, los tiempos marcados para la consecución de nuestras libertades y el establecimiento de nuestro antiguo sistema de gobierno basado en la autonomía de nuestras provincias federadas, no se ha cumplido todavía. ¿Qué importa mientras tanto que nobles víctimas sufran su destino? Nuestra sangre, generosamente derramada en los combates, hará nacer en los montes una generación de héroes. Testigos de las lágrimas de la patria y de nuestras heridas, nuestros hijos, mecidos con cantos guerreros, alimentarán en sus corazones el odio inextinguible de la opresión y se reunirán como hermanos, en torno del roble de la libertad, enarbolando la bandera de la liberación; y cuando su invencible falange, guiada por la estrella brillante de nuestros ancestros, se precipite en la barahúnda de los pueblos, se la verá como el rayo surcando el horizonte”. Mitarra recordó todo el párrafo y reconoció que había vivido mucho tiempo bajo la influencia de las palabras de Tomás de Zumalakarregi. Era verdad que habían adoptado esta estrategia, pero también era verdad que no se había logrado el objetivo involucionista que se perseguía, y, además, el pueblo había dicho basta. La mirada de asco y desprecio que observó en Mitarra, le despertó de sus sueños de gloria. Comprendió que se había ido de la lengua. La decisión la tomó rápidamente, al mismo tiempo que estrujaba con una mano la lata vacía de cerveza, y lanzaba una mirada furtiva, de indescifrable interpretación, a su chofer, guardaespaldas y hombre de confianza. Se levantó y tendió la mano a Mitarra con una sonrisa que éste no supo interpretar. — Agur Petankas. Geroarte —. Y volvió a mirar a Txentxo con la misma extraña expresión. Capítulo 9. LA ESCAPADA Mitarra pensó que parecía que la cosa no iba bien. Se acordó que le habían quitado la pistola al entrar en la sala. Pidió su devolución y Patxi Retama le tranquilizó diciéndole que la tenía Txentxo y que más tarde se la devolvería. Agur Petankas, volvió a decir dando por terminada la reunión. El viaje de vuelta se inició como el de ida, pero con una pequeña variante. En el coche oscuro de apoyo, esta vez sólo iba un ocupante. El segundo vasco de Iparralde ocupó el asiento trasero del automóvil donde iban Txentxo y Mitarra. Volvió a meter la cabeza entre las piernas, el coche salió del chalecito e inició el recorrido que, según Retama, le llevaría a un retiro temporal donde pudiera descansar hasta el comienzo de la ofensiva final. Pello estaba alucinado de la actitud y de los planes del fanático de Retama. Era una auténtica burrada de imprevisibles consecuencias. ¿No se daba cuenta Retama que de efectuarse el múltiple magnicidio, no haría falta la intervención del ejército? Sería el propio pueblo vasco el que les correría a hostias hasta hundirlos en el mar. Se acordó de la canción. Lo único que le consolaba, pensó con la cabeza entre las piernas, era el imaginar la casi insuperable dificultad técnica y operativa de realizar semejante barbaridad. Aunque, cuando surgió la posibilidad de atentar contra Carrero Blanco, también le pareció a la Organización, en un principio, que era un objetivo demasiado complicado y ambicioso. Además, existía el precedente de hacía unos pocos años, protagonizado por unos chalados, más o menos controlados por la organización, que estuvieron a punto de dispararle al Rey de España con un rifle de mira telescópica. Estaba en estas consideraciones, cuando la voz de Txentxo le sacó de sus negros pensamientos. — Mira Petankas Mitarra, fíjate qué pedazo de mujer está ahí enfrente. Pello Mitarra levantó la cabeza y vio a una bonita mujer con la ropa muy ajustada que se protegía de la lluvia con un enorme paraguas de llamativos colores y artísticos dibujos. Pero también se dio cuenta de que estaban accediendo a la rotonda donde, a la ida, le había pedido Txentxo que agachase la cabeza para que perdiese el sentido de la orientación y no supiese por dónde se iba al refugio de Retama. Le pareció un fallo imperdonable e inadmisible en Txentxo. Éste le había hecho levantar la cabeza antes de tiempo. Ahora ya sabía por dónde se iba a la urbanización de chalecitos. Su instinto funcionó con rapidez mientras el coche desembocaba en la rotonda. Aquí había algo que olía mal. Repasó la situación. En primer lugar estaba lo del compañero de atrás, después, aún no le habían devuelto la pipa, y por último, a Txentxo no le importaba que se enterase por dónde se accedía al refugio de su jefe. ¿Qué está pasando aquí? La respuesta le vino como un relámpago de las tormentas veraniegas de Goitzueta. “A Txentxo le ha traicionado el subconsciente. Me van a dar el paseíllo. Éstos me dan el palo”. Dio media vuelta al coche y se dirigió hacia el sur, a la población de Tardets en la suletina provincia de Zuberoa, donde tenía una vivienda de seguridad de su infraestructura personal e intransferible. Tardets o Atharratze como se la conoce entre los vascos euskaldunes, es una bonita población de la región de Soule o, también si se quiere, del territorio vasco francés de Zuberoa en Iparralde, en el norte de Euskal Herria. En línea recta no hay más de 30 kms. entre la villa y el Ezkaurre, y como Atharratze significa algo así como portal de las piedras o portal de piedra, no lo sabía exactamente, Pello pensó que el Ezkaurre con sus grandes peñas y su imponente peñascal, era su destino ideal. Llegó a Tardets al poco de amanecer el día, y se fue a su refugio. Recogió un “Smith and Wesson”, cambió el taxi por un turismo matriculado en Baiona, y de allí a la cima del Ezkaurre, fue y se movió como pez en el agua, bajo la inocente apariencia de un turista francés amante del montañismo y pertrechado de una riñonera en la que muy justamente entraba un azulado revólver del 38 de reducido cañón y potente impacto.
Capítulo 10. EL NACIMIENTO Así que ahí estaba en medio de las peñas del Ezkaurre, intentando orientarse en la oscuridad iluminada por las luces de una gran tormenta. El repaso que había dado a sus dos últimos días había concluido, y seguía sin saber qué hacer. Estaba igual de desorientado, pero se encontraba extrañamente relajado. Le parecía que poseía una nueva condición más fluida y sutil, como si se hubiese desprendido de un gran peso. La lluvia irrumpió con fuerza y le empapó la cara. La tormenta estaba encima del monte en su máximo apogeo. Un rumor sordo en su cabeza, parecido al bramido del mar al golpear las rocas, fue lo primero que percibió al volver en sí. El golpear de las olas en el interior de su cerebro, le evocó el peñón de S. Juan de Gaztelugatxe que estaba siempre rodeado de olas, resistiendo, desde hace muchos milenios, los embates de un mar embravecido y mucho más poderoso que la gran roca. La imagen del peñón costero le recordó la historia de los vascos; y, además, se acordó que él también se apellidaba Gaztelu. Su mente viajó a las temporadas de principios de verano que solía pasar en Bermeo cuando era niño. San Juan de Gaztelugatxe estaba al lado de Bermeo, y Bermeo era el pueblo de sus abuelos maternos. Le gustaba el olor del puerto y la febril actividad que había cuando llegaban los barcos. Le daba mucha energía el contemplar las prisas con que se movían las mujeres que realizaban la estiba de pescado. Le alegraba su euskera bizkaino costero y cantarín que manejaban sin parar, y sin parar de trajinar las cajas de pescado. Le encantaba la historia del bajel turco que a mediados del siglo XVII, había encallado en la costa, a poca distancia de Gaztelugatxe. Las mujeres del puerto le contaron varias veces, y siempre entre sonoras risas, que una vez se había hundido un barco pirata turco “en las rocas de ahí detrás”. Fueron más de 20 piratas los que aparecieron por el pueblo en busca de comida y refugio. Los bermeanos, a los cuales siempre les han encantado los forasteros, y cuanto más estrafalarios y llamativos, más; les recibieron con los brazos abiertos y pronto encontraron un lenguaje mitad euskera mitad turco para entenderse y contarse sus aventuras marineras. Se integraron en la costera población, y todos encontraron mujer bizkaina, y a los pocos años se comenzó a ver niños con ensortijados y negros cabellos que correteaban por el puerto. También fue en Bermeo donde unos familiares de su madre le contaron que sus abuelos habían muerto juntos en el bombardeo de Gernika. Su madre nunca le había dicho nada. Martín Urotz Susaeta y Felisa Basondo Sendotegi, acostumbraban, siempre que podían, a visitar la feria del cercano pueblo de Gernika. El día en que las bombas de Hitler arrasaron el símbolo de las libertades bizkainas y asesinaron a cientos de civiles, sus abuelos también fueron a pasar la feria, pero para no volver a salir con vida. Un calor agradable en la cara, producido por una rayo de sol matinal, que incidía directamente sobre sus ojos, le animó a incorporarse. Notó un dolor en la nuca y se llevó la mano a la zona dolorida para averiguar si había sangre. Sólo encontró un enorme huevo. Pello miró en su derredor y comprobó que se encontraba en el interior de un pequeño agujero abovedado, dentro de una roca, con el suelo de una capa de tierra fina y seca que estaba esparcida sobre la horizontal superficie rocosa, configurando una alfombra de tierra muy agradable. Se sentía como un polluelo antes de romper el cascarón. A Pello le entró la risa. “Bueno”, pensó, “ahora me viene una de Indiana Jones. Lo que me faltaba”. Miró la tablilla y a continuación la metió en un bolsillo de la anoraka. Salió al exterior, dejando la sombra de la pequeña gruta y su misterioso arcón de roca, con una expresión de asombro y sorpresa en el rostro, a la vez que se palpaba el bolsillo que contenía el extraño objeto encontrado en aquella especie de claustro materno.
Capítulo 11. LA CALUMNIA Un día y pico antes del insospechado y aparentemente inocuo descubrimiento arqueológico de Pello, Txentxo no sabía cómo calmar a su jefe. Había logrado salir de la situación comprometida en que le puso Mitarra. La herida en el brazo y el golpe recibido en la cabeza con el marco de su puerta en el momento del impacto, le aturdieron unos segundos que aprovechó Mitarra para salir del automóvil y echar a correr. El legal de atrás también se había descolocado como consecuencia del choque. Txentxo, un tanto trabajosamente, salió por la puerta del copiloto y se encaró con los ocupantes gritones del coche embestido por el suyo. Un niño pequeño les estaba llamando secuestradores y mafiosos, porque decía que había visto escaparse a un secuestrado. La madre le mandó callar. Txentxo comprendió que la situación era muy delicada y que además corría el riesgo de verse inmerso en una discusión callejera que podía acabar con la aparición de los gendarmes. Sacó su pistola y echó para atrás a los ofendidos damnificados. El niño, que lo estaba pasando muy bien, llamó boba a su madre por no enterarse de la auténtica calaña de los mafiosos secuestradores. Txentxo a continuación paró un coche a punta de pistola, mandó bajar a su ocupante, y junto con su compañero que ya había cogido el móvil, emprendió la huida. El niño había cambiado su versión y ahora decía que les había atacado un comando integrista argelino. Más adelante, Txentxo y su acompañante abandonaron el automóvil y tras varias maniobras de diversión, llamaron al compañero del coche de apoyo con el fin de ser recogidos y llevados al chalet de Retama. Patxi Retama se cagaba en Dios y descargaba su mala hostia con el butacón de la sala, al que propinó varias patadas. Después de un rato de desahogo, mandó a su hombre de confianza a que le curase el brazo un médico simpatizante de la organización, y a continuación se puso a analizar la complicada situación. No comprendía por qué coño había hablado tanto con Mitarra, o más bien, no quería entenderlo. Durante la reunión de la mañana, hubo un momento en el que pensó que podía contar con Mitarra, siempre y cuando, ¡una vez más!, que éste aceptase su jefatura y su plan. Pero el desprecio que observó en su mirada, le hirió en lo más profundo de su alma, haciéndole revivir la especie de desamor y despecho que sentía por Mitarra. Le dolió la mirada de Mitarra, al que respetaba y admiraba mucho, pero que, también, al que envidiaba por el prestigio que tenía en el movimiento abertzale. Entendió que no podía contar con él y se dio cuenta de que Mitarra era la única persona capaz de arruinar sus planes. Del dolor del desprecio, pasó al odio del despecho. Era necesario actuar porque Mitarra podía desbaratar sus planes, pero también porque quería vengarse de la mirada de desprecio. Estrujó la lata de cerveza como señal convenida de antemano, por si fuera preciso, para que Txentxo actuase según lo planeado; mientras, le decía a Petankas que no le liase la manta, a la vez que miraba significativamente a su joven y charlatán escudero. El plan de la ejecución de Mitarra lo habían estado estudiando durante cierto tiempo. Después de contemplar varias posibilidades, se quedaron con la que creyeron más apropiada a las condiciones del objetivo. Tenía que ser algo sencillo que por lo ingenuo de la maniobra no despertase desconfianza en Mitarra, y al mismo tiempo, tenía que ser rápido. Además, eran dos con pipas contra uno previamente desarmado. La operación era simple. Se fingía un pinchazo de la rueda trasera derecha, salían todos a la cuneta a comprobar el pinchazo, y Txentxo le descerrajaba un tiro en la cabeza. Txentxo prefería no hacerlo, pero la autoridad militar se acabó imponiendo. A continuación, se golpearía el cadáver con un bate en diversas partes del cuerpo y se le abandonaba en una zona pantanosa próxima a la carretera. Parecería que los servicios secretos españoles le habrían secuestrado, torturado, interrogado, asesinado y tirado a la charca. ¿Cómo hostias lo ha sospechado el hijo puta este?, se preguntaba Retama sin encontrar ninguna respuesta convincente. A continuación, estudió las diversas posibilidades de Mitarra. ¿Acudir a la policía? Imposible. ¿Desaparecer de escena para siempre sin dar la lata? También imposible. Llegó a la conclusión que ya conocía de antemano. Mitarra le iba a liar la manta. Se sentó en la mesa y se dispuso a escribir una carta al responsable de la seguridad interna de la organización que residía en París. El texto, reflejo claro de su autor, cuya peculiar idiosincrasia en los movedizos campos de la ética personal no daba lugar a muchas dudas, decía: “Estimado Korta : Petankas está negociando una salida personal con el ministerio de interior del Gobierno español. A cambio de un trato de favor, va a dar toda la información que dispone y va a entregar todas las armas que controla. Me ha informado de todo esto el contacto que tenemos en Madrid. No hay duda de la veracidad de la información. He hablado con Petankas y no me lo ha negado. Sólo ha negado lo de la información y lo de las armas, pero sí ha reconocido que piensa entregarse al enemigo. Fíjate, ¡con todo lo que sabe! Es prioritario localizarle y darle matarile. Muévete rápidamente y envía a tu mejor gente para su búsqueda y liquidación. Es muy escurridizo. Le ha metido un tiro a Txentxo. Andaros con cuidado, es un hijo puta traidor de mucho cuidado”.
Capítulo 12. LA IMAGINACION Pello, al poco tiempo de salir de su segundo claustro materno, divisó abajo la bóveda de roca y un puntito azul resaltando sobre el gris claro de la piedra. Le hizo ilusión contemplar su pequeña tienda azul de lona. Pensó en darse un buen desayuno a base de nueces y queso. Tenía una bota de vino y sólo le faltaba un poco de pan fresco, pero todo no se puede pedir en la vida. Por lo menos eso es lo que le decía su madre. Así que el estómago le pedía comida, pero su cabeza estaba con la tablilla encontrada en la pequeña gruta. Alucinaba como si en vez de uno o dos, hubiese fumado quince petardos de marihuana. Comenzaba a tener la sensación de como que había dejado de ser el director de su vida. Siempre había tenido muy claro que había dos tipos de personas. Los que son dirigidos por la vida y los que dirigen sus vidas. Pello en todo momento había ejercido de director y decisor de su existencia, sin embargo, ahora todo parecía diferente. Desde que se escapó de Txentxo, todo lo que había pasado era como una película en la cual él era sólo un actor involuntario, yendo de un sitio a otro como teledirigido por no se sabe qué tipo de impulsos irracionales e inexplicables desde un punto de vista lógico. No comprendía qué fue lo que le impulsó a venir a los Pirineos, en vez de ir a París, que es en donde tendría que estar. No sabía por qué eligió el Ezkaurre. No entendía cómo es que no vio la abertura del agujero del peñasco en el que pasó toda la noche medio inconsciente medio dormido. Y para colmo, había encontrado una novelesca tablilla que no sabía ni por qué ni para qué la llevaba en el bolsillo. Llegó a la misma conclusión que la del domingo por la tarde cuando se dirigía a París. No sabía nada. No obstante, pese a verse como un autómata manipulado únicamente por corazonadas inexplicables, curiosamente, no le desagradaba la situación. Al acercarse a la bóveda de la catedral de piedra formada por el inmenso peñasco, vio una figura sentada a la entrada de su tienda azul, la cual correspondía a un hombrecillo muy viejo y delgado, pero con un extraño aire juvenil. Fuera lo que fuese lo que allí abajo hubiese, Pello Mitarra, incomprensiblemente sin temor alguno, continuó su descenso hasta llegar a su campamento base. El viejo se incorporó y le miró con una expresión un poco burlona pero franca. A Pello le recordó la mirada de su abuelo; y además se sentía muy cansado y débil. Pello se llevó instintivamente la mano al hinchazón de la cabeza para comprobar si antes se había equivocado y si había sangre a la vista que hubiese permitido saber al anciano lo de su golpe en la cabeza. No había ni herida ni sangre. Pello abrió la boca para expresar un montón de preguntas, pero el viejo le hizo una seña con la mano y le sonrió amigablemente. Agur Iturriotz, dijo el anciano, mientras iniciaba el camino de ascenso al monte. Mitarra se quedó indeciso por segunda vez en menos de 48 horas. Por una parte, su curiosidad le empujaba a seguir al viejo y hacerle un interrogatorio completo sobre los conocimientos ambiguos pero también extrañamente precisos que poseía el anciano con respecto a su persona. Por otra parte se sentía sin fuerzas para seguir el rápido ascenso del viejo, y prefirió sentarse a descansar el amodorrado cuerpo y dejar que su mente, formada ideológicamente e intelectualmente en el materialismo dialéctico e histórico de Marx y Engels, comenzase a funcionar. Se olvidó de comer y pensó que lo sucedido con el viejo era inexplicable. El viejo conocía lo del golpe, lo de la tablilla, lo de Etxeber, lo de su caos mental, su apellido, dijo algo sobre Bermeo, y, además, le dijo, o por lo menos así lo entendió, que en San Sebastián accedería a la sabiduría que justamente era lo que más echaba en falta en ese momento. Repasó todas las posibles explicaciones lógicas y racionales para semejante misterio. Las fue desechando una por una. Ninguna explicaba la extraña experiencia. No había explicación racional. Volvía a encontrarse confuso e indeciso. Optó por dejarse llevar por su instinto y enfocó el problema desde el ángulo opuesto. No había ninguna explicación racional para lo sucedido, pero él sabía que había sucedido. Había sucedido y por lo tanto tenía que haber explicación, racional o no racional. Científica o acientífica. Lo único que le rondaba por la cabeza, le daba un poco de vergüenza tomarlo en consideración. ¿Serían verdad las leyendas y cuentos que tantas veces oyó narrar a su abuelo sobre las andanzas de las xorginas y de los xurginoas por el Auñamendi navarro? De niño, cuando las escuchaba, le gustaban mucho y su imaginación viajaba junto con las palabras del abuelo. Pero cuando mejor se lo pasaba con su imaginación, era cuando desde la atalaya de la ermita de Gaztelugatxe, se imaginaba que el mar desaparecía de su sitio y dejaba ver el suelo del fondo marino, libre de olas y encrespadas aguas. Con el pensamiento veía grandes valles cubiertos de vegetación marina ondulando por el fondo marino. También veía serpenteantes caminos de arena flanqueados por caprichosas rocas oscuras que formaban grutas y pasadizos adonde el Sol nunca había accedido. Los barrancos más profundos se los imaginaba como unas enormes paredes que desde arriba apenas se divisaría lo de abajo. ¿Habría arena o habría pequeños montes mucho más oscuros que los de arriba? Le encantaba ir a San Juan de Gaztelugatxe. Después, su madre le convenció que la imaginación y las historias del abuelo, sólo eran cuentos para niños bobos. Más tarde en Madrid, estudiando arquitectura, se relacionó con estudiantes de izquierdas, gracias a los cuales conoció a Aurora que fue la que le inició en el materialismo dialéctico y en el sexo. A la espera de la llamada, participaba en las actividades antifranquistas de los estudiantes de su escuela. Una tarde acudió con unos amigos a una concentración convocada para reivindicar las libertades democráticas que el sistema franquista se negaba obstinadamente a permitirlas. Al poco tiempo llegaron los grises montados a caballo, y debido a su aparición, el desorden y el miedo cundieron en la concentración. Pello salió de la ratonera como pudo y se encontró con una mujer madura que cojeaba con dificultad por efecto de un golpe de porra recibido en una rodilla. Ante la proximidad de algunos caballos, la tomó en brazos y en volandas la sacó fuera del lío. Ése fue el principio de una duradera, instructiva y apasionada amistad, y de un amor del que Pello nunca llegó a enterarse. Aurora le decía que la diferencia que había entre el materialismo dialéctico y el idealismo metafísico, o sea, entre el conocimiento científico y la imaginación subjetiva, es la misma que hay entre la mente de una persona de 40 años y la de un niño de 5 años. La persona de 40 años ya ha aprendido que todo lo que ha conseguido en su vida, ha sido únicamente gracias a su propio esfuerzo y que nadie le ha dado nada a cambio de nada. El único motor de la historia, el que ha hecho evolucionar las condiciones sociales del mundo, tanto cuantitativa como cualitativamente, es el deseo de la humanidad por el bienestar material. Por tanto, la persona instruida sabe que su bienestar depende de sí mismo y de una justa distribución de la riqueza que se alcanzará cuando no exista la propiedad privada de los medios de producción. La ignorancia y la superstición religiosa, al servicio desde siempre de los intereses de los poderosos, es el mayor lastre para la libertad individual de la persona y para la consecución de una mente progresista, científica y racionalista, que no tenga ningún tipo de prejuicios y creencias inexplicables desde la lógica y el conocimiento materialista de las leyes de la naturaleza. En consecuencia, Dios, que permite tanta injusticia, no es más que un invento de la ignorancia, que tanto interesa mantener, y de las diversas religiones para tener sumiso al pueblo trabajador y explotado. Por consiguiente, si Dios es un invento oportunista para atontar a la sociedad, tampoco existen los milagros, la magia y las profecías que dicen adivinar lo que aún no ha ocurrido. No existe nada que no se pueda explicar racionalmente, después de estudiarlo y observarlo con una mente científica y materialista. Pello ya había decidido 4 ó 5 años antes de conocer a Aurora, que un Dios omnipresente, omnisciente, omnipotente y, además, omnibondadoso que permitía tanta injusticia en la vida; o era un perfecto cabrón o era otro cuento inventado por los curas para los niños bobos. Pero ahora se enfrentaba a algo irracional que sí existía, aunque no se pudiese explicar. Comprendió que no podía rajarse, que tenía que agarrar al toro por los cuernos y que debía tomar en consideración la única explicación racional - irracional que se iba haciendo evidente: Se había encontrado con una persona con capacidades de conocimiento desconocidas e inexplicables que le permitían conocer misteriosamente todo lo que le estaba pasando a él. A él, que nunca había creído nada de todas estas zarandajas de beatas. Se le ocurrió que acaso la realidad fuese como el cambiante fondo arenoso y vegetal de los océanos que circundan la tierra; que, aunque no se vea por estar tapado por el mar, ahí está siempre debajo del agua, oculto por la vorágine de las profundas corrientes submarinas, oculto por las espumeantes e impetuosas olas de la superficie, y oculto por los tonos verde oscuros que adquieren las aguas durante las galernas y temporales provocados por la furia incontenible de la, también, vorágine del aire; cuando, éste, en su movimiento, incrementa su velocidad de desplazamiento y, por lo tanto, el potencial de su fuerza de choque. Y todo ello motivado por la inteligente influencia benefactora de la válvula de escape que suponen los altibajos de temperatura de la atmósfera alimentada por el amor del calor que, como dulce néctar o como eficaz dador de vida, emana del poderoso astro rey de nuestro sistema planetario: Eguzkia. Pello se sorprendió de la chorrada que se le había ocurrido y, sin más concesiones a la ensoñadora imaginación, prosiguió con el análisis de sus contradictorias sensaciones. Se dio cuenta de que se sentía como quien se tira desde una ventana, sin saber si se encuentra a ras de suelo o si está en un 4º piso; o como quien se tira a una piscina con los ojos cerrados y sin comprobar antes si hay agua o sólo cemento. De todas formas, supo aceptar el reto y supo adaptarse a la realidad un tanto irreal que se le había presentado con la aparición del enigmático viejo. Así que decidió tirarse. Había que ir a Donostia a husmear.
Capítulo 13. EL ESPÍA Patxi Retama decidió no pensar más en Mitarra y se dedicó todo el lunes a ultimar los preparativos de la operación que, según él, iba a cambiar el curso de la historia y que, además, iba a crear un serio problema de sucesión en la monarquía española. La fecha elegida para realizar el real magnicidio, era el 22 de Junio, día de Santo Tomás Moro, y se iba a llevar a cabo en Zaragoza, donde estaba previsto celebrar un acto especial con motivo del centenario de la pérdida de Cuba y Filipinas. Para tal evento, acudiría la pareja real, acompañada del heredero y de las infantas con sus respectivos consortes, además de innumerables mandos del ejército y representantes políticos de España, tanto del gobierno como de la oposición. Se reunía en un mismo acto toda la élite del sistema que a ojos de Retama, eran los responsables de la situación de opresión que sufría Euskal Herria. Marino había hecho amistad con uno de los secretarios técnicos del ayuntamiento de la ciudad aragonesa, al que conoció intentando obtener una licitud para unas obras municipales. Ambos eran juerguistas y puteros, y enseguida se hicieron buenos amigos. A principios de Febrero, el secretario técnico le llamó a Marino para comunicarle que con motivo del centenario de la pérdida de Cuba, se iba a celebrar un acto muy especial en su ciudad, y que le habían encomendado la preparación y montaje de las estructuras metálicas, tarimas y plataformas necesarias para construir el palco donde estarían todas las autoridades. El secretario técnico dijo como quien no quiere la cosa: —A cambio de una buena comisión, yo me encargo que la obra sea para ti por un presupuesto que permita que tanto tú como yo podamos sacar una buena tajada. El secretario técnico concluyó su propuesta con un comentario sobre que donde hay confianza, lo mejor es ir directos a la panza. Marino vio al instante las posibilidades que se abrían si su propia empresa podía acceder con absoluta seguridad al corazón del escenario de la celebración. Inmediatamente se puso en contacto con su responsable del área económica y le comunicó la asombrosa buena noticia. El responsable de finanzas tardó menos de 24 horas en ponerse en contacto con Retama. La reunión fue convocada para ese mismo fin de semana. Marino subió desde Zaragoza a Lyon, y transmitió la información al propio Retama. Retama anunció solemnemente que comenzaba la preparación de la Operación Infierno. Porque eso era en lo que se iba a convertir el estrado de las más altas autoridades del país. En un infierno de metralla y hierros retorcidos por culpa de tanto iba que te iba.
Capítulo 14. LOS HÉROES El almirante de la armada y presidente del Gobierno Español, Sr. D. Luis Carrero Blanco, voló por los aires en diciembre de 1973. Pello Iturriotz, que por aquella época aún no era ni Petankas ni Mitarra, participó en la acción que acabó con la vida de la segunda persona más influyente del sistema franquista y, en consecuencia, con el posible sucesor de Franco. El detonante fue el juicio de Burgos. En diciembre de 1970, perdiendo los últimos 12 días de clase de ese año, Pello se trasladó a Burgos, sin que lo supiese su familia, a presenciar en vivo lo que era el acontecimiento político más importante desde hacía mucho tiempo, tanto para el propio régimen franquista como para Euskadi. Todos los días guardó cola, desde las 5 de la mañana, para poder acceder al mismísimo teatro de operaciones, soportando las bajísimas temperaturas del exterior del edificio militar que hacía las veces de palacio de justicia, junto a amigos y familiares de los patriotas acusados de terrorismo, y a los que la fiscalía militar intentaba condenarles a muerte. A cinco de los juzgados les cayó 2 penas de muerte por cabeza, que posteriormente fueron indultadas por el Generalísimo Franco, ante la presión y protestas que se produjeron, tanto en Euskadi como en el Estado Español y comunidad europea en general. Cuando el señor Mario Onaindia Natxiondo; también con el alias de Pello como nombre de guerra y que además era idealista y romántico hasta las patas, nacido en la autosuficiente y liberal Bilbao pero luego baserritarra de pro por las inmediaciones de Lekeitio para más tarde ser educado socialmente en la industrial y socialista Eibar, es decir, bilbaíno, baserritarra y socialista; pues bien, a lo que se iba, cuando Mario se levantó de su asiento durante la última sesión abierta al público, y avanzando hacia los jueces militares con los dos puños cerrados y esposados y dirigidos al frente, gritó un Gora Euskadi askatuta que le salió del alma; y cuando a continuación se oyó un chirriante ruido producido por un sable militar al desenfundarse, cuyo amenazador sonido fue tapado por las estrofas del Eusko Gudariak, iniciado por los propios encausados y continuado por todos los asistentes al juicio; Pello Kepa Iturriotz Urotz quiso saltar de su asiento para atacar a los guardias que intentaban maniatar y tapar la boca de los patriotas vascos; los cuales, manifestándose públicamente sin ningún reparo como unos auténticos héroes, como unos románticos luchadores por la libertad de su pueblo, y como unos osados, atrevidos y valerosos revolucionarios que no temían ni al mismísimo Franco; provocaron que el joven corazón del futuro Mitarra se inflamase de ardor guerrero por obra y gracia de los románticos efectos sentimentales de la pasión desinteresada y de la entrega generosa e incondicional a una causa tan sublime y tan justa. Como si fuera una luminosa estrella fugaz atravesando una oscura noche, pasó este cúmulo de sensaciones por el corazón del joven y apasionado nabarro. Así lo vio y así lo sintió. Después, la conexión corazón cerebro funcionó con fluidez, y como consecuencia de ello, la mente de Pello registró y concentró en un instante y en un único punto, todo lo que había aprendido y oído a su madre y a su abuelo, con respecto a las tribulaciones históricas de los vascos. Una vez archivada la información, la sensación emotiva regresó al centro cardiaco, provocando un sentimiento que le desgarró el corazón de tristeza, al comprobar y sentir en aquel momento, la impotencia y la entrega de un pueblo generoso, que allí, “in situ”, estaba siendo representado, con todos los honores pertinentes, por aquellos patriotas juzgados por la injusta cerrazón de la prepotente represión franquista, tan representativa, por cierto, de todos los defectos y errores humanos. A continuación, cuando Pello saltó del asiento y cantó el Eusko Gudariak más emocionante de su vida, deseó estar sentado en el banquillo de los acusados, junto a sus héroes. Se identificó con ellos y se juró a sí mismo que estaba dispuesto a entregar su vida por la libertad e independencia de Euskal Herria, con la misma nobleza y generosidad que habían mantenido sus héroes. Ese mismo día volvió a Madrid, y al día siguiente se fue a Goizueta para ponerse en contacto con un cura de Leitza que había estado una temporada en la cárcel por ser simpatizante de ETA. Pello le planteó al sacerdote que quería encuadrarse en la organización, revolucionaria socialista vasca y de liberación nacional, Euskadi ta Askatasuna. ETA tardó casi un año en responder. El mismo cura fue el encargado de transmitirle la función que habían pensado para Pello. Le dijo: Después de pasar en casa de Aurora las variopintas horas que contemplan tanto el final del atardecer como el principio del anochecer, fueron muchas las noches en las que Pello llegaba algo tarde a las cenas que primorosamente le preparaban unas tías suyas con las que vivía en Madrid. Es de suponer que si a la exquisitez de los platos que le presentaban, se le añade el apetito natural de la juventud, que en el caso de Pello se veía muchas veces intensificado por el desgaste sufrido en las interminables sesiones amatorias con Aurora; la conclusión más natural será que el aprendiz de espía haría los honores debidos a las suculentas creaciones gastronómicas de sus dos tías. Genara y Blanca, que así se llamaban sus tías, eran unas primas solteronas de su padre, que se fueron a vivir a Madrid al acabar la guerra civil española. De familia también carlista, el padre de Genara y Blanca y hermano del abuelo de Pello, era un monárquico tradicionalista de fuertes arraigos españolistas. El señor Don Iñigo Iturriotz Ibaizabal abrazó la causa tradicionalista, no porque ésta anteriormente hubiese garantizado las libertades vascas, sino porque confundió, según su hermano, los medios con el objetivo, por culpa de los carcamales curas navarros, y se hizo católico fundamentalista y monárquico carlista, olvidando la auténtica causa del carlismo vasco que no era otra que la de apoyar al rey, fuese quien fuese, que respetase el ancestral régimen foral de las 4 provincias del sur de Euskal Herria. De esta forma, por la influencia de sus profundas convicciones religiosas y por las relaciones que obtuvo en Madrid, se hizo partidario de la causa monárquica española y como tal, cambió su visión y se sintió español. Se trasladó a Madrid y puso un negocio de fabricación de muebles que le obligaba a pasar largas temporadas en la capital del Reino. En la película, los comandos ingleses atentaban contra un general nazi de las SS, porque éste tenía siempre las mismas costumbres y realizaba los mismos recorridos.
Capítulo 15. EL INFIERNO Patxi Retama seguía recordando, con mucha satisfacción, la reunión que mantuvo con el director de la empresa S.M.A. de Zaragoza. Cuando se hizo consciente de la posibilidad de realizar un atentado de semejante dimensión, despidió a su responsable de finanzas y se quedó con Marino. La cobertura para realizar la operación le había caído del cielo, pero había que diseñarla y desarrollarla hasta su más mínimo detalle. Estuvieron varias horas discutiendo los pros y las contras de las diversas formas de enfocar la operación y barajando las distintas posibilidades que permitía la situación. Al final, a Retama le pareció perfecto el plan que concibieron. La plataforma que hacía de tarima para el palco de las autoridades, tenía 20 mts. de largo por 8 mts. de fondo, y se situaba a 3 mts. del nivel del suelo. Según Marino, que ya tenía hecho los planos del montaje, llevaba 100 pilares de tubo hueco de 15 cms. de diámetro. La idea consistía en rellenar cada uno de los 100 tubos, por el extremo que estuviese en contacto con el suelo, con 3 kgs. del explosivo más potente que hubiese en el mercado. Después se introducía en cada tubo un montón de tuercas, que al explotar las cargas, hiciesen de metralla. Sería como 100 trabucos de gran calibre, apuntando debajo de los pies de los principales personajes del aparato del Estado. Calcularon el espesor del maderamen de la base de la tarima y acordaron que las bocas de los trabucos asomasen a través del piso de madera, quedando al mismo nivel que el de la superficie de la plataforma. Después, con trozos circulares de la misma madera, a modo de corcho, se taponarían las bocas. Una moqueta por encima de la madera, cubriría el mortífero puzle que formaban las bocas de fuego y metralla. Otras cargas explosivas se colocarían en el interior de los tubos horizontales de la parte correspondiente al lugar de honor del palco. Se taponaría cada extremo con unas chapas soldadas y se practicarían unos orificios a lo largo del tubo, para que la onda expansiva se dirigiese hacia arriba. Calcularon que haría falta más de 400 kilos de explosivo y que había que cubrir la estructura metálica con una pintura especial que tuviese algún producto químico que evitase la acción olfativa de los perros adiestrados para detectar explosivos. Los 10 operarios necesarios para la obra, tenían que ser todos miembros legales de la organización, y el propio Marino estaría a pie de obra, dirigiendo personalmente el montaje de la mortífera estructura metálica. Un técnico en explosivos colocaría los detonadores electrónicos que hiciesen explosionar las cargas. Así que después de repasar toda la operación, y a menos de 15 días para la celebración del acto cuyo final iba a suponer la mayor debacle del Estado Español, Retama pensó “que se jodan todos los Mitarras del mundo”. A continuación recapituló sobre la situación actual de los preparativos de la Operación Infierno: “todos los tubos metálicos ya están cargados con el explosivo y la metralla, y se encuentran almacenados en el local de la S.M.A. a la espera del día en que serán trasladados al lugar de la celebración patriótica de los hipócritas fachas españoles”. Retama sonrió con satisfacción. Ya estaba todo perfectamente en su sitio y a punto para dar la hostia que, además de contribuir a la liberación de los vascos, también, sin duda, iba a darle el prestigio de un auténtico líder. Sólo quedaba un pequeño detalle por determinar. Cómo, quién y a qué distancia había que activar el emisor electrónico que detonase las cargas. Cómo y a qué distancia, aún no lo había determinado. Pero quién lo haría, sí que estaba decidido. Sería él mismo quien estaría en el frente de combate para apretar el mando a distancia. Otra vez le vino la imagen de Argala.
Capítulo 16. EL VUELO Pello Mitarra; mientras se tiraba a la piscina, es decir, mientras descendía el Ezkaurre camino de Isaba a coger el coche que había dejado bien aparcado el día anterior en un parkin del pueblo, y con el que pensaba realizar el viaje a Donosti en busca del conocimiento perdido; iba dándole vueltas a sus desconcertantes experiencias montañeras. Recordó que todo era debido a la actitud del fanático de Retama y al demencial plan que suponía el magnicidio de la familia real y demás representante políticos y militares. Sin proponérselo y sin saber por qué, su mente se trasladó a una cafetería de Madrid, en donde debía esperar a un contacto que venía desde Iparralde para preparar otro magnicidio. Para el joven y romántico Pello, ésta fue su primera cita con un liberado de la organización. La cita era a las 8 de la tarde. Hacía mucho frío y el local estaba con bastantes personas. Pello llegó con 10 minutos de adelanto y se apoyó en la barra, dejando sobre ella el libro “La Guerra y La Paz” de León Tolstoi, con la portada del libro bien a la vista como señal identificativa. Esperó durante más de media hora y pensó tal como le indicaba la nota recibida, que si para las 8 y media no se establecía el contacto, tendría que marcharse para volver al día siguiente al mismo local y a la misma hora. Fue en ese momento cuando Argala le abordó por detrás. Pello no lo conocía, pero le pareció que su contacto era una persona muy seria y muy delgada. Supuso que tenía que haber llegado antes que él, porque no le había visto entrar por la puerta que en ningún momento había dejado de vigilar. Siguieron paseando juntos por la Gran Vía, camino de la plaza España, y Pello pensó que su compañero tenía razón. Pello, cuando tenía 15 años, en los recreos en el patio del colegio de Pamplona, no fumaba en los urinarios como el resto de los colegiales que les gustaba el tabaco. Se ponía por el centro del patio, tapado por sus compañeros que jugaban al fútbol, y aparentando que estaba jugando con los demás, se fumaba el cigarrillo de los recreos al aire libre de las miasmas olorosas de los urinarios. Argala entró en materia, a la vez que se arreglaba la bufanda granate del cuello para protegerse del helado viento madrileño del primer mes del año de gracia de 1973. Pero antes le dio otro consejo. A continuación le preguntó si tenía copia o si se acordaba de las direcciones enviadas a la organización. Pello le respondió que ni lo uno ni lo otro. —Bien chaval —, le dijo Argala, — ahora escúchame con atención. Cuando me haga falta reunirme contigo, te llamaré por teléfono a casa a las 10 y media de la noche, a la vuelta de tus correrías amorosas — guiñándole un ojo, prosiguió con las instrucciones — y cuando te llame, diré siempre que soy Manuel, un ficticio compañero de la facultad de arquitectura, y quedaremos para vernos al día siguiente en el bar de la escuela. Pero ahí nunca nos veremos. La llamada de Manuel supone que al día siguiente nos encontraremos, a las 7 de la tarde, por la planta baja del Corte Inglés de Callao. Ya te buscaré yo. Tú tranquilo y aparenta que quieres comprar algo. Si no aparezco, vuelve al día siguiente. Nunca me esperes más de 20 minutos. ¡Ah¡ y deja ya de enviar direcciones a Tolosa. Le pidió su teléfono y tras un agur dicho casi imperceptiblemente, se separaron cerca de la estatua de Don Quijote, en medio de la plaza que a esas horas no estaba nada concurrida. Una vez más, le impresionó a Pello el cuidado y profesionalidad que demostraba su flaco camarada. Cuando Pello inició el camino de vuelta, comprobó que si hubieran sido seguidos, dificilmente sus perseguidores hubiesen pasado desapercibidos en aquella explanada. Antes de cruzar hacia la Gran Vía, le pareció distinguir que una persona alta y delgada con una bufanda granate, entraba en un coche que le esperaba aparcado con el motor en marcha. A continuación, arrancó el vehículo y se dirigió hacia el puente de Segovia. Argala le llamó 5 ó 6 veces en los casi 12 meses que estuvo el comando Txikia en Madrid, planificando la acción de Carrero. Casi siempre fue para que les esperase con su coche en algún lugar de Madrid. Aparecía Manuel con un compañero más bajo que él, al que una vez oyó que le llamaban Inglesa, les llevaba a donde le decían, y después volvían a separarse. Las manecillas del reloj de Pello marcaban las 9 y media pasadas, cuando un seat 124 aparcó detrás del suyo, y sus cuatro ocupantes, tras descender de su automóvil, se metieron en su simca 1200. “Todo bien chico”, le dijo Manuel, y a continuación le mandó arrancar el coche. Les llevó a otro punto de Madrid, cercano al mercado de abastos de la ciudad, donde se despidieron. Al volver a la casa de sus tías, después de dejar al comando Txikia, sobre las 11 y media de la mañana, Pello se enteró por la radio, que esa misma mañana, dos horas antes, el almirante Carrero Blanco y presidente del Gobierno Español, había sufrido un atentado con explosivos que acabó con su vida y en consecuencia, con la vida del previsible sucesor de Franco, adelantando de esta forma, en más de 10 años, la transición hacia la democracia. Varios meses más tarde, le comentó Argala, en un pisito de Biarritz, que el éxito de la Operación Ogro consistió sobre todo en el perfecto camuflaje que tenían los dos activistas encargados de pulsar el botón que activaba, a través de un sencillo cable eléctrico, los detonadores de las cargas. Lo de Carrero contribuyó a acelerar la evolución hacia la democracia. Lo de Retama era una acción para conseguir la involución y aumentar, de esta forma, la represión al pueblo vasco. Se dio cuenta de otro aspecto del que no se había percatado hasta ese momento. No sólo no estaba a favor de la lucha armada actual por ineficaz y contraproducente, sino que, además, se había dado cuenta que, asimismo, el objetivo de la acción de Retama era claramente reaccionario y opuesto a los objetivos que se había marcado la organización en sus principios. Con esta acción, se iba a poner en peligro las libertades democráticas conseguidas hasta ahora, tanto a nivel del Estado como a nivel de Euskadi. Y eso, siempre es retroceder políticamente, y, además, es una gran putada para el pueblo. Pello sintió y luego comprendió que el objetivo involucionista que perseguía Retama, aunque hace años él también lo hubiese apoyado, ahora lo veía como una estrategia totalmente inhumana, carente de cualquier consideración lógica y del más mínimo atisbo de generosidad, de tolerancia o de compasión; no sólo hacia las víctimas del atentado, sino sobre todo hacia la sociedad que tanto decían querer defender.
Capítulo 17. LA COBERTURA El lunes 8 de junio, Patxi Retama acabó bastante preocupado y cansado de devanarse los sesos para encontrar una buena cobertura que le permitiese acercarse sin riesgo al objetivo real. Él también sabía que era fundamental para la operación que el camuflaje que utilizase fuese lo más seguro posible. Cansado y con sueño, se fue a dormir. Quedaban pocos días para la acción y tenía que ocurrírsele algún plan. Se durmió dándole vueltas al asunto. Le gustaba quedarse un rato en la cama por las mañanas al despertarse, mientras escuchaba las noticias y los coloquios que casi todas las emisoras de radio españolas tenían en su programación. Era una forma de conocer el pulso político y social de España. Al despertarse al día siguiente, sintonizó la radio en una de las cadenas radiofónicas más oídas. Estaba hablando el ministro de asuntos exteriores del Gobierno español. Cuando Retama estaba a punto de cambiar de emisora, escuchó el nombre de Chirvan. Apagó la radio y dejó de escuchar el interminable discurso sobre la confraternización de los “países” ricos con los pobres, la cual consistía y se concretaba en un mero gesto simbólico de hermandad hispano-árabe, a pesar de la contundencia que ponía el político de turno cada vez que pronunciaba la palabra “países”. Sin embargo, la mente relajada de Retama después de más de ocho horas de bien dormir, funcionó con rapidez. Recordó que tenía un contacto con un ex-agente del KGB, al que conoció 6 años atrás en Praga, cuando era el responsable de relaciones internacionales de la organización; y también le vino a la memoria que tan bien le funcionaba, que, en la actualidad, el ex-KGB desempeñaba un cargo importante en la embajada de la república de Chirvan en Suiza. Hacía poco que la región caucásica de Chirvan había logrado la independencia y se había constituido como república. Retama trazó mentalmente toda la estrategia que le permitiría fabricar una cobertura absolutamente segura y eficaz. Se vio a sí mismo con el camuflaje perfecto que suponía el vestirse con la ropa y el tocado característico de los árabes. Se imaginó paseándose tranquilamente por la zona de la celebración del acto patriótico, con una túnica blanca festoneada de ribetes dorados y negros que hacía juego con un elegante turbante negro. La túnica tendría unos amplios bolsillos que le permitiesen ocultar la pipa y el mando a distancia que electrónicamente pondría en actividad a los detonadores de las cargas explosivas. Decidió que tenía que irse inmediatamente a Suiza para establecer contacto con el ex- agente de la KGB y ahora funcionario de la embajada en el País Helvético. Apartó el edredón y saltó fuera de la cama. Se lavó, se preparó y se vistió con una rapidez poco habitual para lo que normalmente le llevaba casi una hora. Llamó por teléfono a un colaborador para que se presentase lo antes posible con un coche potente, y escribió una nota a Txentxo. Retama estaba preparando la bolsa de viaje cuando entró Txentxo en la casa con el brazo derecho sujeto por un pañuelo que le colgaba del cuello. Retama se cagó en Dios por lo bajo, pero decidió hablarle con amabilidad para que no se revirase ahora que se tenía que marchar para Berna. Capítulo 18. LA GULA En la venta de Arrako, Pello, después de casi tres días de no comer mucho, hizo por fin una comida con fundamento. Cuando estaba en plena acción, no le importaba olvidarse de la comida seria y quitaba el hambre a base de bocadillos o frutos secos, tal como lo había hecho durante los últimos días. Pero cuando tenía oportunidad, también le gustaba regalarse con lo más selecto de la gastronomía vasca. Aunque también disfrutaba con la cocina francesa y con la gallega y con la castellana y con la mediterránea. En fin, que le gustaban todas las buenas cocinas donde se mimasen los alimentos. Su abuelo solía contarle que, según las antiguas crónicas del reino de Nabarra que algunos dicen que se remontan al siglo IX en el que Iñigo Aritza fue elegido por las juntas de vecinos como primer rey de Pamplona, los antiguos vascones comenzaban la jornada con una buena comida, a media mañana se daban otro buen almuerzo, al mediodía se regalaban como si no hubiesen comido nada en toda la mañana, a media tarde volvían a repetir la faena, y acababan la jornada con la comida más importante y cuantiosa de todo el día. Algunas malas lenguas, que los cronistas atribuían a la envidia de los visigodos y de los francos, decían que también se levantaban del lecho a media noche para seguir comiendo todo lo que pillaban por la sukaldea de fuego bajo. También recordó que una vez había leído en un libro de la biblioteca de casa, que después de las comidas, a los nabarros les gustaba cantar y bailar. Los árabes, que en algunas temporadas se relacionaron amigablemente con los habitantes del norte del Ebro, se quedaron gratamente prendados de las cantarinas mujeres rubias que poblaban los valles y llanuras nabarras. Muchas de ellas fueron a parar a los harenes de los jerifaltes de Córdoba y Granada, contribuyendo con sus zortzikos a desarrollar el cante hondo y el flamenco. Debían de ser ciertas las cualidades bailarinas de los vascos, porque el gran Voltaire dijo una vez que lo único que sabía de los vascos es que son un pueblo que brinca y canta sobre las peñas de los Pirineos con inusitado vigor. Pello se comió dos mamias de postre, se tomó una copa de armagnac y se fumó un puro tipo farias. En la mesa de al lado, cuatro lugareños jugaban al mus. Las palabras euskaldunes empleadas por los jugadores, tales como enbidatu, txika, hordago y hamarreko, le recordaron una historieta que siempre contaba su madre a todo aquél que venía a casa a jugar al mus por primera vez. Se ponía muy seria mientras barajaba los naipes y con una voz retocada de cierta solemnidad, se dirigía al nuevo jugador, el cual casi siempre caía en los trucos y operaciones de diversión que empleaba la etxekoandre de Etxeber durante la partida, para decirle, mirándole directamente a los ojos, lo serio que es el mus. Apagó la colilla del puro en el cenicero de la mesa y se despidió de los muslaris. Pello pensó que ya era hora de continuar el viaje a Atharratze, donde cambiaría su apariencia de montañista francés por la de un serio pamplonica que le sirviese de cobertura en su viaje a Donostia, para ver si encontraba algo que explicase el contenido de la tablilla, tal como le dijo el viejo belagile. Salió de la venta y emprendió el viaje. Llegó a Tardets en menos de una hora. Le recibió el dueño de la casa que le servía de refugio en Zuberoa. Beñat saludó a Pello con mucho cariño. Siempre le traía alguna tonteria que le hacía mucha ilusión al viejo casero. Cuando estuvo el día anterior por la mañana para cambiar de coche y prepararse para la montaña, no se encontró con Beñat. Pero ahora sí, y Pello le entregó una caja de frutas escarchadas y otra de bombones de licor, y estuvieron un rato charlando amigablemente. Beñat le preguntó si deseaba cenar algo, a lo que Pello respondió que no. Estaba muy cansado y prefería meterse en la cama para dormir un montón de horas. A eso de las 8, se retiró al dormitorio. Después de dos noches de no dormir en condiciones, lo que más le apetecía era introducirse entre las sábanas de fino hilo que le esperaban en la cama. Había dormido un poco en el coche durante el trayecto de Lyon a Tardets. La noche siguiente la pasó en el agujero donde encontró la tablilla, y esta noche iba a dormir en una de las mejores camas del mundo. Así es la vida, pensó Pello, a la tercera va la vencida. Dos noches de mal dormir y una de placer onírico. Le pareció que la relación dos a uno estaba adecuadamente proporcionada y asimismo era también muy interesante. Se le ocurrió pensar que ¡qué chorradas me vienen a la mente! De todas formas, antes de acostarse, redactó dos cartitas para dos amigos. Una era para Jokin, un hombre de su confianza y viejo militante de la organización, aunque un poco apartado en la actualidad, que residía en Paris. La otra era para su amigo y compañero de armas, Santiago Arróspide, conocido por el sobrenombre de “Potros”. La carta para Jokin decía en francés: “Estimado socio y amigo. El número uno de nuestra sociedad está completamente desquiciado. Intenta realizar una operación descabellada y funesta al número uno de la competencia que tenemos en España para nuestros productos. No atiende a la realidad, ni a la realeza de nuestra empresa que tantas veces hemos comentado tú y yo. Urge que contactes con los principales accionistas y con todo aquél que pueda influir a nuestro número uno para que convoque inmediatamente un consejo de administración. Confío que no hayas olvidado tus dotes conspirativas, después de tantos años sin debates ni asambleas en el seno de nuestra cooperativa. Un saludo de Pierre Beaumont”. La nota de Jokin iría a un buzón de seguridad que sólo lo conocían los dos. La de Santi iría directamente a la carcel francesa donde estaba preso. A Mitarra le interesaba que la censura carcelaria se enterase de la movida política de la organización. Le ineresaba que saliese en la prensa la polémica sobre la posibilidad de una tregua. Pello Mitarra metió las cartas en sus respectivos sobres y se sumergió entre las sábanas de fino lino para dormir más de 10 horas de un tirón.
Capítulo 19. LOS AMIGOS Cuando se levantó a la mañana siguiente, Pello se encontró con un magnífico sol que evaporaba los restos del rocío nocturno y con un no menos magnífico desayuno que le había dejado preparado el amigo Beinat. Tenía de todo. Pan tostado, mantequilla, fiambres, queso, nueces, fruta, bacalao en ensalada, sidra y leche caliente. También había un par de botellas de vino a la vista. Comió de casi todo con mucho apetito y después de liar un porro de marihuana, salió a saludar a Begnat que ya llevaba más de dos horas levantado y trabajando en el huerto de hortalizas con una azada. —Egunon Beñat. Zer moduz?— Charlaron un ratito sobre los productos de la huerta que estaba trabajando el viejo, y Pello a continuación se retiró al interior del caserío para preparar su nuevo camuflaje. Se despidió del buen hombre propietario de la casa con un comentario insustancial. — Bueno Beñat, voy a ver si encuentro cobijo junto a un gran arbol que me dé buenas nueces. Agur eta eskerrikasko, Beñato. A continuación le dio los dos sobres para que sin falta los llevase esa misma mañana a la oficina de correos. Salió en dirección a Baiona con la intención de parar en St. Jean Pied de Port o, si se prefiere, en Donibane Garazi. Al entrar en Donibane Garazi, aparcó el coche en la pequeña explanada que está enfrente de la muralla. Dio un largo paseo por las estrechas calles de la parte vieja de la villa, y cuando le entró el apetito, se dirigió hacia el Arranbide. Dentro de unas pocas horas iba a pasar a la parte española de Euskal Herria, y pensó que por si acaso, no le vendría nada mal darse una buena y exquisita comida. Se quería despedir de Iparralde con una de las mejores cocinas del Estado francés. En la casa Arranbide, Petankas pidió que le sirvieran una lubina marinada a las finas hierbas de Provenza, presentada sobre un concienzudo lecho de cebolla pacientemente confitada o kipula mela-mela, y acompañada de una fresca salsa de tomate que apenas había pasado por el fuego. Después se comió un espléndido solomillo asado, rodeado de una salsa al vino tinto aromatizada con buenos trozos de gibelurdines. Bebió media botella de un Beaujolais de buen año. El gran arbol que se encuentra en la terracita del Arranbide, le había dado algo más que unas buenas nueces. La intención de Pello era ofrecerse a la organización para que ésta le aceptase como miembro liberado y poder así dedicarse en exclusiva a seguir los pasos de sus héroes del juicio de Burgos y también los de Manuel, su contacto en Madrid durante el año pasado. Al entrar en el apartamento de Biarritz para entrevistarse con algún responsable, se encontró con que el responsable que le recibió era Manuel. Argala se llevó una buena impresión de Pello cuando estuvo en Madrid preparando lo de Carrero Blanco, y cuando se enteró de que el joven espía de Madrid solicitaba una entrevista, se ofreció a atenderla. Pello fue aceptado como miembro liberado de la organización, lo cual le permitió moverse por Iparralde entre los compañeros refugiados. Pronto estableció una buena amistad con Santiago Arrozpide, pese a que casi siempre estaban discutiendo. Pello Mitarra no había llegado en un buen momento. ETA se partía en dos. El frente militar, al cual estaba incorporado, mantenía serias discrepancias estratégicas e ideológicas con la infraestructura política de la organización, constituida y controlada principalmente por miembros legales desde Euskadi Sur. Mitarra estaba posicionado con el frente militar y Santi se iba decantando por la otra postura. Santi le decía que no estaba en contra de la lucha armada, faltaría más. Y daba un golpe en la mesa para enfatizar su fe en la lucha armada. — Eso que dices es muy bonito y muy teórico, pero mantener una relación orgánica con la actividad política a desarrollar entre el pueblo, va a suponer un mayor riesgo para la seguridad del frente militar. Las caídas en una actividad van a afectar a la otra, y viceversa. Al ser todos de la misma organización, la represión se va a cebar en los militantes políticos, sindicalistas y agitadores de masas. Pero, además de la represión indiscriminada, hay otro factor: Las discusiones políticas y teóricas sobre la viabilidad o no de cualquier acción importante, en muchos casos, van a impedir su realización, porque se van a quemar con tanto hablar y con tanta gente que indiscretamente se va a ir de la lengua. Por último, la apertura de militantes que propugnáis los polimilis, va a facilitar la entrada de topos infiltrados. En conclusión, sí hace falta que el pueblo se articule en torno a alternativas y movimientos de masas de carácter abertzale y socialista, pero ésa no es nuestra función. Hay que separar las dos funciones. La organización está para golpear y debilitar al enemigo, y para garantizar, consolidar y defender los avances democráticos del pueblo y de los instrumentos políticos y organizativos con los que se dote. Pero cada uno por su lado y sin dependencias mutuas. Eso es todo, polimili, que eres un polimili. Mitarra tuvo, año y medio después, la primera noticia de su amigo Santi. En la primavera del 76 estaba destinado en Baigorri, a poquísimos kilómetros de la frontera con España. Una mañana de principios de abril, oyó por la radio que los 29 fugados del día anterior de la cárcel de Segovia, apoyados por un comando exterior de polimilis a las órdenes de Santiago Arrozpide, habían sido localizados y rodeados por las fuerzas de la Guardia Civil en las inmediaciones de Espinal y Valcarlos. Estaban a tiro de piedra de Baigorri. Sin consultar con nadie, Pello llamó a dos compañeros de su equipo de mugas y se presentó en la zona. Nunca había visto semejante despliegue de txakurras. Anduvo varias horas por las cañadas y bosques del Adartza, evitando las patrullas de guardias civiles. Se dio cuenta de que los fugados estaban desorientados. Unas veces pasaban a la parte francesa y después, sin saberlo, volvían a entrar a la española. Les había fallado el mugalari para pasar la línea divisoria entre Hegoalde e Iparralde, y el monte y la niebla les estaban poniendo los cuernos. Localizó un pequeño grupo de fugados que se encontraban a unos 500 mts. más abajo, y se dispuso a establecer contacto con ellos. Sin saber cómo, desde detrás de unas peñas, surgieron tres guardias provistos de fusiles ametralladores. Estaban a menos de 30 mts., y los dos tríos se miraron. Mitarra y sus dos compañeros, que también llevaban fusiles automáticos, los clásicos naranjeros Stern, pensaron que el enfrentamiento era inevitable, pero por si acaso, retrocedieron un poco sin dejarles de dar la cara. Los guardias civiles hicieron lo mismo y desaparecieron de su vista tras los peñascos. Mitarra comprendió que había sido detectada su presencia y antes de verse rodeado, tuvo que retirarse a la base de Baigorri. Su amigo Santi fue capturado a poca distancia suya, y después de ser brutalmente torturado, así como su compañera Izaskun que también estaba en el comando de apoyo a la fuga, entró en la cárcel para salir 14 meses después con la amnistía del 77. Poco después, junto con casi todos los Bereziak, Santi volvió a la ETA de Argala. Los recuerdos de sus aventuras por el Pirineo se fueron difuminando al tener que atender al camarero del Arranbide que le había presentado la cuenta. Pello pensó que, por lo menos, su madre nunca había dejado de ayudarle financieramente, gastando gran parte de la pequeña fortuna familiar en mandarle cuantiosas inyecciones económicas. Al salir de Donibane Garazi, rumbo al paso fronterizo de Behobia, camino de Donostia, recordó las palabras de Argala cuando le decían que la función de la violencia revolucionaria es garantizar, consolidar y defender los avances y conquistas democráticas del pueblo trabajador vasco y sus organizaciones abertzales y de clase. Pello pensó en Retama y volvió a reconocer el asombroso giro de 180º que había tomado la actual estrategia de la organización con respecto a la de Argala. Ya no se defendía a la sociedad, y eso le dolió. ¿Se estaría volviendo un sentimental? ¿Se le estaría abriendo el corazón, tal como le aconsejó el viejo belagile del Ezkaurre? La hora que tardó en recorrer la distancia que separa Donibane Garazi de Behobia, Pello la empleó en reflexionar sobre las contingencias que de repente surgen en la vida. Las circunstancias impactantes que realmente transforman la forma de pensar o ver la vida, son casi siempre imprevisibles. Le sorprendió la idea que le había enviado la mente. La repitió otra vez. Las circunstancias impactantes son casi siempre imprevisibles. ¿Por qué se está intentando durante toda una vida llevar un camino previamente establecido, y de repente pasa algo que te obliga a reflexionar, y te hace cambiar la orientación de tus creencias y la forma de entender la vida? Es como si todo el esfuerzo por amarrar un estilo de vida, no valiese para mucho. Al final ocurre algo ajeno a la persona, que de manera imprevisible es lo que realmente determina el tipo de vida. Su experiencia personal de realizar cambios sobre la marcha, no le estaba yendo tan mal, pero se imaginó que el impulso externo que obliga a cambiar la forma de ver la vida, no siempre sería algo agradable. ¿No sería, quizás, más natural dejar que la vida fluya por sí sola, en vez de pretender controlarla? Además, es más vivificante la incertidumbre y el riesgo que la cómoda seguridad de creer que ya está todo conseguido, o que ya no se puede más. Es lícito el conformarse cuando se cree que ya no se puede más, pero también es lícito el argumento contrario, es decir, el no rendirse nunca. Pello prosiguió con sus pequeñas disquisiciones filosóficas. El argumento contrario consiste en reafirmarse a uno mismo que el conformismo o el deseo de descansar, nunca me va a llegar porque siempre creo que aún se puede hacer más. Si se está convencido de que siempre se puede más, no hay opción para la rendición. La aceptación de esta afirmación y su puesta en práctica, consciente o inconscientemente, determina una actitud ante la vida que es completamente diferente a aquella que tiende a aceptar el “yo no puedo” o el “yo ya no puedo más”. Mitarra pensó que cada cual era como era. Mitarra conocía algunas personas que nunca se habían rendido, y también conocía a otros que se solían rendir con mucha frecuencia. Recordó a algunos que se habían rendido. También intentó recordar a los que nunca se habían rendido, pero eran muchos menos, porque, además de la comodidad y del “ya no puedo más”, había un tercer motivo para la rendición. No siempre todos los que claudican, continuó meditando, es por causa del cansancio o de la debilidad. También hay personas que hacen dejación de sus principios por interés personal y/o material, vendiendo su rendición al mejor postor. Este tercer motivo le pareció que era muy interesante para analizarlo en su justa dimensión. ¿Una gratificación material puede justificar la dejación de los principios ideológicos, morales o éticos que tiene cada conciencia del género humano? La respuesta era evidente. Eran muchas las personas que lo habían hecho sin ningún problema, al menos aparentemente. Es más, Pello tenía la sensación de que eran muchos más los que daban más importancia a lo externo que a lo interno, al tener que al ser. ¿Cómo sería una sociedad en la que todos sus componentes fuesen motivados únicamente por alicientes materiales y externos, y muchas veces hasta opuestos a la verdadera e intrínseca esencia de cada persona? No habría poetas, porque la poesía no da dinero; no habría sinceros, porque la verdad siempre es impopular; no habría valientes, porque el valor siempre implica riesgo; no habría conciencia, porque tener conciencia supone dejarse llevar por los sentimientos, por el romanticismo; y sobre todo, no habría inteligencia, porque el pensar significa analizar, y el egoísmo no soporta que se le analice. Pello comenzó a comprender la utilidad de las imprevisibles circunstancias impactantes que obligan a depender menos de lo material y de lo externo, y más de la propia conciencia y de los valores internos. Lo imprevisible tenía la función de aviso para los más espabilados, y la de severo correctivo para los menos avispados, es decir, para los que centran toda su vida en el poder personal, en el dinero o en la fama. Tal como supuso Pello, todas las casetas de control del paso fronterizo de Behobie se encontraban cerradas y no había ningún tipo de vigilancia. De todas formas, si hubiera habido algún aduanero que le hubiese pedido la documentación, tenía cobertura de ciudadano francés que circulaba con un coche debidamente documentado a su nombre y matriculado en Baiona. Aunque nunca se sabía. Hacía unos años que un militante, el cual, además de ser una excelente persona, conocía perfectamente el idioma alemán, había caído en un control rutinario de carretera, porque al entregar el pasaporte alemán al guardia del control, éste le preguntó de qué coño de país era. El falso alemán le contestó una grosería en alemán, que el guardia pensó que era en euskara. Le volvió a hacer la pregunta y el liberado con apariencia de turista teutón, también le volvió a contestar en alemán. El guardia, indignado y dolido por la falta de consideración a su idioma castellano que demostraba el vasco ese de los cojones, le llevó detenido al cuartelillo. Allí descubrieron que el turista que hablaba en alemán y no en vasco, tal como había supuesto el guardia civil del control, en realidad era un liberado de la organización muy buscado por todas las fuerzas de seguridad del estado. Entró en Donostia, o en la Bella Easo, o en el marco incomparable de San Sebastián, sobre las siete de la tarde. El autobús le dejó cerca de la Parte Vieja. Se encontraba totalmente desorientado sin saber por dónde comenzar a buscar. Supuso que ésa sería la sensación que tuvieron los fugados de Segovia cuando andaban perdidos por el Adartza. No tenía ninguna idea de cómo iniciar la búsqueda. Sólo había seguido un absurdo consejo de un viejo chiflado con pintas de brujo barato. Así que, ya que últimamente se movía más por sensaciones instintivas que por impulsos racionales, decidió dejar pasar el tiempo y esperar cualquier cosa que le pudiese indicar el camino a seguir. Se internó por la Parte Vieja. El ambiente de cuadrillas de txikiteros y de comedores de delicias atravesadas por un palillo, que observó por los bares, le envolvió rápidamente y le animó a sumarse a la fiesta. Tomó 2 ó 3 txikitos, mientras observaba la actitud de los parroquianos e intentaba oír alguna que otra conversación. No había tensión, ni miedo, ni ningún síntoma que denotase la sensación de sentirse oprimidos por el sistema español y la colaboración cipaya de algunos pocos vascos. Ni tampoco la contraria, claro. La gente parecía muy feliz y en todos los bares se oía el ruido de muchas voces hablando a la vez. Tampoco había miedo a que te escuchase el de al lado. Estando en estas consideraciones de turista observador y cotilla, se acordó de que en el Portaletas o en Casa Tiburcio, había unas riquísimas cazuelitas de callos. Le entró el apetito y decidió entrar en el primero de los dos bares que encontrase a mano. Al entrar en el Portaletas, se sentó en una mesa que estaba al fondo del local y pidió una ración. Se apoderó de un periódico que estaba por ahí y, sin perder de vista la puerta de entrada al bar, comenzó a ojearlo. En el momento que le servían la cazuelita, su vista se posó en la foto de una mujer bastante guapa. El texto que acompañaba a la foto, decía que la señorita Arantza Urdanpilleta, profesora de filosofía y especialista en textos de antiguas lenguas indoeuropeas, daba, esa misma tarde, una conferencia sobre un tema que se titulaba “Dioses y fuerzas vitales de la cosmogonía hindú”. Se sentó al fondo de la sala e intentó seguir el contenido de la conferencia. Al poco tiempo, ante la imposibilidad de entender la terminología y el sentido de las palabras de la señorita Urdanpilleta, optó por desentenderse y dejó vagar su mente. Hacía algo más de tres años que no cruzaba la muga que separa el Estado Francés del Español. Conocía alguna dirección de simpatizantes de la organización que residían en la capital guipuzcoana, pero no podía recurrir a la infraestructura de la organización, por temor a que Retama les hubiese mandado algún aviso sobre su persona. La opción era evidente. Después de hablar con la señorita cosmogónica, se presentaría en el domicilio de un matrimonio de bastante edad que residía en el barrio de Gros. Mitarra sabía que ese piso no era conocido por la organización, y, asimismo, todas las veces que había acudido al piso de Gros, había sido siempre bien acogido. La mujer, que era natural de Ondarroa, mitad vizcaina y mitad guipuzcoana, hablaba mucho y era muy simpática. Casi siempre había pescado para comer o cenar, y le hacía mucha gracia cómo denominaba la cocinera a la merluza frita. Arantza llevaba varios años practicando técnicas espirituales orientales de crecimiento personal, y pensaba que la mejor actitud para discurrir por la vida era aceptar todo lo que su karma había dispuesto para ella. Ultimamente estaba comenzando a plantearse que también el esfuerzo personal y racional era un método muy eficaz para lograr y conseguir del karma, únicamente, aquellos aspectos buenos que hubiese dispuesto para ella la ley. Era como si para merecerse lo bueno, hiciera falta primero esforzarse en ello, al mismo tiempo que se aceptaba tanto lo bueno como lo malo. Como dirían los cristianos, había que aceptar la voluntad de Dios, pero estando siempre abierta a toda experiencia nueva que Arantza no dudaba que fuese positiva, porque llevaba tiempo intentando, con más o menos fortuna, erradicar cualquier pensamiento negativo. Se repetía constantemente que una actitud negativa, sólo trae cosas negativas. En cambio, una actitud positiva, por una especie de vibración afín, sólo traía agradables sorpresas.
Capítulo 21. EL CAUCASO Pello y Arantza se sentaron en una mesa del local, desde la cual Mitarra podía observar la puerta de acceso. Arantza pidió un té. El instinto de Pello le hizo ver que podía decepcionar a la señorita Urdanpilleta si pedía algo con alcohol, así que se decidió por una tónica. Sacó un cigarro y se lo ofreció a su acompañante. Ante su negativa a aceptarlo, le pidió permiso para encenderlo. Arantza contestó que aunque era muy, muy, muy contraria al tabaco, no era nadie para prohibir algo a los demás. —Si desea fumar puede hacerlo —. Pello se disculpó y dejó el cigarrillo sobre la mesa junto a las cerillas y el paquete de tabaco negro, dando por zanjado el tema del fumar. — Señorita Urdanpilleta, si me he atrevido a molestarla es porque me han dado muy buenas referencias de usted en un círculo de aficionados a la arqueología, al que suelo acudir alguna vez en mis ratos libres. Arantza comentó con un casi imperceptible aire de satisfacción, algo referente a que no se consideraba experta en nada. Cogió el papel que le ofreció Pello y comenzó a estudiarlo. Ciertamente, sus conocimientos no eran muy amplios, pero sí lo suficientes como para distinguir las diversas épocas y grupos étnicos a los que pudiesen pertenecer los jeroglíficos de los textos de caracteres neolíticos. A simple vista, le pareció que la escritura se correspondía con otras que se habían encontrado en la zona del Cáucaso. Pero el tipo de inscripciones que aparecían fotocopiados en la hoja de papel, no eran linealmente exactas con lo que ella había visto antes. Por la forma de algunos caracteres, dedujo que el texto que tenía entre las manos, podía ser anterior en antigüedad a todo lo que ella conocía. Quizás fuese de principios del neolítico, o acaso de finales del paleolítico, lo cual convertía al texto en una auténtica joya arqueológica de indudable valor. La teoría de Arantza sobre las lenguas indoeuropeas era que todo comenzó con el lenguaje de los Vedas, supuestamente a finales del paleolítico. Después, a principios del neolítico, la lengua de los vedas se transformó en el sánscrito que conoció Krisnha y del cual han surgido las lenguas del tronco indoeuropeo preario. Estas lenguas se esparcieron, desde la cuenca del sagrado río Ganges, por el resto del continente asiático europeo, asentándose alguna derivación de ellas en el Caucaso. La conclusión que sacó, respecto al texto presentado por el señor Astrain, era que tenía la impresión de que parecía escrito con caracteres anteriores a la época del sánscrito. Quizás fuese uno de los poquísimos textos originales escritos en el idioma del paleolítico y supuestamente, el idioma raíz de todas las lenguas de Europa y parte de Asia. Podía tener en las manos un mensaje de los vedas y de ser así, el hallazgo de Pedro Astrain tenía un valor incalculable. No le comentó nada a Pello y le hizo dos preguntas: Pello se lo había jugado todo a una carta. Supuso que una niña rica de la Avenida, no acostumbraría a viajar en tren y, por consiguiente, no estaría al tanto de los horarios de las llegadas y salidas. Él tampoco los sabía. Esperó la reacción de Arantza y comprobó que había entrado al trapo. Arantza con cierta preocupación, contestó al señor Astrain. Arantza, sin soltar el texto, le insistió en que le hacía falta un poco más de tiempo, y que estaba muy intrigada por el origen y contenido de la inscripción. Vio clarísimo que si dejaba escapar esta oportunidad, igual no se merecería que se le volviese a presentar. Sólo le quedaba una salida. Respiró hondo y con un poco de nerviosismo, le dijo al señor Astrain. El señor Astrain agradeció la amabilidad de la señorita Urdanpilleta y dio a entender que no quería molestar ni a sus padres ni a ella, pero después de un pequeño tira y afloja, acabó accediendo a la petición de la, presumiblemente, neska zaharra de la distinguida Avenida de San Sebastián y cosmogónica profesora de universidad.
Capítulo 22. LA CONSPIRACIÓN Al día siguiente, Patxi Retama se despertaba un poco tarde en un dormitorio de un piso de la ciudad de Berna, el cual pertenecía a un simpatizante de la organización. Había llegado el día anterior a la capital suiza. Nada más llegar, después de pasar por la vivienda del simpatizante, se fue a un restaurante desde donde se puso en contacto con la embajada de Chirvan. El recepcionista que le atendió por teléfono, le dijo que el señor Yussuf no se encontraba en ese momento en la embajada, pero que sin ninguna duda, estaría al día siguiente. Así que al día siguiente Retama salió a la calle sobre las 10 de la mañana, y volvió al restaurante de la tarde anterior. Pidió un desayuno completo y se dirigió a la cabina del teléfono del local. El mismo recepcionista de la embajada le comunicó que el agregado cultural, señor Abrahim Yussuf, sí se encontraba en su despacho, y que lo mejor era que se presentase personalmente en la embajada si quería ser recibido por él. Retama dio buena cuenta del desayuno y se fue para la embajada. El funcionario de la entrada de la embajada le hizo rellenar un extenso formulario que precisaba con exactitud cuál era el motivo por el que deseaba entrevistarse con el agregado cultural. Había muchísimas preguntas, lo cual obligó a Retama a emplearse a fondo para cumplimentar reglamentariamente los diversos y abundantes apartados que componían la complicada encuesta. Le costó casi una hora el tiempo que dedicó en rellenar el formulario, y al final escribió una contraseña en clave, establecida hace tiempo en Praga, la cual le permitió identificarse ante su contacto, mitad ex agente de la KGB y mitad responsable de seguridad de la embajada con cobertura de agregado cultural. Dos horas más tarde, el funcionario le llamó para decirle que el señor Abrahim Yussuf, agregado cultural de la embajada de la república caucásica e islámica de Chirvan, “tiene la grandísima felicidad de disfrutar del placer de recibirle inmediatamente”. Retama subió las escaleras alfombradas por exquisitos tapices, pensando que menos mal que por lo menos había tenido la precaución de darse un buen desayuno. Otra magnífica alfombra repleta de grabados florales y de paisajes nevados, ocupaba gran parte del suelo del amplio despacho del señor Yussuf. Una gran mesa de cara madera oscura servía de realce a la persona enjoyada que se sentaba tras ella con una radiante sonrisa. Yussuf le escuchó con atención, mientras se acariciaba una gruesa cadena de oro que llevaba al cuello, con una mano en la que destacaban los anillos, también de oro, que portaban los tres dedos del centro. Un poco más abajo, a la altura de la muñeca, relucía una gruesa pulsera de oro. Le gustaba la sensación que producía llevar tanto oro sobre el cuerpo. Cadena, anillos, gemelos, brazaletes y un pesado rolex de oro, le hacían sentirse mucho más seguro al humilde y servicial funcionario de Chirvan. Por una parte, su ideología integrista y fanáticamente fundamentalista, le impulsaba a llevar la guerra santa revolucionaria y religiosa a toda Europa. Era la revancha de tantos siglos de dependencia y humillación a manos, o bajo los pies, de occidente; pero además de la revancha, era también un objetivo sagrado y político a conseguir, ya que todo aquello que contribuyese al debilitamiento de las potencias europeas, suponía el fortalecimiento de uno de sus objetivos más seculares. Por otra parte, su pertenencia a la orden secreta de la “Luz del Ocaso”, era un motivo más para tomar en consideración la propuesta de Retama. Con la misma piedra podía derribar dos pájaros. A la vez de golpear a Europa, también se podría acabar con el maldito pueblo vasco de Aitor. Yussuf había comprendido que la represión y medidas políticas que se originarían tras el atentado, aniquilarían cualquier vestigio de vasquismo y sobre todo, sería el golpe de gracia a la antigua ley de Aitor que proclamaba que todos los seres son señores y dueños de su propia existencia, con unos derechos que como hijos del Sol, nadie les podía arrebatar. Todo comenzó algo más de 10.000 años atrás, cuando el pueblo formado por los supervivientes de la Atlántida se fragmentó en dos comunidades bien diferenciadas, después de permanecer en las montañas del Cáucaso durante casi dos milenios. Una de ellas, que era conocida como la de los eguskos por su adoración al Sol o Eguzkia, conservó las antiguas enseñanzas de los atlantes que decían que todos los humanos son hijos de Dios, y, por consiguiente, son todos iguales en dignidad y gobierno. La otra, que estaba controlada por los sacerdotes y brujos de la jerarquía religiosa institucionalizada 1.000 años atrás, mantenía que la autoridad no la podían detentar todas las personas, y que sólo podía y debía recaer en los elegidos por los dioses y por las estrellas, y en aquellas personas sabias que fuesen nombradas por los sacerdotes para aceptar y respetar el orden jerárquico que se observa en toda la naturaleza, tanto en la terrenal como en la celestial. La catástrofe y posterior desaparición bajo las aguas del océano de su originario continente, como consecuencia del caos y del desorden anárquico que produjo la concepción igualitaria de los primitivos atlantes, fue el argumento de peso que esgrimieron los sacerdotes contra sus opositores adoradores del Sol y de las libertades individuales. En pleno enfrentamiento de ideas, hubo un gran diluvio que dio la razón a los sacerdotes. Al bajar las aguas que cubrían los valles del Cáucaso, fueron descendiendo los supervivientes, desde las cumbres del Ararat y otros montes, para comenzar a organizarse de nuevo. A partir de este momento, el enfrentamiento, no ya sólo ideológico, fue total. Una parte de los que consideraban que todos eran jaun eta jabeak, con sus cruces solares y sus discos de cuatro cabezas en espiral giratoria, tuvieron que abandonar las montañas y los valles del Cáucaso para dirigirse hacia la puesta del Sol y buscar un lugar apropiado donde conservar sus leyes y su lengua que venía directamente de los primitivos señores solares que habitaron la Atlántida. Otra parte, en vez de tirar para occidente, se dirigió hacia oriente y se establecieron a lo largo de las llanuras asiáticas. Ambos grupos expedicionarios llamaban también Egiazkoa al Sol, que en su idioma significaba “El de Verdad”, y para expresar que algo era mentira, utilizaban la palabra gezurre, que ellos lo entendían y lo concebían bajo la imagen oratoria de “El insípido Oro”. Los que no emigraron, adoptaron la filosofía y religión de los sacerdotes, lo cual supuso la ordenación natural y jerárquica de la sociedad en diversas clases funcionales. Fue en esta época cuando los brujos se constituyeron en sociedad secreta para combatir, hasta el final de los tiempos, si así fuese preciso, las costumbres y las peligrosas leyes igualitarias de los hijos de Aitor, estuviesen donde estuviesen. Abrahim Yussuf pensó que el objetivo secular de su orden, volvía a estar al alcance de la historia y también, por qué no, de su mano. Mirando fijamente a Retama, le dijo que tenía que consultar con sus superiores para que decidiesen la viabilidad o no de la operación. Ya le convocaría cuando tuviese noticias al respecto. También le dijo que esperaba que fuesen plenamente satisfactorias. Se despidieron con un “vive la revolutión”.
Capítulo 23. LOS LIBERALES Y LOS CARLISTAS Ese mismo día, también Pello se despertó un poco tarde. Las manecillas de su reloj marcaban algo más de las 9 de la mañana. Al principio le costó un poco averiguar en dónde estaba y por qué había dormido en una habitación tan coqueta. Al instante recordó a la señorita Urdanpilleta y el plan que tan bien le había salido. La claridad que penetraba por la ventana del dormitorio, hacía de la habitación una estancia más alegre de lo que le pareció la noche anterior al entrar en ella. Se vistió y salió al pasillo. Recorrió el piso y comprobó que no había nadie. Sobre la mesa de la sala, al lado de una gran cacerola de porcelana, encontró una nota de Arantza. Decía: “Señor Astrain. He salido para la universidad a consultar mis notas sobre textos indoeuropeos. Si desea desayunar, en la cocina encontrará algunas cosas. Soy vegetariana y sólo tengo frutas y verduras. Le espero a la 1 y media en la cafetería de ayer. Confío en traerle alguna novedad. Deséeme mucha - mucha suerte”. Había buenos muebles y grandes cuadros que daban a entender que los Urdanpilleta pertenecían a la típica clase media donostiarra, tirando a alta. Al entrar en casa, la noche anterior y justo en el momento en que se dirigían cada uno a su respectivo dormitorio, Arantza le comentó que su padre, ex directivo del Banco Guipuzcoano y de la Real Sociedad de Fútbol, estaba jubilado y que pasaba, junto con su madre, gran parte del año en una casona ubicada en pleno Baztan. A continuación le mostró el dormitorio y el cuarto de baño, y sin mirarse a la cara, se dieron las buenas noches en castellano. Le hizo gracia que un activista de la organización hubiese encontrado como refugio un piso tan español y, por lo tanto, de tan absoluta seguridad. Irónicamente y con cierta sorna, mentalmente le salió un viva España. En efecto, los Urdanpilleta descendían de lo más selecto del liberalismo de San Sebastián. Un bisabuelo del padre de Arantza fue concejal del ayuntamiento donostiarra que, a principios de 1830, estaba mayoritariamente posicionado a favor de la causa de Isabel, hija de Fernando VII, y en contra del régimen foral de la provincia de Gipuzkoa. El concejal Urdanpilleta era un furibundo y apasionado seguidor de las teorías progresistas que venían como una corriente imparable desde la vecina república francesa, liberada del absolutismo monárquico, tras la revolución burguesa de últimos del siglo anterior. El señor Urdanpilleta, así como la mayoría de la población donostiarra, cuando se produjo el alzamiento carlista de 1833 a favor de los derechos al trono del hermano de Fernando VII, el aspirante Carlos, y en detrimento de los de Isabel; pese a ser contrario a los sistemas monárquicos, se posicionó a favor de los derechos de la infanta, porque le pareció que suponían y representaban a una monarquía más liberal que la que representaba los derechos del absolutista Carlos. Además, también pensaba que el sistema de gobierno de la provincia debía de recaer más en la capital y depender menos de las asambleas de vecinos de los pueblos que, al amparo del antiguo sistema de gobierno de los vascos, configuraban una especie de república federal provincial. Así que las intenciones abolicionistas con respecto a los fueros de las cuatro regiones vasco españolas que animaban a los liberales isabelinos, fue un argumento más para posicionarse en contra de los carlistas vascos que pretendían como rey a un representante de la decadencia más absolutista y más antidemocrática, sólo porque el pretendiente al trono de España les había prometido seguir respetando su vieja ley. Al señor Urdanpilleta no le supuso muchos quebraderos de cabeza el superar la aparente contradicción de estar a favor de un sistema republicano para el incipiente estado español, o por lo menos a favor de una monarquía teóricamente constitucional, y a la vez, no desear ni interesarle la democracia directa que había desde siempre en su provincia. Al fin y al cabo, una cosa era una pequeña república provincial, dirigida principalmente por aldeanos altivos y orgullosos, y otra cosa era la formación de un estado español, económicamente fuerte y dirigido por la burguesía, que fuese capaz de modernizar las antiguas estructuras sociales y políticas de una de las monarquías más oscurantistas de Europa. En ese año fueron abolidos los privilegios ciudadanos que los vascos tenían con respecto a su rey, desde la época de las primeras monarquías castellanas. Pero porque todo tiene su cara y su cruz, el afán excesivamente comercial de la burguesía liberal vasca, tuvo otros efectos que a la larga le ocasionaron más de algún disgusto. Por una parte se crearon las bases imprescindibles para la irrupción del Nacionalismo Vasco. Por otra, se crearon las condiciones objetivas para el desarrollo del Socialismo Vasco. Pero, en aquella época, la incipiente burguesía no era consciente, ni se podía imaginar las consecuencias de sus actos. Todavía no había aprendido que quien siembra vientos, siempre recoge tempestades. Y todavía, tampoco, el Nacionalismo y el Socialismo Vasco habían aprendido que es mejor converger hacia el vértice de la V, en lugar de tender a separarse a través de las dos líneas divergentes hasta el infinito. Al fin y al cabo, ambos son hijos del mismo padre, y por perogrulla consecuencia, y, por consiguiente, también son hermanos. El hijo del concejal Urdanpilleta y abuelo del padre de Arantza, fue un fiel seguidor de la ideología de su padre y también, como su nieto, fue directivo de un banco. Con la abolición definitiva de los fueros, se sintió integrado con pleno derecho en un estado nacional que sobrepasaba los estrechos límites de su aldeana provincia, y así fue cómo decidió que era más progresista pertenecer a una nación que tuviera mejores perspectivas de futuro, al menos desde un punto de vista meramente económico. Intentaron realizar la revolución burguesa a la manera de la vecina Francia, pero sin que llegase la sangre al río. La única sangre que corrió fue la de los vascos, carlistas y liberales, y la modernización de la monarquía española no se produjo hasta un siglo después. Durante el siglo de espera, la mayoría de los liberales de San Sebastián se olvidaron del euskera.
Capítulo 24. MUCHO PERO MUY Arantza le recibió con una agradable sonrisa. Se sentaron a una mesa y pidieron unos bocadillos vegetales para comer. Cuando Arantza comenzaba a darle el parte de sus actividades investigadoras de temas tan herméticos para Pello, Mitarra se fijó en un hombre de unos 40 años, un poco fondón y sin alegría en sus movimientos, que le estaba observando desde la barra de la cafetería. Mitarra le miró directamente a los ojos y el cliente soso de la barra mantuvo un rato la mirada para retirarla a continuación con una expresión que parecía ser de timidez. A Mitarra no le pareció que el cliente soso tuviese pintas de hombre de acción y decidió olvidarse de él. Arantza le estaba contando que no había podido averiguar gran cosa, cuando el cliente de la barra, al salir del local, pasó al lado de la mesa y le miró otra vez con una sonrisa que a Pello le pareció como de admiración hacia su persona. Pensó que sí era cierto que la señorita Urdanpilleta estaba muy buena, pero no creía que la cosa fuera para tanto. Se concentró en escuchar a Arantza. Pello Petankas, en ese momento, estaba contemplando los bonitos ojos azules de Arantza. Le agradó el título de querido amigo que le había otorgado la apetecible mujer de caderas bien proporcionadas y contundente pecho y que hablaba sin parar con mucha pasión y con muchos muy - muy y muchos pero - pero y muchos muchos - muchos. Se le ocurrió que en euskera se la podría definir como musu beroak dun andereño muinoak. Apartó de la mente todo lo referente al aspecto externo de la señorita Urdanpilleta, y sopesó la propuesta que le había planteado Arantza. Comprendió que no había más remedio que ir a Bilbao. La pega de tener que salir al día siguiente, le parecía muy interesante. Tendría que ir hasta Hondarribi a recoger la tablilla, pero esta vez prefería hacerlo en automóvil. Arantza le interrumpió. — No se preocupe por eso. No me hace falta el coche hasta mañana para ir a Bilbao. Se lo puedo dejar, y en cuanto a cuándo me lo puede devolver, porque no he quedado en nada con mi amigo Benjamin, aún no sé si nos puede recibir por la mañana o por la tarde; así que como usted prefiera, si quiere se queda a dormir en su casa o, si lo prefiere, vuelve aquí esta misma noche para, por si fuera preciso, poder salir mañana temprano o cuando sea preciso para Bilbao. Una vez tuvo que hacerlo y no salió demasiado mal parado. Si vino en autobús a Donostia desde el aeropuerto, la tarde anterior, fue porque no tenía plenas garantías de que el coche no estuviese controlado por los servicios de seguridad franceses y, por consiguiente, también por las fuerzas de seguridad españolas. Quizás la ertzaintza sería la única que, de estar controlado el coche, no tendría acceso a esa información. Mitarra se relajó y se dedicó a mirar el paisaje salpicado de suaves colinas verdes. Pello se dio cuenta de que tenía hambre. En todo el día no había comido nada con fundamento y estaba hasta el gorro de tanta tontería dietética y de tanta sosería gastronómica. Al llegar a la zona de Oiartzun, salió de la autovía y se dirigió a una conocida sagardotegia donde sabía que asaban muy bien una buena chuleta de carne roja y poco hecha al calor de las brasas. Se la comió en un santiamén y pidió una cuajada de postre. Con una copa de calvados en una mano y un puro en la otra, se acordó que fue en una cena de camaradas de la organización, cuando un refugiado que vivía en Normandía, sacó una botella de calvados y les invitó a una generosa copa por barba. A Pello le gustó mucho el coñac de manzana. Argala no solía beber nada, pero también probó un poco. En aquella cena, Argala les dijo que la zona comprendida en el arco de media luna que forman las localidades de Lasarte, Andoain, Hernani, Oiartzun y Rentería, es donde existen las mejores condiciones objetivas para el desarrollo de un auténtico contrapoder popular, capaz de plantear una alternativa real de gobierno local, frente a las futuras instituciones del reformista sistema seudodemocrático que acabarían por aceptar y tragar todos los partidos claudicantes. A la pregunta de cuál debía ser la actitud revolucionaria ante las cercanas elecciones a ayuntamientos, Argala contestó así: Argala contrarrestó el argumento de Pello, explicándole otra vez la estrategia de la media luna que iba de Lasarte a Rentería. Le dijo que una vez alcanzado el poder y el control de la zona que rodea a Donostia, se convergería sobre la capital guipuzcoana. Al salir de la sidrería, Pello se preguntó cuál sería la actitud de Argala si siguiese aún con vida. De los cinco puntos de la alternativa, se podría decir que, a excepción del derecho a la autodeterminación y el control sobre las fuerzas armadas en suelo vasco, los cinco puntos se habían conseguido más o menos. Los políticos militares consiguieron una amnistía para sus presos. Se legalizaron los partidos independentistas. Se habían cerrado muchos cuarteles de la Guardia Civil y muchas comisarías de policía, y existía una policía vasca que aunque se habían enfrentado a ella, había que reconocer que contaba con amplios apoyos por parte de la sociedad vasca, y para colmo, hasta había salvado, en varias ocasiones, a militantes abertzales de las iras del pueblo. En cuanto a la mejora de vida de los trabajadores, sin ser todo lo que se pueda aspirar, también había que reconocer que ahora se vivía mejor que hace 20 años. Habría más paro quizás ahora, pero se tenían mejores coberturas de desempleo. El estatuto de autonomía era el tema más conflictivo. No recogía lo de la unificación de Euskal Herria norte y sur, y tampoco el herrialde de Nabarra estaba incluido. Pero también había que reconocer que para la reunificación de Euskadi, era necesario contar con la voluntad integradora de todos los ciudadanos vascos. Era evidente que en Nabarra no había, hoy por hoy, esa voluntad. El resto del estatuto era bastante aceptable. Sólo quedaba por alcanzar el democrático derecho a autodeterminarse. Mientras entraba al coche, Pello comprendió cuál había sido el inconsciente y verdadero motivo que le animó a irse a Nicaragua a los dos meses de la muerte de Argala. Estando en la selva centroamericana, le llegaron unas alarmantes noticias desde Iparralde. Un grupo que se llamaba GAL, estaba sembrando las pacíficas calles de Lapurdi de cadáveres de refugiados vascos. La lucha se había trasladado a la base operativa de la organización, y Pello abandonó a sus compañeros de armas de la guerrilla salvadoreña para dirigirse a La Habana, desde donde se embarcó en un avión que le llevó a Roma. Desde allí, se fue a Euskal Herria para reunirse con sus camaradas de la organización, y contribuir en la protección de sus compañeros. A partir de la actuación de los GAL, la policía francesa empezó a meterles mano, y el País Vasco francés dejó de ser un santuario seguro y confortable. Después vino la ejecución de Yoyes. Lo de Hipercor. La nueva detención de su amigo Arrozpide. La caída de Bidart. El nombramiento de Retama y la ponencia Oldartzen. El secuestro y ejecución de Miguel Angel Blanco. Y para rematar la faena, estaba el demencial plan de Retama que suponía el magnicidio de la familia real y demás políticos y militares. Dentro de un rato, pensó, llamaría a la señorita mucho – pero - muy, para decirle que había decidido regresar a San Sebastián ese mismo día, y que ya se encontraba a medio camino. Le hacía ilusión volver a encontrarse con la señorita Urdanpilleta. Durante el viaje se cambió de camisa en el coche, no sin antes olerse los sobacos.
Capítulo 25. LOS SICARIOS Patxo, Iñaki y Juantxo llevaban, desde el mediodía del día anterior, visitando todas las casas que la organización tenía por la zona de París, para recabar cualquier información que les condujese a Mitarra. Korta, el responsable de la seguridad interna de la organización, les llamó nada más recibir la carta que Retama le había enviado desde Lyon. Les puso al corriente de la situación tan peligrosa en que les había puesto el traidor de Petankas Mitarra. Patxo, Iñaki y Juantxo pertenecían al sector más duro de la organización. Eran conocidos como los chicos de Korta, el cual les utilizaba desde hacía dos años para efectuar labores y servicios de seguridad e información interna en el seno de la organización, debido a la radicalidad de sus planteamientos y a la fidelidad que habían demostrado en todas las decisiones adoptadas por la dirección. Al principio les sorprendió la orden de buscar a Mitarra y darle matarile, pero Juantxo, que era el ideólogo del comando itinerante de seguridad e información interna, les dijo después de la reunión mantenida con Korta que su misión era como la de las policías secretas que tienen todos los países, con sus servicios de información y desactivación del enemigo. — Oso ondo —, respondió Jokin, — sartu, Patxo. — ¿Qué clase de recado? —, respondió Jokin preguntando. Unos meses atrás, se les ocurrió a Iñaki y Juantxo la idea de utilizar una panadería ambulante como cobertura para los desplazamientos del comando. Pensaron que para las labores de vigilancia y seguimiento de algún objetivo por las calles de París, era el medio más apropiado. Sin embargo, existía el contratiempo de tener que cargarla con pan. La solución la encontró Iñaki que tenía una novia en una importante panificadora de las afueras de París. Les salía un poco caro el comprar el pan necesario para llenar unos cuantos cestos que ellos mismos cargaban y descargaban, pero tanto Iñaki como Juantxo estaban convencidos de que el camuflaje panadero proporcionaba una excelente cobertura. A Patxo, por el contrario, no le parecía tan buena la idea y no las tenía todas consigo, pero acabó aceptando la propuesta, bien defendida por Iñaki y Juantxo, por no discutir más con sus compañeros de comando itinerante; a los cuales les encantaba hasta el color chillón del camuflaje, porque como solía decir Iñaki, ”joder, mamón, ¿quién coño va a pensar que tres espías de un comando de “hélice” puedan ir con esos colores espiándo por ahí?” Debido a las prisas que les había metido su responsable, Patxo, Iñaki y Juantxo no habían tenido tiempo para ir a la panificadora a comprar pan, y estaban todavía con unos cestos de barras de pan que tenían más de 10 días. Estaban más duras que una esfera de titanio. Juantxo, dando valientemente la espalda a la clienta ultrajada y armada con la barra de pan, seguía intentando convencer al mosqueado gendarme que escuchaba con cara de pocos amigos a los dos extraños panificadores con fuerte acento español y no magrebí como suponía la airada ciudadana francesa. Iñaki le interrumpió. — Calla cabrón, me cagüen la hostia, que estás más revirao que un bacalao . La mejor prueba de que la cobertura es de puta madre, es que el tontolaba ése no se ha enterado de nada. Mucha policía francesa y ya ves. ¡Que no te enteras!, joder. Patxo retomó la palabra. — Me da exactamente igual. He dicho que nunca más vamos a usar este trasto y se acabó. ¿Quién es el responsable del comando? Yo, pues se acabó la discusión. A tomar por saco, gilipollas. Cambió el giro de la discusión y le preguntó a Patxo si en la visita efectuada a Jokin, se había podido enterar de algo que les lleve hasta Mitarra.
Capítulo 26. LA SEXÓLOGA Pello Iturriotz aparcó el coche de Arantza en un sitio libre que encontró en la acera de uno de los laterales del edificio de abastos que aún olía a verduras y frutas. El mercado se encontraba a pocos metros del portal de la vivienda, próxima a la Avenida, en la cual tenían su abolenga residencia los Urdanpilleta. Una hora antes había efectuado la llamada convenida con Arantza, y ésta le confirmó que Benjamin Ríos les esperaba al día siguiente, a las 12 del mediodía, en el interior del museo Guggenheim. Pello le dijo que se encontraba cerca de Lesaka. A continuación, Arantza le comentó que iba a preparar cuatro tonterías para cenar en casa y así se podrían retirar antes a dormir para salir, muy muy bien descansados, mañana por la mañana a Bilbao. La mesa comedor del salón estaba puesta con mucho gusto. Dos fuentes de ensaladas sofisticadas de diverso colorido y una ensaladera repleta de escarola con unos granos rojos, ocupaban el centro de la mesa. A Pello le pareció que era imposible haber hecho todo eso en una sola hora. Pensó que Arantza le quería agradar. Arantza le dijo que iba a mirar algo que tenía en el horno. Pello se quedó en la sala, escuchando una agradable canción que salía del aparato musical. Arantza volvió y le preguntó su opinión sobre la música que estaba sonando. Pello dijo que le gustaba mucho pero que no sabía quién era la que cantaba. — Es Loreena Mckennit —, le respondió Arantza, — es canadiense y compone una música celta que la combina con aires árabes e hindúes. “The book of secrets” es para mí su mejor álbum. Se sentaron a la mesa y Arantza sirvió con mucho esmero una porción de cada ensalada en el plato de Pello, mientras comenzaba a darle a la lengua. — Espero que le guste. Ya sabe que sólo como verduras y frutas, pero no crea que se va a quedar con hambre. La de espinacas al vapor, lleva huevo duro, tomatitos pequeños, trozos de manzana, nueces y queso de cabra; todo ello aliñado con una emulsión de aceite, vinagre, mostaza y sal. La otra lleva puré de patatas muy espeso, también unos tomatitos, aceitunas negras, unas vainas y un poco de coliflor. El secreto está en el aliño. La salsita blanquecina que la cubre está hecha con aceite, alcaparras, cebolleta, perejil, algo de vinagre y una yema de huevo. Se mete todo esto en el minipimer y queda una salsa muy muy refrescante. En cambio, la de escarola sólo lleva unos trozos de manzana y unos granos de granada para contrarrestar el amargor de la escarola. Algo de aceite, vinagre de manzana, sal y pimienta negra dan mucha mucha vida a la loca rizosa de la escarola. Las ensaladas estaban riquísimas y Pello repitió varias veces. Como final de la cena, Arantza sacó del horno un bonito pastel de zanahoria y queso, recubierto de una capa de color rosáceo moteado de pistachos verdes. La cena le encantó a Pello. Arantza no bebió nada y después del postre se tomó una infusión de té. A Pello le puso, al alcance de la mano, una botella bastante fría de clarete riojano del tipo “ojo de gallo” que había sacado de la bodeguilla de su padre. Por un momento pasó por su cabeza la posibilidad de un romance en la cama de la encantadora cocinera vegetariana, como colofón perfecto a tan deliciosa velada, pero lo desechó de inmediato. Ni creía que fuese posible en tan corto plazo, ni se encontraba él con muchas ganas de comenzar a desarrollar ahora ningún tipo de juego amoroso y seductor. Además, ése no era su estilo. Prefirió esperar y dejar la iniciativa a la señorita Urdanpilleta. Pello le asintió con la cabeza. Arantza prosiguió con su charla. Pello se había perdido por la mitad de la exposición macrobiótica de la señorita militante vegetariana, ahora, alias “mucho mucho”. Arantza continuaba con su gran pasión. Pello pensó que él no podría estar 10 días sin comer. Recogieron la mesa y Pello la acompañó a la cocina para contemplar a Arantza cómo introducía todo lo que habían ensuciado en un moderno lavavajillas. Por segunda noche consecutiva se dieron las buenas noches y cada uno se fue a su dormitorio. Buenas noches, señorita “mucho mucho”, dijo Pello al entrar en su habitación, dejando un poco sorprendida a Arantza. Pero ahora le apetecía un poco de humo. Sacó el revólver de la bolsa y lo puso debajo del colchón, tal como hizo la noche anterior. Cogió la bolsita de la marihuana y se sentó en la cama. La tablilla descansaba sobre una mesita de la sala, donde la había dejado Arantza después de haberla estudiado minuciosamente en la cocina, mientras Pello se fumaba su cigarrillo tranquilamente sin haber tenido la cortesía de pedirle permiso. Se tumbó en la cama a fumar el calumet, usando un platillo a modo de cenicero que encontró encima de la cómoda. Volvió a pensar en la encantadora señorita Urdanpilleta. Estaba bastante buena, era muy, muy agradable. Quizá hablaba demasiado, pero lo hacía con mucho estilo y parecía que entendía de todo lo que hablaba. Petankas pensó que estaría mucho más a gusto si se hubiesen ido juntos a la cama. Con Aurora, su iniciadora de Madrid en marxismo y en sexo, todo era más sencillo. No se andaba por las ramas y, por lo menos con él, siempre había ido de una manera directa en los asuntos del sexo. Por lo general, se solían alternar las clases teóricas con las prácticas. Después de las prácticas, Aurora fumando de la marihuana de Pello, continuaba con la teoría. Pello Petankas, mientras apagaba la colilla del porro en un artístico platillo de porcelana, se dio cuenta de que todas las veces que él la había llamado, Aurora siempre estuvo libre de cualquier otro compromiso y dispuesta a seguir enseñándole todas las teclas de la magia del sexo a cualquier hora del día o de la noche. Fue una gran amiga y quizás también algo más que Pello no supo captar en su momento. Pello se acordó de Marx, y también de aquello que decía sobre la teoría y la práctica. Constató que, también, en los asuntos del sexo, había tenido la suerte de encontrarse con una auténtica artista que había sido, o era, la hostia y mucho más. Acabó por dormirse, mientras se preguntaba qué habría sido de su antigua amiga Aurora. Y también, qué tal sería la señorita Urdanpilleta como maestra de sexo y placer.
Capítulo 27. LA MUJER También Arantza tardó un buen rato en dormirse. Nunca había pasado una noche a solas con un hombre en su casa, y mucho menos después de haberle preparado una cena con tanto primor. Además, le agradaba mucho el señor Astrain. Recordó que en el salón de actos de la Kutxa, se presentó con el nombre de pila de Pedro. Le gustaban muchas cosas de Pedro. El respeto que mostraba hacia ella en todo momento y en cualquier situación; su mirada penetrante y algo divertida, siempre enfocada hacia sus ojos; hablaba poco pero con corrección y seguridad; era elegante y físicamente no estaba mal; y por si fuera poco, lo que más le gustaba del pamplonica era que sabía escucharla como nadie, a excepción de Benjamin, lo había hecho hasta ahora. Le había sorprendido la despedida de Pedro. ¿Qué habrá querido decir con lo de señorita mucho mucho? Y con qué descaro se había fumado un cigarrillo en la sala, sin pedirle ni permiso para hacerlo. Adivinó que el señor Astrain estaba comenzando a jugar. Igual no era tan serio como parecía. Le agradó el descubrimiento. Se fueron a un hotel de la capital donostiarra y la cosa fue muy sosa. Arantza era virgen y Juan también. A la inexperiencia de ambos, se añadió una casi nula actividad pasional de su compañero en el día de su iniciación sexual. A la hora escasa de entrar en la habitación, salieron del hotel sin que Arantza tuviese muy claro si había perdido la virginidad o no. A raíz del experimento, la amistad de los dos frustrados amantes se fue enfriando y acabaron por dejar de verse. Tiempo más tarde, se enteró de que Juan había comenzado a frecuentar un local de homosexuales. Durante más de un año no tuvo más relaciones íntimas con los hombres, y Arantza siguió con la duda de si la virginidad le había abandonado o no. Después, cuando apareció en su vida el representante de Vitoria, del que casi no se acordaba ni de su nombre, pensó que podía ser el hombre de su vida. El representante no se parecía en nada a Juan. Cuando aquello, Arantza tenía 25 añazos y se salía de lo buena que estaba; y él, con 10 años más que ella, era muy hablador y siempre estaba contando chistes. Recordó que el que más le gustó, fue el de la inocente “rapaziña”. Decía: Un señor muy serio que había estado más de 20 años fuera de su pueblo, volvió con unos ahorrillos. Lo primero que hizo fue presentarse en casa de su primo y después de los saludos y preguntas de rigor, le dijo a su primo si conocía a alguna chica del pueblo que tuviese las dos cualidades más apreciadas por él en una mujer. Quería que fuese dulce, como corresponde a una buena rapaziña gallega, y también que fuese inocente. Su primo le escuchó con atención y le informó que esa chica era una vecina suya que vivía en el piso de abajo. Según su primo, Angelines, que así se llamaba la virtuosa vecina, era un dechado de sencillez, bondad e inocencia. El primo quedó con Angelines en un bar para presentarle al recién venido que buscaba mujer dulce e inocente. Tomando unas tacitas de ribeiro, salió un tío desnudo en la pantalla del televisor del local. El primo, que era un cachondo, preguntó con cara de pillo que qué era lo que le colgaba entre las piernas al nudista de la televisión. Angelines contestó que eso era un muñequito. El señor serio quedóse impresionado de la candidez e inocencia de Angelines. Hablaron de la boda y se casaron a los pocos días. En la noche de bodas, el señor serio le enseñó su pene y le preguntó qué era eso. Angelines contestó que era un muñequito. El señor serio volvió a quedar encantado, y riéndose un poco, le dijo que eso no era un muñequito, sino un “carayo”. Sin embargo, Angelines, con su mejor mirada, cándida y virginal, respondió inocentemente que no, que eso no era un carayu, que eso era un muñequito, “un carayu es lo que tiene tu primo”. Cada vez estaba más aburrida de la relación; y en realidad fue un alivio para ella, el día en que se enteró de que el representante no era de Vitoria y que estaba casado en Durango, donde vivía con su mujer y sus dos hijos. Cuando se lo planteó, el representante de Durango le juró que estaba locamente enamorado de ella, que estaba a punto de decirle lo de su matrimonio, y que pensaba separarse de su mujer lo antes posible; pero Arantza aprovechó la ocasión para cortar por lo sano, y el representante se quedó sin sus dos buenos polvos que tenía todos los meses con el chollo de Arantza. Desde entonces no volvió a tener ninguna experiencia más en los campos del amor y de la cama, los cuales no siempre acostumbran a ir muy unidos. Así que Arantza tuvo que buscar algo, y en las filosofías orientales de crecimiento espiritual, encontró el remedio a su soledad afectiva. Pero, al comienzo de la búsqueda, casi todas las diversas variaciones e interpretaciones tecnológicas – espirituales que conoció, no le dijeron mucho, porque apenas incidían en la comprensión racional de la filosofía, y sólo se limitaban a explicar una serie de ritos sin mucho fundamento. Las diversas enseñanzas que conoció estaban repletas de engaños, pero siguió buscando, y al final acabó encontrando el yoga. Después todo fue distinto. La estabilidad emocional y, ante todo, la comprensión racional del funcionamiento de los espesos deseos, de las húmedas emociones y de los vaporosos sentimientos que le proporcionaron los viejos conocimientos de la India, le permitió tener otra visión sobre los asuntos amorosos. Solía decirse a sí misma que, de no aparecer un auténtico príncipe azul, no le importaba pasar tranquilamente de los hombres, ya que no tenía ninguna dependencia de nada de lo que los hombres pudiesen ofrecerla. No quería más problemas. No había semana que no relatase algún revolcón con alguna desconocida, y que no se extendiese en hablar de las cosas que hacía en el chalet que sus padres tenían en las afueras de Biarritz. Lo contaba tan bien y con tantos detalles y también era tan guapo y, además, por si fuera poco, también había una chica de la cuadrilla y buena amiga de Arantza, que le contó una vez que también ella había caído bajo los encantos de Imanol y que por lo tanto, también su amiga se había acostado con el afamado Don Juan que tan bien sabía hacer el amor. Así que, con tanto tan bien y tanto también, Arantza estaba completamente convencida de tener en la cuadrilla a un auténtico prodigio sexual, así como a un auténtico experto del amor. El anónimo decía: Querido, ansiado y deseado Imanol. Te parecerá un inicio, acaso, demasiado intenso, pero es lo mínimo que puedo expresar para darte a entender la vorágine emotiva, sentimental y vaginal que siento cada vez que me imagino un contacto contigo, estando entre tus brazos, siendo acariciada y tocada, mientras me entras una y otra vez, hasta hacerme desfallecer del continuo placer que sé que serías capaz de darme con dulzura, pero también con contundencia. Voy intentar calmarme, amor mío, porque no quiero que estas líneas que tanto me ha costado decidirme a escribírtelas, se conviertan únicamente en un torrente cascada de pasión tórrida, húmeda y fluida. Tengo que dejarte por un momento para tranquilizarme, haciendo el amor contigo, aunque sea solamente con mi imaginación y con mis dedos, frotando mi farfarín hasta hacerme perder el sentido. Amor, amor, amor, amor, amor, amor, amooor. Amor mío, ya me he ido otra vez pensando en ti y ya estoy aquí de nuevo para continuar contándote todo lo que te amo y te deseo. Estoy mucho más calmada y mucho más feliz. Si me haces sentir así sin ti, aquí en la soledad de mi casa, ¿cómo será el día, la noche y el amanecer en que el destino nos una de verdad? Será un frenesí sin fin, en el que prometo exprimirte hasta la última gota de tu jugo de hombre. No sé si recibes muchas cartas tan locas como ésta y tampoco sé si las tomas en serio, pero te pido que no te rías de mí. Para ello te voy a explicar de qué te conozco. Te suelo ver bastantes veces por la calle y siempre te como con los ojos cada vez que te veo. Pero te conozco más, pero mucho mucho más, de las maravillosas y excitantes historias que una buena amiga mía me ha contado de ti y de tu tronío, mi amor. Con el tiempo has llegado a ser una obsesión para mí y el objeto de mis sueños más lascivos. Nunca pensé que sería capaz de excitarme tanto y de expresarme con tanta sinceridad. Te preguntarás que por qué no te llamo o que por qué no te doy mi teléfono. No es por timidez, te comería todo – todo ahora mismo; es porque mi amiga está muy ilusionada contigo y soy incapaz de hacerle una faena a mi amiga. Este es mi secreto que al final he decidido compartirlo contigo, mi amor. Así que, a pesar de sentirlo mucho y de correr el riesgo de convertirme en la campeona de las masturbaciones y de las corridas fluidamente privadas, mientras sigas provocando oleadas de océanos orgásmicos y sin fin de temblores orgiásticos en mi afortunada y envidiada amiga, me es imposible satisfacer lo que mi voraz, profunda y sedienta vagina, espera y reclama intensa y húmedamente: ¡fóllame!, fóllame, fóllame mucho, mucho, mucho. ¿Cuándo me llenarás de gozo? ¿Cuándo entrarás en mi volcán que ya sólo es tuyo? Espero que pronto y confío que esta pasión erótica y amorosa que siento por ti, y que me está haciendo perder la cabeza, tenga algún día la oportunidad de fluir libremente, logrando así que nuestros lascivos cuerpos se fundan en uno solo; mi muy muy magnético muchacho, mi muy muy magnífico monumento molecularmente maduro, maduro y más duro. Monamúgg, macho mío. Confiemos en el destino. Te podría estar escribiendo mucho, mucho más tiempo, pero sólo acuden a mi mente las imágenes de nuestros cuerpos desnudos, sudorosos, cálidos, temblorosos, tensos, duros y húmedos. Prefiero dejarte por ahora. Se despide y te besa húmedamente en los labios y en todo ese cuerpo que tienes de guerrero conquistador, una mujer que se siente sólo coño y todo coño, cuando piensa en ti, en tu poderío orquestal y en el vigor de tu viril aparato instrumental. Hasta pronto mi hombre. Mi amor. Mi polla. Te ha escrito una mujer enamorada que está mucho más salida que una leona en celo, mucho más que una osa y muchísimo más que una pantera negra. Algún día seré tuya. Debajo de la enigmática, zoológica, gráfica y expresiva firma, adhirió a la carta con un poco de papel de celo, un vistoso ramillete rubio que además de perfumado, estaba realizado con sus rizados pelos del pubis. A los pocos días de enviar la carta primorosamente escrita en la que desnudaba su cuerpo y su alma a Imanol, se enteró en un bar de la playa que sus amigos y amigas, todos y todas en traje de baño, estaban leyendo, comentando y riendo la carta que había escrito a Imanol, y que ahora estaba numerosamente fotocopiada y repartida por doquier. Además, todos los chicos miraron la entrepierna de Arantza para comprobar si era cierto que tenía los pelos del pubis tan rubios y tan rizados como los de la muestra enviada. Arantza comprendió que todos sabían que era ella la autora de la carta. Se le bajó de repente la regla y su traje de baño y sus piernas se enrojecieron de una sangre que costó mucho tiempo limpiarla del suelo en donde habían caído algunas gotas. Al salir corriendo, Arantza dejó un reguero de gotitas rojas que más que salir de su vagina, salían de su destrozado corazón y de una sensación de vergüenza tan abrumadora que le cortó hasta la respiración. Acertó a la primera. A Imanol se le disparó la tontería mental y se dedicó, una vez más, a presumir en su cuadrilla de los estragos que producía en las mujeres de fuera y de dentro de su pandilla. También, claro está, se acojonó ante tanta pasión y, acaso para evitar el riesgo de tener que dar la cara y otra cosa que quizá no estaba a la altura de lo que le pedía su fogoso amor, comunicó a todo el mundo, con bastante mala conciencia por cierto, que la loca calentona que le mandaba pelos de su rubio coño, era, ni más ni menos, la mismísima y muy fina señorita Arantza Urdanpilleta. Los chicos la llamaron durante una temporada, la pantera caliente. Las chicas aún la seguían llamando la osa en celo cada vez que se acordaban de ella. Le entró el sueño a borbotones, no le dio tiempo de hacer sus prácticas preoníricas de meditación yoga, y lo último que pensó, antes de dormirse, fue en Pedro cuando la llamó señorita mucho mucho. ¿Por qué lo habrá dicho?, pensó medio despierta, medio dormida.
Capítulo 28. INTXAURRONDO Patxo, Iñaki y Juantxo llegaron a Atheratze – Tardets, después de haber viajado toda la noche por las carreteras de Francia. Al final de la tarde anterior, Korta, el responsable de la seguridad interna de la organización, felicitó a sus chicos por la rapidez que habían tenido en encontrar una pista sobre Mitarra. Les proporcionó un coche en buen estado y les mandó salir de inmediato para el sur, a Tardets, a buscar y dar matarile al traidor de Petankas. Antes de despedirse, les proveyó de unas cuantas direcciones y teléfonos de simpatizantes y militantes legales de Zuberoa, Gipuzkoa, Bizkaia y Nabarra, así como de documentaciones falsas y algún que otro carné de policía también más falsos que las tetas de la Obregón. A Iñaki no le hizo mucha gracia tener que partir esa misma noche, ya que tenía pensado ir a dormir a la casa de su novia panadera, y de paso decirle que iba a dejar el negocio del pan. Por lo menos durante una temporada. Seguía convencido de que la idea de la furgoneta con panadería incluida, era de puta madre. El comando itinerante se compró unos enormes bocadillos, llenos de fiambre y de lechuga con tomate, y dos botellas de tinto francés peleón. El plan que habían diseñado Patxo, Iñaki y Juantxo consistía en comer en el mismo coche durante el viaje para, de esa forma, no tener que parar más que para repostar. Las instrucciones de Korta habían sido muy precisas. Tenían que estar a la mañana del día siguiente en Tardets. Al entrar en Sauvaterre, un poco antes de Atheratze, un transeúnte se le cruzó por delante de improviso. Iñaki se olvidó del bombeo previo y pisó a fondo el freno. En vez de reducirse la velocidad, pareció que el coche se aceleraba más. El peatón, ciudadano francés de Salvatierra de toda la vida, dio un salto casi olímpico para evitar ser arrollado por el coche que venía a más velocidad de lo permitido en esa zona. Iñaki soltó un mecagüen la hostia, y vio por el retrovisor cómo el asustado ciudadano francés, sentado en el asfalto de la carretera, alzaba los brazos y gritaba algo con una expresión mitad asustada, mitad feroz. Patxo se despertó sobresaltado, preguntando qué había pasado. Lo primero que hicieron fue ir a ver al contacto de Atheratze que les había dado Korta en París. Por medio del simpatizante, se enteraron de que Mitarra solía alojarse algunas veces en el caserío de otro simpatizante de la organización, llamado Beñat, Begnat o Beinat, el cual vivía a las afueras del pueblo. Cuando entraron en la propiedad de Beñat, lo encontraron trabajando en el pequeño huerto de alubias que tenía por detrás de la casa. Aparcaron el coche, y Patxo y Juantxo se fueron a hablar con el viejo. A Iñaki le encomendó Patxo la labor de husmear por el exterior del caserío. Iñaki se acercó a la puerta medio abierta de un cobertizo que hacía la función de garaje para el tractor. Entró a investigar pipa en mano, y detrás del tractor, tapado con una lona, se encontró con el taxi que había dejado Pello Mitarra dos días antes. Un gallo de fina estampa iba y venía entre los aperos de labranza como comprobando que ninguna de sus gallinas hubiera tenido la osadía de poner un huevo fuera del ponedero habitual para esos menesteres. Iñaki, olvidándose del gallo, recordó que una vez alguien le dijo que Mitarra solía usar un taxi para los desplazamientos largos por territorio francés. Iñaki apretó la culata de la pistola y pensó que ya le había pillao bien pillao. Salió al exterior como una exclamación, así creía que se decía, y muy nervioso se dirigió al huerto de alubias, ocultando la pistola por detrás del cuerpo, pero sin dejar de apretar la empuñadura del arma por si acaso. Patxo le asesinó con una mirada penetrante, y le dijo que no era Tolosa de Gipuzkoa, sino Tolosa de Toulouse de France. A continuación le hizo una seña con el dedo índice dándole a entender que no volviese a abrir el pico. Patxo, otra vez con mirada penetrante, formuló otra tanda de preguntas al bueno de Beñat. — Bueno, buen hombre, si no sabe más, nos va ser muy difícil encontrarlo para darle un aviso muy importante de parte de la dirección, y que Mitarra lleva tiempo esperándolo. Nos dijo que cuando tuviésemos el recado, viniésemos rápidamente a Atheratze y preguntásemos por ti. Los humanos entraron en el coche completamente desorientados y sin ninguna pista con respecto al camino a seguir. Decidieron que lo mejor era ir a un restaurante a comer un menú del día. Korta les apretaba mucho las tuercas en todo lo referente a los gastos y facturas que ocasionaban sus misiones. Además, se habían gastado mucho dinero en la adquisición de panes para la furgoneta de Iñaki y Juantxo. Patxo comía en silencio, mientras Iñaki y Juantxo hacían conjeturas sobre las enigmáticas palabras de Beñat. Juantxo las repetía, intentando que se le ocurriese alguna explicación. Patxo, aunque oriundo del Goiherri guipuzcoano y euskaldun de toda la vida, tampoco era un experto en euskera zuberotarra, y no recordaba cuál fue la expresión precisa que utilizó Beñat. Hubo un intercambio de opiniones, y la alternativa presentada por Juantxo fue ganando credibilidad. Además, era la única que tenían con un poco de fuste. Con sendas copas de armañac en la mano, brindaron por la brillante ocurrencia de Juantxo, y se dispusieron a bajar, con cierta emoción contenida, a Hegoalde para continuar la búsqueda de Mitarra por la zona de Donostia.
Capítulo 29. LA INDEPENDENCIA Tres horas antes del brindis del comando itinerante para darse ánimos y celebrar la ocurrencia de Juantxo; Arantza y Pello iniciaban el viaje a Bilbao. A Mitarra le preocupaba un poco tener que realizar un viaje tan largo por Euskadi Sur, sin que por delante fuese otro coche haciendo la labor de información y cobertura. Bajó a la calle un poco antes que Arantza para comprobar si el barrio estaba limpio de cualquier movimiento extraño que le hiciese sospechar que estaba siendo controlado y vigilado. De paso, también pensaba desayunar, en la cafetería de siempre, un buen par de huevos fritos con jamón, acompañados de un tinto riojano de crianza. El barrio se encontraba tranquilo y se fue a la cafetería. Estaba acabando de untar el plato cuando apareció Arantza para avisarle que ya estaba lista y para decirle que si no le importaba, prefería que fuese él al volante. No esperó a que Pello pagase la cuenta, y salió a la calle para hablar con la portera de su inmueble, la cual en aquel momento estaba barriendo las inmediaciones del portal con un brío digno de contemplar. Tomaron la autopista y a la altura de Orio, ante el pensativo silencio de Arantza, Pello comenzó a cantar una canción de Mikel Laboa. “Hegoak ebaki banizkion, nerea izango zen. Ez zuen alde egingo, bainan, honela ez zen gehiago txoria izango eta nik, txoria nuen maite. ETA nik, txoria nuen maite”. — Pues por eso —, replicó Arantza con rapidez, — porque ni mis padres, ni mis abuelos, ni qué sé yo, hablan o han hablado el vascuence. Pello volvió a tragar saliva. Era la primera vez que hablando con alguien que no conociese su militancia abertzale, se enteraba de que su ideología era nacionalista. Bueno, una vez también se fue de la lengua estando con dos señoritas que creían que Mitarra era un sacerdote de la iglesia católica, pues así iba vestido. El tema comenzó cuando las señoritas le dijeron que no entendían al nacionalismo vasco. Él o lo que ellas pensaban que era un cura vasco, les contestó que todo dependía de la actitud del esposo. Un esposo autoritario, machista y poco seductor, era el mejor reclamo para querer separarse de él; por el contrario, de un esposo amable, respetuoso e interesante, nadie desearía separarse. Pues eso y sólo eso es el nacionalismo vasco, concluyó Mitarra ante los atentos oídos de las dos señoritas que se encontraban, por aquella época, inmersas en plena batalla feminista por conseguir el derecho al divorcio o a la libre adhesión al matrimonio. Arantza sabía muy bien lo que era el mundo del sentimiento, y se quedó gratamente sorprendida por las razonadas y apasionadas palabras de Pedro en defensa del sentimiento de la independencia. Pello continuaba hablando. — Bai. Aquí existe un pueblo que, aunque igual todos no tengan la misma concepción con respecto a él, queramos o no, tiene unas características propias, ni mejores ni peores que otras, que le identifican como una comunidad civil con una lengua propia, aunque sea minoritaria, con unas costumbres propias, y sobre todo con un fortísimo sentido de la libertad y de la independencia de todas las personas y de las formas y de las maneras que estimen oportunas para organizar su vida y sus relaciones con sus vecinos. Desde hace varios miles de años, éste ha sido y sigue siendo el sentir de este pueblo. Así lo dice hasta la historia franquista que estudié de niño en un colegio de curas de Pamplona. Según la historia que estudié en el colegio, siempre estábamos en guerras con los celtas, con los romanos, con los godos, visigodos, alanos, después con los francos, con los árabes, con los ingleses, y para acabar, con los castellanos. Nunca nos invadieron totalmente, ni nos ocuparon de manera estable entrando por la fuerza. Unas veces fueron derrotados por nuestros guerreros, otras, aceptaban nuestras leyes y nuestras costumbres, y llegaban a acuerdos de convivencia pacífica que facilitasen las relaciones mutuas. Pero siempre, la relación con los vecinos se aceptaba siempre y cuando los vecinos aceptasen y comprendiesen que para que colaborásemos con ellos, era condición inamovible que ellos no podían ni debían imponer la colaboración, y mucho menos, no debían inmiscuirse en nuestras formas de auto gobernarnos. Era algo muy sutil. “ Era como una libre adhesión, como un matrimonio moderno. Mira, los vascos hemos sido los más leales vasallos de los reyes de Castilla, pero no porque fuese algo obligatorio, sino porque si estábamos a gusto con el rey, se le prestaba toda la colaboración, pero si no nos convencía o convenía, rompíamos la relación. Las juntas provinciales de los elegidos en los batzarres de cada anteiglesia de la región, decidían en cada momento que fuese preciso, qué opción tomar. Opción que cada junta regional tomaba por separado. La independencia también se aplicaba en cada región. Con Castilla y después con España, durante varios siglos no hubo ningún problema. Los problemas comenzaron a principios del siglo pasado. Ya conoces la historia de las guerras carlistas, la abolición de los fueros y, para rematar la faena, la irrupción bárbara del franquismo. Desde hace dos siglos, están cogiendo por la fuerza de las armas, algo que ya era suyo por las buenas. Sólo tenían que respetar nuestras leyes. Fíjate que aunque fuimos un pueblo diferente al resto, con identidad propia, con lengua y con costumbres propias; nunca nos preocupó lo que hacía nuestra región de al lado”. “ Nabarra ha sido reino independiente, y Bizkaia o Gipuzkoa o Araba podían formar parte del reino de Castilla. Y no pasaba nada. Habría reyertas por motivos concretos, pero nunca una región quiso conquistar a su región hermana en costumbres e idioma. Se respetaba el autogobierno de cada región. Otras veces, igual era Bizkaia la que decidía acogerse al reino de Nabarra, y Gipuzcoa debatía si acogerse o no al de Francia o al de Inglaterra o al de Castilla. En el norte, en el país vasco continental, pasaba lo mismo. Unas veces iban por libre, otras se aliaban para formar un reino independiente, o aceptaban al rey de Aquitania unos, y otros al de la Nabarra peninsular. Así como cada persona tenía el derecho a su propia libertad, las comunidades regionales también lo tenían. La mejor prueba está en la diseminación individualista de viviendas rurales por toda la geografía de nuestros montes y valles, y sobre todo en la cantidad de dialectos y subdialectos que enrriquecen el euskera. La independencia se aplicaba hasta en la forma de hablar. ¿Ahora comprendes por qué el sentimiento vasco no tuvo más remedio que derivar hacia el nacionalismo vasco?” Pello no le dio opción a su compañera para responder, y continuó hablando. — Mira Arantza, tú eres una mujer independiente que concibes la relación entre hombre y mujer como una relación voluntaria que se fundamenta únicamente en que si existe esa relación, es porque eres libre de aceptarlo o no, y nunca porque se te ha impuesto. Después se pueden aceptar algunas condiciones, algunas obligaciones, pero, insisto, siempre y cuando la relación sea libre y voluntaria. Tú no admites ningún tipo de imposición, ni de violencia, ni de obligación de tener que querer a uno, o de tener que estar con otro. Tú defiendes, como todas las mujeres libres, la libertad, la independencia y la posibilidad de dejar una relación si no te satisface. Si tú estás a gusto con alguien, deseas compartir tu vida con ese alguien, pero sin que se tenga la obligación de estar siempre con él, si ese alguien deja de ser de tu agrado. Sólo te gustan, sólo te agradan, los hombres que respetan tu libertad y tu forma de vivir y de pensar. Pues yo, soy igual. Bardin naiz. Pero porque soy consecuente, o por lo menos eso creo, también lo quiero para mi país y para todos los países. Pello soltó toda esta parrafada, dirigiendo la vista casi más hacia el retrovisor que hacia la carretera, y a continuación pidió permiso a Arantza para encender un cigarro. Arantza se lo concedió. Estaba totalmente sorprendida del discurso de Pedro. Había sido muy bonito y además muy largo. Había hablado más en 15 minutos que en los dos días que había estado con él. No obstante, a Arantza no le gustaba que los demás dijesen la última palabra, y le replicó, más que nada por seguir provocando al navarro. Pello estaba encantado. Nunca había hablado de estos temas con un o una no nacionalista. Comprobó que era posible dialogar correctamente sobre estos temas. Le respondió: — Ya sé que las leyes son muy antiguas. Esas leyes viejas son la esencia formalista del sentir y del comprender la vida que desde siempre han tenido los vascos. Pero al mismo tiempo, el que sean antiguas, no significa que sean erróneas, y además, igual el concepto de vida que implican las viejas leyes de los vascos, es ahora una concepción moderna. El concepto de la Europa de los pueblos, que no la de los estados, está siendo cada vez más asumido por distintos pensadores y filósofos de Europa. Ahora sólo hace falta que también sea interesante para los grandes intereses económicos y políticos de los estados multinacionales. “ Ahí ha estado siempre el problema. El problema está en la burguesía liberal, comerciante, productiva y consumista, y en la ideología prepotente hacia el débil, que, paradójicamente, también acabó asumiendo el proletariado antiburgués. Menos la belleza, todo se pega. De todas formas, si sigues pensando que los derechos históricos es algo obsoleto, siempre queda el recurrir a un concepto moderno y progresista como es el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Lo uno o lo otro. No vale ni lo uno ni lo otro. O aceptamos que la sociedad vasca y sus formas de autogobernarse, tienen unas características propias y como tal se deben de respetar; o, si creemos que eso no es así por obsoleto o por cualquier otro motivo, se tiene que preguntar a los ciudadanos vascos, cuál de las dos posturas es la que realmente comparte, siente y desea la ciudadanía de Euskadi. Y recalco lo de la ciudadanía”. “ Así que la solución es sencilla. Con esto, no pretendo decir que la solución es el inmediato ejercicio de la autodeterminación, porque eso significaría resolver el problema a favor de sólo uno de los contendientes. La solución consiste, como siempre, en encontrar el punto de equilibrio entre los dos opuestos. El equilibrio de estas dos enfrentadas posturas ideológicas, y también muy pasionales, se encuentra en la realización de una simple pregunta a los vascos. ¿Quieren ustedes recobrar los derechos históricos?, o si se prefiere, ¿quieren ustedes ejercer, en un futuro a determinar, el derecho a la autodeterminación? Si la respuesta es no, quiere decir que los vascos están muy bien como están, y, por consiguiente, el nacionalismo no tiene arraigo en nuestro pueblo. Así que, si sale que no, todos deberemos aceptar la libre decisión de los vascos, que como siempre y según nuestras costumbres, es la única que nos vale. Pero, si por el contrario, dicen que sí, también todos debemos respetarlo y comenzar entre todos, la preparación de un proceso limpio que desemboque, en un plazo de 3, 4 ó 5 años, en un democrático y popular referéndum de autodeterminación. Y en el hipotético caso de que la pregunta previa estuviese enfocada a los derechos históricos y hubiera salido que sí queremos su devolución, se tendrían que restituir con un criterio actual todos los derechos arrebatados hace un siglo por la fuerza de las armas. El estatuto de autonomía es un paso, pero si no se puede profundizar más, no nos vale. No hay que tener miedo a lo que pueda desear un pueblo. Ahí está la verdadera grandeza de los fuertes. En el escrupuloso respeto a los derechos de los más débiles”.
Capítulo 30. LA SEDUCCIÓN Arantza se calló, quizá por aquello de que quien calla otorga. Pero en realidad estaba analizando a Pello. No le importaba mucho el aburrido mundo de las ideologías políticas, así que desechó hacer un análisis racional de las ideas nacionalistas de Pedro. Prefería analizar la auténtica esencia del inesperado charlatán. Le gustaba la pasión que ponía en la defensa de sus ideas, le gustaba la lógica de sus planteamientos románticos, le gustaba la sencillez y sinceridad con que los planteaba, y también le gustaba las diversas tonalidades que adoptaba su voz, en función del mayor o menor énfasis que ponía en cada parte del discurso. Sabía pasar de forma natural de un estilo intenso y apasionado, a otro más dulce y calmado. El señor Astrain, Pedro para ella, le gustaba mucho - mucho. Pello volvió a tomar la palabra. — Antes me has preguntado qué significaba la letra de la canción. Te la paso al castellano. Dice así: “Si le hubiera cortado las alas, hubiera sido mío. No se hubiera escapado, pero, de esta manera, no hubiera sido nunca más pájaro y yo amaba al pájaro”. El autor que hizo esta letra, también ama a la libertad y a la independencia. Esta canción es un homenaje al respeto que se debe de tener siempre a la libertad de todos los seres de la tierra. Los antiguos vascos decían que todos somos señores, con unos derechos que ni los propios reyes debían quitar. Era un canto a la generosidad, al desapego y al amor hacia los demás. Suponía la raíz del Raja Yoga que Arantza practicaba, así como también coincidía plenamente con el mensaje del cristianismo original. Todas las filosofías que conocía, coincidían en lo fundamental. Todas decían que Dios creó a sus criaturas humanas con libertad de pensar y de sentir y de tener su propia voluntad. El pecado y el supuesto castigo posterior no existe, es sólo una invención de los hombres para amedrentar a los ignorantes que piensan que entre ellos y Dios tiene que haber intermediarios con derecho a manipular sus vidas por medio de reglas y normas represivas de la auténtica esencia de las personas. La auténtica esencia de las personas es que todos somos hijos del mismo Dios y, por consiguiente, todos somos hermanos con los mismos derechos; sin que haga falta unos intermediarios institucionalizados para relacionarnos con Dios, ya que al ser todos hijos de él, la comunicación directa y personal siempre está a nuestra disposición. Además de afirmar que nadie debe monopolizar a Dios, asimismo y también, las filosofías orientales dicen que nadie debe combatir a los que piensan diferente, ni nadie debe aprovecharse de las diferencias sociales, culturales o étnicas; porque el auténtico amor es generoso y desinteresado. Sin trampa ni cartón. Hay que dar por el placer de dar, sin esperar nada a cambio. Lo más importante y lo más sabio de la vida es desarrollar el deseo de ser útil a los demás sin utilizar nunca a los demás en provecho propio. Todas también coincidían en que porque todos somos hijos de Dios, en consecuencia, también todos somos Dios. Todos somos señores sin que nadie sea mejor o peor que otro. Todo se reduce a esperar que la esencia divina de la persona se manifieste, bien de forma natural, o bien por medio de un esfuerzo disciplinado, racional y absolutamente personal, sin ningún tipo de intermediarios que puedan manipular el proceso de manera voluntaria o involuntaria. Las filosofías orientales también eran un canto a la independencia. Arantza agradeció a las antiguas religiones de los hindúes, provenientes de la cuenca del sagrado río Ganges, el maravilloso legado que habían aportado a la humanidad. Y también agradeció a su Dios interno, la fortuna que había tenido al conocer a una persona con semejante sentimiento por la libertad. Se alegró al comprobar que se estaba sintiendo cada vez más atraída por el romántico de Pedro. Pello era consciente de la corriente de atracción que se estaba generando entre los dos. Nunca había tenido problemas en relacionarse con las mujeres. A las que las gustaba su estilo, pues muy bien. A las que no llegaba a agradar, pues también, bien. No le molestaba que una mujer no se interesara por él. En cambio, cuando percibía que gustaba, pisaba un poquito el acelerador si le apetecía, y esperaba a que la mujer se insinuase o a que le llevase a la cama. Tenía muy claro que en el juego de la seducción, la única decisión que iba a misa era la que adoptaba la mujer. El hombre sólo puede esperar el veredicto. Además, él era como era y no iba a fingir tal o cual cualidad para intentar impresionar a nadie. Ni a hombres ni a mujeres. También, Petankas tuvo que reconocer que le encantaban las mujeres cuando se volvían seductoras e insinuantes. Pello Petankas recordó algunas charlas con amigos que, según ellos, entendían mucho de mujeres. Uno de ellos, Tomás, tenía, también según él, un método sencillo pero eficaz. Cuando tenía ganas de liarse, iba a un local nocturno donde hubiese muchas mujeres. Se acercaba a la primera que le venía a mano y le decía alguna tontería con gracia que le hiciese reír, o por lo menos esbozar una sonrisa. Si le reían la gracia, a continuación, sin decir nada más, les juraba que lo que más deseaba en ese momento era poder hacer el amor con ella durante toda la noche. Solía contar que todas las noches que salía en ese plan, a la cuarta o quinta o décima mujer que abordaba, siempre había alguna gustosa de aceptar su descarada proposición amorosa. Otro, Mikel, era un experto en psicología femenina, porque, como según decía él mismo, se debía a que tenía muy desarrollado el aspecto femenino de su personalidad. Con absoluta seguridad y total falta de modestia, decía que en la historia de la seducción amorosa, había tres leyendas de indudable categoría. Dos de ellas ya estaban muertas: Casanova y Don Juan. La otra aún vivía, era él. Su método consistía en saber vender el producto a las posibles compradoras. El producto era él. Había sido vendedor de seguros y afirmaba que el ligue era como una operación de marketing. Era preciso saber qué es lo que quieren comprar. Para eso, en primer lugar, era fundamental la información. Al principio había que hablar poco, hacer algunas preguntas aparentemente banales, y luego escuchar atentamente las respuestas. Con la información recibida se hacía una primera impresión. Si el objetivo a llevar a la cama era una soltera porque aún no había encontrado un hombre dulce y comprensivo, Mikel adoptaba una expresión tímida y cariñosa, y le daba a entender que era muy sensible. Si era una mujer independiente y feminista, tenía un discurso muy bien elaborado sobre el machismo prepotente e ignorante de muchos hombres. Si era una intelectual con gustos filosóficos, el bilbaino de Mikel sabía hablar algo sobre la corriente epicúrea en la filosofía clásica de los griegos, o sobre cuatro cosas que conocía de la cultura árabe en España. Si era una mujer satisfecha con su trabajo, se limitaba a hacerle muchas preguntas sobre su profesión y mostrar mucho interés por sus respuestas relacionadas con su experiencia laboral. Y siempre, pero siempre, había que aparentar ser un poco niño y un poco inocente. Esto último les encantaba a todas, debido al fuerte sentimiento maternal que tienen casi todas las mujeres. Eso sí, en todos los casos, se preocupaba de modular la voz de la forma que consideraba más apropiada a la idiosincrasia de su presa. La cena siempre iba acompañada de un cava muy frío, porque tal como les decía en el momento del descorche, las burbujas del champán es el mejor acompañamiento para una velada tan agradable con una mujer tan interesante y tan inteligente. A sus amigos les decía otra cosa. Les decía que había comprobado que a las mujeres les encanta comer con champán y que, además, así se suelen descuidar un poquito más. Si la cita era en época estival, su especialidad era la paella de mariscos hecha con caldo de pescado y verduras. Utilizaba el truco de echar un buen chorretón de orujo seco al caldo. Le salía buenísima y aparentando cierta modestia, explicaba a la homenajeada que todo consistía en el perfecto, amoroso, paciente, concienzudo y lento guiso de la confitura de cebolla y otras verduras del tiempo que utilizaba como base para el arroz. Con la paella, sustituía el cava por una sangría, también muy fría, que como él aseguraba, acababa con las últimas defensas vaginales por muy formidables que éstas fuesen. Más de una vez, Mitarra se encontró, cuando iba a su apartamento a encomendarle algún trabajo, conque la leyenda viviente estaba todavía en la cama con alguna encantada, somnolienta y bien alimentada mujer. Pese a los consejos de sus experimentados amigos, Pello seguía pensando que su estilo era menos complicado y más natural. Arantza le comentó que conducía muy bien y que ya estaban llegando al Bilbao de Benjamin.
Entraron en Bilbao sin ningún contratiempo. Desde la apertura del metro, los atascos habían disminuido en la capital vizcaina. Al bajar por el puente de La Salve, Pello dedicó un maquiavélico pensamiento a sus amigos de verde del cuartel que se encontraba debajo del puente, mientras Arantza le estaba explicando cuál era su teoría sobre el origen de los vascos, que en líneas generales, no contradecía la que conocía de labios de su abuelo. Un pueblo de inmigrantes que vino desde Oriente, hará unos 8.000 años, para establecerse a ambos lados del Pirineo. A Pello le agradó que Arantza supiera sobre estas cosas. A Pello le pareció que era un hombre de una edad indefinida, calculó que rondaría los 60 años, vestido con un llamativo chandal de color violeta con unas franjas amarillas. Le hizo gracia la absoluta falta del sentido del ridículo que tenía el maestro de Arantza, o igual era que esa vestimenta era su camuflaje para pasar desapercibido por el museo. Parecía simpático. Arantza le presentó a Benjamin Ríos y dijo que era un buen amigo. A Pello le presentó como Pedro Astrain y aseguró que también era otro buen amigo. A continuación, Arantza se colgó del brazo de Benjamin y con una amplia sonrisa le comunicó que estaba muy contenta de verle, que tenía muchas ganas de estar con él, y que estaba más guapo que nunca. Se enzarzaron en una charla alegre y personal. Pello les siguió por detrás. Arantza, de vez en cuando, volvía la cabeza y miraba a Pello muy alegre y contenta, como para cerciorarse si continuaba siguiéndola por detrás. Pello miraba más a las bonitas piernas y al buen trasero de Arantza que a las obras de arte que estaban por todas partes, y pensó que, o la señorita “mucho mucho” cree que no sé andar por un museo, o ya ha comenzado a desplegar sus estrategias de coqueteo y seducción. Le gustó las perspectivas que se iban perfilando para el fin de semana bilbaino. Benjamin parecía un jatorra que, según Arantza, podía desvelar el secreto de la tablilla, y, encima, la señorita Urdanpilleta estaba más guapa y apetecible que nunca. Decidió no pensar en Retama ni en su loca y mortífera masacre. De todas maneras, por ahora no podía hacer nada. Benjamin le contestó. — Mi querido amigo, sí tienes razón en lo que dices, pero de no dedicar ese dinero a mejoras sociales, es mejor dedicarlo a cosas bellas en vez de en la formación de ejércitos o en la compra de armas. ¿No crees que usar la violencia contra lo bello o contra la vida, no tiene sentido? ¿No crees que es mejor gastar el dinero, o la energía, o el tiempo en hacer cosas bellas, en vez de en muerte y destrucción? Mitarra recordó que hacía algo menos de un año que un comando legal de la organización había intentado realizar un atentado en el museo o contra el museo. No lo sabía exactamente. Prefirió no seguir hablando del tema de la violencia con Benjamin, y con la cabeza dio a entender que estaba de acuerdo con el viejo zorro de Benjamin Ríos. También observó que Arantza le estaba mirando y que estaba a punto de partirse de las risas que, con mejor o peor fortuna, intentaba reprimir. Para Pello, el Guggenheim era una bilbainada más. Tenían el mejor museo; el mejor metro; habían organizado y adecentado la villa como para hacerla hasta bonita; iban a limpiar la ría y la iban a dejar más límpida que las aguas del Támesis; en todo el mundo no se comía tan bien como allí; Dios, para demostrar al mundo en qué consiste la auténtica humildad, no se hizo a sí mismo un bilbaino más; y por si fuera poco, tenían un equipo de fútbol que era el único en el mundo que jugaba en la alta competición con sólo vascos. Siempre eran los mejores en todo. Por lo menos, así se lo creían ellos, pero, sin embargo, tenían un gran corazón. En efecto, el bilbaino desde siempre había tenido más seguridad en sus convicciones y en sus casi divinas cualidades que la que mostraba el resto de los pobladores del país con respecto a sí mismos. Quizás, el origen de esta presuntuosa y folclórica actitud, fue la sensación que tuvieron sus primeros habitantes, todos ellos pertenecientes a la antiquísima tribu euskaldun de los autrigones, de haber encontrado el paraíso al contemplar y quedarse después en el maravilloso cuadro que dibujaba la desembocadura del ancho río Nervión, rodeada de fértiles campas salpicadas de acogedores árboles que surgían de las suaves colinas que, a su vez, brotaban de la tierra como unas verdes y hermosas olas, las cuales daban sensación de movimiento y vida, embelleciendo, si cabe aún más, la inmensa vega profusamente surcada por innumerables, cantarines y alegres riachuelos. Encima, todo el paraje estaba protegido por unos montes con antiquísimos bosques de robles, castaños, encinas y nogales, que lo resguardaban de los vientos y de las bajas temperaturas. Acaso, el hecho de ser conscientes del cuadro incomparable que suponía la ría y su entorno, les hizo sentirse superiores a todos los demás habitantes del mundo. Casi siglo y medio después, los liberales bilbainos, que eran casi mayoría y que paradójicamente nunca dejaron de ser foralistas, resistieron varios asedios de las tropas carlistas formadas por los aldeanos que menospreciaban. A sus muchas características, Bilbao o Bilbahoa, añadió una más. La de ciudad invicta. Su autoestima siguió creciendo. Después, la ideología nacionalista de Sabino de Arana y Goiri, no tuvo en un principio mucho eco en Bilbao, pero la pequeña burguesía nacionalista bilbaina supo arreglarse muy bien con la burguesía bilbaina no nacionalista. Así estuvieron las cosas hasta que la guerra civil del 36 rompió la entente de la derecha bilbaina. La represión y la actitud violentamente autoritaria que mostraron los vencedores franquistas al conquistar y entrar en la hasta entonces invicta ciudad, con el beneplácito de la derecha bilbaina no nacionalista que representaba el papel de los liberales en las guerras carlistas, indignó a la mayoría de los bilbainos, tanto a los nacionalistas como a los no nacionalistas, uniéndose todos en el sentimiento de que ante Franco, eran bilbainos y vascos ante todo. Con Franco sólo quedó la gran burguesía y unos cuantos oportunistas. Benjamin les llevó a una taberna inglesa que estaba por los alrededores del museo y cerca de su vivienda. Les atendió una inmensa persona que, por las aleonadas melenas y nutrida barba que rodeaban su rostro, tenía un aspecto que a Pello le recordó la imagen de un león. Con una mirada franca y amable, les sirvió dos pintas de cerveza irlandesa y un té frío para Arantza. Se sentaron en una mesa con vistas al puente de La Salve. Benjamin Ríos, mirando directamente a los ojos de Pello, dijo: — Yo soy nacido en Bilbao, pero mis padres lo hicieron en un pueblo de Salamanca. Mis padres y mucho menos yo, nunca nos hemos sentido no aceptados por los bilbainos de toda la vida. Quizás fuese porque mi padre era médico y en consecuencia tuviese un cierto prestigio. Pero la cosa es que yo me siento totalmente identificado con Bilbao y con el resto de Euskal Herria. Me siento vasco, no porque lo lleve en la sangre, ni en el RH famoso, sino porque siento como vasco y como bilbaino. No sé cuál es el agente provocador de esa sensación. Algunos lo atribuyen al medio ambiente cultural o social, otros creen que es por la educación recibida en el seno de la familia y por el tipo de amistades que se tienen en la adolescencia, y hay un tercer grupo compuesto por prestigiosos sicólogos encabezados por Joung, que afirma que es debido a lo que ellos llaman el inconsciente colectivo. Como ocurre casi siempre, todos tienen razón, pero no la única razón. Mi opinión es que la sensación emotiva de pertenecer a un clan o a un pueblo, proviene de los tres factores. En primer lugar, tiene que haber un inconsciente colectivo que impregna el núcleo del imaginativo subconsciente. Después, el subconsciente envía mensajes al consciente. Es la fase que se corresponde a la espontánea educación familiar y al tipo de amistades que se tengan. Esta fase desemboca en el desarrollo y constitución de un medio ambiente cultural y social. Ya ves que el factor RH no tiene nada que ver. El origen está en el inconsciente colectivo que subconscientemente influye tanto en el sentir popular de cada región del mundo. En Bilbao y también en Euskal Herria, se palpa el inconsciente colectivo por doquier. Mitarra salió de sus reflexiones y se dio cuenta de que hacía un ratito que Benjamin había acabado de hablar, y que tanto Arantza como Benjamin, le estaban mirando con una expresión divertida en los ojos. Sintió como si le hubiesen cogido estando en Babia. La mirada de Arantza era risueña, había un poco de ironía y daba a entender que si te apetece, aquí me tienes, pero prepárate. La de Benjamin I era más complicada de descifrar. Tenía los párpados ligeramente entornados, como cuando te viene un poco de sol a la vista, y los ojos parecían ser de un castaño indefinido que le miraban dando a entender que entendían y comprendían todo lo que estaba pensando Pello, y que, de manera absolutamente sincera, además mostraban estar contentos y alegres de los pensamientos que percibían en su nuevo amigo. Eran seductores y, sin embargo, tranquilizadores. A Pello le surgió su espíritu guerrero, tal vez influenciado por la atrayente presencia de Arantza, y le dijo a Benjamin lo primero que se le ocurrió, más que nada por no aparentar tanto acatamiento a los conocimientos del zorro. — A eso no te puedo contestar con exactitud —. Respondió Benjamin. — Pero no es muy difícil imaginárselo. Me lo imagino como una especie de ondas electromagnéticas, parecido a las ondas de la radio o de la TV que se encuentran en el espacio y por todo el espacio, pero que no pueden ser detectadas, a no ser que se disponga de un receptor adecuado a su longitud de onda. La mente puede ser el receptor de las ondas del inconsciente colectivo. Sabemos algo sobre el cerebro, pero casi nada sobre la mente. ¿Quién puede, si apenas conocemos el mundo de los pensamientos, asegurar que no existen un tipo de ondas que transportan una información, ideas, que son captadas por algún mecanismo oculto del subconsciente? Estamos hablando de energía e información. Un tipo de energía que nos hace tener una serie de características mentales, emotivas y físicas. Lo he dicho por este orden, porque hace más de un siglo que la ciencia ya ha descubierto que la energía es la que configura y modula la materia. La ciencia ya sabe que la materia es una consecuencia de la energía latente en las subpartículas que constituyen la estructura atómica de lo tangible que, con mucho denuedo, termina por manifestarse bajo una apariencia física. Me imagino que la energía más sutil es la mental, después se manifiesta como algo más denso, algo más perceptible como es el carácter emotivo, para que esta energía emotiva sicosomática configure a su vez, o modifique, las partículas atómicas que constituyen los ladrillos de la materia física del cuerpo humano. Está cada vez más asumido por la profesión médica, la existencia de muchas enfermedades que son de tipo somático. Igual resulta que el inconsciente colectivo está en todas partes. De todas formas, prefiero utilizar la expresión de alma vasca para designar el inconsciente colectivo de los vascos, y la de almas individualizadas para referirme a los receptores ocultos del subconsciente encargados de captar las ondas cósmicas. Arantza comentó que un día es un día y que hoy tenía ganas de desmadre. Perfiló un gracioso gesto con su respingona nariz, dedicado a Pello, mientras pagaba Benjamin la primera consumición, y, despidiéndose del propietario, salieron a la calle.
Capítulo 32. EL LARRUN Patxo, Iñaki y Juantxo también pagaron religiosamente la cuenta de su menú, y emprendieron la marcha. Hasta llegar al extrarradio de Baiona, estuvieron discutiendo todo el viaje. Iñaki defendía con ahínco su propuesta. Decía que había que cruzar la muga por el Larrun, ya que lo conocía perfectamente de haberlo utilizado en varias ocasiones para pasar de un lado a otro de la frontera. Iñaki era de Barakaldo y llevaba casi 10 años como liberado de la organización. Estaba en ETA porque, según decía, eran los únicos que le echaban cojones y se enfrentaban de verdad a los cabrones de mierda responsables de esta puta sociedad. Así de simple. Juantxo, por el contrario, defendía la postura de efectuar el paso de muga en coche, haciéndolo tranquilamente y como unos señores, a través del casi inexistente puesto fronterizo de Behobia. Insistía que ahora ya no había vigilancia ni control en las aduanas, y que su método era más eficaz, rápido, cómodo y menos arriesgado que la excursión por el monte Larrun propuesta por Iñaki. Juantxo, que era de Donostia y más intelectual que Iñaki, siempre decía que el intelecto es necesario siempre, y mucho más para la planificación del desarrollo de cualquier praxis. La teoría siempre debe preceder a la praxis. Iñaki no cejaba en su empeño. — Si por el desarrollo de tu teórica praxis práctica de los cojones, la policía española nos pide la documentación por una puta casual casualidad, ¿creéis vosotros que nosotros damos el pego de ser franceses de Francia? Pero Juantxo, que continuaba viendo policías por todas partes, en un descuido de sus vigilantes, logró escapar y pasar la frontera en coche, con una vieja tía suya que le hizo de carabina. Una vez al otro lado, un hijo de la tía viajadora pasó a Hendaya a recoger a su madre aventurera y al coche. Juantxo conocía una dirección en Tarbes y allí se presentó. Estableció contacto y se ofreció para lo que quisieran mandarle. A cambio de alojamiento, comida y unos pocos francos para sus gastos, hizo de correo interno de la organización; y porque nunca se supo que las caídas en la infraestructura legal de Donostia, se habían debido al involuntario guía, Juantxo estuvo un par de meses haciendo de Miguel Strogof por el sur de Francia sin pasar nunca al otro lado de la muga. Una vez, le dieron un recado en un sobre para llevarlo de Baiona a San Juan de Luz. Se montó en el tren y aquel día se durmió a la altura de Biarritz. No se despertó hasta que fue zarandeado con muy malos modos por un revisor ferroviario en la estación de Irun. Cuando se percató de que había vuelto a la parte española, perdió el control y salió como una bala del tren. Una pareja de guardias civiles, que patrullaba por el andén, le echó el alto y se lo llevaron a comisaría. Allí se dieron cuenta de que era el Juantxo que se les escapó tres meses atrás, tras descubrirles varios pisos. Le dieron unos cuantos golpes y al día siguiente le pusieron a disposición judicial. Estuvo en la cárcel algo menos de un año y salió en libertad condicional a ver si seguía dejando pistas por ahí. Nada más salir de Martutene, se volvió para Euskadi Norte y nunca más repitió la experiencia de subirse a un tren. El sobre que contenía el recado se debió de perder en la estación, porque jamás se supo nada más de él. Cuando Juantxo se entrevistó con su responsable, le explicó que había sido secuestrado en el tren y que a punta de pistola le obligaron a pasar la frontera. Eso sí, también le dijo a su responsable que antes de ser inmovilizado, logró tirar el sobre por la ventanilla cuando el tren pasaba por encima de un río. El asunto siempre quedó un poco confuso y un tanto inverosímil. En esas, llegaron a la circunvalación de Baiona y tomaron la dirección a Hendaya. Al pasar cerca de Chambre d’Amour, el subconsciente de Iñaki le envió alguna señal, porque dijo que se sentía como los hombres cuando quieren follar. — Calla cabrón —, le respondió Iñaki, — mecagüen la hostia, tú te crees muy listo, listo de los cojones, pero ya he oído a algunos que la caída de Artapalo en Bidart, fue casualmente tres meses más tarde de tu detención en el tren. A saber lo que te cogerían. Iñaki se creció, y Patxo y Juantxo no tuvieron más remedio que aceptar el destino juguetón que favorecía el plan de pasar por el “alto de La Rhune”, o “Larrun mendia”, a la manera aventurera y furtiva de los antiguos contrabandistas vascos. Juantxo, esta vez al menos, no puso pegas para montar en el pequeño trencito, y los tres amigos hicieron la ascensión como unos turistas más, al lado de un grupo de japoneses, con muchas cámaras fotográficas, que iban a conocer el monte que según el poeta Agustín Chaho, tenía las vistas más maravillosas de toda Euskal Herria. El zuberotarra, escritor, poeta, revolucionario y esoterista Joseph Agustín Chaho escribió miles de páginas de romántica y sincera literatura vasquista, en el corto periodo de vida que tuvo a mediados del siglo XIX. En uno de sus libros, escrito con apenas treinta años, describe la panorámica que se divisaba desde la cima del Larrun, cuando todavía ningún pequeño trencito subía hacia arriba por su ladera. Así la vio el aventurero de Atheratze: “Desde el Larrun se domina un extenso paisaje, tal vez el más hermoso de los Pirineos Occidentales, tan ricos en panoramas pintorescos. Al mediodía, la Nabarra peninsular, cuyos valles se suceden huyendo hasta el Ebro; al norte, las tres provincias de la Vasconia francesa, Baiona, Pau y Las Landas que llegan hasta Burdeos; al oriente, la cadena de los Pirineos cuyas cimas gigantescas, semejantes a titanes, se elevan y se aglomeran por millares como para escalar el cielo; al oeste, las costas escarpadas del golfo de Vizcaya y la inmensidad del Océano. La claridad de aquel bello día me dejaba percibir, a pesar de la distancia, el lejano puerto de Bilbao y distinguía, siguiendo el litoral, a Getaria, San Sebastián, Pasajes, Fuenterrabía y la isla de los Faisanes, llamada isla de la Conferencia desde el famoso tratado de los Pirineos. Veía correr el Bidasoa al salir de Nabarra hacia el golfo y separar Gipuzkoa del territorio laburdino. Ese río sirve de límite a los dos reinos de Francia y España. A mis pies tenía el Laburdi con sus treinta parroquias que podría contar. De todas ellas, había dos, Hendaya y Ustaritz, que me recordaban dos épocas bien distintas de la historia de los vascos cispirenaicos. Sus guerras contra los francos y sus expediciones marítimas”. Patxo se sentó cerca del chofer del autobús. Juantxo se aposentó en la última hilera, e Iñaki, hacia el centro del pasillo, tuvo como compañera a una mujer muy gorda que le obligaba a sacar medio cuerpo fuera del asiento. Cada vez que el conductor del autobús miraba por el retrovisor, veía a un Iñaki tenso y preocupado que parecía estar muy atento a la conducción del chofer. El conductor supuso que el desconfiado pasajero habría sufrido alguna vez algún espectacular accidente de autobús. En cambio, Iñaki, mentalmente, sólo se dedicaba a echar pestes contra su voluminosa vecina y compañera de viaje.
Capítulo 33. EL DIOS KAKA Benjamin Ríos vivía en el segundo piso de un edificio de la Alameda de Rekalde, situado enfrente del colegio de los Escolapios. La vivienda era antigua y señorial, y estaba decorada de una manera muy informal, con cantidad de diversos objetos y enormes plantas de interior que daban mucho colorido al piso. La cocina era muy amplia y tenía una mesa preparada con tres cubiertos. Moviendo con mucho brío una cazuela de barro, había una gruesa mujer entrada en años. La señora les recibió con una pequeña regañina. Benjamin la presentó a Pello. — Esta irrespetuosa artista de la cocina se llama Engracia y es oriunda de Basauri. Hace años, ella y su difunto marido regentaban una casa de comidas en su pueblo. Eran artistas en bacalaos en salsa, en txipirones en su tinta y en merluza en salsa verde. Al enviudar, cerró el negocio, y tuve la fortuna de convencerla de que se dignase cocinar para mí y para mis amigos, y de paso quitarle un poco el polvo al piso. Vale Engracia, ahora mismo nos sentamos en la mesa y comemos como buenos chicos. Engracia le dio a Benjamin las últimas instrucciones y se despidió. Tenía mucha prisa ya que había quedado con su hermana para ir a pasar el fin de semana en una casita que tenía en La Rioja. Enfatizó que ella también tenía derecho a descansar. Dijo un agur y salió de la cocina. Al poco tiempo se oyó el ruido de la puerta de la calle al cerrarse. Arantza respondió que sus méritos culinarios no eran para tanto, mientras le sonreía a Pello con una expresión en los ojos que traslucía mucha simpatía y picardía a borbotones. Se abrió una botella de txakoli, y sobre un bonito mantel de hilo que cubría una espléndida madera, comieron la ensalada sin hablar apenas. Después vino la cazuela de medallones de merluza en salsa verde, con un puñado de guisantes, unas cuantas almejas y media docena de espárragos. El perejil le daba un bonito realce de color a la untuosa salsa que se había creado gracias a la gelatina del pescado y al rítmico movimiento de mano de la salerosa cocinera. Pello tuvo que reconocer que nunca había comido una merluza en salsa tan legalmente elaborada. Benjamin afirmó que a él le constaba que Engracia la hacía sin usar para nada la harina, que por eso era una auténtica artista. Miró a Arantza como si se estuviese preguntando si Arantza tendría la suficiente gracia y salero en la cocina. Pello ya sabía que Arantza sabía que él ya sabía que era muy fina en la cocina, pero lo que Pello quería comprobar ahora era cómo reaccionaba el ego de Arantza ante la petición de gracia y salero. Arantza, que no había perdido su pícara mirada, le contestó, también como quien no quiere la cosa, que la única manera de comprobar si una mujer tiene gracia y salero en la cocina, es mirando a la cocinera cómo lo hace y probando las maravillas que sepa hacer. Continuaron disfrutando de la merluza y de sus comentarios. También la merluza desapareció de los platos y de la cazuela con gran rapidez. Benjamin sólo abrió la boca para comer. Mirando cariñosamente a Arantza, le pasó el cigarro, mientras decía que hay mucha gente que cree que lo fundamental para la salud es alimentarse únicamente a base de frutas y verduras. — No saben que es más sano comer con grasas, siempre y cuando se haga con alegría, disfrute y/o concentración, que comer en plan más limpio, pero con la cabeza sumergida en preocupaciones o en otros pensamientos ajenos a lo que se está comiendo. Es una falta de respeto y de agradecimiento a algo que dentro de poco va a formar parte de uno mismo. Pello iba de sorpresa en sorpresa con Arantza. También fumaba marihuana, y lo hacía con mucho estilo. Arantza le pasó el porro, y Pello aprovechó la oportunidad para preguntarle a Benjamin si creía que podría descifrar la tablilla. Benjamin le contestó que aún no la había visto y que no podía responder a su pregunta hasta que la viese. Pello se levantó de la mesa y se dirigió a la sala donde había dejado su bolsa de viaje. Cogió la tablilla, y aprovechó la ocasión para quitarse el revólver de encima. Lo escondió en lo más profundo de una enorme planta que ocupaba el centro de la espaciosa sala que hacía también las funciones de biblioteca y de expositor de objetos curiosos. “Todos sabemos qué es la caca. Es la cagada. En euskera es kaka. En gitano es perel. Analicemos en primer lugar la kaka vasca. La función de defecar es el acto más íntimo que realiza el ser humano. En todo lo demás se puede estar acompañado, ya que casi siempre nos gusta la compañía. Pero en el defecar se prefiere la soledad. Si nos imaginamos a los primitivos humanos, mitad animales mitad personas, viviendo en sus colectivos, es lógico suponer que los únicos momentos en los que estaban a solas consigo mismo, era tras el biombo de unos matorrales o de unas piedras. Era el único momento en el que pensaban a solas. Pensarían sobre el producto que estaban evacuando, y olerían sus efluvios. Se tuvieron que dar cuenta de que lo que echaban se correspondía con lo que habían comido uno o dos días antes. También comprobaron en sus desplazamientos nómadas que, cuando volvían a algún antiguo asentamiento, las zonas usadas para la defecación eran las más fértiles. Asociaron la idea de que la defecación, que para ellos era la muerte de los alimentos, producía vida. Esa vida creaba los árboles que les daban los frutos que comían para ser después evacuados, lo cual contribuía, a su vez, a dar vida a los árboles, continuándose ininterrumpidamente el ciclo de esta manera. Así que les pareció algo perfectamente bueno. Algo casi mágico. A ese ciclo o ley, los primeros que cagaron por el mundo lo llamaron Dios”. “ Dios era el dador de la vida de su mundo. Para ellos, el ciclo vida – muerte - vida era el agente activador de la naturaleza, tanto la de ellos mismos, como la del exterior que les permitía alimentarse y vivir. Pues bien, tú sabes que en euskera el sufijo ka denota una acción continuada e insistente. Es la esencia de la acción y de la vida. Pero también, el sufijo ka se utiliza para dar la idea de carencia, de vacío, de muerte existencial. Sirve para utilizarlo tanto en un caso como en su opuesto. Así vieron los antiguos hombres a Dios. Como algo que producía vida, después venía la muerte y, de la muerte, volvía a surgir la vida”. Arantza y Pello no pudieron contener la risa, y Pello le preguntó a Benjamin si cada vez que fumaba marihuana le daba siempre tan fuerte. Benjamin le sonrió y prosiguió con su juego de hipótesis no comprobables y por lo tanto dificilmente refutables. Benjamin interrumpió sus historias medio en broma, medio en serio, y se puso a tocar las palmas de las manos como un consumado experto en flamenco.
Capítulo 34. EL DIOS PEREL Benjamin Ríos, dejando los juegos y las gracias para otro momento, tomó la tablilla y se concentró en ella. Durante un buen rato la acarició, la olió, la sopesó y pasó muy despacio la yema del dedo corazón por los surcos de las inscripciones grabadas en la piedra. Después la colocó sobre la mesa y estuvo contemplándola sin mover ni un solo músculo del cuerpo y efectuando unas respiraciones muy profundas. Cuando salió de su ensimismamiento, dio un suspiro y se dirigió a sus dos amigos. “ Otro caso. Roberto, alias “carácter militar”, al comprobar el estado meteorológico del día, agarra un enfado monumental y se caga en Dios y en todo su equipo. De todas formas, decide que, pase lo que pase, se va a la playa con la chica. No podrán estar tumbados al sol, pero irán al txiringito de la playa. Roberto aprovechará la ocasión para impresionar a la chica y se dará un baño entre las enormes olas. Comerán a solas en el restaurante de la playa, y la soledad del local y la frialdad del ambiente no serán los más propicios para el logro de sus intenciones posteriores, pero por lo menos lo intenta”. “ El tercer caso es Roberto alias “carácter soñador”. La tristeza y la depresión le abruman al asomarse a la ventana y se queda ahí, de pie enfrente de la lluvia, imaginando todo lo que podía haber sido pero que no será. Llora de tristeza al soñar con la felicidad perdida, también se olvida de llamar a la chica, y le surgen algunos versos melancólicos que le desgarran su corazón, impregnándose de pena, sufrimiento y poesía. Su extremada sensibilidad le acabará conduciendo a algún tipo de misticismo o seguimiento devocional de cualquier causa perdida”. “ Cuarto y último caso. Roberto, alias “carácter deportivo”, también se queda triste como el vacío y el soñador, pero además se enfada, algo menos, como el militar. La parte soñadora de su carácter, al no estar bloqueada por la mala hostia o por la melancolía, comienza a analizar las nuevas posibilidades que la lluvia y el viento han aportado. Cae en la cuenta de que el mar debe de estar maravilloso de fuerza y de color, y decide ir a un sitio apropiado y salvaje, que permita una buena visión del oleaje, para pasar la mañana en el coche, mientras comentan el espectáculo de la naturaleza. La comida y la sobremesa en algún restaurante, que no sea el solitario de la playa, siguen siendo una oportunidad interesante para el posterior desarrollo de la tarde. El carácter deportivo te permite sacar provecho de manera inteligente y audaz de cualquier situación. Diría que es como el carácter del militar, pero más atemperado y con grandes dosis de imaginación y por lo tanto de sensibilidad. “Como colofón al tema de los caracteres, amigo Pedro, me imagino que no te interesará mucho la sicología esotérica, pero si algún día te da por ella, quiero decirte que el carácter militar corresponde a una personalidad cuyo Rayo cósmico predominante es el primero, el vacío al 2º, el diablo al 3º, el soñador al 4º, el intelectual al 5º, el fanático al 6º y el deportivo al séptimo y último Rayo”. “ Habla el cuento sobre la intensidad y la energía que encierra el aspecto voluntad, aquel que permitió sobrevivir a los primeros semihumanos influidos por el Dios KAKA, pese a las duras condiciones de vida, para al final lograr modificar hasta las iniciales creencias basadas en el miedo, y transformarlas en un deseo por la felicidad que encontraron en el dios KABI de la época del lúdico Perel. El cuento dice que estaban dos ranas dando saltos por un prado cercano a su charca, cuando sin saber cómo, las dos ranas aterrizaron en el interior de un balde metálico lleno de leche. Intentaron salir, pero las paredes metálicas del balde impedían la salida. Comenzaron a nadar, mientras comentaban qué se podría hacer. Al cabo de un buen rato, una de ellas dijo que ya no podía más y que se iba a dejar hundir. La otra le echó una arenga sobre lo importante que era el no rendirse nunca, la cual logró convencer a su amiga. Nadaron otro buen rato, y la misma rana volvió a anunciar que esta vez sí era verdad que no podía más y que se dejaba hundir. Desapareció bajo la blanca superficie, y dejó sola a su compañera de aventuras. La rana de la superficie se olvidó rápidamente de su compañera, y concentró la poca energía que le quedaba en seguir agitando sus patas. Cada vez que notaba que las patas no le respondían, concentraba todo su ser en enviar la orden a sus extremidades, y éstas respondían cada vez con más dificultad. En una de las veces que intentó seguir controlando a sus patas, éstas no pudieron responder, y supo que se iba para el fondo. Comenzó a hundirse y a poca profundidad, casi en la superficie, la rana sintió que sus patas se posaban sobre un cuerpo duro, casi sólido, que le permitiría, si es que era capaz de dar la orden a sus patas, saltar fuera del balde. Era consciente de que todo dependía de ese momento, y su deseo por vivir hizo que la voluntad no se rindiese y tuviese la necesaria capacidad de energetizar a sus extremidades para que éstas a su vez, hiciesen el impulso hacia arriba. Mandó la orden a sus patas y éstas obedecieron. Las patas se afianzaron sobre la capa de mantequilla que se había formado de tanto batir la leche con sus patitas, y se dispararon como dos resortes para impulsar a su dueña fuera del balde”. — Estamos llegando a las primeras estribaciones del mundo del espíritu, y todo gracias al esfuerzo de la voluntad. Pello fue sincero y le salió una expresión de auténtico asombro. Recogió la tablilla, estrechó la mano de Pello y volvió a salir en compañía de Arantza. Pello Petankas rió la ocurrencia de Arantza. — ¿Cuántos años crees que tengo? — Yo creo que tendrás algo más que yo, unos 43 ó 44 años. Arantza tardó casi media hora en volver. Pello, mientras esperaba, estuvo comiendo queso y nueces, intentando llevar a la práctica los consejos de Benjamin sobre la concentración inherente a toda acción. Arantza entró en la cocina y se dirigió al aparador a coger una pera del cesto de las frutas. Comenzó a comerla a mordiscos, apoyada de pie en el aparador, mientras el agua de la pera resbalaba desde la comisura de sus labios. Pello la observaba desde el fondo de la cocina. Arantza llevaba recogida su cabellera rubia con una toalla, y se adivinaba que debajo del albornoz, que hacía juego con los azules ojos de Arantza, no había nada más que su cuerpo. Pello no esperó a que Arantza terminase con toda la pera. Se levantó de la mesa y se acercó a ella. Notó que Arantza conocía sus intenciones por la mirada fija y brillante que adoptó la mujer del albornoz y la pera. Cuando estuvo muy, pero que muy cerca de ella, habló con suavidad. Fueron casi 40 horas ininterrumpidas de pasión y de amor, que aunque sea justo reconocer que hubo bastante más de lo primero que de lo segundo, no por eso hay que obviar el gran componente de cariño que se originó entre ambos. Estuvieron durante casi dos días adorando sin parar al dios Perel, poniendo en ello todo su ardoroso denuedo.
Capítulo 35. EL CHARLATAN Patxo, Iñaki y Juantxo se apearon del autobús en el donostiarra barrio de Gros, y se metieron en un bar que estaba lleno de pinchos y de cazuelitas. Patxo cogió el teléfono y llamó a uno de los contactos que le había dado Korta en París. El responsable del comando itinerante tuvo que hablar más de la cuenta para convencer al simpatizante de Donostia que la llamada no era ninguna encerrona de la policía. Juantxo, a su lado con cara de preocupación, observaba a los clientes del bar para cerciorarse de que nadie estaba escuchando la conversación. Mientras, Iñaki estaba en la barra, degustando unos pinchos, a la vez que pensaba con la boca llena en el siguiente que se iba a comer. Jon respiró aliviado. Había temido que en su primera cita con la alta competición operativa, se hubiera ido de la lengua como el clásico parraplas charlatán. Patxo confirmó una vez más que era un experto en obtener información. — Bueno Jon, te felicito por ser tan buen observador. Gracias a tu preciso conocimiento de la situación, nos has evitado andar de la ceca a la meca. Compañeros militantes como tú, son los que mantienen viva la llama de la causa de nuestra Euskal Herria. Has sido muy útil y tienes que seguir con nosotros. Tienes que darnos alojamiento, darnos un coche y ayudarnos a averiguar quién es la mujer esa del otro talde, que tiene el contacto con Mitarra. Es la única forma de encontrar a Mitarra. Por medio de ella sabremos cómo encontrarlo. Jon aceptó la labor con gran emoción, y a eso de las 12 de la noche, todos se fueron a casa de Jon. Patxo y Juantxo se imaginaron que la mujer de la cafetería sería algún destacado responsable de los servicios de información del Ministerio del Interior, encargada de establecer los primeros contactos con Mitarra. ¿O eran los segundos? Iñaki se imaginó que la mujer de la cafetería sería algún ligue de Petankas. Jon se imaginó que la mujer de la cafetería sería una sofisticada e interesante camarada de la organización. La pena era que no estuviese en su talde, pensó Jon, en vez de pensar que la pena era que no hubiese algo así en su talde ni en ningún talde de la banda armada. De todas formas, se dijo Jon, animándose a sí mismo, lo importante era que ahora iba a jugar en primera división con un comando de elite de la organización. Tendría que seguir comportándose igual de eficaz como hasta ahora. Estaba harta de la vida, de su marido y sobre todo, de las embarcadas de su marido. Era natural de Ordizia y llevaba más de 20 años viviendo con Jon. En un principio, Amparo estuvo muy identificada con la causa de la izquierda abertzale, pero con el paso de los años, se fue desmotivando. Desde hacía tiempo, había comprobado que los vecinos, familiares y amigos habían pasado de respetarlos, o por lo menos de aceptarlos con cierta tolerancia, a evitarlos y mostrar hacia ellos un antagonismo cada vez más beligerante, que en vez de hacerla reflexionar, la sumergió en un sentimiento de desprecio y manía hacia todos los que no compartían sus puntos de vista. Lo había comentado algunas veces con su marido, y Jon siempre le contaba la misma historia con las mismas palabras. Una vez que todos tuvieron muy claro sus respectivas misiones, Jon no paró de hablar. Les dijo que su talde también estaba preparando otra operación. Patxo, Iñaki y Juantxo estaban aburridos de la verborrea de Jon, y dando el último trago a sus respectivos whiskys con cocacola, se fueron a dormir, dejando al charlatán de Jon recogiendo los vasos y dos ceniceros repletos de colillas.
Capítulo 36. LA ESPERA Patxo, Iñaki y Juantxo se levantaron a las 7 y media de la mañana del sábado 13 de Junio. Jon se encontraba en la cocina, preparando el café con leche del desayuno. Dieron buena cuenta de todo el surtido de pastelería y bollería industrial, introduciéndolo varias veces dentro de unos humeantes tazones de desayuno, decorados con unos vistosos motivos vascos. A continuación, todos se tomaron un carajillo. Iñaki se quedó en casa y los demás salieron a la calle a recoger el coche que tenía preparado el talde de Jon para efectuar la ekintza del cuartel de Intxaurrondo. El comando legal tenía una lonja para sus cosas en el barrio de Amara, el cual era el mismo barrio en el que vivían Jon y Amparo. Se fueron a pie hasta la lonja y sacaron el coche para dirigirse a la zona de la Avenida. Una vez allí, Juantxo se quedó en el coche, Patxo se dirigió a la cafetería, y Jon se fue para el banco del que saldría 10 minutos más tarde para presentarse a eso de las 9 en la cafetería casi vacía de clientes. Uno de los clientes tempraneros era un miembro liberado y responsable de un comando de elite de la organización militar que tanto amaba el voluntarioso empleado de banca. Patxo y Jon hicieron como que no se conocían, y pasaron toda la mañana con sendos periódicos delante de sus narices. Cada vez que entraba una mujer rubia, Patxo miraba a Jon y éste, con mucho disimulo, le indicaba que no era la camarada del otro talde. Patxo comentó con el camarero que si estaba tanto tiempo en el bar, era porque debía de esperar a un personaje para realizarle una entrevista para su periódico. El camarero quiso saber quién era la persona a entrevistar y Patxo tuvo que improvisar sobre la marcha. Amparo les recibió con un humor más agradable que el que había mostrado la noche anterior. De todas formas, casi al final de la comida y ante un comentario insustancial de Jon, Amparo perdió el autocontrol y le salió toda la mala hostia que llevaba dentro. Iñaki llevaba más de una semana sin acostarse con su novia la panadera de París, y andaba más salido que “Simbad el Marino” en un harén de “Las Mil y una Noches”. Además, Amparo estaba de muy buen ver con sus casi 40 años. La bata granate que llevaba, se ceñía sobre su blanca piel, y marcaba perfectamente las redondeces de sus curvas y el meneo de sus caderas que acompañaban rítmicamente al movimiento de sus brazos y de sus hombros mientras realizaba el fregado de la cacerola del cocido. Durante la mañana, Iñaki ya se había fijado en el trasero de Amparo y en sus oscilaciones acompasadas al trajín del quitar el polvo de la sala. Iñaki esperó a que se le pusiera dura, y cuando comprobó que ya estaba en condiciones, se levantó de la mesa y se la arrimó al trasero de Amparo, colocando sus manos sobre el pecho de la sensual danzarina. Iñaki iba a decir algo cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza, propinado por Amparo con el cazo de servir las alubias. Iñaki se apartó instintivamente, llevándose las manos a la zona dolorida, pero también por si acaso, por si se le ocurría a Amparo seguir repartiendo estopa. Amparo, sin soltar el cazo, le llamó sinvergüenza, y asimismo le dijo que a ver si sabía con quién se jugaba los cuartos. Iñaki debió de poner una cara muy triste cuando pensó que como siempre, en los asuntos del meneillo, las mujeres son las que tienen la sartén o el cazo por el mango. Acertó a decir un “joder, estás pirada”. Amparo dejó el cazo en la fregadera y sintió una cierta ternura ante la compungida expresión del alocado seductor. Además, pensó que no era plan el romperle la cabeza al primer hombre que se le había acercado con ganas de achuche desde hacía ya bastante tiempo. Así que Amparo le hizo sentarse, y acercándose a él, con una servilleta comenzó a quitarle los trozos de alubias que se esparcían medio aplastados entre la abundante cabellera de Iñaki. El pecho de Amparo estaba a la altura de la boca de Iñaki y, sin poder remediarlo, el fogoso amante le dio un mordisquito mientras la atraía hacia sí, poniendo las manos sobre el excitante culo cubierto por la tela de intenso color granate. Amparo se dejó guiar y se sentó de frente a Iñaki sobre sus rodillas. Allí mismo, sin moverse de la banqueta en donde estaba sentado el indomable Tenorio, echaron un polvo que les dejó completamente relajados. Después se fueron al sofá de la sala y, con la televisión puesta, continuaron con las sesiones de relajo físico y mental. En la otra punta de Donostia, el comando de información se distribuía de la misma forma que la empleada durante la mañana. Juantxo se quedó en el coche con un Egin, y Patxo y Jon entraron por separado en la cafetería. Había más clientela, lo cual contribuía a que la situación fuese algo menos complicada. Jon no paraba de darle vueltas a la cabeza, sopesando las distintas maneras de preguntar por la mujer rubia a los camareros, si es que ésta no llegaba a aparecer para las 9 de la noche. Se le ocurrió que podría enfocar el tema como si fuese un pariente lejano que sólo sabía que su familiar acostumbraba a ir por esa cafetería. Lo desechó porque pensó que él también acostumbraba a ir por la cafetería, y los camareros le conocerían y sabrían que todo era mentira. También se imaginó que podría decirles que estaba muy interesado por la atractiva rubia, y que le harían un gran favor si le decían quién era o en dónde vivía. También lo desechó porque pensó que los camareros le podrían tomar el pelo y avergonzarle en público por sus pretensiones de romántico ligón. Al final, se le ocurrió una idea que le pareció perfecta. Hizo una seña a Patxo para que no se preocupase y salió a la calle a comprar un paraguas de señora. Patxo pensó que Jon habría visto pasar por delante de la cafetería a la misteriosa rubia y que se disponía a seguirla. Dijo al camarero que volvía en un momento y salió detrás de Jon. Le siguió y vio cómo entraba en una lujosa y cara tienda de ropas de mujer. Esperó en la calle, suponiendo que la amiga de Mitarra estaría también en el interior de la tienda. De repente, alguien le tocó en un hombro y le obligó a volverse hacia quien le había abordado tan de sopetón. Era un primo de su pueblo, Idiazabal, al que hacía más de 15 años que no veía. El primo era testigo de Jehová y no sabía mucho de las cosas de Patxo. Patxo observó cómo Jon salía de la tienda con un llamativo paraguas de señora de color lila con unos lacitos rosas. Se encaró con su primo y le mandó a tomar por el saco. Patxo le indicó a Jon, con el dedo índice, que ya era hora de entrar en acción. Jon carraspeó y llamó al camarero más próximo, que era el que se olía que allí pasaba algo raro y que también era el que había escuchado a Patxo, casi 10 horas antes, la historia sobre una entrevista a una valerosa mujer gravemente enferma. — Si me pudieses decir cómo se llama o dónde vive, podría devolverle el paraguas —. Y volvió a elevarlo por encima de la barra. El camarero era de Tafalla, y además de no fallarle la memoria, le zumbaba una mala hostia de cuidado. — Pero usted cree que yo me chupo el dedo. La señorita Arantza no se dejó ningún paraguas olvidado, ni usted pudo recogerlo, porque se fue antes que ellos. Ya se podía, usted, haber inventado una historia con más fundamento. Si se la quiere ligar, no me venga con milongas ni macanas. Dígame que le gustaría conocerla y pregúnteme, por favor, si le puedo decir cómo se llama, que yo no tengo por qué ocultarlo. O invéntese que es un familiar lejano que ha venido a traerle una herencia o lo que sea. Pero no me tome por bobo. Ni usted, ni su compinche de allí, que también me ha metido otra bola a la mañana, me parece que sois trigo limpio. Yo no estoy aquí para oír cuentos y trolas. Yo estoy aquí para cumplir con mi trabajo y nada más. Y, ¿para qué chorras quieren ustedes estar con la señorita Arantza? ¿No pretenderán molestarla? No me toque los cojones que llamo ahora mismo a la ertzaintza para que os meta un buen puro. Patxo tuvo que intervenir. — Tranquilícese que todo tiene su explicación. Somos del equipo de dirección de un programa de televisión que se llama “¿Dónde está mi amor?” La persona que ha contactado con nuestro realizador, es un corazón solitario que busca calor y protección, y nos ha encargado que busquemos a la señorita Arantza, que le entreguemos este paraguas, y que le digamos que nuestro buen hombre le quiere declarar su amor. — ¿A la señorita Arantza Urdanpilleta? —, respondió el de Tafalla, — pero, joder, cómo chorras es que este tontolaba no sabe en dónde vive la señorita Arantza, si vive en el portal de ahí enfrente desde siempre. Patxo tuvo que rizar el rizo ante la dura mirada del navarro. —El corazón solitario, sí nos dijo que vivía en esta calle, pero no sabía en dónde. Sólo nos dio su nombre: Arantza Urdanpilleta. Este buen hombre siente un amor platónico por la señorita Urdanpilleta, ya sabes, y porque es muy tímido, nunca se ha atrevido a pararla por la calle. Ésa es la función humana y social de nuestro programa. Unir a los corazones solitarios y desprotegidos. Corazones que no se atreven a mostrar sus auténticas motivaciones. — Sí —, contestó Patxo, — es porque ésta es una zona muy propensa a corazones desprovistos de humanas razones. — Te has portado muy bien, y tu idea del paraguas, nos ha venido de puta madre para endilgarle el cuento al cabrón de ese desconfiado nabarro de las pelotas. Ahora vamos a casa y le regalas el paraguas a tu mujer, para que hagáis las paces y os echéis un buen polvo a nuestra salud. Aurrera lagun.
Capítulo 37. KIZIL El monte Ararat de 5.162 mts. de altura, el monte del Arca de Noé, está ubicado en la cordillera del Cáucaso que separa, junto con los Urales, el continente asiático del europeo. Abrahim Yusuf, ex agente de la KGB y responsable de seguridad de la embajada de Chirvan en Suiza, con cobertura de agregado cultural, circulaba por un abrupto camino hacia un monumental monasterio que se encontraba en las laderas del Ararat. En uno de los sótanos de la inmemorial abadía, la sociedad secreta “Luz del Ocaso” tenía su centro neurálgico, operativo, ideológico y religioso. Yusuf esperaba llegar un poco antes del amanecer. La cita con el máximo responsable de la orden era a la salida del Sol. El gran sacerdote de la secta no era muy amigo del día, así que no le afectaba no saber en dónde estaba el Sol, porque en el interior de los profundos sótanos del monasterio nunca se sabía si era de noche o de día. Yusuf entró en el gran patio del monasterio y aparcó el todoterreno en la amplia explanada que se sitúa enfrente del milenario edificio. Apagó las luces del automóvil y sólo distinguió una inmensa mole oscura que se recortaba en el cielo. Pensó que de haber ignorado la existencia de la construcción, habría sido casi imposible distinguirla del fondo de la piedra del monte. Miró hacia ella y apenas pudo ver los huecos de las ventanas del monasterio. Yusuf fue recibido por un hermano de la secta que le condujo hasta la cámara principal del “sancta sanctorum” de las dependencias de la orden hermética “Luz del Ocaso”. Las paredes y el suelo del inmenso despacho de dirección eran de un gres pálido con veteadas zonas blancas y negras. Predominaba la tonalidad oscura. Una mesa de mármol negro ocupaba el centro de la sala y ocultaba la parte central de una gran chimenea que crepitaba con un rescoldo rojizo y mortecino. El techo desprendía una luz azulada que daba una tonalidad marina al conjunto, el cual producía una sensación como de densidad y misterio. En el centro del escenario, se recortaba la figura del gran sacerdote, sentado detrás de la maciza mesa de negro mármol. Yusuf se presentó ante el Sumo Sacerdote, y de pies y con las manos férreamente entrelazadas por detrás de la espalda, le informó de todo el plan magnicida que le había contado el vasco Retama en Suiza. No se sabía nada del Sumo Sacerdote, así que su existencia no constaba en ningún archivo de ninguna central estatal de información. Su auténtica identidad, sólo él la sabía. De joven se afilió al partido nazi. Al poco tiempo, debido a su fina inteligencia y a sus conocimientos sobre la vida etérica y astral, fue captado por una super secreta sección de las SS, la cual se dedicaba a la investigación y manipulación de lo que popularmente se conoce como magia negra. Allí también destacó, y a los dos años pasó a formar parte del grupo que asesoraba directa y personalmente a Hitler. Cuando Hitler le conoció y le escuchó por primera vez, consideró que era el mago más eficaz y audaz, y no se volvió a reunir con el resto de los brujos negros. Desde entonces sólo lo hizo con el que después sería el Sumo Sacerdote de la “Luz del Ocaso”. Con la derrota del ejército alemán, vino también la desaparición de Hitler y de sus conspiraciones en el mundo de la magia negra. El asesor personal de Hitler se fue de Alemania y se trasladó a Bagdad, y allí se alistó en la orden “Luz del Ocaso”. En 20 años logró la máxima prefectura de la secta. Durante su etapa de asesor de Hitler, dispuso de todo el poder que le proporcionaba la infraestructura nazi por todo Europa y parte de Asia. Pudo desarrollar cantidad de expediciones por todo el mundo. Especialmente por la zona del Turquestan. También dispuso de fondos y de medios para investigar los diversos aspectos del esoterismo que, de manera misteriosamente curiosa, coinciden en muchas y diversas culturas de todo el mundo. Fue en esta etapa cuando oyó por primera vez de la existencia de la orden “Luz del Ocaso”. Sus investigaciones le llevaron a la conclusión de que esta orden poseía el conocimiento de los auténticos orígenes de las razas preindoeuropeas e indoeuropeas. Asimismo se enteró de que cerca de Bagdad, en la zona donde más se aproximan los ríos Tigris y Eufrates, había un templo consagrado a la “Luz del Ocaso”. De esta manera, cuando tuvo que marcharse de Alemania, no lo dudó ni por un momento, y se fue a Bagdad para seguir profundizando en los ancestrales conocimientos de la orden. Ahora que disponía de toda la información sobre los orígenes de las civilizaciones, y tras oír a Yusuf, consideró que parecía que el actual ciclo de 10.000 años podía llegar a su fin con una decisiva victoria sobre los hijos del Sol. Los conocimientos sobre el origen de las civilizaciones que poseía la “Luz del Ocaso”, eran como sigue a continuación: Hace 12.000 años, sólo había un continente habitado en el planeta Tierra, el cual disponía y gozaba de un alto nivel social y tecnológico. Las demás zonas del planeta eran más inhóspitas y apenas estaban pobladas por unos seres casi humanos que tenían poco desarrollada la capacidad racionalizadora del hemisferio izquierdo del cerebro y que por lo tanto se encontraban en las postrimerías del Paleolítico. El continente civilizado disponía de asentamientos coloniales por todo el litoral costero de América, Europa, Norte de África y Sur de Asia. Su avanzada tecnología metafísica les permitió conocer la inminencia de un gigantesco desastre que iba a suponer el hundimiento de su continente y la subida del nivel del mar en todos los litorales de todas las costas del planeta. El desastre iba a producirse por la súbita y caótica descongelación de la mayor parte de uno de los dos inmensos casquetes polares que había en aquella época, como consecuencia del paso de una inmensa bola de fuego, a la manera de un furibundo castigo divino proveniente del confín de la galaxia. Durante varios años estuvieron trasladando a todas las personas que pudieron a la zona del Cáucaso, especialmente a los altos valles que rodean al monte Ararat. El motivo de haber elegido la zona del Cáucaso, además de la altura que tenía sobre el nivel del mar, fue que era el centro geográfico de la zona que se extiende a ambos lados del paralelo 40º de latitud norte, entre los centros cardíaco y laríngeo de Gaia, o entre el corazón y la garganta de la Madre Tierra. Habían previsto que la zona que discurre abajo y arriba de este paralelo por las tierras de Asia y Europa, sería la cuna del desarrollo de las futuras civilizaciones. Eligieron la cordillera del Cáucaso como el centro desde donde partiría la eclosión civilizadora, una vez se hubiesen apaciguado las condiciones producidas por el cataclismo. Cuando la Atlántida se sumergió en el océano Atlántico, la zona del Cáucaso se quedó como el único punto importante de la civilización atlante y último reducto de la séptima sub raza de la antiquísima Cuarta Raza Raíz. Según constaba en los antiguos anales que tenía a su disposición el Sumo Sacerdote, los atlantes tenían un origen solar. No se especificaba en qué consistía el origen solar, pero todos se consideraban hijos del Sol y como tal, todos eran Dios. Habían desarrollado una técnica espiritual que les permitía manifestar la presencia de Dios en su interior. De esta manera, y con semejantes conocimientos, los atlantes del Cáucaso siguieron con su lengua, sus usos y sus costumbres un tanto románticas. Pero las condiciones de vida en los duros valles del Cáucaso no eran tan cómodas como en las de su extinguido continente, y los problemas comenzaron a surgir. Poco a poco se fue creando una corriente de opinión que decía que era una muestra de soberbia el afirmar que todos eran Dios. También decían que la catástrofe que había hecho desaparecer a su antiguo continente, fue debida a la anarquía social que existía, la cual produjo la ira del Dios que les envió la bola de fuego. Decían que Dios estaba por encima de las personas, y que, por lo tanto, a lo único que se podía aspirar era a cumplir con sus normas y preceptos. Los conocimientos de la técnica espiritual para contactar personal e individualmente con Dios, fueron empleados por algunos para obtener el poder de elevarse intelectualmente por encima de la mayoría de los antiguos atlantes. Así se crearon las primeras castas de sacerdotes o brujos negros o intermediarios profesionales entre Dios y los hombres, que a cambio de regalos, decían que siguiendo sus instrucciones, las personas podían estar a bien con las leyes de Dios. Los primeros sacerdotes amasaron grandes fortunas, propiciadas por los más cómodos que, en lugar de continuar practicando las exigentes disciplinas personales de la técnica espiritual de los antiguos atlantes, prefirieron que fueran otros los que les llevasen sus asuntos con Dios. La mayoría de los caucasianos, como buenos románticos, no aceptaron la nueva moda, y siguieron con sus prácticas individualistas. Con el paso de los siglos, esta situación se fue polarizando y acabó por enquistarse al consolidarse las dos formas diferentes de ver a Dios. Una, la primitiva de los atlantes, afirmaba que todos eran iguales y que no hacía falta ningún tipo de sacerdote que oficiase ningún tipo de ritual supersticioso y artificial. La otra decía que así como la naturaleza está jerarquizada, también los humanos tenían que estar clasificados en diversos estamentos en función de sus conocimientos e influencia social. Si no se respetaba este orden natural, Dios podría volver a castigarles. En la cúspide de la pirámide jerárquica estaba Dios, y ya en la Tierra, el nivel más alto entre las personas, correspondía a los sacerdotes. Habían pasado alrededor de 1.000 años desde que se produjo la desaparición de la Atlántida, y sus descendientes se habían fragmentado en dos comunidades bien diferenciadas. Hubieron de pasar otros 1.000 años para que la naturaleza diese la razón a los sacerdotes. Hace aproximadamente 10.000 años, se produjo otro desastre que aunque de menor envergadura que el anterior, volvió a provocar la subida de las aguas. El monte Ararat fue una de las pocas zonas del Cáucaso que se salvó de la gran inundación provocada por un torrencial diluvio que de manera contumaz asoló sin sol las montañas de la Iberia caucásica. Tuvieron que pasar muchos años para que las aguas bajaran al nivel actual. Los casi 500.000 supervivientes de la segunda catástrofe se encontraban más divididos que nunca. Más de la mitad seguía manteniendo el antiguo culto al Sol, a la Naturaleza y a la relación personal e intransferible con Dios, que les proclamaba como reyes con unos derechos que ni el propio Dios les podía arrebatar. El resto había abrazado la religión de los sacerdotes, brujos o intermediarios entre lo energético y lo material. El carácter individualista y medio anarquista de los hijos del Sol, no era el más apropiado para enfrentarse militarmente a las organizadas huestes de la otra religión. Aún siendo más numerosos que sus contrarios, y acaso también a que recordaron el plan original de sus ancestros, atzabak o abazarrak, de expandir la civilización a través del paralelo que pasaba por el Ararat, optaron por coger el petate y salir a buscar nuevos horizontes. Se dividieron en tres partidas de cien mil integrantes, aproximadamente, por grupo, y cada una de las expediciones salió en distintas direcciones. Antes de emprender la marcha, se pusieron de acuerdo en que tenían que dejar una serie de señales, como las miguitas de pan que se van echando por el sendero de un bosque, para que permitiese a las generaciones futuras conocer sus recorridos, sus idas y venidas. El primer grupo salió hacia el este, bordeando las costas del sur del mar Caspio, y se internó por el fangoso desierto de Karakum. Los casi 1.000 kms. que separan el principio del desierto del actual Turquestan o Urkestan occidental, fueron demoledores para la numerosa expedición. Después de muchos años de vagar por el inacabable pantano, se separaron en dos ramas a la altura de Kizilkum. Una de ellas bajó hasta el paralelo 40º de latitud y acabó accediendo a las primeras estribaciones del Tíbet occidental a través de Kizilkaya y Kizilrabot. Concretamente, accedieron a la cordillera de Karakakorum. A continuación desembocaron en la fría meseta del Tíbet y descendieron a la cálida India o gran Aindia. Les había supuesto varias generaciones realizar el duro y largo viaje, pero la belleza y riqueza natural de los bosques que encontraron, les resarció de todas las calamidades pasadas. Siguieron practicando sus disciplinas espirituales, y todo su conocimiento lo plasmaron en unos libros que se conocen con el nombre de los Vedas. Casi 4.000 años más tarde, Krisnha, el fundador de la religión hindú, redactó el Bhagavad Gita en el idioma sánscrito, que era el idioma en el que se había transformado la antigua lengua preindoeuropea de los atlantes – vedas. La doctrina del Bhagavad Gita estaba inspirada en los textos de los antiguos Vedas que se basaban en el amor y en el respeto a los demás, y en la obtención de la armonía a través de la intuición proveniente de la consecución del desapego y la entrega generosa. La otra rama que se había separado a la altura de Kizilkum, dejó las pantanosas llanuras del desierto de Karakum y se dirigió hacia el norte para establecer contacto con la segunda gran expedición que había partido del Cáucaso. Este segundo grupo de 100.000 inmigrantes que salió del Cáucaso, se encaminó hacia el norte. Bordeó la costa occidental del mar Caspio y, una vez superado, lo doblaron para tirar también hacia el este a través de Kizilkoga, dejando atrás un río, al cual lo llamaron Ural. A continuación se encontraron con las estepas del Kazajastan, y dejando atrás Kizilzhar, se toparon, en Kizilkomuna, con la rama escindida del primer grupo. Todos juntos continuaron hacia el este, a través de la zona inferior al paralelo 50º de latitud, hasta llegar al monte Beluka de 4.500 mts. de altura, a través de otro Kizilkaya. El monte Beluka es el mascarón de proa de las primeras estribaciones occidentales de la cordillera Altai. En este punto, la rama escindida del primer grupo se volvió a separar y a través de los montes Hangayn, descendió a las llanuras de Mongolia y atravesó el desierto de Gobi para acabar llegando a la actual China, desarrollando allí cerca el lenguaje Tocario, origen de los diversos idiomas chinos. Esta rama que se estableció en el sudeste asiático, había empezado el viaje con el primer grupo, después se había ido para juntarse con el segundo grupo que viajaba más al norte, y ahora se volvía a separar para bajar a Mongolia. Había conocido dos expediciones distintas y al final se quedaron en el medio. Sus experiencias de haber convivido en dos grupos diferentes, les sirvió para desarrollar el aspecto dual de la mente. Profundizaron en el estudio de la mente y acabaron por comprender que todo dependía del sabio equilibrio entre los contrarios, logrando así la intuición proveniente de recorrer el mental sendero medio o equidistante entre los diversos pares de opuestos. Desarrollaron la filosofía del Yin y del Yang, que unos milenios más tarde adoptó como propia el filósofo chino conocido por Lao Tse. La segunda gran expedición, una vez vuelta a su composición original, desde el monte Beluka se dirigió hacia el nordeste, y a través de Kizil, en las proximidades del nacimiento del río Yenisei, desembocó en las gélidas estepas de Siberia. Pasando por Kizilxilik, Kizilsir y Kizilsuluo, se toparon con los impresionantes montes helados de Cherski. Les costó muchísimo superar las altas cumbres de hielo, pero después de emplear tres generaciones en la empresa, consiguieron pasar al otro lado a base de utilizar el misterioso sentido de la intuición, pero en este caso proveniente de un casi inhumano uso de una férrea tenacidad como consecuencia de una indomable voluntad. Al otro lado se encontraron con un panorama parecido, pero al menos habían pasado lo peor. Siguieron para el Este, y sin saber exactamente en qué momento, se adentraron en el continente americano a través del estrecho de Bering. Su pista se desvanece al desparramarse por todo el continente de norte a sur. Además de un cierto parecido físico, lo único que les une son las intuitivas prácticas chamánicas que conocen y practican los aborígenes de Siberia y los indios de todo el continente americano. La tercera gran expedición que partió de las laderas del Cáucaso, encaminó sus pasos para el Oeste. Avanzó hacia occidente sobre la línea del paralelo 40º de latitud, y en toda Turquía fue dejando un reguero de miguitas de pan. Kiziltepe, Kizilirmak, Kizilimak y Kizilcahaman son algunas de las pistas que dejaron por Turquía, o Urkia, antes de adentrarse en Europa a través del Bósforo. Una vez en las tierras de la actual Bulgaria, este grupo también se escindió. Unos que habían comprendido que la vida no es ir de la ceca a la meca, y que preferían el placer del sexo a las exigencias del deber, optaron por quedarse por Hungría y acabaron constituyéndose con el tiempo en una raza que sólo viajó y vivió para la alegría. Los que continuaron para occidente, llegaron a una cordillera a la que pusieron el nombre de Ahuntzmendi por la cantidad de cabras que brincaban por sus cumbres. La clave que acordaron utilizar para jalonar sus recorridos por Asia y Europa, fue la palabra Kizil, que para ellos significaba el lugar en donde reposan las diminutas partículas en que se convierten los cuerpos después de morir. Desde el extremo occidental de Turquía al extremo oriental de los montes de Cherski, existen más de 20 toponimios expresados con Kizil, los cuales indican los cuatro caminos que llevaron a los antiguos atlantes a América, a China, a la India y al Golfo de Bizkaia. El Sumo Sacerdote analizó la situación que le presentaba Yusuf, y se dio cuenta a la primera que las consecuencias represivas que ocasionaría el magnicidio propuesto por ETA, serían tan devastadoras que acabarían con el sentimiento de anarca libertad que siempre habían tenido los hijos del Sol. La única rama caucasiana que había conservado el idioma atlante y que, además, había mantenido íntegra su voluntad de permanecer independiente a todo y a todos, aparecía en el momento más oportuno para utilizarla en su sagrada guerra contra todo aquello que sonase a libertad, democracia, armonía, racionalidad y sabiduría al servicio de la independencia personal y la libertad de criterio. Recordó que la orden “Luz del Ocaso” fue fundada por la misma época en la que emprendieron sus viajes las tres expediciones de los hijos del Sol. Los sacerdotes se habían quedado con el Cáucaso, pero eso no era suficiente. Para que su filosofía religiosa y social tuviese éxito, era necesario que el mal ejemplo, anarquista y liberalizador de los hijos del Sol, no arraigase en la incipiente humanidad cromañoide que por aquel entonces comenzaba su andadura evolutiva del Paleolítico al Neolítico. Y la cosa no había ido tan mal. Por una parte, a pesar de la obtención de grandes joyas intelectuales como las logradas por las ramas atlantes que civilizaron la India y la inquietante China de rasgados ojos, a pesar del desarrollo de las científicas técnicas de Yoga, de la filosofía del Tao, del conocimiento de Budha y de las prácticas del Zen, lo cual todo ello supone un auténtico canto a la libertad mental, emocional y física; a pesar de todo ello, la dualista y mecánica visión de los sacerdotes logró que los mensajes originales de los atlantes no tuviesen mucho arraigo en Oriente. Fueron desvirtuados y manipulados y exoterizados por las sucesivas castas sacerdotales que más tarde comenzaron a surgir en la India y en el Sudeste Asiático. Los originarios conocimientos para liberar a las personas de sus ataduras a la materia, fueron tergiversados y transformados en una serie de creencias supersticiosas. Con el transcurrir del tiempo, la antigua sabiduría de los atlantes se había quedado en unos conocimientos que sólo compartían los intelectuales metafísicos y los místicos soñadores. Por otra parte, la rama que desembocó en América había sido prácticamente borrada del mapa. Asimismo, la raza gitana se había convertido en un pueblo marginal. Sólo los vascos eran los únicos que seguían metiendo ruido. Pero esta vez, el ruido les iba a explotar en sus propias narices y en las del sistema democrático occidental. Para el Sumo Sacerdote, cualquier debilitamiento de Occidente le era muy favorable para seguir impulsando y fortaleciendo el poder del integrismo religioso islámico, que desde hacía dos décadas estaba in crescendo. El fanatismo religioso era la antítesis de la ideología democrática y liberal, la cual, al fin y al cabo, no era más que la actual adaptación de la vieja ley de los hijos del Sol. Habían pasado varios milenios desde que olvidaron las viejas leyes atlantes, y después de un duro y largo proceso, habían llegado a lo mismo. Ahora, en toda Europa se reconocía, aunque no se practique siempre, que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, que todos tienen los mismos derechos y que el derecho a la libertad de expresión es la piedra angular que permite el mantenimiento de los demás derechos. La vieja ley atlante de los hijos del Sol, que consideraba que todos eran Dios, que todos tienen derecho a desarrollar su propio criterio, y que la libertad de pensamiento y de expresión es el único motor de la evolución; se volvía a enunciar con distintas palabras, pero con el mismo mensaje. Así que el Sumo Sacerdote tenía muy claro que el concepto de la democracia que venía desde Occidente, era la doctrina más peligrosa para el fanático, ignorante, machista y violento movimiento integrista árabe. Por eso, el anular la libertad de pensamiento bajo el peso de la ignorancia, y lograr que todas las personas acepten sin rechistar la autoridad de unos pocos, fue el objetivo que se propuso la “Luz del Ocaso” desde su inicio fundacional, allá en los albores de la Historia. La historia se volvía a repetir. Hace 10.000 años, los que se quedaron en el Cáucaso o Iberia, o Ibaierria, bajo la influencia de los sacerdotes, estuvieron durante varias generaciones preparándose para la guerra. Cuando consideraron que ya estaban preparados, enviaron expediciones hacia el Sur. Se asentaron en las cuencas del Tigris y del Eufrates, fueron los Sumerios de Uruk; y una vez que consiguieron una sociedad férreamente militarizada, comenzaron la conquista del Asia Central, de la península de Arabia, del Norte de África, y de toda Europa. Durante dos milenios combatieron en el Asia Central, adoptando diversos nombres, y llegaron a penetrar en la mismísima India de los Vedas, siendo conocidos allí como los Arios Indoeuropeos. En el Oriente próximo se les conoció como los Semitas, hijos de Sem o de Seme, el hijo de Noé. Llegaron a crear sus propias lenguas, pero sin perder el sustrato de la lengua primitiva preindoeuropea. Semitas eran los Hebreos de Abraham, oriundo de Ur, o Hebraicos o Ibaierrikos, adoradores de Yavhé o Jabe. Asimismo eran también Semitas los que después acabaron adorando a Alá o Ahala. Así, las grandes religiones monoteístas, la hebrea de Yavhé, la católica latina de Deus Dei o Deia, y la islámica de Alá, provienen del mismo tronco étnico y lingüístico indoeuropeo, el cual había tomado abundantes vocablos de la anterior lengua preindoeuropea de los inmemoriales Vedas o Atlantes. En el Egipto de los Etíopes Camitas, las huestes arias fueron conocidas con el nombre de Hititas. En lo que después fue Grecia, los Pelasgos o Belaskos preindoeuropeos les conocieron como los Gálatas; y en la Italia de los Etruscos también preindoeuropeos, aparecieron como los Latinos que fundaron Roma; y en el Centro y Norte de Europa, fueron los Keltas o Celtas. Arios, Hititas, Gálatas, Latinos, Celtas, Germanos, todos ellos aguerridas tribus indoeuropeas venidas de Asia o Hasia, que hablaban idiomas indoeuropeos con notables raíces preindoeuropeas, fueron también las principales naciones matriz de la llamada Quinta Raza Raíz. En Europa, los Celtas entraron a través de los Urales y se asentaron durante una época en las estepas rusas. Luego avanzaron hasta centro Europa, y después terminaron llegando a las costas atlánticas; siguiendo la pista de los hijos del Sol preindoeuropeos, para intentar acabar con ellos, y así cumplir el viejo designio de la “Luz del Ocaso”. Pero, ni los Celtas; ni los Romanos del Mediterráneo pelásgico, semítico y latino; ni los Bárbaros, en sus distintas versiones de Francos o Alanos o Godos, descendientes de los antiguos Celtas centroeuropeos; ni los Árabes fieles seguidores del todopoderoso Alá y de la palabra de Mahoma; ni los actuales vecinos, Españoles y Franceses, que tenían ahora, habían podido acabar con ellos o al menos con su espíritu. Sin embargo, la oportunidad que le brindaban los vascos de ETA, permitiría al Sumo Sacerdote crear el caos en un país democrático de Europa, y, además, acabar definitivamente con el sentimiento de independencia de los vascos. Y todo gracias a ETA. El Sumo Sacerdote dio el visto bueno a la colaboración en la realización del magnicidio, y dijo a Yusuf que pusiera a su mejor gente en la operación. Yusuf se despidió dando un fuerte taconazo en el suelo de gres, y salió del despacho para iniciar el viaje de vuelta a Suiza. Durante todo el trayecto de retorno a los Alpes, estuvo pensando en lo mismo, y sólo en lo mismo: “Gracias Alá por haber elegido a mi humilde sumisión para tu Santa Misión”. RELACIÓN DE LOS LUGARES QUE TIENEN EL NOMBRE DE KIZIL, DESDE EL EXTREMO OCCIDENTAL DE TURQUÍA AL EXTREMO ORIENTAL DEL NORTE DE SIBERIA.
En Europa, las invasiones griegas, celtas y latinas difuminaron la mayoría de los toponimios preindoeuropeos existentes al comienzo de la arribada de los pueblos de Hasia, con sus valores y sus creencias precursoras del actual sistema imperante.
Capítulo 38. EL YOGA Arantza y Pello llevaban casi 40 horas en la cama, haciendo el amor sin parar, adorando con frenesí desmedido al sensual, lúdico y tan poco conocido dios Perel. De vez en cuando echaban una cabezadita para reponer fuerzas, y a continuación seguían practicando la amorosa religión de la Madre Naturaleza. Durante todo el tiempo, en el que apenas abandonaron la cama, Arantza se encargó de los avituallamientos alimenticios. Se alimentaron a base de uvas pasas, y de un energético batido de leche de soja con miel, yemas de huevo, plátanos y canela en polvo. Pello recordó que una vez había estado casi 24 horas en la cama con una mujer, y que ésta le alimentó a base de angulas, porque, según decía ella, además de riquísimas, se hacen en un pis-pas. Tuvo que reconocer que le gustaba más el batido de Arantza que las angulas de la otra mujer. En varias ocasiones, Arantza logró que Pello alcanzase los arrebatadores y profundos umbrales del paraíso. Pello se acordó de las palabras de Aurora, cuando decía que es muy difícil que un hombre se enamore en la cama. Mitarra se sentía completamente enamorado del apasionante volcán que era Arantza. Encima, la señorita “muy pero mucho” no le había hecho ninguna pregunta sobre su vida personal. Todas las mujeres, siempre le habían hecho algunas preguntas sobre su vida, que obligaban a Mitarra a improvisar cualquier cuento. Pero Arantza fue absolutamente discreta. No le preguntó a qué se dedicaba, o si estaba casado, o si sentía mucho amor por ella. Arantza y Pello no sabían cuándo podía llegar Benjamin, y a media mañana del domingo, tuvieron que levantarse de la cama. Les costó mucho dejar el nido, pero al final se animaron porque acordaron compartir juntos una cálida ducha. Estuvieron casi una hora en la ducha. Después se prepararon para salir a la calle, y dieron un paseo por el centro de Bilbao. Petankas estaba pletórico de alegría, y también de ganas de darse una buena comida. Arantza le llevó al Guria de la Gran Vía. Ya que lo estaba pasando tan bien en la capital vizcaina, Pello quiso rendir homenaje a la cocina vizcaina, y se atrevió con un bacalao a la vizcaina y con unos callos, también, a la vizcaina. Le maravilló, una vez más, la salsa vizcaina hecha a base de pimientos secos. Arantza se decantó por una menestra de verduras a la bilbaina y un bacalao al pil-pil. Los camareros del Guria aún recuerdan a la acaramelada pareja que sin ningún rubor se acariciaba, se besaba y se reía en el distinguido comedor de estilo inglés del buen restaurante del señor Genaro Pildain. Al entrar Pello en la casa, lo primero que vio fue la sala de estar, después a Benjamin sentado en el sofá, y luego a la planta que escondía su revólver. Mitarra – Pello – Petankas se percató de que se había olvidado de coger el revólver escondido por él en la gran planta. En casi 25 años, nunca había salido a la calle sin el acompañamiento de un arma corta de fuego. Pensó que era cierto que el amor hace perder la cabeza. Sacó un papel del bolsillo y se lo entregó a Pello. Con cierta emoción, Pello desdobló el papelito y leyó lo siguiente: “Descendiendo de los montes de las cabras y de una fuente fría que está en lo más alto, el agua fría llegará a la llanura de verdes hierbas, rodeada de bosques, y convirtiéndose en un ancho río, alcanzará los muros del castillo en llamas, consiguiendo un lugar sano y fuerte. Todo será a través de la unión de la Tierra con el Sol”. Pello lo releyó 2 ó 3 veces más, y tal como le dijo Benjamin, parecía que el texto no tenía mucho significado. Sin saber cómo, se le ocurrió pensar las palabras del texto en euskera. Era un poco complicado y decidió coger un papel y el correspondiente lápiz. En un euskera popular y clásico, pasó el contenido del texto a su idioma materno. “Gorengo dagozen ahuntz mendiak eta iturriotzetik jeitsirik, urotza helduko da, belar berdeetako landara eta basoarteetan, eraldatuz ibaizabal batetan, susaetan dagoen gazteluko ormara iritsiko da, sendotegia lortuaz. Dena lortuko da, lurra eta eguzkiaren elkartasunetik”. Una vez plasmado en el papel, leyó cómo quedaba el texto en euskera, y también le pareció que no decía nada. A la manera de cómo vio a Benjamin concentrarse dos días antes en la tablilla, Pello respiró hondo y exhaló el aire en dos veces, la segunda más prolongada, hasta exhalar todo el aire de los pulmones. El texto comenzó a enviarle señales. Primero se dio cuenta de que “ahuntz mendi” es el nombre euskaldun de los Pirineos o Auñamendi. Después le llamó la atención la palabra “iturriotz” y después la palabra “urotz”. Tomó de nuevo el lápiz y subrayó aquellas palabras que parecían que le atraían más intensamente. Con una sensación extraña en la base de la columna, las palabras que subrayó fueron: “iturriotz”, “urotz”, “landa”, “basoarte”, “ibaizabal”, “susaeta”, “gaztelu” y “sendotegi”. Inexplicablemente, las ocho palabras subrayadas correspondían a sus ocho primeros apellidos correctamente ordenados. Se acordó de sus problemas con la organización. Se percató de que la organización era como un castillo en llamas. Pero no entendía cómo era posible que hace unos cuantos miles de años, alguien supiese que a finales del siglo XX, iba a existir una persona con esos ocho apellidos y que, además, tuviese problemas con su organización militar o guerrera. También el texto le decía que estaba predestinado para apagar los fuegos de su organización. El texto le estaba recordando que tenía que evitar la ekintza de Retama y lograr la tregua que permitiese convertir a la organización en algo sano y fuerte. Pero, ¿cómo? ¿Cómo se conseguía lo que ya sabía que había que conseguir? No hacía falta que la tablilla le recordase lo que ya sabía desde Lyón. Precisamente se había ido a los Pirineos para encontrar la solución. Para saber qué se podía hacer. El Eskaurre, la tablilla, el misterioso viejo, Donostia, Arantza y Benjamin le habían conducido a lo que ya sabía. Pello estuvo a punto de decepcionarse y de pensar que todo había sido una pérdida de tiempo. Sin embargo, pensó que por lo menos había conocido a una gente maravillosa. Había conocido a Benjamin y a su sabiduría, y a Arantza y a su ilimitado y desinteresado amor. Sintió de nuevo la extraña sensación a través de la médula espinal, pero esta vez, en lugar de subir hasta el entrecejo, se quedó a la altura del corazón. Se acordó de las últimas palabras del viejo del Eskaurre. Le dijo que para encontrar la sabiduría, es preciso dejarse guiar por el corazón. Sintió y comprendió que debía de abrir su corazón a sus nuevos y queridos amigos. Arantza le cogió una mano, y con la expresión más bonita que Pello nunca había visto en los ojos de una mujer, le dijo que para ella siempre sería el Pedro Astrain que conoció en San Sebastián. También le dijo que todo lo demás era accesorio y que no estaba dispuesta a perder la amistad y el amor de una gran persona. — Yo tengo mucha compasión por muchas personas, por la mayoría de los animales y por todos los niños maltratados por la vida; pero, en cambio, hay otras muchas personas que considero que lo mejor que se puede hacer con ellas es quitarlas de en medio lo antes posible. Sin embargo, entiendo que el tomarse la justicia por la mano, no garantiza que se haga justicia. Muchas veces se cometen errores a la hora de decidir la ejecución de alguna persona, porque al no permitirla que se defienda y no escuchar el otro punto de vista, se hace al mismo tiempo de parte, de causa, de juez, de fiscal y de verdugo; y ya se sabe que un juicio sin posibilidades de defensa, siempre será un juicio injusto. Lo que pasa es que llegué a esta conclusión no hace mucho tiempo. Hace un año más o menos. Desde entonces tengo otra visión del asunto, que al combinarla con la clara postura que tengo sobre la inviabilidad estratégica de la lucha armada, hace que me haya vuelto más pacifista que una paloma, tanto desde la racionalidad y la estrategia, como desde los sentimientos, porque, al haberme siempre dolido la injusticia, he comprendido que las ejecuciones no son justas, ni humanas, ni ná. La verdad es que no entiendo cómo he tardado tanto tiempo en darme cuenta. Benjamin aplaudió las palabras de Pello, pero pretendía que Mitarra siguiese profundizando en el tema de la violencia. “ Cuando se logra equilibrar o alinear la voluntad, el amor y la inteligencia, se produce una serie de reacciones en cadena. Por una parte, la voluntad potencia la capacidad razonadora de la calculadora mente consciente. Por otra parte, el amor potencia la capacidad imaginativa de la soñadora mente subconsciente. Los más propensos al racionalismo, recibirán una dosis extra de imaginación. Por el contrario, los propensos a la imaginación, recibirán un extra de racionalidad. Como consecuencia de lo anterior, o bien el subconsciente se equilibra con el consciente, o bien es éste el que se equilibra con el otro. Al igualar la potencia de ambas mentes, se produce la fusión o síntesis entre ellas, o lo que los místicos llaman la iluminación. La sabiduría se comienza a desarrollar cuando se inicia el proceso consciente, lento pero constante, de la síntesis de las dos mentes. A ti, Mitarra, te sobra voluntad y racionalidad, pero te falta un poco más de sensibilidad en el corazón, para que equilibres todo el cuadro de fuerzas electromagnéticas que supone el cuerpo humano”. Benjamin hizo otra pausa y cogió la tablilla. Señalando la parte final, continuó con su monólogo. — El auténtico mensaje de este texto, está al final. El mensaje dice que todo será posible si se unen la Tierra y el Sol. Es una analogía sobre la síntesis de los opuestos. Tierra y Cielo o Sol. Consciente y subconsciente. Voluntad e inteligencia. Acción y reacción. Noche y día. Y ese equilibrio entre opuestos, sólo se consigue cuando se produce un acuerdo de igual a igual entre ambos. Es el logro de la unidad de los objetivos y de los medios. Es la unión armoniosa de la causa y el efecto. La palabra yoga, en sánscrito, quiere decir unión. Según la antiquísima religión hindú, venimos a este mundo para unir consciente, esforzada y científicamente, la personalidad mortal con el alma inmortal que todos tenemos por alguna parte. De esta forma alcanzaremos toda la sabiduría y también la inmortalidad que nos convertirá en Dioses pletóricos de toda la voluntad, de todo el amor y de toda la inteligencia que hay en toda la creación o en Dios, que venía a ser lo mismo para los antiguos hindúes. “ Para lograr la sabiduría, que nos permita alcanzar la inmortalidad, como la de la energía que nunca se destruye, sino que únicamente se transforma, te he dicho antes que es preciso desarrollar la fuerza de la voluntad, el sentimiento desinteresado y el conocimiento racional. Tu vida es todo un ejemplo de voluntad e inteligencia, pero quizás le falte el aspecto sentimiento o amor hacia los demás. No sólo es bueno amar a los tuyos, también es bueno amar a todos por igual. Ése es tu punto menos desarrollado. La solución a tus problemas, puede que acaso se encuentre en el alineamiento de estos tres factores, o Aspectos básicos de la Creación, que por separado sólo suman o restan, pero que en equilibrio o unión, se multiplican sus intensidades entre sí”. Dejó la tablilla en su sitio y se dio un respiro como para pensarse lo siguiente que iba a decir. Lo pensó y después lo dijo. A Pello Mitarra siempre le habían gustado las apuestas fuertes y aceptó. Benjamin dijo que le parecía de puta madre y le comentó a Arantza que deseaba hablar con ella a solas. Se fueron a la cocina y le dejaron a Pello preguntándose por qué diría siempre que sí a todo. Decidió relajar la cabeza y puso al azar un canal de la televisión. Estaba hablando una persona, con una expresión muy seria en la cara, que no le sonaba de nada. Decía: “Es conveniente y añadiría que hasta preciso, una reconducción generosa que garantice la estabilidad necesaria y el desarrollo inmediato de las estructuras socioeconómicas del país. En este sentido, es fundamental la colaboración de todos los agentes sociales, a fin de conseguir una mayor y más efectiva relación intersocial que nos permita, sin desánimo y sin miedo a los retos del futuro, afrontar con plenas garantías lo que toda la sociedad civil demanda y espera, sin prisas pero también sin pausas, de sus delegados y responsables políticos elegidos para el legítimo gobierno del país; lo cual, es ni más ni menos, que lo hagamos bien, o por lo menos, bastante mejor que hasta ahora. Ahí está la clave de nuestro futuro y de nuestra apuesta convenientemente consensuada, insisto, para la obtención de unas mayores cotas de progreso y bienestar social que nos conduzca a ocupar el puesto que nos corresponde en el concierto internacional. Repito de nuevo: lo tenemos que hacer mejor”. El político acabó la parrafada y esperó con una sonrisa muy americanizada y un poco flácida, la siguiente pregunta del entrevistador. Pello se asombró, una vez más, de la capacidad que tenían los políticos para hablar sin parar y sin decir absolutamente nada. Lo más curioso era que los ciudadanos les seguían votando. Pello cambió de canal y apareció Karlos Argiñano. Pasó un buen rato, disfrutando de la sabiduría gastronómica del saleroso y gracioso cocinero guipuzcoano. Después se le ocurrió que tenía que escribir unas líneas a Arantza. Cogió papel y lápiz, y dejó que su mente dijese lo que quisiera, sin forzarla ni dirigirla en ningún momento. “Querida Arantza. Siempre tuviste mucho corazón, lo cual te ha hecho reír y llorar. Has pasado por momentos de felicidad y por ratos de tristeza y pesar, que te han enseñado, a la hora de estar, a saber presentarte con lógica, lucidez y razón; pero, no obstante, sin que por ello hayas tenido que abandonar la creencia y confianza en el aparentemente casquivano azar.. ¿Qué más puede desear una mujer deliciosa, además de magnética, generosa, elegante y hermosa, para no tener nunca más ni una pizca de dolor? La respuesta la estás dando ahora en clave de amor, trazando con soltura una pincelada de color. A modo de ensalada, te has arropado con confianza, alegría y valor. Así, la obra de arte se ha vuelto perfecta e imparable. Eres un marco incomparable que se ve por fuera, y un cuadro interno, también incomparable, de maravillosa, fragante y eterna primavera. No cambies nunca”. Pello pensó que nunca había escrito nada tan cursi, pero lo achacó a su condición de enamorado. En ese momento volvieron Arantza y Benjamin de la cocina. Benjamin se retiró a su dormitorio y Arantza se sentó al lado de Pello. Arantza y Pello se dieron un beso de despedida al estilo Romeo y Julieta, pero como si Romeo se estuviese despidiendo de Julieta porque no tenía más remedio que irse a las estepas rusas con la División Azul. Pello le entregó el papelito que contenía las encendidas líneas que el subconsciente le había dictado, y le dijo a Arantza que lo leyese cuando estuviese a solas. — Me da un poco de vergüenza que lo leas delante de mí—. Se volvieron a besar y Arantza se marchó para Donostia.
Capítulo 39. OPERACIÓN PALOMA RUBIA Patxo, Iñaki y Juantxo se levantaron de la cama a media mañana. Más o menos a la misma hora en la que Arantza y Pello compartían una cálida ducha dominguera. El comando había dormido un montón de horas, y hasta la tarde no tenían que volver a sus labores de búsqueda de la funcionaria rubia del Ministerio del Interior del Gobierno Español. Así que se dispusieron a pasar la mañana en la casa de Jon, sin tener nada que hacer hasta la hora de la comida; pero eso sí, antes de no hacer nada, volvieron a repetir todo el rito que supone la introducción de bollería industrial en humeantes tazones de café con leche decorados de vistosos motivos vascos, donde alegres danzarines bailaban al son del txistu y el tamboril. — Qué, ¿cómo va el partido?—, preguntó Jon con la misma expresión de satisfacción que tenía desde la felicitación de su jefe. Juantxo retiró la vista apresuradamente y se volvió para seguir mirando las litografías. No sabía qué pensar y decidió que en la primera oportunidad que tuviese, le preguntaría a Iñaki qué es lo que estaba pasando. No le pudo preguntar hasta la hora de acostarse. — No, yo sé distinguir un felpudo de unas bragas, además tú tenías un cojín encima de las piernas porque estabas más salido que un burro en una feria de ganado. Se durmieron y no se despertaron hasta que Patxo entró en su dormitorio a media mañana para decirles que ya estaba bien de tanto sobar. Amparo estuvo radiante y cantarina durante toda la mañana del domingo. A los cuatro polvos que echó con Iñaki durante la tarde anterior, había que añadirle uno más que echó con Jon. Además, le había traído un bonito y fino paraguas como regalo sorpresa. Jon cumplía siempre con todas las órdenes que recibía de la organización. Las órdenes del orden del día que había planificado Patxo, se las comunicó a su gente, mientras Amparo y Jon ultimaban un marmitako en la cocina. Lo primero que dijo Patxo, le hizo polvo a Iñaki. El de Barakaldo le llamó cabrón a Juantxo con la mirada, y sólo acertó a decir si ya no era necesaria la función de coordinación de la operación desde la casa de Jon. Patxo le dijo que ya no era necesario y mandó callar a Iñaki. — Os acabo de decir que esta tarde salimos los cuatro de caza y de casa. Jon y yo nos vamos a la cafetería y seguimos con la cobertura de periodistas del programa “¿Dónde está mi amor?”. Iñaki y Juantxo, es decir, tú y tú, os apostáis a cada extremo de la pequeña calle donde vive la txakurra esa del Ministerio del Interior. Si aparece con Mitarra, les dais el pasaporte a los dos. Primero, los dos, os cargáis a Mitarra y después a la rubia. Yo os cubriré desde atrás. Por el contrario, si aparece sola, Jon nos la identifica y esperamos a que se meta en el portal. Entramos detrás de ella, la abordamos en el interior del portal y a punta de pistola la subimos a su piso. Allí nos dirá dónde hostias está Mitarra. Nos lo diga o no, después la liquidamos. Quitamos un txakurra de en medio y, además, porque vamos a hacer un montaje que tengo pensado, va a parecer que ha sido Mitarra el que se ha limpiado a la poli secreta esa de los cojones. Después del muerto que le va a caer a Mitarra, me imagino que ni la policía, ni el Ministerio del Interior, querrán más tratos con el traidor de Mitarra. Juantxo expuso una pequeña objeción al plan de Patxo, muy en su papel de ideólogo del comando. — Si nos cargamos a una mujer, la opinión pública va a ser muy dura y no va a comprender la legitimidad de la acción. Nos van a tachar de insensibles y machistas. Patxo e Iñaki habían participado juntos en 4 ó 5 ejecuciones, antes de ser llamados por Korta para formar el comando itinerante de inteligencia, información y seguridad interna de la organización. En todas las ejecuciones, siempre había sido Iñaki el encargado de apretar el gatillo. Sentía un cierto placer cuando tenía que acabar con la vida de algún hipotético cabrón asesino, que como decía el propio Iñaki, “eran todos unos sincarios a sueldo y unos vendidos mecernarios que conlaboran con este sistema social de mierda”. Aparcaron el coche por la zona de siempre, y cada uno fue a ocupar sus respectivos puestos. Iñaki se colocó en una de las esquinas que dan al Paseo de la Avenida. Juantxo, en la otra parte de la pequeña calle, se colocaba por la zona que da al mercado de abastos. Patxo y Jon entraron en la cafetería y se sentaron juntos en la barra, lo más cerca posible de la amplia cristalera que separa el exterior del interior de la cafetería, y que estaba situada, justamente, enfrente del portal de Arantza. El camarero de Tafalla debía de meter muchas horas extras, porque también ese día estaba allí. Les saludó como a dos viejos conocidos. — Hola, reporteros de televisión, he preguntado a mi novia por vuestro programa y me ha dicho que no le suena de nada. Patxo empleó su tiempo en recapacitar sobre la jugada a realizar en caso de que la funcionaria apareciese sola. Una vez liquidada en su piso, Juantxo, que tenía una altura parecida a la de Mitarra, saldría a la calle, e Iñaki, siguiéndole por detrás, gritaría para que le oyesen algunos transeúntes, que “ése es Mitarra, ése es Mitarra”. Juantxo se iría al coche donde ya estarían Jon y Patxo, y después recogerían a Iñaki que aparecería por detrás de Juantxo. Confiaba que algún viandante contase a la policía lo que había oído a un valeroso vecino que había salido en pos del peligroso terrorista. Iñaki pasó su tiempo de espera en la calle, mirando a las personas que paseaban por la Avenida. Le gustaban mucho los perros, e hizo amistad con dos pequeños “yorkshire” que acompañaban a una guapa turista francesa. Por un momento se olvidó de la misión, y quiso hacer también amistad con la propietaria de los dos pequeños perritos. El testigo sí entendió esta vez el mensaje, y pensó para sí que “cómo están de agresivas las dulces criaturas del Señor”. Ayer, su primo le había ofrecido una forma consagrada, y ahora, el extraño personaje que llevaba tanto tiempo en la esquina de la calle, le ofrecía también un par de ellas. Masculló un “¡cómo está el mundo, Padre mío!”, y abandonó la peligrosa zona para dirigirse hacia una parte más tranquila que le permitiese seguir realizando su amoroso apostolado. Se fue a la zona del mercadillo en donde estaba Juantxo. Juantxo tuvo mejor suerte. Estaba pensando en las posibilidades revolucionarias de los zapatistas del comandante Marcos, cuando vio a una señora saliendo del portal de Arantza, transportando un montón de bolsas repletas de basura, la cual se dirigió lentamente hacia su esquina. Al pasar cerca de Juantxo, se le fue al suelo una de las bolsas, que, al caer, desparramó parte de su contenido entre los pies de Juantxo. La señora se disculpó con Juantxo, mientras se agachaba con cierta dificultad para recoger los desperdicios en el preciso momento en el cual aparecía el testigo de Jehová con la cristiana intención de ayudarla a limpiar lo desparramado y de paso a dar un poco la brasa. Juantxo no entendía por qué aquel hombre le estaba diciendo aquellas cosas tan raras. Prefirió ignorarlo y dedicarse a exprimir toda la información posible a la señora de las bolsas de basura. Mientras, la portera del inmueble se atusaba el cabello y miraba en derredor suyo para ver si captaba alguna cámara oculta de televisión. Comenzó a darle a la lengua: Juantxo, ante la cantidad de palabras que surgían de la boca de la señora portera, tuvo que decirle que se callara y que estaba muy agradecido por la información. Aprovechó que el testigo comenzaba a platicar con la portera sobre las bondades del Padre de todos los Padres, para apartarse de la pareja y encaminar sus pasos hacia la cafetería. En ese momento apareció Arantza, más guapa que nunca y con juvenil sonrisa iluminando su rostro, caminando con donaire por la acera de enfrente. Pero, ni la portera se fijó en ella, y ni el testigo, ni Juantxo tenían aún el placer de conocer a semejante beldad. Cuando Arantza irrumpió en el teatro de operaciones, pasaron varias cosas casi al mismo tiempo. Jon la vio y dio el aviso a Patxo. Patxo salió a la calle para indicar a Iñaki y a Juantxo que ya comenzaba la operación “Paloma Rubia”. Iñaki y Juantxo se acercaron a la cafetería. La portera se cagaba en todos los muertos del testigo y le decía que si no la dejaba en paz, iba a darle tres hostias que le iban a doler hasta “a tu padre ése que está en los cielos”. A continuación, la iracunda y explotada portera, vio a Arantza delante del portal. El testigo de Jehová, mientras pensaba que había días en los cuales era mejor no salir de casa, volvió a ver a su primo por segunda vez en dos días, cuando había estado más de 15 años sin verle ni una sola vez. El camarero de Tafalla, que también había visto llegar a Arantza, al percatarse que salían del local los dos impresentables que decían ser de la televisión, salió detrás de Patxo y de Jon, con expresión feroz en el rostro y con la navarra intención de hostiarles si se metían con Arantza. Además, la guapa turista francesa apareció con sus dos perritos, por la parte de la calle que daba a la Avenida, con su minifalda y su sugerente escote; y, claro, los perritos reconocieron ruidosamente al amigo que una hora antes les había acariciado, o sea, el amigo Iñaki. Y como traca final, por si fuera poco, desde la zona del mercado de abastos, se comenzó a oír unas detonaciones de disparos de fusiles antidisturbios que lanzaban intimidatorias bolas a unos 15 chavales encapuchados que corrían y se escondían con muy poco estilo por entre los coches aparcados por las inmediaciones del mercado. Arantza había llegado a Donostia un poco antes de las 9 de la noche. Tardó un rato en encontrar un sitio para aparcar el coche, pero al final coincidió, en tiempo y espacio, con un vehículo que salía de su lugar. Anduvo lista y aparcó su automóvil en el hueco que había quedado libre. Durante todo el trayecto de Bilbao a Donostia, estuvo repasando mentalmente los acontecimientos vividos en la capital vizcaina. Arantza era consciente del giro emocional que había tomado su vida al conocer a Mitarra. Las experiencias sufridas con los hombres en su juventud, le habían enseñado que la mayoría de los hombres eran unos niños muy débiles. Desde entonces, Arantza, que había aceptado su condición de mujer exigente con respecto a los hombres, sabía que era muy difícil que un hombre llegase a interesarla. Había comprendido que aquellas que quisieran llevarse bien con ellos, no tenían más remedio que hacer la vista gorda a muchas de las cosas que a ellos tanto les gustan, pero que en cambio, por lo general, a las mujeres les producen bastante repelús. Arantza no estaba dispuesta a pasar por ese trago para obtener la compañía de un hombre. Así se lo manifestó una vez a Benjamin, y su querido amigo le contó la historia de la evolución de la humanidad, desde la perspectiva de las relaciones de las mujeres con los hombres. Se la contó al poco tiempo de conocerse, paseando por la playa de La Concha, bajo un cálido sol de principios de marzo. Benjamin le dijo que durante toda la historia de la humanidad, las mujeres siempre habían aceptado resignadamente todo lo que no les gustaba de los hombres, porque, sencillamente, desde el principio de los tiempos, ellos eran más fuertes, físicamente hablando; y por eso, y ¡sólo por eso!, accedieron al poder sobre las mujeres. Desde el inicio de la humanidad, los hombres han forzado, golpeado o matado a las mujeres, si éstas no acataban sin rechistar cualquier apetencia de sus amos. En aquella época paleolítica, la relación del hombre con la mujer, además de servirles como desahogo del ímpetu sexual masculino, se basaba en el servilismo más absoluto de la hembra con respecto al fornido macho. El dominio prepotente y violento, impuesto por el hombre sobre la mujer, hizo que los primitivos hombres no tuviesen necesidad de recurrir al pensamiento para relacionarse con las primitivas mujeres. Cuando querían algo, lo pedían y se les daba sin rechistar. Fue la época del garrotazo y tente tiesa, que tantas veces se ha visto reflejada en los tebeos. Pero una mente que no tiene que analizar para conseguir lo que quiere, no se desarrolla, ya que con el simple ejercicio de la voluntad y de la fuerza intimidatoria, era suficiente para obtener cualquier cosa de la mujer. Los hombres no utilizaron la cabeza con las mujeres, sólo la violencia. Esta fase se corresponde con el culto al dios Kaka. Por el contrario, las mentes de las mujeres tenían que experimentar la situación opuesta. Su voluntad no les valía para nada, porque siempre se imponía la voluntad de los hombres, pero podían pensar para intentar dulcificar un poco su trágica existencia de esclavas. En aquella época, el hombre sólo desarrolló la fuerza y la voluntad. La mujer no tuvo más remedio que desarrollar la belleza y la inteligencia. La belleza y la inteligencia femenina fue la causa del derrocamiento del dios Kaka y de la aparición del dios Perel. Con el conocimiento que iban adquiriendo las mujeres sobre los hombres, desarrollaron la estrategia de la seducción. Ellos siguieron practicando el aquí te pillo y aquí te mato, pero empezaron a distinguir que era más apetecible que fueran ellas las que se insinuasen primero, porque, entre otras cosas, halagaba su vanidad de machos y jefes de la manada. Los hombres dieron un gran paso en su evolución, cuando notaron que para hacer sexo, eran preferibles las mujeres sensuales e insinuantes. Fue la época del máximo apogeo del dios Perel y el principio del culto a la mujer como la diosa madre de la naturaleza. Los hombres y las mujeres disfrutaron del placer del sexo por el sexo. Pero todos sabemos qué es lo que ocurre cuando la mujer puede expresar libremente su vitalidad sexual. Los hombres no están a su altura. Y eso fue la causa de la ruptura. Era un contrasentido el mantener la situación de amos y esclavas, cosa que seguían siendo por muy diosas madre que fuesen consideradas, y que al mismo tiempo, las esclavas dominasen sexualmente a los hombres. Cuando los hombres comprendieron que en unas relaciones sexuales de tú a tú con las mujeres, ellos siempre perdían, les entró el miedo al comprobar que el poder podía pasar a manos de ellas. Este temor a perder el poder sobre las mujeres, fue la causa del final de la época del dios Perel y del advenimiento del dios Oro. Los hombres, debido a que todavía seguían teniendo más desarrollada la fuerza física y la voluntad, dieron un golpe en la mesa, y las mujeres volvieron a su antigua condición de ser únicamente las esclavas de sus amos. Y los hombres separaron las dos funciones que cumplían las mujeres. Para la función sensual, crearon los prostíbulos. Para la función servil, crearon las mujeres de un solo hombre. Se había individualizado la posesión sobre la mujer y se corregían dos problemas de una sola tacada. Por una parte, el viejo problema de la inferioridad sexual del hombre con respecto a la mujer. Con las prostitutas no importaba quedar mal, porque por su función meramente sensual y marginal, les daba igual la opinión que pudiesen tener sobre ellos. Además, con las esclavas que ahora pertenecían sólo a un solo hombre, crearon la esposa servil que sólo servía para trabajar y darles hijos, pero impidiendo que las mujeres disfrutasen del acto de concebir a los hijos. Los hombres inventaron el mito de que una esposa como Dios manda, no debía disfrutar del sexo. El placer sexual de las mujeres quedó relegado y permitido únicamente a las prostitutas. Por otra parte, con el bienestar y pequeñas posesiones creadas en la época del dios Perel, los hombres quisieron transmitírselas a sus hijos. Pero para eso era preciso saber exactamente quiénes eran sus hijos. En consecuencia, el hombre impuso unas leyes muy severas contra cualquier desliz amoroso de las esclavas – esposas - madres de sus herederos. Lapidaciones, hoguera, amputación de la nariz, empalamientos vaginales, son una muestra de los métodos empleados para obligar a las mujeres a que renunciasen a cualquier tipo de aventura. Impusieron sus leyes por la fuerza, como siempre, y a continuación, otra vez, dejaron de pensar. La mujer tuvo que abandonar la estrategia de la seducción, y siguió perfeccionando su equipo intelectual por otros derroteros. La mujer descubrió otro punto débil de los hombres. Los hombres sentían orgullo por sus hijos varones, especialmente por el primogénito. Querían moldearlos a su propia imagen, para que después fuesen dignos de recibir lo que sus aguerridos padres habían conseguido con el duro trabajo o la dura lucha. Así que con todo el descaro del mundo, encargaron a la mujer la función de transmitir a los hijos varones todas aquellas normas que imponían los hombres. Durante los primeros años de la vida de los niños, las madres eran las educadoras. Después, serían los padres los encargados de darle el último toque varonil y machista. Se creó la familia, y la mujer a sus muchas funciones, las de esclava, esposa y madre, no tuvo más remedio que adoptar una más: la de educadora y transmisora de las leyes que el hombre, desde siempre, había impuesto a las mujeres. La mujer esclava – esposa - madre era la que garantizaba la continuidad del sistema, y tuvo que hacerlo porque, como siempre, le iba la vida en ello. Había empezado como esclava, después fue sensual, y ahora volvía a ser esclava, pero con la función añadida de madre educadora de los hijos del hombre. Todo para garantizar la supervivencia del afán violento, egoísta y posesivo del sexo más fuerte. Nació el concepto de la propiedad, el de la riqueza, el del poder, el de la política, el de la religión al servicio del sistema, el de la tecnificación de la violencia, y el de la guerra para conquistar más poder. Surgió la envidia, la avaricia, la sumisión de los pueblos, la conspiración, el olvido del dios Perel, el honor de morir con valor, y las gestas heroicas en el combate. Se escribieron grandes epopeyas. Las más conocidas fueron la Ilíada, la Odisea y la Eneida. Se creó el mundo de las emociones, con sus patriotismos, con sus honores guerreros y con sus fanatismos; pero también, las emociones humanas se desplazaron hacia el amor a las riquezas que proporcionaba el culto al dios Oro. Antes se deseaba la riqueza para poder vivir mejor. Sólo era un medio. Ahora se la deseaba para poder conseguir más riqueza. El afán de riqueza se convirtió en un fin. Las diferencias sociales se agudizaron y acabaron siendo irreconciliables. Pero la mujer tuvo que seguir siendo la fiel educadora de los valores masculinos. No tenía más remedio porque seguía siendo una esclava, por muy madre educadora que fuese. Pero la mente de la mujer seguía atenta a las nuevas modas y gustos que adoptaban los hombres. El hombre comenzaba a idealizar el concepto de saber morir con honor en la lucha por la defensa de causas nobles exentas de interés material o político. Se iniciaba el periodo del dios Romanticismo. El concepto de saber morir con honor en la defensa de los más débiles frente a los poderosos adoradores del dios Oro, fue un peldaño que contribuyó a dar otro gran paso. “El morir con honor” se llegó a equiparar con “el vencer como sea” de la época del dios Oro. Se creó la idea de que los humildes y los débiles también tenían honor. La mujer supo ver el nuevo cambio que se iniciaba. Si alguien estaba siendo humillado continuamente sin ninguna posibilidad de rebelarse, ese alguien eran las mujeres. Aprovecharon la ocasión y transmitieron a sus hijos el concepto que algunos hombres habían adoptado. Los amos de las mujeres comenzaron a verlas, además de esclavas, sensuales, esposas y madres, como a unos seres que también, precisamente por su condición de débiles, tenían honor y nobleza. Surgió el romanticismo y el concepto de la caballerosidad. Fue la época de las leyendas del rey Arturo y de la búsqueda del Grial. Nació el culto a la aventura y al riesgo por la defensa de los más débiles. La mujer se llevó la mejor parte. Seguía siendo esclava, esposa y madre, pero también en algunos casos, se la apreciaba y se la amaba. Tuvo la oportunidad de volver a ser la reina, por lo menos con los hombres románticos y enamorados. Se creó la literatura sobre pobres esposas de tiránicos maridos que eran protegidas por galantes caballeros aventureros y románticos. Así surgieron dos tipos de hombres. La mayoría que seguía siendo como siempre, y una minoría romántica que veía a la mujer como a un ser digno de darle algo de amor. Los románticos se embarcaron en la defensa de las mujeres, de los pueblos oprimidos, de los más débiles, de la justicia social, y en la defensa de la libertad de pensamiento. Se estaban creando las bases para la irrupción en escena del dios Razón. La religión de los papas de Roma había tenido dos funciones. Una, la de ahogar la independencia del pensamiento. Otra, la de contribuir eficazmente a la supresión de la independencia y libertad de las mujeres. Esta situación opresiva para el intelecto humano y para las mujeres, que para el caso era casi lo mismo, se comenzó a resquebrajar gracias al impulso racionalista que muchos románticos pusieron en escena. Comenzó la época de la Ilustración y de las reformas religiosas. El viejo sistema, como siempre, puso toda la carne en el asador y en las hogueras para intentar evitar lo que se avecinaba a todas luces por muy oscuras que fuesen todavía. Las principales víctimas del reaccionario sistema religioso, como siempre, fueron las mujeres. Se las acusaba de brujería, se las torturaba y luego se las quemaba en nombre del amoroso Jesús, hijo de Dios y de su infinita misericordia. Increíble pero cierto. Pero la evolución de la mente es un designio de la naturaleza que no hay Dios ni religión institucionalizada que lo pare y, más tarde que temprano, llegó el advenimiento del racionalista dios Razón. Con el tiempo se llegó a admitir que incluso las mujeres podían tener libertad de pensamiento y de expresión, claro está, siempre y cuando no fuese demasiado revolucionario. Los hombres, además de violentos, salidos, emotivos, egoístas y románticos, comenzaron la dura etapa del acceso a la racionalidad. Ya no lo basaban todo en la represión, en la sensualidad, en el egoísmo o en el romanticismo. Comenzaron a usar la inteligencia. Comenzaron a jugar en el campo que desde siempre habían estado jugando las mujeres. Pero lo hacían con varios miles de años de retraso con respecto a la mujer y su femenina inteligencia. Al principio no se enteraron y siguieron pensando que eran los reyes del mundo. Las clases sociales más oprimidas también aprovecharon la liberalización de las ideas para exponer sus reivindicaciones, y así fue cómo se originó el movimiento Socialista e Internacionalista que consiguió establecer el actual sistema de bienestar social para Occidente. Con semejantes avances sociales, las mujeres también supieron sacar partido de la nueva situación. El único factor que las había mantenido pasivas y sumisas, la violencia del macho, empezaba a estar mal vista. El movimiento feminista fue ganando batallas que cien años atrás hubieran sido impensables. Libertad de expresión, libertad de separarse del marido no querido, derecho al voto, libertad de hacer con su cuerpo lo que más les apeteciese, y, sobre todo y ante todo, reconocimiento formal de que todos y todas tienen los mismos derechos ante la ley. Por lo menos, así lo proclaman todas las constituciones democráticas de Occidente. Cuando la mujer se vio libre del único impedimento que les obligaba a estar sumisas desde el principio de los tiempos, la reiterada violencia física y social impuesta por los hombres, comenzó a pisar el acelerador. Por fin eran personas con los mismos derechos que el ancestral amo y, además, todos los siglos dedicados a cultivar el intelecto, les colocaba y les ha colocado en una situación de privilegio con respecto a los hombres que con ellas sólo habían desarrollado e impuesto la autoridad del más fuerte. La naturaleza siempre es justa y acaba dando a cada uno lo que le corresponde. También en el aspecto sexual. Ahora, los hombres están comprobando que las mujeres ya no se callan si, como casi siempre, los hombres no saben o no pueden satisfacerlas convenientemente. El hombre, ahora que las leyes impiden forzar violentamente la voluntad de las mujeres, comienza a comprender su inferioridad con respecto a las mujeres en los campos de la sexualidad, así como en los de la inteligencia. Pero se lo han ganado a pulso durante muchos milenios, aunque todavía haya muchos que no lo admitan. Benjamin rectificó y en vez de decir “se lo han ganado”, se expresó con un “nos lo hemos ganado a pulso”. Arantza recordó que cuando Benjamin le contó, en la playa de la Concha, la triste y complicada historia del hombre, sintió una angustia mucho más grande que cualquier otra que hubiese podido padecer anteriormente. Benjamin se percató de ello, y le dijo que no se preocupase. — Todo tiene arreglo en este mundo. La evolución de la humanidad no es un producto aleatorio. Queramos comprenderlo o no, la evolución responde a un programa establecido previamente y perfectamente lógico. Como habrás visto, el panorama actual no parece muy halagüeño. Principalmente para los hombres, pero también para las mujeres que tendrán todavía que soportar los últimos coletazos del hombre Kaka – Oro que sigue pensando que la mujer es una propiedad más. Pero todo se supera y las mujeres, por ser más inteligentes y más pasionales, ahora que las leyes les amparan, tienen libertad para presentarse tal como realmente son, y si el hombre no espabila, tendrá que tragarse su mal entendido orgullo masculino. La solución ya la está dando el dios Sabiduría que hace poco ha comenzado a regir. La humanidad ha pasado por las fases del dios Kaka, del Perel, del Oro, del Romanticismo, del Razón, y ahora estamos bajo el inicio de la influencia del dios Sabiduría. La sabiduría es el nuevo reto que tiene la humanidad, especialmente los hombres que aún se rigen únicamente por su voluntad y por una pizca de raciocinio. La sabiduría es el resultado de la conjunción de una mente racional e imaginativa con un corazón desinteresado y generoso. Si en la época del dios Perel hubiera habido sabiduría, los hombres en vez de precipitarse en la fase de las emociones, de los egoísmos, de las religiones represoras y de las guerras de sometimiento a otros pueblos; habrían saltado la fase emocional y habrían gozado de la fase del romanticismo, pero sin abandonar el disfrute del sexo libre de tú a tú de la época del dios Perel y las reinas madres. Si así hubiera sido, la historia de la Humanidad habría sido otra, pero cada cosa tiene su tiempo, y a un niño egoísta y emocional no se le puede pedir que se porte como un adulto responsable y generoso. Así que ya ves que pese a la existencia de fases negativas pero necesarias, la humanidad sigue avanzando, — concluyó Benjamin. Arantza evocó, mientras se acercaba al portal de su vivienda, que Benjamin debió de notar algún gesto de desconfianza en ella, porque le dijo que se lo iba a explicar de otra manera para ver si así lo veía más claro. — Mira Arantza, el hombre ya es casi un ser racional. En unas zonas más que en otras, pero en general se puede decir que con un poco de autocontrol, el hombre tiene bastante desarrollada la racionalidad. Ahora le hace falta desarrollar el amor desinteresado hacia todos los demás y por supuesto, también hacia la mujer. Tiene que aprender a respetar y amar a las mujeres, sin esperar ninguna gratificación de índole sexual o servil. De la misma forma que respeta y quiere a un camarada o a un amigo de toda la vida. Porque el principio de la sabiduría, o de la voluntariosa inteligencia amorosa, se basa en algo muy sencillo. Se basa en que jamás hay que hacer a los demás, todo aquello que no quieras que te lo hagan a ti. En el caso de la relación del hombre con la mujer, el principio es el mismo. Se debe de querer tratar a la mujer de la misma forma que le gustaría al hombre que le tratasen si fuera mujer. De esta forma se interactúa el querer, el pensar y el sentir; es decir, la voluntad, la inteligencia y el amor o sensibilidad. Cuanto más tiempo tarde el hombre en comprender esta regla tan simple, la mujer con inteligencia, que es la principal característica femenina, en la medida que vaya desarrollando su masculina voluntad, que es la característica masculina, va a pasar cada vez más de los hombres que no estén dispuestos a desarrollar su femenina inteligencia a través de su neutral sensibilidad. Me imagino que no hace falta decirte que sensibilidad no tiene nada que ver con sensibilismo. Así que el hombre debe aprender y aprenderá a utilizar su masculina voluntad para, a través de su neutral sensibilidad, desarrollar su femenina inteligencia. En cambio, la mujer ya está utilizando su femenina inteligencia y su neutral sensibilidad para, si los hombres se lo permiten, desarrollar su masculina voluntad. Arantza entendió el punto de vista de Benjamin, y desde entonces supo dar un contenido teórico a lo que ya conocía de sus experiencias con los hombres. Pero nunca dejó de mantener la secreta esperanza de que, tarde o temprano, tendría que aparecer un hombre que respondiese a lo que ella siempre había deseado e imaginado que se merecía. Como acostumbraba a decir Benjamin, la naturaleza o lo que sea, siempre concede a cada uno lo que le corresponde, así como lo que se ha merecido. — Siempre recibimos lo que nos hemos ganado a pulso con nuestras acciones. Tanto en lo bueno, como en lo malo, — sentenció Benjamin mostrando una simpática sonrisa a pesar de lo tenebroso de la historia narrada. Capítulo 41. LA ASAMBLEA POPULAR Cuando Arantza divisó su portal desde la zona del mercado de San Martín, estaba, en ese momento, disfrutando del recuerdo de las sorprendentes y sinceras líneas escritas por Pello en casa de su amado maestro espiritual. Las líneas habían sido escritas por Pello, para ella y sólo para ella. Él era mucho más delicado y comprensivo y atento que lo que había podido percibir durante los cuatro días tan apasionadamente vividos en compañía de él. Él, Pello, o quién sabe, quizás ella, o acaso ello; le volvía a sorprender. En un principio le cayó bien; después supo interesarla con su misteriosa tablilla; luego le dio confianza con su comportamiento, absolutamente respetuoso, durante la primera noche pasada en casa; al día siguiente, cuando quedaron en que Pello la llamaría desde Pamplona, para decirle si pasaba la noche en San Sebastián o no, ella estuvo toda la tarde esperando la llamada, y deseando que el interesante señor pamplonica tomase la decisión, ¡como así fue!, de volver a su casa para cenar y dormir; más tarde, cuando empezó a intuir que él también parecía que estaba a gusto, y que, además, se permitía hasta algún pequeño juego, es decir, que no era tan serio como parecía, comenzó a sentir un cierto cariño hacia él; a la mañana siguiente, cuando el viaje a Bilbao, ella se sorprendió, y le agradó, al enterarse y conocer el verdadero carácter de Pello: romántico, apasionado, calmado, idealista, bastante racional, y no tan corto como había supuesto en un principio; en fin, que a partir de ese momento, tuvo muy, pero que muy claro que se iba acostar con él; y lo logró, y lo que vino a continuación, acaso porque nunca lo había sentido antes, superó hasta los casi olvidados sueños de temblorosa sensualidad que tuvo en su imaginativa y ya un poco lejana juventud; pero después Pello volvió a sorprenderla al enterarse de que él era, otra vez, él y ello, de que era una especie de Robin Hood o Dick Turpin empeñado en una romántica y, para ella, tonta lucha de liberación nacional; no obstante, le agradó el descubrimiento de la entrega, generosa a su causa, que apreció en Pello; pero, por si todo esto fuera poco, además, estaba lo de la tablilla, con sus ocho apellidos, escrita sabe Dios cuándo; pero, ¡y había ya tantos peros!, el plato fuerte vino al final, vino cuando Pello, que, para entonces, lo más seguro que ya era ello – ella, le plasmó por escrito las palabras más halagadoras que nunca había oído, provocándole una gratificante e intensa sensación de seguridad en sí misma, y una reconfortable sensación de saberse amada y deseada, y, por lo tanto, una inefable sensación de felicidad. Conclusión, comentó para sí cada vez más cerca de su portal, estoy más colada por él que …; y rebuscó en su imaginación para encontrar la expresión más apropiada a todo lo que sentía; estoy más colada que … las flores por el Sol; que … una puta por su hombre; que … María Magdalena por Jesucristo; que …, y se dijo basta ya, estoy más colada que un alma receptiva por su espíritu vivificante. Estando en estas placenteras consideraciones, fue cuando Arantza llegó a su portal y abrió el bolso con el fin de coger las llaves de casa e irse a la cama a dormir un montón de horas sin perder ni un solo momento. Pero Iñaki “kaka” se puso a su altura como si también fuera a entrar en el portal. Juantxo “romanticismo” se paró por detrás de los dos, poniendo cara de despistado. Jon “oro” se quedó quieto en medio de la terraza de la cafetería, contemplando boqui abierto la belleza de su, por él, supuesta camarada . Patxo “razón” estaba atento a lo que pasaba en la entrada del portal de Arantza “sabiduría”, y a lo que hacían su primo “romanticismo”, el testigo de Jehová, y el camarero de Tafalla “perel”. Todavía no había detectado la presencia de la portera “oro” ni la de la francesa “perel” con sus dos perritos “perelitos”. Iñaki le dio las buenas noches a Arantza e hizo un gesto como dando a entender que había olvidado las llaves del portal. En ese momento, la portera se puso al lado de Arantza, y tras saludarla, comenzó a hablar sin parar. El testigo de Jehová se acercó, con un poco de recelo, a su primo. Los perritos entraron en escena, y comenzaron a dar saltos y a emitir agudos ladridos entre los pies de su antiguo amigo Iñaki. La francesa se puso un poco histérica mientras intentaba retirarlos de en medio. Jon se animó y se fue junto a Iñaki para conocer de cerca a su heroína compañera y camarada de organización. El de Tafalla, cuando vio que uno de los impresentables que decían ser de la TV, se había aproximado a Arantza, se acercó de muy malas pulgas al grupito que cada vez era más numeroso. Patxo, que no era vidente pero que vio claramente que la operación “Paloma Rubia” comenzaba a descontrolarse, no tuvo más remedio que meterse en el ajo para ver qué coño pasaba. Juantxo se puso a su vera, con la misma expresión de despistado. La portera le decía a Arantza: — No sabe la noticia que le traigo. El señor éste que está aquí —, señaló a Juantxo, — es del programa de TV “¿Para quién va a ser mi amor?”, y me ha dicho antes de que usted llegase, que le trae una sorpresa del hombre con el que se ha ido a casa del señor Benjamin Ríos. Por lo que me ha dicho, debe de estar completamente coladito por usted. Es un detalle muy emocionante. ¡Qué ganas tengo de verla en la TV! ¿Pero qué puñetas quieren estos perros tan enanos? ¿De quién leches son? ¡Mecagüenlá! Juantxo tuvo que presentarse ante la sorpresa de Patxo que cada vez andaba más mosqueado. Iñaki, entre tanto, estaba haciéndole señas con las cejas a la dueña de los perritos, la cual parecía sentirse a gusto entre tan variopinto personal. Juantxo dijo: — En efecto, señorita Urdanpilleta, somos del programa “¿Para qué quiero a mi amor?”, y le traemos un mensaje de su amor. Ya sabe que el amor es el don más preciado. Si nos permite a mi compañero —, señaló a Iñaki, — y a mí, podemos subir a su casa para hablar con más tranquilidad de algo tan íntimo y personal. El camarero de Tafalla intervino en la conversación. — Señorita Arantza, me parece que aquí hay gato encerrado. Hasta ahora sólo había dos periodistas —, señaló a Jon y a Patxo, — pero ahora aparecen dos más de repente —, y señaló a Juantxo e Iñaki. — Además, a mí me han dicho que son del programa “¿Quién busca a mi amor?” y no del “¿Para qué sirve el amor?”. Son unos mentirosos. Ayer me dijeron que usted estaba enferma de cáncer, y después me dijo éste —, señaló a Jon, — que usted había perdido un paraguas. Yo ya sabía que era mentira porque usted no llevaría un paraguas tan chorras. Era más cursi que una ración de lenguado a la “meuniere” con guarnición de pétalos de lilas. La francesa consiguió coger en brazos a los perritos y se quedó al lado del de Tafalla. El primo de Patxo no perdió la oportunidad de dirigirse a una asamblea tan concurrida. Iñaki, olvidándose de la francesa, también tuvo su intervención, dirigiéndose a un Patxo que cada vez estaba más que mosqueado. — ¡El revirao de antes! Cagüen Dios. Es más pesao que Mayor Oreja. Mándale a tomar por saco. Es un hijo puta de cuidao. Arantza, que no tenía el coño para muchos ruidos, ni la cabeza para sandeces, mandó callar a todos, y pese al ruido de los disparos antidisturbios que cada vez se oían más cerca, consiguió hacerse oír entre tanto gallo. — Pero, ¿qué está pasando aquí? Y usted cállese, maleducado. No creo que nadie me haya enviado ninguna sorpresa tan cursi y tan patética, pero de todas formas, no estoy dispuesta a escucharles ni una sola palabra más. Si es cierto que hay por ahí alguien tan pobre de espíritu, le pueden decir de mi parte que si me quiere decir algo, que se deje de tonterías y me lo diga a la cara. Ahora, les pido por favor que no me molesten más. Acabo de llegar de Bilbao y estoy un poco cansada. Llevo dos noches que no he dormido casi ná. Así que geroarte, Bonaparte. Y usted no vuelva abrir la boca, maleducado. Iñaki, muy dolido por las para él injustas palabras de la txakurra, iba a contestarla que la maleducada sería su puta madre, cuando Arantza le guiñó un ojo al camarero de Tafalla, hizo un amplio y saleroso ademán con la mano que sujetaba el bolso, y dándose media vuelta a lo Marylin Monroe, dio por acabada la discusión. Juantxo intentó explicarle de nuevo lo del enamorado platónico y un poco pelmazo, pero una airada mirada de Arantza le hizo desistir de semejante empeño. El camarero de la cafetería aprovechó la ocasión para cantarles las cuarenta a Jon y a Patxo. — Bueno, señores reporteros de “¡Yo qué sé en dónde está mi amor!”, ya han oído a la señorita Urdanpilleta. Así que o ahuecan el ala, o aquí va haber más hostias que en el Vaticano y en toda su curia de cuervos chupa sangres. Arantza y la portera se metieron en el portal y cerraron la puerta con llave. El testigo de Jehová, por si a la ertzaintza le daba por confundirle con un revoltoso, salió corriendo como una bala. El nabarro o navarro de Tafalla invitó a la francesa a tomar un café con pastas. Patxo comprendió que una retirada a tiempo era una victoria. Dijo a sus chicos que entrasen rápidamente en la cafetería y se fue con ellos. Iñaki entró detrás de la francesa, pensando que el cabrón del camarero nabarro le había levantado el ligue. ¡Con lo buena que estaba! Patxo, Iñaki, Juantxo y Jon se sentaron en la mesa más alejada de la puerta de la calle. Patxo hacía grandes esfuerzos por no elevar el tono de la voz. En ese momento, se dio cuenta de que Jon le miraba con una expresión de extrañeza, y rectificó sobre la marcha. — Ahora va a creer que somos de la pasma y no va a querer hablar con nosotros. ¿Qué es eso que ha dicho que ha estado en Bilbao con un Benjamin? — La portera me ha dicho que ha estado en casa de un tal Benjamin Ríos que vive cerca del museo ese tan raro que se han hecho los bilbainos. Ya ves que uno cuando quiere, también sabe enterarse de las cosas. Iñaki seguía contemplando a la exuberante turista francesa que sentado su contundente culo en un taburete de la barra, y mostrando unas buenas piernas, con un espléndido apetito daba buena cuenta de una bien surtida bandeja de dulces y pasteles, a la que había sido invitada por el rumboso camarero. Los perritos, para no ser menos, también estaban comiendo una pequeña ración de pastelillos colocados en un pequeño platito. Patxo estuvo un rato callado, mientras analizaba la nueva información suministrada por Juantxo. El estrépito de una fuerte explosión, que venía de la calle, se oyó en el interior de la cafetería-pastelería. El responsable del comando itinerante tomó de nuevo las riendas de la dirección operativa de su grupo, y dijo que había que irse a Bilbao. — Mitarra no ha venido con la compañera Arantza, y la única pista que tenemos es que ha estado con el tal Benjamin Ríos —. Patxo pensó que seguro que sería algún pájaro de cuidado de la Seguridad del Estado. — Nos vamos a Bilbao y miramos en la guía telefónica y si por un casual resulta que ése es su verdadero nombre, podremos localizarle. Patxo puso cara de circunstancias y miró a Jon. — Compañero, nos tienes que hacer el último servicio. Mañana nos llevas a Bilbao y luego te vuelves para aquí con el coche para que lo podáis utilizar en vuestra ekintza. Y por último, no comentes con nadie, pero absolutamente nada, ni lo que has hecho, ni lo de la militancia de Arantza, ni de nada de lo que ha pasado en esta puta calle. ¿Entendido? Se dirigieron a la Avenida y esperaron la llegada del coche de la infraestructura operativa del talde de Jon. Pero Jon no apareció por donde le esperaban. Les llegó, caminando muy de prisa, muy agitado y con la cara más blanca que una camiseta del Real Madrid puesta a remojo en un cántaro de leche. Patxo le dijo que lo sentía mucho, pero que la guerra era la guerra y que había que estar preparado para estas contingencias. A continuación le dio un buen disgusto. — Amigo Jon, nos vas a tener que prestar por unos días el vehículo que tienes para tu uso personal. Para no hacerte perder más el tiempo con nosotros y porque ya no corre prisa que vuelvas con tu coche, ¿no vais a utilizarlo para la ekintza, no?, no hace falta que nos acompañes. Cuando localicemos a Mitarra, te mando el coche con Juantxo. Pero no te preocupes, que en uno o dos días lo tienes de vuelta. Jon pensó en los gritos que le daría su mujer Amparo cuando se enterase de que les había dejado el coche nuevo que no hacía ni dos meses que se habían comprado, después de firmar un montón de letras pagaderas todos los meses durante otro buen montón, pero de años.
Capítulo 42. EL ALMA Pello durmió algo más de 8 horas y se despertó un poco antes de las 5 de la mañana. Recordó que todo empezó a raíz de su entrevista con Retama. Se acordó de los planes de su superior jerárquico en el organigrama de la organización, referentes al asesinato de los Reyes de España y demás autoridades políticas y militares. No sabía ni dónde ni cuándo y ni si realmente lo iba a poder realizar. Sólo sabía que si lo hacía, el resultado iba a ser desastroso para todos, y también sabía, sin saber exactamente cómo, que había llegado hasta la casa de Benjamin Ríos para obtener alguna solución a sus problemas. Además, estaba lo de sus ocho apellidos de la misteriosa tablilla, su amor por la apasionante y apasionada señorita Urdanpilleta y, porque no hay dos sin tres, estaba dispuesto a ponerse incondicionalmente en manos de Benjamin, para comenzar un cursillo intenso de raja yoga, el cual le iba a proporcionar la sabiduría necesaria para afrontar con éxito la dura tarea de apagar los fuegos de su organización y de transformarla en algo fuerte y sano. — Toma dos vasos de este líquido, que ya te expliqué ayer lo que era, y después te vas al water a hacer de vientre. No salgas hasta que hayas hecho algo. Pello le respondió que debido a su vida clandestina y aventurera, hacía ya muchos años que siempre evacuaba nada más levantarse de la cama. Era una forma de no tener contratiempos fisiológicos durante el día. — Bien, pues mejor. Después te duchas con agua caliente, y terminas la ducha con 10 segundos, contados lentamente, de agua fría a tope de presión. — Bien mi amigo Pello. El evacuar nada más levantarse de la cama es la mejor forma de comenzar el día. Así se expulsa toda la porquería que el cuerpo ha acumulado durante el día anterior, y así se queda uno muy limpio por dentro de todo tipo de sustancias patógenas. La ducha fría es para tonificar la circulación sanguínea y calentar el cuerpo para todo el día, una vez que te has frotado bien con la toalla. Si no tuvieses que hacer ayuno, ahora sería el momento de darse un buen desayuno. Pero porque tú no puedas comer, no quiere decir que yo tampoco. Acompáñame mientras desayuno y charlamos amigablemente, que es la segunda mejor forma de comer bien. Ya sabes, la primera es hacerlo con concentración, pero si mis funciones de anfitrión y profesor me lo impiden, no hay nada mejor que una buena charla. Benjamin se dio un espléndido desayuno que provocó la envidia y la gula de su compañero de mesa. Curiosamente, desde que había tomado los dos vasos de sirope, no tenía nada de hambre, pero echaba de menos el meterse en la boca la sopa de ajo que humeaba en la cocina con un huevito escalfado en medio de la cazuela. Benjamin le explicó que desde hacía años, siempre desayunaba lo mismo. Nada más levantarse se tomaba un zumo de naranja natural. Después cumplía con sus obligaciones corporales de índole fisiológica y con sus normas higiénicas de aseo personal, basadas en la toma de una ducha caliente y, a continuación, en el disfrute de un buen chorretón de agua fría. Luego, durante algo más de un cuarto de hora, practicaba unos ejercicios energéticos y después sus kriya yoga como preparación a una meditación de unos cuarenta minutos. Mientras realizaba sus prácticas de yoga, la sopa de ajo con dos huevos escalfados en ella, o la sopa de cebolla y queso, se iba haciendo lentamente. A eso de las 8 de la mañana, se comía la sopa en compañía de un vasito de vino tinto. Después, si le apetecía, solía tomar un poco de queso, o unas nueces, o algo de fruta. Una vez bien tonificado, dedicaba la mañana a sus quehaceres, y siempre que podía, empleaba otra hora al mediodía a sus prácticas de meditación. Las tardes, por lo general, las destinaba a estudiar, leer o escribir. Cenaba un poco antes de las 9, y de 11 a 12 repetía los mismos ejercicios de la mañana. Luego se acostaba para levantarse todos los días del año a las 6 de la mañana. Solía decir que presentía que el reparto ideal de las 24 horas de un día, tenía que ser: Seis horas para dormir y descansar el cuerpo y la mente. Seis horas para cultivar la mente y el cuerpo. Seis horas para ganarse el pan. Y seis horas para el solaz, la charla y la buena alimentación. Pello, como todo el mundo, había estado muchas veces en una mesa con comida sin haber probado nada, bien porque no le apetecía o bien porque no se encontraba con ganas de comer, debido a una simple falta de apetito por haber comido antes, o debido a un desarreglo en la salud que le impedía comer. Pero nunca había tenido que estar sin comer por el mero hecho de haberse comprometido a no comer. Se dio cuenta de que suponía un desconcertante esfuerzo de voluntad, el hecho de hacer obedecer a su apetecedora gula. Por experiencia sabía que cuando había tenido que hacer algo duro o desagradable, algo que atentase a su comodidad o a su gusto, conseguía realizarlo diciéndose a sí mismo que aquí el que manda es Pello y que el cuerpo es el que tiene que obedecer la voluntad de su amo. La historia de la rana voluntariosa que cayó en un balde de leche, le había gustado mucho, pero, a pesar de su fuerte voluntad, Pello estaba comprobando sorprendentemente que el hecho de no servirse una simple sopa de ajo, le estaba costando mucho más de lo que en un principio había supuesto. Decidió olvidarse de la sopa y le planteó a Benjamin una cuestión que, como él mismo dijo, no la acababa de entender del todo. — La conclusión que he sacado del mensaje de la tablilla, es que fue escrita por unas personas que se expresaban en euskera, parece ser que hace muchos miles de años, que conocían que yo iba a existir y que debía de resolver un problema muy grave. Puedo entender que hablasen en euskera, porque siempre he oído que no se sabe exactamente cuál es el origen de esta lengua que se supone que es la lengua más antigua de Europa; pero me resulta imposible de comprender racionalmente que sea posible conocer el futuro. ¿Eso qué quiere decir? ¿Que hay personas con capacidad de viajar mentalmente por el tiempo, o que el destino está escrito, y por lo tanto, aquellos que saben leerlo, pueden conocer lo que estaba previsto que va a suceder? Considero que son dos vías diferentes. ¿Cuál de las dos es la auténtica causa que permite conocer el futuro? Benjamin estaba comiendo una porción de queso, y no le contestó hasta haberla engullido, después de masticarla muy lentamente. “ Pero la función de razonar no es lo mismo que la función de la inteligencia o la del conocimiento. La cosa es como una serie en cadena, cuyos factores interactúan entre sí, pero que, a su vez, cada uno de ellos es efecto y causa del anterior y del posterior respectivamente. El conocimiento es un efecto de la inteligencia, y ésta, a su vez, es un efecto de la voluntad aplicada a la causa del análisis racional. Así que la racionalidad es un instrumento al servicio del conocimiento. La voluntad y la racionalidad se encuentran en el consciente, como antes te he dicho, pero la inteligencia y el conocimiento se encuentran en el subconsciente”. “ Asimismo, la racionalidad encadena la realidad como una sucesión de causas y efectos que se mueven siempre avanzando linealmente en el tiempo y en el espacio. En cambio, el conocimiento, la imaginación, la inteligencia, te permiten mover tu mente sin ningún tipo de límite temporal o espacial. Se almacena todo el conocimiento en el subconsciente, bajo los aspectos de recuerdos, sensaciones, experiencias y sueños imaginarios e imaginativos. Así que ya ves que la racionalidad de la mente consciente, es sólo uno de los diversos instrumentos que hay para adquirir el conocimiento. Lo primero es el medio y el segundo es el fin, y el desarrollo del medio condiciona al fin, pero éste, también, a su vez condiciona al medio. Es una interacción recíproca”. “ A más capacidad razonadora, más conocimiento. A más conocimiento, más capacidad razonadora. Pero, insisto, una cosa es la voluntad activa aplicada a racionalizar, y otra cosa es la inteligencia pasiva del conocimiento. La voluntad activa es el método. La inteligencia pasiva es el resultado del método. Estos dos polos opuestos de la mente son los que establecen la primera diferenciación, y realmente la única, que se puede hacer con las personas. Hay personas que tienden más a racionalizar de forma objetiva, en vez de tender más a imaginar de forma subjetiva. Y viceversa. Todos estamos encuadrados en uno de estos dos grupos. Todos somos más una cosa que la otra, por no tener equilibradas ambas funciones”. “ Por eso es tan difícil obtener la sabiduría, ya que la sabiduría es el resultado del equilibrio y fusión de la capacidad analítica con la capacidad imaginativa. Es la fusión del consciente con el subconsciente de tú a tú. De igual a igual. Como siempre pasa en la naturaleza, la unión de los opuestos se efectúa a través de un intermediario, el cual lleva en su interior las dos partes en conflicto. Hace la función de puente entre los dos opuestos. La función de puente está reservada para el Aspecto amor. Desarrollando la sensibilidad, el amor, se realiza la fusión de la racionalidad con la imaginación. Se realiza, en definitiva, la unión de la voluntad con la inteligencia. La unión de lo masculino con lo femenino”. “ El equilibrio entre lo masculino y lo femenino, o entre lo que se concentra y lo que se dispersa, se realiza a través del corazón. La consecución del equilibrio supone la adquisición de la sabiduría voluntariosa – amorosa – inteligente. Es igual que los átomos que también tienen equilibradas las energías de sus protones, neutrones y electrones. El átomo es el equilibrio perfecto que se establece en la materia cuando se conjugan, armónicamente y con mucha sabiduría, la voluntad, la inteligencia y la fuerza atractiva del amor que tiende siempre a unir a los opuestos. Los dos únicos impedimentos que dificultan la función del amor son, o bien una ausencia importante de la capacidad del aspecto voluntad, o bien, la misma ausencia, pero en el aspecto inteligencia. Para poder amar hay que querer amar y saber amar”. Benjamin comenzó a preparar una infusión de hierbas aromáticas y continuó hablando. “ El hecho de que aún no podamos encontrar una explicación lógica y científica a muchas cuestiones que desconocemos, no quiere decir que esos fenómenos no existan. Entrando ya en tu pregunta, para comenzar te diré que tienes que intentar unir tu capacidad de raciocinio con tu capacidad imaginativa. Si permites que aflore tu imaginación, se puede seguir practicando ininterrumpidamente el maravilloso arte de la lógica y el análisis racional. También tengo que decirte que has estado muy acertado al plantear las dos posibles vías racionales de acceso al futuro”. “ La primera posibilidad implica que las personas pueden poseer mecanismos mentales que, aunque sean desconocidos, les permiten trasladar la mente por el tiempo. La segunda implica que hay un destino prefijado para cada persona, y que conociendo ciertas técnicas, se puede acceder al gran libro donde todo está escrito desde el principio del tiempo. Creo que será más conveniente analizar cada posibilidad por separado, para después hacerlo en conjunto para ver cómo interactúan la una sobre la otra, y la otra sobre la una”. Benjamin le sirvió una infusión a Pello, porque, según le dijo, “lo peor que tiene el ayuno es que te entra el frío hasta los huesos, y la única forma que vas a tener de combatirlo, es mediante la toma de infusiones calientes, echando pimentón picante a la mezcla del sirope”. Benjamin comenzó por la primera posibilidad planteada por Pello. “ Esto cuesta un poco imaginárselo, porque estamos habituados a pensar que el tiempo es solamente una sucesión lineal de instantes de presente. Pero volvamos al ejemplo de la cinta. Si una persona que no conociese nada de la tecnología actual, escuchase una música grabada en una cinta, pensaría que alguien, en ese momento, está tocando algo, y que después, en otro momento, está interpretando otra cosa. Si a esa persona le preguntases qué es lo que va a sonar a continuación, te contestaría que eso es imposible de saber porque todavía no ha sucedido. Pero si, delante de él, le rebobinas la cinta hacia delante y le pones otra música, y a continuación se la rebobinas para atrás, y le pones la misma de antes, se dará cuenta de que no hay nadie, escondido en algún lugar, que interprete ahora una cosa y luego otra. Se dará cuenta de que todo estaba ya interpretado, y que lo que imaginaba y razonaba que era pasado, presente o futuro, no es más que un bloque existencial y real, que persiste en todo momento, como si se tratase de un inmenso espacio existencial lleno de infinitas situaciones temporales”. “ Se dará cuenta de que las diferentes fases clasificatorias del tiempo, sólo existen para los observadores de fuera y ajenos al conocimiento del secreto de la cinta. El cual no es, ni más ni menos, más que el saber que el pasado, presente y futuro son sólo normas aplicables a la existencia y evolución de la materia física; y por lo tanto, dado que la energía mental está constituida de una sustancia muchísimo más sutil que la meramente física, la visión clasificatoria del tiempo que se haga la mente, no debe ceñirse a unas normas que están diseñadas sólo para el aspecto físico de la materia”. “ Por consiguiente, acabará dándose cuenta de que todo, tanto el pasado, como el presente y como el futuro, están ahí al mismo tiempo. Por fin, se dará cuenta de que lo único que los diferencia es en dónde ponemos la atención o la conciencia. Supongamos que aquellos vascos antiguos que escribieron la tablilla, conocían el sistema de rebobinar la cinta del tiempo, previamente grabada, y que también conocían cómo escuchar las diversas partes del tiempo. ¿No sabes cómo? Ya te lo he dicho antes. Poniendo el dial de la mente consciente y de la atención en cualquiera de las distintas músicas de la cinta que existen como un todo presente y actual. El poder escuchar una parte u otra de la cinta, sólo depende de nuestra voluntad y del mecanismo del aparato apropiado”. Benjamin sonrió, y siguió largando. “ En esa información que posee el alma, aparece en primer lugar la grabación de lo que va a ser su existencia inmortal. Es una existencia programada por su creador para que recorra todos los estados de conciencia, desde el más sutil, energético y espiritual, hasta el más denso, físico y material. En este recorrido de ida y vuelta, tiene que cumplir con todo lo previsto. Sale de su creador, desciende hasta la materia, empleando para ello a muchos, variados y apropiados soportes, vehículos o instrumentos; y después inicia el camino de vuelta a su origen. Este recorrido de ir animando a diferentes cuerpos más densos cada vez, para que una vez que ha llegado al límite, comenzar a animar a cuerpos más sutiles hasta volver a la esencia del espíritu, que es Dios, lo cumplen todas las almas. Igual tu alma, insisto que es sólo una teoría de los antiguos hindúes, porque como energía que es, es inmortal, hace miles de años estaba ubicada en una de las personas que escribieron la tablilla y, en consecuencia, lo que hizo el antiquísimo euskaldun para predecir tu existencia, no fue más que rebobinar su alma hacia delante, para que le informase de los acontecimientos que, años más tarde y en otro cuerpo, iba a interpretar según el guión previamente establecido”. “ No sé si habré sido capaz de explicarme, pero por lo menos para mí, el texto de la tablilla y tu traducción posterior al euskera, me ha hecho comprender que la antigua lengua de los vedas y el euskera, son la misma lengua, lo cual no deja de tener su gracia. Igual los antiguos vedas fueron los que inventaron la txapela y el irrintzi”. “ El alma que ya sabe lo que va a pasar, permite democráticamente que, aunque seamos unos ignorantes, hagamos lo que más nos apetezca en casi todos los momentos. Aunque luego, por una mala decisión en un momento determinado, igual nos tiramos todo el resto de la vida sin poder volver a hacer lo que realmente nos apetece. Bueno, ahí está la grandeza del juego, pues. En la absoluta libertad que tienen las personalidades para interpretar el guión que llevamos dentro de nuestra respetuosa alma. Y el guión sí parece que existe. Sin tener en cuenta los aspectos metafísicos del alma, todas las personas tenemos una serie de condicionamientos ajenos a nuestra voluntad”. “ En primer lugar está la información genética que nos transmiten las personas elegidas por nuestra alma para que sean los padres terrenales de sus soportes físicos. Después existen particularidades genéticas que no se corresponden con ninguna de las de nuestros padres. La ciencia aún no ha encontrado una explicación a esto. A continuación nos encontramos con la influencia que los astros ejercen sobre nuestro planeta en las distintas zonas del recorrido del desconocido viaje que realiza la Tierra, con todo su Sistema Solar, y éste a su vez con toda su Galaxia, a través de lo que llamamos Universo, del cual tan poco sabemos aún. Estas influencias, que por supuesto que no son determinantes, intervienen tanto en el momento de la concepción como en el del nacimiento. Después aparecen las características raciales y geográficas”. “ Todos sabemos que hay ciertas características emocionales y mentales que distinguen a los del Sur con respecto a los del Norte. Luego está la educación familiar, escolar, cultural y social. Pero este guión, que es tangible y no metafísico, no es determinante. Si así lo fuera, todos los hermanos serían iguales, o todos los libras o los escorpios también serían iguales, o todos los africanos, o todos los nórdicos serían idénticos entre sí. La personalidad tiene la potestad de ignorar el guión o de modificarlo en parte. Es como si el que estuviese escuchando una cinta grabada, tuviese la posibilidad de regrabar la cinta y, de esa forma, poder escuchar la música compuesta por él mismo. Será más imperfecta, pero es la que quería oír. El alma acepta que su soporte físico, emocional y mental, pueda regrabar lo que quiera. Está en su derecho y, además, ésa es la parte más importante del juego”. “ Es la única forma de desarrollar el libre uso de la voluntad y de adquirir el conocimiento de la inteligencia, durante el difícil ejercicio de construir nuestra propia vida. Se debe de construir nuestra vida sin intermediarios, o sacerdotes, o gurús, o videntes, o pitonisas que nos digan lo que ni nuestra propia alma se atreve a decirnos. Tenemos que aprender a que seamos nosotros mismos los que podamos leer en nuestras almas, porque eso es lo único que permite que nuestras almas sigan su evolución. Nosotros, las personalidades, sólo somos un traje de usar y tirar”. “ Parece ser, en base a las teorías hindúes, que tu alma ya sabía que en esta época, su soporte físico y mental, que eres tú, iba a comenzar el aprendizaje de saber leer en ella. Pero para eso, es preciso que la libre voluntad de la personalidad o soporte del alma, decida ponerse en manos de su chispa divina o alma inmortal. El hacerlo así, también es un acto de libre albedrío, pero sobre todo es una muestra de inteligencia. Inteligencia que, supongo, tendrás para comprender perfectamente lo siguiente: La voluntad es la que ordena que se ponga en marcha la función de pensar, y la inteligencia obedece y piensa; pero, ¿en qué piensa? ¿En sí misma, o en los demás? Ahí está la auténtica clave de todos los entuertos. Cuando, gracias a la labor conciliadora de la sensibilidad, se piense más en los demás, que en uno mismo, ya verás cómo todas las cosas de este mundo irán mucho mejor. Y así se cumplirá el único destino que hay de verdad”. Como conclusión a todo ello, dijo que, al final de todo, la posibilidad de viajar en el tiempo, es decir, la posibilidad de oír la cinta del tiempo, era lo mismo que conocer el destino, aunque éste no exista pese a su existencia inexistentemente existente. Si se hace así, la personalidad pierde el ego y se pone consciente, libre e incondicionalmente al servicio de su alma, la cual nunca le había obligado a nada, porque ni el pecado, ni la obligación espiritual existen en la mente de Dios. Sólo existe la ignorancia de los que aún no han entendido el gran juego de las fuerzas del Universo, que unas veces se expanden para materializarse, y otras veces se contraen para espiritualizarse. En la realidad tangible y material, y no en la meramente energética o espiritual, sería al revés, ya que el funcionamiento de lo sutil, de lo espiritual, siempre es el negativo, o el positivo, quién sabe, de lo denso, de lo material. Y, sin embargo, ambos aspectos, además de compatibles entre sí, se necesitan mutuamente, girando incansablemente en la rueda del tiempo sin producir ni el más mínimo chirrido. La danza respiratoria del Universo no tenía ni principio ni fin, pero sí tenía un objetivo: Mantener vivo al Universo gracias a la actividad mediadora del gran conciliador de opuestos, extremos y entuertos; el cual es conocido rimbombantemente como el Aspecto del Amor Cósmico, o el Aspecto II; o como el Gran Puente que une las dos orillas, las del I y III Aspecto; o simplemente, como el Hijo o Hija resultante de la unión del Padre y de la Madre; o dicho de otra manera, es el Alma que enlaza al Espíritu con la Personalidad material, temporal, efímera y egoísta, pero que, además, por ser la personalidad un reflejo de su alma, también puede ser libre y creativa si así lo quiere. En definitiva, el Alma, según el famoso libro de Benjamin, es el puente natural entre lo divino y lo terrenal, entre el Espíritu y la Materia, entre Dios y la Humanidad; y, por eso, la unión, el yoga, el puente, la convergencia, la amalgama, la aleación, la fusión, el apareamiento, el matrimonio, la armonía, la síntesis y la confluencia son todos ellos sinónimos de la misma función, de la función magnética de la conciliación, centrada y equilibrada, de lo aparentemente opuesto; y, por consiguiente, parece indudable, parece como de Perogrullo, que para que la conciliación sea lo más efectiva posible, hará falta unas grandes dosis de voluntad, inteligencia y, ante todo, de mucha sensibilidad. Ése era el camino: Conciliar el consciente activo con el subconsciente pasivo, para, una vez conseguida la conciliación, bueno, más bien sería la reconciliación, establecer contacto con el alma o puente entre lo de arriba y lo de abajo. Todo funcionaba igual. Todo dependía del sabio equilibrio de los polos extremos que se dan en cualquier situación, lugar y momento.
Capítulo 43. LAS MADRES Patxo, Iñaki y Juantxo llegaron a Bilbao a media mañana de un lunes ligeramente lluvioso. En la plaza de Indautxu, Patxo e Iñaki descendieron del automóvil de Jon, y Juantxo se llevó el coche al parkin subterráneo de la plaza para dejarlo ahí. A continuación se fueron los tres a almorzar a uno de los bares de la zona, y de paso, mirar en una guía telefónica de Bilbao si con los datos de que disponían, podían localizar la dirección del tal Benjamin Ríos. Si Juantxo hubiese aprendido a escuchar como Patxo, cuando la portera del inmueble de Arantza le dijo que la señorita Arantza había ido a casa de su amigo Benjamin Ríos que vive en la calle Rekalde que está cerca del museo Guggenheim, se habría quedado con las tres informaciones que le suministró la portera. Pero sólo se había quedado con dos. Sólo recordó que Arantza había ido a casa de un tal Benjamin Ríos, y que su casa estaba cerca del flamante nuevo museo de los bilbainos. No recordó que asimismo le había dicho que vivía en la calle Rekalde. Este olvido, producido por la humana y habitual costumbre de no saber escuchar a los demás, propició que, junto a la aparición de algún que otro imponderable, se complicase un poco la “Operación Matarile”. — Ahora qué hostias hacemos? ¿Vamos a ir uno por uno a preguntarles si conocen a Mitarra? Patxo recordó que Juantxo había dicho que el tal Benjamin vivía cerca del famoso museo Guggenheim. Patxo miró a Iñaki, porque al ser de Barakaldo, se suponía que sería el que más sabría de Bilbao. Iñaki dijo que el museo estaba cerca de la ría. — Joder, eso también lo sé yo —, respondió Patxo, — más de la mitad de Bilbao está cerca de la ría. Juantxo se quedó en el bar para copiar las casi treinta direcciones de los Ríos, y Patxo e Iñaki se fueron a buscar un mapa de Bilbao. Salieron a la calle y tiraron para la derecha. A pocos metros, desembocaron en una calle repleta de bares. Miraron para la izquierda y vieron al fondo un enorme escudo del Athletic. Patxo decidió ir en sentido opuesto. Caminaron un tramo y accedieron a una pequeña plazuela que tenía un kiosco de revistas en su centro. Patxo preguntó si tenía algún mapa de Bilbao al encargado del kiosco. Le respondió que no, pero que lo más seguro es que habría en el hotel Ercilla que se encontraba allí mismo. Patxo e Iñaki se dirigieron para el hotel. Pero la visión del toldete de acceso a la puerta del hotel, le trajo unos desagradables recuerdos a Patxo. Así como Juantxo tenía una auténtica fobia a los trenes, Patxo la tenía a los locales finos con toldetes tipo pasadizo en las entradas. Veinte años atrás, cuando aún no estaba encuadrado en la organización, se casó con una chica de Beasain. Se fueron de viaje de novios a París con la intención de pasar por lo menos una semana en la capital francesa. Apenas salieron de la habitación del hotel durante los primeros días. A la tarde del tercer día, decidieron irse a conocer Paris. Patxo estaba contento y satisfecho de su actividad amatoria entre las sábanas del hotel, y le dijo a su mujer que un día es un día y que hoy se iban a cenar al Maxim`s. Patxo, pese a tener una fina inteligencia a la hora de no malgastar el dinero, como corresponde a todo buen guipuzcoano, no dio mucha importancia al hecho de que en la carta del restaurante no apareciesen los precios, pero por si acaso, acordaron pedir lo mismo para los dos. Sopa de pescado, ensalada y solomillo flambeado al oporto. Patxo tuvo algo de intuición, porque pensó que era mejor no pedir ningún postre, y así se lo dijo a su compañera de pan y mantel. Cuando pidió la cuenta, para irse rápidamente a comer unos pasteles en otro sitio menos serio, la impresión que recibió al ver la cifra que aparecía en la nota, le hizo dar un respingo. El pago de la factura, el cual lo hicieron como pudieron y con bastantes apuros, les obligó a tener que abandonar la idea de los pasteles en una terraza, y a tener que ir rápidamente al hotel a pagar la factura de las dos noches pasadas en París, con una visa que no sabían si iba a responder después del saqueo que había sufrido en el Maxim`s; y después de convencer persuasivamente al recepcionista de que ni por el forro se le ocurriese cobrar esa noche, dado que tenían que irse en ese mismo momento para España en el primer tren que saliese de París hacia Hendaya. Pero antes de que pasara todo esto, es decir, antes de pagar la cuenta del Maxim`s, Patxo hizo el cálculo en pesetas del importe expresado en francos. Cuando las casi 90.000 ptas., que les costó las dos sopas y los dos solomillos, surgieron ante su vista, Patxo comprendió que no había más remedio que dar fin a la luna de miel en la Ciudad de la Luz. Se habían gastado en cenar casi las tres cuartas partes del dinero que disponían para todo el viaje. Desde entonces se volvió muy minucioso a la hora de obtener toda la información posible y previa sobre cualquier cosa que fuese a hacer o conocer. Cuando llegaron a Beasain, a los 3 días de haber marchado, dijeron a sus familiares y amigos que se habían vuelto porque el cenar en París costaba una barbaridad. Si Patxo hubiera nacido en Bilbao, habría dicho que se había ido con su mujer a París en avión, que habían comido muy bien en el Maxim`s y que, todavía con el puro en la boca, habían tomado otro avión para volver a tiempo de tomar unos potes con los amigos, antes de cenar, pero esta vez como Dios manda, en el Hotel Castillo de Beasain. Iñaki entró en el hotel y se quedó un rato en el vestíbulo mirando en derredor suyo. A su izquierda estaba la recepción. Se acercó a ella y le dijo al empleado del mostrador que le diese un mapa de Bilbao. — Ez que quiero hacer turizmo por Bilbado, “killo”—, dijo Iñaki con una curiosa imitación del acento andaluz. Al pelotari le encantó la salida del empleado, y desde entonces, procuraba imitar, siempre que las condiciones objetivas se lo permitiesen, a su descarado maestro en el finísimo y vaporoso arte de la ironía baserritarra. — Qué hostias sé yo —, repitió otra vez Iñaki mientras recogía el plano – mapamundi – atlas universal de Bilbao. Iñaki salió a la calle, emitiendo un montón de juramentos. — ¿Qué te ha pasado? —, preguntó Patxo. Se dirigieron al bar y encontraron a Juantxo que les recibió con una cara muy ufana. Fueron a por el coche y se dirigieron a la zona del museo. Patxo dio las instrucciones pertinentes a sus dos compañeros de comando. — El pájaro éste de Benjamin Ríos, será un pez gordo del ministerio del interior. Lo más seguro es que vivirá en algún piso franco del CESID, o de algún otro grupo del mismo estilo. Si es así, no estarán solos. Igual nos encontramos a varios agentes especiales del enemigo, además de Mitarra. El plan es el siguiente. Llamamos al timbre del portal y por el interfono, Juantxo dice que es de la revisión del contador del agua. Cuando nos dejen pasar, subimos al piso, y cuando nos abran la puerta, Iñaki entra de golpe y encañona al que nos abra. Juantxo y yo entramos a continuación y, si es preciso, disparamos con los “silenciosos” puestos contra el primero que aparezca cargado con armas. Revisamos la casa con mucho cuidado, y si está Mitarra le damos matarile; pero si comprobamos que nos hemos equivocado de Río, le pedimos perdón y le decimos que somos de la policía, y que estamos investigando un caso de malos tratos a una mujer. ¿De acuerdo? Para la zona de Bilbao, Korta no les había dado ningún teléfono. Sólo les dio la dirección de un caserío de Astrabudua. Les dijo que podían ir sin tener antes que llamar. Era un sitio completamente seguro que se encontraba totalmente apartado de vecinos indiscretos, y que siempre estaba disponible. Se trasladaron hasta Astrabudua, y al pasar por el barrio de San Ignacio, Patxo se acordó de la pequeña calle peatonal de Donostia, donde vivía la otra funcionaria del CESID, y del inexplicable lío que se montó. Prefirió apartar el recuerdo de su cabeza. Estas dos hermanas, siempre estaban contentísimas de poder ayudar a sus chicos de ETA. Ya sabían que no podían preguntar por los nombres de los chicos, pero no se resistieron a preguntarles por sus lugares de origen, mientras les servían unos huevos fritos con chorizo de matanza casera. Iñaki iba a decirles que era de enfrente de la ría, cuando Patxo le indicó que no dijera ni pío, y les explicó a las dos hermanas que había que mantener unas mínimas normas de seguridad. Adela y Virtudes, que así se llamaban las dos hermanas, les dijeron que tenían razón en cuidarse, y que la Aberri se salvaría con chicos como ellos, y que ellas siempre estarían dispuestas a recibir en casa a todo gudari que les pidiese cobijo y comida. En éstas, el comando acabó con los huevos con chorizo, y dijeron a sus anfitrionas que tenían que seguir la lucha, y que, por lo tanto, debían de salir de inmediato, pero que volverían para las 10 de la noche. Juantxo dijo que eran del servicio municipal de aguas, y la puerta se abrió. Cuando llegaron al piso, un hombre bajito con un bigotito estrecho perfectamente recortado, les esperaba con la puerta abierta y el ceño severamente fruncido. Iñaki le dio un empujón y le puso el cañón de la pistola en la cara. Patxo y Juantxo entraron a continuación, e investigaron por la casa. No había nadie. Volvieron al recibidor y se dispusieron a interrogar al pequeño pero bravo inquilino de la casa. El señor del bigotito les respondió. — Yo no soy ningún cabrón fascista. Aquí los únicos cabrones sois vosotros que venís otra vez a por mí. Ya es la cuarta vez que me molesta la nueva policía democrática de este sistema corrupto y antiespañol. Yo soy uno de los pocos patriotas españoles que quedan, y no como vosotros, policías de la democracia ésta de maricas que tenemos que sufrir los auténticos españoles. Viva España. Ojalá os mate la ETA a todos. Serán mis enemigos, pero por lo menos le echan huevos. ¿No queríais democracia? Pues tomad democracia. Pero porque Dios está con nosotros, no hay mal que por bien no venga, ya que tengo la satisfacción de ver cómo os matan a todos vosotros y a vuestros jefes políticos, y también de ver que cuanto más os maten, más gente habrá en el País Vasco Español que se aleje de las opciones separatistas. Además, también me gustan mucho las manifestaciones y desfiles de HB, con todas sus banderas y estandartes al viento. Me recuerdan mis buenos tiempos. A joderse y aguantarse. Si queréis, me podéis detener por ser de la ETA. Patxo pensó que se habían equivocado de objetivo. No era posible que ese fanfarrón fanático y deslenguado, fuese un fino agente del CESID. — Perdone señor patriota. Nosotros también estamos hasta el gorro de la democracia y pensamos como usted. Pero somos de una unidad especial de la policía, que ha sido organizada para investigar casos de malos tratos a mujeres. Hemos recibido una denuncia de un vecino, y hemos venido a comprobar. ¿Tiene usted señora? — No tengo señora. Alguno de los vecinos que no pueden ni verme, habrá querido fastidiarme. Así que además de policías democráticos, también sois defensores de las mujeres. Ojalá vuestras mujeres os pongan los cuernos con los etarras para que espabiléis. Cada vez hay menos hombres en España. ¡Hasta las mujeres tienen derecho a denunciar que sus maridos les pegan! Cuatro guantazos a tiempo, evitarían tantas tonterías feministas. — Además, ¿qué ha querido decir con eso de las banderas al viento de las manifestaciones de HB? — De todas formas, es seguro que mañana por la tarde está en casa. Lo sé porque todos los martes nos juntamos en su casa para hablar de nuestras cosas. Patxo decidió que lo mejor que se podía hacer era retirarse al refugio de Astrabudua. Volverían al día siguiente por la tarde. Cuando llegaron al caserío, las hermanas les habían preparado un suculento y contundente cocido de garbanzos para cenar. Igual pensaron que el comando estaba mal alimentado. Se sentaron a la mesa de la cocina, y en primer lugar dieron buena cuenta de la sopa de fideos y caldo obtenido de la cocción de puerros, vainas, zanahoria, coliflor, cebolla, berza, garbanzos, zancarrón, tocino, chorizo y morcillas. Después se comieron los garbanzos con la berza y el tocino. Y dejaron para el final, la carne de zancarrón con tomate y pimientos rojos, el chorizo y las morcillas. Un poco de queso con membrillo, completó la sabrosa y abundante cena que prepararon amorosamente las dos amas a sus tres chicos de ETA. A continuación, se fueron a dormir y no se levantaron hasta las 10 de la mañana del día siguiente.
Capítulo 44. LA CONCENTRACIÓN Y LOS CHAKRAS Antes de que el comando itinerante cenase el cocido de garbanzos en Astrabudua, Pello estuvo todo el día realizando las prácticas de yoga que le enseñó Benjamin. Comenzó por aprender los seis ejercicios energéticos que a juicio de su maestro, eran los más completos de los treinta y siete que configuraban la tabla. Le dijo que porque no había tiempo de desarrollar y aprender la tabla completa, con esos seis ejercicios se podría arreglar. Los ejercicios consistían en tensar al inspirar, y relajar al expirar, todas las partes del cuerpo. Después le enseñó a sentarse correctamente en una silla, con la espalda recta sin apoyarla en el respaldo, y con las manos apoyadas en las ingles, puestas las palmas hacia arriba. Le explicó que era fundamental mantener en todo momento la verticalidad de la columna vertebral. En esa postura, tenía que permanecer completamente quieto con los ojos cerrados, mientras hacía unos sencillos ejercicios respiratorios. Debía de inspirar profundamente por la nariz, mantener la respiración 5 ó 6 segundos con el torso ligeramente tenso, y a continuación exhalar el aire de los pulmones por la boca en dos veces, al mismo tiempo que relajaba el torso. La primera exhalación era muy corta, y la segunda había que prolongarla hasta vaciar todo el aire de los pulmones. Había que exhalar el aire por la boca, poniendo los labios como para pronunciar la letra A. En todo momento, debía de procurar mantener la atención concentrada en la acción inhalatoria y exhalatoria de la respiración. No obstante lo intentó y comenzó a concentrarse en la respiración y al poco tiempo se apercibió de que estaba pensando en Arantza. Se acordó que sólo tenía que pensar en el aire que entraba y salía de sus pulmones. Volvió a concentrarse en la respiración, pero no pasó ni un minuto cuando se volvió a percatar que su mente estaba otra vez con Arantza. Intuyó la lógica del ejercicio. No era tan sencillo mantener la concentración en la respiración. Cayó en la cuenta de que cuando el consciente intentaba concentrarse en la respiración, el subconsciente, al encontrarse libre del control del consciente, funcionaba a su aire y emitía aquellos pensamientos que más le atraían. Así, el subconsciente le estaba diciendo que era Arantza lo que más le importaba en ese momento. Pello reflexionó sobre el mensaje y le sorprendió que Arantza fuese más importante que la organización, o que el problema que tenía con Retama. Al pensar en Retama, se acordó de la burrada que quería hacer, y también que él era el único que lo podía impedir. Por eso había conocido a Arantza y a Benjamin. Y se volvió a dar cuenta de que estaba otra vez sin tener la mente consciente sólo atenta a la respiración. Apartó todos los pensamientos intrusos y tomó la determinación de centrarse únicamente en la exhalación y en la inhalación. Estuvo un ratito con toda su consciencia puesta en el empeño, pero entonces comenzó a sentir una molestia en la parte inferior de la espalda. Los riñones estaban protestando por la postura recta de la espina dorsal. Le apeteció apoyar la espalda en el respaldo de la silla, pero recordó que Benjamin le había dicho que tenía que aguantar. Se dio cuenta otra vez que su mente o su cuerpo, le habían vuelto a apartar de la concentración en la respiración. Empezó a tomar el ejercicio como un reto personal. En ese momento sonó la campana del aparatito, y se levantó de la silla para hacer los ejercicios energéticos. Se sintió como un boxeador al que la campana del gong le había salvado de perder el combate. Pello se comprometió a controlar mejor su mente e impedir que el subconsciente le distrajese del ejercicio de respiración. Acabó los 6 ejercicios y se sentó otra vez, adoptando la postura de mantener recta la espalda. Comenzaba el segundo asalto. Fue mucho peor que en la vez anterior. De repente aparecía Arantza, luego Retama, luego el dolor de la espalda, otra vez Retama, luego Benjamin; en fin, su mente estaba más incontrolada que la de un mono que hubiera bebido dos botellas de coñac. Se enfadó con su rebelde subconsciente, pero también con su débil consciente. ¿Cómo era posible que fuese incapaz de hacer algo que parecía tan simple? Se puso serio y ordenó a su subconsciente que se estuviese quieto. Se concentró en la respiración, pero no le duró mucho tiempo. La mente loca de mono borracho seguía en actividad. Pello se enfadó más, pero fue mucho peor. Parecía que el subconsciente adquiría más rebeldía, cuanto más se enfadaba con sus distracciones. Pensó o se imaginó que algo tan complicado, tenía que tener algún truco. El subconsciente vino en su ayuda. Recordó lo que Benjamin le había dicho sobre el conflicto entre opuestos: Nunca es recomendable que un opuesto intente imponerse al otro. Dilucidó que la solución consistiría en encontrar un punto de equilibrio y armonía que satisficiese por igual a los dos. Entendió que el juego consistía, no en reprimir o en enfadarse con el subconsciente, sino, únicamente, en tener la fuerza de voluntad y la paciencia necesaria para, cuando se hacía consciente de que estaba distraído, volver suavemente a concentrarse en la respiración. Era absurdo enfadarse con la función natural del subconsciente. Sólo había que fortalecer el consciente por medio de la voluntad y de la paciencia. Inspiró profundamente y decidió tomarlo con más calma. También le pidió por favor a su imaginativo subconsciente que no le distrajese mucho. Exhaló el aire en dos veces, y casi al final de la segunda exhalación, notó una sensación agradable que partía de la cabeza y se extendía por todo el cuerpo. Volvió a inhalar, y al exhalar sintió otra vez la misma sensación. Pello, que siempre había sido un sibarita, se sorprendió de la sensación tan placentera que recorría todo su cuerpo. Se concentró en la sensación y se dio cuenta de que era mucho más intensa cuanto más atento estaba a la respiración. Por el contrario, cuando se distraía, la sensación disminuía. También descubrió que podía enfocar la sensación hacia cualquier parte del cuerpo, con sólo desearlo. Se dedicó a enviar la sensación a la parte dolorida de los riñones, y al poco tiempo desapareció la molestia. A partir de ese momento, Pello se concentró en la respiración, y tanto su consciente como su subconsciente, disfrutaron del placer que descendía a modo de ondas, desde el entrecejo a la base de la espina dorsal. No tuvo más problemas y comprendió que, como todo en esta vida, siempre es mejor utilizar la amabilidad que la violencia. Pello tomó más de dos vasos del líquido energetizante, y al momento se le fue el hambre, pero no la envidia que le producía el rico arroz a la marinera. Benjamin le preguntó qué tal lo había pasado con el ejercicio de concentrar la atención en la respiración. Pello le relató sus experiencias e impresiones, y le preguntó qué era lo que producía la sensación tan agradable que había sentido. — La sensación que has comenzado a tener en el entrecejo, está producida por la glándula pituitaria que se encuentra en la base del cerebro, algo más atrás del nacimiento de la nariz. No se sabe todavía mucho sobre ella, pero lo poco que se sabe es muy interesante. Durante la infancia la tenemos más activada pero tiende a atrofiarse con el paso de los años. La sagrada ciencia hindú del Espíritu dice que para avanzar hacia delante, es preciso volver a la niñez. Por eso, los ejercicios de la ciencia del yoga están orientados a activar de nuevo la función de la pituitaria, dado que, además, parece ser que tiene dos funciones. Una la de incrementar la capacidad de razonamiento de la mente. La otra, la de potenciar la ternura emotiva. No parece que sea disparatado, porque se encuentra ubicada en el centro de los dos hemisferios cerebrales, que como ya sabes, el izquierdo es donde se manifiesta la voluntad y el razonamiento, y el derecho es donde se manifiesta la imaginación y el sentimiento. La función de esta glándula sería como la de un puente que une el consciente racionalizador con el subconsciente imaginativo. La ciencia hindú de los chakras, ubica en la zona de esta glándula el sexto chakra, o el centro energético encargado del desarrollo de la sabiduría. “ Ya te dije ayer que la sabiduría es el resultado de la potenciación de, por una parte, la voluntad y el razonamiento, y por otra, de la imaginación y la intuición. La sabiduría es la unión y el desarrollo de las mentes consciente y subconsciente. Parece ser que existe un conducto que une la glándula pituitaria con el cerebelo, y después, a través del bulbo raquídeo de la nuca, se introduce en la médula espinal para acabar en la base de la columna vertebral. La sensación que has tenido, significa que has comenzado a despertar el sexto chakra y en consecuencia, se ha intensificado el fluido de energía a través de la espina dorsal. Por lo general, el despertar de este centro de fuerza se produce después de varios años de practicar el yoga, pero tu caso se ve que es especial. Por algo estabas predestinado o programado, desde la más remota antigüedad, para hacer lo que ahora tienes que hacer. Apagar los fuegos mortíferos de tu organización”. — Sí, tienes razón, ha sido Engracia que al irse, se ha acordado de un recado para mí, y desde la calle me ha dicho a través del portero automático, que tuviese mucho cuidado con el arroz. Mira, para que no haya más personas que quieran darme tan interesantes recados, he desconectado el timbre de la calle. Así que esta tarde podremos estar tranquilos. — Bueno, mi querido amigo, esta tarde vas a hacer como a la mañana. Vas a alternar los 6 ejercicios energéticos con algún ejercicio de respiración. El ejercicio que vas a practicar consiste, una vez que estés sentado con la espalda recta, en respirar sólo por la nariz. Es un poquitín más complicado, pero mucho más efectivo. Inspiras por la nariz, al mismo tiempo que te imaginas que una energía maravillosa de salud y de vida, te entra por la nuca y se concentra en el entrecejo. Retienes la respiración durante 5 ó 6 segundos y, con toda tu atención puesta en el entrecejo, dices mentalmente la palabra “yo”; a continuación, y sin perder la concentración en el entrecejo, expiras lentamente por la nariz, diciendo mentalmente la palabra “soy”. En este ejercicio no debes de concentrarte en la respiración. Debes olvidarte de ella y dejar que el organismo respire cuando le apetezca. Sólo tienes que pensar que, al inspirar, debes imaginar que te entra un chorro de energía por la nuca, que esa energía se concentra en el entrecejo, y que tienes que repetir mentalmente la palabra “yo”; y que al expirar, debes pensar en la palabra “soy” sin perder la concentración en la sensación del entrecejo o 6º chakra. En vez de los 15 minutos de la mañana, ahora vas a hacer sesiones de 30 minutos. Manipuló el relojito del aparatito avisador y se despidió de Pello deseándole que siguiese disfrutando con el yoga. Salió de la habitación y Pello se volvió a quedar a solas consigo mismo y más indefenso que una gracil gacela ante un fiero león. Cuando se dio cuenta, mandó a tomar por saco las imágenes gastronómicas y se concentró en el ejercicio. Pero era imposible. Las cazuelitas de callos y los chuletones a la brasa, habían sustituido al imaginario menú anterior. Recapacitó sobre lo que le estaba pasando. Cuando inspiraba, sí se concentraba en el chorro de energía que llegaba de la nuca al entrecejo y en la palabra “yo”; pero cuando expiraba y pensaba en la palabra “soy”, le aparecía en la mente, como a los antiguos comilones nabarros, toda la extensa variedad de los diversos platos culinarios que más le gustaban. Se acordó de lo que le había pasado a la mañana, y volvió a pedir por favor a su subconsciente que no le distrajese más con el tema de la pitanza. El subconsciente, que sólo obedece si se le pide las cosas con amabilidad, le envió al consciente la idea de que el alimento más exquisito, refrescante y energético era el sirope que estaba tomando. Que era una bobada el echar de menos a cualquier otro tipo de alimentación, ya que, gracias al ayuno y a los ejercicios de yoga, estaba acercándose a las primeras estribaciones de los umbrales de la sabiduría. ¿No valía la pena el esfuerzo de limpiar el cuerpo de toxinas para acceder a semejante estado de sabiduría? Pensó que era cierto y sin saber por qué, cada vez que, al expirar, decía mentalmente “soy”, se le aparecía, a partir de ese momento, una apetitosa, energética y limpiadora jarra de sirope. Una vez superada la pequeña deuda que tenía con la gula, se concentró con ímpetu conquistador en el entrecejo y en la palabra “soy”. Entonces fue cuando le vino la espléndida imagen de Arantza. La quería mucho y, además, estaba muy buena. ¿O era que estaba muy buena y que, además, la quería mucho? No supo cuál era el sentimiento que más le motivaba, y pensó que serían las dos cosas por igual. Pero su mente se quedó pensando en el aspecto sentimental, en vez de en el puramente erótico. Se dio cuenta de que le gustaría construir un futuro con Arantza, y que le gustaría vivir tranquilamente con su amada, apasionante y apasionada Arantza. De ahí pasó a la idea de que mientras no arreglase lo de Retama, era imposible su sueño de vivir con Arantza. Antes debía descubrir cuáles eran los planes de Retama con respecto a su magnicidio, dónde iba a ser, cuándo sería la ekintza, e intentar impedirla; evitando así una gran barbaridad. Después tenía que conseguir que se celebrase una asamblea para que se aceptase su propuesta de declarar una tregua estable. Y entonces, mandaría toda la política a tomar por el saco y se iría a vivir con Arantza. Y si podía ser en Etxeber, pues mucho mejor. Decidió que iba a lograr todo lo que acababa de imaginar, y que todo le iba a salir perfectamente. Pero para eso hacía falta tener sabiduría, tenía que aprender a saber hacer las cosas bien. Por eso estaba ahí. Porque un viejo y una tabla le habían dicho que tenía que encontrar la sabiduría para poder realizar lo que tenía que realizar, tal como le susurró su abuela brujilla. Pidió ayuda a los programadores de las vidas, a lo que los hindúes llaman alma, pero no lo hizo con sumisión o con reverencia, lo hizo de tú a tú, lo hizo de camarada a camarada. Notó que la sensación en el entrecejo comenzaba a afluir, y que era mucho más intensa que la de la mañana. Cuando inspiraba, se llenaba de fuerza, y al expirar, sentía que esa fuerza se extendía por todo el cuerpo, transmitiéndole una sensación de gozo indescriptible. Se dedicó a disfrutar de la sensación. Poco después el aparatito le sacó de su ensueño. Se levantó de la silla y sin muchas ganas comenzó a realizar los ejercicios energéticos, pero porque sabía que tenía que aceptar todo lo que tuviese que hacer, se concentró en las distintas fases de los ejercicios. La sensación en el entrecejo fue en aumento. Distinguía perfectamente cómo la energía se distribuía por los nervios correspondientes a la zona del cuerpo que trabajaba en cada momento. Se le hicieron cortísimos, pero no le importó demasiado, porque también se estaba muy bien en la silla. Se sentó y se concentró en el entrecejo y en el “yo” y en el “soy”. Notó un suave temblor en el interior del entrecejo, como si se estuviese moviendo, y una sensación que se concentraba en la nariz, lengua y dientes. Era Exquisita y se movía como el chorrito de aire que usan los dentistas, pero muchísimo más refinado y agradable. Sentía los dientes, sentía que la lengua parecía ocupar toda la boca, sentía un cosquilleo por la nariz, y sobre todo sentía el entrecejo. Se apercibió que, por primera vez en su vida, no estaba pensando en nada, y le pareció una auténtica maravilla. Pasó los 30 minutos de la sesión, ensimismado en sus sensaciones, pensando y sintiendo únicamente el placer de la energía, y sin enterarse que prácticamente había dejado de respirar. Sólo le hizo falta una pequeña inspiración de aire cada tres minutos. También debió de olvidarse del aparatito, porque no volvió a oírlo. Cuando se lo contó a su anfitrión durante la cena, Benjamin le dijo que era asombrosa la rapidez con la que estaba entrando. “ Eso te ha hecho analizar la situación en el quinto chakra, y has decidido que antes tienes que realizar una noble misión para poder cumplir tus sueños románticos, dando ejemplo de responsabilidad y desapego. En ese punto, te has dado cuenta de que te hace falta sabiduría para poder hacer bien las cosas, y la has pedido como un señor que pide un favor a otro señor. Lo has pedido como alguien que sabe que lo que pide le será concedido porque sólo pide lo que le corresponde”. “ Desde ese momento, tus programadores han respondido a tu petición y te están enviando la energía del sexto chakra. Al fin y al cabo, no te están dando más que lo que te corresponde en esta fase de tu vida. Estás cumpliendo muy bien con tu guión. Sigamos con los chakras. El primer chakra es el de la voluntad y el de la supervivencia, y por lo tanto, el del miedo. El del dios KAKA, ¿te acuerdas? El segundo chakra es el del bienestar y el del placer. El del dios Perel. El tercer chakra, yo lo llamo el del dios Oro. Es el de las emociones egoístas, el de la violencia por interés, y el del fanatismo ignorante. Cuanto menos se hable o se esté en este mar, mucho mejor para todos. El cuarto es el chakra del dios Romanticismo. Es el del sentimiento desinteresado por defender causas nobles. Es el de la sensibilidad. Es el del amor. El quinto es el del dios Razón. Éste es muy importante en estos tiempos y merece un capítulo aparte que ya lo veremos otro día”. “Lo realmente mágico comienza cuando el desarrollo de la razón, mediante la utilización del análisis y de la observación, sin prejuicios previos respecto a la naturaleza humana, animal, vegetal y mineral que hay en este mundo, provoca una apertura mental que tarde o temprano hace que se acerque al mundo de la imaginación. Si la razón aprende a llevarse bien con la intuitiva imaginación del dios Perel y con el sentimiento desinteresado del dios Romanticismo, se accede al sexto chakra que es el del dios Sabiduría. Es el del amoroso equilibrio que armoniza la acción de los opuestos. Ahí es adonde estás llegando”. Benjamin miró a Pello y le dijo que, hasta las once y media de la noche, siguiese practicando con el entrecejo. Después se iría a dormir para levantarse a las 6 de la mañana. Antes de despedirse, le contó una de las suyas. Pello salió de la cocina y se fue a seguir disfrutando de la sensación de su exquisito entrecejo. A eso de las once y medía se metió en la cama, y se durmió deleitándose en las densas oleadas de placer que fluían de su refinada glándula pituitaria.
Capítulo 45. EL DIOS RAZÓN Pello se despertó un poco antes de las 6 de la mañana. Se encontraba perfectamente descansado y perfectamente lúcido. Estaba en plena forma. Se levantó y se fue a la cocina donde le esperaba Benjamin con un vaso de zumo de naranja. Después de estar más de 24 horas con el sabor anodino del sirope, el zumo le pareció una auténtica bebida de dioses. A continuación se fue al cuarto de baño a cumplir con sus obligaciones de evacuación y de aseo personal bajo la ducha de agua caliente y fría. Para las seis y media, ya estaba a disposición de Benjamin. — Bueno, hasta la hora del desayuno vas a hacer tandas de 15 minutos, tanto de los ejercicios energéticos, como del que practicaste ayer por la tarde. No olvides el “yo soy”. A las ocho le llamó Benjamin a la cocina, y se encontró con su jarra de sirope. No quiso fijarse en lo que estaba comiendo Benjamin, y se bebió los dos vasos de sirope con el mismo placer que tendría un buen gurmet en probar una de las exquisitas creaciones del sofistificado cocinero Arzak. Benjamin le comenzó a hablar del dios Razón. — La historia de la humanidad es la historia de la evolución del pensamiento. En un principio sólo se pensaba en la supervivencia. Después se pensó en el placer. A continuación vino el interés por las riquezas y las posesiones, tanto de personas como de bienes materiales. Luego se desarrolló la atracción por las causas nobles. A continuación se comenzó a utilizar la racionalidad. Y ahora estamos ya en el declive del dios Razón. Este dios, que se encuentra en el quinto chakra, en la zona de la glándula tiroides de la garganta, es el responsable, además del desarrollo de la comunicación, del desarrollo de la mente racional y científica. “Es decir, del racionalismo que afortunadamente funciona algunas veces desde la época de la Ilustración. Antes del S. XVIII, en Europa, Asia y norte de África, salvo pequeñas excepciones, todo era ignorancia y superstición religiosa. Todo eran dogmas que no se podían intentar comprender, porque, como decían los capos religiosos, nunca una pobre criatura humana podría comprender al gran Dios. Era la anulación de la función mental de analizar y racionalizar el conocimiento. Pero la Ilustración llegó, porque antes, en el siglo XVI, unos románticos soñadores se imaginaron que era necesario empezar a comprender las leyes de Dios. Comenzaron a utilizar la inteligencia racional para observar y analizar los fenómenos de la naturaleza. Al análisis y estudio racional de la naturaleza lo llamaron “Ciencia”. Los científicos de aquella época emprendieron la larguísima búsqueda de los secretos de Dios”. “ No lo hicieron porque pensaban que Dios no existía, sino porque querían saber cómo funcionaba. Las respuestas científicas que fueron encontrando para explicar los fenómenos naturales, que antes se creía que sólo eran ocasionados por la mera voluntad de Dios, les hizo pensar que todo era meramente material. Los descubrimientos y maravillas que encontraron en sus investigaciones, les omnubilaron, y con el tiempo comenzaron a olvidar el objetivo del estudio científico: ¡El conocer a Dios¡ Sustituyeron el objetivo inicial por el objetivo de conocer a la materia, a la forma, a las células, moléculas y átomos. “Y así fueron olvidando antiguos conocimientos metafísicos que había sobre el espíritu, al que ahora se le puede llamar energía, y se concentraron solamente en un aspecto parcial de la naturaleza, en los fenómenos materiales y tangibles. Sólo aceptaban lo empíricamente demostrable. Cada nuevo hallazgo científico suponía una nueva dosis de autoestima, pero también de autosuficiencia y vanidad. Comenzaron a dogmatizar sus descubrimientos científicos, al igual que en sus temas dogmatizaban y dogmatizan los religiosos, y a pensar que cada nuevo hallazgo era la última palabra que lo explicaba todo. La tendencia del pensamiento científico a parcelar y compartimentar el conocimiento, tuvo un doble efecto, al igual que todas las cosas de esta vida que se rigen siempre por la ley de la dualidad de los opuestos, o lo que se conoce como la ley de la relatividad desde hace casi un siglo”. — Por una parte, la compartimentización del conocimiento ha impedido tener una visión global de la ciencia. Cuando los primeros científicos se propusieron conocer las leyes de Dios, en definitiva lo que se planteaban era el comprenderle. Para comprender una cosa, hace falta observarla, estudiarla, analizarla, averiguar cuál es su función y por último, saber cómo funciona. La ciencia observa, estudia, analiza y muchas veces consigue averiguar cómo funcionan las cosas, y, sin embargo, apenas se ha dedicado a conocer la función de las cosas. Hoy en día, todavía hay cantidad de organismos en el cuerpo humano, por poner sólo un ejemplo, que no se sabe cuál es su función, aunque se sepa cómo funcionan. Para los científicos ha sido más cómodo conocer el funcionamiento, y en muchas ocasiones han dejado para más adelante el estudio del para qué funciona así. “ Si las investigaciones comienzan por el estudio parcial del funcionamiento, es inevitable que se caiga en un laberinto de hipótesis y conjeturas. Por el contrario, si se comenzase por una visión global de la función, permitiría obtener un conocimiento más exacto de todas sus partes, incluida la comprensión de su funcionamiento. La visión global inicial aporta más facilidad a la hora de plantearse un estudio. Por ejemplo, cuando vamos de compras, lo hacemos con una visión inicial. Cuando entramos en una tienda de electrodomésticos, primero nos enteramos para qué sirve el aparato, y, si nos convence, a continuación preguntamos cómo funciona. Nunca lo hacemos al revés. Pero en cambio, la ciencia siempre lo ha hecho así, porque al olvidar el motivo inicial, perdió la visión de conjunto”. Benjamin le contó un cuento para intentar ilustrar lo que quería decir. —Había una vez un príncipe de un pequeño reino de la India que quiso averiguar cómo veían los ciegos el mundo. Para ello, llamó a cinco ciegos y les puso delante de un elefante. El juego consistía en que los ciegos por medio del tacto, tenían que averiguar qué era la cosa que tenían enfrente. El primero palpó la trompa y dijo que le parecía una serpiente de gran tamaño, y se asustó al pensar que podía haber más por los alrededores. El segundo tocó una pata y dijo que era la columna de un templo. El tercero tocó la cola y dijo que era una soga. El cuarto palpó una oreja y dijo que parecía ser un gran cortinón. Por último, el quinto, que era el más listo, pidió que le subieran a lo más alto de la cosa. Había oído las conclusiones de sus compañeros invidentes, y sentado dentro de un cajón sobre el lomo del elefante, dijo que la cosa era un templo con cortinas y columnas, que estaba lleno de serpientes y que para salvarse de ellas, había una soga para subir al tejado del templo. “ Pues la visión de la ciencia es parecida a la de los invidentes, ya que tiende a estudiar las cosas del Universo sin tener una visión global del conjunto y en consecuencia, las conclusiones siempre serán parciales. El conocimiento científico se ha fragmentado en diversas materias, estancas muchas veces entre sí, que por separado dicen muchísimo menos que si se hubiese enfocado el estudio de una manera más interrelacionada. Como te he dicho antes, esta dispersión del conocimiento, fue debida a que los científicos olvidaron su planteamiento inicial de intentar comprender a Dios, a sus leyes y a su cuerpo, que es lo que ni más ni menos es el Universo. Los científicos encontraron muchos juguetes por el camino y fueron atrapados por ellos. En la medida que iban descubriendo aspectos parciales del cuerpo de Dios, iban siendo cegados por su propia vanidad, al considerar que con el empleo científico de la mente era suficiente para comprenderlo todo”. “ No sabían que para alcanzar la sabiduría, además del empleo científico de la mente, hace falta desarrollar la imaginación y la intuición. Aquellos que supieron utilizar los dos aspectos de la mente, son los pocos científicos que todos conocemos. Los que sólo usaron la mente racional del dios Razón, nadie recuerda sus nombres, pese a que son la mayoría. En casi todos los casos, el estamento oficial de la “ciencia” se ha portado, cada vez menos ¡afortunadamente!, como el ciego que desde el cajón de arriba, dice que un elefante es un templo con columnas y cortinones, con serpientes, y con cuerdas para subir al techo”. Toda la serie de creencias religiosas fue una losa para el desarrollo de la independencia personal e intelectual. Si la religión de la época, especialmente la católica, hubiese ofrecido otra imagen de Dios, es decir, si hubiera sido más racionalista y bondadosa, la reacción del racionalismo científico no habría sido tan antidios. Pero cada uno debe de cumplir con su papel, y a los sacerdotes y brujos del dios Oro les ha tocado la paradójica función de producir, por mera reacción física, el desarrollo de la mente racional así como la consiguiente ideología del ateísmo. La imagen de un Dios bondadoso, racional y comprensivo y comprensible, habría dado un impulso diferente a la Ciencia. Pero cada cosa llega a su tiempo. Benjamin terminó su exposición diciéndole a Pello que “ahora que estamos comenzando a ser regidos por el dios Sabiduría, no dudes que cada vez habrá más científicos que desarrollen la imaginación y la intuición”. Pello pensó que el ciclo vital e intelectual de la humanidad era auténticamente curioso, pero de una lógica aplastante. Se comenzó por los instintos, después fue la imaginación, a continuación se basó todo en la fe, luego en los buenos sentimientos, después vino la racionalidad, para que ésta, ahora, comience a confluir otra vez con la imaginación y con la bondad y respeto a todas las opiniones, y, en vez de con la fe, con la sabiduría racional – intuitiva. Se dio cuenta de que era el mismo proceso que el que desarrollaban las personas durante el ciclo de su vida. Comer y cagar; jugar; pelear y desear; amar; pensar; y al final, obtener algo de sabiduría. Benjamin le sacó de sus meditaciones. — Bueno, camarada Mitarra, se acabó la teoría y empecemos con la práctica. Vamos a conseguir que de manera consciente y racional, incrementes el flujo imaginativo e intuitivo del subconsciente femenino, para que así después se pueda producir la explosión de la fusión de ambas mentes, la consciente y la subconsciente. Así es cómo se produce la eclosión de la sabiduría. A continuación le inició en el conocimiento de la científica técnica Kriya de meditación y en el aprendizaje de los ejercicios de Maha Mudra y Yoti Mudra. Benjamin le dijo que la técnica Kriya se solía impartir después de practicar durante varios años otras técnicas de Raja Yoga, pero que en su caso, porque parecía ser que había que ir contrareloj y a toda pastilla, se hacía una excepción. Aprendió las tres técnicas en menos de 20 minutos, y Pello quedó solo una vez más en su dormitorio. Fue tal la concentración que empleó y la entrega que puso en el empeño que sin que se diese cuenta, se le pasó la hora de la comida y toda la tarde, hasta que al anochecer, a eso de las 8, fue vuelto a la realidad cotidiana por el ruido zumbón del timbre de la calle.
Capítulo 46. EL SEÑOR RÍOS Patxo, Iñaki y Juantxo durmieron la garbanzada durante algo más de 10 horas. Al despertar, les llegó, desde la cocina, un incitante aroma a chocolate casero. Las dos amatxos habían preparado un buen puchero de chocolate y, de no se sabe dónde, tenían dispuesto encima de la mesa una espléndida fuente de churros calientes bien espolvoreados de azúcar. Mientras sus dos anfitrionas les contaban toda su vida, el comando itinerante de ETA acabó con todo el material comestible y bebible. Hablaba Virtudes. — La libertad de la patria vasca siempre para nosotras lo más importante ha sido. Los fascistas españoles después de la guerra civil nos fusilaron al padre cuando niñas de pocos años éramos. Desde entonces, nuestra madre nos inculcó el amor a todo lo nuestro y el afán de justicia ante la falta de libertad para poder ser vascos, para poder hablar nuestro idioma, en fin, para poder vivir felices en nuestra tierra. Después siendo unas jovencitas, nuestra madre dejaba el caserío a los primeros chicos de ETA para sus reuniones. Haciendo lo mismo nosotras hemos seguido. Los españoles nos han bombardeado, matado, encarcelado; y ahora siguen haciendo lo mismo, pero con la poca vergüenza de la laguntza del PNV. Así que si no nos quieren hacer caso por las buenas, por las malas ya lo harán. Y aquí estamos, dispuestas haser todo lo que podamos haser. Txokolate gehiago nahi duzue? Ah, Jesús, qué “cabesa”, ¿cuándo creéis que saldrán todos los chicos de la cárcel? Ninguno de los tres contestó a la última pregunta de Virtudes, y tras restregarse bien los labios con las servilletas, decidieron salir a la huerta del caserío para ver qué se podía hacer. Estuvieron dedicados a la huerta, bajo la experta dirección de Patxo, hasta la hora de comer. Una suculenta alubiada les esperaba para reponer fuerzas. Las morcillas, chorizos, costillas, tocino y carne estaban humeantes sobre una fuente de loza. Una sopera de buen tamaño contenía las alubias rojizas que se unían entre sí por medio de un caldo espeso y untuoso. Un frasco de guindillas verdes, dos botellas de vino tinto y un pan de pueblo completaban la decoración de la mesa. Iñaki estaba muy a gusto con las dos señoras de la casa, y las quiso poner al corriente de la actual estrategia revolucionaria del conjunto del Movimiento Nacional Vasco de Liberación. O como se diga. — Mira Virtudes y también para ti, Adela, estamos en la “faxe dencisiva” de nuestra lucha de liberación nacional. El sistema opresor español no nos quiere dar nuestros derechos, pese a que la voluntad del pueblo vasco está a nuestro favor. Si no fuese por la represión brutal que se practica con el pueblo vasco y por las televisiones y demás medios mediáticos de información vendidos al gobierno español; los vascos se atreverían a expresar su auténtica opinión. Pero no nos dejan. Solamente nos dejan oír sus mentiras y nos prohíben nuestros derechos. Por eso luchamos, para defendernos de sus engaños y de sus asesinatos. Por eso es que les tenemos que responder con sus mismas armas. Si ellos nos matan y nos encarcelan, nosotros los matamos y los encarcelamos. Así de claro. El opresor sistema español no va a soportar por más tiempo nuestra estrategia de golpearles donde más les duele. ¡En los concejales! Que sepan los españoles que si siguen votando a concejales del PP, nosotros los vamos a seguir liquidando. Así hasta que se sienten a negociar el tema de los presos y el de la “autodeterminnación”. Si no nos dan lo que queremos, seguiremos hostiándoles hasta que lo hagan. Cuando nos den la libertad que exigimos, habrá elecciones libres de verdad, pero para que voten únicamente aquellos que han nacido aquí, y ésos sí pueden votar lo que quieran, pero los que han nacido fuera de aquí, no tienen derecho a elegir el futuro de nuestro pueblo. Virtudes y Adela asintieron con la cabeza a las últimas palabras de la sutil estrategia revolucionaria de Iñaki. Juantxo, el ideólogo del comando, miraba a Iñaki con cara de pocos amigos, resoplando y moviendo la cabeza de un lado para otro. — Calla animal. Eres más facha que el bigotitos de ayer. La cuestión no es que haya que hostiar a los concejales, votados por el pueblo, hasta que nos den lo que queramos. Es mucho más. El sistema capitalista nos explota y nos condena al paro, a la marginación, a la cárcel y a la abolición de Euskadi como nación. Somos enemigos de clase. Nuestra estrategia se basa en desenmascarar la auténtica cara del sistema burgués español. En esa lucha por la libertad de los pueblos y de la clase obrera, nos tenemos que defender, pero, al mismo tiempo, debemos también utilizar el instrumento revolucionario de la violencia. Nuestra lucha no tiene un fin concreto a corto plazo. El final sólo lo alcanzaremos cuando el sistema democrático burgués sea superado y establezcamos la auténtica democracia popular que emana de las asambleas de fábrica, de barrios y de pueblos, sin que se permita que los partidos utilicen la mentira y la demagogia. Sin partidos. Sólo estará el Estado Socialista Vasco para garantizar que funcione el sistema revolucionario y auténticamente democrático. En este sistema votan todos los ciudadanos vascos, sin tener en cuenta si son de aquí o de fuera. Pero no se vota a partidos, se vota a personas. Si solamente pudiesen votar los nacidos aquí, tu padre que es soriano, aunque lleva toda la vida trabajando aquí, no habría podido votar nunca. Virtudes y Adela, también asintieron otra vez con la cabeza. Iñaki le respondió que para lo que votaba su padre, mejor sería que no lo hiciese. — Además, listo de los cojones, en qué hostias se diferencia tu estrategia de la mía?, — apostilló con énfasis desmedido el tragón de Iñaki. Juantxo empezó a explicarle lo de la misión histórica de las clases obreras de todo el mundo mundialmente mundial, cuando Patxo intervino en la aparente confrontación ideológica. — Bueno, escuchadme un momento, yo sí creo que tiene que haber partidos. Pero sólo podrán votar los que se sientan vascos de verdad, sean de aquí o de fuera. Virtudes y Adela volvieron a asentir con la cabeza, mientras les ponían encima de la mesa un inmenso bol de cristal lleno de arroz con leche. Ante semejante visión, se dejó el diseño de la estrategia revolucionaria para más adelante, y se entregaron con ardor revolucionario a vaciar el contenido del bol. Después tomaron café, unas copitas de pacharán y se fumaron un farias por barba. Dejaron transcurrir la tarde. Patxo se dedicó a dar consejos hortícolas a las dos experimentadas baserritarras. A eso de las 7, Patxo dijo a su gente que ya era hora de volver al tajo. Se despidieron de Virtudes y Adela, salieron de Astrabudua y se fueron para Bilbao. Aparcaron el coche y se presentaron en el mismo portal de la Alameda de Rekalde, en donde la tarde anterior les había dicho un vecino que su amigo Ben Ríos estaba siempre todos los martes por la tarde en casa. Juantxo miró la relación de nombres que aparecían en el interfono y pulsó el botón correspondiente al de B. Ríos. Una voz se oyó a través del aparato. — ¿Quién es?, si tus intenciones son positivas, siempre tendrás un hueco en mi casa, pero si no lo son, es preferible que sigas tu camino. El comando se quedó un tanto indeciso. Patxo fue el primero en reaccionar. — Señor, llevamos dos días esperando para poder entrar en su domicilio a mirarle el contador del agua. Parece que no funciona bien, está señalando demasiado consumo de agua. Es para ponérselo bien y así no tendrá que pagar tanto. Se oyó el sonido de apertura de la puerta y el comando se introdujo en el portal. Subieron por las escaleras hasta el piso segundo y Patxo, Iñaki y Juantxo desenfundaron sus respectivas armas de matar y meter miedo. En el rellano del segundo piso había dos puertas. La de la derecha tenía una chapita con el nombre de B. Ríos. Pulsaron el timbre. La puerta se abrió y un agradable señor de pelo blanco, vestido con un chandal, les recibió con una amplia y enigmática sonrisa. Iñaki le dio un empujón y lo tiró sobre el suelo de la sala. Patxo y Juantxo se fueron a registrar la casa. El señor Ben Ríos comenzó a hablar. — Ya me habéis localizado. He estado más de veinte años evitando que me capturaseis, pero al final lo habéis conseguido. De todas formas, no voy a deciros nada. Patxo y Juantxo volvieron a la sala. Iñaki les informó. — Este pájaro parece de cuidado. Dice que no nos va a decir nada. Patxo le miró directamente a los ojos. — ¿Dónde está Mitarra? El señor Ríos le respondió. — No me vais a confundir con vuestra jerigonza perversa. Mis hermanos del planeta blanco de Urantia ya me lo advirtieron. Me dijeron que si alguna vez llegaba a caer en vuestro cautiverio, me llevaríais molecularmente para transportar mi esencia energética a vuestro siniestro planeta de Urga. No es la primera vez que intentáis acabar conmigo, para evitar que difunda en todo el orbe, cuáles son vuestras auténticas intenciones diabólicas. Pero habéis llegado tarde. Hace tiempo que me reúno todos los martes con un grupo de amigos de “La Luz Astral”, para explicarles y prevenirles de vuestros satánicos planes. No podréis evitar que la humanidad del planeta Tierra sepa de vuestra ignominia cósmica y de mi martirio. Podéis hacerme lo que queráis, pero yo no voy a deciros nada. Aunque me implantéis un chip en el cerebro, no conseguiréis doblegar mi indómita voluntad de servir a las fuerzas intergalácticas del bien y de la armonía cósmica. — Pero qué coño está diciendo este pirao?—, dijo Iñaki con cara de sorpresa. Patxo agarró por las solapas al señor Ríos y le volvió a preguntar por Mitarra. — Ya os he dicho que no pienso colaborar en vuestros oscuros planes. Yo me debo a la causa de los urantianos y siempre estaremos dispuestos a combatir a los temidos urganos. ¿Cómo me vais a trasladar a vuestra nave? ¿A través de un rayo de luz catódica? ¿Por desintegración molecular? Iñaki le dijo al intergaláctico secuestrado que le iba a desintegrar todas las moléculas del cuerpo, pero a hostias. Patxo mandó callar a todos y analizó la situación. Mitarra no estaba en el piso franco del CESID, y el tal Benjamin Ríos parecía dominar las técnicas de dispersión y confusión que se suelen impartir a los agentes de campo para superar los interrogatorios cuando caen en manos del enemigo. Cayó en la cuenta de que el pájaro de Benjamin Ríos iba a ser un tipo duro de pelar. — Aquí no estamos seguros. Aquí no le podemos interrogar. En cualquier momento pueden aparecer sus compañeros. Vamos a llevarlo a Astrabudua y allí, con tiempo, acabará por contarnos todo lo que sabe. — Calla, hijo puta —, espetó Iñaki, — ya sabemos quién eres. Eres un “mencenario” del sistema asesino que quiere acabar con los auténticos patriotas de Euskadi. En ese momento sonó el timbre de la puerta. Juantxo miró por la mirilla. — Es el vecino de ayer con otra persona. ¿Serán también del CESID? Patxo abrió la puerta y encañonó a los dos sorprendidos visitantes.— Pasad adentro o os frío a tiros. Pasaron y se encontraron a su amigo Ben Ríos que estaba siendo encañonado por Iñaki. El señor Ríos les puso al corriente de la situación. — Ya os dije que la conjunción astral para el día de hoy, no nos era muy favorable. Ha ocurrido lo que siempre hemos temido. Hemos sido localizados por las terribles huestes de Urga. Piensan desintegrarnos molecularmente y transportarnos catódicamente a sus pavorosas celdas, ideadas por estas pervertidas mentes diabólicas. Iñaki, mientras pensaba que los zulos conocidos por él no eran tan malísimos, le metió un pañuelo en la boca y le ató las muñecas con una cinta adhesiva que sacó de un bolsillo. A continuación, hicieron un buen embalaje con los dos visitantes y los dejaron bien atados y amordazados sobre la alfombra de la sala. Patxo mandó a Juantxo a que fuese a por el coche, y se puso en la ventana para ver cuándo aparecía con el automóvil. Cuando vio que el coche paraba enfrente del portal, le quitaron la mordaza al señor Ríos y bajaron a la calle, llevando entre Patxo e Iñaki a un señor de pelo blanco y chandal que decía haber sido secuestrado por extraterrestres. Iñaki le puso el brazo sobre los hombros, y con naturalidad atravesaron la acera para introducirse en el automóvil que conducía Juantxo. Arrancaron suavemente y emprendieron el corto viaje a Astrabudua, donde lo más seguro les esperaría una buena cena que, con todo el amor del mundo, habrían preparado las dos amatxos guerrilleras. Antes de salir de Bilbao, le volvieron a poner la mordaza al señor B. Ríos. Por si acaso. Por si intentaba de nuevo confundirles con sus maniobras de evasión y confusión. Poco después, también le colocaron una capucha y le obligaron a tumbarse en el suelo del coche.
Capítulo 47. EL GERNIKA Un poco antes de iniciarse el secuestro del señor Ríos, Abrahim Yussuf recibía a Retama en su despacho alfombrado de idílicos paisajes nevados. A media tarde, había enviado un coche de la embajada para recogerle y llevarle a la sede diplomática de Chirvan en Suiza. Estuvo todo el lunes, y parte del martes, ultimando el plan que había trazado. La delegación de Chirvan saldría de la embajada hacia Barcelona, el viernes por la tarde, y Retama y él mismo, junto con algunos miembros de su servicio de seguridad, formarían parte de la representación diplomática. Pasarían todo el sábado en Barcelona y el domingo, víspera del acto, llegarían a Zaragoza. Se alojarían en el hotel Corona de Aragón y el lunes acudirían con un cierto retraso al lugar de la conmemoración. La justificación para el retraso sería una ficticia avería que sufriría el coche de la delegación. Una vez llegados a la zona de operaciones, Retama se acercaría al objetivo y pulsaría el emisor electrónico que activaba los detonadores de las cargas. Le explicó el plan a Retama y le comunicó que ya no saldría de la embajada hasta el viernes, para ir al aeropuerto con la delegación y tomar un avión para Barcelona. Retama le respondió que sí. — Lo único que hay que hacer es esperar a que llegue el día de la operación. El día histórico en el que los tentáculos de la maquinaria represiva de nuestros enemigos, sufran su más humillante derrota. Yussuf le dijo que muy bien y que durante estos días se dedicase a descansar, como los deportistas de élite ante un campeonato, para estar preparado y relajado ante el compromiso histórico que tenía que cumplir el día 22 de Junio. Se despidieron y Retama se fue con un empleado de la embajada para que le mostrase el dormitorio donde iba a estar concentrado hasta el día de la salida para jugar la gran final. Una vez que se quedó a solas en su celda – dormitorio, repasó toda la situación. Korta le había informado el día anterior por teléfono que el montaje de la estructura metálica se iniciaba el miércoles día 17. Estaría todo terminado para el viernes. También, Korta le informó de que Marino estaba esperando que le dijesen en dónde y a quién tenía que entregar el pulsador electrónico. Retama lo recordó y pensó que tenía que avisar a Korta para decirle que estaría el domingo por la tarde en el hotel Corona de Aragón. Llamaría a Korta desde Barcelona el viernes por la noche, para comunicarle que le diga a Marino que se pase por el hotel de Zaragoza y de paso, asegurarse de que todo había ido bien. Estaba todo perfectamente calculado. La única preocupación que tenía Retama era la que le ocasionaba Mitarra. Korta le informó que aún no se sabía nada de Mitarra, ni de la gente que había enviado en su busca. Lo único que habían averiguado era que la semana pasada estuvo en Tardets. Korta le dijo que esperaba que en breve habría más información. — He mandado a uno de los taldes más selectos de la organización. Puedes estar tranquilo. Mi gente, tarde o temprano, acabará por encontrarlo. Retama decidió confiar en las palabras de su responsable de seguridad, y se dispuso a pasar los dos días y pico de reclusión de la mejor manera posible. Comenzó a imaginarse la entrada triunfal que haría en Bilbao, el día de la liberación de su país, después de haber expulsado a todas las fuerzas de ocupación del enemigo. La entrada la haría sobre un tanque, al frente de sus columnas militares, al que le pondría el nombre de Gernika. Como el tanque que desfiló por París cuando la liberación de Francia. Se durmió oyendo los aplausos de las enfervorizadas multitudes que se abrían para dejarle paso a él, a su tanque y a su vanidoso e inflamado ego.
Capítulo 48. EL DIOS SABIDURÍA Pello salió del estado de trance cuando oyó el timbre del portal de la vivienda de Benjamin. Había estado, prácticamente todo el martes, ensimismado en los ejercicios de Kriya, Maha Mudra y Yoti Mudra. Cada 24 kriyas, hacía antes 6 mahas y después 6 yotis. A continuación se dedicaba durante una hora al ejercicio del “yo soy”, y volvía a realizar la tanda de los 3 ejercicios especiales. Así estuvo todo el día, hasta que a eso de las 8 de la tarde, sonó el timbre. Pello se dio cuenta de que quedaba poco para anochecer y salió al balcón de su dormitorio con la intención de fumar un cigarrillo. El balcón estaba dividido en dos partes por un pequeño murete de ladrillos cara vista. Una parte correspondía a la vivienda de Benjamin y la otra pertenecía a la vivienda de al lado. Se apoyó en el muro divisor y sacó el paquete de tabaco negro. No controló debidamente el movimiento de sus dedos, y se le escurrió el paquete de las manos, para ir a caer al otro lado del balcón. Sin pensarlo dos veces, se encaramó encima del muro y saltó al otro balcón para recoger el paquete. En el momento en que se agachaba para cogerlo del suelo, le pareció oír que alguien movía, desde su habitación, la puerta del balcón. Se incorporó, pero no vio a nadie. Pasó a su balcón y se fumó el cigarrillo, mientras observaba la circulación, la cual era muy intensa a esas horas en la Alameda Rekalde. Acabó el cigarrillo, lo apagó sobre la barandilla y tiró la colilla a la calle con la intención de acertar a un automóvil descapotable que llevaba la radio a todo volumen. El monótono ritmo del “bakalao” se alejó, sin que cayese la colilla en su ruidoso objetivo. Pello se apercibió de que estaba todo el día sin tomar su exquisito sirope, y se fue para la cocina. Además, tenía que contarle sus experiencias a Benjamin. — Bai—, dijo Pello, recordando el allanamiento de la morada del vecino que había perpetrado a través del balcón. — Ha sido la experiencia más deliciosa de mi vida. Se me ha incrementado la sensación del entrecejo. Además, cuando practicaba el Kriya, he comenzado a sentir una sensación parecida, aunque de menor intensidad, en la base de la columna. Las maravillosas sensaciones por la cara, la boca, la lengua y sobre todo, la de los dientes, es lo más agradable que he disfrutado en toda mi vida. Y eso que mi vida no ha sido moco de pavo. También he comprobado que deja unos efectos posteriores que son perfectos. Me siento descansado, relajado, alegre, lúcido, ágil y con mucha vitalidad. Estoy “tout plein”, o como diría una novia que tuve en Sevilla, estoy “Tutiplé”. No he notado nada de hambre hasta hace 10 minutos. Después he sentido muchas ganas de comer, y ya ves, ya me he tomado tres vasos de sirope con más ganas que si hubiera sido una merluza de Engracia. Me siento de puta madre. ¿Qué es esa sensación? Benjamin le miró amigablemente y le dijo que su pregunta tenía mucha miga. — Has comenzado a sentir los primeros efectos de la manifestación de lo que algunos científicos del espíritu y de la materia, lo han denominado con el subjetivo nombre de alma. El alma es la energía informatizada a nivel individual, que todas las personas tenemos, aunque muchos no lo sepan. Otros investigadores metafísicos prefieren llamarlo energía cósmica individualizada, y otros, también, lo llaman Dios. Pero tiene muchos otros nombres: “La Tríada Superior”, “El Yo Superior”, “Supraconsciencia”, “Cuerpo Causal”, “Atma-Buddhi-Manas”, y demás honorables títulos. “También se dice que el alma es el receptáculo de la sabiduría y del amor. Ayer a la mañana te dije que se alcanzaba la sabiduría a través de la fusión del consciente voluntarioso y racional con el subconsciente intelectual e imaginativo. Te dije que esta fusión se conseguía cuando ambas mentes, la consciente masculina y la subconsciente femenina, se equilibran de tú a tú, gracias a la labor intermediadora de la sensibilidad y del amor. Pero sin confundir la sensibilidad con el pusilánime sensibilismo, ni el amor con el posesivo y enfermizo sentimiento que muchas personas tienen cuando creen estar enamoradas. El sensibilismo y la posesividad son características del 3er. chakra, el del estómago, el cual se supone que ya lo tienes debidamente bajo control”. “ Así que una vez amansado el estómago, lo siguiente a realizar es el inicio de la apertura del 4º chakra, el del corazón, lo cual nos permitirá en su día que la mente consciente se funda con la subconsciente en un intercambio fluido y de igual a igual. Pero para ello, repito, antes es preciso acceder al chakra del corazón, el del auténtico amor. Romántico, desinteresado y generoso. Así de simple”. “ Sigamos. Una vez que has abierto el corazón, y sin renunciar a la voluntariosa racionalidad del 5º chakra, el de la garganta, se comienza el abordaje del subconsciente, es decir, el abordaje de la inteligencia y de la imaginación, para así terminar de abrir el 5º chakra. Es como la unión de tres cables trifásicos para aplicarlos a una toma de corriente. La voluntad racional, el amor sensible y la inteligencia imaginativa se funden en una sola cosa que se llama alma o sabiduría amorosa”. “Es decir, supone el acceso al 6º chakra del entrecejo. Este chakra es el punto focal donde convergen los tres aspectos de la personalidad cuando ésta logra por fin el equilibrio emocional por medio del desapego mental. En estos dos días, gracias a tu esfuerzo consciente, has alineado la racionalidad, la sensibilidad y la imaginación. Estás comenzando a abrir el 6º chakra, el de la sabiduría, el que te conduce directamente al alma. Pero el alma, además de sabiduría, es amor divino, o cósmico, o cualquier otro nombre que se utilice para expresar el concepto de armonia y equilibrio universal”. “ El amor divino es el respeto a todas las criaturas y cosas del Universo. Es el romanticismo elevado a su más alta expresión. Gracias a los ejercicios de Kriya, te has acercado a la periferia del alma y has comenzado a sentir la influencia de su amor. El amor cósmico, que es la energía que consigue equilibrar y armonizar a los opuestos, siempre aporta una sensación maravillosa. Si no fuese maravillosa, no sería amor divino. Dios, o el alma, ama a todas sus criaturas. Cuando nos ponemos en contacto con él, o con ella, qué más da, lo primero que hace es darnos su amor. Su amor supone muchas cosas: tranquilidad, lucidez, osadía, felicidad, salud y mucha vitalidad. Pero también nos produce un gozo indescriptible cada vez que nos enchufamos a esa central energética que es el alma”. “ Quizás, tú que siempre has sido un sibarita, tienes más desarrollada la capacidad de sentir placer, aquella primitiva característica del dios “Perel”, y por consiguiente, sientes también el placer físico del amor de tu alma. Pero ese placer que has comenzado a notar, no es más que unos pequeños fuegos de artificio. Por lo tanto, no debes de fijarte demasiado en los juguetes que vayas encontrando por el camino que conduce al gran juguete. El gran juguete es contactar con el alma o lo que es lo mismo, dominar el 6º chakra, el del entrecejo, el de la personalidad integrada e íntegra. “ Todos estos entretenimientos sólo son distracciones que pone nuestra alma para probar la consistencia de nuestro vanidoso ego. Todos esos fenómenos parapsicológicos están muy bien, porque, al fin y al cabo, son características externas del alma, pero son sólo eso, son sólo aspectos externos que no tienen mucho valor. Lo que realmente vale es que se sepa que para lograr la fusión de la personalidad integrada con el alma, es preciso prescindir del ego y entregarse incondicionalmente a las directrices del alma o conciencia, sin que medie ningún tipo de interés o deseo personal por desarrollar los fenómenos que podamos encontrar”. “ No es nada recomendable olvidar el camino de ascenso para quedarse a jugar a aprendiz de brujo. Y mucho menos, cuando en vez de estar bajo la influencia del alma, se está todavía bajo la del 3er. chakra, el del estómago, o dios Oro. Muchas personas, por no decir todas, que van por la vida de brujos, o de contactados con cualquier divinidad religiosa; en realidad están bajo la tiranía de las emociones, de la falta de autocontrol, y de un interesado y pesetero egocentrismo vanidoso. El dios Oro del tercer chakra, también tiene mucho poder, menos que el del dios Sabiduría del 6º chakra, pero el suficiente como para retrasar el proceso y hacer que las emociones, las pasiones y los egoísmos dirijan nuestras vidas”. “ El egoísmo del dios Oro, tiene que ser sustituido por la generosidad del dios Romanticismo; y las emociones y las pasiones tienen que ser dirigidas por el autocontrol del dios Razón. Por ello, Pello, si no hay autocontrol, no es posible contactar con el alma, ni encontrar la síntesis de la racionalidad con la imaginación. La falta de autocontrol supone que todavía se está bajo la emotiva influencia del dios Oro. Los ejercicios de yoga son, entre otras cosas, para fortalecer el autocontrol y debilitar el mundo emocional o mundo astral”. Pello entendió que para obtener la sabiduría del alma, era preciso ser antes una persona íntegra de pies a cabeza. Sin trampa ni cartón y sin ningún atisbo de interés personal. Para ello, había que desarrollar el autocontrol de las emociones, la generosidad del romanticismo, la racionalidad analítica, y la imaginación creativa. Todo ello se conseguía por medio de la voluntad y del esfuerzo personal. Le pareció evidente que una persona que tuviese todas esas cualidades, tendría que estar forzosamente bajo la influencia del dios Sabiduría. Pero su formación ideológica era materialista y atea, y todavía no se resignaba a aceptar todo el mensaje de Benjamin. Estaba de acuerdo en que por medio de unas técnicas específicas, y por medio del esfuerzo personal, se podían mejorar las características personales, pero de eso a que las nuevas características proviniesen de esa cosa llamada alma, había una gran diferencia. Así se lo planteó a Benjamin. “ Como su propio nombre indica, el más allá está fuera de nuestra capacidad de estudio y, por consiguiente, está fuera de nuestro conocimiento objetivo. El hecho de aceptar el más allá, supondría que los científicos han dividido la realidad en dos secuencias. Una, la material, que es estudiable y verificable. La otra, que por no poseer todavía el suficiente conocimiento de los secretos de la energía, sería únicamente una creencia absolutamente acientífica. En realidad, la postura de la ciencia ante lo intangible e inverificable, es una actitud muy natural de autoconservación. Si la ciencia aceptase la existencia de algo que escapa al conocimiento actual, es decir, de algo que no se puede comprobar científicamente, la ciencia dejaría de ser ciencia”. “ El más allá no se puede demostrar y, por tanto, hoy por hoy es un tema acientífico. Pero por el hecho de que algo no se pueda demostrar, no significa que ese algo no exista. La historia de los descubrimientos científicos es la mejor prueba. Antes de cada descubrimiento, la ciencia ha negado muchas veces la posibilidad de conseguir tal o cual objetivo. Pero después de que alguien lo logra, pasa automáticamente a la categoría de conocimiento científico. Este juego, un poco conservador en muchas ocasiones, es debido al desfase que hay entre el conocimiento que se posee y el conocimiento que los menos conservadores intentan obtener. Este desfase se produce en muchas materias de la ciencia, pero quizás sea en el campo de la medicina en donde más evidente se hace”. “ Por ejemplo, la medicina oficial no tiene en cuenta la posibilidad de que sea cierta la capacidad de algunas personas para sanar. Lo que vulgarmente se conoce como curaciones milagrosas, no es estudiado por la Ciencia, sencillamente porque aún desconoce la existencia de las innumerables energías que componen el multicolor cuerpo atómico o vital de los seres animados por ese misterioso hálito llamado vida. La Ciencia desconoce la existencia y estructuración de esas “mágicas” energías, que son en realidad las que determinan nuestra salud, nuestros deseos, nuestras emociones y nuestros pensamientos; o por lo menos, las que influyen de manera casi decisiva en nuestra forma de ser y de estar”. Se notaba que Benjamin estaba a gusto con el enfoque que había dado al tema, y una sonrisa picarona le dio un aire sorprendentemente juvenil y juguetón. “ Con lo cual, una vez más, estamos ante la actitud de siempre: temer y despreciar todo aquello que ignoramos, o todo aquello que no creemos, para a continuación, cuando algún irreverente y heterodoxo científico, dotado de imaginación e intuición, logra comprender y demostrar el porqué de la cosa, toda la comunidad científica asume lo nuevo, haciendo tabla rasa de sus posturas anteriores, olvidando sus diatribas y aplaudiendo el invento como si en toda su vida hubieran estado de acuerdo con el nuevo conocimiento”. “ Así es que enfocado el dilema materia – espíritu de esta manera, parece evidente que la actitud ante lo espiritual, en el fondo, es sólo un problema de creencias. Los ateos no creen en Dios, o en el alma, o en el más allá; y los creyentes sí creen en el más allá. Ninguna de estas dos creencias puede demostrar a la otra que su postura es la verdadera, porque con el conocimiento actual de la ciencia, los científicos no pueden estudiar el más allá para comprobar si realmente existe o no. Y con el desconocimiento científico que tienen la mayoría de los creyentes, tampoco éstos pueden darnos ninguna explicación racional. Al final es sólo una cuestión de fe, entre los que creen y los que no creen. La solución, como siempre, consistiría en reunir en un mismo foro de investigación, los conocimientos científicos sobre la materia, el cuerpo, la energía y la mente, con los conocimientos metafísicos sobre la vida, el alma, la muerte y el espíritu. Hasta que no se haga así, esta situación de enfrentamiento dialéctico y, curiosamente, muy apasionado, se seguirá moviendo en el campo de las conjeturas, de las hipótesis y del insulto mutuo”. Pello reconoció que era cierto. Había visto alguna vez algún debate sobre el tema en cuestión en alguna televisión, y le sorprendió la polémica tan feroz que se había originado. Pensó que siempre cuesta mucho que lo nuevo se imponga a lo viejo. Pensó que la cuestión era que aún no tenía muy claro cuál era lo nuevo y cuál lo viejo. Pensó que lo más seguro sería que tanto lo nuevo como lo viejo, era lo mismo. Pensó que lo viejo, unas veces era lo nuevo, y lo nuevo, otras veces era lo viejo. Pensó que pasaba y pasará lo mismo con el tema de los derechos históricos de su pueblo. Pensó que por qué seremos así de inmovilistas y reacios a todo lo nuevo, aunque, después, casi siempre acabemos aceptando lo nuevo como algo perfectamente válido. Benjamin interrumpió la secuencia de los pensamientos de Pello con un gesto de duda, expresado con un encogimiento de hombros, a la vez que fruncía los labios, y a continuación siguió largando. “ Por ello, Pello, los que aún no han logrado su propio autocontrol, ¿ por qué se empeñan en arreglar las vidas de los demás? ¿ Es que no saben el daño que pueden hacer? Pero no es difícil saber separar el grano de la paja. La mejor manera de saber si los que van de iluminados o de monitores espirituales, son realmente lo que dicen ser, es comprobando si tienen autocontrol sobre sus emociones, y si les mueve el interés económico en su presunto servicio espiritual. Ésa es la prueba del algodón. Así que no olvides que lo fundamental es el desarrollo del amor y de la sabiduría. Lo demás es perderse por el camino”. Pello comprobó que con alma o sin ella, era cierto que lo fundamental era la sabiduría y el desinterés generoso y romántico del amor. Y eso se conseguía practicando la ciencia del yoga. Le comunicó a Benjamin que deseaba retirarse a su dormitorio para seguir con sus prácticas hasta la hora de dormir. Se dieron las buenas noches y cada mochuelo se fue a su olivo.
Capítulo 49. EL MESÍAS INTERGALÁCTICO Sin duda alguna, el señor Benedicto Ríos, Ben para sus amigos, se encontraba en pleno orgasmo cósmico. Había vivido, durante más de 20 años, estando plenamente convencido de que su destino lo habían dictado las estrellas. Pensaba que el eterno conflicto entre las fuerzas del bien y del mal, estaba representado en su galaxia por el enfrentamiento que, desde hacía interminables eones de tiempo, tenían entre sí los planetas de Urantia y Urga. Los de Urantia eran los buenos y los de Urga los malos. Los contactos, telepáticamente mentales, que tenía con los buenos, le habían informado, hace ya muchos años atrás, que estaba predestinado a ser un nuevo salvador cósmico, que gracias a su martirio a manos de los malos, iba a contribuir al triunfo de los buenos. Se consideraba un Mesías Intergaláctico, y ¡por fin!, había llegado su histórico y anunciado momento. Por fin, las huestes de Urga habían dado con él. Habían dado con M. I. Patxo, Iñaki y Juantxo, junto con su preciada presa, llegaron a la casa de Virtudes y Adela. Sin que se enterasen las dueñas del caserío, introdujeron subrepticiamente al señor Ríos en una de las camas del dormitorio de Patxo, y tras inyectarle un potente narcótico, suministrado en Paris por la intendencia de la organización, se fueron a cenar. Para tal evento, las dos nutritivas cocineras habían dispuesto, encima de la mesa, una sopera con un puré de alubias de las sobras del mediodía. El puré estaba salpicado de trocitos de pan frito. Además, había una hermosa cazuela de barro, repleta de albondiguillas, acompañada de una fuente circular que sustentaba una apetitosa tortilla de patatas con cebolla. Pese a que el comando tenía una cierta preocupación, debida al hecho de tener un nuevo inquilino en la casa sin el conocimientos de las dueñas, no fue óbice para que acabasen con casi toda la comida. Patxo dijo que estaba tan buena la tortilla que se iba a llevar las sobras a su dormitorio, por si le entraba el hambre por la noche. A Iñaki, que había pensado desayunar al día siguiente las sobras de la tortilla, no le gustó mucho la maniobra de Patxo. — Pero, tú, ¿desde cuándo te entra a ti el hambre por la noche? Joder. Patxo le fulminó con una mirada que daba a entender que, además de tragón, era más ciego que un topo con capucha. Patxo pensó que cómo hostias se podía ser tan zoquete como para no darse cuenta de que la tortilla era para el agente del CESID que estaba drogado en su dormitorio. Virtudes le dijo a Patxo que le parecía muy bien la idea que había tenido, y le puso, en una pequeña fuente, las cuatro albondiguillas que habían sobrado, junto con los restos de la tortilla. Era por si tenía mucha hambre. Adela colocó la fuente en una bandeja, en la cual ya había puesto antes un trozo de pan, una servilleta, unos cubiertos y un vaso de vino tinto. Se desearon buenas noches y el comando, junto con la tortilla, subió a sus dormitorios, dejando a las dos hermanas con todo el proceso del fregado de la vajilla. Juantxo se había ofrecido para ayudarlas, pero las etxekoandres nunca pueden aceptar eso. Y muchísimo menos si no hay muchísima confianza. Comprobaron que el agente especial de los servicios secretos españoles seguía bajo los efectos del narcótico, y se pusieron a discutir el plan de trabajo. Eran conscientes de que los dos compañeros suyos que habían dejado maniatados en el piso franco del CESID, si se soltaban o si aparecía un cuarto agente, podían informar a sus superiores del secuestro de uno de los suyos. Eso supondría poner en alerta a Mitarra, con la consiguiente dificultad que se añadiría a la ya de por sí difícil misión que tenían. Pero Patxo se había pasado con el narcótico, y el señor Ríos seguía en las nubes. Así era imposible hacerle un interrogatorio como Dios manda. Decidieron que lo mejor era dejarlo para el día siguiente. Antes de separarse, Patxo les dio el parte de las actividades a realizar durante el siguiente día. — En primer lugar, es necesario que las dos viejas no se enteren que tenemos a este pájaro aquí. Para ello, mañana les decís a las dos señoras que me he puesto enfermo. Les decís que tengo una enfermedad muy rara y que cuando me entra la crisis, no puedo ver a nadie y sólo me apetece estar a solas en mi habitación. ¿Entendéis por qué os digo esto? Patxo miró a sus dos compañeros y pensó que, por si acaso, sería mejor que lo explicase. — No se le puede dejar a éste solo —, y señaló al dormido intergaláctico, — y tampoco deben entrar aquí las dos viejas. Bueno, ni las dos, ni una. ¿Comprendéis? Esta vez, Patxo quería asegurarse bien el desarrollo de la operación, no sea que volviese a ocurrir algo parecido a lo del domingo pasado en Donostia. — Y no habléis demasiado, sólo lo justo. En segundo lugar, es preciso interrogar a este pájaro. Porque igual hay que apretarle las tuercas, es mejor que mañana no estén por aquí ni Virtudes ni Adela. Por eso, tú Juantxo, las vas a llevar mañana de excursión por la costa vizcaina, o por donde quieras. Les dices que va a venir un capo importante de la organización, y que es necesario que no haya testigos, o algo por el estilo. Os marcháis por ahí y no me las traes hasta por lo menos las 6 de la tarde. En ese tiempo, Iñaki y yo, ya habremos conseguido que cante el pájaro durmiente. ¿Alguna duda? No. Pues a dormir, que mañana tenemos que hacer muchas cosas. Cada uno se metió en su cama, hasta que a eso de las 4 de la mañana, Iñaki y Juantxo se despertaron un poco sobresaltados por un intenso y penetrante aullido. El señor Ríos había estado las tres últimas horas en una situación mental un poco complicada de definir. Por una parte, aún le quedaban restos de los efectos del narcótico. Después y además, también tenía el amodorramiento natural del sueño nocturno. Luego, bajo la influencia de la droga y de la excitación del secuestro, tenía la imaginación más suelta que nunca. Por último, su consciencia semi dormida le recordaba que el designio de los tiempos comenzaba a manifestarse. Pensaba, medio consciente, medio inconsciente, que tenía que estar a la altura de la misión encomendada por las más sublimes jerarquías planetarias. Pidió ayuda telepática a sus superiores de Urantia, y éstos le respondieron con gran prontitud. Le comunicaron que el gran momento había llegado y que no se podía rajar. Asimismo, le dijeron, telepáticamente, que todas las humanidades de todos los sistemas solares de la galaxia, esperaban y confiaban en que supiese cumplir con honor la difícil tarea de cargar sobre sus hombros la amarga cruz de su martirio a manos de la esencia intrínseca del mal, representada por sus carceleros de Urga. Era un noble sacrificio para concentrar toda la maldad en su ser, y así dejar en paz al resto del Universo. Era el chivo expiatorio de una noble y gran causa. Por último, le dieron una fórmula mántrica para recitar en los momentos críticos del martirio, y le comunicaron que la fórmula en cuestión era la más apropiada para esos momentos de abatimiento donde se corre el peligro de verse desconectado de las fuerzas cósmicas del bien y la armonía redentora. La comunicación se cortó y el señor Ríos comenzó a entonar la fórmula mágica. Más que nada para aprendérsela bien. — Tú, hijo puta, es mejor que no digas ni pío. Te voy a explicar cuál es tu situación. Te vamos a dejar en paz, hasta mañana por la mañana, para que recapacites. Mañana nos vas a contar todo. Nos vas a decir en dónde está Mitarra y en qué consiste el acuerdo que habéis llegado con él. Si cooperas, te dejaremos salir libre y vivo, pero como nos causes problemas y no quieras hablar, te arranco todas las uñas de los pies. ¿Entendido? Ahora, para que veas que si quieres, te podemos tratar bien, te puedes comer estas albondiguillas y esta tortilla. Patxo le puso encima de la cama la fuente con las viandas. El señor Ríos era consciente de que el martirio estaba comenzando. Pensó que las torturas serían tanto de índole sicológica como física. Ya le habían anunciado lo que harían con él mañana. Le iban a arrancar las uñas de los pies. Después le someterían a los más refinados suplicios ideados por las perversas mentes de Urga. Así que cuando Patxo le presentó la bandeja con las cuatro albondiguillas, el señor Ríos, Benedicto, vio unas clásicas estructuras atómicas esferoidales, pero densamente solidificadas e impregnadas de una sustancia viscosa de un color y olor repugnantes. Reflexionó sobre la esencia del suplicio al que iba a ser sometido, y su contacto telepático le informó sobre el mismo. Las cuatro esferas atómicas densamente solidificadas, una vez introducidas o insertadas en su estómago, tenían la función de expandirse hasta provocarle desgarradores sufrimientos en el aparato digestivo. La sustancia viscosa que rodeaba a las infernales bolas, era una pócima altamente corrosiva que intensificaría su martirio abdominal. No pudo controlar el pánico que le entró, y olvidándose del canto mágico para estos apuros, lanzó un sonoro aullido, al mismo tiempo que daba un manotazo a la bandeja. El contenido esferoidal se desparramó sobre la colcha de la cama. Cuando entraron Iñaki y Juantxo, pipa en mano, en el dormitorio de Patxo, le encontraron introduciendo una servilleta en la boca del agente del CESID para que no gritara más. — ¿Qué hostias pasa? —, dijo Iñaki con expresión feroz en la cara, — ¿se quiere escapar el txakurra? Patxo les tranquilizó a los dos y les informó que el pájaro era un cabrón. Decidieron darle otra ración de narcótico para que no metiese más ruido. Patxo calculó que las dos etxekoandres saldrían con Juantxo para las 11 de la mañana, y le puso la dosis que consideró oportuna. Iñaki aprovechó la ocasión, y se comió las albondiguillas y la tortilla. Juantxo le llamó animal y se volvieron los dos a su habitación. Patxo no pudo conciliar el sueño. Lo que más le molestaba era estar en la cama sin poder dormir. Los pensamientos que le aparecían cuando tenía la mente en blanco, no le agradaban en absoluto. Patxo estaba en ETA porque era un abertzale, y punto. Se consideraba un patriota, al que le había tocado luchar por la libertad de su pueblo. Quería que se respetase la voluntad de Euskal Herria, y para eso había que golpear al enemigo de la independencia vasca. Durante algunos años, no tuvo muchos problemas en interelacionar su forma de pensar con la realidad vasca. Pero desde hacía 2 ó 3 años, estaba un poco desconcertado. No entendía por qué ahora la voluntad del pueblo estaba en contra de su lucha. ¡Si era por su libertad! No obstante, aunque no quisiese profundizar en la cuestión, a nada que se pusiera a pensar, le entraba una desazón y una inquietud que le oprimían el estómago. Ellos estaban dispuestos a dar sus vidas por la defensa de la voluntad popular vasca, y la voluntad popular, tenía que reconocer que en una inmensa mayoría, no quería que diesen sus vidas por Euskal Herria. Es más, tampoco querían que siguiesen combatiendo al eterno enemigo español. Siempre que llegaba a este punto, optaba por dejar de pensar. Se consolaba, diciéndose a sí mismo, que al final serían reconocidos como unos héroes. También era consciente de que el carácter se le estaba amargando. Nunca había sido un prodigio de amabilidad y de felicidad, pero últimamente tenía peor mala hostia que nunca. No le gustaba perder los estribos en público, y en un principio intentó controlar su agresiva emotividad, pero acabó convenciéndose de que era imposible. Él era como era y no había nada que hacer. No le valía de nada aparentar calma y serenidad, cuando por dentro le hervía el desasosiego, la frustración y la inquietud. Aquí también encontró un consuelo. Creía que Iñaki era mucho peor que él, y el sentirse mejor que el de Barakaldo le ayudaba cuando pensaba si se gustaba o no. Sí, definitivamente era mejor que Iñaki. Él por lo menos sabía que no era bueno el descontrol emotivo, pero Iñaki ni se lo planteaba. Suspiró, mientras se imaginaba a un Patxo sereno y tranquilo que no perdía el control de su situación emotiva en ninguna circunstancia. Decidió no darle más vueltas al asunto, y comenzó a planificar el interrogatorio del día siguiente. Estaba más a gusto en la acción que en la reflexión. Cuando estaba inmerso en la acción, no tenía tiempo para meditaciones que al fin y al cabo, según pensaba, no valían para nada. Como mucho, sólo servían para comerse el tarro. Había que seguir para delante. Aurrera mutilak. Era un continuo seguir a ninguna parte, pero igual, alguna vez se conseguiría que la leche se convirtiese en mantequilla. Era un destino muy romántico, pero, sin embargo, de continuar persistiendo obstinadamente en el empleo de la violencia, tal vez la mantequilla se acabase por agriar fatalmente para los vascos. No le gustaba lo que comenzaba a percibir. De todas formas, se dijo a sí mismo un Gora Euskadi. La racionalidad aún no le había llegado al estómago, ni al corazón; no obstante, son estas pequeñas reflexiones las que acaban posibilitando el advenimiento del dios Razón. Patxo se concentró en la acción del día siguiente. Pensó que el funcionario del gobierno español iba a ser de cuidado. Cuando le anunció que le iba a arrancar las uñas, le miró directamente a los ojos y se percató de que el prisionero no le daba mucha importancia. Después, cuando le presentó la bandeja, tuvo los santos cojones de mandarla a tomar por el saco. Y para colmo, hasta se atrevió a lanzar un aullido, que más que un grito, parecía la sirena de un coche patrulla. Seguro que lo hizo para llamar la atención y para comprobar si estaba en un piso o en una casa de campo. Una vez, Patxo había leído en una novela que un agente secreto que estaba secuestrado, lanzaba gritos para comprobar el rebote de las ondas sonoras en las paredes, y así saber cuál era su espesor. Si eran de gran espesor, suponía que serían las paredes de alguna casa de campo. Con estas deducciones tan brillantes y perspicaces, la conclusión a la que llegó Patxo con respecto al agente secreto español que dormitaba en la cama de al lado, fue que sería un funcionario de élite, perfectamente preparado para resistir cualquier tipo de interrogatorio. Quizás con sólo apretarle las tuercas, no sería suficiente. Se acordó que además del narcótico, también tenía unas dosis de pentobarbital sódico. Nunca lo había utilizado, pero en las explicaciones que le dio Korta sobre los efectos del producto, le dijo que era una sustancia sedante e hipnótica. “Vamos, que primero les tranquiliza y luego les quita la voluntad. De esa forma, no tienen ningún inconveniente en largar todo lo que saben”. Patxo pensó que si no había más remedio, le suministraría una buena ración del pentobarbi ese de los cojones. Un poco antes del amanecer, Patxo echó una cabezadita de apenas una hora. Los ruidos que provenían de abajo le despertaron y supuso que las dos afamadas cocineras habían comenzado su jornada de creaciones gastronómicas. Se levantó de la cama, comprobó que el agente secreto seguía durmiendo, y se fue a despertar a Iñaki y Juantxo. A los 10 minutos estaban otra vez reunidos los tres delante de la cama del señor Ríos. — Bueno muchachos —, dijo Patxo, — vamos a atar al pájaro éste a este pilar de madera. Entre los tres levantaron el abotargado cuerpo del dormido agente secreto, y como en una película de indios, le ataron de pies a uno de los postes de madera que hacían la función de pilar para sujetar una viga, también de madera, que cruzaba el techo del dormitorio. Una vez atado y amordazado, por si le daba por comprobar otra vez el grosor de las paredes, Patxo mandó a sus dos compañeros para abajo. — Ya sabéis lo que tenéis que decir a las viejas. Y no habléis demasiado. ¿De acuerdo? — Ederto —, respondieron los dos al mismo tiempo. Se fueron para la cocina, y Patxo cogió el prospecto con las instrucciones del sedante hipnótico. Pasó el rato con ellas, hasta que al cabo de más de media hora volvieron sus dos compinches. — Todo perfecto —, dijo Juantxo, — vamos a ir de excursión a Bilbao. Me han dicho que quieren visitar a un matrimonio amigo suyo que vive en la calle Astarloa. En cuanto a lo de tu enfermedad, se lo han creído a la primera, porque también ellas han oído el grito de esta noche del hijo puta éste. Estaban un poco asustadas, pero Iñaki las ha tranquilizado. — Sí —, intervino Iñaki, — les he dicho que tu “donlencia” es muy grave y un poco contagiosa. Te da por gritar y comer mucho. Lo mejor es que no te toquen los huevos. Me han comprendido y han dicho que van a preparar la comida del mediodía. Porque no tienen mucho tiempo, van a hacer algo rápido. Una porrusalda y unas morcillas con berza. Les he dicho que hagan de más, por tu “donlencia”, y que yo te voy a cuidar muy bien. Patxo comprendió que se les había olvidado el decirles que venía un capo de la organización, pero pensó que no tendría mucha importancia. — Bien, vale, de acuerdo, ederki, pero no regreses con ellas hasta las 6 por lo menos. Juantxo asintió. El comando itinerante se dispuso a esperar a que las dos etxekoandres se preparasen para el viaje a Bilbao. Iñaki se tumbó en la cama, Juantxo se asomó a la ventana, y Patxo siguió con las instrucciones del pentobarbital. En cuanto al secuestrado, hacía ya un ratito que el mártir intergaláctico había vuelto en sí, pero optó por hacerse el dormido. Cuando comprobó que estaba atado a un poste de sacrificios rituales, le volvió a entrar el pánico, pero esta vez no intentó gritar. Además, no podía. Le habían introducido una sustancia extraña y nauseabunda en la boca con sabe Dios qué diabólicas intenciones. Estuvo repitiendo mentalmente el cántico mágico o fórmula mántrica que según le habían explicado sus amigos de Urantia, le permitiría soportar dignamente el martirio. Las dos hermanas prepararon la comida, se pusieron sus mejores galas, y avisaron a Juantxo que ya estaban listas. El chofer de las dos señoras bajó a la cocina, y se fueron para Bilbao. Patxo e Iñaki se encararon con el funcionario. Le quitaron la servilleta de la boca, y el experto en obtener información comenzó con su delicado trabajo. — Tú, hijo puta, no te hagas el dormido que ya sabemos que estás despierto. Si no quieres que te arranque las uñas de los pies, ya puedes empezar a desembuchar todo lo que sabes sobre Mitarra. Patxo dio un pisotón en uno de los pies descalzos del señor Ríos. Benedicto Ríos abrió los ojos y se dispuso a soportar estoicamente las más refinadas diabluras. Para ello, entonó en voz alta su canción protectora. La música era la misma que la de “La Cucaracha”, y la letra decía: “los de Urga, los de Urga no van a poder conmigo, porque me siento, porque me noto, protegido por Urantia”. Repitió la estrofa mágica 2 ó 3 veces más, hasta que Iñaki le arreó un sopapo en plena cara. — Cabrón, estás más pirao que los que escuchan bacalao. Si no quieres que te hostie, empieza a cantar, pero otra canción. Canta la canción de Mitarra—. Y le dio otro sopapo. Benedicto comenzó de nuevo con la versión galáctica de “La Cucaracha”. Patxo confirmó sus sospechas. Les iba a costar mucho trabajo doblegar la indómita voluntad del agente del CESID. Sin pensárselo dos veces, tomó un par de dosis del sedante amansador de voluntades, y se las suministró al prisionero astral de Astrabudua. Benedicto no se opuso al pinchazo y arreció con su canción. Al poco tiempo se sintió completamente relajado. Un amodorramiento muy dulce pero persistente le fue invadiendo por todo el cuerpo, pero curiosamente, pensó el prisionero de Urga, la mente estaba en perfecto estado. No sentía ninguna preocupación, y se imaginó que la fórmula mántrica le había protegido, y, además, lo que más le apetecía era comunicarse con sus captores. Quizás les podría ganar para la causa. No esperó a que le preguntasen. — Satánicos seres pervertidos que provenís del más remoto confín de la galaxia. Yo os advierto y os comunico que vuestras tenebrosas conspiraciones y horrendas maquinaciones están condenadas al fracaso. Serán contrarrestadas por la impoluta claridad de la luz astral de Urantia. La más grande y la más caudalosa corriente de luz jamás vista. Vuestro designio de someter a las fuerzas del bien, no se verá coronado con el laurel de la victoria. Aún estáis a tiempo de variar vuestro dramático destino. Oidme bien, dejad vuestras máscaras de terror e integraros en la gloria y en la paz. — Este cabrón pirao nos quiere convencer que nos hagamos una tregua —, comentó Iñaki a Patxo, — ¿le doy una hostia a este demagogo? Patxo puso la mano encima de la boca de Benedicto. — Calla hijo puta, no vamos hacer ninguna tregua. Os vamos a combatir hasta que nos concedáis el derecho a la autodeterminación. Ahora escucha bien. Nos tienes que decir qué es lo que os ha dicho Mitarra. Contesta por favor—. En las instrucciones había leído que no era necesaria la violencia cuando el interrogado está bajo los efectos de la droga. Benedicto Ríos no sabía quién era Mitarra, pero tenía ganas de agradar a sus captores. Les iba a dar amor, comprensión y toda la información que quisieran, porque la verdad siempre es pregonable. Para eso había venido a este mundo. Estuvo un rato pensando y supuso que el tal Mitarra sería algún comandante de alguna nave intergaláctica de Urantia. Recordó que el único comandante de Urantia que conocía, era un ser casi angelical, que una vez, junto con una urantiana rubia de extraordinaria belleza, se le presentó en el monte Umbe. El contacto y posterior abducción, se produjo, 15 años atrás, en una noche de verano. La noche era espléndida y la luminosidad de la luna y el fulgor de las incontables miríadas de estrellas, daban un aspecto mágico a las proximidades del recinto milagroso de la Virgen de Umbe y sus energetizantes aguas. Estaba, solo, allí, porque su contacto telepático le había informado de la cita con una nave de Urantia. Los recuerdos eran un poco confusos, pero sí se acordaba de las últimas palabras del viajero espacial, que según parecía, tenía el nombre de Mitarra. El comandante Mitarra le dijo en el interior de la nave que volviese a su planeta azul, para explicar a todo el mundo que, pese a la intrínseca maldad de Urga, al final los designios lumínicos de Urantia se impondrían en la conciencia de los humanos. Así que ni corto ni perezoso, les dijo a Patxo y a Iñaki que lo único que sabía de Mitarra era que una vez había estado con él, y que le dijo que al final iban a perder la batalla los de Urga. También les comunicó que el tal Mitarra estaba acompañado de una exuberante mujer rubia. Patxo e Iñaki se miraron entre sí. Ambos pensaron que comenzaba a dar resultados la droga de la verdad. Patxo informó a Iñaki que la mujer rubia era la paloma que vivía en la calle San Ignacio de Donostia. — De eso también me he “enterao” yo, joder —, le replicó Iñaki con cara de ofendido. Benedicto seguía con su monólogo. — Amigos míos, pese a la dureza de vuestro corazón, yo os amo. Iñaki le interrumpió. — Anda la hostia, encima es pacifista. ¿Será de Gesto por la Paz? — Calla soplagaitas, déjale que siga informando —, gritó Patxo a Iñaki. Patxo se dio cuenta de que había vuelto a perder el autocontrol. Eso le hizo enfadarse más con Iñaki, en vez de enfadarse consigo mismo. Se concentró en el interrogatorio. — Dime buen hombre, ¿qué planes tenía Mitarra? Benedicto comprobó que el luminoso lenguaje del amor hacía estragos en las tenebrosas huestes de Urga. — Amados míos, Mitarra tiene los planes más maravillosos del Universo. Quiere la paz, quiere que termine el enfrentamiento que desde siempre hemos tenido con vosotros. Para ello, hace falta que nos sentemos todos alrededor del cósmico círculo de una mesa de buena voluntad, y que abramos nuestros corazones con toda sinceridad. Mitarra quiere que acabe la guerra y también quiere entregarnos todo lo que tiene. Sobre todo amor. — ¿Se nos habrá amariconado Mitarra? Patxo fulminó con una mirada a Iñaki. Respiró hondo y le repitió, esta vez casi hasta con amabilidad, que por favor no volviese a abrir más la boca. La mente de Patxo analizó los últimos datos obtenidos. Mitarra les ha ofrecido una tregua y las armas de la organización. ¿A cambio de qué?, pensó. ¿De amor? Tuvo una inspiración y lo vio todo claro. Entregaba la organización al enemigo a cambio de un trato de amistad y de algún favor que seguro que le concederían. Las palabras de Korta se estaban confirmando. Mitarra era un redomado traidor. Patxo hizo otra pregunta al agente Ríos. — Buen hombre, amadísimo enemigo, ¿en dónde está ahora Mitarra? — Mitarra estará en Urantia —, contestó con solemnidad el señor de la abducción de Umbe. — ¿En Urantia, en dónde está eso? Benedicto aceptó, sin preguntarse el porqué, que el de Urga no supiese en dónde estaba Urantia, acaso porque era un parraplas de cuidado, y con tal de hablar le daba todo igual. — Urantia está en el confín de la galaxia opuesto al vuestro. Se sitúa en el otro extremo, para equilibrar la influencia de vuestras equivocadas radiaciones. Se encuentra a muchos años luz de vuestra zona. Algún día, la luz de Urantia iluminará la oscuridad de Urga. Es todo lo que os puedo decir. No dispongo de más datos. Ahora dejadme que os cante el glorioso himno estelar de Urantia, el cual está cósmicamente diseñado para producir el equilibrio necesario allá donde se posa la impóluta luz de Urantia. “Los de Urga, los de Urga no van a poder conmigo, porque me siento, porque …..”. Patxo se cagó en Dios. Había vuelto a escabullirse en la pregunta clave. La rigurosa preparación técnica y mental de los agentes del CESID era superior a lo que había imaginado. Hacía falta inyectarle más suero de la verdad. Le metió dos raciones más. Fue demasiado para Benedicto y entró en un estado parecido al del coma etílico, cuando además de alcohol, va acompañado de alucinógenos, de opiáceos, y de la lectura de las obras completas de Mao. Durante casi 24 horas, el prisionero planetario y agente secreto eficazmente preparado, no volvió a abrir la boca. Patxo se quedó a medias y no pudo obtener lo más sustancioso de una información tan vital. Patxo estaba cansado, cabreado y un poco frustrado. No sabía qué se podía hacer. La solución se la planteó Iñaki delicadamente. — Querido jefe, si no te parece mal, podíamos bajar a la cocina a comer la porrusalda y las morcillas. Patxo aceptó y se fueron para abajo, dejando a Benedicto atado al poste, con la cabeza inclinada y apoyada en el pecho. Patxo “mucho pecho” apenas tenía apetito, pero, en cambio, Iñaki hizo honor al menú. — Estimado y amadísimo jefe, ¿puedo dar mi opinión sobre lo que ha pasado arriba? Patxo le dijo que se dejase de mariconadas y que podía hablar. — La organización es muy democrática y aquí podemos hablar todos; claro, siempre y cuando que no se vaya en contra de ella, o se digan tonterías. Aquí pasa como en todos los partidos políticos. Iñaki se animó. — Para mí que el pirao de arriba está más revirao que un bacalao remojao en la ría de Bilbao. Yo creo que sufre de alucinaciones paranoicas con delirios de grandeza y de persecución, producidos por una esquizofrenia de tipo afectivo que le distorsiona la mente y le hace confundir la realidad con la imaginación. A mí me parece que habría que hostiarlo. Patxo le miró sorprendido y le preguntó que cómo coño sabía hablar así. — Es que lo he leído esta mañana en tu horóscopo, en el Egin, y me ha gustado lo que decía de ti y la he “apuntao”. Patxo le contestó que de paranoico nada. — Ni yo, ni el del poste, somos unos paranoicos. El de arriba es un agente de puta madre que nos va a costar Dios y ayuda el conseguir que nos diga en dónde está Mitarra. En lo que sí tienes razón, es que habrá que hostiarlo. Patxo dio por zanjado el tema de la salud mental del interrogado y del interrogador, y se dedicó a mirar el telediario de una de las cadenas televisivas. Al poco rato, se levantó de la mesa y se fue para arriba, dejando a Iñaki acabando con la última morcilla. Entró en el dormitorio con una toalla empapada de agua para intentar reanimar al agente español. Mientras le mojaba la cara, pensaba qué sería eso de Urantia. ¿Alguna nueva sección de seguridad de la txakurrada? Había pasado una mala noche y la tensión del interrogatorio y las paridas de Iñaki le tenían muy fatigado. No supo encontrar una explicación a lo de Urantia. Estaba a punto de dejar el asunto, cuando de repente se acordó de la habilidad de Juantxo para descifrar la clave de Intxaurrondo, allá en Tardets. Comenzó a pensar en Urantia como si fuese una palabra euskaldun. “Ur-antia”. Igual el agente secreto no estaba familiarizado con el euskera, y lo que realmente quería decir era “ur-andia”. Agua grande o la gran agua. Patxo recordó que también había dicho el interrogado que Urantia era la más grande y la más caudalosa corriente. ¿Corriente de agua? Así que Urantia podía ser un río ancho y caudaloso. Las imágenes del telediario del mediodía, contempladas con desgana mientras picoteaba la porrusalda, vinieron en su ayuda como chispazo iluminador. El comentarista explicaba que el próximo lunes, día de la Hermandad, se iba a reunir en Zaragoza todo el elenco estamental del Estado Español. Las imágenes que acompañaban las palabras, mostraban la catedral del Pilar, con su gran cúpula recortada sobre la orilla del ancho y caudaloso río Ebro. Todo el puzle se le ordenó. Urantia, agua grande, era el nombre en clave del departamento de los servicios secretos españoles encargado de llevar el asunto con Mitarra; y Urga, Urgabe, sin agua, era la clave despectiva, y acaso premonitoria, para referirse a “su” erakunde. Y, además, prosiguió Patxo a su aire, los txakurras habían elegido lo de Urantia porque en Zaragoza, a orillas de la gran agua del Ebro, se certificaría el traidor pacto de Mitarra con España. En resumen: Mitarra se había ido a Zaragoza para negociar con algún gerifalte. ¡Qué mejor escenario que ése! En ese momento, Iñaki, alegre y satisfecho, con su ya no tan incipiente barriguita perfilando una acusada curva de la felicidad en la camisa, entró en la habitación con un palillo en la boca y las manos metidas en los bolsillos del pantalón a la altura de los huevos. Patxo le explicó su descubrimiento. Iñaki soltó una de las suyas. —Joder, Mitarra es tan chulo que seguro que va a negociar con el mismísimo Rey. Y ¿por qué a nosotros nos llaman los sin agua? ¡No te jode! El responsable del comando mostró su conformidad a la hipótesis de Iñaki, asintiendo con la cabeza, apretando los labios y frunciendo el entrecejo. Estaba cada vez más convencido de que había dado en el clavo. De todas formas, sería conveniente contrastarlo con el inconsciente agente del selecto departamento de Urantia creado por el CESID para combatirles implacáblemente. Intentó reanimarlo de nuevo y comprobó que, por lo menos por ahora, era imposible. Pensó que igual se había pasado con el tratamiento de persuasión química. No había más remedio que aplazar la segunda parte del interrogatorio para más adelante. Decidió que lo mejor sería salir a dar una vuelta por los alrededores del caserío para despejar la cabeza, y de paso, desde algún bar que encontrase, llamar a Korta para informarle de todas sus andanzas. Bueno, pensó, todo, todo, no le contaría, pero sí lo más sustancial. Desde que salieron de París, hacía ya casi una semana, no se había puesto en contacto con su jefe. Le comentó a Iñaki lo que pensaba hacer, soltaron del poste del martirio a Benedicto, y lo metieron en la cama. Tuvieron la precaución de amarrarlo al lecho con una cuerda que subió Iñaki. Al salir, Patxo le dijo a Iñaki que estaría de vuelta para dentro de una hora. Patxo se fue paseando hasta un barrio que se encontraba a algo más de 1 km. de la casa. Encontró un bar, pidió un café y un pacharán, y cogió el teléfono. El sistema establecido para contactar telefónicamente con Korta, consistía en que primero debía llamar al número de teléfono de una supuesta empresa de import – exporta, la cual servía de tapadera para las actividades un tanto irregulares de Korta. Casi siempre era Korta el que estaba de guardia. Patxo marcó el número de París y al poco tiempo oyó la voz de Korta parlando en francés un “aló monsieur”. Patxo le dijo, también en francés, que quería hablar con “monsieur L’Étable”. Korta le respondió que “monsieur L’Étable” no se encontraba en ese momento y que llamase al día siguiente si a vos os place. Patxo colgó el auricular. Ahora debía de esperar unos 10 minutos para volver a llamar, pero esta vez la llamada se hacía a un teléfono público de un restaurante que se encontraba en las inmediaciones de la empresa tapadera de Korta. Transcurridos los 10 minutos, Patxo volvió a coger el teléfono, y la voz de Korta, esta vez en euskera, apareció de nuevo a través del auricular. — Joder, mamón, ya era hora. ¿En dónde estáis? Me llamó hace dos días el gran capo y no le pude decir nada de lo vuestro. Os voy a cortar las pelotas. ¿Le habéis encontrado? Patxo le dio el parte de guerra de los últimos 7 días, omitiendo algún que otro desconcertante incidente. Terminó su informe telefónico con el descubrimiento que había hecho esa misma tarde. — Pero estate tranquilo, joder, al final hemos obtenido una buena pista. Nos ha costado la hostia hacer hablar al contacto de Mita, pero le hemos apretado bien las tuercas, y un poco antes de desmayarse nos ha dado a entender que Mita está en Zaragoza. El próximo lunes se reúne allí toda la gerifaltada, y parece ser que ha ido allí para negociar sus cosas. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos para Zaragoza? Korta analizó la información recibida. Estaba al tanto de la “Operación Infierno” de Retama, y supuso que no era descabellado que Mitarra estuviese en Zaragoza. Pensó que Mita se había enterado de que el golpe era para el próximo lunes, y que se había ido a Zaragoza a intentar evitarlo. Terminó su reflexión con una evidente conclusión. “Este hijo puta es más cabrón de lo que pensaba”. Una vez analizada la situación con la debida soltura dialéctica, le dio a su subordinado una única instrucción. — Escucha Patxo, apretarle un poco más las tuercas al poli ese, y llámame cuando hayas confirmado lo de Mita. El gran capo me tiene que llamar mañana o pasado mañana, y para entonces quiero decirle algo definitivo. ¿Entendido? Geroarte. — ¡Ah! Korta, por poco se me olvida lo mejor. También me he enterado que en España han creado una unidad especial para combatirnos a muerte y dejarnos sin agua. Entre ellos la llaman Urantia. Ya sabes, gran agua, urandi. Y a que no sabes cómo estos hijo putas llaman a la organización? La llaman Urgabe, sin agua la llaman los muy cabrones. ¡Sin agua y oscuros! La comunicación se cortó y Patxo pidió la cuenta. El café y el pacharán le costaron algo menos de 500 pts., pero las dos conferencias le salieron por más de mil duros. Tuvo que decir al dueño del local que tenía una hija en Londres, y que cada vez que la llamaba, se dejaba media paga en ello. Se despidió y volvió al caserío de Virtudes y Adela. Entró en la casa y subió para el dormitorio con el firme propósito de confirmar cuanto antes si su teoría era cierta. Tenía que despertar al agente como sea. Sin embargo, el panorama con el que se encontró, le puso los pelos de punta. Iñaki roncaba a pierna suelta sobre la cama de Patxo, y el señor Ríos, que para Patxo era un experimentado agente del CESID, estaba realizando una danza cósmica alrededor de la cama en donde dormía Iñaki. Aquí también, Patxo tuvo su particular visión. Le pareció que el super agente estaba a punto de descargarle un golpe con la mano, a la manera de un consumado maestro en artes marciales. En ese momento oyó que un coche aparcaba delante de la casa. Pensó que Juantxo había llegado antes de lo estipulado. Agarró el orinal de loza que se encontraba a los pies de la cama, y lo estampó en la cabeza de Benedicto. Éste cayó como un tronco sobre Iñaki. El bello roncador se despertó sobresaltado, y pensando que era atacado por el prisionero, le agarró por el cuello y lo tiró entre las dos camas al suelo. Patxo le tranquilizó, diciéndole que menos mal que había llegado en el momento oportuno. — Te iba a dar un golpe mortal con el canto de la mano. ¿Cómo hostias se ha soltado de la cama? ¡Vaya preparación tienen estos cabrones! Iñaki iba a decir algo cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Juantxo entró muy contento, con la clásica sonrisa de oreja a oreja. — Muchachos, he tenido una idea perfecta para aprovisionarnos de fondos. ¿No andaremos muy sobrados de dinero? —. Miró a Patxo como para esperar su confirmación, pero continuó exponiendo el plan que había forjado para fortalecer las débiles arcas del sofistificado comando itinerante. — He conocido una pescadería que está al lado del portal en donde viven los amigos de Virtudes y Adela, que según me han asegurado las dos viejas, se la conoce en Bilbao con el nombre de “Joyerías Vascas” por los productos y por los precios que tiene. Fijaros cómo será la cosa, que tiene pegadas varias tarjetas visa en el escaparate. Como en las joyerías para la oligarquía, las de verdad. Patxo, medio a punto de un ataque de nervios, le iba a contestar que se dejase de decir chorradas, cuando Iñaki, una vez más, se le adelantó. — Pero qué quieres levantar? ¿Algún besugo, un kilo de angulas o qué? Tú estás más revirao y paranoico que éste —, y señaló al tumbado entre las dos camas, pero miró a Patxo. El responsable del talde operativo de la organización se dio cuenta de que estaba en un tris de sufrir algún trastorno, que no supo definir exactamente si era de orden fisiológico o de orden mental. Patxo se sentó en la cama y empezó a respirar profundamente para calmar su delicado sistema nervioso. Pensó que se estaba haciendo viejo para este trabajo. Iñaki y Juantxo seguían con su intercambio dialéctico. — Animal, no hablo de robar pescados, joder, sino de quedarnos con la caja. Después llamamos a una radio y reivindicamos que el robo lo han hecho la Agrupación Militar de las Células Ecológicas en Defensa de la Fauna Marina, por ejemplo. — ¿Fauna Marina? Tú si que eres una fauna marina repleta de besugos y merluzos. ¿Qué coño quieres hacer? ¿Llevarte una caja de percebes? Patxo se derrumbó sobre la cama y lanzó un prolongado suspiro. Casi entre sollozos y sin mucho ánimo, con un tono de voz más frágil que la sonrisa de la Gioconda, les dijo que por favor le dejasen solo. — Colocar al txakurra en la cama, atarlo bien para que no se vuelva a soltar, y decirles a las dos de abajo que estaré descansando hasta la hora de la cena. No quiero que nadie me moleste. ¿Entendido? Iñaki y Juantxo realizaron con prontitud las instrucciones recibidas de su deprimido responsable, y se fueron del dormitorio. Juantxo le preguntó a Iñaki, mientras bajaban por las escaleras, que qué era lo que le pasaba al jefe. Iñaki le contestó que tenía una esquizofrenia afectiva que le estaba haciendo polvo. — ¡Ya se lo decía hoy su horóscopo! —, dijo con un cierto conocimiento de causa. Patxo no sabía en qué pensar para calmar su inquietud, su desasosiego y también su mala leche. Korta se había enfadado mucho; encima no había dado importancia a lo de la sección especial de los txakurras; además tenía que confirmar su teoría y el super agente estaba medio muerto del orinalazo que le había propinado; mañana o pasado mañana, el super jefe Retama iba a llamar a su jefe, y era fundamental obtener la confirmación definitiva del prisionero; y para colmo, Iñaki y Juantxo le sacaban de quicio. Estaba hasta los huevos de todo. Pero Patxo no conocía la técnica yoga para estos casos de caos mental, emotivo y físico, y tuvo que pasar el amargo cáliz a puro huevo. Se enroscó en posición fetal y deseó poder quedarse dormido. Estaba pasando un auténtico miércoles de ceniza. No podía dormirse y volvió a desear poder dormir. Pero no sabía a quién pedirlo, ni cómo pedirlo. La angustia se fue adueñando de todo su ser, y la depresión alcanzó sus más altas cotas de expresión, haciéndole llorar desconsoladamente y haciéndole pensar que tenía menos suerte en esta vida que la de una merluza en el momento de caer presa en la red, para ser vendida en la pescadería de las “Joyerías Vascas” esas de las pelotas. La naturaleza vino en su ayuda y le impregnó, a través del sistema nervioso, del suficiente cansancio como para, por fin, quedarse dormido. Los sueños, tampoco fueron muy placenteros, pero por lo menos, los sueños eran sólo sueños. Una voz que le recordaba lo desagradable que puede llegar a ser la vida, le despertó a las dos horas de haberse dormido. — Amadísimo jefe, ya está la cena y me han dicho que te pregunte si vas a bajar a cenar, o si prefieres que te la suba yo. También me han dicho que te diga que tu enfermedad se cura comiendo mucho y tomando después el agua de cocer unas espinas de bacalao. No les he dicho nada de tu esquizofrenia afectiva. Patxo se percató de que la dura realidad volvía a emerger, y le dijo a Iñaki que iba a bajar a cenar. Necesitaba ver otras caras y sobre todo no quería ni imaginar la perspectiva de ser servido en la cama por el incombustible Iñaki. Se levantó y bajó para la cocina, más que nada por evadirse de la pesadilla de la realidad. Esta vez, el menú consistía en una gran fuente llena de guisantes y en un par de hermosas cazuelas de bacalao al pil-pil. Virtudes le sirvió una especial, abundante y terapéutica ración de cada cosa, que obligó a Patxo a comérselo todo para evitar la posibilidad de ser tratado con el agua de la cocción de las espinas del bacalao. Pero por si acaso, por si pese a comer mucho, aún le querían suministrar la pócima de espinas, recogió todos los esqueletos del bacalao, y los arrojó a la basura con premeditación y alevosía. Iñaki captó la jugada de Patxo, y en plan vengativo le comunicó que había más espinas en la nevera. Mientras tanto, Juantxo no había olvidado su plan de atracar a una pescadería, y volvió a la carga. — Virtudes, dile a éstos cómo es esa pescadería de la calle Astarloa. Juantxo quería ayudar a su jefe en los problemas económicos que pudiese tener. Pero no sabía que la respuesta de Virtudes le iba a agravar su depresión. Virtudes hizo un gesto como si la pescadería fuese algo indescriptible, pero a continuación se explayó en el tema, mostrando variadas y curiosas derivaciones. — Bueno, bueno, eso es una auténtica maravilla. Cuando era joven Adela, iba casi todos los días a comprar a esa pescadería. Allí o por allí conoció a nuestros amigos. En aquella época, estuvo sirviendo en una casa de un médico muy famoso de Bilbao, y ella era la encargada de hacer las compras. Era una buena clienta de la pescadería. Después, cuando el médico y su mujer murieron en un accidente de avión por América, su único hijo que era un bala, se quedó con la casa, que al estar en la Plaza del Sagrado Corazón, valía un Potosí; y el golfo del hijo se gastó todo el dinero en menos de dos años. Fijaros cómo era, que muchas noches, cuando se estaba reponiendo de alguna juerga del día anterior con champán y mujeres de mala vida, le apetecía tomar un caldito de langosta. La cocinera le cocía la langosta y él sólo se tomaba la sopita. ¡La de langostas que habrán cenado ésta y la cocinera! ¡La de langostas que habrá pagado el señorito a esa pescadería! Es que el señorito era más chulo que un ocho rebozado a la bilbaina. Fijaros cómo era, que cuando alguien le preguntaba si era de Bilbao, el señorito les contestaba diciendo que Bilbao era de él, y no al revés. También, cuando un amigo le llamaba la atención por lo golfo que era, él solía decir al que le reñía que a ver cómo era capaz de decirle algo a él, a él que tenía tanta elegancia y prestancia, y a continuación se comparaba, con mucha gracia, con el que le había llamado la atención: “Pero parece mentira que tú me digas algo, y eso que eres pequeñito y medio calvo, si llegas a tener mi elegancia y mi figura, no sé qué me dirías”. Adela, muchas veces le oyó decirse delante de un espejo, que era el más guapo, el más listo, el más rico y el más elegante de Bilbao. Solía preguntar al espejo, después de haberse dicho lo perfecto que era, que ya que tenía de todo, ¿qué era lo que le podía faltar? Yo le hubiera dicho que lo que le faltaba era un poco de sentido común. Le faltaba juisio, juisio. Después, el señorito se arruinó y comenzaron las apreturas. Una vez un amigo, que estaba ya hasta la coronilla del señorito, le dijo en casa, delante de Adela, que “ojalá te mueras antes de llegar a la edad que aparentas ahora”. Fijaros qué maldición. Pues se vé que le afectó mucho, porque dejó de beber, dejó las mujeres y poco después malvendió la casa, pagó las deudas y se fue a conocer mundo. Estuvo casi 20 años por ahí y una vez lo encontramos por Bilbao. Le dijo a Adela que había estado en muchos países, que había cambiado mucho, que ahora se dedicaba a ayudar a la gente, y que vivía de alquilado en la Alameda de Rekalde. Estaba muy bien y más guapo que antes. Nos dio una tarjeta suya. Adela, ¿tienes por ahí la tarjeta que te dio el señorito Benjamin Ríos? Patxo se atragantó con la manzanilla que estaba tomando para digerir mejor todo lo que había tenido que cenar. No entendía cómo podían conocer al agente medio muerto de arriba. Todo se volvía a complicar inexplicablemente. Además, habían estado dos días para localizarlo, y las dos hermanas tenían hasta una tarjeta con la dirección del piso franco del CESID. Pero una duda le embargó el ánimo. Virtudes había dicho que vivía de alquilado. ¿Los alquilados tienen a su nombre el teléfono? Y si el de arriba no era Benjamin Ríos? Había que salir de dudas y debía de mostrar el prisionero a sus dos viejas conocidas. Pero, ¿cómo lo haría? ¿Qué historia podía inventarse ahora? Estaba seco y espeso. Iñaki, que en el fondo lo que quería era confirmar su teoría de que el de arriba era un pirao de mucho “cuidao”, le dijo a Patxo, mientras le guiñaba un ojo, que era una “casualidad muy causal” que las dos hermanas conociesen al capo de la organización que había llegado al mediodía y que estaba en cama por haberse contagiado de la enfermedad de Patxo. El responsable del comando tardó un rato en entender la cobertura que le brindaba Iñaki. Pero al final la agarró al vuelo y se aprovechó de la ocurrencia de Iñaki. Patxo dijo que el capo de arriba se había contagiado de su enfermedad, y que también se llamaba Benjamin Ríos, y que por lo tanto, cabía la posibilidad de que fuese el señorito Benjamin de la sopita de langosta. — Está bastante enfermo y me gustaría que lo vieseis. No os hemos dicho nada para no daros más preocupaciones. Virtudes y Adela no sabían nada de la visita de un responsable de la organización, y muchísimo menos que el señorito Benjamin fuese un cuadro tan importante de la infraestructura de ETA. Se fueron todos para arriba y los malos presagios de Patxo se confirmaron dramáticamente. Adela dijo que ni por el forro se parecía el hombre de la cama a su señorito. Patxo se volvió a sentar en su cama y Virtudes bajó a la cocina. La depresión le volvió a morder con ferocidad. ¿A quién había interrogado pues? Y lo de Zaragoza, su única pista, ¿era también falsa? ¿Y por qué había tantos Benjamin Ríos en Rekalde? Y lo de Urantia y Urga y los servicios especiales? Estaba como al principio, pero totalmente desquiciado. Virtudes subió un plato de guisantes y con mucha paciencia, comenzó a alimentar al magullado, física y mentalmente, agente del CESID, capo destacado de la organización, y Mesías y mártir galáctico de las perversas maquinaciones de la tenebrosa Urga. Benedicto Ríos volvió lo justo en sí, como para ver con espanto cómo una oscura arpía le introducía en la boca unos diminutos electrones de color verde pálido, mucho más mortíferos y dolorosos que los átomos esferoidales de dudoso color que le habían intentado endilgar la noche anterior. ¿O era esa misma noche? Pensó que el martirio continuaba, entonó las primeras palabras de su cántico mántrico, y volvió a sumirse en la inconsciencia. Patxo bajó a la cocina para darle fuerte a la botella de coñac. Le siguió toda la tropa, a excepción del quién sabe quién era el pirao que estaba hecho polvo y atado a una cama de arriba. Patxo se sirvió un par de vasos de un coñac peleón, que no de “Napoleón”, y pidió la tarjeta del señorito. Adela se la entregó. En efecto, ahí estaba el auténtico Benjamin Ríos. La tarjeta decía: “Monitor de la técnica de Kriya Yoga. Benjamin Ríos. Profesor doctorado en sicosomatismo consciente para el desarrollo físico, emocional y mental. Alameda de Rekalde, número tal, piso tal”. Acababa el texto de la tarjeta con una cita: “Que el sosiego se instale en vuestros corazones”. Patxo se sirvió un tercer vaso de coñac, y Virtudes puso delante de Iñaki y Juantxo dos enormes tazones de chocolate humeante. El responsable del comando itinerante pensó que a él también le hacía falta un poco de sosiego en su corazón, y miró a sus compañeros, como pidiendo ayuda. Sin embargo, Iñaki, en ese delicado instante, sólo se dedicaba a lamer con fruición los pegajosos restos de su tazón. Patxo se abatió aún más, y se fue para su dormitorio, y en el momento de salir de la cocina, oyó cómo Virtudes preguntaba a sus chicos si querían más chocolate. —¿Queréis más chocolate? Juantxo, aprovechando que Iñaki seguía lamiendo el tazón, intentaba convencerle de la viabilidad operativa del atraco a la pescadería; eso sí, siempre y cuando después fuese reivindicado por alguna célula ecológica, marina y combativa. Patxo se dijo a sí mismo que no quería más chocolate. Pero no sabía a quién hacer semejante petición. Estaba atado a la rueda de donde sólo se puede salir utilizando el sentido común y la honestidad, salpimentadas de una buena dosis de autocrítica.
Capítulo 50. EL DIOS ORO Pedro Iturriotz, o Pello Mitarra, o Kepa Petankas, había pasado un miércoles mucho más sosegado y placentero que el de Patxo. Estuvo todo el día practicando los ejercicios de yoga. Al mediodía paró durante 10 minutos para tomar el sirope, y a continuación volvió a su dormitorio para continuar con más de lo mismo. Toda la tarde la pasó a solas y al anochecer se fue a la cocina para cenar el líquido mágico. Benjamin se estaba preparando una cazuelita de habas finas con un poco de jamón. El rostro y la mirada de Pello eran la mejor muestra de las excelencias de la práctica del ayuno y del yoga. El semblante del rostro era el límpido reflejo de un estado de ánimo relajado y sereno, que, además, se combinaba con la belleza natural que se irradia cuando hay buen humor y mucha vitalidad. La mirada era brillante y limpia, y denotaba una perfecta calma interior. La piel del cutis estaba fresca y tersa. Resplandecía de salud y de alegría. Parecía que había rejuvenecido media docena de años en los últimos tres días. — Son una gozada y si, además, me dejan tan bien, es el mejor invento del mundo. Benjamin le respondió. — Eso es el dios Oro del tercer chakra que no se resigna tan fácilmente a perder su hegemonía. Tu alma inmortal ha ocupado, durante muchas vidas, unos soportes físicos y mentales que han estado subordinados al aspecto emotivo de la personalidad, es decir, han estado bajo la influencia del chakra del estómago. Ya sabes que el objetivo por ahora, de todo esto, es alcanzar la sabiduría que se encuentra en el sexto chakra, el del entrecejo. Para ello, como ya sabes, es necesario que antes se unan en un todo armónico las dos mentes, la consciente y la subconsciente, produciéndose de esta forma la completa apertura del quinto chakra, el de la garganta, que es la única vía hacia el sexto chakra. La unión de estas dos mentes se realiza a través del aspecto amor o sensibilidad del dios Romanticismo ubicado en el cuarto chakra, el del corazón. “ Pero para que el chakra del corazón funcione como tiene que funcionar, antes es preciso poner en su sitio al tercer chakra del glotón dios Oro, el del estómago. Poner en su sitio al dios Oro, con sus ambiciones, su gula, sus emociones, sus pasiones y su agresividad egoísta e ignorante, es la tarea más complicada que hay en el desarrollo de la autorrealización personal del ser. Las pasiones del dios Oro se semejan a un mar. Cuando las personas están bajo la influencia de las emociones, es decir, de la ira, de la envidia, de los celos, del egoísmo, de los fanatismos, de los patriotismos y demás ismos, se parecen a un mar embravecido por grandes olas. La superficie está agitada por el oleaje, el color del agua se vuelve oscuro y todo el conjunto se desplaza a gran violencia para golpear los acantilados de la costa, o para tragarse todo lo que encuentre a su paso. Es la viva imagen del poder destructivo de la naturaleza. Es la imagen del desasosiego, de la inquietud, de la falta de autocontrol y de la violencia”. “ En cambio, un mar en calma es la viva imagen de la tranquilidad y del autocontrol. Muchas personas creen que el autocontrol supone poner diques a las olas. Están equivocados. El autocontrol no es reprimir los enfados o aparentar tranquilidad cuando no la hay. No es poner muros al mar, porque tarde o temprano serán demolidos por la fuerza de las emociones líquidas. El autocontrol supone que se ha conseguido que el estómago se encuentre siempre como un lago en calma. Si se es capaz de dirigir las emociones, que, insisto, no es el reprimirlas, el estado emotivo y pasional de las personas se transforma en una límpida y serena superficie de agua”. “Esa sensación agradable de armoniosa belleza, permite que el chakra del corazón, el del amor y la sensibilidad, funcione sin la interferencia de las tripas. Pero para eso, como antes te he dicho, es necesario obtener primero el autocontrol emotivo”. Pello sonrió a Benjamin y éste le contestó con otra sonrisa. Las dos sonrisas se iban pareciendo cada vez más. El alumno de Goizueta reflexionó sobre las palabras de su maestro y amigo de Bilbao. Era cierto que el descontrol emotivo propiciaba situaciones muy embarazosas y muchas veces hasta de nefastas consecuencias. Había visto en su vida muchos casos de apasionada irracionalidad que derivaban en imprevisibles consecuencias de nula utilidad. El otro maestro que tuvo en su otra iniciación, la de la lucha armada, fue un ejemplo de serenidad, moderación y autocontrol. De él aprendió muchos trucos que le sirvieron para poder desarrollar con efectividad su peligrosa y aventurera actividad, pero el más determinante fue el referido a que nunca había que perder los nervios ni la tranquilidad. En parte, la calma que casi siempre mostró Pello en cualquier situación, fue su más seguro pasaporte para salir bien librado de cualquier problema, sea cual fuese su solución. Y eso se lo debía al inolvidable Argala, al que le oyó decir muchas veces que para ganar el partido y el balón, era preciso tener el control de la situación, porque sin él, esta puta vida nada da ni nada regala. Pello constató que la única emoción que le había incordiado un poco, era la mala hostia, pero creía que era debido a su trabajo y a la inevitable tensión. Además, pensaba que un militar sin mala hostia era como un lobo con sentimientos de cordero. Pero de todas formas, había constatado también que en las pocas veces que le había vencido la ira, no había sido muy eficaz, y encima, después no se solía encontrar muy a gusto consigo mismo. Así que Benjamin tenía razón cuando decía que para alcanzar la sabiduría a través del desarrollo de la razón, de la imaginación y del amor, era preciso antes obtener el autocontrol emotivo. Eso fue lo que le salvó en Managua. — Antes te he dicho que el cuerpo emocional es como un mar, más o menos agitado por las olas. Las olas del mar son producidas casi siempre por el viento. Así como el agua es el símbolo de las emociones, el aire es el de los pensamientos. Los cuatro elementos fundamentales de la naturaleza, que proclamaban los antiguos sabios, eran, en primer lugar, la tierra, es decir el cuerpo físico que corresponde a los impulsos del primer y segundo chakra. El cuerpo físico está bajo la regencia del dios Kaka y del dios Perel. El segundo elemento es el agua, que como antes te he dicho, corresponde al cuerpo emocional regido por el dios Oro del tercer chakra. El tercer elemento es el aire, que es el del cuerpo mental del quinto chakra del dios Razón. Entre el agua y el aire, está el vapor producido por el calor del fuego del Sol que se propaga a través del aire. El vapor es el símbolo del amor y de la sensibilidad del cuarto chakra del dios Romanticismo, el del corazón. Y el cuarto elemento fundamental es el fuego, o el Sol, es decir la energía vital que hace que la vida exista. El fuego o el Sol, es el símbolo de la Sabiduría del sexto chakra. Al alcanzar el Sol de la sabiduría, es cuando comienza el advenimiento del dios Poder del séptimo chakra. El de la coronilla. El del asiento del alma. Pero para alcanzar el poder, insisto, es preciso antes obtener la sabiduría. Y para obtener la sabiduría, es preciso antes obtener el autocontrol emotivo de las pasiones y de la sensiblería, es decir, del inquietante oleaje de las aguas de los mares, y del triste espectáculo de las aguas estancadas. Pello estaba siempre de acuerdo con las conclusiones de Benjamin, aunque muchas veces se perdiese en el desarrollo de sus ideas. Una creencia que casi siempre había tenido, le impedía comprender del todo el punto de vista expresado por Benjamin. Benjamin esperó a que Pello formulase la inevitable y lógica pregunta que su mente le había dictado. — ¿Es posible modificar el carácter emotivo y pasional de las personas? “ Me dirás que es obvio, que es evidente, y tienes razón. Es evidente, pero casi nadie se preocupa de cómo aprender a saber apartar las ideas “simiente” que provocan nuestras alteraciones emotivas. Y como todo en la vida, el proceso de liberarnos de la tiranía de nuestras emociones, es una interacción de varios aspectos. En primer lugar es preciso tener una alimentación que contenga muy poca carne, muy poco dulce y muy poco café. En segundo lugar, es preciso también ser absolutamente moderado en el consumo del alcohol. En tercer lugar, es muy importante tener una buena salud, la cual se obtiene por medio de una alimentación sana y por mucho ejercicio al aire libre. Después, el carácter deportivo que confiere una vida sana, te hace comprender que la vida es como un juego, que unas veces se gana y otras se pierde. Y no pasa nada. ¿Te imaginas a los jugadores del Real Madrid o del Barcelona que cada vez que pierden un partido importante, se agarren una depresión de caballo, o que se suicide media plantilla? Sería absurdo”. “Pero nosotros, en nuestra vida cotidiana, nos empeñamos en dramatizar las cosas. Y lo hacemos de forma gratuita sin obtener ningún beneficio a cambio. Si por organizar una tragedia, o si por enfadarnos mucho, o si por estar muy tristes, pudiésemos transformar la realidad y hacer desaparecer el motivo que nos causa sufrimiento, sería legítimo e inteligente el regodearnos en las sensaciones emotivas, que no sentimientos, aunque tengamos que pasar un mal rato. Pero no es así. Por mucho que lloremos o gritemos, por mucho que perdamos el autocontrol, no conseguimos que vuelva el ser querido que nos ha dejado, o que la vida sea más agradable con nosotros. Al revés. Lo único que se consigue es enfermar físicamente y entorpecer la mente para, de esa forma, dificultar aún más la posible solución al problema”. “Por eso, el tener un espíritu deportivo, que te hace no dramatizar los reveses de la vida, también te permite tener una mejor visión y por consiguiente, te permite ser más eficaz a la hora de enfrentarte a los problemas. Uno de los dichos de uno de los pueblos más emotivos de Europa, es aquél que dice que las emociones son unas malas compañeras. Para lograr la solución a cualquier problema, se debe de analizar desapasionadamente el tema, y si se puede arreglar, se arregla. Pero si después de analizarlo, se ve que no se puede arreglar, se olvida el tema, o te marchas a otra parte, lejos de la influencia nociva del problema. Así de sencillo, pero también así de complicado, porque con sólo saber lo anterior, no es suficiente. Además de comer poca carne, beber poco alcohol, tener buena salud y un carácter deportivo, es necesario saber calmar la mente, que es la que produce el oleaje emocional del estómago”. “ Eso es el autocontrol. No es el intentar reprimir las emociones, es el hacerlas desaparecer de forma natural y científica, lo cual es empíricamente demostrable, siempre y cuando se den todos los pasos del proceso de liquidación del vanidoso, materialista y apegado ego del dios Oro. Este es un punto muy delicado, que muchas personas no lo entienden o no lo quieren entender. Hay muchos y muchas que creen que si se desprenden de sus emociones, de sus deseos, de su ego, van a perder la personalidad. No se pierde la personalidad, al limpiarla de las enfermedades emocionales producidas por el dios Oro”. “ Tampoco se pierden los sentimientos, porque éstos son producto del corazón y no del estómago. Del estómago son las emociones egoístas y el sensibilismo acomplejado y depresivo. Así como las emociones no son sentimientos, éstos, tampoco tienen nada que ver con la timorata sensiblería. El auténtico sentimiento es generoso, valiente y desapegado. Las emociones son egoístas, ignorantes, violentas y posesivas. Ahí está la clave. Una vez más consiste en separar el grano de la paja. En separar lo auténtico de lo falso. En transmutar la porquería en oro, a la manera de los auténticos alquimistas, pero no en el oro del dios Oro, sino en el oro de los rayos del sol del dios Sabiduría”. “Todo consiste en clarificar y aligerar las densas emociones, para que los sentimientos y la sabiduría puedan brillar con luz propia, sin ningún tipo de erróneas interferencias egoístas y pasionales. De esa forma, el sentimiento puro y desinteresado, es decir, el auténtico amor, hará la función de puente para unir el racionalismo lógico con la imaginación intuitiva. El resultado de unir la voluntariosa lógica racionalista, la intelectual imaginación intuitiva, y el amoroso sentimiento desinteresado, es lo que ya sabes. Es la sabiduría, que cuando se obtiene, se está en disposición de alcanzar el último objetivo. Este objetivo es la manifestación del dios Poder del séptimo chakra en donde la personalidad integrada del sexto chakra se fusiona con su alma. Pero el Poder del 7 sólo es posible si se obtiene antes la Sabiduría del 6. La naturaleza, o Dios, es más inteligente de lo que creemos. No da corona a los que no tienen cabeza, corazón y huevos”. “ En lo único en que no se ponen de acuerdo los científicos de la disciplina del autodesarrollo del ser, es en que no está muy claro si para acceder al poder, es preciso antes inmolarse físicamente por una causa noble o justa. Unos dicen que es necesario el sacrificio iniciador, y otros dicen que no es necesario pasar por ese trance. Pero da igual. Si realmente dominas el tema, no te importa pasar por un examen. Aquí todo se debe de hacer sin trampa ni cartón. Sólo se hace con huevos, corazón y muchísima cabeza. Y por supuesto, sin un ápice de pasión subjetivizadora. El proceso debe de ser absolutamente objetivo, a la vez de creativo. Primero se lo imagina uno, después se racionaliza lo imaginado, luego se desea su obtención, y por último se pone toda la carne en el asador para lograr conseguir el fin que te hayas propuesto. Pero insisto, sin trampa ni cartón. Sin ningún rescoldo encendido del antiguo, poderoso y efímero dios Oro”. Pello asintió con la cabeza y exhaló totalmente el aire de sus pulmones. Era una forma de grabar en su ser todo el contenido que había oído de labios de Benjamin. Sintió o intuyó o le pareció que Benjamin ya le había explicado todo, y que a partir de ese momento tendría que seguir solo el camino hacia la sabiduría y el poder. Sintió, también, una nueva sensación, que no sabía cómo explicarla, pero que le impulsaba a retirarse a su dormitorio. Se despidió de su amigo y se fue a su habitación. No le apetecía hacer los ejercicios de yoga en la silla, y se tumbó en la cama para concentrarse en el entrecejo y la respiración. La sensación desconocida se acrecentó y notó que podía prolongar las inhalaciones y las exhalaciones hasta donde quisiera, y también notó que al inhalar parecía como si se fuese por la cabeza, como que se elevaba, y que al exhalar sentía todo el cuerpo como algo denso y pesado, pero perfectamente agradable. Asimismo notó una vibración por todo el cuerpo, que iba increscendo. Todo era mucho más agradable aún. De repente, vio algo de color negro que le atemorizó, pero lo mandó al carajo con mucha seguridad y, sin embargo, hasta con amabilidad, como si para enfrentarse a un perro doberman sólo fuera posible utilizar la seguridad en uno mismo, la ausencia de miedo y el cariño de la amistad hacia el animal. La cosa negra se fue dócilmente. La sensación de irse por la cabeza se intensificó, vio una especie de tunelillo oscuro y lo cruzó. Un fogonazo de intensa pero placentera luz le iluminó el cerebro, visualizándola a través de los cerrados ojos. Se llenó de vigor, de alegría y de un sentimiento que le inundó los ojos físicos de lágrimas de felicidad. Nunca había sentido así la felicidad. Sin saber por qué, sabía que se sentía mujer y sólo mujer. Después contempló un triángulo de cuya cúspide manaba una sustancia que le recordó a una leche condensada de color verde transparente, la cual le hizo que se sintiera absolutamente etéreo y sin peso. Salió por la coronilla y voló sobre Bilbao. No sabía lo que pasaba y por primera vez en su vida se encomendó a Dios. “Que sea lo que tenga que ser”, se dijo a sí mismo, mientras veía abajo las luces de los faroles de Bilbao. Se desplazó a través de pueblos, montes y campos, y reconoció que estaba sobrevolando las dos inconfundibles peñas de “Dos Hermanas”, a cuyos pies estaba la entrada al Aralar desde Nabarra. Cruzó por entre los dos gigantescos pilares de piedra blanca, como quien atraviesa una puerta, y de repente se encontró en la cumbre del monte La Trinidad de Erga. Allí descendió y mirando hacia el nacimiento de un Sol que aparecía por oriente, oyó la vibrante música del aurresku, interpretada, cómo no, con txistu y tamboril. Comenzó a bailar la danza solar del aurresku, y entonces, el Sol se convirtió en un lauburu que giraba a gran velocidad. De su interior comenzaron a salir unas cosas que a Pello le parecieron que eran unos platillos volantes, los cuales, a continuación, se confundían con las innumerables estrellas de un inexplicable cielo nocturno iluminado por una gran luna. Era de noche y de día. Había sol y luna. Y en el medio estaba él. Supo que estaba bailando para todo el Universo. Se entregó con toda la fuerza de su sentimiento a rendir homenaje a toda la Creación, cuya existencia comenzó a percibirla como un organismo viviente en plena evolución hacia estados inimaginables. También supo que allí era en donde se iba a enterar de lo que tenía que hacer con respecto a Retama. Pero, sin previo aviso, sintió que todo el escenario se difuminaba, sintió que entraba por su cabeza, y sintió que estaba tumbado sobre la cama del dormitorio de la casa de Benjamin. ¿Había sido un sueño, o había sido otra cosa que no sabía cómo definirla? Daba igual, se sentía pletórico de vitalidad y de lucidez y, además, sabía que tenía que ir al Aralar a bailar un aurresku al Sol naciente. Se durmió, esta vez de verdad.
Capítulo 51. LA DEPRESIÓN Patxo se despertó más tarde de lo habitual, y se encontró hecho polvo. La tensión nerviosa del día anterior le había afectado al estómago, y encima, tenía una impresionante resaca producida por los cuatro vasos de coñac que se había tomado la noche anterior para intentar evadirse de sus desgracias laborales. La depresión que dominaba a su enfermo cuerpo y a su preocupada mente, se había fortalecido por la acción de la resaca. No tenía ganas de nada. Sólo le apetecía autocompadecerse, y volvió a regodearse en lo que ya sabía. La visión del panorama le abatió una vez más: Se había comprometido con Korta a que rápidamente iba a confirmarle lo de Zaragoza; pero había estado interrogando a una persona que al final de la jornada resultó que no era el Benjamin Ríos que tenía el contacto con el traidor y peligroso Mitarra; en consecuencia, si el interrogado no era un agente del CESID, su información transmitida en clave, referente a que Mitarra se había ido a Zaragoza, no tenía ningún valor; además, habían estado tres días jugándose el tipo en Bilbao para encontrar al tal Benjamin, cuando las dos viejas tenían la dirección exacta del agente español; y por último, Patxo continuaba desgranando el rosario de calamidades, pensó que hoy era jueves y que estaba igual que cuando llegaron el lunes a Bilbao. Lo único positivo que había, era la tarjeta de Benjamin que reposaba en su mesilla. Por lo menos, hoy irían directamente a la dirección correcta. Pero eso suponía tener que empezar de nuevo, y la constatación de la realidad le agudizó la depresión, debido al miedo que tenía de no poder cumplir con las órdenes de su responsable. ¿Y si volvía a fracasar? ¿Cómo iba a decirle a Korta todo lo que le había pasado? Y lo de las fuerzas especiales de Urantia? Una voz que sonó desde la entrada de la habitación, le hizo salir de sus angustiosas meditaciones, pero también le hizo recordar el otro motivo de su desesperación. — Buenos días, amadísimo jefe. ¿Qué tal se ha dormido? Te traigo buenas noticias. El horóscopo de hoy te dice que no siempre el día siguiente es peor que el anterior. Así que, estimado jefe, ánimo y hostia al mono, que ya vas a ver cómo hoy nos sale todo muy bien. Si me hubieras hecho caso cuando te decía que ése —, y señaló a Benedicto que seguía durmiendo en la otra cama, — era un revirao esquizofrénico y paranoico, no hubiéramos perdido tanto tiempo haciendo el minga fría. Pero más vale tarde que nunca y hoy puede ser un gran día. Iñaki entonó la conocida canción de Serrat y se dio un par de pasos de baile. Quería alegrar a su jefe. Patxo estaba a punto de mandarle a tomar por el saco, cuando, como casi siempre, Iñaki se le adelantó y le dio otra noticia. — Me han dicho que te pregunte si quieres chocolate para desayunar. ¿Quieres chocolate? Y después te tomas un carajillo para animar esa moral, que pareces más “desmoralizao” que la posibilidad de la aparición de la Virgen de Lourdes en el centro del Polo Norte. Esto también lo he leído en tu horóscopo que, además, también te dice que si la cosa no mejora es porque quizás aún falta la prueba definitiva, o sea, aún falta lo peor. Iñaki debió de captar alguna expresión de angustia en el rostro de Patxo, porque a continuación dijo, poniendo cara de bueno, que, según ponía el mismo horóscopo, había veces, alrededor de una de cada diez, que no siempre la profecía se cumplía del todo, todo, todo. — Ánimo jefe —, dijo Iñaki para rubricar su terapéutica intervención anti depresión. Una vez en el centro neurálgico del comando, o sea, en la cocina, Patxo dijo a sus chicos que levantaran de la cama al prisionero de Astrabudua y que lo metieran en el coche. Diez minutos más tarde, el señor Benedicto Ríos y sus tres extraterrestres de Urga, salieron del caserío rumbo a Bilbao. En las proximidades de Erandio, en un descampado lleno de desperdicios y de inmundicias, que al contactado le pareció la superficie del planeta Urga, soltaron al secuestrado, el cual, una vez se vio libre, entonó su himno de guerra. “Los de Urga, los de Urga.....” Patxo ordenó a Juantxo que acelerase. No quería volver a saber nada más de aquel extraño personaje que les había hecho perder casi dos días del valiosísimo poco tiempo del que disponían. Llegaron a Bilbao en un voleo y se dirigieron a la dirección que constaba en la tarjeta de Adela, la del auténtico Benjamin Ríos. Aparcaron el coche en frente del portal de Benjamin, montando las ruedas derechas sobre la acera, y Juantxo se fue a realizar una pequeña misión de comprobación. Apretó el botón que correspondía a la vivienda de Benjamin y esperó un rato. Volvió al coche. — No contesta nadie. Patxo se cagó en el jefe de los de Urantia y le volvió a atenazar la depresión. Estaba bloqueado. Juantxo se fijó que a escasos metros del portal, en el acceso a una galería subterránea llena de comercios y oficinas, había un pequeño puesto de venta de periódicos. Supuso que el tal Benjamin compraría allí la prensa. Salió del coche y se dirigió hacia el señor del puesto. Volvió al poco tiempo. — Es la hostia. Me ha dicho que no hace ni media hora que el Benjamin y otro hombre, que por la descripción que me ha dado, me jugaría las pelotas que es Mitarra, han salido hacia allí. También me ha dicho que se ha fijado muy bien en el acompañante del señor Benjamin, porque fijaros, iba vestido con un chandal rojo con franjas amarillas. Iñaki soltó un “la hostia, ése se ha vuelto más español que un botijo”. Juantxo continuó informando a su jefe. — También me ha dicho que cree que han ido fuera porque, además de ir con un par de bolsas de viaje y un saco, el txakurra le ha dicho que no le reserve el periódico de mañana viernes, pero que sí le guarde el del sábado. Así que habrá que esperar hasta el sábado. Patxo, sin apenas fuerzas, dijo a Juantxo que arrancase y volviese a Astrabudua. Juantxo aprovechó el abatimiento de su jefe, y dio un pequeño rodeo para poder pasar por la famosa pescadería conocida en Bilbao con el apodo de “Joyerías Vascas”. — Mirar, ahí está. Con tarjetas visa y todo. Ya veis que no puede ser muy difícil dar un palo ahí. Eso sí, después lo reivindicamos a nombre de las células …. — Un poco de trabajo al aire libre os quitará la pereza y os vendrá de puta madre para ver si se os refresca un poco la cabeza. No dijo nada más y se fue para su dormitorio con su depresión y con el único deseo de poder estar durmiendo todo el día. Era lo único que sabía hacer para combatir la angustia y la autocompasión que le estrujaban las entrañas y el corazón.
Capítulo 52. ARABA Lo primero que hizo Pello al levantarse al día siguiente, o sea, el jueves de la depresión de Patxo, fue contar a Benjamin su nocturna experiencia de volar por encima y a través de la intrincada orografía de Euskal Herria. Asimismo, le dijo que había decidido irse esa misma mañana al Aralar a bailar un aurresku. — Pero, aquí como en casi todo, da igual la etiqueta que se le ponga. Lo fundamental es la experiencia y la sensación o conocimiento que se adquiere al tenerla. En cuanto a la cosa negra esa que dices que al ordenarla que se fuera, obedeció mansamente, es la parte oscura que todos tenemos dentro. Representa todo aquello que hay que controlar y dominar para obtener la sabiduría. Es la parte de la personalidad que se encuentra bajo la influencia del dios Oro y que se niega a aceptar el cambio que se está produciendo. Es lo que algunos llaman el cuerpo de Luz oscura. Hay que tener mucho cuidado con ella. Si en vez de tratarla con firmeza pero sin rabia, como lo hiciste, la hubieras tratado con miedo o con odio, el pájaro negro se habría reforzado y no habrías podido controlarlo. Hubieras tenido que empezar de nuevo todo el proceso. La parte oscura, es decir, aquellas cosas que consciente o inconscientemente no nos gustan de nosotros mismos, se vuelve invencible si la tememos o si la odiamos. “ La actitud correcta hacia este atavismo de los tiempos, es la de firmeza y seguridad, pero tratándolo siempre con respeto y cariño. Como si fuese un niño. Al fin y al cabo, también es una parte de tu ser. Cuando comprende que su dueño ha comenzado, por fin, a ejercer de amo y señor de la casa, acepta gustosamente su desaparición de escena. A partir de entonces, se podría decir que hay que tratarla con una indiferencia vigilante. No hay que hacerla mucho caso, de vez en cuando hablar y negociar alguna tontería con ella – ello – él; pero nunca dejar que salga de su destierro para volver a tomar las riendas de tu vida. Porque, así como obedece cuando sabe que tiene dueño, si comprueba que su dueño ha bajado la guardia, se presenta de nuevo con más fuerza que antes. Nunca hay que perder de vista nuestro lado malo. Y ya sabes cómo controlarlo. Con firmeza y con cariño”. “ Nunca lo reprimas violentamente, o te enfades con él o lo temas, porque así es como se fortalecen todas nuestras taras físicas, emotivas o mentales. Y con estas palabras, mi querido amigo Mitarra, dejo de ser tu asesor sicológico – espiritual, y a partir de ahora tendrás que hacer el camino tú solo, que, por cierto, es la única y la mejor forma de realizar el viaje al interior de uno mismo. En cuanto a lo de ir al Aralar, si estás seguro de que tienes que ir allí a bailar aurreskus, pues tú mismo, te vas allí a seguir con tu búsqueda. Lo único que me atrevería a decirte es que te recomiendo que sigas 2 ó 3 días más con el ayuno. Es para facilitar la conexión con lo intangible. También te ofrezco mi coche para lo que te haga falta. Y porque hace tiempo que tenía pensado ir a Vitoria a estar con unos amigos, si no te importa, te acompaño hasta “Siberia – Gasteiz”. Pello agradeció las palabras de su amigo y le contestó que le parecía muy bien su compañía. Se acordó del revólver que aún seguía debajo de la planta, y sin saber exactamente por qué, decidió que ya era hora de salir a la calle sin el peso del hierro matador. Pello se lo contó a su amigo, poniendo cara como de no haber roto un plato en su vida. — Verás, Benjamin, la cosa es que te he hecho una pequeña trampa. Yo siempre voy con un arma, y cuando entré en tu casa, la escondí en esta planta tan chula que tienes aquí. Pero he decidido no ir nunca más con armas, y me gustaría que lo guardases tú. Benjamin reprimió la risa que le entraba. — Muy bien, ex matador, no te preocupes por la noticia que me das. Ésta es mi planta más mimada y todos los días me tiro con ella una buena porción de mi tiempo para acicalarla y revisarla. Desde la parte inferior, por donde hay un revólver azulón, hasta lo más alto de ella. Además, has elegido un buen sitio. Va a seguir ahí, porque, al abrigo de la naturaleza, el hierro acaba siempre volviendo a ser tierra. Siempre vuelve a la tierra de donde surgió. Pello no supo qué contestar, y le dijo a Benjamin que aceptase la tablilla como un regalo de parte de un buen amigo. Se dieron un abrazo y a continuación se fueron a prepararse para salir. Media hora más tarde, salían a la calle con una bolsa de viaje por persona y un pequeño saco que contenía una garrafa de 5 litros llena de la mezcla del sirope. Benjamin llevó el coche hasta Vitoria. Al pasar por Amorebieta, le dijo a Pello que uno de los mejores restaurantes de Bizkaia estaba ahí. Benjamin se fue a buscar a sus amigos, todos ellos Rosacruces de Vitoria, con los que comería en el “Poliki”, y Pello, ya al volante, tomó la salida para Pamplona. En la recta de Arkaute, divisó al fondo las instalaciones de la Academia de la Ertzaintza, con una ikurriña de grandes dimensiones que ondulando por efecto del viento, se recortaba sobre un fondo de piedra gris que se encontraba a lo lejos. Eran las paredes rocosas del Aralar. La provincia de Álava o Araba, que se podría traducir como “bajo los valles”, es la región más llana de toda Euskal Herria. A excepción de unos pocos montes, que además arrancan de cordilleras guipuzcoanas o vizcainas, es una extensa y rica llanura muy apta para el cultivo. Trigo, vid y las famosas y posteriores patatas alavesas, configuraron en otros tiempos una sociedad rural que debido a la extensión del terreno y a los grandes campos de cultivo, tendió a organizarse en pequeñas aldeas. Como el resto de las regiones vascas, Araba se gobernó como una especie de república federal de barrios o aldeas que tenían su asamblea de vecinos y en cuyas reuniones elegían a sus representantes para que acudiesen a las Juntas del Territorio. El primer documento en donde aparece el nombre de Alava, se encuentra en el monasterio riojano de S. Millán de la Cogolla, al lado del originario monasterio de Suso, el cual tuvo un gran impulso con Santxo II Garcés, alias Mitarra o Abarka, a finales del siglo X. Santxo Mitarra, además de rey de Nabarra, era duque de Gascuña y conde de las regiones de Laburdi, Benabarra y Zuberoa. El documento en cuestión es posterior a Santxo o Santzo Abarka, data del 1025, y precisa que Alava es un pequeño territorio salpicado de aldeas que se unen entre sí por pequeños caminos vecinales y cuyas Juntas de gobierno territorial hacía poco que habían elegido a Santxo Andia de Nabarra, nieto de Santzo Abarka, como su Señor. No disponía de ninguna gran población a modo de ciudad. Pero la historia de Araba no comenzó a principios del siglo XI. Debido a su peculiar topografía y a encontrarse en el límite sur de Euskal Herria, sus tierras siempre fueron testigo de enconadas guerras. Siempre fue un campo de batalla, de la misma forma que también lo fue la Ribera nabarra. Todas las grandes invasiones que ha tenido la Península Ibérica, llegaron hasta este territorio, pero apenas pasaron de él. Los celtas, luego los romanos, después los bárbaros, y más tarde los árabes, pudieron controlar la parte sur de Araba, al ser esta zona una llanura muy apropiada para tomarla por los grandes ejércitos invasores, pero a los ocupadores no les resultó nada fácil lograr el control de la zona. Es más, tanto los celtas, como los bárbaros y como los árabes, acabaron siendo expulsados de la llanada alavesa. A principios del siglo IX, año 824, los vascones de ambos lados del Pirineo, crearon en Pamplona una potente unidad administrativa, política y militar, de la misma forma que 150 años antes, habían creado el Ducado de Aquitania o Wasconia para poder defender mejor el norte de Euskal Herria del ataque de los bárbaros. Alrededor de doscientos años después de la creación del reino de Pamplona y 100 años después de la del Reino de Nabarra, Araba se integró voluntaria y libremente en el marco político creado por los vascos de las dos Nabarras. Alaveses, nabarros de aquí y de allá del Pirineo, más bizkainos y gipuzkoanos, combatieron ferozmente a los árabes hasta lograr expulsarles del sur de Euskal Herria. La llanada alavesa y la ribera nabarra volvían al control de sus antiguos dueños. Alrededor de cien años estuvo Alaba integrada en el reino de Nabarra, pero voluntariamente decidió dejar de pertenecer al estado nabarro cuando los nabarros eligieron como rey al rey de Aragón. El nuevo monarca, Pedro I de Aragón, hijo de un nieto de Santxo Andia de Nabarra, no entendía ni le interesaba la sutileza del sistema de gobierno de los vascos, y quiso reinar a base de cojones. El caos se apoderó del Viejo Reyno, y Araba, junto con Bizkaia y Gipuzkoa, se separan para pasar a un estatus pactado con los reyes del joven Reino de Castilla. Aunque también tuvo que ver en esta decisión, la actitud cada vez más beligerante de los castellanos. Unos pocos años antes de la salida de Araba de Nabarra, el rey Alfonso VI de Castilla, otro nieto de Santxo Andia, en el año 1095, funda la ciudad de Logroño para presionar y vigilar a los nabarros; y poco después, también funda Miranda de Ebro para hacer lo mismo con Alaba. Pero el amenazante despliegue urbanístico que construyó el rey castellano para controlar la frontera con Alaba, no evitó que tuviese que jurar, por separado, los dos pactos que estableció, por separado, con Araba y Gipuzkoa, para que estas regiones le aceptasen como su Señor, que no Rey. Aunque a fuer de ser precisos, sería más conveniente referirse a ello como si se tratase de una inteligente relación, meramente personal, entre los ciudadanos vascongados y su señor, a modo de un vasallaje “sui géneris” resultante de un contrato, tras previo pacto entre ambas partes, por el cual los vascos sólo estaban unidos al monarca castellano, y no a su reino, tal como se puede deducir de manera inequívoca, del tratamiento de “nación separada” que otorgaban los Reyes Católicos a Biscaia; o, asimismo, que todos los monarcas castellanos que, además de reyes de Castilla, fueron Señores de las repúblicas vascongadas, tenían nítidamente separados ambos cargos, con lo cual, también de manera inequívoca, quedaba claro que, desde el principio, una cosa era Castilla y otra eran las diversas regiones vascas, cuyo único requisito era estar ligadas, solamente, a la persona de su rey. Eso sí, siempre y cuando que el rey de turno se comprometiese bajo juramento a cumplir y respetar las viejas leyes ciudadanas con las que se habían dotado los ancestrales señores vascos, que de manera misteriosamente curiosa, siempre se habían considerado a sí mismos como unas criaturas que gozaban de los mismos derechos que cualquier otro mortal, por muy poderoso, noble o real que se le hubiera llegado a considerar en el escalafón social. Después, hacia el 1170, Santxo VI el Sabio fue nombrado rey por los nabarros, y lo primero que hizo nada más aceptar el cargo, fue recuperar la autonomía con respecto a Aragón. Después construyó Laguardia frente a Logroño, para enseñarles un poco los dientes a los castellanos. Los alaveses, bizkainos y gipuzkoanos que estaban ya un poco hasta el gorro de la nobleza castellana, cuando comprueban que ha vuelto el fuste a Nabarra, dan plantón a Castilla y vuelven a Nabarra. El rey nabarro, se supone que en agradecimiento, funda la primera ciudad de Álava en 1188, así como la ciudad de San Sebastian. En unos pocos años, Vitoria-Gasteiz adquirió casi todo el protagonismo político y comercial de la provincia, y “se declara una oposición furiosa entre los habitantes del núcleo nuevo y las gentes del resto del territorio”, según palabras del señor Julio Caro Baroja. Al mismo tiempo, los castellanos, quizás un poco despechados por la huida de sus dos novias, se lían a golpes con Araba y Gipuzkoa. A partir del siglo XIII, los intereses económicos de Vitoria prevalecen sobre los del resto de los alaveses, y, junto con Gipuscoa, Alaba se vuelve a acoger “voluntariamente” al Reino de Castilla. Aunque sí es preciso reconocer que también influyó en la voluntad de los alaveses y gipuzkoanos, los casi 30 años que llevaban batallando para defender sus tierras del afán expansionista de la nobleza castellana. Y sobre todo, porque los Castellanos tomaron militarmente, a finales del 1199, la recién fundada ciudad de Vitoria. Pero, de todas formas, otra vez, también el rey Alfonso VIII de Castilla tuvo que prestar juramento en las dos regiones, por separado, para comprometerse a respetar las viejas leyes territoriales que desde siempre habían tenido los autóctonos euskaldunes. Algo más tarde, a mediados del siglo XIV, Biscaia se acoge también al Pacto formal de libre adhesión con la Corona de Castilla. A partir de ese momento, hasta casi finales del XIX, 550 años después, tanto Álava como sus socios de Vizcaya y Guipuzcoa, fueron perdiendo paulatinamente sus privilegios ciudadanos a manos de la nobleza castellana que no quería entender que todos los seres humanos, incluido el pueblo liso y llano, tenían los mismos derechos que ellos. No les interesaba aceptar el hecho de que, incluso sus vasallos, todos fueran “dueños y señores” de sus vidas, con unos derechos ancestrales como personas que ni los propios reyes podían quitar. Y por eso, y sólo por eso, y en el año de 1876, el incipiente Estado burgués español termina con los últimos vestigios que quedaban del histórico y formal Pacto de libre adhesión de cada uno de los territorios vascos, o herrialdes, con cada uno de los reyes de España. Y por eso, y sólo por eso, y a continuación de todo lo antedicho, el Nacionalismo vasco inicia su andadura ideológica y sentimental de la mano del poco entendido y descontextualizado Sabino de Arana y Goiri. Pello pasó por Agurain y poco después entró en las tierras de Nabarra. Unos cuantos kilómetros más adelante, divisó a lo lejos las dos peñas de “Dos Hermanas”. Cruzó Irurzuin y girando a la izquierda, entró por el portal de piedra, después giró a la derecha, y empezó a subir. Llegó al Erga y se tomó unos buenos tragos de sirope. Mientras recuperaba fuerzas, contempló el espectáculo de la naturaleza en todo el esplendor que le confiere el principio de la época estival. Encontró un paraje adecuado para aparcar el coche a cubierto de miradas indiscretas, se cambió de ropa, y se adentró a pie por la zona. Después de un largo paseo, llegó a una pequeña pared de piedra que le recordó a la de Etxeber. Allí se paró y, al Sol de media tarde, estuvo hasta el anochecer haciendo una concentrada meditación, tal como le había enseñado Benjamin. Se dio cuenta de que la meditación era mucho más profunda en el monte que en la habitación de Rekalde. Estuvo ausente de todo lo que le rodeaba hasta que el ulular de una lechuza le avisó. Volvió en sí y se encaminó para el coche. Una vez allí, tomó otra buena dosis de sirope, y porque al día siguiente quería estar en la pequeña pared de piedra a la salida del Sol, se quedó a dormir allí mismo en el coche. A la mañana siguiente, se aseó como pudo en un arroyuelo cercano, y volvió a la pared de piedra. La claridad del día comenzó a despuntar, como debe ser, por el lado contrario al que había estado el Sol en la tarde anterior. Eso le tranquilizó, recordando la experiencia astral de hacía dos noches. Pello se preparó con los ejercicios energéticos, y cuando vio los primeros rayos, comenzó a mover los pies al ritmo de la música del aurresku que entonaba con los labios cerrados. No le costó mucho recordar todos los pasos que había practicado, siendo niño, en innumerables ocasiones en las fiestas de Goizueta. El aurresku, o la soka dantza, es un baile circular. Todos los dantzaris giran en torno a una persona, que antes casi siempre era una mujer, de la misma forma en que todos los planetas de un sistema solar circulan por el espacio alrededor de su sol. Después se baila el aurresku propiamente dicho, que consiste en una exhibición de agilidad y flexibilidad del atleta metido a bailarín. Algunos consumados danzantes han logrado elevar la pierna, como el mástil de una bandera, hasta tocar la rodilla en la barbilla, al mismo tiempo que, con la otra pierna, se impulsan a casi un metro del suelo. Toda una auténtica “asana” de yoga aéreo. Pello no era ni tan joven, ni tan consumado dantzari como para hacer semejante proeza física y mental, pero se entregó en cuerpo y alma a la danza del Sol. Comprendió por qué se practicaba ahora el baile del aurresku para homenajear a las autoridades, porque la soka dantza fue ideada para homenajear a la máxima autoridad de nuestro sistema: el Sol. Acabó agotado, pero feliz y extrañamente liviano. Era una sensación nueva. Se dejó caer y bajo los jóvenes rayos solares que comenzaban a calentar el día y ante la atenta mirada de un vivaracho conejo, se extendió boca abajo cuan largo era. Separó los brazos y las piernas formando un aspa, y con la cara hundida en el rocío de la hierba, se dejó ir. Notó que se salía por la cabeza, y de pronto, toda la historia de Nabarra y del resto de Euskal Herria, le pasó por la mente como si fuese una película de indios y vaqueros. Sintió y comprendió que la lucha de la voluntad, de la inteligencia y del romanticismo contra la fuerza bruta de las emociones en sus dos vertientes, la de la ambición egoísta y la de la ignorancia fanática, fue mucho más dura y mucho más épica que el canto más patriotero que había oído o leído hasta entonces. También comprendió que la historia de Navarra era la historia de todo el pueblo vasco, y que Nafarroa era el corazón de Euskal Herria.
Capítulo 53. ¡VAYA HUEVOS! Patxo se despertó cuatro horas más tarde del momento en el cual Pello iniciaba su aurresku al Sol, y, más o menos, a la misma hora en la que el madrugador y campestre dantzari estaba ya en plena película histórica. El atormentado gudari abrió los ojos y se situó: Estaba en “ameen etxea”; estaba medio empachado, pese a no haber comido nada durante el día anterior; no había ido al retrete en dos días y el estómago le pesaba como un saco de cemento; no había podido dormir en toda la tarde del día anterior, porque sus dos chicos, metidos a hortelanos, habían estado llamándose de todo a voz en grito, mientras trabajaban en la baratze que estaba justamente debajo de la ventana de su dormitorio en el baserri de las dos amas. Después, tampoco se pudo dormir hasta las tantas, porque las preocupaciones se lo impedían. Y lo peor era que tenía que estar un día más, durante toda la jornada, en aquel apartado rincón del mundo. Menos mal que se había dedicado a meditar sobre el origen de la palabra “baserri”. Patxo era de un caserío de Idiazabal y no sabía exactamente si lo que se le había ocurrido era de cosecha propia, o si lo había oído antes y lo tenía olvidado. La teoría se le ocurrió cuando estaba en pleno apogeo la refriega dialéctica de los dos horticultores de abajo. Juantxo le llamaba animal a Iñaki, por algo que había hecho, y éste le contestaba muy audiblemente que no tenía ni puta idea de plantar berzas, y que era un memo más tonto que los besugos que quería robar en la pescadería de Bilbao. Patxo se encontraba muy mal y sin proponérselo, se le apareció en la mente la imagen de una gran pira ardiente que envolvía a sus dos gritones compañeros de aventuras. Ésa fue la chispa que le alumbró el resto de la imaginación. Se imaginó que la palabra “baserri” vendría de “baso”, bosque, y de “erre”, quemar. Se imaginó a los antiguos vascos cómo quemaban alguna zona del bosque para poder construir allí su vivienda apartada de la vista de los demás vecinos. Le gustó la idea, y de esa manera distrajo la mente de los negros nubarrones que la ensombrecían casi constantemente. — Buenos días, ¿hoy también hay chocolate? —, comentó Patxo a los cuatro inquilinos de la cocina, las dos anfitrionas y los dos invitados de inigualable apetito. Durante la tarde anterior, Iñaki y Juantxo estuvieron plantando berzas y coliflores, y en lugar de dejar todas las hojas fuera del interior de la tierra, las habían enterrado hasta algo más de la mitad de la parte verde del tallo. El enterramiento profundo de las pequeñas plantas, había sido uno de los motivos de las varias grescas que montaron a voz en grito durante la tarde anterior. Juantxo le decía que las estaba metiendo demasiado en la tierra, e Iñaki le respondía que “los berzotas como tú, cuanto más “enterraos” estéis, mejor. Cabrón”. Patxo les dijo a sus dos compañeros que no tenían ni puta idea de plantar berzas. — Vosotros, en lugar de abertzales, sois unos perfectos azazales. Juantxo le decía constantemente a Iñaki que “ya te lo decía yo, animal”. E Iñaki le respondía que “calla cabrón, soplagaitas, chivato, carcamal”. Después de acabar de usar la azada y de cavar y de replantar las pequeñas bercitas y diminutas coliflorcitas, estuvieron recogiendo unos cuantos pimientos choriceros que crecían colgando de las matas, a modo de puntiagudas y verdes espitas. A Patxo le gustaba el trabajo de la huerta y se olvidó de sus problemas. Iñaki, al verle más contento, para animarle más, le dijo que su horóscopo de hoy decía que es difícil que las malas rachas duren más de dos días, y que cuando, en los poquísimos casos que se alargan más de esos dos días, sucede esta anómala excepción, es mejor no jugar a la lotería, ni dejar en casa a tu mujer a solas con tu mejor amigo. — También dice que la mejor actitud de los amigos con respecto a los enfermos de una depresión prolongada, es la del cariño pero con firmeza. Sin mojigaterías empalagosas, ni flácidos mimos que sólo sirven para fortalecer la susceptibilidad y la sensiblería. Según decía el famoso horóscopo, la susceptibilidad era el escudo de los débiles y de los mimosos mimados, los cuales eran los primeros candidatos a imitar a los caballos en sus profundas depresiones. — Chicos, esta tarde nos vamos de caza. Juantxo, que creía que no había nada que hacer hasta el día siguiente, le comentó a Patxo si en vez de ir de caza, no sería más exacto decir que se iban de pesca. Juantxo aún no había olvidado su plan para financiar al comando. Patxo no le captó la indirecta y les explicó su descubrimiento. Juantxo estuvo de acuerdo con su jefe, pero Iñaki le dijo que tuviese “cuidao”, porque había veces que las malas rachas duraban más de dos días. Tal como había leído en el horóscopo, Iñaki trataba a Patxo con cariño pero con firmeza, y diciéndole siempre la verdad. Patxo le echó una mirada asesina y se dispusieron a salir para Bilbao. Estuvieron pasando el tiempo hasta las 7 de la tarde. Quince minutos más tarde, aparcaron el coche por la zona de Henao, cerca de una comisaría de la Policía Nacional en donde expenden los documentos nacionales de identidad así como los pasaportes de nacionalidad española; y se fueron a pie hasta el portal de Benjamin en Rekalde. Tampoco contestó nadie a los timbrazos de Juantxo. Patxo tuvo que distribuir estratégicamente a su comando. Juantxo se quedaría al lado del portal, y a todo hombre de edad que entrase en la casa, le preguntaría amablemente si era el señor Benjamin Ríos. Si alguno de los que llegasen fuera Benjamin, Juantxo le diría lo primero que se le ocurriese, al mismo tiempo que les hacía una señal para dar comienzo a la diletante “Operación Matarile”. Iñaki se situaría en la esquina próxima al portal, y Patxo estaría en la acera de enfrente, yendo y viniendo, dando cortos paseos y haciéndose el distraído bajo el colegio de Los Escolapios. Cuando entraron en el Baliak, los disparos sonaban más cercanos. Tuvieron que permanecer durante dos horas en el local. Para no levantar sospechas, Patxo dijo al camarero que querían cenar y que, cuando fuera posible, les avisase. Casi a las 9 de la noche se abrieron las puertas del comedor y pasaron para dentro. Patxo seguía inapetente y pidió una sopa y un revuelto de trigueros. Pero Iñaki y Juantxo se pusieron las botas. Merluza frita con pimientos verdes dispuestos sobre la capa inmaculadamente dorada del rebozado perfectamente frito a fuego rápido y lento. Después, dos enormes chuletones, asados a la plancha, y que, además, iban acompañados de cantidad de patatas fritas, pimientos rojos y muchos champiñones. Postres, cafés y dos copas de armañac. La broma les costó casi 20.000 pts. Salieron a la calle e intentaron de nuevo con el timbre de Benjamin. Nada. Iñaki dijo a Patxo que como tuviese la misma vista para todo, era mejor que se metiera de adivino en algún programa de TV, o del hombre del tiempo. Iñaki seguía insistiendo en la terapia de hablar claro y con firmeza. Patxo, resignadamente, se encogió de hombros y dijo que había que volver al día siguiente. En lugar de mantener la vitalidad alegre y combativa que se supone que tienen que mostrar en todo momento los activos activistas de la izquierda abertzale, Patxo empezaba a aceptar todas sus desgracias con un fatalismo que no lo superaba ni la más dramática tragedia griega. Se encaminaron hacia el coche de Jon y un poco antes de llegar a él, Iñaki soltó un taco y preguntó a sus compañeros por lo que parecía un nuevo contratiempo. — Pero, ¿qué hostias ha pasado ahora? — La luna delantera del automóvil de Jon estaba como oscurecida por unos gruesos trazos ilegibles desde esa distancia. Se acercaron y vieron con estupor que, casi ocupando todo el cristal, alguien había escrito con un spray rojo unas grandes letras que proclamaban el grito más sagrado de todo buen revolucionario, independentista, socialista y reunificador: “GORA ETA”. Patxo estudió las dos alternativas. Eran las 11 de la noche y no sabía si habría algún medio para ir a Astrabudua. ¿En taxi? No. No se fiaba de los taxistas. Eran muy cotillas y les podían reconocer. ¿En metro? No sabía si había metro hasta Astrabudua. Además, no podían quedarse sin coche, y, además, el coche era de un miembro legal de la organización. No le podían quemar así. No había más remedio que intentar salvar el coche. Se cagó en Dios y dijo a sus chicos que sea lo que Dios quiera. Así que Iñaki se puso al volante y salieron de Bilbao. Al pasar por San Ignacio, tuvieron que parar en uno de los muchos semáforos en rojo que cubren el recorrido de la amplia avenida. Patxo comprobó con horror que un coche de la ertzaintza estaba también esperando a que se pusiera el disco verde, pero en el carril del sentido contrario. Ambos vehículos se miraban cara a cara. Patxo no tuvo tiempo de reaccionar, pero Iñaki sí. Accionó el freno de mano y salió del coche gesticulando con los brazos. Los dos ertzainas también salieron, con sus respectivas manos derechas apoyadas en las culatas de sus armas. Iñaki se acercó a ellos y comenzó a hablar. Los dos ertzainas se acercaron al vehículo del comando, y tras dar las buenas noches a Patxo y a Juantxo, que también habían salido del coche, por si acaso, con las manos metidas en los bolsillos de sus chaquetas; se pusieron a charlar durante un buen rato con Iñaki. — No se ve muy bien, lo mejor será que vayamos por delante vuestro para señalaros el camino hasta Erandio. — Bueno señores, sois más majos que las pesetas, vivimos aquí al lado, en esa bocacalle, y ya me puedo arreglar solo. Muchas gracias por la ayuda, eskerrikasko, ¡eh!, y que paséis una buena noche. Tened cuidado, que hay mucho hijo puta por ahí suelto. Iban un poco más allá de Hendaya y allí compraban a precio de chatarra algún vehículo que tuviese medio bien la mecánica. El amigo se ponía al volante del coche comprado por cuatro francos, y por medio de un cable, el señor Gervasio, desde su coche en el que iba de copiloto su hijo, lo arrastraba hasta la frontera. En el paso del puente de Santiago, aprovechando un pequeño desnivel que bajaba hasta las cabinas de control, y tras quitar el cable, empujaban el clandestino coche para que el amigo frenase en la cabina. Mostraba el pasaporte y si se lo pedían, también mostraba a los carabineros el vacío portamaletas, mientras por bajines rogaba a la Virgen de Begoña que no les diese por comprobar si las placas falsas que llevaba, correspondían con la documentación del coche. Nunca hubo problemas. Cuando los carabineros terminaban de ejercer sus labores de vigilancia, y se disponía el amigo a hacer el paripé de arrancar el coche que no arrancaba, hacía éste una señal a Gervasio que esperaba a diez metros por detrás, y el padre de Iñaki daba un buen golpe con su coche en la parte trasera del automóvil de contrabando. Éste salía disparado hacia delante y así pasaba el control fronterizo. Después, hacían un poco de teatro a unos 10 ó 20 metros de los carabineros, los cuales se partían de risas de la hostia que se habían dado los dos vascos de las pelotas. Los dos conductores hacían como si se apuntasen sus datos y después, el amigo intentaba arrancar su coche. No arrancaba, porque según decía el señor Gervasio, bien alto y claro, el impacto habría soltado algún contacto del alternador. Luego se ofrecía amablemente para remolcarlo con un cable, que casualmente llevaba en el porta maletas, hasta el taller más próximo. Salían de la zona fronteriza los dos coches unidos por el cable, y si te he visto no me acuerdo. El comando llegó a la casa de Astrabudua y se fueron todos a dormir. Patxo les dijo, mientras subían las escaleras hacia sus dormitorios, que mañana había que levantarse temprano para ver cómo hostias se podía limpiar la guarrada que les habían hecho los putos jarraitxos. Iñaki le respondió que no se preocupase, que ya se encargaría él de dejarlo todo como los chorros del oro, antes de que su amado jefe se levantase de la cama. Gabon.
Capítulo 54. LA PARADOJA Aproximadamente a la misma hora en la que el llamativo comando propagandístico estaba cenando en el restaurante de Bilbao, Retama desde un hotel Barcelona, llamaba a Korta en París, utilizando el paripé habitual. Retama había estado enclaustrado tres días en la embajada de Chirvan en Suiza. Esa misma tarde habían salido para Barcelona, y ahora se encontraba, ataviado con un vistoso atuendo árabe, en el vestíbulo del hotel. El equipo de seguridad de la delegación de Chirvan era perfecto y muy aparatoso. Siempre tenía a su lado a dos fornidos guardaespaldas que le hacían sentirse como un auténtico jeque del petróleo. Retama recordó que durante los tres días en la embajada, se había dedicado a analizar la situación política de Euskadi, cuyo análisis a grandes rasgos fue: Dentro de cuatro meses se iban a celebrar las elecciones al parlamento vascongado. Todos los sondeos daban a la baja las perspectivas de voto de la formación electoral, Herri Batasuna, del movimiento liberal nacional vasco, tal como Iñaki lo hubiese expresado con su particular visión de las palabras. Después estaba lo del plan de paz que llevaban todos los partidos desde principios de marzo. La nueva dirección de HB no le hacía muchos ascos a la timorata alternativa del lehendakari, que, ¡además!, les quitaba todo el protagonismo. El Partido Nacionalista Vasco estaba apostando fuerte por la declaración de una tregua. Cada vez había más abertzales revolucionarios que deseaban integrarse en el melifluo y flácido sistema político de los “demócratas”. Existía el riesgo de una escisión en el movimiento abertzale. Por eso, la cosa sería de preocupar, pero tuvo la suerte de que apareciese el colaborador de Zaragoza con su asombrosa información. Retama volvió a sonreír con satisfacción, al evocar el plan del próximo lunes, mientras se acercaba a una de las cabinas telefónicas del vestíbulo del hotel. Pensó que con la “Operación Infierno”, les iba a dar a todos los pacifistas por el culo. Entró en una de las cabinas y llamó a la empresa tapadera de Korta en París. Preguntó por “monsieur L’ Étable”. Hicieron toda la operación de mosqueo y después colgó. A los diez minutos llamó otra vez, pero esta vez al otro teléfono. Korta le dio el parte. — Pues verás, te voy a dar una buena noticia y otra que no es tan buena. ¿Cuál prefieres que te diga primero? Retama le mandó a tomar por el saco, pero, por si las moscas, le contestó que prefería primero la buena. — Pues verás, esta tarde me ha llamado el “mañico” para decirme que todo va de puta madre. Todo está en su sitio y dispuesto para que funcione. También me ha dicho que en dónde tiene que entregar el dispositivo para activar los fuegos artificiales. Le he dicho que lo sabría hoy o mañana, y que me llame mañana a la tarde para que se lo diga. ¿He hecho bien? Korta apuntó en el ordenador portátil que tenía a mano, todas y cada una de las instrucciones de su jefe, y después le contó la parte mala del parte del día. Korta dijo que sí y le deseó toda la suerte del mundo a su jefe. Retama cortó la comunicación y se retiró a su habitación, pensando que tendría que estar muy atento con esos nuevos cuerpos especiales de Urandi. De todas formas, tenía que estar hoy y todo el día siguiente sin salir del hotel; pero en el fondo le gustaba la reclusión, pensó, a la vez que se miraba en el espejo de la habitación 666 de la sexta planta de un lujoso hotel de la capital de Catalunya. Se retocó el tocado árabe que portaba a la usanza de los emotivos hijos del desierto, y quedó un buen rato mirando la imagen que reflejaba el espejo. También pensó que el domingo recibiría el apocalíptico instrumento electrónico que iba a permitirle, al día siguiente, acabar con toda la farsa atontadora que tenía domesticados a los vascos. O por lo menos a casi todos. Dentro de poco se iban a enterar de lo que valía un peine. Él iba a ser el encargado de transformar y doblegar, no había habido más cojones, pensó, la voluntad de los vascos, quisieran o no. ¡Faltaría más! Si les hubiesen apoyado durante todos estos años, ahora no estarían así.
Capítulo 55. LA LEYENDA DE NAFARROA La jornada del viernes fue para Mitarra mucho más interesante e instructiva que la de sus tres compañeros de armas que andaban a su caza y captura por Bilbao. En efecto, la visión en cinemascope que tuvo Mitarra aquella mañana, fue como una película de Sam Peckinpah, pero más a lo bestia y más real que la vida misma. Acaso el acceso de Mitarra a los archivos de Akasha, fue debido a los efluvios vaporosos del rocoso aire de Aralar, y acaso también por estar tumbado, boca abajo, brazos y piernas en aspa con la cara escondida a la atenta mirada del vivaracho conejo y hundida entre las aromáticas hierbas del monte La Trinidad de Erga, enfrente mismo de la altiva sierra de Andia. Lo que Mitarra vió, oyó, sintió y comprendió, fue grabado en su consciente tal como sigue: La historia de Nabarra o Nafarroa o Naparroa o Nabarroa, es la historia de los vascos. Es la historia de un sorprendente, misterioso e indómito espíritu de supervivencia, el cual, como a la antigua usanza del dios Kaka, les ha permitido llegar hasta nuestros días. Y todo comenzó, alrededor de 8.000 años atrás, cuando desde las montañas de la Iberia caucásica, y tras un largo viaje que se extendió a través de unas cuantas generaciones, llegaron al Pirineo los antiquísimos eguzkos o euskos preindoeuropeos, representantes de uno de los últimos grupos étnicos de la Cuarta Raza Raíz. Cuando avistaron por primera vez un río al que le pusieron el nombre de Garona, hacía ya algo más de 2.000 años que la última glaciación había terminado. Así que la mente de Mitarra estaba sumergida en los remotos inicios de los umbrales del Neolítico. Mitarra contempló a los constructores de discos solares o lauburus, y fabricantes de pequeños nidos artificiales de piedra, cómo iban llegando a las orillas del Garona. Eran unos cuantos más de cien mil inmigrantes, y estaban organizados en diversas secciones o clanes de variados y pintorescos nombres: Tarbea, Boliatea, Basatea, Eluratea, Ilaktea, Autsikia, Konsorotsona, Konbarona, Bigerria, Tarbeatea, Elurona, Sussatea, Ibardula, Garistia y Aurpegiona. Las diversas secciones de los euskos estaban hechas en función de su especialidad o utilidad. Así por ejemplo, la sección de Tarbea era la encargada de dirigir y coordinar a todas las demás. Para ello, por las demás secciones, había siempre representantes de esta especie de funcionarios. Las secciones cuyos nombres terminaban en atea, que para los euskos significaba entrada, paso, puerta, eran especialistas en defender los posibles pasos a su territorio. Las que terminaban en ona, bueno, buena, estaban compuestas por fuerzas militares de élite, que se colocaban en el terreno, bien como bolsas de reserva para acudir a los puntos más críticos de la línea defensiva de las ateas, o bien para misiones suicidas en territorio enemigo. Las otras cuatro secciones estaban destinadas a eventos menos bélicos y más espirituales. Así, los de Autsikia eran los encargados de divertir y hacer reír al resto de sus hermanos, para lo cual, estaban organizados como en pequeñas compañías de teatro que se desplazaban continuamente por las otras demarcaciones. De ellos se solía decir que estaban mordidos por la locura, y ellos, para reírse hasta de ellos mismos, solían pronunciar la palabra autsiki como algo parecido a “Auschchiki”. Los de Bigerria eran los encargados de pensar, de asesorar a los de Tarbea, por lo cual, eran unos consumados practicantes del arte de la meditación espiritual; y, porque ellos mismos afirmaban que el meditar suponía el ablandamiento de toda idea preconcebida, se les conocía como el pueblo de los blandos. Los de Ibardula eran todos poetas, bertsolaris, bardos; y por eso, eran un auténtico desastre para todo aquello que se refiriese al aspecto material de la vida, pero a ellos les daba igual, porque con soñar en el amor y en la belleza, tenían más que cubiertas todas sus necesidades. De todas formas, el resto de los departamentos, especialmente Tarbea, sabía cómo cuidar a sus vates, y siempre les ubicaban en el territorio más bello y poético, regado por multitud de ríos de caudal medio, protegido por suaves montes, salpicado de fértiles valles, y decorado con frondosos bosques. Se les conocía como los Ibardulas, o Ibarudalekuak, o sea, acogedoras vegas de veraneo. Y por último, los de Garistia eran los más sibaritas, prácticamente se podría decir de ellos que, después de cumplir con sus obligaciones materiales, estaban todo el rato dedicándose a los placeres de la comida y del sexo; y por lo tanto, celebrando las mejores y más locas romerías, a las cuales solían acudir el resto de los euskos, eso sí, cuando sus obligaciones se lo permitían. Así que eran los encargados, entre otras cosas, de aprovechar los mejores terrenos para la obtención de la alimentación más óptima, y en ese sentido, las costas, con toda su riqueza en pescados y mariscos, eran un objetivo prioritario; así como las tierras dedicadas a la plantación de trigo. Por eso se les conocía como los de Garistia. Una vez conocida las diversas funciones administrativas que tenían los euskos, Mitarra contempló cómo cruzaban, ordenadamente, la corriente de agua del Garona. Continuaron avanzando hacia Occidente, hacia Mendebalde. En su avance, y a su izquierda, divisaban, un poco a lo lejos, unas agrestes montañas, las cuales, aunque menos imponentes que las de su antiguo solar de la Iberia caucásica, les hicieron evocar viejas historias de sus antepasados, que decían que también su lugar de origen era una majestuosa cordillera, situada al otro extremo del mundo, allá en Oriente, allá en Eguzkialde. Asimismo, también había otras historias, éstas mucho más remotas, que hablaban de un misterioso origen de sus ancestros; pero estaban ya casi olvidadas por casi todos. Poco después de cruzar el Garona, los euskos se encontraron con el Atlántico, al que llamaron Kantauriko itsasoa, por las agitadas y cantarinas aguas que se movían casi siempre de manera incesante y ruidosa por las costas de dicho mar; y los euskos entendieron que habían llegado al final de su larga caminata. La zona les pareció de lo más idóneo para sentar sus reales. Además, apenas estaba habitada, salvo por unas pocas criaturas que todavía no habían desarrollado un lenguaje del todo humano. Mitarra contempló al primitivo hombre de Cro Magnon, el soporte físico de la Quinta Raza Raíz, que en pequeñas hordas deambulaban y disfrutaban de su idílico paraje. También comprendió que no eran tan salvajes como su apariencia daba a entender. El Cro Magnon conocía la técnica de la pintura, y entre ellos había auténticos artistas que dibujaban y coloreaban con gran precisión los diversos tipos de animales que conocían. Lo solían hacer en las paredes de las grandes grutas, tales como la de Altamira, la de Santimamiñe, la de Ekain, o la de Isturitz, o en tantas otras más. Allí dejaron los antiguos cromañones su artístico legado a toda la posteridad. Mientras Mitarra observaba a los auténticos autóctonos de la futura Euskal Herria, los inmigrantes euskos que habían acabado de llegar de Oriente, acamparon a los pies de un monte, que por tener muy buenas praderas para el pasto de sus ovejas y corderos, le pusieron el nombre de Larraona. Allí montaron su primer campamento base, muy cerca de la costa y del mar que, acaso por un atávico instinto, tan poderosamente les atraía. Al poco tiempo de acampar, el consejo de ancianos de todos los clanes, el cual se reunía en Tarbea, envió partidas de exploradores, tanto al Norte como al Sur. Las partidas estaban compuestas por pequeñas secciones de cada clan. El resto del personal se quedó a esperar la vuelta de sus informadores. Al cabo de bastante tiempo, algo más de un año, comenzaron a regresar. La primera partida en volver fue la que se había dirigido hacia el Norte, hacia Iparralde. Mitarra contempló cómo fueron recibidos como auténticos héroes, y ante el consejo y jefes de los diversos clanes, contaron sus andanzas. Narraron que habían subido bordeando toda la costa, y que a poca distancia del campamento base, habían encontrado un río al que llamaron Adurra. Luego siguieron para arriba, y aparecieron unos extensos arenales, cuyo nombre más apropiado les pareció el de Landak. Después de muchas jornadas se toparon con un espléndido estuario, al que pusieron el nombre de Girona por la buena temperatura y clima tan agradable que había. A continuación, optaron por dirigirse hacia el Sur, siguiendo el curso del gran río que desembocaba en el estuario, y después de muchísimas jornadas hacia el Sur, llegaron a un lugar cuyas características naturales indicaban que dicho lugar era el mismo sitio por donde habían pasado toda la expedición unos cuantos meses antes en su avance hacia Occidente. Comprendieron que dicho río era el mismo que habían bautizado como Garona, y también comprobaron que en ese mismo lugar, era en donde el Garona dejaba de desplazarse hacia Oriente, para reorientarse hacia Occidente. Así que a ese punto tan curioso de inflexión, lo llamaron Tolesa. Luego continuaron siguiendo el curso del río hacia el Sur, hacia su nacimiento, y así fue cómo es que se encontraron con las primeras estribaciones de aquellas montañas tan grandes que, también, las habían visto antes. El portavoz de la expedición contó, ante el regocijo de todos los presentes, que lo que más les llamó la atención de los susodichos montes, fue las numerosísimas cabras que había por todas partes, y de esta manera fue cómo recibieron el nombre de montes de cabras, o Ahuntzmendiak. Después continuaron internándose por aquellas montañas, hasta llegar al nacimiento del Garona. A poca distancia, brotaba otro riachuelo, pero éste vertía sus aguas hacia el Sur, hacia Hegoalde. Al riachuelo le pusieron el nombre de Norbega, o lugar en donde se derriten las nieves, y continuando la bajada de sus aguas, atravesaron los Auñamendi, para encontrarse al otro lado con unas grandes llanuras o nafas. En ese punto fue en donde decidieron regresar al campamento base de Larraona. Lo hicieron desplazándose hacia Occidente, viajando siempre con los Auñamendi a su derecha. Según como dio a entender el narrador, una noche que era extremadamente clara, con todas las estrellas refulgando su antiquísima luz, la partida expedicionaria tuvo, a los pies de los Auñamendi, una experiencia difícilmente explicable para aquellas personas que no han tenido la fortuna de experimentarla. Al resplandor natural de las innumerables izarrak del cielo nocturno, se le añadió un sinfín de luces que surcaban el espacio. Fue tal la magnificencia de la situación, que decidieron llamar Ostka a la región que había sido testigo de semejante fenómeno. Después de haberse puesto a bien con las fuerzas cósmicas, continuaron su marcha, pasando y bautizando lugares como Aierbe, Itsuerre, y a través de la sierra de Leire, llegaron al río Iratze y después al río Urraibai. Pensaron que lo mejor sería seguir aguas arriba del río Urraibai, y así fue cómo se encontraron con el paso natural de los Auñamendi. Al camino que desde siempre ha unido las dos vertientes del Pirineo, lo llamaron Orreaga, por ser un lugar en el que florecían cantidad de unos arbustos con frutos muy olorosos, los cuales les eran conocidos de antes. Pasaron el desfiladero, y por el puerto de Ibaieta llegaron a la otra parte de los Pirineos. A partir de ahí, no tardaron mucho en avistar el Larraona y el campamento en donde les esperaban ansiosamente todo el resto de los euskos. El portavoz de los expedicionarios acabó su narración, diciendo que la zona que se extiende entre el Kantauri, el Garona y los Auñamendi, le parecía el solar perfecto. Vamos, que si fuera por él, se quedaría toda la vida ahí. La segunda partida de exploradores regresó varias lunas más tarde. Según escuchó Mitarra, el portavoz del grupo contó que habían encaminado sus pasos hacia el Sur, vadearon un río al que llamaron Bidasoa, y continuaron hacia abajo. Anduvieron por parajes salpicados de pequeños valles y laderas cubiertas de frondosos bosques. Al cabo de unas poquísimas jornadas, contemplaron un gran monte, al que en honor al otro monte que se situaba junto al campamento base, lo bautizaron con el expresivo nombre de Larrunarri. Desde su cima contemplaron una agreste sierra, la cual fue denominada como Aralar. Se internaron por los mágicos montes del Aralar hasta divisar, abajo, un ancho valle que discurría entre ellos y otra cadena montañosa. Descendieron al valle y estuvieron dudando si dirigirse hacia Oriente a través del valle, o ascender a los otros montes. Optaron por lo segundo. Ascendieron las duras laderas, y arriba se encontraron con una inesperada llanura, por donde discurrían innumerables y cantarines riachuelos entre un inacabable bosque que apenas permitía la visión del cielo. No tuvieron más remedio que llamar a la zona con el nombre de Urbasa. La explanada boscosa se cortaba de repente, a pico, sobre un exuberante paraje. Desde las alturas de Urbasa vieron el nacimiento de un río. Se fueron para allí, y después de un complicado descenso, allí, en el arroyo, pudieron saciar su sed. Así que pensaron que el nombre de Ega, para el incipiente río que brotaba en aquel lugar, era el más apropiado. Decidieron seguir su corriente hasta donde fuese preciso, y de esta manera fue cómo encontraron el gran río del Sur. La ribera del gran río gozaba de una temperatura muy cálida, así que la llamaron Ibarber o también Arribera y después Erribera ; y a la importante corriente de agua que se trasladaba hacia Oriente, la llamaron Ibaibero o Ibaiber. El punto en donde confluía el Ega con el Ibaiber, fue bautizado como Kalagorria, por ser un sitio en el cual las aguas tenían mucha profundidad y estaba rodeado de terrenos de color rojizo. En este punto, siguió narrando el portavoz de los exploradores de Hegoalde, la partida se dividió en dos grupos. Uno de ellos continuó aguas abajo por el Ibaibero, y el otro tiró aguas arriba con el fin de encontrar el nacimiento del gran río. Ambos grupos, antes de separarse, quedaron en reunirse en el mismo lugar de la escisión. En Kalagorria. Lanzaron unos irrintzis a modo de despedida, los cuales, pensó Mitarra, aún no se parecían en nada a la clásica jota de Calahorra. En ese momento de la película multidimensional, multiespacial, multitemporal, y hasta quizás multiholística; Mitarra contempló cómo se adelantaba otro explorador ante el consejo de ancianos, de cuyo relato dedujo que era uno de los que se había dirigido aguas arriba del Río Ebro o Ibaibero. El grupito que fue en busca del nacimiento del gran río, en su avance hacia Occidente, se encontró con una sierra de escarpadas paredes rocosas, perfectamente válidas para ejercer de defensa natural ante cualquier ataque por el Sur. Un Bigerria comentó que parecían murallas construidas por los antiquísimos Titanes de Lemuria de la Tercera Raza Raíz. Comprendieron que era la defensa natural más idónea para proteger la retaguardia del solar, y en consecuencia, decidieron que las aguas del Ibaibero serían la muga, y que las formidables paredes de piedra, situadas a no mucha distancia del gran río, cumplirían la función de disuasorios murallones, dispuestos estratégicamente allí para dificultar la entrada de cualquier hipotético enemigo que viniese del Sur. Por último, para no perder su costumbre de poner nombres a casi todo, también le adjudicaron la correspondiente denominación, y ya que el límite por el Norte era el mar al que habían llamado Kantauri, pensaron que lo apropiado sería llamar a aquellos montes rocosos con el mismo término que el empleado para el límite del Norte. Así fue cómo es que aquellos montes quedaronse con el nombre de Kantauria. Después de semejantes deliberaciones, teñidas incluso de algún que otro verso cantado, prosiguieron la búsqueda del origen perdido del caudaloso Ibaibero, allá por donde se oculta la luz del día. A unas pocas jornadas de marcha, y todavía con la sierra de Cantabria a su derecha, los variopintos componentes de la expedición fueron testigos de algo que les dejó sin aliento, aunque para los Bigerrias de la expedición fuera la jubilosa confirmación de uno de sus más viejos conocimientos. Lo fantástico comenzó cuando, estando acampados en la orilla del gran río, con la intención de pasar la noche de la manera más confortable posible, observaron cómo a lo lejos, justamente en unos montes que se encuentran enfrente de las agrestes paredes de Kantauria, se encendían y se apagaban unos llamativos fogonazos de un rojo ígneo de alta intensidad. El espectáculo les cautivó y les sorprendió también, porque no entendían el porqué de la intermitencia pictórica. Al despertar el día comprobaron que se habían apagado los lejanos fuegos, pero no obstante decidieron dirigirse al misterioso y refulgente lugar. Tardaron algo más de media jornada en acceder a las estribaciones de aquellos desconcertantes montes. Sobre una no muy extensa planicie, la cual se iba elevando suavemente hacia unas alturas boscosas, contemplaron, con todo el asombro del mundo, siete impresionantes rostros de gran tamaño, esculpidos en unas rocas que colgaban encima de la explanada, y revestidos de una apariencia mortecina cuya tonalidad les recordó el aspecto que adquieren las brasas cuando el espíritu del fuego comienza a declinar inexorable y lánguidamente, a la manera de la frágil personalidad humana, tan dada a entretenerse en aspectos tales como la familia, la religión, la raza, la nacionalidad, la posesión de bienes y personas, la gloria, y tantos otros juguetes más. Los viejos Bigerrias entendieron que se encontraban ante la presencia viva de un legado de la remotísima raza de gigantes, la Tercera Raza Raíz, la que precedió a su ya para entonces antiquísima raza, la Cuarta Raza Raíz. Los Bigerrias sabían que su pueblo no era originario de las montañas del Cáucaso; sabían que, antes de su estancia en las faldas del Ararat, su procedencia provenía de viejos continentes que ya habían sido devorados por las aguas de los mares, porque simplemente eran tierras de mareas, porque simplemente fueron engullidos por las caóticas aguas que se producen cada cierto tiempo, cada vez que el eje de la Tierra, en función del traslado de su centro de gravedad, oscila su inclinación. En consecuencia con ello también sabían que, muchísimo antes de la última gran catástrofe, las tierras del Mundo, las cuales no se correspondían en nada con la actual distribución, habían sido habitadas por los gigantescos seres de la Tercera Raza Raíz, los andróginos Titanes de Lemuria, los constructores de las impresionantes moles ciclópeas de piedra que se esparcen por Monument Valley en Arizona. Además, sabían que los eguzkos pertenecían a una de las últimas subrazas de la Cuarta Raza Raíz, la de los Atlantes que construyeron las tres pirámides del Nilo y que erigieron las estatuas de la Isla de Pascua, así como las cinco desconcertantes estatuas de Bamijan, localidad situada hacia el centro de Afganistán y a casi 8.000 mts. de altitud, sin que por ello, misteriosamente, se encuentre cubierta por los eternos hielos, por las nieves perpetuas que siempre acostumbran a estar presentes a semejante altura. Y por último, también sabían que los aborígenes cuya presencia les llamó la atención en las inmediaciones del campamento de Larraona, eran de uno de los muchos grupos étnicos de la incipiente Quinta Raza Raíz, o la raza encargada de evolucionar en los nuevos continentes: las tierras de Europa, parte de Asia, Norte de África y Norte de América. La raza semítica aria indoeuropea de Noé. También explicaron que en la ignota y remotísima época de la Tercera Raza Raíz, la de los también etéreos Titanes de Lemuria, la humanidad de entonces conocía el secreto del poder para modelar la materia pétrea de la naturaleza, y que para ello se valían del conocimiento del fuego que no ardía, pero que permitía manejar la piedra como quien juega con un barro hecho de arcilla. Y la mejor prueba de ello, concluyeron, era la presencia de los altivos rostros y la luminosidad ígnea que habían presenciado durante la inquietante noche anterior. Así que pese a semejante perspectiva, decidieron pernoctar en el mágico lugar, para ver si se volvía a reproducir el espectáculo luminoso; pero nunca más volvió a repetirse. La expedición entendió que los fuegos de la noche anterior habían sido como una especie de señal para atraerles a la majestuosidad insolente del lugar, testigo mudo de la grandiosidad pasada de razas ya desaparecidas, como, así mismo, también sería olvidada la suya y todas las que vengan después, hasta que el gran ciclo Manbantar del tiempo se cumpla con el advenimiento y decadencia de la séptima y última subraza de la Séptima Raza Raíz. Por todo lo antedicho, entendieron la fragilidad de la soberbia y el valor de la auténtica humildad, tan lejana del boato de la vanidad, y tan próxima a la intrínseca esencia del ser, o ezertar. Después de varios días de estancia en el ancestral entorno, la columna exploradora abandonó el lugar, dejando a unos cuantos Bigerrias y algún que otro Ibardula al cuidado del ámbito que como esfera luminosa sigue girando sin principio ni fin. Los que se quedaron excavaron grutas en la ladera de un montículo próximo a los pétreos rostros, para encerrarse en ellas a la manera del místico anacoreta, o del asceta ermitaño, o de cualquier otro tipo de eremita yogui devocional. También, ¡cómo no¡, bautizaron el emplazamiento, el cual les recordaría para siempre la inexorable futilidad humana, con el certero y enigmático nombre de Suso. El resto de la expedición tardó muchas jornadas en encontrar el origen del Ibaibero, pero porque el que persevera casi siempre consigue su objetivo, los exploradores euskos también acabaron llegando a las fuentes del gran río del Sur. Allí, bajo las fuentes del arroyo, uno de los componentes de la partida, el cual se ve que poseía ciertas capacidades electromagnéticas, afirmó con gran seguridad que aquella zona estaba repleta de fuerzas telúricas, como si de un inmenso generador o fuente de vida se tratase; y por lo tanto, como siempre, procedieron a darle un nombre, aunque debido que a esas alturas del viaje no estaba la expedición para pensar mucho, se les ocurrió que Iturbere era de lo más apropiado. Una vez bautizado el lugar del nacimiento del Ebro, Mitarra siguió contemplando las idas y venidas de aquellos euskos metidos a exploradores de ignotos parajes. La partida se tomó unos días de descanso en la mágica zona, y desde ella observaron una gran montaña que se elevaba un poco más allá. Decidieron que dicho monte podía ser el límite por Occidente para su solar, y que el susodicho monte sería la altura que diera sentido estratégico a la zona; y optaron por llamarlo Korde. Los más osados de la partida se fueron para la cumbre de más de 2.000 mts. de altura, y tuvieron la fortuna de descubrir desde allí y a lo lejos, hacia el Norte, un mar de un azul intenso que supusieron que sería el Kantauri. También vieron a los pies del Korde el nacimiento de otro río. Bajaron al campamento base de Iturbere, y toda la expedición se fue a conocer al nuevo río. Lo llamaron Sahats por la abundancia de sauces que había por la zona. Después se fueron aguas abajo, hacia arriba, hacia el Kantauri, siguiendo el curso del Sahats. Pasaron por lugares, bautizándolos como Ibarrez, Luzemehala, Errigaino Iboia, Mihare, para, después de un sinfín de aventuras, llegar a la desembocadura del Sahats, la cual era una pequeña pero bonita ría. En la orilla oriental de la ría, y enfrente del Kantauri, celebraron el reencuentro con su mar. Para ello hicieron una gran hoguera, y durante varios días se dedicaron a bailar, beber y practicar la sana costumbre del disfrute del sexo. Mitarra contempló, no sin un cierto asombro, cómo tanto los hombres como las mujeres de la partida, se despojaban de sus vestiduras, y a continuación saltaban y giraban en torno al fuego. Después se miraban los unos a las otras, o las otras a los unos, o los unos a los unos, o las otras a las otras, y tras mostrar y tocarse sus partes sexuales, se emparejaban y se distribuían sobre la hierba para gozar del viejo encanto de la naturaleza. El lugar en donde celebraron la atrevida romería, fue denominado como Suantzi. Pero los Tarbeas y Bigerrias de la expedición, que eran menos proclives a los escarceos, regodeos y placeres de la carne, cuando creyeron que ya estaba bien, pusieron a toda la comitiva en marcha hacia Oriente. Había que volver a Kalagorria, pero para ello se fueron por toda la cornisa cantábrica. Mitarra contempló cómo iban encontrando nuevos ríos que desembocaban en el Kantauri: Aizon, Ibaizabal, Deba, Urumea; para llegar por fin a un paisaje que ya conocían: la desembocadura del río Bidasoa. Comprendieron que habían rodeado el perímetro de una amplia zona, y contentos y satisfechos se dirigieron hacia el Sur, hacia Kalagorria, por el mismo itinerario que el utilizado varias lunas atrás. Allí pensaban reunirse con el grupo que se había encaminado aguas abajo, pero en Kalagorria no les esperaba nadie. La expedición cántabra tuvo que aguardar durante una buena temporada el regreso de la expedición aragonesa, y aprovecharon la ocasión, a instancias de los Bigerrias, para construir por los alrededores unas pequeñas especies de chozas, pero realizadas con grandes losas de piedra, las cuales las ponían de manera vertical, a modo de tabiques de roca, para después colocar otra en sentido horizontal encima de las verticales, a modo de sólido techo. La función de estas construcciones era la de crear un agradable lugar de recogimiento a la hora de hacer sus meditaciones trascendentales. Eran como unos nidos de piedra, arra, en contacto con el magnetismo de la Tierra, impregnados de la fuerza intrínseca de la densa materia de la piedra, tar, y bombardeados por las sutiles energías de los “Pulsar” que surcan la bóveda del Universo. En este punto de la visión en cinemascope, Mitarra se apercibió de dos aspectos que sucedieron en el lugar del consejo de ancianos. Uno, nuevo para él, fue que se dio cuenta de que el presidente del consejo no era hombre, sino mujer, y que la mayoría de dicho consejo estaba formado por ancianas y no por ancianos. Amamas y atatas. El otro fue la retirada del explorador que había informado de su viaje por la cornisa cantábrica, dando así la oportunidad al que se había ido aguas abajo del Ebro para volver a retomar la palabra. Explicó que su expedición no había sido tan agradable, pero que al final ellos también habían logrado contornear un perímetro bastante preciso de definir. Este grupo encaminó su andar por la ribera del Ibaibero hacia Oriente, hacia su desembocadura, y en efecto no tuvo tanta fortuna. A medida que descendían aguas abajo, fueron encontrando, cada vez más, a unos seres de similares características a las que tenían los que habían visto por la zona del campamento base de Larraona. Quizá eran algo más pequeños, pero no tan amigables. Al principio, los cromañones de la Ibarbero les solían hacer gestos hostiles con sus largos palos, sin embargo, nunca se acercaban de manera preocupante a la expedición. Al menos hasta que llegaron a un punto del Ibaibero en el que confluía un río que bajaba desde el Norte. El portavoz del grupo explicó a sus atentos oyentes que en aquel lugar decidieron parar, durante una temporada, para reponer fuerzas, y de paso resguardarse del sofocante calor que cada vez era más acuciante. Pero se ve que aquella zona era muy importante también para sus autóctonos, porque éstos se mostraron más numerosos y más hostiles. No obstante, nunca les llegaron a atacar, acaso porque les desconcertaron los diferentes y variados rayos de luz que emitían unos cristales que refractaban la luz solar, los cuales estaban insertados en el centro de cada disco solar que portaban todos y cada uno de los eguzkos. El caso es que el lugar elegido para reponer fuerzas, no era todo lo seguro que se podría desear, pero tenía otras ventajas nada despreciables: La zona disfrutaba de una temperatura maravillosa a la vera del refrescante Ibaibero, que pese a lo que su nombre pueda dar a entender, era el elemento adecuado para conjugar en un todo, el calor de la abrasada tierra con la frescura de la vitalizante agua. El Ibaibero era el que se ocupaba de transformar las áridas tierras en floridos vergeles, allá por donde pasasen sus aguas. El gran río del Sur era un creador de oasis y vida. Los euskos disfrutaron de su estancia en aquel paradisíaco lugar, y tras un merecido descanso, se dispusieron a continuar su expedición aguas abajo, hacia el extenuante calor que asomaba por el Este del oasis. Pero antes de internarse por el desierto, tuvieron el detalle de inmortalizar aquel lugar para la posteridad con el nombre de Zargozoa, por el placer y felicidad que habían disfrutado en la confluencia de los dos ríos. A medida que se iban internando por el desierto de Mendierre, el calor fue más sofocante, lo cual les obligó a no apartarse mucho de las refrescantes orillas del río que les servía de guía hacia Oriente. En un punto del trayecto, comprobaron que las berzas que iban plantando, como pequeñas reservas alimenticias para una posible necesidad en el futuro, en vez de agarrarse y asentarse en la tierra, al cabo de uno o dos días se ajaban y se ponían mustias. El lugar se quedó con el nombre de Azahila para unos, y para otros con el de Azaida. A partir de este sitio, la temperatura, a medida que seguían avanzando, fue refrescándose poco a poco; y así fue cómo llegaron a una áspera sierra de duros montes, la cual fue bautizada como Mehekoentza. En el extremo más oriental de la pequeña cordillera, se encontraron con una agradable sorpresa. Un caudaloso río, que descendía del Norte, confluía con el Ibaibero, creándose en su unión una vega de incomparable fertilidad. Pero no todo eran buenas noticias, en este sitio privilegiado volvieron a constatar que la presencia de autóctonos se intensificaba, así como su hostilidad. Los euskos, tras una acalorada discusión, decidieron que no era prudente continuar aguas abajo, y que lo mejor sería subir por el nuevo río hacia el Norte. Así lo hicieron, y en un lugar al que llamaron Aitaona, tuvieron la para ellos no misteriosa aparición de un Maestro espiritual, el cual les dijo que ya les faltaba menos para terminar su recorrido turístico, pero que aún les quedaba lo peor. El Maestro, al cual llamaron Jaungoikoa, se puso en plan profeta, y les explicó lo que Mitarra entendió como sigue: — Durante incontables generaciones habéis vagado por el camino que enlaza el centro del Nuevo Mundo con las tierras de Occidente. Ha sido un gran viaje, pero habéis arribado ya a vuestro destino, a vuestro solar. Podéis, si así lo deseáis, mostraros satisfechos, pero no olvidéis nunca que lo de menos es la posesión de la tierra, no olvidéis que lo realmente importante es que es en estas tierras en donde debéis de preservar vuestros conocimientos. “Ahora estamos en los albores de las nuevas civilizaciones que en su día ocuparán y dominarán Occidente, y vosotros, por ser el pueblo más antiguo de todos ellos, tenéis el deber y la responsabilidad de transmitir vuestro saber, sobre todo el referente a la defensa de la dignidad a la que todos los seres tienen derecho por ser hijos del Sol, de Ortzi, de la Naturaleza y del libre albedrío”. “Esta enseñanza la tendréis que mantener en esta parte del Mundo, para que las jóvenes razas, pueblos y naciones que vayan surgiendo con el transcurrir de la Historia, tengan una referencia hasta que ellos mismos, y por su propia convicción, puedan desarrollar unas normas parecidas de convivencia”. “Vuestra estancia en estas tierras es para eso, es para que cuando, en su natural ignorancia y en su infantil egoísmo de querer imponerse o arrebatar las cosas por medio de la fuerza, los futuros pueblos intenten borrar vuestras formas de entender la vida; vosotros, los hijos del Sol, os mantengáis firmes contra todo aquello que no quiera respetar el sagrado derecho a ejercer la libre voluntad en todo momento y ocasión”. “El combate será desigual porque os enfrentaréis a grandes pueblos; y no siempre seréis capaces de manteneros incólumes; y perderéis grandes extensiones del solar que acabáis de conocer; y parecerá que vuestras costumbres y vuestro idioma, que vienen directamente de la noche de los tiempos y de civilizaciones que vuestra mente no puede ni imaginar, serán barridos por culturas más jóvenes; y, sin embargo, ése es vuestro épico destino. Tendréis que esperar a que los seres, que van a convivir y enfrentarse en muchos casos con vosotros, adopten, al cabo de muchos milenios, vuestras formas de pensar y de respetar en todo momento el derecho natural a la libertad individual y colectiva”. “Y para eso, os harán falta muchas cualidades, pero sobre todo una: tener mucho corazón. Y para que nunca lo olvidéis, por ello es que vuestro solar, con el paso de la Historia, se verá abocado a un contorno que dibujará con precisión un gran corazón”. “Agur mutilak, y tener siempre presente que lo fundamental es el corazón, y no la extensión de tal o cual nación, que por definición y sin ninguna excepción, son todas transitorias, efímeras y de escasa duración”. Después de semejante sermón, la comitiva reanudó sus andanzas exploratorias y continuó aguas arriba por el nuevo río del Norte. Al poco tiempo se toparon con un lugar de indescriptible belleza, pero en el que parecía que se habían reunido todos los autóctonos del Ibaibero y de su Ibarbero. Los eguzkos o euskos comenzaron a llamarles con el nombre de Ibarkos o Iberkos. No obstante, los Iberkos no estaban para celebraciones ni bautizos, y plantaron cara a la expedición. Los eguzkos tuvieron que recurrir de nuevo a sus sofisticadas armas de disuasión, pero los rayos solares que surgían de sus discos, no sirvieron esta vez. Los más osados de entre los Iberkos, no se amedentraron esta vez, y alguno de ellos logró entrar dentro del recinto defensivo de los euskos. En la refriega, dos expedicionarios resultaron mal heridos, y no pudieron ser debidamente atendidos hasta que se volvió a restablecer el orden. Una vez repuestos del susto, consideraron que el sitio era bastante peligroso, y optaron por marchar cuanto antes de él, no sin antes molestarse en ponerle el nombre más adecuado. Se decidieron por el de Ilerdia para el lugar, y para el río nuevo que les llevaría hacia el Norte, pensaron que no le vendría nada mal el apelativo de Arriberangogortza. Así que Mitarra contempló cómo remontaban el río, en busca de su nacimiento, allá por el frío Norte. Antes de llegar a los majestuosos montes que se comenzaban a percibir, pasaron y bautizaron lugares como Alfarrak, Ager, Aran y Barrura. Los calores de la ribera del Ebro fueron sustituidos por las nieves de aquellos montes tan altos y con tantas cabras. Los componentes de la expedición también los llamaron Auñamendiak, y así fue cómo encontraron el nacimiento del río Ribagorzana. Allí tuvieron una grata sorpresa. Comprobaron con regocijo que toda la zona estaba señalizada con inscripciones de símbolos euskos, así que dilucidaron sin lugar a dudas que por allí había pasado la expedición que salió desde el campamento base de Larraona hacia Iparralde. Supusieron que era un buen augurio el hecho de que ambas expediciones hubiesen llegado al mismo punto por caminos tan aparentemente opuestos. Estuvieron varios días celebrándolo a todo trapo; y porque en dicha zona había cantidad de muérdago; y, además, porque esta planta era para ellos una señal que auguraba buenos tiempos venideros, optaron por bautizar al lugar con el nombre de Miharan. También comprobaron que la expedición de Iparralde que había llegado antes que la suya a Miharan, había iniciado el regreso siguiendo una ruta por el Sur de los Auñamendiak, por lo cual, ellos lo hicieron por una más al Norte. Pasaron por Bieltza, por Bieskas, por Jaka, para encontrarse de nuevo con las pistas dejadas por la otra expedición por los montes de Leire. Siguieron esta vez la misma ruta empleada por sus predecesores, y al llegar al paso de Orreaga, optaron por no pasar a la otra parte, y prosiguieron hacia Occidente, cruzando el monte Adartza, hasta encontrarse con un río al que bautizaron como Basoetan. Siguieron su cauce, y al llegar a su desembocadura se dieron cuenta de que era el río Bidasoa que ya conocían desde el principio de la gran “tourné”. Así que, escuchó Mitarra de labios del portavoz de Hegoalde, para terminar cuanto antes esta interminable narración turística, la expedición descendió rápidamente hacia Kalagorria, donde se encontraron con unos saneados y relajados compañeros de aventuras, los cuales recibieron con gran jolgorio a los sufridos exploradores que llegaban medio derrengados, tras internarse por la parte más dura de la primitiva Euskal Herria. Una vez acabada la narración de la expedición de Hegoalde, y sin olvidar la información suministrada por la de Iparralde, casi ya un año atrás, el consejo de ancianas y pocos ancianos, estuvo deliberando durante un buen rato. Mitarra no estuvo muy atento a las deliberaciones del consejo, y se dedicó a investigar por qué había más mujeres que hombres en el gobierno de los antiguos euskos. Examinó la situación, y recordó que para acceder a cualquier información de su subconsciente, sólo había que desearlo y pedirlo a continuación. Hizo la pregunta y la respuesta le vino al instante. Mitarra comprendió por qué para expresar las palabras “mano izquierda”, los antiguos euskos lo definían como “ezkuarra”, es decir, “la mano macho”, mano piedra, mano masculina, ezkerra. Por el contrario, también comprendió por qué para la mano derecha, empleaban el término “ezkuema”, es decir “mano hembra”, mano femenina, ezkuma. Entendió que la mano izquierda, la parte izquierda del cuerpo, está más ligada al hemisferio derecho del cerebro que al izquierdo; y que la derecha, la parte derecha del cuerpo, está más ligada al hemisferio izquierdo que al otro. En consecuencia, la mano masculina, la ezkerra, dependía más del subconsciente que del consciente, y por lo tanto, eso significaba, empleando una directa analogía, que los antiguos hombres euskos eran más imaginativos, más soñadores y más pasivos que las mujeres, las cuales, por depender más del consciente que de su opuesto, eran más prácticas, más organizadoras y más activas. Es decir, cuando aquello, en el pueblo euskaldun, lo masculino era la imaginación, y lo femenino era la voluntad. Mitarra se asombró de que en aquella época de auténtica épica, los euskos tuviesen la polaridad mental orientada en sentido opuesto a la de ahora. Así que entendió por qué todavía las mujeres vascas eran las más apropiadas para los asuntos de gobierno y dirección; y por qué, en cambio, los hombres vascos son tan propensos a la práctica del juego, del placer, de la creatividad, de la gastronomía, de los versos y de la alegría en general y en sus más diversas vertientes. Así fue cómo Mitarra se enteró de dónde venía que las mujeres vascas fueran tan serias y responsables, y en cambio, los hombres vascos tan golfos y juerguistas. Por eso, en los inicios del Neolítico, los euskos tenían en las mujeres sus elementos más valiosos en cuanto a voluntad y capacidad racionalizadora; y en los hombres tenían la inteligencia y la capacidad imaginativa. Y por eso, las mujeres eran las que más puestos ejecutivos ocupaban en la elemental y sabia organización de aquellos seres tan antiguos y tan desconocidos. Mitarra quedó satisfecho con la explicación obtenida, y se dispuso a enfocar su atención en las deliberaciones del consejo. Todos sus componentes aceptaron los límites del solar que la Providencia les había otorgado. Por el Norte estaría delimitado por el Garona. Por el Sur por el Ibaibero. El lugar más al Norte sería Girona. Al Sur serían las paredes rocosas de la sierra de Kantauria. Por Occidente estaba Mihare, y por Oriente Miharan. Celebraron con unos cuantos versos que su tierra estuviese entre muérdago, el cual, como ya sabía Mitarra, era la planta de los buenos augurios. Después de la aceptación de la territorialidad, y después de recapacitar en las palabras del Maestro de Aitaona, y después de comprometerse a preservar en el sentido de la igualdad entre todas las personas; procedieron a distribuir a las distintas secciones administrativas, clanes, tribus o pueblos, en función de su ubicación más idónea. Lo primero que decidieron fue en dónde ubicar a los Tarbeas, que para eso eran los dirigentes de los euskos. Estimaron que el lugar más estratégico y más centrado era la zona costera que se extiende del Bidasoa al Adurra. A continuación, ya que el país estaba dividido en dos vertientes por causa de los Auñamendiak, procedieron a denominar a la del Norte como Iparralde, y a la del Sur como Egoalde. Luego se hizo la distribución de Iparralde. En primer lugar colocaron a dos aguerridas tribus para la defensa de Tarbea. Al nordeste del gobierno se pusieron los Tarbeateas, y al sudeste los Eluronas, los cuales también fueron encargados de la custodia del paso de Orreaga. Más hacia Oriente, ubicaron a dos tribus de las más aguerridas de entre todas ellas. Estos dos pueblos ocuparían ambas orillas del Garona desde su nacimiento hasta Tolesa, siendo los Konsorotsonas los que se dispusieron a modo de punta de lanza en la orilla oriental para frenar las posibles llegadas de otros pueblos desde Oriente, y asimismo fueron encargados del paso de Andorratz. A la retaguardia de éstos, en la otra orilla, estarían los Konbaronas, que tampoco eran mancos a la hora de jugarse el tipo. Al norte de estos dos pueblos, y ya siempre en la orilla occidental del Garona, se fueron distribuyendo los Ilakteas, los Elurateas, los Basateas, y por último los Boliateas, cubriendo así todos los posibles accesos del arco que describe el Garona desde Tolesa a Girona. Y para acabar con el reparto de las tierras de Iparralde, a los Bigerrias y a los Autsikias, dado que la función social de los unos era la de fomentar la inteligencia, y la de los otros, la de alegrar el corazón al resto de sus paisanos; se les ubicó en la zona más protegida. Así, los Bigerrias estaban al este de los Tarbeateas y de los Eluronas, y por el norte tenían a los Elurateas; y los Autsikias estaban al este de los Bigerrias, pero protegidos al norte por los Elurateas e Ilakteas, y al este y al sur por los Konsorotsonas y Konbaronas. Todos estuvieron de acuerdo con la distribución de tierras realizadas, y cada cual partió para su destino. A continuación se procedió a hacer lo mismo con Hegoalde. Para ello se tuvo muy en cuenta toda la información suministrada por los exploradores del Sur, especialmente la referente a las características del extremo más oriental del país. El consejo de ancianas dio por bueno que la muga o límite por Oriente fuese el río Norbega Arriberangogortza, a pesar de las extensas llanuras o nafas, completamente resecadas por un Sol abrasador, que se extendían por la parte oriental del triángulo formado por el Ibaibero, el Norbega y los Auñamendi con la prolongación de la cornisa cantábrica. Así que en la zona casi desértica del este de Hegoalde, decidieron establecer pequeñas colonias de Sussateas o guerreros del fuego, siendo los más orientales, los más próximos a Ilerdia, conocidos o llamados como Ilerdiateas con el transcurso del tiempo. Al norte de los Sussateas, o también Nafarras, en la vertiente meridional de los Auñamendiak, se establecieron destacamentos escogidos entre los Eluronas y Konbaronas de Iparralde, los cuales, también con el transcurso del tiempo, fueron conocidos como los Jakateas, debido a su ubicación por las inmediaciones de Jaka. Más hacia Occidente, al oeste de los Nafarras o Sussateas, donde terminaba el desierto, o en la boca de la nafa, se extendían unas incomparables tierras que en un principio fueron llamadas Nafarroa, pero después, debido a la riqueza forestal del terreno, también fue conocida como Basaona. Estas tierras fueron pobladas por algunos Tarbeas y por unos cuantos Eluronas, los cuales, todos ellos, acabaron por ser conocidos como Basakos o Basakonas. El consejo de ancianas entendió que Nafarroa era el corazón del país, y como tal la ubicó perfectamente. Al norte tendría la protección de los Auñamendiak; al este, los inmensos espacios abiertos de los Nafarras; al oeste, una salida al Kantauri entre los ríos Bidasoa y Urumea; y al sur, las vivificantes aguas del Ibaibero. Una vez bien ubicado el corazón del país, se procedió a asentar a los idealistas y poéticos Ibardulas. La zona elegida, por ser la más apacible y bucólica, fue al oeste de Nafarroa, entre los ríos Urumea y Deba, y por el sur, otra vez las aguas del Ibaibero limitaban su expansión. A continuación se asentó a los vividores de los Garistias. Para ellos fue la parte de la costa que reunía las mejores características en cuanto a aprovechamiento de los recursos naturales de la pesca. Se hartaron de pulpos, percebes, almejas, lapas, caracolillos, mejillones, ostras, quisquillón y angulas. Se ubicaron entre los ríos Deba e Ibaizabal, y por el sur, tendrían los ricos trigales de Araba hasta, una vez más, las aguas del Ibaibero. Sólo quedaba por cubrir la zona más occidental de Hegoalde, y para ello, como en el caso de la más oriental de Iparralde, se envió para allí a otra tribu de guerreros, cuya situación sobre el terreno fue como otra punta de lanza. A la retaguardia del extremo, entre los ríos Ibaizabal y Aizon, y con el Ibaibero por debajo, se asentaron los Aurpegionas; y en la mismísima punta de la lanza, entre los ríos Aizon, Sahats e Ibaibero, se atrevieron a quedarse los más osados de entre los Aurpegionas o Aurigones, los cuales con el tiempo, adoptaron, en honor al mar que les bañaba, el nombre de Kantaurikos. Mitarra contempló toda la distribución de la originaria Euskal Herria, y no pudo dejar de congraciarse con la inteligencia de aquellos primitivos vascos. El norte del país era como una fortaleza para intentar evitar la llegada por Oriente de cualquier pueblo con ganas de entrar hasta la cocina. Después estaban los Pirineos que partían el país en dos vertientes casi simétricas, como si fuesen los dos hemisferios del cerebro. Luego estaban las comunicaciones naturales de la desembocadura del Bidasoa y de los pasos de Orreaga y Andorratz, para unir ambas partes de la manera más fluida posible. A continuación se fijó en el sur del país, con la extensa zona casi desértica y apenas poblada que había en la parte más oriental. Era una especie de tierra de nadie, pero con la función de hacer como de colchón a posibles invasiones provenientes desde la orilla oriental del Ribagorçana. Luego estaba Nafarroa, el corazón, con su salida al mar, al igual que el resto de los demás pueblos que se extendían al Occidente de Hegoalde. Mitarra reconoció que la distribución sobre el terreno de los Aurpegionas, Garistias e Ibardulas, era mucho más justa, igualitaria y marítima que la que posteriormente adoptaron los vizcainos, alaveses y guipuzcoanos. Y por último, también le pareció perfecta la ubicación del gobierno del país, Tarbea, estratégicamente situada en la parte más íntima, y en el mismísimo vértice del que mucho más tarde sería conocido como Golfo de Biscaia o Vizcaya para unos, o de Guasconia o Gascogne para otros. En efecto, siguió meditando Mitarra en todo lo que estaba contemplando, el solar no sería muy extenso, pero tenía todo lo que tenía que tener: Extensas landas costeras que llegaban hasta la desembocadura del Garona; ubérrimas campiñas verdes, onduladas por suaves colinas que se esparcían entre las playas de la costa y el cauce del Garona; una impresionante cadena de montes cubiertos de frondosísimos bosques y habitados en sus más inaccesibles cumbres por auténticas legiones de saltarinas cabras; una prolongada, rica y cómoda costa, que formando un caprichoso ángulo recto en su mitad, iba desde la desembocadura del Garona hasta el nacimiento del Ebro; unas bien regadas llanuras de Nabarra, de Araba y de la Erriotza del norte del Ebro, estaban al sur de los grandes montes habitados por cabras; en el oeste, en la costa del Cantábrico, estaban las verdes y apropiadas campas para el desarrollo de la ganadería, y en menor medida de la agricultura; y al norte de los Pirineos, el terreno era perfecto para la agricultura, así como para la ganadería. Durante cinco mil años, repartidos entre el Neolítico y la Edad del Bronce, desarrollaron la agricultura y la ganadería. Fueron grandes comedores de nueces, manzanas, setas, berza, pescados, mariscos, caracoles, pan y diversos productos lácteos de excelente label. Fueron grandes constructores de dólmenes, y apenas edificaron poblados. Prefirieron vivir desperdigados por las llanuras, valles, montes y pequeñas colinas que configuran la orografía de Euskal Herria, o Eguzkia, tal como ellos lo llamaban, hasta perder por algún frío súbito la raíz eg de Eguzkia y quedando en Uzkia o Euskia. Se relacionaron con los cromañones autóctonos y les enseñaron el lenguaje de los hijos del Sol y algunas cosas más; propiciando de esta manera el desarrollo de los Iberkos, los cuales, varios milenios más tarde y a partir del sur del Ebro, crearon una cultura propia y se organizaron para formar el lúdico y artístico Pueblo Ibero, o Ibérico, de usos, creencias, costumbres e idioma parecidos a los de los euskos que habitaban del Ebro para arriba. Fue la época del culto a la mujer y a la madre Naturaleza, adoraron a los árboles, en especial al Espino en flor, Arantza, y practicaron el arte de enfrentarse solos, desprovistos de toda vestimenta, y con un pequeño retal de tela en la mano, a unos enormes toros a los que había que sortear y esquivar cuan perfectas bailarinas. Por eso, las mujeres eran las más hábiles en esta suerte, y porque el requisito imprescindible para acceder a la categoría de Tarbea, además del de electo, era el ser un consumado maestro en este arte, las mujeres eran las que más fácil lo tenían. Aquellos antiguos vascos sabían que para saber gobernar, era antes preciso saber torear. Pero también tuvieron sus olvidos, y uno de ellos fue perder el conocimiento de su origen, el cual sólo quedó en la memoria de los belagiles o basajaunak, todos ellos sencillos discípulos de los míticos Bigerrias. No obstante, el más determinante, el más humano, no lo olvidaron. No olvidaron la vieja ley que decía que todas las personas eran señores y amos, jaun eta jabe, de sí mismos, con unos derechos naturales y ancestrales que nadie, ni el mismísimo Dios, podía arrebatar. En consecuencia con la vieja ley, institucionalizaron las asambleas de vecinos bajo la protección de grandes robles. Mitarra contempló la casi idílica existencia de los antiguos euskos durante tantos milenios, y comprobó que el país, además de su distribución en diversos pueblos o departamentos, también poseía sus centros de fuerza, como la estructura de los chakras en las personas: El primer chakra, o el último según cómo se mire, era Occidente, el mar, la puesta del Sol; el segundo era Tarbea; el tercero era Tarnos; el cuarto era Tardets; el quinto era Tartas; el sexto era Tarbes; y el séptimo y último era Tarazkena o Tarascon. Este último era el chakra del dios Kaka, el de la voluntad y el de la supervivencia, el más primitivo, pero también el más básico. Pero Mitarra vio unos oscuros nubarrones que presagiaban grandes tormentas y sinsabores. Con el principio de la Edad del Hierro, hará unos tres mil años, comenzaron los primeros problemas con los pueblos que iban llegando. Los antiguos agricultores, pastores y pescadores, todos ellos medio anarcos, que se expresaban en euskera preindoeuropeo, no sabían lo que les esperaba: Tres mil años de ininterrumpidas luchas contra todo Dios. Los jóvenes pueblos del mundo iniciaban el asalto de la antiquísima fortaleza de los ya para entonces viejos euskos. Y los primeros en aparecer, con no muy buenas intenciones, fueron los bravos Celtas indoeuropeos. Por esa época, los emotivos guerreros Celtas, desde la actual Suiza, concretamente desde La Téne, se irradiaron militarmente por toda Europa. Eran un pueblo esencialmente militar y religioso, que, además de ser unos bravos guerreros en el campo de batalla, estaban mentalmente constituidos como si hubiesen sido especialmente diseñados para la lucha. Eran los guerreros por excelencia. Era tal su dedicación y preparación para la guerra, que hasta el Paraíso que se imaginaban que encontrarían después de la muerte, la cual, ¡cómo no¡, tenía que ser en combate, consistía en un enorme salón, artesonado de grandes vigas de madera, en donde estaban todos los días de la eternidad batallando entre sí, y al final de cada jornada de esforzado combate, todos los guerreros, incluidos los muertos y heridos, los cuales resucitaban o sanaban, se dedicaban a comer carnes asadas y a beber cerveza sin parar durante toda la noche hasta el despertar del nuevo día, en el que comenzaban de nuevo a guerrear entre sí. Y así todos los días de la eternidad. Los Celtas sólo vivían para la guerra, sin disfrutar apenas del sexo, y sin conocer el sentimiento de la compasión y del amor. En fin, pensó Mitarra, eran unos fanáticos de cuidado y más peligrosos que una manada de hambrientos lobos procedentes de las nevadas cumbres de los Alpes, de cuyos ricos valles se podría decir, sin ser por ello demasiado atrevido, que fueron testigos del inicio de una de las mayores y más sangrientas conquistas militares de toda la Historia: la celtificación de Europa. Además, su superioridad militar estribaba en que fueron los primeros en construir sus armas con un nuevo metal mucho más duro que el antiguo bronce: el hierro. Su vigor físico lo obtenían de unas acertadas y apropiadas dosis de sal que extraían de varios yacimientos, entre los cuales estaba el de Halsttat al sur de Alemania. Su fanatismo religioso se lo suministraba una bien organizada estructura religiosa de brujos o druidas. En unos 500 años, conquistaron toda Europa e hicieron, a través de los Urales, varias incursiones por Asia, para recordar viejos tiempos pasados allí. Por aquella época, los antiguos etruscos o también euskos, según alguna que otra romántica teoría, comenzaron a sentir los primeros coletazos del imperialismo de lo que después fue el Imperio Romano. Los Celtas derrotaron a los inexpertos romanos en la batalla de Alía, y con Brenno como líder, tomaron la ciudad de Roma, fundada un poco antes por Rómulo y Remo según dicen. Toda Europa cayó bajo su dominio. Con Roma llegaron a una entente y se retiraron a la parte norte de Italia. Con el resto, a excepción de con los euskos, no hubo ningún acuerdo más. Conquistaron militarmente toda Europa. Irlanda, Inglaterra, Escocia, Península Ibérica, a excepción del norte del Ebro, toda Francia, a excepción del sur del Garona, el Benelux, y todo el centro de Europa, hasta llegar al mar Negro y a Grecia. Allí ya eran conocidos como los Gálatas. En Francia lo fueron como los Galos, y en Irlanda, Bretaña y Galicia como los Gaélicos. Los Celtas crearon un nuevo orden social, cultural, religioso, artístico y lingüístico en todo el ámbito geográfico que conquistaron a golpes de sus espadas de hierro. Casi toda Europa, a excepción de la casi mitad sur de la antigua Italia de los antiguos etruscos, y de la zona que se extiende a ambos lados del Pirineo, la de los euskos, fue celtizada o quizás, pensó Mitarra, fuese más apropiado utilizar la expresión de celtificada a cal y canto. En cambio, los euskos supieron mantener casi escrupulosamente el dominio de su zona. La que va del Garona al Ebro. Mitarra contempló cómo los euskos que habitaban por aquella época entre estos dos grandes ríos, supieron frenar la arremetida celta, y mantener nítidamente los límites de sus fronteras. Para ello contribuyeron varios factores: La abundancia de mineral de hierro, que había casi a flor de tierra en innumerables lugares de Hegoalde, les proporcionó la posibilidad de fabricar ingentes cantidades de unas espadas cortas de doble filo que más tarde, alrededor de tres siglos después, fueron adoptadas por las legiones de Roma; las particularidades orográficas de su montañoso terreno; la perfecta organización social y militar dirigida desde Tarbea; y el espíritu indomable que les dictaba que a malas no hay que aceptar nada. Mitarra entendió el porqué de la victoria política, social y militar que obtuvieron los euskos a costa de los emotivos Celtas. Sin embargo, no todo fueron parabienes. Por una parte, con el transcurso de la guerra, la dirección del país fue derivando hacia los hombres, dado que éstos estaban físicamente mejor dotados que las mujeres para el ejercicio tan poco sabio de la guerra. Por otra parte, fueron más de quinientos años de encarnizados combates, y los euskos cedieron algunas pequeñas parcelas en los límites de su solar. Los Konsorotsonas y los Konbaronas supieron cumplir con su papel de avanzadilla defensiva por Oriente, y se mantuvieron como un bastión inexpugnable al otro lado del Garona. Pero por el Norte, los Celtas consiguieron tomar Tolosa y una pequeña franja del país de los Elurateas, así como la zona del estuario de la Gironde, el país de los Boliateas. Por el Sur, después de años y años y años de combatir en la defensa de la impresionante fortaleza natural de Mequinenza, los Ilerdiateas tuvieron que abandonar la rivera del Segre – Noguera Ribagorçana, y retirarse hasta la segunda línea defensiva que constituía el río Gállego, el cual fue el que marcó la separación de la influencia celta de la eusko. Asimismo, también hubo enconados enfrentamientos en la sierra de Cantabria que impidieron la entrada por el Sur de los Celtas Berones, gracias al denodado esfuerzo de los Basakonas. Por último, la puerta de Birobeskas fue mantenida tenazmente por los euskos Kantaurikos y Aurpegionas. El resto del país se mantuvo a resguardo de las embestidas celtas, y éstos tuvieron que acabar por aceptar que, a malas, poco se podía hacer con los obstinados y orgullosos euskos. Así que sobrevino una época de paz, en la cual, Celtas y euskos supieron convivir como personas sensatas. Al sur de Eguzkia estaba Celtiberia, llamada Hispania por griegos y romanos. Al norte, Las Galias. Y en medio quedó el viejo solar con unas pequeñas mordeduras en el perímetro de su contorno exterior defensivo, el cual, con el transcurso del tiempo, fue una zona de amalgama en la que se fundieron ambas culturas y ambas lenguas. De esta manera, Boliateas, Konsorotsonas, Konbaronas, Jakateas, Sussateas, Ilerdiateas y Kantaurikos hicieron de crisol entre Celtas y euskos. Pero aquella época era más inestable que un tembloroso flan recién hecho, pensó Mitarra, y la paz era un bien casi inexistente. Quizá por eso, los siguientes que llegaron eran unos fervorosos y entusiastas propagadores de la poco pacífica “Pax Romana”.
Capítulo 56. HISTORIA DE NAVARRA Mitarra seguía inmerso en los archivos de Akasha, ante la atenta mirada del vivaracho conejo, y unas imágenes de hombres con cascos rematados de penachos y con corazas artísticamente labradas, le hicieron comprender que ahora la historia iba de Romanos y de su famosa Pax. Los Latinos indoeuropeos, dueños ya de la antigua Italia etrusca preindoeuropea, también se prepararon para la guerra, y pocos siglos más tarde, se vengaron de los Celtas. Les fueron arrebatando todos los territorios, tras durísimas guerras, y de paso se animaron y también se fueron para Asia y norte de África. Romanizaron casi toda Europa, pero aquí también, los etruscos latinizados y romanizados, apenas lo consiguieron con los euskos de la futura Vasconia. Mitarra, en su interminable película, contempló cómo entraba Euskal Herria en la Historia. Se enteró de que historiadores romanos y griegos, tales como Tito Livio, Estrabón, Plinio y hasta el mismísimo Ptolomeo, estudiaron y escribieron abundantes textos sobre unos pueblos no celtas, que hablaban una lengua no celta, a los cuales ellos denominaron como Vascones y/o Vasconia. Los Romanos, consumados organizadores de territorios que no eran suyos, describieron una precisa distribución de los pueblos que se encontraron en Euskal Herria. Según ellos, por el Norte estaban los Boiates, Vasates, Elusates, Lactorates, Auschitas, Consorani, Converani, Ilurones, Bigerris, Tarusates y Tarbelli. Por el Sur, estaban los Ilergetes, Jacetani, Suessetani, Vasconi, Varduli, Garistii, Autrigoni y Cantabri. Los Romanos supieron distinguir de inmediato la composición etnográfica de los distintos pueblos de Vasconia, y en consecuencia elaboraron una meditada estrategia de paulatina romanización que constaba de tres fases. En la primera, se dedicaron a combatir ferozmente a aquellos pueblos que eran mitad vascones mitad celtas, sin duda debido al odio visceral que se tenían Romanos y Celtas. Después de varias y duras campañas, Consorani, Converani, Ilergetes, Jacetani y Suessetani, acabaron por ser derrotados militarmente. Cantabri nunca se llegó a rendir, a pesar de las terribles campañas que varios emperadores romanos emprendieron contra la punta de lanza que constituían los Kantaurikos. La segunda fase fue más sutil. En esta etapa no hubo guerra, sino una pacífica y consentida colonización de una parte de Vasconia, la que llamaron el “Ager Vasconum”, para distinguirla del “Saltus Vasconum” que se mantuvo independiente de la influencia romana. Así que la perfecta máquina de guerra que constituían las cohortes y legiones romanas, alimentadas casi exclusivamente a base de pan con ajo y vino, nunca se enfrentó a los pueblos vascones vencedores de los Celtas. Hubo un acuerdo entre Roma y los autóctonos del Auñamendi, en el que se repartieron las zonas de influencia. Roma colonizó por el Norte la zona comprendida entre el Garona y el Adur, y por el Sur las riberas nabarras del Ebro, la zona de Pamplona y parte del sur de la Araba de los Garisti. El resto del país, el “Saltus Vasconum”, aunque se permitió o les interesó que los Romanos trazasen dos calzadas, la de Oiartzun y la de Castro Urdiales, era de jurisdicción de sus habitantes naturales. Con los Celtas hubo que guerrear valle por valle, cañada por cañada; pero con los Romanos se llegó a un pacto. Era tal el respeto que sentía Roma por los guerreros euskos, que en las legiones romanas de carácter más ofensivo, siempre había alguna cohorte de vascones contratados como mercenarios a sueldo, estando de esta forma en las zonas más conflictivas, como en el caso de la conquista de Britania. Mitarra tuvo interés por conocer en qué consistía la tercera fase de la estrategia, pero comprendió que ésta nunca se pudo llevar a cabo por la aparición de nuevos acontecimientos históricos. Casi a finales de la era del Imperio Romano, la religión católica comenzó a introducirse inexplicablemente entre la población vascona. Pero Mitarra entendió algunos de los motivos de ello. Los euskos tenían su propia religión que, a pesar de lo poco que se sabe, era más bien la religión antireligión. No tenían ningún panteón divino, ni adoraban a ningún dios antropoformizado; sólo tenían leyendas misteriosas. Adoraban al Sol y a la Naturaleza, y todos se consideraban señores con unos derechos que les venían desde siempre. Así las cosas, no tiene sentido que en el Ager Vasconum abrazasen una religión que era, ante todo y sobre todo, una filosofía radicalmente represora de la auténtica esencia humana. ¿O acaso para engañarles, sólo les contaron la parte buena, la del mensaje original de Jesucristo? La cosa es que, con engaño o sin engaño, uno de los motivos de abrazar la religión de Roma, fue que se enteraron de que si así lo hacían, los nuevos brujos de la rígida nueva religión, que conocían la forma de construir sólidos templos de piedra, les iban a asesorar para su construcción. Los templos de piedra, con sus altas torres que permitían observar el horizonte, y con sus cálidos pórticos, más apropiados para sus asambleas de vecinos que la sombra del viejo roble; eran un buen recinto defensivo en caso de ser atacados por los belicosos Pueblos Bárbaros que comenzaban a asomar el morro por Septentrión. En efecto, como porque a todo txarritxu le llega su San Martín, también los Romanos recibieron una buena dosis de su propia medicina. Roma perdió la hegemonía en Europa y fue obligada a replegarse sobre sí misma, debido a la irrupción en escena de otros pueblos perfectamente capacitados para la guerra. Los Bárbaros del norte de Europa. Los adoradores del racional dios Thor, del todopoderoso Odin, y de las desinhibidas walkirias, con las cuales, o al menos con sus compañeras terrenales de tribu, practicaban el sexo con una frecuencia inusitada, a la vez de una asiduidad asombrosa. En lo gastronómico eran grandes comedores de carnes saladas de cerdo, pato y carnero, cocidas a conciencia hasta hacerlas tan blandas como la mantequilla; y siempre estaban borrachos, para darse el valor necesario en el cotidiano batallar, de un fuerte y rudimentario licor obtenido de la fermentación de la miel. Los Vándalos, Alamanes, Alanos, Suevos, Visigodos, Francos, Godos y demás ralea, arrasaron con todo lo que se les puso por delante, y también llegaron en varias ocasiones hasta las mismísimas puertas de Roma, y también hicieron sus incursiones por el norte de África, más que nada para tocarles un poco los huevos a los autóctonos del desierto africano. El predominio militar de los Bárbaros fue debido principalmente a dos motivos. Uno fue su gran envergadura y su tremenda fortaleza física, que les permitía manejar sutilmente, como si no pesasen mucho, las pesadas armas de combate. El otro fue más bien de índole racionalista. Antes de enfrentarse a Roma, durante varias generaciones, muchos de sus jefes militares estuvieron combatiendo en las legiones romanas como mercenarios. De los mismos Romanos, los Bárbaros aprendieron cómo había que derrotarlos. Después todo fue coser y cantar. También conquistaron toda Europa, también hicieron alguna que otra incursión por Asia, y también conquistaron la Península Celtibérica Romana, entrando en ella, como antes los Celtas, por el extremo más oriental de los Pirineos. Pero curiosamente, también, apenas pasaron del norte del Ebro y del sur del Adur. Mitarra contempló cómo otra vez los glaciares de la muerte, cubiertos de pesados y densos nubarrones, cuan amargos depósitos rebosantes de lágrimas de rabia y dolor, se cernían amenazadoramente sobre los húmedos valles de Vasconia en el, de no tan grato recuerdo, año 409 de la Era Cristiana. Hubo muchas guerras, y mucha tristeza, la cual marcó para siempre el devenir más íntimo y melancólico del carácter vascón. Durante algo más de cuatrocientos largos años de batallar sin cesar en las llanuras y llanadas de Nabarra y Araba, y en el “Ager Vasconum” de Iparralde, o Aquitania; los vascones soportaron tal presión, que se hace inexplicable el hecho de que pudiesen salir casi indemnes de ello. A no ser que sea cierto lo de la beneficiosa influencia del muérdago, pensó Mitarra. Al sur del Ebro, los Bárbaros crearon el poderoso reino visigodo de Toledo. Un poco antes, al norte del Adur, entre este río y el Loira, en primer lugar fueron los Visigodos los que crearon el reino de Tolosa, cuya capital, recordó Mitarra, estaba en la mismísima dobladura del Garona, en el punto en donde confluían las tierras de los antiguos Lactorates, Auschitas y Converani. Después los Francos, otros Bárbaros del Norte, derrotaron a los Visigodos y se quedaron en Aquitania de vecinos de los paganos vascos del “Saltus Vasconum” de Iparralde. Así las cosas, el panorama que tenían los vascones no era como para distraerse. Por el Norte, los Francos les empujaban hacia abajo. Por el Sur, los Godos y demás socios, hacían lo mismo, pero para arriba. Hubo que desempolvar las antiguas estrategias militares que habían desarrollado mil años atrás en sus guerras contra los Celtas. Además, los vascones también habían aprendido de los Romanos alguna que otra maniobra de ataque. Crearon un cuerpo de caballería ligera que hostigó y provocó el pavor entre las aguerridas y pesadas huestes bárbaras de los Francos y de los Godos. Los vascones pasaron al contraataque, y por el Norte empujaron a los Francos hasta el Loira. Por el Sur ocuparon todo el Pirineo, hasta casi el Mediterráneo, y siguieron manteniendo, a pesar de las embestidas godas, casi todo el límite del Ebro. Recuperaron la zona romanizada de Euskal Herria, el “Ager Vasconum”, y por si acaso, por el Norte, se afianzaron hasta el Loira. Pero antes tuvieron que combatir a cara de perro en su propio territorio. Ornolak o Ussat les Bains, Luzenak, Tarascón, Labastide o Saint Girons, Legobi o Leguevin, Martzain o Mont de Marsan y Tarnos, fueron testigos de encarnizadas luchas. No todo fueron victorias, y los Francos entraron en repetidas ocasiones hasta más allá del Adur. Por todo ello, los vascones continentales, bajo la dirección de Tarbea, y con la colaboración de los vascos penínsulares, crearon una potente organización territorial, política y militar que derrotó a los Francos en numerosas ocasiones, siendo las más conocidas las victorias sobre el Duque Bladastés en el 581 y sobre el Duque Arimberto en el 635. Esta victoria fue la que animó a los vascones a traspasar el Garona hasta el Loira. En el Sur, los Godos penínsulares tampoco tuvieron mejor suerte. Además de estar, casi trescientos años, diciéndose a sí mismos que esta vez el rey de turno de la numerosísima y complicada lista de reyes godos, sí iba a acabar con las rebeldes tribus vasconas del Norte, el famoso “domuit vascones”; los euskos tuvieron varias veces la osadía de llegar hasta Zaragoza, siendo las más sonadas la del año 449 con un tal Basilio como caudillo de los suicidas Badagozgudak o Badagaudas, y la del año 653. Los Badagaudas o Bagaudas, a la manera de los Konsoronas y Konbaronas, tomaron Zaragoza y Lérida, haciendo una cuantiosa captura de enemigos godos con el aplauso de los descendientes de los Celtas que habitaban por aquella región. Nunca volvieron al “Saltus Vasconum” de donde procedían, porque fueron aniquilados a la vuelta de una de sus correrías. Toda esta zona vascona, que partía en dos la influencia bárbara en Europa, tomó el nombre de Ducado de Aquitania, o también según los Francos, fue denominada como Wasconia o Guasconia. Sin embargo, para los Godos de Toledo, los vascones fueron simplemente “las tribus rebeldes del Norte que en breve serán doblegadas”. El Ducado de Aquitania, la super Vasconia, duró algo más de cien años, desde el 658 al 781. La vuelta a los actuales límites de Euskal Herria, lo consiguió Carlomagno, tras cruentas campañas contra los gascones de Aquitania, liderados por un jefe militar llamado Lupo u Otxoa. Los límites por el Norte volvían al Adur. Habían comenzado en el Garona, después bajaron hasta el Adurra con Roma, luego se extendieron hasta el Loira, y por último se quedaron otra vez en el Adour con los francos Martell, Pipino y Carlomagno. Martell y Pipino del Loira al Garona, y Carlomagno del Garona al Adour. Pero también el emperador franco Carlomagno sufrió su derrota a manos de los vascones, y tuvo su día negro en el paso pirenáico de Roncesvalles. Roldán, y la retaguardia del ejercito franco, fue aniquilado en la batalla de Orreaga en el año de gracia del 778. Setenta años antes de la pérdida de la vasconizada Aquitania a manos de los Francos, otro pueblo hizo su entrada, esta vez, a través del estrecho de Gibraltar. Los pueblos del norte de África y península arábiga, fieles seguidores de Alá y de su representante Mahoma, irrumpieron como el rayo y en poco tiempo conquistaron toda la Península Celtibérica Romanizada y Godoficada. El rey Rodrigo, el cual tuvo que bajar precipitadamente desde Pamplona en donde estaba guerreando contra los indomables vascones, fue derrotado por los Árabes en la batalla de Guadalete, y en un pis-pas, el ejército de Tarik, también con unas excelentes tropas de caballería ligera, llegó hasta Toledo que era la capital del Reino Godo. Después se dispersaron por toda la Península. Pero una vez más, el fluir de las aguas del Ebro, puso freno a su empuje. Salvo un intento de pasar al país de los Francos que fue saldado con una estrepitosa derrota en la batalla de Poitiers, donde las tropas cristianas estaban comandadas por el francés Martell y el vascón Eudon, y la ocupación por poco tiempo de la comarca de Pamplona y sur de Nabarra y de Araba; tampoco los Árabes lograron invadir el país de los vascos. Todo aquello que de sabio aportaba la cultura árabe, no tuvo oportunidad de influir en los vascones, porque los Árabes pensaron que podrían imponerse por las armas. Y como los Celtas y como los Bárbaros, se equivocaron. Los vascos tuvieron una gran participación en la Reconquista y olvidando antiguas rencillas, lucharon hombro con hombro junto a los descendientes de los antiguos Godos y Celtas, para ayudarles a recuperar sus tierras, que un poco antes habían sido de los Godos, y antes de los Romanos, y mucho antes de los Celtas, y muchísimo antes de los Iberos. Uno de los motivos que explica esta entente contra el Islam, fue la afinidad religiosa de los Godos y de los vascones, ya que ambos habían abrazado el catolicismo durante el derrumbe del Imperio Romano. Pero en el principio de la invasión berebere, las cosas no fueron tan sencillas para los de siempre. El panorama para los vascos, una vez más, era de auténtica pesadilla. Por el Norte, los Francos una vez que conquistaron la Aquitania y sus ricos viñedos, obligaron a los gascones continentales a replegarse hasta el Adour o Adurra. Pero los Francos no se conformaron y siguieron presionando. Por el Sur, sus antiguos enemigos Godos habían sido derrotados por los Árabes, pero éstos eran igual de ambiciosos. La providencia o lo que sea, vino en ayuda de los antiguos adoradores del Sol. Otro pueblo del Septentrión, los Normandos, atacó por la retaguardia a los Francos. Los Francos tuvieron que volverse para arriba para defenderse de los nuevos rubios bárbaros que bajaban del Norte helado. Durante casi dos siglos, los Francos tuvieron que guerrear contra los Normandos. Para los vascos cispirenaicos, o continentales, fue un respiro. Todos se volcaron en la defensa del Ebro, pero esta vez el enemigo, los pueblos del Sur cálido, fue más inteligente y sólo presentó batalla en las llanuras. Sabían lo que había pasado con Celtas, Romanos, Godos y Francos, cuando éstos tuvieron la osadía de entrar en los angostos valles de Euskal Herria. Los Árabes lograron conquistar las zonas bajas del sur del País Vasco. La llanada alavesa y la ribera nabarra cayeron en su poder y llegaron hasta Pamplona para quedarse ahí. Un jefe militar de los nabarros peninsulares, elegido por los representantes de las asambleas locales de vecinos y militares, y llamado Casio, pactó con los Árabes de Pamplona. Se creó la dinastía de los Banu-Kasi, al unir en adecuados matrimonios las sangres de vascos y árabes. En esa época fue la derrota de Carlomagno en Roncesvalles. Con el tiempo, los Banu-Kasi rompieron con todos los lazos que les unían al Califa de Córdoba, y tuvieron que resistir los nabarros y los Árabes navarrizados, bajo la dirección de los Banu-Kasi, varios ataques de los Árabes del sur del Ebro. Los Banu-Kasi estaban dirigidos militarmente por Musa Ben Musa y su hermano Iñigo Arista o Eneko Aritza, el “Vascón” según las crónicas árabes de la época. Aritza derrotó por segunda vez a los Francos en el paso de Roncesvalles en el año 824, y a continuación creó el Reino de Pamplona, con la inestimable colaboración, ¡cómo no¡, de los gascones de Iparralde que en ese momento se encontraban libres de otros menesteres, gracias a los Normandos. El hijo de Aritza, García Iñiguez (851-882), también conocido entre los suyos como Gartza Enekoniz, se distanció de sus familiares árabes de Pamplona y se alió militarmente con el reino de Asturias, para combatir a los preocupantes árabes ocupantes de la Península. Los nabarros iban a echar una mano a los duros astur leoneses; a pesar de que para entonces, los descendientes de los fundadores del Reino de Asturias, hecho acaecido en el año 722 y realizado con la inestimable ayuda de los Cántabros, hubiesen efectuado ya alguna que otra incursión por el sur de las tierras de los Autrigones y de los Caristios. Un poco antes del acuerdo entre Naparra y León, se produjo la batalla de Padura en Arrigorriaga en el año 870, donde vizcainos y navarros derrotaron a los leoneses y les expulsaron hasta el mítico arbol de Luiaondo. A continuación se creó el Señorío de Biscaia , siendo regido por Señores elegidos en las Juntas del territorio, los cuales durante muchas generaciones tuvieron su casa solar en Haro y Nájera, que era donde estaba la corte del Reyno de Navarra. Desde dicha alianza, los astur-cántabros-leoneses respetaron escrupulosamente los límites meridionales del “País de los Waskires”, que fue el nombre con que se denominó a Euskal Herria en las crónicas árabes de la época. Mitarra contempló cómo la película iba cada vez más aprisa. A principios del siglo X, Zaintzu, o Santxo I Garcés (905-925), hijo del hijo, o Xemenez, de Artza, o hijo de Gartza Xemenez, o si se prefiere, hijo de García Jimenez nieto del hermano del Aritza que fundó el reino de Pamplona; pues bien, este Santxo I fue un rey que amplió la influencia de su país al crear el viejo Reyno de Nabarra, que, en diversas épocas, fue el más poderoso reino cristiano de la Península, ahora arabizada. Este Señor recuperó las tierras de la Ribera, o Iberra o Ibarra, así como las del norte de Burgos, dando principio histórico al incipiente Condado de Castilla. Asimismo fundó el Monasterio de San Millán de la Cogolla, en el antiguo Suso, cuyas bóvedas contemplaron en silencio sepulcral los primeros pinitos escritos de la lengua “Romance Navarro”, creada a partir del euskera, del occitano y del latín. Mitarra observó en perspectiva cuatridimensional, cómo un antiguo monje vascón; con conocimientos de los ancestrales Bigerrias, dejándose la vista en ello, y en una pequeña celda apenas iluminada por una estrecha saetera, cuya luz apenas permitía contemplar, muy abajo, a un desangelado río que discurría a través de un frío páramo; escribía hacia el año 960, con pulso lento pero seguro, los textos de las “Glosas Emilianenses”, las cuales fueron redactadas en latín, en romance navarro, y unos pocos comentarios en vascuence, o baskoenitze. Estos textos fueron considerados por algún estudioso del tema como los primeros escritos en Lengua Castellana. Así como la obra de otro monje y bertsolari nabarro de la localidad de Berceo o Bertzeo, casi trescientos años más tarde, y escrita en romance navarro o dialecto riojano, la cual, también, está considerada como la primera expresión del Mester de Clerecía de la Lengua Castellana. Y todo esto comenzó en Suso, a los pies de los antiquísimos siete rostros de piedra rojiza. Mitarra tuvo interés en desentrañar el galimatías de Enekos, Iñiguez, Gartzas y Jimenez. Así que recurrió a su informador íntimo, y éste como siempre supo contestarle. Le dijo que el hijo de Eneko Aritza era Gartza Enekoniz porque lo de Gartza le venía de su abuelo Xemeno de Garatzia o Garazi, Señor de Ultrapuertos, y lo de Enekoniz por ser hijo de Eneko. Le dijo que a partir de ese momento, en una lengua que comenzó a desarrollarse en Navarra, conocida como Romance y creada con vocablos latinos y euskéricos, el sufijo iz o ez significó hijo de. Así, Sanchez es el hijo de Santxo, Garcés de Gartzia, e Iñiguez de Iñigo o Eneko. Así, Enekoniz e Iñiguez es la misma persona. Por eso, Semenez, o Xemenez, o Ximenez o Jimenez, significa hijo del hijo; o sea, nieto de Artza e hijo de Gartza “el de las muchas llamas”; vocablo éste que se convirtió en Gartzia y después en García. Mitarra agradeció la información y prosiguió con la saga de los jefes navarros que desde el vascuence y el latín estaban forjando un nuevo idioma que con el tiempo llegó hasta ser imperial. Santxo Abarka, o Santxo Mitarra, o Sancho II Garcés (970-994), fue todo un personaje. Fue Rey de Navarra, Duque de Gascuña, Conde de Aragón y Protector del Señorío de Biscaia a través de su gente de Haro. Además le tocó bailar con la más fea, ya que le tocó enfrentarse al invencible Almanzor. Reinó durante 24 años, los cuales, en gran medida, los dedicó a guerrear contra los nuevos vecinos árabes que querían recuperar las tierras bajas de la Ribera, como así lo hicieron en repetidas ocasiones; y a la vez, a mantener por el Norte su dominio hasta la desembocadura del Garona de los ataques de los Normandos Vikings, como corresponde a todo “Señor de Burdeos” que se precie. Al ser Conde de Aragón y Duque de Gascuña, recuperó los territorios de los antiguos Jakateas y Sussateas, así como las tierras de los Tarbea, Boliates, Elurones y Bigerrias. A principios del siglo XI, Santxo III el Mayor, o Sancho III Garcés (1004-1035), nieto de Santxo Mitarra, consiguió recuperar toda la zona perdida ante el Islam y, además, se alejó del Ebro para extender la frontera hasta más abajo de Nájera y Suso. Se relacionó más íntimamente con sus hermanos de Biscaia, Ipuzcoa y Araba, y éstos aceptaron formar parte del cada vez más poderoso reino cristiano de Nabarra. Los Señoríos de Biscaia, Gipuscoa y Araba; La Rioja, el norte de Burgos, la Nabarra peninsular y la continental o la Benabarre de Ultrapuertos, aceptaron libremente la dirección política y militar de Santxo Andia. Además de reinar sobre todo el solar autóctono de los antiguos euskos, como así debe de deducirse de su título de Señor de Burdeos, lo cual implica que también gobernaba en el Ducado de Gascuña, la antigua Aquitania, la antigua Wasconia; consiguió obtener la dirección política del Condado de Castilla, del Reino de León y del Condado de Aragón. La filosofía política de los antiguos euskaldunes y su concepción de gobierno basada en asambleas y juntas regionales, moldearon y crearon los reinos de Castilla y Aragón. A la muerte de Santxo Andia en el 1035, su hijo Gartza V o García Sánchez III, el de Nájera, se quedó con todo el Reino de Nabarra; y sus hermanos Ramiro y Fernando fueron los primeros y respectivos reyes de Aragón y Castilla. Los reinos de Aragón y Castilla, alrededor de 500 años más tarde, hicieron bueno aquel dicho que dice aquello de “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Pero mientras tanto, estos tres hermanos euskaldunes, todos reyes de sus respectivas zonas de influencia, fueron el principio del fin de la independencia vasca. Comenzaron a guerrear entre ellos y la Reconquista se paralizó durante algo más de un siglo. A últimos del siglo XI, sesenta años después de la muerte de Santxo Andia, la situación en Nabarra era caótica. Por una parte, los nabarros habían elegido como rey al rey de Aragón Pedro I, “Arri el Sucio”, biznieto de Santxo Andia, Señor de todos los vascos; y el biznieto, olvidando las enseñanzas de sus ancestros, en vez de comprender que era un rey elegido libremente por sus vasallos, creyó que se trataba de vasallos conquistados por la fuerza. Intentó quitarles sus derechos de personas libres. Por otra parte, ante el caos que había en la capital de su reino, Bizkaia, Gipuzkoa y Araba decidieron democráticamente separarse de Nabarra; y, tras previo pacto jurado, Gipuscoa y Alava se acogen en el Reino de Castilla, cuyo trono lo ocupaba Alfonso VI, el del juramento al Cid, y nieto de Santxo Andia, Rey de todos los vascos. Unos cuantos años más tarde, hacia el 1180, Santxo VI el Sabio, que hablaba en “Linguae Navarrorum”, recuperó la autonomía de Nabarra con respecto a Aragón; en consecuencia, Gipuzkoa y Araba, decidieron, también democráticamente, abandonar al rey de Castilla y volver a Nabarra, junto con Biscaia y sus Señores de Haro y Nájera de ascendencia navarra. Como agradecimiento de la vuelta a casa de las tres hermanas, Santxo el Sabio fundó las ciudades de Vitoria y San Sebastián. A cambio de ello se iniciaron los afanes expansionistas de sus antiguos enemigos: los Godos de Castilla y los Celtas de Aragón. Entraban dos factores nuevos en escena: La voluntad de expansión de los reinos de Castilla y de Aragón a costa de Euskal Herria, y la fundación de dos grandes poblaciones. Hasta entonces, Pamplona era la única ciudad de los vascos, Iruina, fundada oficialmente por los Romanos con el nombre de Pompaelo, y cuya antigüedad por entonces era ya de casi 1.500 años. Como tal había desarrollado sus propias costumbres urbanas y sus modos de ganarse la vida. Eran principalmente comerciantes, y ya se sabe que cuando interviene el aspecto monetario de la vida, casi siempre se tiende a olvidar las viejas y sabias leyes de la Naturaleza. Pero ahora no había solamente una ciudad, había dos más. Vitoria y San Sebastián se convirtieron rápidamente en centros comerciales de variados negocios. Vitorianos y donostiarras comprendieron que se ganaría más dinero si trataban más con los castellanos que con los nabarros por aquello de la amplitud de mercado. Otra vez democráticamente, dos de las tres provincias viajeras decidieron abandonar el reino de Nabarra, para acogerse de nuevo en el de Castilla. Así fue cómo los Basakonas de Nafarroa perdieron su ancestral salida al mar, ya que a principios del siglo XIII, en el 1200, Ipuscoa y Alava, por separado, juraron fidelidad al rey Alfonso VIII de Castilla, “El Depredador”, descendiente lejano del euskaldun Fernando I El Magno de Castilla, el hijo de Santxo Andia, Buruzagi de todos los vascos de su época. Pero también el rey castellano tuvo que cumplir con el requisito previo. Tuvo que jurar que se comprometía a no inmiscuirse en los asuntos internos de sus nuevos vasallos, para que éstos, a cambio, jurasen ser los más fieles vasallos de su nuevo Señor. Alfonso VIII tuvo que comprometerse a respetar la vieja ley que le presentaban redactada bajo la fórmula de los Fueros. Además, el otro motivo por el que aceptaron el pacto con Castilla, fue que estaban cansados de los más de 30 años de guerrear intensamente contra los Castellanos, y mucho más, después de que Castilla en la Navidad del 1199 tomara violenta y abruptamente la pequeña y coqueta ciudad de Vitoria, así como parte de Gipuscoa, el antiguo país de los Ibardulas. No obstante, a fuer de ser precisos, sería necesario aclarar en qué consistió la relación de los territorios vascongados con su Señor castellano. En realidad fue una inteligente relación, meramente personal, entre los ciudadanos vascongados y su rey, a modo de vasallaje “sui géneris” resultante de un contrato, tras previo pacto entre ambas partes, por el cual los vascos sólo estaban unidos al monarca castellano, y no a su reino, tal como se puede deducir de manera inequívoca del tratamiento de “nación separada” que otorgó Isabel La Católica a Biscaia; o, asimismo, que todos los monarcas castellanos que, además de reyes de Castilla, fueron Señores de las repúblicas vascongadas, tenían nítidamente separados ambos cargos, con lo cual, también de manera inequívoca quedaba claro que, desde el principio, una cosa era Castilla y otra eran las diversas regiones vascas, cuyo único requisito era estar ligadas, únicamente, a la persona de su Rey o Señor. Eso sí, siempre y cuando el Rey de turno se comprometiese bajo juramento a cumplir y respetar las viejas leyes ciudadanas con las que se habían dotado los ancestrales señores vascos, que de manera misteriosamente curiosa, siempre se habían considerado a sí mismos como unas criaturas que gozaban de los mismos derechos que cualquier otro mortal, por muy poderoso, noble o real que se le hubiera llegado a considerar en el escalafón social. Fernando VII murió en 1833 siendo Rey de España, Señor de Vizcaya y Virrey de Navarra, así como Rey de las Dos Sicilias de Nápoles, entre otros títulos. Un poco antes de morir había perdido el Virreinato de Méjico o Nueva España. En fin, que era un Rey que reinaba en unas cuantas y diferentes naciones. Por todas estas consideraciones y algunas más, a excepción de las tenebrosas actividades de la Iglesia católica y su Inquisición, los vascongados estuvieron bastante a gusto con su Señor castellano durante los siglos XVI, XVII y XVIII, ayudando incluso a Fernando El Católico en su conquista de Nabarra en 1512. Volviendo a la saga navarra, hay que decir que a pesar de las veleidades territoriales de “El Depredador” Alfonso VIII, el gigante navarro Santxo VII el Fuerte, el último descendiente masculino de la saga de los Artza y Zaintzua que dirigían Vasconia desde el 791, y tal vez por eso, el rey nabarro a quien le tocó soportar las ansias expansionistas de su colega castellano; no tuvo ningún reparo en bajar al poco tiempo con sus tropas hasta Jaén para ayudar a Alfonso VIII de Castilla en la batalla de Las Navas de Tolosa, o Tolesa, en el 1212; consiguiendo tomar con sus Onak de élite, el mismísimo puesto de mando del ejército árabe. A cambio de ello se llevó para Nabarra las cadenas que sujetaban a los gigantescos guerreros Nubios que protegían el acceso a la colina en donde estaba el General de los Almohades. Se las llevó para su pacharanera tierra, y las colocó en el escudo, cuan pesimista y acertada premonición, la cual comenzó a cumplirse inexorablemente a raíz de la muerte de Santxo VII, en el 1234, al morir sin descendencia este rey tan poco afortunado. Así que, y a pesar de la heroica gesta en combate en tierras tan lejanas, Nabarra se quedó más sola que la una, y su reino se redujo a los límites de la actual provincia, con el añadido de la Nabarra francesa de Benabarre o Baja Navarra. Castilla y Aragón seguían presionando por los flancos. La presión fue tremenda, y los nabarros no tuvieron más remedio que realizar pactos políticos a través de alianzas matrimoniales con diversos señores y señoras del vecino e incipiente Reino de Francia; en los cuales, las Blancas y Juanas de la Casa Real de Nabarre jugaron un determinante papel, siendo alguna que otra hasta reina de la mismísima Francia. De esta guisa, y también por distraerse un poco de tanta presión, les dio a los nabarros por las fiestas y las bacanales, las cuales no impidieron del todo que la bravura, la nobleza y el ir siempre de frente, cara a cara y por delante, siguieran siendo las características más naturales de los habitantes, ciudadanos y dueños de la montaña y ribera nabarra. Es decir, los antiguos Vascones o Basakonas. Pero a pesar de ello y a partir de todos estos avatares, la izarra de Nabarra fue declinando paulatinamente durante tres siglos más, auspiciándose dramáticas divisiones internas, favorecidas todas ellas por el talante democrático de sus viejos fueros, pero que con el transcurso generacional, acabaron polarizándose en los cruentos enfrentamientos banderizos entre Agramonteses y Beaumonteses. Más tarde, en el 1512, fue invadida militarmente por Fernando II el Católico, rey de Aragón y Castilla, y creador del núcleo político de la futura España. Y de este menester, y a modo de breve crónica, así fue cómo fue la forzada y forzosa anexión del Viejo Reyno al Reino de Castilla. En cuanto al devenir del Señorío de Biscaia, María López de Haro, descendiente de los vascones señores de Nájera y Señora de Biscaia, casóse con el infante Tello de Castilla. Dicho matrimonio concibió a Juan Tellez que a la muerte de sus progenitores en 1370, fue nombrado por las Juntas del territorio como Señor de Biscaia. En 1379, debido a los lazos de sangre que tenía con la nobleza castellana, también accedió a Rey de Castilla con el nombre de Juan I, acaso por ser antes el Jaun de Biscaia. De esta manera un tanto rocambolesca, por primera vez coincidió en una misma persona los títulos de Señor de Biscaia y Rey de Castilla; situación ésta que se mantuvo hasta 1833, fecha en que murió Fernando VII de España, último Señor de Vizcaya que juró los Fueros para poder ser aceptado como Señor del antiguo Señorío. Después, la siguiente Reina dejó de jurar los Fueros, lo cual fue la causa de las dos Guerras Carlistas que asolaron las Vascongadas y Navarra durante el siglo XIX. Y en cuanto a la Nabarra de la otra parte del Pirineo, el antiquísimo pueblo de los Eluronas, pasó a la influencia del Reino de Francia, aunque fue respetada casi como un pequeño reino independiente hasta el advenimiento de la Revolución liberadora, fraternal e igualitaria; pero que, sin embargo, no pasó de liberal, burguesa y, “chauvinizadamente”, francesa. Pero de todas formas, y pese al supuesto talante democrático de la Revolución Francesa, los nuevos dirigentes de las antiguas Galias, no tuvieron ningún reparo en deportar a bastantes miles de navarros cispirinaicos a las aburridas tierras de Las Landas; debido a la oposición que mantuvieron los antiguos Eluronas ante la “egalité” revolucionaria. Habían pasado 2.500 años desde la irrupción de los Celtas a la ocupación militar de Navarra, y los vascos habían perdido gran parte del control de la zona. Navarra estaba conquistada militarmente. Vizcaya, Guipúzcoa y Álava habían conservado lo fundamental de sus leyes y costumbres, pero a cambio tenían que soportar una presión cada vez más agobiante del Reino de España y su Inquisición. A Laburdi, el país de los Tarbeas, a Benabarre, el país de los Eluronas, y a Zuberoa, el país de los Bigerrias, les pasaba casi lo mismo, pero con respecto a la República de Francia. La Revolución liberal y jacobinamente francesa de últimos del XVIII, acabaría con las últimas cotas de autogobierno de los vascos continentales. En el Sur, el liberalismo importado de Francia, más las dos derrotas de las provincias Vascongadas y Navarra en las dos Guerras Carlistas del XIX, también acabaron con las últimas libertades de los vascos peninsulares, al dejar los reyes de España de cumplir con el viejo y democrático sistema de jurar las leyes vascas de su autogobierno. A continuación, como consecuencia de todo lo anterior, surgió el Nacionalismo vasco del históricamente incomprendido y descontextualizado Sabino Arana. Luego, como aviso de lo que vendría después, estuvo Primo de Rivera y su Dictadura tradicionalista y reaccionaria. Después vino Franco a rematar la faena con su España Una, Grande y Libre, con el explícito eslogan de “antes una España roja que rota”, y con su día de la Raza española; lo cual supuso una brutal y asesina represión a todo lo que sonase a euskera y libertades vascas; siendo los curas vascos durante todo el franquismo, de principio a fin, un firme bastión en defensa del sentir vascongado, y siendo por ello muchos de ellos desterrados o encarcelados o fusilados. Como resultado de todo lo antedicho y para combatir al terrorismo franquista, apareció ETA en el teatro de operaciones que siempre ha supuesto el viejo solar de los euskos, para después de la muerte de Franco y a su manera un tanto extraña y desfasadamente torpe, seguir batallando sin mucha cabeza en la vieja guerra de siempre. Pero Mitarra, antes de volver en sí, después del relampagueante viaje por la historia de Euskal Herria, recordó de nuevo las palabras del Maestro de Aitona: Ni la posesión de las tierras, ni la existencia de tal o cual nación, tienen importancia; lo único que es fundamental de verdad es la conservación, en lo más íntimo del corazón, del natural, y por lo tanto sagrado, espíritu de libertad; así como el respeto escrupuloso a la independencia personal de todos los seres de la creación. Y así debe de ser hasta que los nuevos pueblos que configuran el actual orden mundial, asuman de verdad, y con todas sus consecuencias, que lo más justo y sabio de la vida es la aceptación, sin trampa ni cartón, del “ante todo somos libres, y, además, queremos también que sean libres todos los demás”. Y mientras tanto, que cada cual aguante su vela, y su fatal, equivocado y obcecado destino antinatural. Mitarra salió del éxtasis histórico, provocado parece ser por los aires y hierbas del Aralar, y se recreó en los recuerdos de la película guerrera que acababa de visualizar mentalmente. Había sido como un sueño, pero sabía que no había sido un sueño, porque recordaba perfectamente todo lo vivido. Los sueños oníricos, por lo general, se desvanecen al poco tiempo de despertar, pero el relato de los avatares y vicisitudes de los vascos, seguía persistiendo en su consciente. Eran las once de la mañana y sintió que tenía algo de hambre. Agarró la garrafa del sirope y dio un buen trago de la energética bebida. Se sentó al Sol de media mañana de aquel espléndido día, y se le ocurrió hacerlo al estilo hindú ante la atenta mirada del vivaracho conejo que estaba impresionado por la ausencia total de movimiento observada por aquel ser de largas patas durante tanto tiempo de quietud absoluta. Benjamin Ríos no le había enseñado esta postura, pero aquel día Mitarra tenía ganas de probar cosas nuevas. Apoyó el culo en la tierra cubierta de verde césped, y cruzó las piernas. El tobillo exterior de la pierna derecha lo colocó sobre la ingle izquierda, e intentó poner el tobillo de la pierna izquierda sobre la ingle derecha. Al principio sintió un doloroso tirón que le impidió cumplir su deseo, pero mentalmente les dijo a sus extremidades que hicieran el favor de colaborar un poco. Al cabo de un rato y tras un denodado esfuerzo que puso a prueba la voluntariosa elasticidad de sus casi atrofiados músculos, éstos cedieron; y así pudo adoptar la clásica postura de los yoguis hindúes. Se percató de que la postura era perfecta para mantener la espalda erguida, y también que en esa postura se incrementaba la sensación del entrecejo. Respiró hondo y comenzó a practicar el ejercicio respiratorio que tanto le gustaba, pero esta vez, en lugar de concentrarse en el “yo soy”, se dedicó a meditar en la historia que acababa de ver en la pantalla de su subconsciente. Es decir, se puso a analizar la historia de Nafarroa. Mitarra ya sabía, sobre todo de labios de su abuelo, que la historia de los vascos había sido una auténtica odisea. Así que no se centró en lo que más o menos ya sabía. Se dedicó a comparar la película histórica con lo que Benjamin le había contado sobre la evolución de la humanidad. Todo coincidía perfectamente. Los antiguos vascos vivieron durante casi cinco mil años bajo la influencia del dios Perel. Disfrutaron de sus ricas tierras; vivieron desperdigados por los montes y valles de su país; acudieron a los batzarres que celebraban bajo grandes robles para arreglar sus asuntos vecinales; en estos batzarres elegían a sus representantes para que acudiesen al batzarre general de la comarca, en el cual se trataban los temas que afectaban a la región; entronizaron el matriarcado o culto a la mujer; adoraron al Sol y a la Naturaleza; y sobre todo, tuvieron muy claro que todas las personas eran señores, con unos derechos individuales que les venían de siempre, y que desde la Revolución francesa pasaron a llamarse derechos ciudadanos. Coincidía con la explicación de Benjamin Ríos, cuando éste le dijo que todas las personas llevan en su interior una partícula del mismísimo Dios, el alma, y así de esa forma, todas las personas son Dios y todas son hijas de Dios, y como tal, todas las personas son hermanos y hermanas entre sí. Nadie es más que otro por cuestión de raza, color, religión o posición social. Los antiguos vascos ya sabían y practicaban esta filosofía tan sabia. Después vino la época de los celtas del dios Oro, con sus violencias, ambiciones, fanatismos y apegos a la familia, al clan y a la nación; en vez de mantener el único apego que nunca hay que olvidar: el apego a la libertad personal y a la independencia de criterio. Así los vascos supieron defender su antigua enseñanza solar, porque el dios Romanticismo vino en su ayuda y pudieron resistir, más mal que bien, los embates de la codicia de sus vecinos. Pasaron los celtas, los romanos, los bárbaros, los árabes, y comenzó el conflicto con Castilla y con Francia, y después con España. Durante el último milenio, hubo que emplear grandes dosis de romanticismo, pero también grandes dosis de racionalidad, para defenderse de la prepotencia del dios Razón, cuando éste está al servicio del estómago, en vez de al del corazón. Ahora, en el declive del dios Razón y en las puertas del dios Sabiduría, Mitarra supuso que la cosa mejoraría, porque como solía decir Benjamin, cada cosa tiene su tiempo y cada tiempo tiene su cosa. Un castizo lo hubiera dicho con el dicho que dice que no se le puede pedir peras a un olmo, porque, en definitiva, la esencia de la historia de los vascos es un desfase histórico de principio a fin. Desfase histórico como cuando para acceder a las Juntas o Biltzarres o Cortes o Tarbeas de autogobierno de cada región, era preciso reunir en primer lugar a las asambleas locales de los vecinos de las Anteiglesias, en las que cada hogar tenía un voto, y en donde se elegían a los representantes para transmitir el “mandato imperativo” de sus electores a la asamblea comarcal o de valle, en la que a su vez se elegía a sus representantes, los antiguos Tarbeas, también con “mandato imperativo”, para que acudiesen a las Juntas Generales de la región, en donde compartían asiento con los representantes de los jefes militares, los antiguos Ateas y Onas; y en donde los sacerdotes y demás cargos de la Iglesia Católica tenían terminantemente prohibida la entrada; y en donde entre otras cosas, se elegía al jefe militar o señor o rey. Era el ancestral Pacto entre los montañeses y su caudillo político militar. Desfase histórico como cuando en el 1237, las Cortes de Nabarra deciden poner por escrito las antiguas leyes de la vieja ley, y redactan en vascón – occitano – romance nabarro, el Viejo Fuero o Fuero General de Nabarra; cuyo preámbulo dice con toda la nitidez del mundo que “las leyes fueron antes que los reyes”, adelantándose de esta manera a proclamas de parecido pelo, tales como la de Cromwell en el 1653, o la de la mismísima Revolución Francesa en el 1799. Desfase histórico como cuando en el Reino de Nabarra, hasta su final en el 1512, nunca hubo ningún problema de sucesión por ser una mujer la candidata, ya que desde siempre, las mujeres podían acceder al gobierno de Tarbea. Desfase histórico como cuando las Ordenanzas de Tudela, a mediados del siglo XV, decretaron por escrito la jornada de 8 horas diarias de trabajo, y de 7 para los esfuerzos más exigentes. ¡Tenían hasta sindicalistas en sus consejos!, se dijo Mitarra a sí mismo, mientras esbozaba una ecléctica sonrisa. Desfase histórico, ¡Pardiez!, exclamó Mitarra, como cuando el rey de España, Felipe II, a mediados del siglo XVI, no pudo reprimir violentamente una huelga realizada por los canteros vizcainos que le estaban construyendo El Escorial, porque por ser vascos, eran todos nobles, y por lo tanto, no se les podía detener sin escucharles antes, y tampoco se les podía azotar o torturar como al resto de los siervos del rey de España. Era la “Nobleza Universal” que decían los vascos. Así que Mitarra entendió que la historia de los vascos es la historia, antes de tiempo, de la defensa de la voluntad inquebrantable de mantener la dignidad de la libertad personal por encima de todo. Es decir, la dignidad de considerarse como señores, al margen del nivel social que se tuviese, y con las mismas prerrogativas y derechos que cualquier gran señor, por muy noble o real que fuese. Fue la lucha anticipada en el tiempo, entre los derechos de los ciudadanos y el inhumano feudalismo que se impuso en toda Europa. Después fue la lucha de la dignidad contra todos aquellos aspectos desaprensivos, explotadores, abusivos y poco humanos que tuvo la burguesía liberal del dios Razón, cuando éste estaba únicamente al servicio del dios Oro. Y esa lucha, pensó Mitarra, contra todos los déspotas, ha sido y sigue siendo una marca de distinción, tanto con los de fuera como con los de dentro, que también los ha habido y los sigue habiendo. Mitarra se acordó de Retama y de su organización. Vio más claro que nunca que él también se había enfrentado, por medio de la fuerza, a la libertad de los vascos, al ignorar e intentar forzar la voluntad mayoritaria del pueblo vasco que estaba en contra de la violencia. Comprendió que ETA, durante los últimos años, se había apartado, al igual que los bárbaros o que los antiguos reyes de Francia o de España, del respeto a la costumbre más ancestral de los vascos: La costumbre de acatar siempre lo que la mayoría de los vascos decidiesen en cualquier situación y momento. Se dio cuenta de que ETA era la heredera del espíritu prepotente que tantas veces habían utilizado sus vecinos contra los habitantes - ciudadanos de Euskal Herria. Ya no estaba en desacuerdo con la violencia de su organización porque fuese estratégicamente incorrecta o porque la violencia ocasionase dolor, también lo estaba porque había comprendido que era una auténtica barbaridad el combatir militarmente contra el sentir de todo un pueblo. Era una barbaridad el ejecutar a concejales que representaban a una parte de ese sentir. Era una barbaridad intentar forzar los acuerdos políticos. Era una barbaridad que atentaba contra la mismísima esencia del pensar con libertad, sin miedo a que por ello, alguien te pueda despachar de un tiro. Se dio cuenta de que simplemente era no respetar el sagrado derecho divino al libre albedrío. Por eso, los antiguos vascos supieron defender con ahínco este derecho, y Mitarra, como si le hubiesen puesto delante el documento que tuvo que jurar el rey Francisco I de Francia a los jaunak de Zuberoa hacia el 1540, leyó en su mente el preámbulo del Fuero o Derecho que aquella región tenía cuando se integró en el reino de Francia. Decía: “Esta recopilación de leyes y costumbres conservadas por la pequeña república de los suletinos, comienza así: Por un uso de alta antigüedad, los nativos y los habitantes de esta tierra de Zuberoa, son de origen libre sin tacha de servidumbre. Nadie tiene derecho sobre sus personas o sobre sus bienes. Los suletinos llevan armas en todo tiempo para defensa de su país, situado a la extremidad de Francia, entre los reinos de Nabarra y Aragón y el país de Bearn. Pueden cuantas veces quieran reunirse para tratar asuntos comunes, establecer los estatutos y reglamentos que juzgaran útiles, y sus convenciones tendrán fuerza de ley, y los burgos y barriadas deberán acatarlo. El derecho de caza y pesca es común a todos los habitantes del país de Zuberoa. Y el monarca deberá someterse a estas viejas leyes del país de Zule”. A Mitarra le entró la risa cuando se imaginó al poderoso Francisco I, que estaba disputando la corona imperial a Carlos V, acudir a alguna sobria casona de Zuberoa para acatar los usos y costumbres de unos pocos y orgullosos aldeanos que solamente le aceptaban como su rey si éste juraba los fueros de su vieja ley. Sí, pensó, definitivamente se habían adelantado a su tiempo. Rememorando a Benjamin, se le ocurrió que sólo era una cuestión de tiempo el hecho natural que hace que una pera madure. Y la pera se estaba madurando. Así era, el desfase histórico se estaba corrigiendo con los nuevos aires más comprensivos que parecía que se estaban consolidando. Comprendió mejor que nunca que su alternativa para salir del atolladero, era la única que podía ser eficaz. El combate entre los abertzales que reclamaban el derecho a la autodeterminación y el Estado Español que lo ignoraba, no se podría resolver nunca si se seguía enfocando la contienda, por ambas partes, para que sólo la ganase uno de los contendientes. No tenía que haber derrota o victoria para ninguno de los dos. Los abertzales radicales y el Estado de España, tenían que dejar el combate y preguntar a la sociedad vasca qué es lo que quiere. La solución pasaba por pedir la opinión al pueblo vasco. Los ciudadanos vascos eran los que tenían que decidir si querían autodeterminarse o no. Si salía que no deseaban dar ese paso, todos los vascos, incluida la propia organización armada, tendrían que acatarlo. Pero si salía que sí querían autodeterminarse, todos los partidos y el Estado Español, también tendrían que aceptarlo democráticamente y preparar la realización de una consulta de carácter vinculante. Mitarra se prometió a sí mismo que, una vez desbaratados los planes de Retama, iba a conseguir que su organización aceptase esta alternativa. Era la única alternativa viable. Y en cuanto a Navarra, Nabarra o Nafarroa, pues lo mismo, que también sea la ciudadanía navarra la que decida si quieren o no unirse a Euskadi; aunque, desde que se enteró que los vascongados habían participado en la conquista de Navarra en el 1512, Mitarra se dijo que mejor sería que fueran los vascos los que se integrasen en Nabarra. Por aquello de pagar viejas deudas y por sentido común, ya que Nabarra fue la cuna de los Basakonas o Vascones desde época inmemorial. Además, era el corazón de Euskal Herria. Capítulo 57. LA CÁBALA Pello Mitarra sintió que las piernas enroscadas en su regazo comenzaban a protestar por la novedosa postura yogui que habían adoptado. Las desenredó y se sentó sobre una piedra para continuar con sus meditaciones en la postura que le había enseñado Benjamin. El vivaracho conejo seguía atento a las maniobras de aquel ser tan curioso. Mitarra repasó la correlación de fuerzas que había en ese momento en su organización. Los duros controlaban el aparato, pero eso no le preocupó. Sabía que su postura era la correcta y, además, era lo que tenía que hacer. Echó de menos a algunos viejos camaradas que se habían ido. Argala y su fina inteligencia hubiera sido muy importante en este momento. O por lo menos, así lo pensó. En ese momento se acordó de Andoni, el “Ondarrés” o “Ezkertxu”, que siempre estaba de buen humor. Cuando no contaba lo de la mariposíe bermeana, contaba lo que le pasó a un secretario del ayuntamiento de Ondarroa, también bermeano, cuando fue a su trabajo por primera vez. El alcalde de Ondarroa le recibió y le dio las instrucciones más básicas para comenzar a desarrollar su labor. Asimismo le dijo que tuviese mucho cuidado con los ondarreses, porque eran unos maestros a la hora de poner motes a la gente. El nuevo secretario agradeció el consejo a su jefe y le dijo que ya tomaría sus precauciones para evitar que le apodasen con algún mote. Desde entonces fue conocido en el pueblo como el “Precauciones”. Andoni tenía el alias de “Ondarrés” porque era de Ondarroa, aunque nacer, nació en Berriatua, pueblo próximo a la marinera villa bizkaitarra. Su familia se había ido a vivir a la costa cuando Ezkertxu era aún un niño. Allí se crió y acabó siendo un ondarrés más. Lo de Ezkertxu, le venía porque era zurdo. El alias Ezkerra tenía mucho prestigio en la organización desde que uno de los primeros jefes militares de los políticos militares, utilizó el apodo de Ezkerra. El “Zurdo” compartió la dirección de los poli milis con Pertur, Papi, Pelotas y Erreka entre otros más. A Iñaki Ezkerra también le llamaban el “Patrón”. — Mira Mitarra, que a ti comer, ¡bien que te gusta!, pero cocinar no tanto—, solía decirle a Pello cada vez que comenzaba a explicarle alguna receta con todo lujo de detalles. — Se coge un buen sapo, los finos lo llaman rape, se le quita los dos lomos con un buen cuchillo y se reservan. Pones a cocer la espina y la cabeza, con alguna patata, sal, y con algún pimiento choricero, de esos secos y arrugados, que parecen unas grandes pasas coloradas, más rojas que una troskista peliroja o que la piporra reluciente de una mona chingona. Mientras tanto, tienes asando en el horno unos cuantos pimientos también rojos, de los grandes. ¿Ves? Cuando estén hechos, que eso se sabe por el olor que desprenden, les quitas la piel y las pepitas, y los reservas con su caldo. Después, en una buena y amplia cazuela de metal, echas un buen chorretón de aceite de Moreda y fríes unos dientes de ajo enteros. Pero antes quítales la piel, ¡eh! Cuando cojan este color tostado tan bonito, los retiras del aceite y los reservas. En el mismo aceite y a fuego vivo, doras los dos lomos del sapo. Cuando han cogido este elegante color acaramelado, los retiras y también los reservas. En el mismo aceite y a fuego lento, pones a confitar o sudar o pochar, cantidad de cebolla picada. Tiene que estar por lo menos una hora haciéndose lentamente. Hay que estar encima removiendo con una cuchara de palo para evitar que se queme la parte de abajo. Una vez que está bien hecha la cebolla por igual, con este color dorado parecido al del oro viejo, ¡eh!, pasas la patata cocida por un chino y la viertes en la cebolla. Añades el caldo de cocer la cabeza y la espina, y también echas un buen puñado de guisantes. Esperas a que se reduzca y cuando la salsa empieza a engordar, echas los pimientos rojos con su caldo, los ajos fritos y un buen montón de guindillas que piquen de puta madre. Y cinco minutos antes de comer, pones los lomos en la salsa para que acaben de hacerse. Antes de servir, colocas la pulpa de los choriceros sobre los lomos y compruebas qué tal está de sal. Nunca tiene que estar soso. Cuando le tocó la vez a Pello, en lugar de meterse en la boca el contenido del cazo, prefirió mojar un trozo de pan en la sopa rojiza. Se lo llevó a la boca y por poco no se abrasó el paladar, la lengua y casi casi hasta los dientes. Pero puso cara de póker y tragó el pan. El fuego se le ubicó en el estómago. Jamás había probado algo tan picante y eso que era nabarro de pura cepa. Ezkertxu que estaba a su izquierda y que aún no le había llegado su turno con el cazo, le preguntó a Mitarra qué tal estaba la salsa, mientras cogía el gran cucharón que le pasaba Petankas. Pello Mitarra Petankas disimuló el fuego que le abrasaba la boca y el estómago, y le dijo que la sopa era muy agradable. Se lo habían preparado para reírse de él, sin embargo, Pello había jugado mucho al mus y sabía algo muy evidente y hasta de perogrullo. Jamás hay que aceptar un enbido sin mirar antes las cartas que tienes. En los juegos de naipes es evidente, pero en la vida no lo es tanto. Pello había optado por enterarse primero qué es lo que era aquella sopa espesa, y después de probarla, ya vería si le apetecía tomar algo más de la ración, o si prefería pasar de la cuestión. A mediados de febrero del 79, casi dos meses después del atentado que le costó la vida a Argala, Mitarra y Ezkertxu se fueron a Suiza y allí adoptaron la cobertura de periodistas franceses. Después se trasladaron a Varsovia y tomaron un avión para La Habana. En la capital cubana, la organización tenía un contacto con el Frente Sandinista. Se le conocía con el apelativo del “Príncipe Maya” y no se sabía exactamente de dónde era. Nacer, había nacido en Centroamérica, pero también había estado por Euskadi y ahora estaba en La Habana. El contacto sandinista les esperaba en el aeropuerto, y por una puerta trasera abandonaron el recinto aduanero para meterse en un coche oficial que les llevaría hasta la capital. Allá en La Habana. Se quedaron allí durante cuatro días, esperando el vuelo que les dejaría en Panamá. Estuvieron haciendo turismo por la ciudad. Hacía mucho calor y siempre Ezkertxu estaba con sed. Cuando en el deambular por las calles habaneras, divisaban alguno de los pocos bares que había, el calorífico ondarrés aprovechaba la ocasión. Lo único que había en los bares, a excepción de una cerveza y de una coca imbebibles, era una gran cantidad de limones, azúcar, agua, hielo en grandes barras y el majestuoso ron cubano. Con todo esto, los barmans cubanos preparan el “ron colins” o, si se le añade unas hojitas verdes, el “mojito”. Ezkertxu, muerto de sed, siempre pedía la misma cosa, con la esperanza de que le sirviesen lo pedido, pero el camarero de turno siempre respondía lo mismo. — Compañero, eso no é posible, la limonada con hielo no se debe servir sin ron. La calidá de lo sítrico que se ha conseguido grasias al esfuerso revolusionario de nuestros compañeros agricultores, ha hecho que sea un fruto muy apresiao. Si sólo diésemo el limón, se bebería menos ron y eso, compañero, no é la solusión. La cosa es que, debido a que en todos los bares había que tomar el zumo de limón con ron, Ezkertxu, que siempre estaba con sed, no había día que no estuviese medio colocado para el mediodía. La última mañana que estuvieron en La Habana, tras despedirse de dos amistades femeninas que habían hecho el día anterior, se fueron donde el Príncipe Maya a recoger los dos billetes de avión y de paso darle las gracias por todo lo realizado. A la vuelta, entraron en un bar y Ezkertxu, sin saber por qué, quizá fue su subconsciente, pidió al camarero que le pusiera un mojito, pero sin ron. El camarero le miró como quien mira a un demente y a continuación le sirvió el ansiado zumo de limón con hielo y sin nada de alcohol. Las normas eran las normas. Una limonada fría no se podía servir, pero sí un mojito sin ron. Lo malo era que se había enterado de ello en el último día, allá en La Habana. Los sandinistas tenían ya medio groggy a la Guardia Nacional del presidente y dictador Somoza, sin embargo, los últimos cinco meses de la ofensiva fueron los más duros. Mitarra y Ezkertxu se integraron en el escuadrón Carlos Fonseca que casi siempre estaba dando el callo en primera línea de fuego. En los ratos que el escuadrón podía retirarse a la retaguardia para tomarse un descanso, la mayoría del tiempo de asueto se lo pasaban hablando, platicando decían los compitas, o se estaba cantando las revolucionarias canciones de Carlos Mejía Godoy. Con ellos estaba otro voluntario de fuera del país. Era argentino. Le llamaban “El Cheíto”, en honor a otro romántico revolucionario argentino que se fue a Cuba a luchar contra Batista y que después encontró la muerte en la selva boliviana. Cheíto, además de argentino, era judío, y ejercía de ambos aspectos. Como argentino era un experto en fútbol, y como judío, también era un experto, pero en el conocimiento de la Cábala. Cheíto siempre estaba hablando sin parar, mientras limpiaba su FAL o ayudaba a algún compa a desarmar algún otro fusil. Ezkertxu se había quedado con uno de los pocos kalasnikov que había por la zona y Mitarra prefirió el CETME español. Decía que no era tan duro como el fusil soviético, pero tenía más precisión en el disparo. “ Compañeros, camaradas, el auténtico fútbol, el que se practicaba antes, era siempre directo. Cualquiera de los tres defensas o el pivote defensivo por delante de la zaga, agarraba el balón y lo pasaba en diagonal y con gran precisión al extremo del lado contrario, éste profundizaba por la banda y pasaba la bola al delantero centro, que, o bien remataba a puerta, casi siempre con la cabeza, o atrasaba un poco el balón para que lo remachase alguno de los interiores que llegaban desde más atrás. La táctica era simple pero rápida y vibrante. Cortar el balón, pase en largo a una de las bandas y centro al área chica”. “ Sin embargo, hoy en día no es posible porque ya no hay jugadores como los de antes. Yo te digo, compañero, que si me dan tres izquierdos natos, tres ambidiestros, tres derechos, un arquero que tenga buen saque con la mano, y un delantero centro rompedor que domine el juego aéreo; a nada que sepan tocar la bola y poniendo todo el corazón en la contienda, hago una escuadra que se lleva todos los campeonatos de calle. El truco consiste en ubicarles en el campo, adoptando el famoso pero olvidado rombo formado a su vez por cuatro rombos internos más pequeños”. Pello, sentado con la espalda recta en una de las piedras del Erga, se preguntó qué habría sido de su compañero argentino de armas. Cuando hablaba de sus tácticas futboleras, no le entendía casi nada, pero cuando hablaba de sus conocimientos cabalísticos, ya no le entendía nada. Ezkertxu le solía decir al apasionado conferenciante, que entender, le entendía poco, pero retener lo que decía, muchísimo menos. Pello quiso recordar las palabras de Cheíto sobre la historia del pueblo judío, y todo el significado de sus conocimientos aparecieron en su mente, bien porque estaban archivados en su subconsciente, o bien, como diría Benjamin, porque el alma que todo lo sabe, se lo comunicó a su consciente. Los sumerios eran un pueblo muy emprendedor y estaban organizados militarmente. Los sumerios no colonizaban. Era una fuerza de choque para conquistar nuevas tierras. Entraron en Mesopotamia y la liberaron para ellos de los primitivos cromañoides autóctonos. El pueblo sumerio, que era más bien una avanzadilla militar, se gobernaba por medio de jefes militares o reyes, pero que a su vez, también eran brujos o sacerdotes. O sea, reunían en sí todo el poder habido y por haber tanto en la Tierra como en el Cielo. Los dos aspectos básicos del dios Oro estaban presentes en su organización social. Por una parte, la emotiva violencia por interés; por otra parte, el ignorante fanatismo religioso. Crearon grandes ciudades fortificadas, con templos escalonados hacia arriba, pero no hacia el Sol, sino más arriba, hacia los cielos en donde moraba el poderosísimo Padre Dios que podía hacer lo que se le antojara con sus pobres criaturas humanas. Así de simpático concebían los sumerios a su Dios. Para aplacar la cólera del gran Dios, la última gran putada que había hecho era el Diluvio de la época de Noé, estaban los sacerdotes – brujos – hechiceros – militares – gobernadores, que por su privilegiada condición, eran los encargados de intermediar entre el jefe supremo de arriba y los humildes humanos de abajo. Los templos tenían unas torres puntiagudas que se llamaban zigurats y que representaban la función de los sacerdotes. Fundaron la ciudad de Ur, a orillas de la caudalosa corriente de agua que es el río Eufrates, no lejos de su desembocadura y muy cerca de la actual Kuwait, el país del oro negro. A partir de esa época, Mesopotamia, según dice la Historia, se hizo semita. Desarrollaron una gran actividad expansiva y comercial. Los militares se encargaban de la expansión hacia Persia, y las ciudades eran el emporio del comercio, negocios y riquezas. El apego a las riquezas materiales es el tercer aspecto básico del dios Oro y siempre se da en las ciudades, en donde todos quieren aparentar que viven mejor que el vecino y hacen ostentación de su poderío económico. Donde no hay vecinos, como es el caso de las antiguas viviendas individuales desperdigadas por el monte, no es preciso ni necesario hacer semejante despliegue infantil. Pero, además, la riqueza también trae corrupción y hasta el olvido de sus propias leyes de mercado, las del dios Oro. Las ciudades de Mesopotamia acabaron siendo un caos. Abraham, el primer patriarca hebreo, era semita y vivía en Ur, hacia el siglo XX antes de Cristo. Los semitas eran los semes de Noé y habían llegado en sus ciudades a la situación natural que se obtiene cuando la ambición y la gezurre del dios Oro campan a su antojo. En esas circunstancias, la mejor salida es recurrir al dios Romanticismo para que ponga un poco de nobleza y cordura en las relaciones sociales, pero Abraham no contactó con el romántico dios del amor, contactó con el Dios que conocía, que no era otro que el iracundo Dios de los antiguos brujos sumerios. Como diría Benjamin, aún no estaba madura la pera, aún no era su tiempo. A Abraham se le apareció Yaveh, que era un dios vengativo y cruel. Mucho más duro que los otros dioses Oro y pequeños subdioses que habían ido inventando los sacerdotes semitas para poder presentar una oferta más amplia a sus degenerados e ignorantes súbditos. Así que Yaveh, el Amo, el Dueño o Jabe, quiso cortar por lo sano con semejante desorden, pero en vez de pedirlo amablemente, con amor, lo exigió a base de terribles castigos. Intentó reprimir la tendencia natural y transitoria de los humanos al dios Oro y sus oropeles, pero en lugar de enviarles un mensaje de hermandad y confraternización, intentó ponerles firmes a base de mandatos y draconianas leyes. Al fin y al cabo, Yaveh no era más que la proyección mental de las sensaciones de miedo, odio, castigo y venganza que traen consigo la violencia y la ambición; ambición tanto emotiva como material. Era natural que surgiese una entidad tan represora en lo físico y tan alejada de lo espiritual. Hitler y demás dictadores suelen encumbrarse así, cuando sólo impera la violencia, la ambición y la ignorancia en la sociedad. Durante un buen montón de años estuvieron castigados por Yaveh, haciendo de criadas para todo lo que les pidiesen sus altivos amos egipcios. A principios del siglo XIII antes de Cristo, ojo al dato reflexionó Pello, nace Moisés que era hijo de esclavos hebreos, pero que misteriosamente es educado en el seno de la familia de los faraones. Moisés vivió como uno más en la propia mansión de los señores de Egipto, sin saber que era un hebreo y, por lo tanto, un puto esclavo. Pero Yaveh se lo comunica y le encarga el trabajo de sacar a sus hermanos de Egipto. Ya habían cumplido un castigo suficiente y podían volver libres a su país. Moisés era la única persona que estaba capacitada para realizar semejante misión. El antagonismo situacional absolútamente polarizado que se provoca cuando se enfrentan entre sí, el poder absoluto y la servidumbre absoluta, exigía que para superarlo hiciese falta la creación de un puente entre ambos opuestos. Ese puente fue Moisés que era un poderoso egipcio, pero que desde que Yaveh le informó de su auténtico linaje, se convirtió en el líder de la liberación israelí. Y lo consiguió, aunque hay que reconocer que, según la Biblia, el jefe de arriba les ayudó bastante con unos cuantos montajes especiales y espaciales de gran efecto. Moisés y su pueblo abandonaron Egipto y se entretuvieron durante 40 años por el desierto, a unos pocos kilómetros de su tierra hebrea. La explicación a esta extraña tardanza en realizar el recorrido a casa, es que los antiguos esclavos, al verse libres, en vez de volver rápidamente a sus tierras, les dio por divertirse y hacer el golfo. Se ve que volvieron a ser castigados, y estuvieron un montón de años perdidos por el desierto y alimentados por una sustancia energética que caía del cielo y de sabor bastante anodino. Yaveh que estaba hasta el gorro del pueblo elegido, decidió endurecer y concretar mejor sus exigencias. Llamó a Moisés al alto del monte Oreb, y le habló con toda claridad y contundencia. Luego le escribió a fuego en una roca los diez preceptos que tenían que cumplir los hebreos si no querían que hubiese más hostias. El primer mandamiento decía que tenían que amar a Yaveh por encima de todas las cosas, porque si no era así, Yaveh les hostiaría hasta que aprendiesen a amarle y obedecerle como Dios manda. Los otros nueve mandamientos les mandaban otras tantas obligaciones a cumplir y respetar. Era todo un golpe militar para intentar establecer el orden en el pueblo hebreo, ya que se habían entregado a los placeres del dios Perel. Y como tal, el comunicado de guerra les decía que si no acataban todos los mandamientos, les iban a caer todas las desgracias del mundo. Para apoyar su declaración de intenciones y para dejar bien claro que la ley del “ojo por ojo” no era ninguna broma, cargó las tablas de piedra de la Ley con una sustancia altamente mortífera, ya que al bajar del monte, Moisés lo primero que hizo fue arrojárselas a su pueblo, provocando una gran mortandad entre su gente. Ante este panorama, los supervivientes no tuvieron más remedio que acatar las leyes de Yaveh que les había traído su compatriota Moisés. Una vez conseguido el orden, Moisés volvió a subir al monte Oreb, o Sinaí, para que Yaveh le diese otra copia de sus mandatos. Después construyeron una caja misteriosa a la que llamaron el Arca de la Alianza, y metieron en ella la nueva tabla. Decían que era para amortiguar el poder destructivo que encerraba en su interior, como bien les había demostrado la primera tabla. Con semejante bomba de relojería y en fila india, llegaron en un pis-pas a su tierra. Tuvieron unas cuantas generaciones de relativa calma, pero otra vez les vino el castigo por algo que habrían hecho. Hacia el 1200 antes de Cristo, les entraron los filisteos, que por el nombre que tienen, es mejor no investigar su origen. Pero de lo que sí hay constancia es que fue una auténtica plaga bíblica la que se abatió sobre los israelitas por culpa de los malvados filisteos. Las debieron de pasar muy mal, porque otra vez, Yaveh volvió a tomar cartas en el asunto para proteger a su sumiso pueblo, dado que llevaban ya casi dos siglos sin poder quitárselos de encima. Yaveh por medio del brujo Samuel, informó a Saúl, el cual era un sencillo pastor, que había sido el elegido para expulsar a los filisteos del país. Saúl aceptó el mandato porque ya sabía cómo se las gastaba el jefe con los que le desobedecían. De esta manera fue elegido jefe militar de los hebreos, e instauró el primer reino de Israel para comenzar la dura tarea encomendada. Al principio no le fue tan mal, pero desobedeció uno de los mandatos de Samuel y éste le comunicó a Saúl que su buena estrella iba a declinar. Yaveh les iba a volver a castigar. Así, los filisteos recobraron el territorio perdido y se mostraron más fieros que nunca. Entre sus filas había un gigante que además de poseer una fuerza hercúlea, era el más feroz de todos los filisteos. Con semejante enemigo, creció el pánico y la desmoralización entre las milicias de Saúl, y de repente apareció David, y de una pedrada, demuestra a los israelitas que se puede ser pequeño pero matón. Con una sola piedra, introdujo una ligera brisa de romanticismo en las cerradas y timoratas mentes que había creado el dios Oro, representado en este caso por el vengativo Yaveh. Los israelitas se creyeron lo de pequeño pero matón, y David adquirió gran prestigio entre el pueblo por haber derribado al gigante Goliat. Después de una triste historia de celos de Saúl con respecto a David, el rey expulsa al joven héroe y luego es derrotado por los filisteos. Saúl se suicida ante el fracaso de su vida, y David es elegido rey por el pueblo de Israel. Al principio cumplió con todos los mandatos de Yaveh y la cosa le fue muy bien. Expulsó a los filisteos, fundó la ciudad de Jerusalén hacia el año 1.000 antes de Cristo, y también tuvo entre ceja y ceja la intención de construir un gran templo que albergase el Arca de la Alianza de Moisés, con su terrible bomba de megatones. Pero Yaveh se lo prohibió y le dijo que esa misión estaba pensada para uno de sus hijos, el cual, además, iniciaría la dinastía de reyes de Israel de la que saldría el futuro Mesías. David, que era ante todo un romántico, quiso avanzar en su evolución personal y volverse un cabal racionalista, construyendo un complicado templo, pero Yaveh se lo impedía siempre. Al no poder dar rienda suelta a su creatividad, se refugió en el placer del sexo. A David le gustaban mucho las mujeres, al estilo del dios Perel, y cuando no tenía nada que hacer, estaba todo el tiempo que podía en su harén con un montón de bellas mujeres. En una de éstas, David se encaprichó de la esposa de un capitán de su ejército y se la llevó a la cama. Se ve que la mujer valía mucho y sabía mucho más, porque David se enamoró de ella y quiso quedársela sólo para sí. Para ello, envió al marido a una misión suicida en la que murió. Una vez que Betsabé enviudó, la convirtió en una más de sus esposas y, después de cierto tiempo, tuvieron un hijo que se llamó Salomón. Pero antes, como castigo a semejante pecado cometido contra “el no desearás a la mujer del prójimo” y contra “el no matarás”, Yaveh le montó una auténtica tragedia familiar que no se la salta ni un galgo. La profecía se cumple y a continuación, Yaveh pone la guinda al postre. El hijo que había matado a su violador e incestuoso hermano, se levanta en armas contra su padre y le expulsa de Jerusalén, dejando al rey David sin trono ni ciudad. Más tarde sería derrotado el hijo rebelde por las tropas leales a David, y muere en la batalla, y David, otra vez con el corazón destrozado, vuelve a reinar en Jerusalén y en todo Israel. En ese momento surge el benéfico efecto de su esposa Betsabé, que gracias a unas grandes dosis de inteligente y amorosa paciencia, consigue alegrar la vida al apesadumbrado David. En ese ambiente se cría Salomón que era el único hijo legal que le quedaba, y que al ser hijo de quien era, tenía la voluntad y el romanticismo del padre, y la inteligencia y sensibilidad de su madre Betsabé. Pello entendió que en Salomón confluían los aspectos básicos que se necesitan para la adquisición de la sabiduría. Así fue, el rey Salomón fue recordado como un monarca muy sabio y como un mago también muy sabio. Pello vio la evolución del pueblo hebreo en un solo golpe de vista. Comenzaron en la fase del dios Oro, entonces un dios llamado Yaveh les quiso volver buenos por las malas y para ello dictó unas leyes muy duras y aplicó unos castigos ejemplares de manda huevos, los cuales, de esta forma, el temor que les producía su dios Yaveh, les enfangaba más en el dios Oro. Pero porque del tercer chakra del dios Oro, tarde o temprano, siempre se acaba pasando al cuarto chakra, el del dios Romanticismo, surge una fase transitoria de romanticismo con David, para que a partir de éste, más la influencia inteligente y sensible de Betsabé, se manifestase la aparición en escena de su hijo Salomón con una gran capacidad de racionalización e imaginación, como demuestran los planos del templo de Jerusalén que él mismo diseñó y llevó a cabo, y asimismo con una no menos capacidad romántica de respeto a la justicia. Salomón tenía todos estos ingredientes gracias a sus padres y, en consecuencia, optó por potenciarlos y acabó alcanzando la sabiduría. Salomón también comprendió la tragedia sin sentido de su pueblo y creó La Cábala para, de una forma inteligible para los no sabios, dejar un mensaje a su pueblo que sólo será entendido cuando Israel obtenga la misma sabiduría que alcanzó el gran rey Salomón. Uno de los pocos mensajes que entendieron los hebreos de su época, fue el que decía que de la estirpe de Salomón iba a salir un futuro Mesías que salvaría a su pueblo una vez más, pero esta vez de verdad y para siempre jamás. La reina de Saba acudió a Jerusalén para conocer en persona al ilustre y sabio rey de Israel, y, además de beber de sus conocimientos y de respirar de su imaginación, la bella mujer negra también mantuvo otro tipo de relaciones no menos mágicas. Cuando partió para su Etiopía natal, después de una provechosa estancia con su maestro, en la que fue tratada como una auténtica reina, la romántica alumna llevaba en su interior el fruto del conocimiento, pero también portaba la semilla de una nueva vida. El hijo se llamó Melenik, y cuando tuvo la edad necesaria para vivir la aventura, viajó a la tierra de su padre con el fin de conocerle y presentarle los honores debidos. Salomón acogió a su hijo de la mejor manera posible, y en consecuencia fue agasajado como todo un real príncipe. Cuando Melenik abandonó el polvoriento país de su padre, también se llevó un recuerdo de su generoso progenitor. Salomón, tal vez porque adivinó que el potencial energético contenido en el Arca de la Alianza iba a ser una responsabilidad excesiva para sus timoratos compatriotas, entregó la misteriosa y peligrosa caja a su hijo, y le hizo jurar que la escondería en el lugar más remoto e inaccesible de las montañas de su país. Melenik cumplió con lo prometido, y creó una casta de brujos, de los cuales se decía que dedicaban gran parte de su existencia a oír el pasar de las nubes, y que se encargaron de custodiar el hermético artefacto y de mantenerlo oculto hasta que la tolerancia y la generosidad sean las características predominantes de la humanidad. En efecto, Yaveh fue implacable con los suyos. El reino se dividió en los reinos de Judá, Israel y Samaria. Cien años más tarde, los tres reinos se vuelven tributarios de los asirios. Más tarde es destruida Samaria y todos sus habitantes son deportados en masa. Israel se convierte en una provincia de Asiria. En el año 587 antes de Cristo, Jerusalén es conquistada y destruida por Nabucodonosor. Los judíos son llevados a Babilonia para sufrir una dura cautividad. Pocos años más tarde, Yaveh les cambia de dueños y pasan a ser propiedad de Persia y en el 332 de Alejandro Magno. En el año 63 antes de Cristo, son conquistados por los romanos, y casi 150 años más tarde, Tito destruye, otra vez, la ciudad de Jerusalén y expulsa a sus habitantes para dispersarlos por todo su efímero imperio, dando así comienzo la Diáspora Judía. A partir de ese momento es un continuo deambular por diversos países, sobre todo de Europa, con continuas persecuciones, matanzas y expulsiones. Pero lo peor quedaba aún por llegar. Un fanático brujo negro del mismo estilo que los ancestrales brujos sumerios, tomó el problema judío como una cuestión personal y asesinó a más de seis millones de personas de raza hebrea con la excusa de que no eran humanos del todo. Los supervivientes de los campos de exterminio nazi, ante el sufrimiento provocado por semejante bestialidad, fueron capaces de independizarse del dios Oro y se entregaron con ardor guerrero en brazos del dios Romanticismo. En el año 1949 se fundó el Estado de Israel por los sumerios – semitas – hebreos – israelitas – judíos, en la Palestina semita – hebrea – árabe. Y después de una corta estancia bajo la égida del dios Romanticismo, se pasaron al dios Razón y lo pusieron, otra vez, al servicio del dios Oro; comenzando así el martirio del pueblo palestino y su radicalización terrorista e islámica. Causa y efecto. El actual sionismo no había aprendido nada de su historia y siguieron aceptando al “amigable” dios Yaveh. Además, reflexionó Pello, siguen esperando la venida del Mesías que les salve para siempre, porque no entendieron que el salvador profetizado por Salomón, ya había llegado para anunciar la entrada en la Tierra de la época del dios Romanticismo. No supieron comprender, como la mayoría de los humanos, que la solución a sus problemas no consiste en seguir practicando la guerra y el dolor de los dioses Oro, sino que estriba en la apertura del corazón para alcanzar la sabiduría que les permita, entre otras cosas, desenterrar toda la información que contiene La Cábala. Así, algún día llegarán a entender que el candelabro de 7 brazos, no es más que la representación de una antena con un trípode en su base, de cuya parte superior salen 3 curvas concéntricas, como las actuales ondas de las antenas emisoras, o como las ondas que dejan las piedras en la superficie del agua, pero representando, del centro hacia fuera, a los tres cuerpos de la personalidad: el mental o manásico inferior, el emocional o astral, y el vital o físico; es decir, lo de siempre, inteligencia, sentimiento y voluntad. O que la estrella de David, no es más que dos triángulos que se enfrentan, uno que sube y otro que baja, y que se han equilibrado en su centro. Es el equilibrio de la energía del espíritu que desciende a la materia, con la energía de la materia que asciende al espíritu. O que el hijo – hija que en un momento dado es el fruto del padre y de la madre, en otro será el único padre – madre de los que después serán su padre y su madre. O que los que ahora son los unos que se oponen a los otros, después serán los otros que se opondrán a los unos que antes fueron los otros, para ser más tarde otra vez los unos en oposición a los otros que antes fueron los unos. Y así desde siempre y hasta que se dejen de oponer. Mientras tanto, la matanza israelita palestina no tendrá fin, ni para los unos ni para los otros, ya que Yaveh y Alá son las dos caras de la misma moneda. Pello estaba llegando a la esencia de la existencia. Los ciclos se repetían invariablemente, impulsados por una sencilla reacción en cadena que no tenía ni principio ni fin, simplemente era circular. Contempló las entrañas del tiempo y del espacio. Contempló el devenir de la eternidad pasada y futura en un solo suspiro; y su ser fue, durante ese breve instante, el compendio de Todo; y también se dio cuenta de que Todo y Nada eran la misma cosa. También se dio cuenta de que la Iglesia Católica del Dios cristiano, el Dei latino o Deia, olvidando el romántico mensaje de amor de Jesucristo, tomó para sí una parte del mensaje judío y rizó el rizo a la hora de inventarse una putada más de Dios. Yaveh castigaba a sus hijos en este mundo, pero el Dios de los Papas de Roma, también castigaba en la otra vida. No había escapatoria. Ni la muerte era ya un descanso bien merecido. Pello sintió un ligero estremecimiento al venirle a la mente el recuerdo de los sermones del hermano director, en unos ejercicios espirituales que hizo de niño en su colegio. Desde la posición de ventaja que da el púlpito a un orador, el cual, además, se dirigía sólo a niños y medio en penumbra, el director, enfundado en su negra sotana, platicaba, más bien amenazaba, sobre los peligros del pecado. “Imaginémonos una descomunal esfera de acero más grande que la Tierra, imaginémonos que cada mil años, una diminuta gota de agua cae sobre su superficie. ¿Os imagináis la cantidad de miles de millones de años que hacen falta para que el agua forme un canal que atraviese de lado a lado la esfera? ¡Pues eso sólo es el principio de la eternidad que os espera bajo los picotazos de los sanguinarios buitres! En fin, mis queridísimos hijos, no aceptéis nunca el mal en vuestra conciencia, ni en forma de pensamiento, palabra o acción. Así que, queridísimas criaturas de Dios, sed buenos chicos si no queréis ir al Infierno para toda la eternidad por siempre jamás de los ¡jamases infinitos!” Se fue para el coche, sin dejar de ser observado atentamente por el vivaracho conejo, con la intención de volver a dormir en el automóvil de Benjamin y de repetir al día siguiente el mismo plan que había realizado aquel viernes 19 de Junio, allá en el Aralar. A las 5 y media subiría otra vez al Erga, bailaría el aurresku al Sol naciente, y después que sea lo que Dios quiera, pensó Pello un poco antes de dormirse sobre los asientos del coche, después de haber tomado unos cuantos tragos de su energético sirope.
Capítulo 58. LA PREOCUPACIÓN Egunon, dijo Patxo a sus dos compañeros que estaban intentando quitar la pintura de la luna. — Una cosa, Iñaki, no se te ocurra ni por el forro, volver a decirme algo de tu horóscopo. ¿Entendido? Iñaki le contestó con un “vale jefe”, y continuó embadurnando toda la luna de pintura roja. Los casi 20 grados de temperatura que hacían ya para las 9 de la mañana de aquel sábado 20 de Junio, habían secado demasiado la costra de las letras, por lo cual fue preciso empaparlas con mucha gasolina para ver si se ablandaban y desaparecían antes de la llegada de su deprimido jefe. Pero el jefe había llegado y les cogió con las manos en una masa chorreante, porque la gasolina aplicada con una toalla completamente empapada, sí ablandó la pintura, pero también la esparció por todo el cristal. Tanto la luna, como una parte del capó, así como la toalla y los brazos de Iñaki, estaban chorreando una diluida sustancia que enrojecía todo lo que tocaba. Patxo dijo a sus chicos que no se les ocurriese fumar, mientras estuviesen manipulando semejante combinación. A continuación volvió a entrar en la casa porque no quería ni enterarse de lo que estaban haciendo. Con lo poco que había visto ya tenía una suficiente visión. Toda la parte del capó, que ayer mismo era de un blanco soso sosísimo, estaba ahora del mismo color que el de La Pantera Rosa. Iñaki le dijo otro “vale jefe”. Había decidido cambiar el tratamiento terapéutico a su jefe. Durante todo el día le iba a decir a todo que sí. A ver qué pasaba. — Jefe, no sé qué hostias de producto emplean nuestros chicos en sus pintadas, pero no hay Dios que las quite. Hemos pensado, Juantxo y yo, que lo mejor será ir a un taller a que lo acaben de limpiar. En Erandio tiene que haber talleres abiertos. Para ir hasta Erandio ya ves que he quitado toda la pintura del centro para poder así tener una buena visión. Patxo pensó que eso era ya lo único que les faltaba. Pasearse por Bizkaia con una pequeña tanqueta de color rosa. Pero Patxo comprendió que con los medios de que disponían, sería imposible limpiar del todo la luna, y aceptó la idea de sus compañeros. Volvió a repetirse aquello de que sea lo que Dios quiera y se encogió de hombros. — De acuerdo, pero primero limpiaros bien y poneros presentables. Pensó que si les iba a coger la policía, por lo menos que no dijesen que eran unos sucios y unos desarreglados impresentables, con ciertas trazas de afeminados rosáceos. Iñaki y Juantxo se fueron a lavar y al poco tiempo volvieron bastante aseados. Salieron de Astrabudua y a pocos kilómetros divisaron un pequeño taller que tenía el símbolo del león en su puerta. Pararon y preguntaron al único operario que había, si les podía quitar la pintura. El mecánico les contestó que era imposible, porque al ser sábado, estaba solo y no podía dedicarse toda la mañana a limpiar la luna y porque, además, eso iba a costar un huevo. Les aconsejó que se fuesen a Bilbao, que allí había talleres con más personal, e igual tenían suerte y se lo limpiaban al momento. La tanqueta se fue para Bilbao a través de la carretera que bordea toda la orilla de la ría, y desembocaron, otra vez, en San Ignacio. Volvieron a tener que parar en uno de los semáforos y a su lado se colocó una moto con un encuerado motero al manillar acompañado de una despampanante pelirroja en la grupa, también con mucho cuero negro apretando sus posaderas como si fuese una segunda piel, o un ajustado guante. Iñaki, que iba al volante, tenía el culo de la chica al alcance de su mano. Tuvo que reprimir el impulso de darle un toque, pero no pudo evitar decirle algo a la dueña de semejantes posaderas. — Joder tía, tienes un culo tan bueno y tan “apentitoso” que por él no me importaría ser siempre la moto que lo lleve encima. ¡Te iba a dar unos viajes! La señorita motorista agachó un poco la cabeza y a escasos centímetros de la cara de Iñaki, le soltó un par de groserías, también con mucho estilo. El semáforo se puso en verde y la moto se lanzó hacia delante como un potro desbocado, no dando tiempo a Iñaki a contestar con dos de las suyas a la descarada pelirroja. Así con todo, le gritó, sacando la cabeza por la ventanilla, un par de piropos made in de la casa: ¡cabrona, chupapollas! Patxo le dijo que se calmara e Iñaki le obedeció al momento. No tuvieron más problemas y entraron en la Gran Vía de Bilbao a través de la plaza del Sagrado Corazón del señorito Benjamin, el que tomaba sopitas de langosta. El responsable del comando de rastreo y caza, pensó que esta vez no se le iba a escapar el misterioso agente secreto. O por lo menos, eso era lo que quería creerse. Sólo había que encontrar un lugar en donde les adecentasen el coche, y después se irían a Rekalde a verse las caras con el escurridizo Benjamin Ríos. Preguntaron a un peatón por un taller del león, y éste les mandó al más próximo. Patxo dijo a sus chicos que sólo entraría Iñaki en el concesionario. Él y Juantxo esperarían por las cercanías. Llegaron al taller y se bajaron los dos, dejando que Iñaki fuese a arreglar el estropicio de la luna. Iñaki tardó casi media hora en salir. Hizo una seña a sus compañeros y éstos se acercaron, poniendo Juantxo su habitual cara de despistado para estos casos. — ¿Qué pasa? —, dijo Patxo. — Bueno, ya está todo en marcha. En diez minutos acaban. Me han dicho que para limpiar eso hace falta mucho tiempo y que, además, nunca va a quedar perfecto y que si tenemos mucha prisa, lo mejor es que pongamos una luna nueva. Yo les he dicho que sí. Así no habrá más cabronas que nos meen la oreja. — Pero, ¿has preguntado cuánto vale una luna nueva? Pero si no tenemos ni cincuenta mil pesetas, ¡tontolaba! Patxo suspiró hondo y penetró en el taller, seguido y flanqueado por sus dos compañeros que le hacían una perfecta cubierta de espaldas. Pero el enemigo les esperaba de frente. El jefe de taller les recibió, les comunicó que ya estaba todo listo, y les presentó la factura que ascendía a algo más de setenta mil pesetas del ala. — Verá usted, señor mecánico, es que hay un pequeño problema. No me imaginaba que valiese tanto una luna nueva y el caso es que me faltan cerca de 25.000 pesetas. ¿Cómo lo podríamos arreglar? El empleado del concesionario le respondió con rapidez y, no obstante, con muchísima precisión y contundencia. Patxo tragó saliva y se acordó de toda la pasta gansa que se había gastado en París para mantener la cobertura de la panadería itinerante. Patxo no sabía qué responder. Nunca jamás en toda su vida de liberado le había pasado algo parecido. Seguro que la culpa la tenía otra vez el horóscopo de Iñaki. Analizó la situación como para recrearse en ella. Debía de mandar una información a su responsable; para ello, tenía que hablar con Benjamin Ríos; para ello, debía de encontrarlo; y por último, para todas esas cosas y para poder moverse con autonomía, les era necesario el automóvil de Jon. Pero se había encontrado con un empleado que parecía más chulo que un ocho, que le estaba cantando las cuarenta como quien riñe a un niño un poco bobo, y que para más joder y por añadidura, le estaba diciendo que si no pagaban, no había nada que hacer. Además, Patxo ya sabía que entre Iñaki y Juantxo no habría ni 10.000 pesetas. La culpa de todo, volvió a percatarse, la tenía la puta furgoneta del pan. Si no se hubiesen gastado tanto dinero en la adquisición de los cestos de pan, ahora no habría ningún problema financiero. También se dio cuenta de que era un gran fallo el tener a sus dos compañeros sin dinero en el bolsillo. Si se viesen obligados a separarse debido a la acción de las fuerzas de seguridad, estarían en una absoluta indefensión económica. Todo era un auténtico desastre. El jefe del taller se mantuvo firme. — Siento muchísimo que sus dos amigos anden tan justos de fondos, pero mientras no abonen la totalidad de la factura, no va ser posible que retiren el vehículo. ¿No tienen ustedes ni una sola tarjeta VISA? Patxo puso cara de bueno y le contestó que no. — Pues ya sabe lo que hay, si pueden reunir el dinero, se llevan el coche. Si no, tendrán que volver el lunes. Buenos días. — Tened cuidado con estos tres mangurrinos, porque parece que no tienen ni en dónde caerse muertos. O sea se, que éstos en esta vida no se comen ni el bigote de las gambas. — Mecagüen la hostia negra. Pero, ¿nos vamos a ir así? He contado la gente que había y no son más de cinco. Escúchame Patxo, volvemos, les apuntamos con las txarraskas, y al listo ese de los cojones le doy una buena hostia en toda la cara de gamba que tiene para que espabile de una puta vez, después les encerramos a todos en la cabina del pintao, y nos llevamos el puto coche. No nos podemos quedar sin el puto coche. ¡Cagüen la hostia! — Bueno, pues si nos van a reconocer, les damos matarile a todos y sanseacabó. — Animal, cada día eres más burro. ¿Cómo pretendes que nos carguemos a cinco personas por 25.000 putas pesetas? A continuación se echó un pequeño discurso teórico para asentar su postura y de paso crear las bases tácticas necesarias que le permitiesen presentar su alternativa ideada. — La violencia revolucionaria es un instrumento al servicio del indefenso pueblo trabajador. Sólo se debe de aplicar cuando no queda otra alternativa de defensa. El prestigio del cuál goza nuestra organización entre las clases populares y trabajadoras de Euskadi, no debe de ser tirado por la borda. Hay que saber cuándo y cómo actuar. Por ejemplo, no dudes Iñaki que cada vez hay más personas auténticamente revolucionarias que entienden que el ejecutar o dar por culo a los concejales de la oligarquía española, es un acto de defensa del pueblo trabajador vasco; sin embargo, nadie entendería que liquidásemos a cinco trabajadores por una mera cuestión de pasta. Además, igual hay alguno que nos vota y no andamos tan bien como para ir cargándonos a nuestros propios votantes. La lucha armada tiene que ser una actividad pedagógica ante todo, porque si no fuera así …. Iñaki le interrumpió. — ¿Pedagógica?, tú más que pedagógico lo que eres es un soplagaitas con cara de pedo ecológico. ¿Tú cómo sabes que esos pringaos nos votan? En tu horóscopo no pone que seas adivino. Y, además, si nos cargamos a todos, ¿quién va a saber que les hemos dado el pasaporte por una mera cuestión de pasta? Les damos matarile y después decimos que el local era una tapadera del narcotráfico o de la policía y que todos eran unos antivascos y unos antiobreros confidentes y chivatos. Listo de los cojones. Patxo pensó que la pesadilla continuaba, ya que comprendió que no había más remedio que atracar una pescadería para poder abonar la factura de un taller, porque no tenían dinero por habérselo gastado en una panadería. Se encogió de hombros y dijo que le daba todo igual, pero aceptó el plan de Juantxo. Iñaki iba a intervenir, cuando recordó que se había comprometido a no discutir con su jefe durante todo el día. Además, nunca había atracado una pescadería y se imaginó la cara de besugos que pondrían los pescateros cuando les viesen sacar las pipas. Iñaki también aceptó el plan de Juantxo. Así las cosas, el comando itinerante se fue para la calle Astarloa a ver si lograban recaudar los fondos necesarios que alegrasen sus paupérrimas arcas. Se ve que el informante era además un poco bertsolari, porque les dio un consejo que rimaba un tanto así en plan harrapatakari. — Ya veis que ahora hace mucho calor, así que igual ir en metro os viene mejor, pero os perderíais un paseo lleno de movimiento y color, del que saldréis, sin duda alguna, repletos de estupor y sin nada nada de sopor, aunque quizás sí con algunas gotas de sudor, y acaso, quizá, quién sabe, con un dulce dolor. Y te lo digo a ti, mi brusco amor reductor. — En ese hotel hay un listo con cara de aldeano que va de irónico, y que el otro día se libró de una hostia, porque uno sabe cuándo tiene que ser educado y “cosmopólito”. Patxo puso al comando en fila india, dejando una separación entre cada miembro de unos 15 metros, y haciéndose como que no se conocían, continuaron el paseo bajo un calor agobiante. Juantxo puso su cara habitual para estos casos. Tardaron algo más de 15 minutos en llegar a la famosa pescadería. — Veis lo que os decía, tiene todo el escaparate lleno de tarjetas de crédito. Es una auténtica joyería —, comentó Juantxo con mucha emoción, nada más llegar a las inmediaciones del escaparate deslumbrón. Ya no quedaba mucho pescado por vender, pero las cuatro cosas que había, eran unas auténticas maravillas. Patxo estudió la situación. Había dos clientas con pintas de ser muy finas, y en el mostrador había tres empleados. La cosa parecía fácil. Diseñó la estrategia. Juantxo se quedaría en la puerta y el animal de Iñaki y él, entrarían sin más y cogerían la pasta de la venta de percebes, langostas, merluzas y demás joyas del Cantábrico. Estaba más que chupao. Entraron los dos en el interior de la pescadería y se pusieron al lado de las dos clientas. Una de las señoras, la más peripuesta de las dos, comenzó a gritar, pero Iñaki no le dio tiempo a explayarse. — Señora pija, como dé un solo grito, le meto una patada en todo el coño que se va acordar de mi puta madre hasta el día en que le salgan chirivitas en la almeja. ¿Entendido? El empleado obedeció con prontitud y metió un buen fajo de billetes en la bolsa. Patxo tomó la saca de plástico y sin dejar de apuntarles, les preguntó por la cámara frigorífica. El mismo pescatero se la indicó. — Pues abre la puerta y con mucha tranquilidad os metéis todos y todas dentro. Patxo, a punto de dimitir de la jefatura operativa, le gritó a Iñaki que dejase de decir chorradas porque si no le iba hacer picadillo como cebo para los peces. Iñaki le contestó que sólo pretendía aportar idéas de puta madre para “desdramantizar” la violenta situación, mientras guiñaba un ojo a la más joven de las dos pijas. Patxo había pensado que a ningún policía se le ocurriría pensar en ETA como la autora de un atraco a una pescadería, y por lo tanto no les enseñarían a las cinco víctimas, cuando fuesen a comisaría, el álbum de las fotos de etarras. Pero se acordó de que su organización últimamente había atacado a panaderos, tenderos, cocineros, carteros, todos ellos peligrosísimos enemigos de Euskal Herria; y etonces le entró la duda y se acordó de la reivindicación insistentemente propuesta por Juantxo. Por si acaso, para confundir, adoptó el papel que consideró el más apropiado para un rebelde ecologista defensor de faunas marinas. En ese momento se oyó la voz de Juantxo. — Que no señora, que no hay nadie, que no se le puede vender nada. Ya hemos cerrado. Patxo e Iñaki salieron de la zona de la cámara y se encontraron con otra señora, de apariencia más humilde, que estaba discutiendo con Juantxo. — Pero si sólo quiero unas sardinas. Iñaki estaba en su salsa y fue el que supo cómo despachar a la insistente compradora de sardinas. —Encantadora señora, hoy es su día de suerte. Seguro que su horóscopo es mejor que el de uno que me sé yo. Vamos a cerrar el negocio por reforma y como usted va a ser la última clienta, le vamos a regalar esta hermosa langosta. La señora lo captó a la primera y salió más contenta que unas pascuas con su langosta. A continuación, Iñaki cogió otra bolsa y la rellenó hasta la mitad de percebes y almejas, después puso encima de los moluscos la bolsa del dinero con la abertura hacia fuera, y rellenó de lo mismo, la zona comprendida entre ambas bolsas. Desde fuera, se veía una bolsa bien surtida de marisco. Pusieron el cartelito de itxita en la puerta y tras cerrarla, se fueron para la plaza de Moyua, otra vez en fila india, a coger el metro que les llevaría al concesionario en donde tenían retenido el automóvil de Jon. Lo de ir en metro fue porque andaban un poco justos de tiempo. Y también para que no se estropeasen los percebes con el calor que hacía. Durante el cortísimo trayecto en metro, Patxo cogió un fajo de billetes, la mayoría eran de diez mil pesetas, y se lo metió en el bolsillo. Al salir de la boca del metro, Juantxo se fue a un bar para llamar por teléfono a un periódico de la ciudad y reivindicar el atraco perpetrado en la pescadería por una “agrupación militar de las Células Ecológicas de Defensa de la Fauna Marina”. Les dijo que eran del Cedefeme o C.E.D.F.M., o como se diga. También les informó de que había varias personas encerradas en el frigorífico y que como no se diesen prisa, les iban a encontrar más fríos que a una inofensiva e indefensa nécora pescada traidoramente en el Mar del Norte. Con un “viva todos los seres marinos y mueran todos los fachas” rubricó la sorprendente reivindicación. Juantxo estaba muy contento por el éxito de su plan financiero, y se le había pegado el estilo de Iñaki. Colgó el auricular nada más terminar con el mensaje y salió a la calle. Poco después, apareció ante su vista el coche con Patxo e Iñaki en su interior. Pararon a su lado y Juantxo entró en el automóvil. Patxo le estaba riñendo a Iñaki. — Pero cómo se te puede ocurrir regalar la mitad de los percebes y de las txirlas, a unos que te los querías cepillar no hace ni una hora. A ti no hay Dios que te entienda. Patxo prefirió no seguir profundizando más en la lógica funcional de Iñaki, y se puso a contar el dinero de la bolsa. — Cagüen la puta, aquí hay algo más de medio kilo. Juantxo, tengo que reconocer que has tenido una idea de puta madre. ¡Sí señor! Iñaki se rió y dijo que era normal que un merluzo como Juantxo, supiese tanto sobre el negocio de venta de merluzas y besugos. Al fin y al cabo, todo quedaba en la familia. Juantxo, después de haber oído la felicitación de su jefe, estaba más contento que la señora de la langosta y no quiso polemizar dialécticamente con Iñaki. Patxo entregó treinta mil duros a cada uno de los suyos y se quedó con el resto del dinero sustraído en las Joyerías Vascas. La puerta del portal se abrió y los tres liberados de la organización subieron al piso de Benjamin. No hizo falta pulsar el timbre, porque la puerta estaba abierta. Iñaki entró el primero, haciendo un abanico con el brazo que terminaba en un oscuro y frío orificio del calibre 22. Avanzó unos pasos por la sala botánica sin ver a nadie. Siguió apuntando con su arma en derredor suyo. Sus dos compañeros entraron detrás de él e hicieron lo mismo. No se veía a nadie. En ese momento, oyeron una voz que salía de lo que supusieron que sería la cocina por el apetitoso aroma que emanaba. Patxo e Iñaki entraron en la cocina, y Juantxo se quedó en la sala para cubrirles las espaldas. Aún no habían registrado la casa y no sabían si había más agentes del CESID en el piso franco. Benjamin miró con sorpresa a los dos individuos que habían irrumpido en su cocina con sendas pistolas en sus manos. Apagó el fuego de la cocina y se acercó a ellos. Iñaki le puso la boca de su arma en el pecho, y con la otra mano le dio un empujón. Benjamin reculó para atrás y volvió a preguntarles. — ¿Qué quieren ustedes? Patxo entró en acción. — Escúchame hijo puta, queremos que nos digas en dónde está Mitarra. Si colaboras, te dejaremos vivo, pero como nos causes problemas, te arranco todas las uñas de los pies y luego te meto un tiro en la tripa. ¿Entendido? Ahora voy a registrar el piso, así que piénsatelo bien mientras me doy una vuelta por la casa. Patxo salió de la cocina y junto con Juantxo registraron todo el piso. No había nadie. Volvieron a la cocina. Iñaki tenía encañonado a Benjamin. — Bueno compadre, empieza hablar o te hostio. — Mis queridos amigos, no sé quién creéis que soy, pero os comunico que conmigo no hace falta que uséis armas. Soy totalmente pacífico y no os voy a causar ningún problema. En segundo lugar, no sé exactamente quiénes sois. Supongo que si buscáis a Mitarra es porque sois, o bien de la policía, o bien de la gente de su organización que le quiere quitar de en medio. ¿Os importaría decirme a qué grupo pertenecéis? Benjamin comprendió que sus invasores eran de ETA y que creían que estaban hablando con un funcionario del estado. También entendió que pensaban que Mitarra era un traidor de muchísimo cuidado. — Mitarra se fue hace dos días al Aralar a bailar aurreskus. — ¿Al Aralar? ¿A bailar aurreskus? ¿Y para qué hostias se ha ido hasta allí a bailar aurreskus el pirao de Mitarra? ¿No será que se ha ido a por setas o a tomar el Sol? Listo de los cojones, espabilao, que eres un espabilao —, replicó Iñaki con su habitual espontaneidad. — ¿Para qué se ha ido al Aralar? Y déjate de chorradas y de aurreskus. ¡Eh! — Vale. Se ha ido para encontrar la sabiduría y el poder. Le pasaba como a vosotros. No tenía el suficiente oxígeno en las neuronas del cerebro. Pero con los ejercicios que ha practicado, se le está corrigiendo esa característica tan humana. Vosotros todavía estáis a tiempo de oxigenaros, porque como no lo hagáis, sois unos serios candidatos a seguir bajo la influencia del histerismo y de la ignorancia. Me imagino que estaréis neuróticos y que también tendréis unas grandes dosis de esquizofrenia paranoica. — Anda la hostia, ¿a ver si ha sido éste el que ha escrito el horóscopo del periódico? El que te pone a parir todos estos días. Patxo tuvo que reconocer que Iñaki tenía razón. Notó que Benjamin le miraba con amabilidad. Patxo explotó. — ¿Pero qué hostias está pasando aquí? Yo no he venido para que me hagáis un psicoanálisis de putos aficionados. Patxo asintió con la cabeza y Benjamin continuó con su discurso ideológico. — Muy bien —, dijo Benjamin, — vosotros creéis que golpeando al muñeco, éste se va a rendir. Y así lleváis un montón de años. ¿Se ha rendido? No. ¿Por qué si hasta ahora no se ha rendido, y eso que habéis hecho auténticas barbaridades, lo va hacer en un futuro más o menos próximo? ¿Pensáis matarlos a todos? No, porque entre otras cosas, no tenéis tantas balas. Pero pese a lo evidente de la realidad, seguís asesinando y causando dolor a cambio de nada. A cambio de nada provechoso para las opciones nacionalistas vascas, pero, sin embargo, y curiosamente y paradójicamente y misteriosamente, sí es provechoso para las opciones nacionalistas españolas. Os repito lo que os he dicho antes: parece que estáis a sueldo de Madrid. Pero lo peor es que encima no es así. Lo peor es que creéis que lo estáis haciendo bien. Iñaki no pudo aguantar más e intervino en la conversación. — Jefe, este hijo puta nos quiere liar la manta. Que se deje de cuentos y que nos diga en dónde está Mitarra. — Porque es evidente y de cajón. Me explico. En primer lugar está el tema de Nabarra. Vuestra intención de unificar Nabarra con el resto del País Vasco del sur, o viceversa, es una posibilidad cada vez más lejana. Cada bomba, cada asesinato, cada algarada callejera; sólo consigue que haya menos nabarros que quieran integrarse. Además, el voto a las diversas opciones abertzales es cada vez menor. ¿Cómo pretendéis que se unan a Euskadi, si cada vez os votan menos? En segundo lugar, en la Comunidad Autónoma Vasca o Vascongada, como vosotros soléis decir, pasa otro tanto de lo mismo. En las próximas elecciones al Parlamento, según indican algunas encuestas, cabe la posibilidad de que por primera vez en su historia, los representantes de los partidos estatalistas sean mayoría. ¿Os imagináis en dónde van a quedar vuestras opciones independentistas? La disminución del voto nacionalista vasco y el aumento del voto españolista, según vuestra jerga, es una de las consecuencias que se derivan de vuestra poca cabeza y de vuestra absoluta falta de escrúpulos. Todo el mérito va a ser vuestro. En tercer lugar, está el tema de quién es el bueno o el malo de la película. Deberíais de saber que para que una revolución popular triunfe y mucho más si es armada, es imprescindible el apoyo activo de una gran parte de la sociedad. Deberíais de saber que para que la sociedad apoye a una vanguardia, es imprescindible que se sepa quién es el bueno y quién el malo. Si la sociedad de turno a liberar, sabe que el sistema les oprime, o les mata, o les tortura, o simplemente, sabe que no les deja expresar sus deseos, en definitiva, si sabe que están tiranizados por una auténtica dictadura; entonces la sociedad sabe quién es el malo y, en consecuencia, apoya a los que pretenden terminar con la tiranía. Ha sido siempre así y será siempre así. “ Pero ése no es vuestro caso. Aquí, los únicos que matan, o detienen a ciudadanos sin respetarles sus derechos, o torturan, o no respetan la voluntad popular; sois vosotros. Habéis conseguido que ETA sea la mala de la película y que vuestros enemigos sean los buenos. También habéis conseguido que, además de hacerles los buenos, sean unos héroes porque, a pesar de correr el riesgo de ser asesinados por vosotros, están dispuestos a entregar su vida en defensa de su legítimo derecho a pensar como quieran. Ya sabéis a qué me estoy refiriendo. Estoy hablando de la nefasta estrategia que supone el asesinar a representantes elegidos democráticamente por el pueblo vasco que decís querer salvar. Todo es un gran absurdo. No estáis protagonizando ninguna romántica o noble lucha de liberación. Sólo estáis representando una mala parodia, una opereta, o un sainete que, si no fuese por el dolor que causáis, sería hasta gracioso. Como dirían los manuales revolucionarios, que se supone que habéis tenido que leer, si no hay condiciones objetivas en la sociedad para una revolución, lo mejor es vender los fusiles y las bombas, y dedicarse a otra cosa, mariposa”. — Amigo mío, eres un romántico, pero con muy poca cabeza. Lo primero está muy bien, pero lo segundo es un gran lastre que, afortunadamente si se quiere, se puede uno librar de él. Sólo hace falta ejercitar la racionalidad y el pensamiento objetivo. Mira, hace 25 años, yo hubiera comprendido que para muchos jóvenes románticos no les quedó otra salida que la de empuñar las armas. Pero las condiciones políticas han cambiado y desde hace 20 años, cada cual puede mantener la postura ideológica que quiera. Por poner un ejemplo: Antes no se podía ser independentista, ahora se puede ser independentista o lo que se quiera, siempre y cuando se respeten las otras posturas. Antes no se permitían la existencia de ideas diferentes. Ahora pueden y deben de coexistir todo tipo de ideas. Eso es la libertad. Es la posibilidad de defender dialécticamente tus ideas y luego esperar el veredicto de la mayoría. Como en las antiguas asambleas de los vascones. Me dirás que Madrid no está dispuesto a respetar la voluntad de los vascos. Pues igual tienes algo o mucho de razón, pero da igual. Lo importante no es la opinión de Madrid, lo importante es articular la opinión mayoritaria de un pueblo, y una vez conseguido el respaldo mayoritario de los ciudadanos, siempre, tarde o temprano, se logra el objetivo. Pero se debe de hacer por ese orden y sin querer forzar la opinión popular. Vosotros os saltáis todo a la torera, queréis acojonar a los vascos que no piensan como vosotros y, como antes os he dicho, para más joder, estáis consiguiendo que cada vez haya menos vascos que se identifiquen con vuestros proyectos. Benjamin le respondió a Iñaki que tuviese un poco de paciencia. “ En primer lugar, los derechos de los presos o de los detenidos en comisarías, están bien contemplados en las distintas legislaciones. Sólo hace falta que se apliquen escrupulosamente. Si no se aplican, la ley permite que civilizadamente se denuncien las irregularidades y si se hace bien y si vosotros también respetáis los derechos de los que no piensan como vosotros, tarde o temprano, se conseguirá que se respeten escrupulosamente, y también se conseguirá que aquellos que practiquen malos tratos a los detenidos, sean castigados por la ley. De hecho, cada vez hay más condenas legales para este tipo de delitos. Es muy importante que se respeten los derechos ciudadanos de todos, incluidos los vuestros, porque entre otras cosas, de esa forma no tendréis ni esa excusa para autoconvenceros de la perversión intrínseca de Madrid”. “ En segundo lugar, los derechos de Euskal Herria son los derechos de los ciudadanos vascos. Lo único fundamental es el respeto por parte de todos a la voluntad mayoritaria de Euskadi. Los únicos que tienen derecho a elegir su destino son los vascos. Ni vosotros podéis forzar nuestra opinión, ni Madrid debe impedir que la manifestemos. Dejadnos en paz, tanto unos como otros, y permitir que expresemos nuestra opinión. Dejad de matar en nuestro nombre, ya somos mayorcitos, y si la sociedad vasca se quiere autodeterminar, ya lo conseguirá, pero pacífica e inteligentemente. No porque cuatro iluminados nos obliguen a ello”. “Y en cuanto a los GAL, pues qué queréis que os diga. Fue una gran cagada que se hizo hace 15 años, que ocasionó muchos asesinatos como los vuestros, que os vino muy bien porque así podíais seguir pensando que nada había cambiado, y que, por último, parece ser que ya se ha acabado. Sólo queda esperar que la justicia sea imparcial para demostrar que se aplica a todos por igual, porque en caso de no ser así, vuestras posturas saldrían fortalecidas, una vez más, como consecuencia de otro gran error de los contrarios de vuestro ideario. Lo de siempre: el pez que se muerde la cola. Los unos favorecéis a los otros, y los otros hacen lo mismo, favoreciéndoos con sus chapuzas. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”. — Jefe, éste te va a comer el tarro, te va a comer el coco, te va hacer un lavado de cerebro de mucho cuidao con el piquito de oro que tiene. Ahora estás un poco flojo por todas las preocupaciones que tienes y este hijo puta se está aprovechando. Lo mejor es que le hostiemos hasta que nos diga qué es lo que ha negociado con Mitarra. — Antes ha dicho usted que no nos preocupemos porque cuando quisiera podía demostrar que no es ningún txakurra. Pues ya nos lo puede demostrar, porque si no lo hace, vamos a hacer con usted lo que acaba de decir mi compañero. Iñaki dijo que el cabrón del txakurra les estaba tomando el pelo. Juantxo intervino por primera vez. — Animal primitivo, ¿no te das cuenta que si le partes la boca, no nos va a poder informar de nada? Patxo tomó las riendas del comando. — Callaros de una puta vez. Este señor, por lo menos en lo último que ha dicho, tiene razón. Vamos a empezar a ocuparnos de las cosas, y lo primero que hay que resolver es si es un txakurra o no. Señor Ríos, hágame el favor de demostrarlo si es que puede. Porque si no …. Benjamin se dirigió hacia la sala y los tres miembros del comando le siguieron sus pasos de cerca, un tanto mosqueados, con las armas en su mano apuntando hacia el suelo. En medio de la sala estaba la planta que según las palabras de Benjamin, era la de sus ojitos. Era un “Ficus Benjamina”. Alcanzaba algo más de dos metros de altura y su espesa frondosidad iba disminuyendo de abajo hacia arriba. Pero aún arriba, seguía siendo exuberantemente frondosa y más verde que la piel de una sandía. Benjamin se acercó a su planta y comenzó a acariciar las hojas. Invitó a Patxo a hacer lo mismo y éste accedió. Benjamin le dijo que lo haría mejor si se guardaba el arma en el bolsillo y empleaba las dos manos para tocar suavemente la hojarasca. Patxo metió su pistola en el bolsillo, pero miró a Iñaki y Juantxo para comprobar que estaban atentos a los movimientos del enigmático e hipotético agente del CESID. Los dos compañeros de Patxo no tuvieron más remedio que obedecer las órdenes de Benjamin. Patxo miraba a Benjamin con una expresión que, aunque no fuera consciente de ello, expresaba una gran decepción. Le había empezado a caer bien el descarado de Benjamin y ahora, cuando estaba casi seguro de que no era ningún txakurra, el hijo puta del agente español les tenía a su merced. Benjamin, una vez conseguido el dominio de la situación, comenzó a descojonarse. — ¿Ves? A mí las armas me importan un pito. Si hubiera sido un poli de verdad, no os entregaría el arma. Y mucho menos ahora que os tengo en mis manos. Se dio cuenta de que durante toda una semana había estado siguiendo un fantasma creado por su imaginación. Todo había sido una errónea suposición que ya ni se acordaba cómo había tomado cuerpo semejante conclusión. También se dio cuenta de que eso había sido su vida. Siempre había estado preocupado por las cosas, en vez de ocuparse de ellas. Benjamin percibió la nueva corriente afectiva que se había establecido entre sus tres ex secuestradores. Les invitó a comer. Se sentaron a la mesa y dieron buena cuenta de todo lo que había. Benjamin sólo abrió la boca para comer y sus tres invitados respetaron el silencio del dueño de la casa. Una vez comido todo lo comible que se les puso encima de la mesa, Patxo, Iñaki y Juantxo aceptaron unas tazas de una infusión de hierbas. Iñaki fue el primero en romper el silencio. — ¿Cómo hostias es que eres tan cachondo? ¿Por qué nos invitas a comer y no nos preguntas nada de nada? Benjamin miró a Iñaki y le guiñó un ojo. — Mi estimado y primitivo amigo, sólo cumplo con una de las costumbres más ancestrales de los antiguos aldeanos vascos. La de dar cobijo a todo aquél que llega a su casa y no preguntarle de dónde viene o por qué se encuentra lejos de su lugar. El respeto a la intimidad de las personas es una de las cosas más sagradas que hay en este mundo de locos y maleducados. Mientras Iñaki se acordaba de la descarada rubia de Donosti que le llamó maleducado por lo menos dos veces, Patxo entendió que tenía que abrir su corazón a Benjamin. Así que le contó todo: Las sospechas que tenían con respecto a Mitarra, la pista de la descarada señorita Urdanpilleta, la conexión de ésta con Benjamin, la suposición de que Mitarra estaba negociando su entrega con el anfitrión de la casa, y también, que su misión consistía en encontrar a Mitarra y darle matarile por hijoputa traidor. Patxo asintió con la cabeza y le comunicó a Benjamin que le encantaría poder estar más veces con él. Benjamin le respondió que ya sabía en dónde vivía y que siempre que quisiera, eso sí, siempre y cuando dejase su arma en el “ficus”, podría venir a charlar de lo que quisiera. Patxo le dio las gracias y se prometió a sí mismo que haría todo lo posible por establecer una relación fluida con el agradable viejo que tenía respuestas lógicas para todo. Se acordó que tenía que llamar a Korta y le pidió permiso al dueño de la casa. Mientras marcaba el número de la empresa tapadera de Korta, se percató de que le importaba un pito lo que éste le pudiese decir. Después de la pantomima de siempre, volvió a llamar al otro número. Korta estaba más histérico que nunca. Patxo le mandó callar y le pidió que le escuchara con atención. Volvió a la cocina cuando Benjamin estaba terminando de exponer su teoría a Iñaki y Juantxo. — Las conclusiones para mí son más evidentes que un grano rojo y reventón en la punta de la blanca nariz de un sueco. Cuando vi que vuestro compañero corría por la calle y nadie le quiso ayudar y que muchos le insultaban y le gritaban y hasta avisaban e informaban a la ertzaintza por dónde se había escapado, no entendí cómo no se le cayó el alma a los pies. Patxo preguntó por el tema de la conversación, e Iñaki le informó que Benjamin había visto desde su balcón, la escapada del compañero militante que hacía un año había atacado el museo Guggemheim, y que al ser descubierto por la ertzaintza, tuvo que salir corriendo por las calles de Bilbao, sin que nadie le ayudase en nada. Juantxo resumió la conversación con una sentencia. — Amén —, dijo Benjamin. Patxo comunicó a la tertulia que tenían que salir de viaje y se despidió de Benjamin. — Estimado amigo, no sé cómo agradecerte todo lo que me has hecho pensar, y lo único que se me ocurre para poder pagarte todo lo que has hecho, es darte algo de dinero. Es que no tengo otra cosa para corresponderte. Ante el asombro de sus compañeros, Patxo metió la mano en el bolsillo y sacó alrededor de cien mil pesetas que entregó a su maestro. Benjamin aceptó el regalo y le dijo a Patxo que sería la hostia si todo el mundo diese siempre aquello que tuviese. Todos se fueron hasta la sala y se despidieron con una impecable corrección. Hasta Iñaki se puso en plan fino y quiso estar a la altura de las circunstancias, demostrando así que no era tan maleducado como decían algunas rubias por ahí. A la vez que devolvía el revólver de Mitarra a su frondosa planta ante el consentimiento explícito de sus dos también educados compañeros, se despidió del, para él, educadísimo Benjamin. — Bueno, mi estimado señor, ha sido un grato placer para mí haber conocido a un tío tan ….. cojonudo como usted mismo ….. que es ….. la hostia. ¡Joder! Lo último que les comentó Benjamin, acompañando, cómo no, educadamente al comando hasta la puerta, fue que se cuidaran mucho y que hicieran caso a su sentido común, porque la ignorancia no consiste en la ausencia del saber, sino en desperdiciar la oportunidad de aprender. Agur Benjamin. Una vez en la calle, el comando itinerante se montó en el manchado automóvil de Jon y salieron de Bilbao por el puente de La Salve. — ¿Dónde vamos, querido jefe? —, preguntó el de siempre a su responsable operativo. Patxo pensó qué coño podría contar al gran capo sobre las unidades especiales de Urantia sin tener que verse obligado a descubrir todo el pastel del pirao de Astrabudua. Cuando estaban a la altura de Irurzun, cerca del camino a la elegante y playera capital guipuzcoana, Iñaki dijo que tenía más ganas de comer que el burro que se murió de hambre cuando ya casi había aprendido a vivir sin comer. Patxo estaba de buen humor y le replicó con prontitud. — Calla primitivo, que tú por mucho que comas, nunca te hartas aunque revientes como una oca.
Capítulo 59. EL BIG BANG Pello volvió a despertarse antes del amanecer, y tras cumplir debidamente con su cuerpo físico, encaminó a continuación sus pasos hacia la pared rocosa que, según parecía, le ayudaba a profundizar en sus meditaciones. Llegó arriba un poquitín antes de comenzar a despuntar el Sol, y se preparó para la danza. Pocos minutos más tarde inició el baile de homenaje al astro solar. El vivaracho conejito de siempre, al oírle llegar, salió de su madriguera con la intención de seguir observándole aténtamente. Volvió a entregarse en cuerpo y alma al ejercicio yógico del aurresku, y cuando se sintió completamente cansado y agotado, se tumbó en la fresca hierba, pero esta vez con la cara mirando al cielo. Notó el calor del Sol en su rostro y lo quiso concentrar en el entrecejo. Hizo una inspiración profunda y se imaginó que toda la energía del Sol se concentraba entre los dos ojos. A continuación expiró lentamente el aire por las narices y ordenó a la energía solar almacenada en su frente, que se desparramase por todo el cuerpo. Percibió una intensa sensación en la base de la espina dorsal y a renglón seguido, sintió que una corriente muy refrescante ascendía por la médula espinal hacia la cabeza. La electricidad de carga negativa le recorrió todo el conducto medular, y a través del bulbo raquídeo de la nuca, se introdujo en el cerebro, y ascendiendo por el cordón calloso que separa ambos hemisferios cerebrales, se precipitó en la zona que se encuentra justamente por detrás del nacimiento de la nariz. El chispazo de luz fue tan espectacular que incluso se podría decir que sobrepasaba escandalosamente hasta a la fastuosa traca final de los fuegos artificiales de Donosti, pero también al mismo tiempo fue una sensación de relajada tranquilidad y osada libertad. Fue algo fulgurante. Pello supuso que el fogonazo había impregnado por igual tanto a su consciente como a su subconsciente. Las dos mentes habían sido inundadas por una luz que les obligaba a fundirse entre sí. En ese momento, Pello notó un giro en el sentido contrario a las agujas del reloj que le produjo un gran calor en su hemisferio derecho, y también después notó un giro en sentido inverso y asimismo un gran calor en su hemisferio izquierdo. La sensación era como si se estuviesen enroscando mutuamente los dos hemisferios. Oyó un chasquido en el centro de su cerebro y después tuvo otra inundación de luz, pero mucho más vivificante y cálida, si cabe, que la experimentada anteriormente. Supo con certeza que se había producido la fusión de la voluntad racionalizadora y consciente, con la inteligencia imaginadora y subconsciente. De la unión de ambos aspectos, surgía un nuevo aspecto que absorbía a sus progenitores. Todo se inundó del aspecto amor que englobaba por igual, de tú a tú, a la masculina voluntad y a la femenina inteligencia. Contemplaba por igual el análisis racional como los sueños de la imaginación. El resultado era la intuitiva, racional e imaginativa sabiduría. Después vio un gran aro que giraba lentamente en un sentido, y perpendicularmente a éste, surgió otro aro, como reacción al primero, un poco más grande, que rotaba, apoyado en dos puntos del exterior de la circunferencia del primer aro, y con un giro en ángulo recto con respecto al giro del primer aro o disco. Al principio todo se movía lentamente y los discos se turnaban en su labor. Cuando el disco horizontal era el que giraba, el disco vertical se dejaba arrastrar. Y cuando era el vertical el que rotaba, el horizontal también obedecía mánsamente. Pero después de un rato, aceleraron su rotación y se acoplaron los dos giros, sin tener ya que esperar turno. Luego, apareció un tercer movimiento, el del magnetismo unificador, como resultado de la síntesis de las dos rotaciones originarias ya acopladas, lo cual originó a su vez una vorágine de nuevos giros, adoptados tanto por el disco de fuera al ser arrastrado por el giro del disco interior, como al mismo tiempo por el disco de dentro al ser arrastrado por el exterior. De esta manera fueron adquiriendo mayor velocidad en sus revoluciones, hasta que fue imposible distinguir a los dos discos, y en su lugar surgió una esfera que se mantenía aparentemente estática y de cuyo centro se irradiaba la misma luz que había impactado antes en el entrecejo de Pello, lo cual fue el detonante que originó toda esta gráfica revelación de los remotos y circulares principios del Principio sin principio. El giro de la Voluntad manifestada y el posterior giro de la Inteligencia resultante. En éstas, el conjunto esferoidal adquirió una gran belleza de diversos colores y sonidos, y a continuación comenzó a respirar. Unas veces se expandía y emitía rayos de luz, y otras veces se contraía y los rayos de luz regresaban a la gran esfera. A continuación se fueron formando Doce surcos radiales por la acción repetitiva de la entrada y salida de los rayos de luz. Eran doce canales que salían del núcleo de la esfera contraída y se irradiaban hasta llegar al límite de la esfera expandida. Fuera de la esfera, todo era oscuridad absoluta. En ese momento, el núcleo de la esfera adoptó el movimiento original de los dos discos básicos y perpendiculares entre sí, el del giro de la voluntad y el del giro de la inteligencia; y también comenzó a expandirse y contraerse. Al expandirse, manaban de su interior innumerables chorretones de saltimbanquis lucecitas plateadas. Las refulgentes y chispeantes partículas animadas por la esencia del electromagnetismo de la vida, discurrían por los doce surcos creados anteriormente, a modo de impetuosos torrentes vitalizantes, para también acabar llegando en su avance hasta el límite de la inmensa bola que todo lo abarcaba. Parecía que las lucecitas iban a rebosar el final de cada surco, pero sin rebasar el círculo de No Pasar, rebotaban en lo impenetrable y sin chocarse con las sucesivas oleadas que llegaban desde arriba, desde el núcleo emisor, volvían a efectuar el camino de regreso al centro nuclear de la esfera que funcionaba como un gran corazón. Sístole y diástole. Después de innumerables recorridos de ida y vuelta, las distintas partículas se fueron quedando quietas, en sus respectivos surcos, agrupadas por colores. Las más alejadas del núcleo eran las rojas. Después estaban las anaranjadas, las amarillas, las verdes, las azules, las de color índigo, y por último, las más próximas al núcleo eran las violetas. En esta fase, la esfera se transformó en un círculo con Doce surcos radiales y Siete franjas concéntricas alrededor del núcleo central, todas ellas de distinto color. Pello supo que las partículas se habían depositado en sus respectivas franjas, en función de su densidad. Las más espesas estaban hacia el exterior y las más sutiles se agrupaban en torno al núcleo o punto central. En ese momento, la gran esfera, con todo lo que ya había creado, comenzó a funcionar. Cuando el núcleo se expandía, emitía partículas translúcidas a través de los doce surcos. Las partículas avanzaban y se iban coloreando de los diversos colores que había en cada una de las siete franjas. Cuando llegaban a la más exterior, la de color rojo, el núcleo comenzaba a contraerse, y las partículas, según iban rebotando en la pared externa, la de No Pasar, iniciaban el camino de vuelta a casa, pasando otra vez por las siete franjas de colores, hasta llegar a la última, la violeta, para a continuación volver a adquirir su condición original de translúcidas. Luego entraban en el núcleo y poco después, o mucho después, éste comenzaba otra vez a expandirse, repitiéndose todo el proceso anterior. Y así erre que erre. Expansión y contracción. Contracción y expansión. Todo funcionaba con una exquisita armonía de colores y movimientos, los cuales emitían diversos sonidos que en conjunto daban cuerpo a una indescriptible melodía. Supo que era el sonido del Universo. Supo que el Universo era el cuerpo o infraestructura del núcleo. Supo que el núcleo era un misterio, que era un vacío de donde inexplicablemente brotaban partículas transparentes. Supo que las partículas transparentes eran las almas humanas que se recubren con el ropaje que les ofrecen cada una de las siete franjas de colores. Y supo que todas las partículas hacían doce veces el paulatino recorrido de ida y vuelta por cada uno de los doce canales que atravesaban las siete franjas concéntricas. Todas las partículas en cada uno de sus viajes, llegaban hasta el límite de la esfera y luego se volvían para regresar al núcleo emisor, del cual saldrían otra vez para hacer lo mismo, pero por otro canal. Sí se fijó en que algunas veces, algunos pequeños grupitos de partículas se atrasaban un poco o se adelantaban al conjunto del grupo al que pertenecían. Eso suponía unas nuevas y aleatorias combinaciones de colores, pero duraban poco tiempo y tarde o temprano se integraban en su grupo. Todo terminó cuando en uno de los regresos de las partículas, Pello vio cómo según se iban retirando hacia el núcleo, se iban borrando los doce canales y las siete franjas hasta quedar todo reducido a un minúsculo punto que acabó por desaparecer. Era como si toda la grandiosa esfera de sonidos, colores y movimientos, se hubiese absorbido a sí misma, para acabar por autoextinguirse silenciosamente. Hubo un largo momento de oscuridad, quietud y silencio, que acabó de repente cuando surgió de la negra oscuridad, así sin más, un diminuto aro, apenas un simple punto, el cual comenzó a girar, pero esta vez en el sentido contrario al del primer aro que vio al principio del anterior desarrollo o manifestación o Manbantar. Pello entendió que el ciclo de actividad comenzaba de nuevo, pero esta vez, todo sucedía desde el otro punto de vista. Pero también todo acababa por hacerse. Siempre todo era igual. Había veces en que se descansaba y en otras se trabajaba. Era un divertido y gran juego de colores errantes y sonidos de más a menos vibración, con unos intermedios o descansos o Pralayas de un color negro que denotaba una absoluta y concentrada ausencia de luz. Todo era sencillo pero perfecto. Era genial. Pello notó calor y sed y abrió los ojos. El Sol estaba encima de él. Supuso que serían más de las 12 del mediodía. Se incorporó sobre la hierba del Erga y miró su reloj. Las manecillas marcaban casi las 2 de la tarde. Calculó que había estado alrededor de ocho horas contemplando una sinfonía de colores y sonidos, de la cual no sabía si había durado un suspiro fugaz o una prolongada eternidad. Entendió que su visión hubiese durado un lapso de 8 medidas, porque supo al instante que el número 8 representa el equilibrio perfecto. Se lo imaginó como un canal que se entrelaza y se cierra a sí mismo para que pueda correr ininterrumpidamente por su interior una corriente sin fin. También consta de dos ceros, uno encima del otro, y de un punto central que une a los dos aros, discos o círculos. Y si se tumba, representa la quietud aparente pero polarizada del infinito. Supo que el ocho del infinito era el seis de la Sabiduría y que en consecuencia, el 10 o Ф, el número macho hembra, el andrógino hermafrodita, sería el siete del Poder. Y supo que todo era debido al inteligente y amoroso puente o relación 20.612 / 6.561, que transforma lo masculino en femenino, y viceversa, ¡cómo no! Pello comprendió que había llegado al seis de la sabiduría del centro del entrecejo, pero que aún le faltaba alcanzar el siete del centro coronario, que es el que confiere el poder. Lo aceptó y se puso en pie y descendió el monte hasta llegar al automóvil prestado por Benjamin. El agua estaba fría, pero el cuerpo de Pello tenía mucho calor. Al principio tuvo que contraer todos los músculos para poder aguantar mejor el frío, pero al poco tiempo se estabilizó en su cuerpo la cálida temperatura del aire con la vivificante frescura del agua. La combinación era deliciosa. La tierra de su cuerpo se mezclaba con el agua de sus emociones enfriadas, y con la colaboración del calor del aire que se encontraba debajo del fuego del Sol, construyó un dinámico cóctel de cuatro selectos ingredientes: Tierra, Agua, Aire y Fuego; el cual le transfirió una grata sensación de liviandad. A todo esto, el Sol, por encima, seguía iluminando, calentando y vivificando todo lo que se encontraba por debajo de él. ¿O era por encima? Pello se dijo que daba igual en dónde se estuviese, que daba igual estar arriba o abajo, porque en el siguiente turno de trabajo, se estaba siempre en el lado contrario. Cuando estaba a punto de dejarse ir por la laxitud que confiere la naturaleza, el vivaracho conejito, una vez seguro de la absoluta inofensividad de aquel ser de costumbres tan extrañas, tuvo la atrevida osadía de acercarse a Pello para ponerse a olisquear los dedos de sus pies, los cuales emergían del charco al lado mismo de la orilla como si fuesen dos ramilletes de blanquecinas y apetitosas zanahorias puestas a remojo para regocijo del atrevido conejo. Pello sintió el olisqueo del conejo en sus extremidades, y abrió los ojos para encontrarse con un dentón orejudo que con las dos orejas bien erguidas le miraba fíjamente a los ojos. En ese momento, el atrevido conejo se encogió sobre sí mismo, agachó las orejas y miró hacia el cielo. Pello también dirigió su vista al cielo y vio cómo una majestuosa arrano beltz daba círculos en el aire a no mucha distancia del suelo. El vivaracho conejito dio un par de eléctricos saltos y se agazapó debajo de unas rocas próximas, como los cangrejos acostumbran hacer en los riachuelos bajo las piedras. Pello siguió contemplando el vuelo del águila hasta que ésta comprobó que el vivaracho conejo no tenía intención de salir de su refugio rocoso. La arrano beltz emprendió el vuelo hacia otras latitudes más provechosas, y Pello, tras perder de vista al águila, tuvo una necesidad imperiosa de dejar de pensar en grandes vuelos para poder dedicarse únicamente a disfrutar del Sol, del aire, del agua y de su cuerpo. Inspiró hondo y expiró lentamente sin perder la concentración en el sexto chakra del entrecejo. Notó que se iba para abajo, y a continuación disfrutó de la sensación de un giro repentino y profundo en su entrecejo, y entonces comenzó todo su cuerpo, su tierra, a vibrar dulcemente. Después sintió que se iba para arriba, que se estiraba por la cabeza, y con un “flop” se desprendió, se separó y a través de la coronilla se fue de su cuerpo, elevándose por encima del Aralar como una libérrima arrano beltz. Esta sensación ya la conocía del primer viaje que hizo desde la casa de Benjamin al Aralar; así que esta vez, Pello decidió que iba ser él el que dirigiese el vuelo. La otra vez había aparecido en el Aralar sin saber por qué. Esta vez, él era el águila que contemplaba a su antojo todo lo que había abajo, allá en la inhóspita tierra. Al norte se fijó en unos impresionantes montes cubiertos de bosques y de nubes y de una infinita cantidad de cabras que brincaban por sus peñas. Deseó estar ahí. En el instante siguiente, pasó de estar por encima de la Trinidad de Erga a estar en la Mesa de los Tres Reyes en pleno Pirineo. Allí le esperaba el viejo belagile que encontró en el Ezkaurre, el que le dijo que tenía que encontrar la sabiduría en San Sebastián. — Egunon Mitarra. No han pasado ni dos ciclos de siete días de los tuyos, desde que te dije que tenías que encontrar la sabiduría, y ya me has encontrado. Yo soy tu sabiduría, o si lo prefieres, yo soy tu alma, o tu conciencia, o si no te gusta la terminología religiosa, yo soy tú; y tú, si quieres, puedes ser yo. Así que por lo menos ya me has conocido. Ya sabes que existo. Ahora sólo depende de ti, si además de conocerme, quieres ser yo. Porque una cosa es que yo sea tú, y otra bien diferente es que tú seas yo. Pero para eso no hay prisa. Antes hay otras cosas que hacer, otros servicios que cumplir. “ Ahora estamos en una de las cimas más altas del Auñamendi. Se la conoce como La Mesa de los Tres Reyes por los tres hijos que tuvo un rey montañés de Nabarra, y que luego reinaron en los tres reinos cristianos de nuestra antigua Iberia. Pero no fueron sabios, y en vez de desarrollar la historia con generosidad y respeto, crearon las condiciones necesáriamente objetivas para que la historia se desarrollase tal como la conoces. Pasaron de tener todo el poder, a crear las circunstancias que han llevado a tu pueblo a la actual situación”. “No sabían que del todo se pasa a la nada en un instante. Y se pasa por, o bien debido a una equivocada decisión, o bien porque ya ha llegado la hora del descanso y la renovación. Es cierto que es mejor pasar a la nada porque ya ha llegado tu hora, en lugar de hacerlo porque te has equivocado, pero ambos caminos son válidos. Al final todos llegamos a la nada. Lo que pasa es que no se sabe que la nada es el todo. Por eso se tiene tanto miedo a la muerte. En vez de agradecer la oportunidad de descansar, las personalidades inseguras e ignorantes, prefieren aferrarse al duro trabajo de seguir intentando transformar la materia a martillazos. ¿Paradójico, no?” Pello comprendió, asimiló y sintió todo el mensaje del viejo. Se lo agradeció y siguió atento con todo su verdadero ser a las palabras de su alma parlanchina. — Este monte también se llama de los Tres Reyes, las Tres potencias cósmicas, porque es el centro energético de tu pueblo. Hace milenios, también era el centro geográfico de tu tierra. Ahora ya no lo es, pero da igual, porque sigue siendo el centro de donde emanan vuestras características personales. La fuerza de vuestro carácter era debida a la conjunción de tres aspectos básicos. Un aspecto masculino: la férrea voluntad de querer mantener vuestras costumbres. Un aspecto femenino: la imaginativa inteligencia para saber mantener vuestras costumbres. Y un aspecto neutro: la romántica sensibilidad para poder mantener vuestras costumbres. “Lo teníais todo y, además, os lo habíais ganado, pero surgieron las ambiciones de los tres hermanados reyes nabarros y todo el cuadro comenzó a resquebrajarse por la irrupción en vuestras conciencias de los emotivos egoísmos y de las egoístas emociones. Igual era necesario según las directrices del Plan, pero por esas emotividades egoístas perdistéis casi todo. Habéis perdido la sensibilidad; casi habéis perdido la imaginación; y cada vez tenéis menos voluntad. Los tres reyes de este monte, representan los tres aspectos que tienen que estar coordinados para que surja la belleza y la sabiduría”. “Pero estos aspectos se encuentran ahora desunidos y debilitados. Están en su momento crítico. La caída cuantitativa está a punto de llegar a una etapa cualitativa. Si las tendencias de las fuerzas de las ambiciones emotivas y egoístas, llegasen a manifestarse en toda su intensidad, se produciría un pequeño parón en la inevitable marcha de la Historia. Evitar el parón de nuestra pequeña historia, es la función que tenemos que realizar y por la que hemos venido, tú y yo, a este mundo que llamáis Tierra o Aquí. Yo soy el que te proporciona la energía adecuada y tú eres el que la tienes que transformar para poder realizar el trabajo que nos han encomendado. Yo soy el que te asesora, pero tú eres el que lo tiene que hacer. Así es este juego”. Pello aceptó las palabras del viejo y se comprometió a seguir siempre sus indicaciones. El alma de Pello le dio las primeras instrucciones de trabajo que captaba de forma consciente y concreta. “ Agur Mitarra y ya sabes que yo soy el que está siempre contigo. Antes y ahora. En tus grandes momentos y también en tus pequeños momentos. Sólo hace falta que te acuerdes de mí más a menudo. Yo soy el único que nunca te va a fallar si me buscas. Yo soy tú, así que te puedes imaginar la dedicación que he puesto en ti, nabarro de las pelotas”. Mitarra se había quedado con lo del río y la ciudad en llamas, pero no entendió lo del marinero que le llevaría a buen puerto, así que en plan navarro preguntó a su alma que a ver qué chorras quería decir con lo del marinero zaragozano. Su alma fue rauda en responder, diciéndole que el arrano beltz que había visto antes, sería su guía para encontrar al marinero. Y así le abandonó. De repente todo el entramado etérico se desvaneció, Pello volvió en sí, sintiendo un agradable cosquilleo en sus testículos; después oyó el ruido del agua del riachuelo y notó su frescura. A continuación abrió los ojos y se encontró con que el Sol estaba mucho más hacia su derecha. Se levantó del riachuelo, sabiendo que tenía que bajar al río Ebro y encontrar a un marinero en Zaragoza con la ayuda del arrano beltz. Le pareció un bonito acertijo. Dejó de preocuparse por lo que tenía que hacer al día siguiente, y, ante la atenta mirada del vivaracho conejo que se olía la estampida de aquel extraño ser, Pello se vistió, se puso al volante del vehículo y emprendió la bajada hacia la carretera general. Tenía mucha hambre y ya no le quedaba nada de sirope. Así que no tenía más remedio que darse una buena merienda cena, y vive Dios que la iba a disfrutar como Dios manda, pensó Pello a la manera de los antiguos y comilones nabarros. Llegó a Irurzun con más hambre que un gitano en sus malos tiempos y vio un amplio aparcamiento junto a la carretera que pertenecía a un llamativo restaurante asador con ciertas trazas de sidrería.
Capítulo 60. LA BANDA DEL TXOTX-TXOTX Pello entró en el inmenso comedor de la sidrería nabarra. Habría más de cien comensales. Por los altavoces sonaban unas trikitrixas del Baztan. Buscó un sitio libre que estuviese lo más cerca posible de la puerta. En una esquina del local había un espacio libre. Se sentó y a continuación se concentró en los rostros que había por su zona visual. Hubo una cara que le llamó la atención. Se fijó más en ella y recordó que correspondía a la de Patxo. Estaba con dos más y Pello supuso que también serían miembros de la organización. Mitarra sabía que Patxo era el lugarteniente de Korta y que éste a su vez era una de las personas de confianza de Retama. Pensó que no era conveniente que se fijaran en él y retiró la mirada de la mesa del comando. Dirigió la vista hacia otra zona, y ante su sorpresa vio la cara de Miguel Indurain que conversaba con otra cara que también le era conocida. Agudizó un poco más la memoria y ésta le respondió. Se acordó que la cara era de un actor irlandés de cine que había hecho una película que se llamaba “En el nombre del padre” y otra con el título de “The Boxer”. No se acordaba de su nombre pero el apellido le sonaba como a judío y también le traía la imagen de unos pantalones vaqueros. Supuso que sería Lewis. Desde la esquina en donde estaba, podía contemplar la mesa de Indurain así como la de Patxo. Pello se dio cuenta de que el grupo de Patxo estaba hablando del ciclista nabarro. En efecto, Iñaki defendía con ardor su postura. — Que no, joder, si Indurain dejó de correr es porque se olió que el aleman, el Ulrich ese, era una mala bestia. ¡Fijaros cómo ganó el tour siguiente y con qué poderío¡ Miguelón se lo olió y supo que ya iba a ser imposible hacer el sexto tour. Juantxo no estaba muy de acuerdo con Iñaki. — Que no, primitivo. Si Indurain se retiró fue porque Banesto dejó de confiar en él. ¡Ya se sabía que iban a fichar a Olano¡ Además le obligaron a correr la Vuelta a España. Indurain es un artista y si se le obliga a algo, no funciona como sabe. Hacia la mitad de la distancia que separaba la mesa del comando itinerante de la de Mitarra, estaba la mesa de Indurain y de Daniel Day Lewis. El actor irlandés y el ciclista nabarro se parecían en lo físico y en algo más. Se entendían perfectamente. Estaba hablando Lewis. — Siempre he sentido una auténtica admiración por usted —. Indurain le sonrió con una expresión de niño sano. — He seguido su trayectoria deportiva desde que ganó su primer tour. De usted, Indurain, se pueden decir muchas cosas. La fuerza que tenía, la capacidad de sufrimiento, lo inteligentemente que sabía correr las carreras; pero lo que a mí más me llamó la atención, fue la elegante y señorial humildad con la que ganaba. Me encantaba cuando, sin que se notase mucho, permitía usted que otros ciclistas se llevasen el triunfo de alguna etapa. Era como si usted fuese el encargado de conceder los premios, o más bien, de repartirlos para que toda la gloria no fuera sólo para usted. Se ganó el respeto y el cariño de sus contrincantes. Usted ha sido un ejemplo para muchos jóvenes y no tan jóvenes, de lo que debe de ser la generosidad y la falta de egocentrismo. Y eso es muy difícil cuando se es famoso y triunfador. Repito, siempre le he admirado. Lewis miró directamente a los ojos de Indurain y prosiguió con su declaración de amor. — Pero hay un aspecto de usted que me sorprendió en su momento y que aunque me imagino por qué lo hizo, me gustaría que, si no le importa, me lo explicase. ¿Por qué abandonó sin intentar otra vez el asalto al sexto tour? Usted podía haber sido el único ciclista del mundo en toda la historia del ciclismo con seis tours ganados. Indurain asintió con la cabeza y le dijo que ya conocía su historia de haberla leído en uno de los semanales de “El País”. Estaban los dos de acuerdo en que en esta vida hay cosas más importantes que la gloria o que el demostrar que se es el mejor. Indurain no consiguió un sexto tour, pero sí accedió al número seis de Benjamin, o si se prefiere, al número ocho de la Esfera de Hermes, es decir, de la intrincada Cosmología de la legendaria Jerarquía Oculta. El renovado Pello, que se encontraba en otros asuntos menos ocultos y profundos, también se estaba preguntando por qué no insistió Indurain en el sexto; y asimismo llegó a una conclusión parecida a la de los dos monstruos que en aquel preciso momento brindaban con sus respectivos vasos de sidra. Apartó la vista de la mesa de los dos campeones y la dirigió hacia la mesa de Patxo. Se encontró con tres pares de ojos que le miraban directamente. Patxo le miró fijamente y no pudo captar nada en su mirada. Lo había dicho como quien dice que de postre le apetecen unas natillas. Patxo se puso serio y le habló con precisión, poniendo toda su autoridad en ello. —Escúchame bien Iñaki. Yo por lo menos tengo serias dudas sobre la culpabilidad de Mitarra. Por consiguiente, le vamos a esperar en la calle, pero no para darle tirri-tarra, sino para hablar con él y ver qué es lo que dice. ¿Entendido? Iñaki contestó con un “vale jefe” y siguió comiendo la enorme chuleta que tenía en el plato, bien acompañada de una buena fritada de pimientos verdes de temporada. La señorita se retiró con la comanda y Mitarra continuó analizando la situación un tanto complicada que se había originado. — Aquí tiene su ensalada —, dijo la camarera, sacándole a Mitarra de sus reflexiones. Pello le dio un “gracias guapa” y decidió posponer sus reflexiones para después de la cena. Se concentró únicamente en la comida. O dicho de otra forma, dejó de preocuparse y se ocupó de la manduca. La ensalada, después de seis días de ayuno, le supo a gloria. La sinfonía de sabores e infinitos matices, y sobre todo, el hecho de poder masticar, eran un auténtico placer. Después degustó la menestra que también le pareció una auténtica maravilla digna de dioses. De postre pidió una ración doble de melón, y mientras el jugoso fruto se le hacía agua en la boca, retomó el estudio de la estrategia a seguir para hacerse amigo de Indurain y compañía. Pensó que lo mejor era hacerlo de la manera más natural. Supuso que alguien que puede salir de su cuerpo para volar por el Pirineo, no tendría muchas dificultades en establecer un simple contacto con dos personas tan majas. Confió en su buena estrella. Pero lo que Pello no sabía era que Indurain iba a pedir en breve la cuenta, ya que se ve que tenía mucha prisa por irse para estar con su familia, tal como pensaba Patxo. Así que Mitarra acabó tranquilamente el melón y se levantó para dirigirse a la mesa de Indurain y Lewis. En ese preciso momento, cuando se encontraba a pocos pasos de su objetivo, acontecieron dos situaciones que, sin apenas tiempo entre la una y la otra, se acoplaron como un guante a una mano. Por una parte, Mitarra vio cómo Indurain pedía la cuenta y pensó que tendría que darse prisa en ligar con su futura cobertura. Y por otra parte, a continuación, Mitarra oyó un extraño murmullo entre los comensales y una voz muy potente voceando que no se moviese nadie de su sitio. Analizó la información. Diez personas suponen tres o cuatro vehículos. Funcionaban estilo columna guerrillera. Los únicos que habían intentado desarrollar esta táctica militar, fueron los político militares, pero éstos hacía más de quince años que se habían autodisuelto. Desechado. Segunda posibilidad. Compañeros de su organización. También desechado. Sólo se le ocurría lo que su aspecto racional le enviaba. Supuso que eran un grupo especial de la Guardia Civil que había irrumpido así para detenerle a él, ¿o era a Patxo y a los suyos? Comprendió que no podía ser él el objetivo, porque de ser así, ya le estarían encañonando. ¡Estaba de pie enfrente de ellos! Así que se imaginó que irían a por Patxo. Pero no le convencía la forma en que habían actuado. Lo más acertado hubiera sido que los comandos de la Guardia Civil hubiesen esperado en las afueras del local y allí sorprenderles a la salida, en vez de montar semejante escenificación operativa. Pero entonces, ¿quiénes eran los encapuchados? Mitarra avanzó los cuatro pasos que le separaban de la mesa de la famosa pareja, y se sentó entre Indurain y Lewis, los cuales estaban contemplando con estupor el despliegue armamentístico de los encapuchados. Kaixo, dijo Mitarra al sentarse. Hola, le contestaron Indurain y Lewis. — Señoras y señores, esto es un atraco como Dios manda —, se oyó por todo el comedor. Iñaki se cagó en la hostia. Indurain dijo que eran once ciclistas, y Lewis le contestó que sí, que igual que un equipo de fútbol. La voz del jefe de la banda seguía siendo lo único que se oía en el resto de la sala. — Ahora hagan el favor de poner encima de sus mesas, todo el dinero que tengan, las joyas de las señoras y todos los relojes. ¿Entendido? Iñaki miró a Patxo y le dijo que el jefe de los roba sidrerías le recordaba a uno que también solía acabar sus órdenes con la misma expresión. Patxo estaba preocupado por el dinero. Sería la hostia que el dinero tan poco ortodoxamente obtenido a la mañana en la pescadería, ahora, otros, también muy poco ortodoxos, se lo quitasen así de fácil. — Es que estoy en el paro y ando muy mal de fondos; ¡ah!, y no se dice “o os jodo”, sino “u os jodo” —, comentó campechanamente mientras mostraba los forros de sus bolsillos llenos de pelusilla. Antes, al darse cuenta de las intenciones del grupo armado, se había metido la pipa en el cinturón, colocándola por detrás a la altura de la cintura. Confió que en esa parte no le registrarían en el caso de no creérle lo de su escasez de fondos. Agarraron el dinero y los dos relojes y se fueron a seguir con su recaudación a otra mesa. Juantxo le preguntó a Iñaki que en dónde tenía el resto del dinero. Iñaki puso cara de pillo zascandil. — Pero cabrón, ¿te das cuenta de la que se hubiera armado si les da por registrarte para comprobar si tienes más pasta y te encuentran la pipa? Nos asan a tiros pensando que somos de la pasma. Iñaki se encogió de hombros y le contestó a Patxo que no se preocupase y que se ocupase de hacer las cosas bien. La otra pareja de encapuchados llegó a la mesa de Indurain, Lewis y Mitarra. — Anda la hostia —, dijo uno de los atracadores, — pero si está aquí el mismísimo Indurain. Número Uno —, gritó a su jefe, — aquí está Indurain con dos más que también me suenan mucho sus caras. Serán ciclistas o futbolistas. — Me llamo Pedro Astrain y es para mí un gran honor el compartir con vosotros este delicado momento tan exótico. Lewis asintió con la cabeza y dijo que ni en Belfast había visto semejante despliegue operativo. Comentó que se podría hacer una buena película con las andanzas de la banda que atracaba sidrerías y asadores con tanto desparpajo y preparación. Los encapuchados ya habían recolectado los fondos de casi todos los clientes, cuando el que estaba en la calle se asomó de nuevo por la puerta, esta vez con un walki-talki en la mano. — Número Uno, me acaban de avisar que dos vehículos de la Guardia Civil vienen para acá. El responsable de la columna atraca degustadores de chuletones a la brasa y refrescantes sidras de barrica, ordenó a su gente que saliesen del local echando leches. En un santiamén abandonaron el restaurante con su armamento y dos buenas bolsas de viaje llenas de billetes y de un buen surtido de relojes y alhajas de todo tipo, variedad y precio. Los que optaron por no hacer la denuncia en ese momento, entre los que obviamente se encontraban tanto el comando itinerante como Mitarra y sus dos amigos, salieron al exterior para encontrarse con varios coches que parecían auténticos quesos de gruyere. Uno de los más afectados era el coche de Jon que habían traído Patxo y sus chicos. El comando, una vez más, se quedó helado, debido a que era imposible utilizar el vehículo. La flamante nueva luna delantera estaba hecha añicos y cantidad de cristalitos inundaban los asientos del automóvil como si se tratase del efecto de una granizada sobre la tapicería de un descapotable. Además, una ráfaga había impactado en el radiador y un río de agua sucia salía de su interior. El capó también tenía varios agujeros que por su diámetro, parecía que fue allí a donde fueron a parar las postas de la recortada mata lobos. El coche de Jon y Amparo estaba hecho una piltrafa. Patxo se encontraba en una de las situaciones más difíciles que había tenido hasta ahora. Estaba en un pueblo de Nabarra bastante alejado del objetivo de Zaragoza; el vehículo que les iba a llevar, estaba destrozado y no les servía para nada; recordó a Jon y eso le produjo un pequeño remordimiento de corazón; y para más joder, un cabo y dos números de la Benemérita, estaban inspeccionando el interior del sufrido coche del legal de Donosti. Patxo pensó que lo que a él le estaba pasando, era mucho más grave que la peor mala suerte del mundo. La racha gafe seguía increscendo. Recordó que el único momento agradable, lo había pasado en casa de Benjamin, y a continuación se acordó que en lugar de preocuparse, lo que había que hacer es ocuparse de las cosas. — Pues sí, señor sargento, esto es el colmo de la mala pata. Somos parlamentarios de U.P.N. de la Comunidad Foral de Navarra y teníamos que estar para antes de las doce en el Hotel “Tres Reyes” de Pamplona. Estamos citados con unos compañeros de partido y no sé si vamos a poder llegar a tiempo. Tendremos que llamar a un taxi para que venga a buscarnos. El coche lo dejaremos aquí y mañana ya mandaremos una grúa para recogerlo. El sargento Ramírez puso una cara muy obsequiosa y con las dos palmas de la mano hacia delante, les dijo, moviendo la cabeza de una lado para otro, que de eso nada de nada. Patxo aceptó los acontecimientos tal como le venían y sin preocuparse, agradeció la invitación del amable sargento y dijo que sí. Que vale, que bueno, que sea lo que Dios quiera, pensó para sí. Mientras tanto, Indurain, Lewis y Mitarra salían del local y después de ser saludados, casi con honores militares por los guardias civiles y tras firmar Indurain dos autógrafos a dos uniformados admiradores, se dirigieron a sus respectivos automóviles, los cuales no distaban mucho entre sí, y que, además, estaban en la parte más iluminada y menos favorable para las intenciones de posibles desaprensivos merodeadores amigos de las pertenencias personales que tienen casi todos los automóviles y demás aparatos rodadores. Indurain y Lewis habían venido en el mismo automóvil y se despidieron de Mitarra como si fuesen viejos conocidos. Mitarra entró en su coche y tras cederle el paso al de Indurain, salió del aparcamiento para enfilar hacia Pamplona, donde pensaba dormir en casa de unos amigos que siempre le habían recibido amablemente y sin pose alguna de servil y sumisa veneración. El chofer del sargento Ramírez arrimó el turismo oficial de la Benemérita al cuarteto etarra – civil, y todos entraron en su interior. El sargento Ramírez se sentó en el asiento delantero y el comando se ubicó en la parte posterior. Patxo estaba en el centro del asiento, arropado a cada lado por sus dos socios, y no las tenía todas consigo. Pero decidió no preocuparse. En cambio, Iñaki, nada más entrar en el automóvil oficial, agarró con fuerza la empuñadura de su arma letal, y pensó que como al guripa de delante le diese por reconocerles, le iba a meter un tiro de los que no te menees más, por su resultado fatal. El candidato al tiro definitivo y mortal, estaba muy preocupado en agradar a los parlamentarios de U.P.N., y quizás por eso, no se ocupó de comprobar la identidad de sus invitados, ni de pedir ningún carnet nacional y ni, mucho menos, de pedirles alguna credencial que les identificase como miembros del Parlamento Foral. Eso, para el amable sargento, hubiera sido garrafal. De esta manera, así sin más, Iñaki no tuvo que recurrir a la solución final, y eso fue lo que le salvó la vida al atento suboficial. Llegaron a su destino y tras agradecer Patxo la amabilidad del sargento Ramírez, se despidieron y los tres buscadísimos liberados entraron en el vestíbulo del hotel, para arrimarse a continuación a la barra del coqueto bar del local. Allí preguntaron por los horarios de los trenes que iban para Zaragoza y les informaron que el próximo saldría dentro de un par de horas. Se tomaron tres cubas de whisky cada uno, para olvidar cuanto antes la aventura del asador. Patxo agradeció mentalmente el consejo de Benjamin sobre la preocupación y la ocupación. Entendió que el ocuparse de las cosas, sin preocuparse por ellas, era como aceptar confiadamente cualquier vicisitud del aparentemente complicado juego de la vida. Se sintió con muchísima más confianza en sí mismo, con una gran vitalidad y, al mismo tiempo, con una serena tranquilidad. Estaba contento y pidió la cuarta ronda de cubas, antes de salir al poco tiempo para la pamplonica y ferrocarrilera estación. Además, ya que Iñaki era el único que tenía dinero, le importó menos el hecho de tener que pagar las casi ocho mil pesetas de la refrescante y festivalera consumición tomada a la salud de la inteligente ocupación.
Capítulo 61. EL FOXTERRIER El viaje de Mitarra a Pamplona fue menos tenso que el de sus compañeros de organización. Tal vez por eso, para compensar, estuvo recordando antiguos tiroteos y balaceras en las que había participado durante el transcurso de su ajetreada y arriesgada vida revolucionaria. La más complicada fue la que tuvo después de ejecutar al coronel de la Guardia Nacional de Somoza y comandante del servicio de información contra guerrillero de la policía nicaragüense. El coronel Silvano Hortensias no era de Nicaragua. De niño vino con sus padres desde Maracaibo. Debido a su lugar de nacimiento, era conocido como “Maracucho”, además de “El Carnicero de Managua”. Este último apodo se lo adjudicó el pueblo humilde de Managua, debido a las atrocidades que se sabía que hacía a los desgraciados sospechosos de pertenecer a la guerrilla que caían en sus manos. El tratamiento que más le gustaba aplicar en sus interrogatorios a los detenidos para hacerles hablar, era, previamente bien azotados y sangrantes, el arrojarles a un pozo infecto lleno de hambrientas ratas de enorme tamaño. Las pobres víctimas estaban atadas a una soga para poder ser izadas cuando lo creía conveniente el responsable del interrogatorio, que no era otro que el mismísimo coronel Hortensias. Muchos de los que pasaron por sus métodos de obtener información, no pudieron contarlo, pero los menos que sí salieron con vida, contaban atrocidades espeluznantes de los tratamientos intimidatorios del Maracucho o Carnicero de Managua. Los sandinistas tenían varias columnas de guerrilla urbana en la capital para hostigar al enemigo en su propia guarida. Hacían la función de los pequeños pero bravos “fox-terrier” ingleses que se meten en las mismísimas madrigueras de los zorros y zorras de la húmeda y bonita picta, celta, anglo, sajona, normanda, británica campiña inglesa. Una vez en el interior de la morada de la fiera y a oscuras y en un estrecho túnel en el que no puede ponerse ni de pies, el foxterrier se enfrenta cara a cara, sólo con sus dientes y sus eléctricos reflejos, con el zorro que le espera detrás de unos ojos brillantes de miedo y odio e inyectados en sangre. El saca-zorros termina por engancharse a la boca de su enemigo, y así son jalados por su insensible dueño, utilizando para ello su pequeño pero fuerte rabo, para arrastrar al exterior, de esta forma, a su bravo cazador de zorros y al pobre propietario de la madriguera. Es un perro de cojones y un poco loco. Mitarra se quedó sorprendido del aspecto que presentaba Managua. Toda la parte del centro de la ciudad, la parte más antigua, estaba totalmente arrasada. Sólo quedaba en pie, o más bien en el suelo, el trazado de las calles y las líneas que delimitaban las inexistentes paredes exteriores de las también inexistentes casas. Todo era un solar vacío, con cantidad de caminos de cemento, porquerías, inmundicias y desolación por doquier, y sin ninguna iluminación por la noche. Era dantesco. Una iglesia de respetable tamaño había quedado indemne junto a una desolada, soleada y ancha explanada de cemento, la cual hacía las funciones de plaza y mercadillo. Al fondo, sobre una pequeña altura, también quedaba en pie un bonito edificio de construcción moderna, que correspondía a las instalaciones del Hotel Nacional. Después, hacia la izquierda del hotel, se veían al fondo los altos edificios de lo que se conocía como el barrio de la “Ciudad de Plástico”. Al gran terremoto de hacía unos pocos años, sólo habían resistido las construcciones nuevas, los edificios con buena base, es decir, las iglesias, casonas y palacios, y poco más. La actitud que adoptó Somoza ante la catástrofe producida por el gran terremoto, fue el factor cualitativo para acabar de provocar las iras del pueblo liso y llano. Como consecuencia del terremoto, Managua quedó asolada y la comunidad internacional se volcó en su ayuda. Pero la mayor parte de las medicinas y de los alimentos enviados, no fueron repartidos entre la hambrienta y enferma población managüense. Se los quedó Somoza y su guardia, para venderlos en el mercado negro, obteniendo así, pingües y excelentes beneficios que añadir a su ya de por sí excesiva e infantil riqueza. Fue la gota que colmó el vaso y a partir de ese momento, la lucha sandinista se fortaleció y avanzó imparablemente hasta la victoria final, bajo el eslogan de “implacables en el combate y generosos en la victoria”. De esta manera, Mitarra se encontró integrado en una guerrilla urbana organizada en columnas, pero que tenía la dificultad añadida de tener que moverse con bastante frecuencia por la zona totalmente lisa y despejada de aquel inmenso solar vacío de vida. Mitarra entendió que estaba ante el más exigente trabajo profesional de su vida de saca-zorros. Siguieron escuchando con atención las palabras del responsable de su columna, el cual sabía expresarse con tanta precisión por la dialéctica formación marxista que tenía. Mitarra comenzó a vislumbrar en qué podría consistir el plan, pero siguió atento a las explicaciones de Tomás. — Hemos diseñado el siguiente plan. Al día siguiente de la próxima visita del Carnicero follador, dos europeos con cobertura de periodistas y con muchas ganas de juerga, entran en el local a disfrutar de los encantos de las meretrices. Tendrán que estar dos, tres, cuatro o cinco días sin salir de la casa. Tendrán que estar follando como locos, porque ésa es la única cobertura posible para que puedan permanecer allí. Durante la estancia en la casa, los dos europeos deberán de enterarse en dónde está la puerta del dormitorio de Concepción. Sabemos que está en la segunda planta del palacete y en la parte central de la fachada, con un gran mirador lleno de cristales de colores. La escolta de Hortensias es muy ruidosa, así que os enteraréis y digo “os enteraréis”, porque los dos europeos sois vosotros. Pues bien, carajo, estaba diciendo que os enteraréis de su llegada por el estrépito que le acompaña. Esperáis un rato prudencial y cuando consideréis que el coronel está en la faena con su puta, salís de vuestras habitaciones, os acercáis a la puerta del dormitorio, os desembarazáis de los dos guardias que siempre flanquean la puerta del nido, y entráis dentro y le dais macana a ese hijo de puta. Esto es todo el plan. El cómo os desembarazáis de la pareja de nacionales, y el cómo abrís la puerta, así como el resto de la faena, es cosa vuestra. Se ducharon, se perfumaron, se pusieron guapos y se bebieron media botella de un ron venezolano de mucha solera y de un bonito color oro viejo, para coger la onda de golfos y juerguistas puteros. Metieron las ucis en los bolsillos interiores de sus chaquetillas y se fueron para la casa de putas con la botella media llena de ron. Fueron caminando para relajar la tensión, a través de la desolada explanada managüense, hasta llegar al barrio residencial en donde estaba la casa de Concepción. Se acercaron con precaución, aparentando que eran dos periodistas, con sus credenciales enganchadas en las solapas y bien a la vista; y aparentando también que estaban medio trompas, con la botella de ron también bien a la vista; y demostrando ostensiblemente que tenían ganas de correrse una juerga con unas buenas putas. Al llegar a la vista de la puerta principal del palacete y, en efecto, de un espléndido mirador del siglo XVIII que dominaba todo el acceso frontal de la casona, se encontraron con una patrulla de cuatro guardias nacionales con todos sus cascos, pistolas y fusiles americanos M-16 de asalto, no muy aptos para el combate callejero a corta distancia. Los cuatro milicos vigilaban el acceso de entrada. La moral se les cayó a los pies. No se podían arriesgar a que les registrasen y les encontrasen las armas. No entendían cómo no les habían informado de esta contingencia, así como tampoco sabían que el motivo de esta inesperada novedad, era debido a una decisión que, hacía pocos días, había adoptado el equipo de seguridad personal del coronel Hortensias, reforzando la dotación de milicos para dificultar cualquier atentado a su jefe mientras se esparcía con su novia. La columna Arlenjú había estado tres meses estudiando cualquier cosa contra el “Maracucho”, y conocía a la perfección el interior de la casa y las idas y venidas de los distintos suministradores de provisiones para el lujoso prostíbulo. Entre éstos, estaba el que suministraba las frutas, especialmente cantidad de limas y limones. Tomás diseñó rápidamente el plan de cómo introducir las automáticas en la casa de putas. En primer lugar, un reducido comando de la columna asaltaría la furgoneta de la fruta durante el trayecto, y dos miembros del comando sustituirían a los ocupantes para entrar así en el interior con los sacos de limones. Las armas irían entre los cítricos y a la primera oportunidad, una vez dentro, esconderían, debajo de sus holgados monos de trabajo, las pequeñas ucis con sus cargadores sujetados con cinta aislante al cuerpo del arma. Luego había que dejarlas en el hueco de la escalera, bajo unas cortinas, para que a los cinco minutos, entrasen los dos periodistas golfos y las recuperasen de la forma que viesen posible. Durante el tiempo que Mitarra y Ezkertxu estuviesen en la casa de putas, la columna retendría a los empleados de la furgoneta, así como al dueño de la frutería. A eso de las 11 de la mañana, la furgoneta de reparto salió de su almacén y se dirigió hacia el palacete del placer sin imaginarse los repartidores la sorpresa que les esperaba. Los vigilantes avisaron telefónicamente a Tomás para que los dos periodistas saliesen para su objetivo, con otra media botella de ron entre sus manos. Cuando Mitarra y Ezkertxu, sudando copiosamente y aparentando estar perdidos, esperaban en un lugar convenido en las proximidades de la casona de Concepción, vieron pasar por su lado a la furgoneta de los limones. El acompañante del conductor les hizo una seña para confirmarles que todo el plan iba perfectamente. La furgoneta aparcó al lado de una puerta secundaria, y comenzaron a descargar dos sacos de fruta que contenían unos verduscos limones, pero también dos sofisticados instrumentos de combate, muy aptos para enfrentamientos a corta distancia. Mitarra tuvo en ese momento una inspiración. Se le ocurrió que en vez de recoger las armas de debajo de la escalera, era más seguro tomarlas de las propias manos de los supuestos fruteros. Adoptaron el papel de golfos y borrachines. Ezkertxu blandió la botella de ron, y cantando la Marsellesa se fueron para la puerta principal. Los guardias de la entrada ni les registraron ni les molestaron al ver las credenciales y suponer lo que el comando foxterrier quería que supusiesen. Lo más que les dijeron fue que si querían montar buenas grupas, allí iban a encontrar las mejores putas. Una bella mujer les salió al encuentro en el preciso instante en que Mitarra observó que los dos fruteros, haciendo un poco de teatro, salían desde el fondo y se acercaban a la base de la escalera. Les seguía una rolliza mujerona que Mitarra supuso que sería la cocinera. Constató que los dos compañeros vestidos de fruteros, iban a tener problemas para dejar la fusilería en el sitio convenido. Pensó que había hecho bien en adelantar la entrada. Mitarra hizo una seña a Ezkertxu para que atendiese a la guapa mujer del vestíbulo, y se dirigió hacia los fruteros, dando algún que otro traspié, y gritando que quería conocer a la bella rolliza maritornes. Ésta se dejó engañar, y un poco zalamera, le dijo que no fuese tonto, “que en la casa hay unas potrancas mucho mejor que yo”. Uno de los fruteros se unió a la fiesta y distrayendo lo justo a la coqueta cocinera, el otro aprovechó la situación para meter las armas al amparo de la chaqueta veraniega de Mitarra. Se despidió con un beso de su ya incondicional amor, y volvió sobre sus pasos para reunirse con Ezkertxu y Concepción. — Bueno, linda y misteggiosa señoggita, quegemos conocegg a esas estupendas mujeges que dicen que hay aquí. Si todas son la mitad de deliciosas que usted, segugo que son las mujeges más guapas del mundo. La señorita Concepción agradeció el cumplido y se olvidó del pequeño lío que había montado el galante pero un poco bebido periodista francés con su cocinera y también matrona de la casa. Les preguntó qué era lo que deseaban, y Ezkertxu sacó un buen fajo de dólares y dijo que querían follar como locos hasta gastar toda la pasta. Y así fue. Después de pedir las dos mejores habitaciones que tuviesen vistas a la fachada principal, y después de haber dejado una buena cantidad de dinero americano, estuvieron otros tres días sin salir de sus respectivos aposentos, los cuales estaban al lado mismo del que solía frecuentar Hortensias a degustar otra de sus inconfesables pasiones: ¡El masoquismo! De su condición de princesa, Mariló sólo conservaba la costumbre de alimentarse únicamente de mariscos y frutas. Solía decir que eran los únicos alimentos que se deben de comer con la mano, sin la ayuda de instrumentos tan desagradables como los cuchillos y tenedores. Además, también decía que eran los mejores alimentos que podía haber. — Amorcito, la fruta se encuentra en lo alto de los árboles, y los mariscos están en lo bajo de los mares. Uno es el que está más cerca del Sol, y el otro es el que está más alejado. Reúnen los dos principios básicos de la Tierra y por eso son tan completos. La princesa Mariló también se encaprichó de Petankas – Mitarra – Pello, y tuvieron entre los cuatro auténticos momentos verdaderamente sublimes. Al anochecer del tercer día de sexo principesco, Mitarra y Mariló estaban comiendo un abacanto que había pedido la princesa maya para merendar. La mesita donde reposaba el rojizo crustáceo y diversos cuenquitos de diferentes salsas de variopintos colores con el común denominador de picar más que el culo del diablo, se encontraba al lado del ventanón que presidía toda la coqueta cámara dedicada al sucedáneo del amor. A través de la gran ventana, se introducían las primeras negritudes del comienzo de la noche. Desde su sitio, mientras partía la dura cáscara del bogavante marino y ofrecía lo mejor del bicho a su compañera, Mitarra veía el acceso de la casona y a los cuatro guardias nacionales que vigilaban la entrada del muro que rodeaba al edificio. Los ocupantes de la furgoneta salieron del vehículo y se esparcieron por la pequeña explanada que había delante del palacio. Del interior del sedan, salieron dos fornidos guardaespaldas y a continuación, un señor, no muy alto y bastante delgado, que tenía un bigotito que le trajo viejos recuerdos a Mitarra. El coronel Hortensias y sus dos sicarios entraron en la casa, y Mitarra dejó de verles. Petankas dejó el casca – cáscaras encima de la mesa, se levantó de la silla, se apartó un par de pasos del refrigerio, y le dijo a Mariló que se acercase. Cuando la princesa se acercó a Pello Petankas, Mitarra le propinó un soberbio directo al mentón de la exótica señorita prostituta. Cayó al suelo como un fardo. La amordazó, la envolvió con el cubre camas, y la ató como a un paquete con las sábanas de la cama, para dejarla a continuación debajo del gran tálamo nupcial en donde habían gozado y sido hasta felices. A Pello le dolió despedirse así de su princesa, pero no había otra alternativa; además, el haber sido golpeada y atada, le proporcionaba una buena cobertura a la sensual princesa en caso de ser interrogada después. A continuación se vistió rápidamente y ocultando, en el interior de la sahariana, su Uci con un par de cargadores de repuesto, salió de su habitación para ir a la contigua, ocupada por Ezkertxu y alguna o algunas de las putas de la casa. Mitarra deseó que sólo estuviese con una. No había tenido en cuenta este detalle. — Amigo, ya ha llegado la hora de la verdad, pero antes tenemos que deshacernos de estas dos monadas. Vamos a ponernos a bailar con ellas y cuando te diga “leña al mono”, le das a tu pareja un buen hostión en el mentón. Mitarra dijo “leña al mono” y los dos púgiles dejaron K.O. a sus dos rumbosas y apetecibles compañeras de baile. A continuación las empaquetaron y las metieron debajo de la cama. Ezkertxu se vistió, cogió su Uci con sus dos cargadores de repuesto, y también sacó una botella de vodka del mueble bar. — Ahora vamos a esperar un rato para darle tiempo a este hijo puta fascista a que se meta en faena —, comentó Mitarra, a la vez que daba un buen trago a una botella de ron. Al poco tiempo, oyeron unos pasos muy militares, unas risas de mujer, que supusieron que serían de Concepción, y una puerta que se cerraba. La fiera ya está en su madriguera, pensaron al mismo tiempo los dos vascos. Estuvieron ensayando la forma de quitar de en medio a los dos guardaespaldas que estarían delante de la puerta del dormitorio de Concepción. Una vez que se pusieron de acuerdo en la maniobra a realizar, enroscaron los diminutos silenciadores a las pequeñas ucis, y esperaron otros diez minutos más, dándole uno al ron y el otro al vodka. Cuando consideraron que ya había llegado la hora de salir al ruedo, Ezkertxu se colocó a la derecha de Mitarra, y éste a la izquierda del ondarrés. El zurdo tenía su automática en la mano izquierda y Mitarra en la derecha. Se pusieron hombro con hombro y colocaron sus brazos armados sobre la espalda del otro, de forma que de frente no se viesen los pequeños subfusíles automáticos y sí a dos compinches que agarrados del hombro tenían toda la pinta de no poder ni sostenerse de pie. También se pusieron bien a la vista las credenciales de periodistas, y Ezkertxu agarró la botella de vodka con su mano libre. Respiraron hondo, se miraron a los ojos para darse ánimos, y salieron al ancho pasillo a hacer el paseíllo. Los dos guardaespaldas estaban sentados, en sendas sillas, a cada lado de la puerta contigua a la del dormitorio de Mitarra. No habría más de quince metros desde la puerta de la habitación de Ezkertxu hasta los dos nacionales vestidos de paisano. Dos fusiles de asalto estadounidenses descansaban sobre las rodillas de los dos matones al servicio del Carnicero, además de masoca en sus ratos libres. Los dos guardianes oyeron que se abría una puerta a su izquierda y después escucharon dos voces, etílicamente desafinadas, que cantaban “si Adelita se fuegga a la guegga, la seguiggia pog tiegga y pog magg”. A continuación, vieron salir a dos individuos, apoyados uno sobre el otro, medio tambaleándose y con algún que otro traspié, y también vieron que uno de ellos agitaba sobre su cabeza una botella medio vacía de un licor transparente. Después se fijaron en las credenciales de periodistas. Mitarra cuchicheó que ahora había que pasar a la segunda fase de la operación. Se colocaron a dos pasos de cada vigilante, e iban a dar una fuerte patada a la aparentemente un poco endeble puerta de construcción reciente y por tanto, algo modernita y no muy consistente, cuando a Ezkertxu se le ocurrió probar con el picaporte. La manija giró silenciosamente y la puerta se abrió suavemente, como con timidez, pero aportando una buena ración de misterio e indolencia un tanto indecente. Concepción comenzó a gritar, pero Ezkertxu fue rápido y le dio un golpe con el arma en la cabeza. La discípula del Marqués de Sade se fue al suelo quedándose allí sin conocimiento. Mitarra dijo a Ezkertxu que la atase y amordazase por si acaso. El ondarrés la ató con el cinturón de una bata, mientras el nabarro registraba la casaca del militar recientemente fallecido a causa de su poca cabeza y demasiado mal corazón. Se quedó con lo que le pareció interesante y se volvió a su compañero. Dieron un par de tragos a una botella de ron que había por allí y salieron de la habitación, cerrando la puerta con mucho cuidado. Los dos guardias que ya no eran guardias, seguían aparentando que estaban vigilando el pasillo. Pusieron unos cargadores nuevos en sus automáticas, y las escondieron en el interior de la ropa. Ezkertxu habló por primera vez. Desde que se había iniciado el paseíllo ante los dos guardias, no había dicho ni mú. — Toma guapa, quiego que te pongas a tono, pogque antes de una hoga vamos a estag de vuelta y voy a venig con unas ganas tgemendas de echag un buen polvo contigo, monadé. La señorita agarró el dinero y sonriéndole más simpáticamente, contestó que le estaría esperando más salida que una leona, y que si quería un buen polvo, o diez, había elegido a la más caliente de todo Centroamérica. Ezkertxu le guiñó un ojo y se volvió hacia Mitarra que estaba escudriñando el exterior de la casa. Afuera había ya muy poca luz y sólo se oían las voces de la escolta del fallecido coronel. Volvieron a respirar hondo y salieron a ver cómo podían torear a toda la manada de mostrencos que les aguardaban en la entrada del recinto, con sus cascos, pistolas, fusiles ametralladores, tanquetas y demás utensilios. Un sargento de la Guardia Nacional les dio el alto en la salida. Las dos tanquetas flanqueaban la puerta exterior, y siete u ocho guardias estaban charlando de sus cosas. Más al fondo, a unos cuarenta metros, se recortaba la figura de la furgoneta y las de varios guardias más. El sargento tiró su cigarrillo al suelo, lo aplastó con una de sus pesadas y brillantes botas, y con las manos metidas en su cinturón, se acercó, con un cierto bamboleo de la cabeza cubierta por el casco, a la pareja de puteros que salía de la casa. — Qué compadres, ¿las habéis follado bien? Veo que sois periodistas, ¿franceses, no? Bueno, ¿a ver qué escribís? Y mucho cuidado con entrevistaros con la guerrilla de maricones piojosos. Ya sabéis que está prohibido. Estarían a unos treinta metros de las tanquetas y a unos veinte de la furgoneta, como en un bocadillo, cuando todo se fue al traste. Primero oyeron una voz de mujer que gritaba presa del histerismo y la rabia. — Cagüen Dios, se ha soltado la hija puta esa —, acertó a decir Ezkertxu, antes de empezar a correr. Sacaron sus automáticas y esprintaron por la parte izquierda de la plaza. Oyeron órdenes de alto, ruidos de pisadas que también corrían, y las primeras ráfagas que anunciaban el comienzo de la fiesta y de una ruidosa balacera. Mitarra le dijo “leña al mono” a Ezkertxu. Ambos frenaron su carrera, se pararon y se giraron sobre sí mismos. Ezkertxu se encargó de los guardias que venían desde la furgoneta, y Mitarra lo hizo con los de la puerta. Los más próximos se encontraban a algo más de diez metros de ellos. Los dos guerrilleros se tiraron al suelo, y desde abajo, lanzaron varias ráfagas rápidas, apuntando a la altura del estómago de los más rápidos en acercarse. Tres de los que venían desde la furgoneta y dos de los de la puerta, dieron varios traspiés, para acabar por los suelos, unos cuan largos eran y otros en cuclillas con las manos apretándose el estómago. Los demás se pararon en seco y dieron media vuelta para salir de estampida hacia sus respectivas retaguardias protectoras. Mitarra se incorporó un poco y le ordenó a Ezkertxu que se fuera para atrás unos diez metros y que se parase ahí para cubrir su retirada. Mitarra lanzó varias ráfagas a diestro y siniestro, y Ezkertxu retrocedió diez metros a plena carrera, pese a ir muy agachado. Los de enfrente también se hacían oír con sus disparos. Mitarra oyó las ráfagas de su compañero, y medio incorporado, corrió como una liebre, pasó al lado de Ezkertxu que en ese momento estaba tirando hacia la furgoneta, y a continuación se fijó en un pequeño muro que hacía de linde de una finca situada a unos 15 metros. En menos de lo que dura un suspiro, llegó al parapeto de un metro escaso de altura, y lo atravesó de un rápido salto apoyando la mano derecha en él para ganar el impulsol necesario. Una vez al otro lado, Mitarra le gritó a su compañero que había encontrado una tapia, mientras comenzaba a disparar de nuevo para cubrir a su compañero, aunque dudaba que a esa distancia fuese efectivo. Ezkertxu vació casi por completo el cargador de su arma y salió corriendo hacia el parapeto de ladrillos cara vista. Lo traspasó un poco torpemente y se agachó a unos dos metros de Mitarra, para resguardarse de la auténtica balacera en la que se habían visto inmersos por el fallo cometido con Concepción al no haberla atado bien. El ondarrés pensó que lo sucedido había sido por tonto y por blando. “La tenía que haber metido cuatro tiros en la cabeza y haberme dejado de florituras de chico bueno de película. Nunca aprenderé”. Suspiró resignadamente, mientras se encogía más sobre sí mismo con un marcado rictus de dolor en su rostro. Mitarra puso el último cargador que le quedaba y miró a su compañero. Ezkertxu, en una postura extraña, le estaba ofreciendo con su mano derecha, su también último cargador. — Amigo, a mí ya no me va hacer falta. Me han dado en las tripas al principio y después en una pierna. Me han jodido bien. Ezkertxu había hablado con Mitarra, alguna vez, sobre las dudas que tenía respecto a su capacidad de soportar el dolor de las torturas. Mitarra le contestaba que esas cosas ni se piensan. — Si algún día nos torturan, pues ya veremos cómo lo toreamos —. Pero Ezkertxu prefería prepararse mentalmente para ese hipotético momento de su trayectoria profesional. De joven había leído un libro que se llamaba “La hora 25”. El protagonista pasa por las manos de rumanos, húngaros, nazis de las SS, rusos del NKVD y americanos de la OSS; y es torturado salvajemente en unas cuantas ocasiones. Ezkertxu se mentalizaba ante la tortura, pensando que por muchas burradas que le hiciesen, nunca sería como lo que tuvo que sufrir el pobre hombre de la novela. Pero los ensayos mentales habían dejado de ser ensayos. Ahora había llegado el momento tantas veces imaginado, y la salvaje realidad del presente, le hizo dudar de la eficacia de su preparación mental. Hay instantes en los cuales todo pasa como un relámpago. Ezkertxu había sentido los impactos del vientre cuando se medio incorporó para retroceder hasta la tapia, pero a pesar de la andanada se dio media vuelta y llegó hasta el muro en donde ya estaba su compañero haciéndole la cobertura de tiro. Pasó la pequeña tapia como pudo, y en ese momento sintió otro golpe en el muslo derecho. Se tiró tras el parapeto y se tocó los tres orificios de bala que tenía en el abdomen. Le dolían terriblemente. Primero se llamó tonto por no haberse cargado a Concepción, y después comprendió que no podría huir. Y sintió pánico. Había oído cantidad de relatos sobre las salvajadas que cometía la Guardia Nacional a los pobres diablos que caían en sus garras. Superaban con creces a lo que pudiese idear la imaginación más morbosa. Supo que con él se iban a esmerar. Era el asesino de su jefe. Además, estaba muy incómodo con las tripas medio fuera. Su imaginación vio cómo el sargento fanfarrón de la entrada, le sacaba las tripas con una mano, mientras le pisaba la cabeza con su reluciente bota. Comprendió que no tenía más remedio que suicidarse. Y también comprendió que tenía que ser ya. Había que actuar con rapidez. Tal vez la muerte le llegó en ese mismo instante, pero hay idealismos utópicos y sueños románticos de similar calado, que por mucho plomo que puedan recibir, nunca serán matados ni, mucho menos, volatilizados, porque el dios Romanticismo siempre está por encima del dios Oro, pese a las aparentes y momentáneas victorias de las ignorantes y egocéntricas emociones humanas. Ezkertxu murió como vivió toda su vida. Dándolo todo por los demás. La puerta que eligió era pequeña y vieja, y se rompió a la primera patada. Daba a una especie de sótano. Lo atravesó y subió por unas escaleras que había al fondo. Llegó a una gran sala con unos amplios ventanales que, desde su altura, permitían una excelente visión de todo el teatro de operaciones. Las dos tanquetas estaban paradas a la altura del parapeto en el que yacía el cuerpo de Ezkertxu al amparo del muro de ladrillo, y alrededor de ocho milicos se esparcían por toda la finca. Mitarra supo que no se iban a atrever a entrar en su elegante refugio, hasta no recibir más refuerzos. Se tomó un respiro y escudriñó más a lo lejos. La puerta principal del prostíbulo estaba intensamente iluminada. No le costó mucho esfuerzo distinguir cómo una gruesa figura, que reconoció que pertenecía a la rolliza cocinera de Concepción, salía de la casa, se metía en un “todo terreno” propiedad de su jefa, y lo ponía en movimiento con mucho estrépito. El vehículo enfiló la salida del palacete putero, y, tocando la bocina sin parar y lanzando destellos con las luces, también sin parar, atravesó la pequeña plaza para meterse en el interior de la finca a través de una estrecha entrada, mientras continuaba haciendo sonar la bocina. Mitarra entendió que la cocinera era su salvación. Salió a la terraza exterior y vio que el “todo terreno” estaba a unos treinta metros de la casa que le servía de refugio. Saltó los dos metros y pico de altura de la terraza y aterrizó en el césped. Dos guardias corrían hacia el “todo terreno” y disparaban sin mucho tino contra la cocinera y su vehículo. Mitarra se acercó a los dos guardias y les dio el pasaporte en un pis-pas. Vació casi medio cargador en limpiar la zona de la pareja de enemigos. La cocinera acercó el vehículo a Mitarra y éste se subió en un visto y no visto, en el momento en que las tanquetas comenzaban a disparar. La cocinera pisó a fondo el acelerador y se lanzaron para delante con todo el brío del mundo. Algunos impactos dieron en la chapa, pero la intrépida conductora siguió con el control de la máquina. Cruzó la pequeña finca y aprovechando un montoncito de tierra que se acumulaba junto a una parte del murete, atravesó por encima del mismo, para caer con gran ruido al otro lado. La cocinera no perdió el control de la situación, y volvió a pisar el acelerador con determinación. El “todo terreno” se alejó del teatro de operaciones como una auténtica exhalación, que no exclamación como dirían otros. Mitarra se volvió a su salvadora. — Pero, ¡¿qué has hecho?! ¿Por qué lo has hecho? Subieron por el ascensor hasta el vestíbulo de la planta baja, y salieron tranquilamente a la calle. Aún no habían dado las 10 de la noche, y las calles y aceras estaban muy transitadas. Pasaron por delante de dos manzanas de edificios con iluminados escaparates de diversos objetos sólo para ricos, y en la tercera manzana, entraron en uno de sus carísimos vestíbulos americanizados, y se dirigieron al ascensor. Subieron hasta la séptima planta, e Isabela abrió la puerta de uno de los apartamentos, para a continuación introducirse en su interior. Mitarra la siguió, cerrando la puerta tras de sí. El apartamento no era muy grande pero era muy cómodo y muy agradable. Era un piso de seguridad de la columna Arlenjú. Lo primero que hizo la aventurera cocinera fue coger el teléfono. Mitarra sólo oyó decir un “sal rápido de casa, ya sabes en dónde estoy. Ven mañana con comida”. Isabela colgó el teléfono y se volvió hacia su protegido y le lanzó otra alegre sonrisa. En efecto, el aquí o piso franco de Arlenjú estaba a nombre de un alto funcionario de la administración somocista, y nadie podría sospechar que en su interior se escondiesen los dos terroristas más buscados de Managua. La guerrillera prosiguió con sus explicaciones. Mitarra se sentó en un sofá de buena piel y respiró hondo. Parecía que se había salvado. Isabela se sentó enfrente de él y le miró con una expresión cariñosa en sus ojos. Mitarra captó la mirada y volvió a agradecerle todo lo que había hecho por él. La rolliza ex legal de Arlenjú, acentuó la expresión de los ojos y mostró unos dientes blanquísimos a través de una amplia y juguetona sonrisa. Petankas se levantó y se acercó a la atrevida mujer. Se cogieron de la mano y la insaciable hembra, según palabras textuales de la propia heroína, se lo llevó a la cama. Petankas se dejó hacer y tuvo que reconocer que, en efecto, la rolliza y sensual Isabela era una auténtica y apasionada hembra insaciable. Después se durmieron plácidamente; y Petankas no se despertó hasta la mañana siguiente. La contenta y satisfecha anfitriona estaba preparando el café, y tomándolo en la terraza del apartamento, llegó la hija de Isabela cargada de alimentos. También tenía pinta de ser una hembra insaciable, pero con treinta años menos que su intrépida mamita. Mitarra, un poco antes de llegar a Pamplona, recordó a Ezkertxu. Y en la comparación que hizo de su calado moral, con respecto a la ética de los políticos al uso, éstos últimos, los políticos al uso, no salieron muy bien parados. Pello se imaginó a los profesionales de la política, como unas personas que un día están condenando y oponiéndose a todo aquello que les pueda perjudicar, y que al día siguiente, si es que ya no les perjudica o, sencillamente, porque no tienen más remedio, dicen todo lo contrario de lo manifestado en el día anterior, sin molestarse siquiera en explicar los motivos de sus continuas contradicciones e incoherencias. En cambio, el romanticismo y la lealtad de Ezkertxu, destacaba como una luz brillante frente a la más opaca luz de la mayoría de las personas metidas a políticos. Estas personas tan cambiantes y con una gran dosis de interesada e incoherente incongruencia ignorante y egoísta, sólo se mueven por el interés de mantenerse en sus puestos, desperdiciando, para ello, casi todas sus energías y tiempo en ese empeño. De esta forma, casi nunca pueden dedicarse de verdad a lo que de verdad tendrían que dedicarse: a trabajar por y para los ciudadanos.
Capítulo 62. LA SUSCEPTIBILIDAD Tal vez fue por pura casualidad, pero la andadura del domingo 21 de Junio de un año muy próximo al 2.000, se inició con una suave llovizna que empapaba y humedecía los parques, plazas, iglesias y calles de la ciudad de Pamplona, y al mismo tiempo, capital del Viejo Reyno de Nabarra. Pello durmió como un profesional de la estiba, en una cama que le pareció, una vez más, el mejor invento del mundo, y mucho más, después de haber pasado dos noches seguidas durmiendo en el coche de Benjamin. Se levantó para las nueve, y después de cumplir con todos los requisitos corporales de evacuación e higiene, se fue para la cocina de la casa, en donde sus propietarios estaban desayunando. El matrimonio Etxaniz era una apacible y cincuentona pareja. Los dos eran pamplonícas y tenían un fuerte arraigo nabarro. Si simpatizaban con los patriotas vascos, era por pura reacción al otro navarrismo que militaba en el nacionalismo español. Los Etxaniz se sentían sólo nabarros, pero no españoles, así que tuvieron que optar por la causa independentista vasca, la cual, al menos, daba la cara a Madrid. Después, conocieron a Mitarra en el otro lado, y el liberado de la organización armada vasca les captó como colaboradores legales para hacer sencillas labores de información, correo y hospedaje. El señor Etxaniz nunca había sido partidario de la violencia, y de la indiscriminada, mucho menos; y en su día, le costó bastante el aceptarla como un mal necesario e irremediable. Pero los últimos años, en especial el último, le habían hecho volver a reencontrarse con su casi olvidada ideología pacifista. Mitarra salió de Pamplona cuando la fina llovizna de la mañana se estaba convirtiendo en una lluvia más intensa, con trazas de acabar en un denso aguacero. Como a todos los conductores, tampoco a Mitarra le hacía mucha gracia el conducir con un día así, pero en el fondo se alegró, porque con mal tiempo, siempre hay menos posibilidades de encontrarse con algún control policial. No quiso pensar en tal posibilidad, y se concentró en la carretera, ya que también le gustaba conducir sobre mojado. Allí era en donde se veía a los auténticos conductores. Reanudó el viaje, pensando que cada vez que se había visto obligado a realizar el recorrido de Vitoria a Zaragoza, siempre se encontraba con el mismo dilema: o parar en Tudela para comer en “Casa Ignacio”, o hacerlo en Logroño para disfrutar de la “Taberna del Tío Jorge”. Poco después de dejar atrás Ribaforada, abandonó las tierras del viejo Reino de Nabarra, para entrar en el menos viejo Reino de Aragón. Se despidió de su Territorio Histórico con una conocidísima jota nabarra, cantada con todo su sentimiento y con el recuerdo de Arantza puesto en cada estrofa. Además, había dejado de llover y lucía un sol espléndido. La jota decía: “Quisiera, quisiera, quisiera volverme hiedra y subir y subir y subir por las paredes. Y entrar en y entrar en y entrar en tu habitación, para ver, para ver, para ver el dormir que tienes. Quisiera, quisiera, quisiera volverme hiedra”. Después se arrancó con una jota aragonesa dedicada a la Virgen del Pilar, para que la protectora de los Sitios de Zaragoza, le ayudase a encontrar al marinero de secano que se ve que andaba por Zaragoza. Acabó la tanda musical con una bilbainada dedicada a su amigo Benjamin. La bilbainada decía: “De colores se visten los campos en la primavera. De colores son los pajaritos que vienen de fuera. De colores es el arco iris que vemos lucir y por eso los grandes amores de muchos colores me gustan a mí”. Se topó varias veces con el Ebro y a partir de Alagón, se desplazó por toda su margen derecha hasta divisar la cúpula de la Basílica del Pilar a lo lejos. Y el marinero apareció, tal como le anunció su alma, o lo que sea, cuando se encontraron en la cima de “La Mesa de los Tres Reyes”. Petankas, recreándose en los sabores que había paladeado, enfiló el automóvil de Benjamin hacia la salida del aparcamiento y paró en el límite de la carretera para mirar a su izquierda con el fin de comprobar si venía algún coche. Venían unos cuantos. Puso el cambio de marchas en punto muerto y se dispuso a esperar mientras dirigía la vista al frente, a un gran cartelón publicitario situado a orillas de la carretera. Mitarra contempló un rostro que fugazmente le llamó la atención, rematado con un casco de obra de color rojo pasión, y que quería decirle algo. Pero Mitarra seguía atento al rostro. Le recordaba a alguien. De todas maneras se fijó en el texto y leyó: “Sistemas Metálicos Aragoneses. Todo tipo de estructuras metálicas. Su director gerente, el ingeniero señor Ignacio Marino, le dice que somos los mejores. No lo dude”. Pello aprovechó que no venía ningún coche y entró en la carretera y dejó atrás el anuncio, mientras pedía a su memoria que le suministrase algún dato sobre el rostro que acababa de ver. Se lo pidió por favor y la memoria le suministró la información que precisaba. Mitarra recordó, así, de pronto, que aquel rostro correspondía a un tal Iñaki alias Marrano beltz, muy famoso en su día entre los compañeros que compartían con él uno de los muchos cursos impartidos por Mitarra en alguno de los albergues de formación de la organización. Lo ubicó retrospectivamente con casi diez años de retraso. Era uno de los muchos legales que habían recibido de Mitarra una mínima preparación militar. En condiciones normales, no habría reconocido un rostro que hace diez años había estado entre otros rostros durante fugaces cursillos impartidos casi siempre aprovechando algún puente de los muchos que hay en el calendario laboral español. Pero es que lo de Marrano beltz tuvo su miga. Mitarra se enteró por medio de los otros alumnos, que el tal Iñaki creía que el sagrado símbolo de la izquierda abertzale conocido como el “arrano beltz”, se decía “marrano beltz”, y estuvo todo un día con su marrano beltz para arriba y para abajo con la intención de mostrarse como el más abertzale de todos, hasta que un compañero un tanto ofendido, ante el descojono de todos, le explicó cómo era la cosa y de paso le dijo que el único marrano era él. Hubo un pequeño altercado, y mucho cachondeo, lo cual provocó que Mitarra se fijara en aquel alumno. Y de repente, allí había aparecido de improviso el famoso Marrano beltz. Marrano por arrano, pensó Pello esbozando una alegre sonrisa. ¡Arrano! En ese momento recordó las palabras de su alma: “ el arrano beltz será tu guía”. A continuación pensó que no sabía que se apellidaba Marino. ¡Marino!, prosiguió pensando Pello, un marino es un marinero. Así que había encontrado al arrano y al marinero aragonés, y, además, para añadir seguridad a su intuición, el marinero de secano, alias Marrano beltz, pertenecía a la organización, o al menos, había pertenecido. Blanco y en botella. Entonces, la conexión marinero – Zaragoza – Retama, se produjo en su mente. Lo vio claro, y decidió que el director gerente, ingeniero y además señor, Ignacio Marino, era su hombre y era el que tenía la conexión con Retama. Por algo le decía que era el mejor y que no lo dudase. Pello Mitarra no lo dudó. El centro de la ciudad estaba colapsado por el tráfico. Pello preguntó el motivo de los atascos a unos jóvenes de un coche parado a su izquierda, y éstos le respondieron que era por el montaje de mañana. Comprendió que mañana iba a estar todo el Estado en una tribuna, a modo de escaparate, presidiendo los actos de la Hermandad. Supo que ése era el objetivo de Retama. Y también intuyó que, en efecto, la única forma de meter plástico o titadine en un acto de semejante envergadura, era si la empresa encargada del montaje, se encargaba también de meter los explosivos durante el montaje. Debía de confirmar cuanto antes esta última hipótesis, para asegurarse de que la conspiración de Retama iba por ese lado. Mitarra puso una voz solemne y grave. — Buenas tardes señor agente, perdone que le moleste, pero es que le llamo desde la TV autonómica del País Vasco para ver si me puede confirmar un dato que nos hace falta para completar un reportaje sobre los prolegómenos de los actos de mañana. El agente se quedó un rato en silencio, intentando recordar el nombre de la empresa, pero no lo consiguió. — Verá usted, en este momento me he quedado en blanco y no me acuerdo del nombre de la empresa, pero sí sé que es de Ignacio, el señor Marino, que es muy conocido por el Ayuntamiento. Se lleva muy bien con la Oficina Técnica y viene muchas veces por aquí. Además, es muy simpático. Todos le conocemos. Y además es muy espléndido; parece de Bilbao. Mitarra agradeció la confirmación de su hipótesis, y se despidió del señor agente municipal. Bingo, se dijo, había acertado de pleno. Las cargas estaban en el interior de los tubos y debajo de los pies de todo el Estado Español. Podía llamar ahora mismo a la policía y avisarles de la mortífera trampa, y así desbaratar los demenciales planes de Retama. Pero también podía intentar hacerlo solo. Analizó ambas posibilidades en conjunto, aún sabiendo ya cuál era la correcta para él. Mitarra recapacitó: Si doy el aviso a la pasma, va a quedar como una meritoria acción de los Servicios de Seguridad, y una vez más, quedaría patente la poca eficacia operativa de la organización, y lo que es más grave, todo el mundo iba a conocer la bestialidad que querían hacer. Tenía que intentar evitar esa nefasta imagen de su organización, además, siempre tendría tiempo de dar el aviso, si es que comprobaba que no lo podía hacer él solo. Optó por lo que ya sabía. Intentaría parar el golpe él solo. El siguiente paso a dar, continuó pensando Pello Mitarra, es localizar al ingeniero Marino. Buscó en la M y encontró unos pocos Marinos y sólo uno con la I de Ignacio. Llamó al número y una cálida y sensual voz acentuadamente caribeña, respondió a la llamada. — Verá usted, interesante señora de cálida voz, soy un cliente de la empresa de su marido y desearía hablar con él. ¿Está en casa? — Pues no, mi amor, el señor Marino no atiende debidamente a su señora y casi nunca está en casa. Pello Petankas se lo jugó todo a una carta. — Verás, mi amor, me gustaría muchísimo conocerte, me encantaría, pero antes tengo que arreglar un asunto con tu marido, ¿me podrías decir por dónde puedo encontrarlo? Si lo arreglo pronto, te podría llamar para quedar a tomar algún trago y conocernos un poco más. ¿Qué te parece? Inocencia no lo pensó mucho. — Mi marido estará de putas como casi todos los días. Ahora suele frecuentar la zona de César Augusto. Igual lo encuentras por ahí. Si después no sabes qué hacer, ya sabes dónde estoy. Adiós mi amor —. Y colgó. Petankas se diluyó y Pello Mitarra preguntó por César Augusto. Le dijeron que no estaba lejos, así que se fue a pie para la augusta César, como si se tratase de un Petankas perelero cualquiera, con ganas de echar una cana al aire. Antes cogió la chaqueta del coche y se la puso para dar apariencia de ser un señor con suficientes medios económicos. Eran algo más de las 6 y el calor estaba remitiendo. Se encontró con que la zona tenía varios locales de alterne. Entró en el primero que le vino a mano. El puticlub era amplio y estaba iluminado con una luz violeta, surcada por haces luminosos, intensamente verdes, que brotaban de unos pequeños focos adosados en las paredes. Sonaba una lambada actualizada y reforzada con una excelente percusión, y tres señoritas, en lo que se suponía que era una pequeña pista de baile, hacían ejercicios corporales al ritmo que marcaba la música brasileña. Sólo había un cliente y unas diez señoritas que pasaban la tarde como podían, a la espera de la llegada de los primeros buscadores de charlas y sonrisas, casi siempre ficticias. Pello se acercó a la barra y pidió un té con hielo a una guapa señorita. Petankas sonrió y le ofreció un cigarrillo a la señorita. — Ya sé, pero soy vegetariano y paso de alcohol y de carnes. — Yo también soy vegetariana, pero no paso de todas las carnes. ¿Usted pasa de todas las carnes? Petankas se encogió de hombros y le contestó que eso dependía del label de calidad y de la fecha de caducidad del producto. La simpática camarera le respondió rápida. Petankas le dio la razón y añadió que además de frescas y ricas, todas eran muy sabrosas y muy apetecibles, pero que no había venido para degustar las delicias de la casa. — Estoy buscando a un amigo que hace tiempo que no lo veo. He llamado a un hermano suyo y me ha dicho que acostumbra a venir por aquí. Igual usted le conoce. Se llama Ignacio, Ignacio Marino. La camarera del Katti sonrió pícaramente a Pello y se fue a su rincón. Tenía pocas ganas de hablar con un cliente que sólo tomaba té, y lo dejó para irse a charlar con unas compañeras. Parece ser que las informó de las pretensiones del rácano del té, porque ninguna se molestó en acercarse al cliente que buscaba al golfo de Ignacio. Pello se sumió en viejos recuerdos. Petankas siempre había tenido muy buena mano con las mujeres. Casi siempre caía muy bien al principio, y unas cuantas mujeres depositaron más de una ilusión en él. Después, cuando comprobaban que siempre hacía y decía lo que pensaba; que, pese a ser atento y respetuoso, no se dejaba manipular por las artimañas femeninas; y que, por lo tanto, no había nada serio que hacer con él; la mayoría de las mujeres que conoció, solían pasar de sentir una cierta admiración y atracción por él, a un sentimiento un tanto indefinible, pero que casi siempre era un poco hostil y altivo. Era como para demostrarle que si él no se enamoraba de verdad de ellas, ellas tampoco estaban enamoradas de él. Al final casi siempre dejaban de hablarle, pero casi nunca le dijeron cuál era el auténtico motivo. Y tampoco, casi ninguna quiso reconocerlo, pues preferían pensar que si no le aguantaban ya, era debido a que Pello era un insoportable pretencioso que tenía respuesta para todo y que decía muchas cosas que, aunque fuesen ciertas, no tenía derecho a decirlas. Pello reconoció que la mayoría de las mujeres que había conocido, habían sido muy susceptibles con él. Mientras tomaba el té, mirando cómo se movía por la barra la insinuante mujer de rojo, recordó lo que solía decirle Aurora, su profesora madrileña de sexo y marxismo, sobre los contradictorios sentimientos femeninos. — Mira Pello, muchos dicen que el corazón de las mujeres es un misterio, pero no es así. Si dicen semejante bobez, es simplemente porque no tienen ni puñetera idea de cómo somos y de por qué somos así. La primera diferencia básica que distingue a un tipo de mujeres del otro tipo, es la siguiente. Hay un tipo de mujeres que quieren tener seguridad en sí mismas porque sienten autoestima, pero son casi siempre muy susceptibles. El otro tipo de mujer es aquel que no se plantea la búsqueda de la seguridad porque apenas se tienen autoestima, pero no son tan susceptibles ni, lógicamente, tan altivas. De esta diferenciación básica, se deriva todo el resto de las diferencias secundarias. “ Escucha: la mayoría de las mujeres no tienen mucha seguridad en sí mismas, ni mucha autoestima, y por eso suelen tragar todo. Las mujeres inseguras cuando se enamoran de un hombre, se vuelven tan posesivas o más que los machos, pero con una característica propia: Están dispuestas a aceptar resignadamente las faenas que les pueda hacer su amor, porque sienten pánico de que sus hombres las dejen por otra, y perder así al que ellas creen que es el amor de su vida. Suelen ser condescendientes con los devaneos de su amor, mientras suponen que sólo son eso, meros devaneos transitorios. Pero cuando ven que la aventura va en serio, se vuelven unas amargadas y hacen la vida imposible al desleal compañero, del cual suponen que las va a abandonar para irse con la otra. Esta actitud que adoptan las mujeres inseguras y amargadas, es aprovechada por el hombre para irse de casa a vivir con su nuevo amor, sin ningún tipo de remordimiento de conciencia. Las inseguras pasan de una sumisión casi absoluta, a una beligerancia desproporcionada y casi siempre totalmente errónea”. “ En cambio, las mujeres que se tienen autoestima y, por consiguiente, desean encontrar la seguridad en sí mismas, aunque estén enamoradas, no permiten ninguna infidelidad de sus compañeros. A la primera que ven, les plantan cara o hacen como ellos. Van y les ponen los cuernos con el primero que encuentran, aunque casi nunca logran obtener un gran placer de su aventura, porque una mujer enamorada de su hombre, es muy difícil que disfrute con otro. Tampoco esta actitud es muy positiva, porque suele ser muy precipitada debido a que en el fondo, dan más importancia a aparentar que con ellas no se juega, que a intentar recuperar a su amor. Las inseguras son unas mujeres acomplejadas, pero no lo saben o no lo quieren saber. Las otras, las que buscan la seguridad, también tienen algunos complejos, pero sí lo saben y, sobre todo, los quieren esconder debajo de la alfombra de la susceptibilidad”. “ Por eso recurren a actitudes de altivez y de orgullo mal entendido. Por eso, las susceptibles no son tan seguras como quieren aparentar. Me dirás que lo tenemos jodido y que tanto unas como otras, no lo hacen muy bien. Es cierto, pero todo llegará. La solución es dejar de mirarnos en el ombligo de los hombres y ser seguras de verdad, en lugar de aparentar lo que aún no se ha conseguido. En definitiva, la solución está en que nos tengamos autoestima de verdad, pero autoestima de ser mujer, ¡eh!. Y no una autoestima ficticia, con el único objetivo de intentar hacer las mismas tonterías de los hombres. ¡Faltaría más! Se supone que somos más listas y más sensibles”. Pero el fugaz recuerdo de las enseñanzas de Aurora seguía bullendo y, sin saber exáctamente por qué, volvió a traerle a la memoria otra de las famosas peroratas que solía contar Aurora entre polvo y polvo. En ese momento entró Ignacio Marino en el Katti.
Capítulo 63. MÉXICO, LINDO Y QUERIDO Así era, Ignacio Marino, el señor ingeniero director gerente de Sistemas Metálicos Aragoneses, hacía su entrada en el Katti, sobre las siete y media de la tarde de aquel domingo víspera del día de la Hermandad. Llegaba bastante contrariado por las indicaciones, órdenes o mandatos recibidos de su buruzagi supremo; es decir: el inefable Retama. Dos horas antes, había aparecido por el Hotel Corona de Aragón, tal como le había indicado “monsieur L’Étable”. Llevaba en un bolsillo el mando a distancia, o emisor electrónico de ondas energéticas inteligentes, y pese a saber que en ese momento el mando era totalmente inofensivo, no las tenía todas consigo. Marino no se lo pensó y se aproximó al grupo que tan folclóricamente destacaba en medio de la sobria elegancia de los salones del hotel. Aunque no lo supiera, había algo que le atraía. Se puso a una distancia prudencial y arrimó la oreja sin que resultase demasiado descarado. — Perdón, estáis hablando en euskera, ¿no? Marino reconoció a su jefe envuelto en ropajes árabes y le dijo que estaba allí para darle el emisor, tal como se lo había dicho “monsieur L’Étable”. Retama le mandó callar. — Calla, la hostia, que puede haber micrófonos ocultos. A continuación, Retama subió al niño pijo y a los tres mejicanos a sus habitaciones personales, las cuales habían sido registradas por los aparatitos busca micrófonos de la sofisticada seguridad chirvaní. No habían encontrado ningún micrófono oculto. — ¿Qué os parece si nos vamos a una buena casa de putas y pasamos el rato hasta que se haga de día? — Tenemos que esperar hasta las cinco, más o menos, y presentarnos en un hotel, debidamente camuflados, y preguntar por la delegación de Chirvan. Iñaki puso cara de circunstancias. — ¿Debidamente camuflados? Y de qué nos vamos a camuflar? Como no lo hagamos de bomberos, no sé de qué nos podremos disfrazar. En cambio, Juantxo tenía otras preocupaciones. — ¿De Chirvan? y eso en dónde está? Seguro que es alguna población de la zona de Chiapas en Méjico, ¿ya sabéis a qué me refiero? Seguro que es una delegación de la organización zapatista del comandante Marcos. Patxo se levantó de la mesa y se fue al teléfono. Diez minutos más tarde, Korta se expresaba en toda su crudeza. — Pero, ¿para qué hostias me llamas ahora? ¿En dónde estáis? Korta fue a decirle que no entendía ni hostia, pero Patxo no le dio oportunidad. — Así que ya sabes, avisa a Jon que escape echando leches de casa. ¿Entendido? Pues agur. Así con todo, Korta logró hacerse oír, preguntando si se sabía algo nuevo acerca de los putos Urandis de los huevos. Pero no tuvo más remedio que dedicar su atención a la charla de sus dos compañeros. Juantxo estaba defendiendo con ahínco una estratagema que, según tal como decía, les iba a proporcionar una excelente cobertura. Preguntaron por el gran comercio y les dijeron que estaba muy cerca de allí. Se fueron para allí y allí, Juantxo encontró lo que estaba buscando. En una de las plantas, había una sección dedicada a diversos pueblos hispanoamericanos. Entre ellos estaba, cómo no, Méjico lindo y querido. Se gastaron casi todo el dinero que le quedaba a Iñaki en la adquisición de tres bonitos y amplios sombreros, así como de tres llamativos y multicolores ponchos mejicanos. Se pusieron los ponchos en el mismo local, y los sombreros se los colocaron en sus respectivas cabezas, en el justo momento de salir a la calle. Nadie se sorprendió al ver salir a tres mejicanos de El Corte Inglés. Después se fueron a una cervecería, y estuvieron allí hasta las cuatro y media. Patxo dedicó su tiempo a reflexionar sobre lo que le diría a Retama si éste le preguntaba acerca de los famosos Urandis. A las cinco en punto entraban en el Corona de Aragón; y ahora estaban en los aposentos de Retama, pensó Iñaki al entrar en la suite del gran capo vestido de árabe, tras la minuciosa recapitulación de los avatares acontecidos desde su llegada a Zaragoza. A continuación, por no perder la costumbre, Iñaki se cagó en todos los muertos de Juantxo. Pensó que el tontolaba de su compañero no sabía ni que Chirvan era un pueblo de moros. Por lo menos, las vestimentas de los árabes eran más frescas, y sobre todo, no pesarían tanto como el hijo puta del sombrero. Lo primero que hizo al entrar en la habitación, fue quitárselo de la cabeza. La voz de Retama le distrajo de sus profundas reflexiones. Iñaki iba a decirle a Retama que no se dice “o os hacéis unas pajas”, sino “u os hacéis unas pajas”, cuando, de repente, Retama recordó que Patxo tenía la información referente a los nuevos cuerpos especiales de Urandi, y le pidió un detallado y profesional informe sobre sus investigaciones con respecto a las misteriosas unidades de élite, creadas por el enemigo español para acabar de manera muy poco democrática con la organización que les hacía la guerra de manera absolútamente democrática. Al menos, así lo veía Retama. Patxo carraspeó y a continuación agarró el toro por los cuernos, ocupándose de la cuestión y contestando a su jefe que no había podido seguir profundizando en esa línea de investigación, ya que las circunstancias objetivas de la operación le habían obligado a tener que trabajar en otras líneas más operativas pero ajenas a ese tema; no obstante, cuando se viese libre de otras ocupaciones más urgentes, retomaría la investigación de los peligrosos Urandis. Y se quedó más ancho que el Rey Don Sancho de Castilla cuando dijo lo que dijo. Marino no replicó nada, asintió, y se despidió de su jefe. Bajó al bar del hotel y pidió un whisky. Eran casi las siete de la tarde y trazó rápidamente el plan de fuga. Primero iría a despedirse y a echar un par de buenos polvos con su amiga del Katti. Luego iría a su casa a coger sus pertenencias más preferidas, llamaría zorrón por última vez a su mujer dominicana, y a continuación saldría para la frontera francesa de Ibañeta. Dormiría por Donibane Garazi en algún hotelito de la zona, y al día siguiente iría todo el viaje hacia París con la oreja puesta en la radio. No podía perderse el caos radiofónico que habría cuando todo el Estado saltase por los aires. Iba a ser la hostia. Apuró su whisky, pagó, salió del Corona de Aragón y se fue para el Katti, donde le esperaba el voluptuoso destino juguetón.
Capítulo 64. EL DIOS PODER Mitarra vio la entrada de Marino en el Katti. Sí, pensó, era el famoso Marrano beltz, era el mismo Iñaki que había provocado el cachondeo de sus compañeros, hará unos diez años atrás, en uno de los albergues de la organización. Abordó a Marino sin darle tiempo de acercarse a la barra. Le tendió la mano derecha, y la izquierda la apoyó en el hombro del interceptado, dando así una imagen de confianza y amistad en medio de la penumbra escarlata del Katti. Marino puso cara de extrañeza. —¿Retama te dijo que yo vendría por aquí? Si a mí me ha dicho que salga para París hoy mismo, y no me ha comentado nada sobre ti. ¿Cómo sabía que yo iba a venir por aquí? Marino se tumbó en el fondo del sarcófago de madera, y Mitarra colocó con mucha parsimonia la tapa de la caja. A continuación agarró un martillo y unos clavos, que estaban encima de una mesa, y diciéndole al señor gerente que no se preocupase, que sólo era para probar la consistencia del embalaje, procedió a clavar la tapa. Cuando Marino comenzó a intuir que allí pasaba algo raro, se encontró con que la tapa estaba ya más clavada que los clavos de Cristo en la Cruz. Empezó a gritar, pero Mitarra no le hizo ni caso. Introdujo unos cuantos clavos más para asegurar mejor la tapa, y después se marchó de los locales de S.M.A., dejando al señor ingeniero bien embalado y más solo que la una. Mitarra cerró las puertas del local y con las llaves de Marino, arrancó su bonito medio deportivo para volver al centro de Zaragoza. Analizó la situación. Hasta mañana no había nada que hacer. Decidió que para las ocho de la mañana, se presentaría en el hotel y estudiaría la forma de abordar y neutralizar a Retama. Si lo podía hacer sin mucho escándalo, pues mejor, pero si para lograrlo, tenía que poner todo el hotel patas arriba, vive Dios que lo haría. Después decidió que lo mejor que podía hacer ahora, era llamar a la mal atendida esposa de Marrano beltz, y ver de pasar el rato con ella hasta el día siguiente. Sin saber por qué, se acordó del Rey David y de sus correrías amorosas con las mujeres de sus subordinados. Y también se percató del verdadero motivo por el cual había dejado encerrado a Marino en el cajón. Se lo quería quitar de en medio. Paró cerca de un bar y llamó a Inocencia. — Hola mi amor, está platicando la señora del putero Marino, ¿en qué puedo servirle? Espero que a mí también me guste. Petankas sonrió y contestó a la insinuante voz. — Mi amor, ya estoy aquí otra vez, linda voz. He encontrado a tu marido en un bar de la zona que me dijiste, ya he estado con él y le he dejado allí. No creo que vuelva en toda la noche. He pensado que igual te apetece hablar con alguien, con un buen trago delante. Inocencia y Marino vivían en un bonito edificio de apartamentos caros. Se habían conocido, hacía dos años, durante unas vacaciones de Marino en Santo Domingo. Inocencia le supo seducir y le convenció para que la trajese a España. Luego, se casaron al poco tiempo, y a los quince días de matrimonio, Marino comenzó otra vez a relacionarse con las chicas de las barras de alterne. Dejó medio abandonada a su esposa caribeña, pero ésta no se conformó e hizo lo que mejor sabía para no aburrirse con todo el tiempo libre del que disponía. Petankas entró en un amplio salón, al cual tampoco le faltaba de nada. — He traído una botella de cava, por si te apetece tomar una copa en casa. Poco después apareció la exuberante cocinera con su pollo a la criolla. Estaba perfectamente asado al oporto, con mucho tomate y especias picantes de variados colores. Unas aceitunas negras resaltaban sobre el fondo rojo de la salsa de tomate. Estaba muy rico, y además, tenía el punto exacto de picor. Picaba bastante pero no molestaba en la boca. Sólo producía un agradable calorcito en el estómago. Una ensalada de escarola daba el contrapunto perfecto al sabor ligeramente dulzón del pollo. Agarró una mano de la dominicana Inocencia y la ayudó a incorporarse. Una vez de pies, Petankas la abrazó con pasión y la besó en los labios. Inocencia se entregó y comenzó a quitarle la ropa al agradecido comensal. La mecánica horaria era normal. Tenía dos agujas como todos los relojes que se precien de ello, pero lo novedoso del reloj que estaba contemplando, estribaba en que el fondo era una foto de Inocencia, casi de tamaño natural de los pies a la cabeza, sin nada de ropa, de pie y con las piernas ligeramente separadas. En la conjunción de las dos estupendas piernas, partían las dos agujas del reloj, que giraban impulsadas por un eje rotor que salía del mismísimo centro del farfarín de Inocencia. Vio que la aguja de las horas apuntaba hacia el codo derecho de la mujer y que la de los minutos lo hacía hacia la oreja izquierda. Eran las diez y cinco de la noche y estaba como Dios. Pensó que mañana tendría que levantarse para las seis. No había hecho nada de yoga desde que abandonó el Erga. Llevaba más de 24 horas sin sus prácticas y las echaba de menos. Acordó consigo mismo que mañana practicaría los ejercicios de yoga de seis a siete y media. Pensó que también le interesaría dormir el mayor tiempo posible. Se concentró en la faena, y a los quince o veinte segundos, comenzó a eyacular con una inusitada potencia. Después tuvo cuatro o cinco espasmos que acabaron de expulsar el poco fluido seminal que le quedaba, y a continuación lanzó un profundo y prolongado suspiro. Había quedado como Dios. Musitó un perdón en el oído de Inocencia y se salió de su farfarín, para tumbarse a su lado. Petankas dijo que sí, y la complaciente Inocencia se levantó para irse a buscar un par de copas llenas de burbujas. Petankas nunca se había visto tan bien atendido. ¡Era la hostia! Inocencia apareció al poco tiempo. — Ahora duerme bien, mi querido amorcito, y sueña con esta mujer que estará, como una dulce gata, esperándote tumbada a tus pies. Adiós mi amor. Mitarra consideró que la puta del reloj le había suministrado un potente narcótico con el último champán. Se sintió completamente indefenso. Supo que nunca había estado tan a merced de sus enemigos. Pensó que, por lo menos, la mente estaba perfectamente despierta. Sólo le dolía atrozmente. Se concentró en la situación en que se encontraba. ¿Quién me ha esposado a la cama? ¿Habrá vuelto Marino y querrá vengarse? O, ¿ha sido la gente de Retama que ha sido avisada por esta cabrona? ¿Entonces por qué me han atado así? Esto es que me quieren interrogar. No creo que mis compañeros tengan que recurrir a este montaje para hablar conmigo. Entonces, ¿quién queda? ¡Los Servicios de Seguridad españoles! Me han atrapado por medio de esta puta y ahora me van a interrogar de forma clandestina e ilegal. El recuerdo de Lasa y Zabala ensombreció su mente durante unos breves y angustiosos instantes. Mitarra se cagó en Dios. Y todo fue porque en el fondo, lo único que le apeteció cuando habló por teléfono con Inocencia, fue el echar un buen polvo a la dueña de tan insinuante voz. Por eso había querido conocerla, y por eso había dejado a Marino bien embalado. También se acordó de Arantza, e intuyó que no había sido muy leal con ella. Después pensó que sí había sido leal con Arantza, porque lo único que quería de Inocencia era que le relajara para poder dormir mejor. Se dio cuenta de que con quien no había sido leal, había sido con la amable dueña de la casa. Pero se alegró por ello. Reflexionó que la cabrona de Inocencia le habría drogado de la misma forma y el final habría sido el mismo. Estaba todo preparado desde el principio. Bueno, se dijo a sí mismo, ahora tendré que contarles lo de Retama. Igual, ante la importancia de la información, me dejan en paz. Suspiró hondo y comenzó a practicar el ejercicio del entrecejo. Se tenía que preparar para afrontar de la manera mejor posible el primer interrogatorio policial de su vida. La puerta se abrió de par en par, dejando ver a una figura que llevaba un antifaz negro en el rostro, los pechos desnudos y atravesados por dos imperdibles en sus pezones, y unas bragas negras con muchas arandelas y botones metálicos. Inocencia no llevaba nada más puesto, a excepción de unas botas militares de media caña, también de un negro brillante. En el centro de su pecho y sostenido con ambas manos, portaba un frasco transparente, en el que se veía un líquido parecido a la sangre, y unas cuantas agujas de acero de unos treinta cms. de longitud. Todas las finas puntas estaban a remojo en el líquido rojizo. — Si crees que a mí, después de habértela chupado, se me puede joder como si fuese una maruja progre de pueblo, estás muy equivocado. A mí, nadie me echa un polvo rápido y luego se duerme tan tranquilo. Ahora te voy yo a echar unos cuantos polvos. Así que por la cuenta que te trae, ya puedes levantar la tienda de campaña de tu toallita. Pónla dura, Chulo Cabrón. Mitarra suspiró aliviado. Sólo era que Inocencia quería más caña. Le sonrió a la hipotética ninfómana que no se conformaba con un solo polvo, y le dijo que no se preocupase. — Ya verás qué pronto se me levanta la toallita. Lo único que te pido es que mañana tengo que hacer algo importante y me gustaría levantarme para las seis de la mañana. Inocencia se rió y se acercó al indefenso objeto de sus deseos. Dejó el frasco de las agujas sobre la mesilla y tomó dos de ellas. A continuación, se las introdujo en cada hombro. Le dejó cosido al colchón de la cama. — Esto es para que veas que no vengo con ganas de jugar. Mientras no te las meta por los ojos o por el culo, no te quejes demasiado. Al último que le inserté en los ojos, no le hizo mucha gracia. Así que ya puedes levantar este pito o te coso vivo. Pello sintió que el acero traspasaba la cara externa de sus hombros, y después sintió un fuerte escozor que acabó por convertirse en un fuego que le abrasaba las heridas. Se olvidó del intenso dolor de cabeza. Al poco tiempo, la toallita se elevó y quedó como un pequeño paraguas semi abierto. Inocencia se soltó los botones de la parte de debajo de su braga y sin quitársela, retiró la toallita y le montó sin más requisitos previos. — Como te corras antes de diez minutos, te clavo las agujas en las uñas de los pies. ¿Entendido? Pello Mitarra volvió a comprender que estaba en manos de una auténtica sádica que le tenía completamente cogido por las pelotas, por las extremidades, y, además, le tenía cosido a la cama con dos afiladas y largas agujas de acero fino y brillantemente azulado. Intentó cumplir con la orden recibida. La sádica y experta folladora comenzó a moverse con mucho ritmo sobre el eje vertical que le penetraba por el mismísimo centro de su escultural cuerpo moreno. Unas veces elevaba la pelvis, hasta dejar casi a la vista todo el apéndice masculino, y suavemente acariciaba el glande con sus lubricados labios vaginales; y otras veces, de repente, descendía bruscamente y apretaba hasta el fondo 2 ó 3 veces seguidas. Después volvía a elevarse y repetía los mismos movimientos. — Si por esta tontería que te he hecho, te vas a poner a gritar como una virginal damisela, habrá que hacer algo al respecto. ¿Qué se puede hacer? ¿Te corto la lengua, o simplemente te la inmovilizo? Pello miró con angustia a su captora. Inocencia le sonrió e hizo como que lo estaba pensando. Cogió una tijera de la mesilla y se acercó a su presa. Pello apretó con fuerza los dientes. Inocencia agarró un extremo de la sábana y lo recortó con las tijeras. A continuación dijo que le iba a cortar la nariz si no abría la boca. Pello obedeció, e Inocencia le metió el trozo de sábana en la boca. Pello intentó la erección pero no fue posible. La dominicana Inocencia esperó a que se cumpliese el plazo del tiempo señalado. Agarró el alicaído pito de Pello y se lo retorció. — Parece ser que no estás a la altura de las circunstancias. Igual con unas inyecciones energéticas se te levanta. Y también vio a Inocencia que con un potente mechero, estaba calentando una de las agujas clavadas en su carne. El profundo pinchazo, más el efecto del derrite carnes, más la intensidad del calor, le volvieron a la increíble realidad. Seguía siendo torturado por una demente. Las oleadas de dolor golpeaban con fuerza en su cerebro. El martirizado Pello se sentía como una inmundicia despreciable, como un trapo de usar y tirar, como un ser que había perdido toda su dignidad. Además, los pies le dolían terriblemente, y también comprendió que la pobre desgraciada no le iba a permitir salir de casa por la mañana. Se dio cuenta de que no iba a poder evitar el magnicidio de Retama. Se sintió absolutamente incompetente y mucho más inmundicia que antes. Había fallado a Arantza, a Benjamin, a Euskal Herria, a España, al Mundo, a él mismo y al viejo belagile que decía ser su alma. Sintió vergüenza y una profunda desolación. Estaba hundido en la mierda. Se acordó de las palabras de su alma en la Mesa de los Tres Reyes, cuando le comunicó que aún no había alcanzado el poder del Siete. Con rabia y mucha vergüenza se dijo a sí mismo que no había alcanzado el poder del siete, ni la sabiduría del seis, ni nada de nada. Sólo era un pobre diablo que se había creído que era la hostia. También se acordó de su alma cuando le dijo que siempre estaría con él. En los grandes momentos y también en los pequeños. Sólo hacía falta que se acordase más a menudo de su alma. Pero, ¿cómo iba a recurrir a ella, si le había fallado a la primera oportunidad? No se atrevió a pedirle ayuda. Pensó que no se lo merecía y le entró ganas de llorar. Sólo quería morirse y deseó morirse. Abrió los ojos y vio cómo Inocencia continuaba cabalgándole. Entonces se cagó en la puta madre de la feroz dominicana, y así fue cómo de repente, decidió que tenía que seguir luchando. Había mucho en juego y no debía de rendirse. “ No seas como los que, teniendo mala conciencia, les da vergüenza acudir a un amigo, porque creen que no se lo merecen, o sencillamente, porque consideran que su orgullo infantil e ignorante, es más importante que pedir un favor. Y tampoco seas como las acomplejadas personalidades que no soportan oír la verdad de labios de un verdadero amigo. Muchas de las personas que se saben imperfectas, prefieren la compañía de seres semejantes a ellos, en lugar de la compañía de aquellos otros seres menos imperfectos. La mayoría de los que se saben imperfectos, no se atreven a mirarse en los mejores, porque eso supondría tener que reconocer sus errores. Los mediocres prefieren siempre seguir relacionándose con mediocres. Por eso, el ignorante orgullo les dice que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y así siguen deambulando por la vida”. “Pero se engañan, ya que ése no es ni el verdadero motivo. El verdadero motivo es la falta de autoestima, que provoca, por consiguiente, la envidia que sienten los débiles de mente hacia los más fuertes y mejor preparados para afrontar la vida. La envidia que provoca la fortaleza mental y la sabiduría, es más intensa que la envidia que se pueda tener por las riquezas de otro o por el poder o la gloria. Por eso, casi nunca recurren al amigo envidiado, el cual, casi siempre es un amigo de verdad que les va a decir lo que realmente opina. Los débiles y los acomplejados prefieren seguir inmersos en sus errores, y así siguen deambulando tristemente sin querer oír la verdad, porque la verdad a los débiles nunca les gusta oír. Oír la verdad les suele agobiar, y los menos resueltos entre los débiles, se suelen deprimir y reaccionan llorando y quejándose; y los que son algo más resueltos, también entre los débiles, se suelen ofender y reaccionan con histerismos, enfados y ofensas. Pero todo es una máscara que se ponen para huir de la realidad”. “Sin embargo, al final, siempre se acaba agarrando al toro por los cuernos, o si lo prefieres de otro modo, es el toro el que les acaba agarrando. Siempre se es libre de elegir la modalidad de aprendizaje. Y tú, ¡y eso que no eres tan débil!, has elegido las cornadas y las banderillas de fuego. Te creías con poder, cuando solamente poseías un poco de sabiduría. Has cometido un gran error, eso sí, opuesto al error de los débiles, pero también un gran error. Es el error de la prepotencia. Menos mal que por lo menos, has sabido rectificar y me has pedido ayuda. Y aquí estoy. ¿Qué quieres?” Pello abrió los ojos en el preciso momento en que Inocencia daba fin a un larguísimo orgasmo en cadena. Todo su cuerpo temblaba, al mismo tiempo que oscilaba tanto de atrás para delante como de adelante para atrás. Parecía un tierno arbolillo zarandeado por un vendaval. Pello sintió que él también comenzaba a irse. Ambos orgasmos se acoplaron, y mientras Pello notaba cómo se vaciaba, Inocencia lanzaba débiles gemidos de placer. Pello quedó exprimido como un limón y semi inconsciente. Inocencia se incorporó y tras clavarle las uñas en el pecho, se apartó de la cama para salir fuera de la habitación. Pello intentó olvidar las oleadas de dolor que le subían de los pies y que al juntarse con el que le emanaba de los hombros atravesados por los finos estiletes, se acrecentaban y llegaban al cerebro con una terrible intensidad. Pero cuanto más deseaba ignorar el dolor, éste parecía recrudecerse y martilleaba el sistema nervioso con más fuerza. Recordó las últimas palabras del viejo: “No te preocupes por la obtención del poder y dedícate a tu cuerpo”. Pello pensó que tenía que dedicarse a su cuerpo. Pero lo único que su cuerpo le enviaba, eran unos latigazos de dolor que le desgarraban la punta de los pies y que se multiplicaban cuando llegaban a la cabeza. Así que decidió que tenía que dedicarse al dolor, debía concentrarse en él. Benjamin acudió en su ayuda. Recordó que su amigo de Bilbao le había dicho que nunca había que enfadarse ni temer a las sensaciones desagradables que se pudiesen tener o sufrir. Sólo había que tratarlas como a niños. Con cariño pero con firmeza, y con firmeza pero con cariño. Pello comenzó a hablarle mentalmente a su dolorido cuerpo. “ Pues escuchadme: Todas las partículas atómicas sois energía, y, además, mis pensamientos, todos ellos, son también energía. Tus átomos y mis pensamientos son de la misma esencia. Por consiguiente, pueden hablar de tú a tú. De igual a igual. La energía mental de mi cerebro quiere compensar el desarreglo energético de tus átomos, y porque también sé que tus átomos y demás partículas energéticas, sois mi auténtico cuerpo físico; soy consciente de que los huesos, tejidos y células de lo que yo llamo “mi cuerpo”, no es más que una gran ilusión. Sé que sois vosotros y vosotras, los que constituís mi verdadera estructura física; y también sé que estáis en sintonía con la energía de mis pensamientos, sensibilidades, emociones y deseos. Por eso, mis pensamientos y tus energías, son la misma cosa. Somos todos energía. Somos todos lo mismo. Y os pido, pero también os lo ordeno, que aceptéis la energía de mis pensamientos, como si fuese un suave bálsamo refrescante y curativo”. Pello puso todo su ser en fortalecer sus deseos con la fuerza que confiere la confianza. Los átomos del cuerpo de Pello captaron el mensaje que les enviaba su dueño. Y obedecieron con prontitud. El suave calor que emanaba del entrecejo de Pello, descendió por su maltrecho cuerpo y se concentró en los castigados dedos de los pies. Sintió un cierto alivio en sus extremidades. Respiró hondo y el cerebro se le llenó de fuerza, y al expirar lentamente, contempló de repente, en la pantalla de su subconsciente, la totalidad de su cuerpo, pero no como una masa física de carne, huesos, tejidos, nervios, células y moléculas; sino que lo surgido ante su vista interior, fue una silueta formada exclusivamente de brillantes partículas coloreadas que danzaban y giraban con gran precisión y con una agradable melodía a modo de un trasfondo musical que sólo se oía levemente. Las partículas que correspondían a las zonas heridas, se encontraban oscurecidas y apenas brillaban. Pello vio todo el cuadro energético de su estructura física, y ordenó al resto de las partículas que enviasen un extra de sus energías coloreadas a las más opacas de la zona castigada de sus pies. Todo el cuadro se puso en acción. A los movimientos y destellos que ya tenía la estructura luminosa, todas las partículas, tras oír la orden de su dueño, se desprendieron de pequeñísimas subpartículas que, a modo de una ligera lluvia de polvo de oro, se trasladaron a las partículas entristecidas y las recubrieron por fuera. Después, poco a poco, la capa externa se derretía y se introducía en la superficie de las partículas enfermas, para constituirse en una única sustancia. Los átomos y partículas oscurecidas, comenzaron a iluminarse y a moverse con más alegría. De improviso, en el centro del cuadro luminoso, apareció un eje que terminaba en un medio arco, parecido a un bastón con mango curvo. El extremo inferior, el que estaba a la altura del cóccix, se iluminó con una luz roja, después se encendieron una naranja, una amarilla, una verde, una azul, una índigo que se encontraba en el mismísimo extremo del mango, y por último, se encendió una luz violeta en el punto más alto de la curva del arco superior o mango del bastón multicolor. A continuación, todas las partículas brillantes del resto del cuadro, se desplazaron hasta el eje central, dejando todo a oscuras, menos el bastón, el cual adquirió una mayor intensidad de brillo y color. Sólo quedó el bastón multicolor. Y Pello supo que eso era la auténtica esencia de las personas. Pello supo que las personas sólo son un eje con siete centros de fuerza y color. Todo lo demás era un simple ropaje o vehículo transitorio. Pello se durmió con la visualización de su auténtico ser. — ¿A qué dices que no?, capullo. — Calla y ponla dura, cabrón. Inocencia se vé que se aburrió de jugar con su presa, porque abandonó la habitación para entrar al cuarto de baño a prepararse y ponerse guapa para salir a la calle e irse a la misa de las once de su parroquia, ya que a Inocencia le gustaba cumplir habitualmente con sus costumbres religiosas. No le temblaba el pulso cuando suponía, y así lo creía, que el dicho que dice que lo cortés no quita lo valiente, estaba pensado casi exclusivamente para ella. Así de inocente era Inocencia. Pello volvió en sí al poco tiempo. Tuvo que emplear más de media hora en reducir a cotas soportables el intenso dolor de las quemaduras. Una vez conseguido que todo el cuadro energético de su cuerpo se pusiera en marcha otra vez, comenzó a reflexionar en todo lo que le estaba pasando. Una angustia muy pesada y muy densa y muy corrosiva y muy atroz, empezó a brotarle del corazón. La angustia era más dura que el dolor de su maltrecho cuerpo físico. Pello decidió enviar toda la energía de su ser hacia el corazón. Pidió a su alma que le ayudase a dominar la angustia. La energía de su cuerpo se desplazó hacia el corazón, dejando desguarnecidas las partes dolorosas de sus pies. El dolor físico volvió a incrementarse, pero era más soportable que el dolor emocional de su mala conciencia. Se centró en calmar el dolor más intenso, olvidándose del meramente físico. Respiró hondo y repitió la petición de ayuda a su alma. La visión del bastón multicolor apareció en la pantalla de su mente subconsciente. La luz verde del corazón estaba muy apagada e impregnada de sustancias que le subían desde la luz amarilla del estómago. Se concentró en reforzar el verdor del corazón. Pero, ¿qué podía hacer para ello? Sólo le quedaba dolor y angustia. Estaba en un auténtico infierno. Pensó que lo único que podía ofrecer a su corazón, era su angustia y su dolor. Y así lo hizo. Pello cayó en la cuenta de que así como podía energetizar su cuerpo con sólo enfocar la atención en él, también podría enviar la energía adonde quisiera; a quienes les hiciese más falta que a él, a esos millones de seres que en ese momento estarían sufriendo a lo largo y ancho de este mundo de lágrimas, a esos luchadores por la libertad que estarían ahora en manos de torturadores tan brutales que Inocencia, a su lado, parecería una auténtica pardilla más inocente que su propio nombre. Se acordó de los combatientes chechenos, palestinos, kurdos, saharahuis, tamiles, chiapanos y tantos más que en aquel momento podrían estar pasándolo mucho peor que él. Pello se olvidó de su dolor, de su cuerpo, de sí mismo; y dedicó toda su atención a esparcir buenas vibraciones a los demás, al prójimo más necesitado, y la idea le entusiasmó. Estando ocupado en estas desapegadas actividades, observó que la luz del corazón se fortalecía, y todo el eje brilló con esplendor. De repente, el eje fue desapareciendo, hasta quedar únicamente las luces violeta e índigo del mango superior. Después, también la índigo se apagó y la violeta se descompuso en sus dos colores básicos: el rojo de la voluntad y el azul de la inteligencia. Luego, éstas también se diluyeron y sólo quedó una partícula translúcida de intenso brillo incoloro. Lo deseó intensamente y, recordando la socorrida y casi olvidada expresión de su abuelo, se dijo otra vez que, caiga quien caiga, así tenía que ser. La mente de Pello acabó desvaneciéndose en la inconsciencia del sueño regenerador, recuperador y renovador, dejando su inanimado cuerpo sobre la cama; mas sin embargo, la fuerza de sus desapegados deseos, la fuerza del Poder, comenzó a trazar su estrategia.
Capítulo 65. CAIGA QUIEN CAIGA Retama pasó la noche del domingo al lunes de una manera menos desagradable que la de Mitarra. También tuvo necesidad de buscarse un relajo físico y mental, y recurrió a los servicios de una señorita, entre las muchas profesionales del amor que, a cambio de un dinerito, se dedican a transmitir algo de autoestima a sus clientes, por medio del viejo conocimiento femenino de aparentar un gozo que ellas apenas sienten, con el fin de conseguir que la vanidad del macho alcance su máximo apogeo al creerse que se es un auténtico dominador del sexo femenino. En eso consiste el relajo mental de los que acuden al sucedáneo del sexo y del amor. En cuanto al relajo físico, el método es más sencillo. Dejar que todo, y cuanto antes mejor, se escape por la parte de abajo. Aún estaban frescas en su memoria, las imágenes televisivas del mes pasado, cuando toda la ciudad de Bilbao salió a la calle para recibir y homenajear a sus colores y a sus héroes más queridos y envidiados. Retama evocó la entrada del Athletic por la Gran Vía de Bilbao, encima de un camión, con todo el pueblo aplaudiendo el paso de los campeones. Sustituyó mentalmente el camión por un tanque, y las banderas rojiblancas por multitud de ikurriñas. Retama sintió que la piel se le transformaba en una carne muy apta para hacer caldos, o dicho de una forma más popular, se le hizo el culo limonada. Estaba en el balcón del Ayuntamiento, saludando a las enfervorizadas masas populares, cuando acabó por dormirse entre atronadores e imaginarios vítores abertzales. Una vez ajustados el turbante y el fajin violeta que ceñía la túnica interior, se puso un largo chaleco, también de un color violáceo, el cual tenía dos amplios bolsillos muy apropiados para guardar en uno de ellos la pistola y en el otro el activador electrónico de los detonadores de las cargas explosivas colocadas debajo de la alfombra que cubría la tarima del palco de honor de las autoridades más selectas del Estado. Retama pensó que por lo menos, esta vez no les podrían criticar por no ser selectivos en sus acciones. Lo único que ensombrecía su optimismo eran dos nubarrones. Uno, la posibilidad de la aparición de Mitarra para joder la marrana. Otro, la inquietante información respecto a la creación de la elitista unidad especial de los Urandis para acabar antidemocráticamente con su democrática guerra de liberación. Decidió no pensar más en asuntos tan desagradables. — Hoy vamos a realizar la ekintza más importante de toda la historia de nuestra organización. Hemos sido llamados, por nuestra entrega inquebrantable a la causa vasca, para ser los encargados de llevar a cabo la acción más espectacular y definitiva sobre los enemigos de nuestra nación. Os van a traer unos ropajes como los míos y quiero que estéis, sin ningún tipo de dilación, a las doce en punto en el vestíbulo, para salir a continuación a cumplir con nuestra histórica misión. Mientras tanto, pedir lo que queráis para desayunar y como colofón, sólo os digo que os mentalicéis bien para lo que nos espera hoy. Yo lo definiría como acción, pasión y solución. Por ahora lo único que os puedo decir es que tendréis que cubrirme de cerca en todo momento y con mucha precaución. ¿Entendido? Y cuidado con Mitarra. Pues agur y aúpa nuestra patria y nuestra organización. Gora Euskadi. Gora ETA. A las doce en punto, todos se juntaron en el vestíbulo del hotel. Patxo, Iñaki y Juantxo parecían auténticos hijos del desierto. Sus atuendos eran negros como los ojos de las tuaregs, y sus fajines eran blancos y brillantes como la luz del amanecer entre las arenosas dunas de Arabia. Lo del tocado de la cabeza había sido más difícil de colocar. Después de varios intentos infructuosos, tuvieron que pedir ayuda a un miembro de la delegación, para que con mucha paciencia, acabase por ponerles los turbantes tal como Alá manda. Se calaron unas gafas de sol de negrísima montura y se guardaron las armas entre los amplios ropajes. Estaban perfectos. Iñaki no desperdició la oportunidad de agraviar a su compañero de aventuras. — Mira, Juantxo de las pelotas. Esto es un disfraz como Dios manda y no el pesado sombrero de ayer. Si no fueras tan pirao, tendrías que saber que Chirvan no está en Méjico, sino en la África mora. Inculto, revirao, que eres un ignorante. Iñaki se ofendió mucho con lo de maleducado, pero Patxo les mandó callar cuando vio que Retama les hacía el clásico ademán con las manos para que se tranquilizasen y hablasen más bajito. Yussuf miraba un poco mosqueado. ¡Así que éste es el comando de élite de Retama!, pensó para sus adentros. A continuación, todos se fueron para el garaje del hotel, en donde les esperaban dos flamantes turismos oficiales de la República de Chirvan, con unos circulitos encima del radiador que parecían unos puntos de mira, con banderines representativos de la delegación chirvaní, y demás parafernalias que debe llevar todo vehículo diplomático que se precie de ello. La comitiva motorizada salió del hotel, y escoltados por dos vehículos de las F.S.E., se dirigieron hacia el lugar de la celebración patriótica. Tal como estaba previsto, el automóvil delantero, en el que no iba ningún vasco, sufrió un inoportuno pinchazo. Los dos chóferes chirvanís fueron muy parsimoniosos y tardaron casi media hora en solventar el contratiempo. Eran las doce y media bastante pasadas, cuando la comitiva inició de nuevo la marcha. Quince minutos más tarde, llegaban a la zona acordonada, fuertemente vigilada y habilitada para aparcar los coches de las delegaciones invitadas a los actos conmemorativos de la Hermandad. Todo iba perfectamente. Los Reyes de España, así como el resto de la representación del Estado, ya estaban situados sobre la mortífera estructura. De un momento a otro, iba a dar comienzo el desfile militar preceptivo en todo acto que se precie de patriota. Una gran multitud ocupaba toda la parte de enfrente al palco de honor. Los dos automóviles de Chirvan aparcaron en el sitio reservado para su delegación, y los cuatros vascos con turbante, más Yussuf y otros cuatro chirvanís, descendieron de los vehículos. Retama dijo a sus chicos que no abriesen la boca a partir de ese momento. Sólo tenían que estar atentos por si aparecía Mitarra, y no separarse de él, de Retama, bajo ningún aspecto. Un cabo de la Policía Nacional y cuatro números más, se presentaron a la delegación y se pusieron a su disposición para escoltarles hasta su lugar. Retama y Yussuf se miraron. No habían tenido en cuenta este detalle. Retama comprobó con horror que la dirección propuesta por el cabo, suponía ir directamente hacia la tribuna, sin pasar por la zona de enfrente donde estaban ubicados los urinarios de plástico verde. Pensó que si activaba los detonadores desde la zona del palco, sin la protección de los urinarios y sin la mínima distancia de seguridad, corría el riesgo de inmolarse como un kamikaze. Pensó que si no había más remedio, eso era lo mínimo que podía hacer por su patria, aunque eso suponía que se quedaba sin el apoteósico recibimiento en la Gran Vía de Bilbao. Suspiró resignadamente. Pero las tripas le fallaron y sintió un corrimiento intestinal. Lo que me faltaba, se dijo Retama para sí, ahora me entran ganas de cagar. Tenía que haberlo hecho en el hotel. Miró hacia la tribuna. Enfrente de ella estaba la gran avenida por donde en breve pasaría el desfile militar. La avenida tendría unos cuarenta metros de ancha. Después habría unos diez metros de espectadores, y detrás de éstos, estaban los urinarios de plástico. Entre el sitio de honor de la tribuna y los urinarios, habría unos cincuenta metros, y justamente hacia la mitad, casi en medio de la avenida, había un pequeño artilugio metálico para las cámaras de la televisión. Supuso que ahí estaría el emisor puesto por Marino, para que hiciera de puente entre el suyo y los detonadores de las cargas asesinas. Retama, Patxo, Iñaki y Juantxo se dirigieron hacia los urinarios, tomando la ruta que pasaba por detrás de los espectadores. Yussuf y su gente se colocaron de forma que pudiesen contemplar el acceso a las casetas de plástico verde, que lo mismo servían de parapeto como de urinarios. El cabo y sus chicos se quedaron en la salida del aparcamiento, esperando que volviese lo antes posible la comitiva de los cagones árabes. “A saber qué habrán comido”, comentó el cabo a sus fornidos compañeros de cuerpo. Patxo le indicó que se callase. Retama andaba preocupado. No sabía si era mejor ocuparse primero de sus apretones, o por el contrario, una vez llegado a la zona de los urinarios, apretar el botón de su mando a distancia y mandar a toda la jerifaltada a tomar por el culo. Decidió que realizaría las dos cosas al mismo tiempo. Entraría en la caseta y mientras aflojaba la presión de sus intestinos, apretaría el botón del mando. No era muy romántico, pero viendo cómo estaban de nerviosas sus tripas, era lo más práctico. Metió la mano en el bolsillo y acarició el diabólico aparatito electrónico que iba a propiciar el derrumbe del Estado Español. Se encontraría Retama a unos quince metros de la zona de operaciones urinarias, cuando en ese preciso momento y de improviso, hicieron su aparición en escena, los chicos de “Caiga quien Caiga”. Al principio sólo se acercó uno. Era el que tenía cara de buen chico, pese a las pintas de “Tarantino” que le aportaban su traje oscuro y sus negras gafas. Micrófono en mano y con un cámara de T.V. por detrás, abordó de sopetón a Retama. — ¿Hablan ustedes español? Retama se quedó quieto sin saber de qué iba la cosa, ya que de las televisiones españolas sólo miraba los informativos. Iñaki no se acordó que no podía abrir la boca y contestó que sí. El de las gafas oscuras hizo otra pregunta. — ¿Por qué les han dado a ustedes el primer premio? ¿Por qué les han entregado el ansiado laurel de la victoria? — ¿Qué premio? ¿Qué laurel? —, volvió a replicar Iñaki. El reportero de T.V. puso, aún, más cara de buen chico. — El premio al mejor disfraz de todos los habidos y por haber —, respondió con una angelical sonrisa. — Y tú, ¿cómo hostias sabes que vamos disfrazaos? Retama se iba quedando cada vez más helado. Pensó que la gente de Korta era más tonta que la hostia. Y eso que eran de lo mejorcito que tenían. El reportero también puso cara de sorpresa y se quedó un tanto indeciso. Tampoco entendía la pregunta del moro de negro y mucho menos su poca afabilidad, pero no podía quedarse callado y siguió desarrollando su trabajo de entrevistador toca huevos. — Bueno, simpático mahometano, como usted ya sabrá, nuestro programa es muy eficaz, y por eso nuestro estilo de intervención está basado en disponer de las mejores fuentes de información. Ése es el motivo de que les hayamos descubierto a la primera. Así que, ¿intentando dar el pego a todo el país?, ¡eh!, incluido a los Reyes, ¡eh! — Tú no querrás hostias, ¿no? Pues ándate con cuidao, que igual te vuelo la cabeza de una andanada de hostias. El reportero volvió a quedarse indeciso y miró hacia atrás, como pidiendo ayuda. Al momento le aparecieron dos compañeros suyos. Uno tenía cara de loco y el otro era pequeño, con coleta y barbita. Ambos tenían trazas de ser muy peligrosos y también iban con trajes negros y gafas del mismo color. El que tenía cara de loco, entró en la reunión con el micrófono en ristre y preguntando. A Retama le pareció que era como un interrogatorio. Iñaki no tuvo tiempo de contestar, porque el de la coleta, también hizo su pregunta. — Señores representantes de algún ignoto rincón árabe del mundo sarraceno, si me permiten les voy a hacer una pregunta de índole filosófica y religiosa. Aceptando, tal como os ha dicho mi compañero, que os han jodido bien jodidos, y si, en consecuencia, la intención de su movimiento es derrocar nuestros valores, para implantar su cultura aquí; ¿no creen ustedes que les va a costar mucho que aceptemos su ley que prohíbe comer morcillas, jamón, chorizo? Pero no pasó nada. Se cagó en Dios. Hacía falta acercarse más a los urinarios para volver a apretar el botón, pero estaba rodeado por siete experimentados profesionales de la Seguridad del Estado, los temibles Urandis; y además, eso era lo que más le jodía, había un octavo que lo estaba grabando todo, incluso los ruidos que producían sus expulsiones gaseosas. En efecto, no eran nada democráticos estos Urandis. Pensó que no podía dar esa imagen para la posteridad. Y tampoco podía permitir que, si iba a caer en las garras del enemigo, pareciese que no había ofrecido la resistencia necesaria en estos menesteres. — Mirad, ya veis que yo he sido el primero en llegar y no me importa dar la cara estando solo. Creo que sois muy agresivos y aunque tenga cara de bueno, me zumba una mala hostia de cuidado. Así que andaros con cuidado y menos chorradas. Uno de los cuatro últimos en aparecer, que tenía cara de estar más loco que el de la cara de loco y que además parecía el jefe del grupo, habló por primera vez. Puso más cara de loco, si cabe, y terminó su intervención con una sentencia. — ¡Aceptad vuestro destino fatal! ¿Entendido? Retama entendió que iba a dar comienzo la detención, y quiso quedar bien ante la Historia de la gloriosa Revolución Vasca. Así que, sin pensárselo ni dos veces, arreó una patada en los huevos al de la coleta. El que tenía cara de loco, pero menos que el que tenía más cara de loco, agarró la pechera del traje árabe de Retama. Iñaki aprovechó la ocasión. Soltó la mano y le dio al que más ganas tenía, el cual era el que le recordaba al guasón del hotel. El resto de los compañeros del guasón con cara de buen chico, también entraron en el follón, repartiendo hostias a diestro y siniestro. Patxo y Juantxo no tuvieron más remedio que involucrarse en el combate pugilístico. Retama avisó gritando a sus chicos que estaban siendo atacados por los antidemocráticos Urandis; y Patxo con la sorpresa reflejada en su rostro, sólo acertó a pensar: pero,¿cómo coño también sabía esto el pirao de Astrabudua? Los chicos de Yussuf se movieron con prontitud y entraron en la pelea, repartiendo estopa entre los chicos reporteros de tan sospechosa apariencia. La contienda se recrudeció y la mayoría de las gafas negras volaron por los aires. El jefe de los reporteros le sacudió un sopapo a Retama en el preciso momento en que por una parte, Yussuf se acercaba a Retama para llevárselo hacia los urinarios, y por otra parte, el cabo de la Policía Nacional y sus cuatro compañeros, intervenían contundentemente en la refriega. También entraron dando estopa, pero esta vez, todas las hostias fueron para los árabes de negro. El caos fue absoluto. Retama hizo otro intento de recuperar el mando a distancia, pero el cámara de T.V. fue más rápido, ya que al ver el pequeño aparatito, supuso que pertenecería a alguno de sus compañeros. El cámara lo recogió del suelo y se lo guardó en un bolsillo. Retama quiso ir a por él, pero Yussuf ordenó a su gente que se retirasen del frente operacional. La Operación Infierno se había ido al traste, junto con los sueños de gloria de Retama. Todo se había convertido inexplicablemente en una auténtica mierda, porque, como siempre, al final, las cosas empecinadamente se empeñan en salir como tienen y deben de salir; al margen de que los supuestos hacedores de las cosas, lo sepan o no. Pero Retama sólo supo cagarse en Dios por la cagada que le había hecho. Y, caiga quien caiga, Alá, como el resto de los dioses, también tiene la sana costumbre de devolver lo mismo que le envían desde este mundo. Tanto lo bueno como lo malo, porque la vida siempre paga con la misma moneda con que le pagan a ella. Todos, incluidos los dioses, recibimos lo que nos hemos merecido aunque no lo sepamos. Ahí está la gracia del juego.
Capítulo 66. EL COMUNICADO FINAL Pello se despertó de los efectos del narcótico, y lo primero que hizo fue mirar al reloj de la pared. Inocencia le decía que habían pasado unos cuantos minutos de las dos de la tarde. Después se dio cuenta de que le había quitado las esposas de las manos y pies. Estaba libre. Sólo tenía el trapo en la boca. Se lo quitó y se levantó de la cama. Tuvo que poner con mucho cuidado los pies sobre el suelo. Estaban hinchados y algo ennegrecidos, pero el dolor no era ya tan agobiante. Caminando con mucho cuidado se fue a la sala para poner la T.V. Estaba angustiado ante lo que se temía que podía haber pasado. En un canal estaban hablando de fútbol. Lo cambió rápidamente y se encontró con otro que también estaba hablando de fútbol. Pello no supo qué pensar. ¿Habremos vuelto a la época de Franco?, se preguntó mientras volvía a apretar el mando a distancia. Una guapa señorita de algún informativo televisivo, estaba diciendo que los actos celebrados con motivo del día de la Hermandad, habían sido de una gran brillantez y que se habían desarrollado sin ningún tipo de incidencias destacables. Al final del reportaje, hizo un pequeño comentario sobre un ligero altercado producido entre una de las delegaciones y unos conocidísimos periodistas de un famoso programa de entrevistas de una T.V. de la competencia. Nada más. A continuación, empezaron a hablar de fútbol. Pello estaba tan contento que decidió no hacerle ninguna putada a Inocencia, a modo de devolución de la tarjeta de visita. Llenó la bañera de agua y se sumergió en ella. Estuvo casi una hora, relajando músculo por músculo su dolorido cuerpo, y hablando amorosamente a sus castigados pies. Cada vez se sentía mejor. Pensó que el siguiente paso a realizar, consistía en ir a París y reunirse con toda la gente influyente de la organización. Después, les convencería de la necesidad de hacer una tregua, y luego se dedicaría el resto de su vida, si ella lo aceptaba, a vivir con Arantza y a practicar los ejercicios de yoga el máximo posible de horas al día. Pello se sabía y sentía con poder, y no dudó ni por un instante que así iba a ser. Así que se puso manos a la obra. Se vistió, se enfundó las chancletas regaladas por Inocencia, no lo pudo evitar, y se llevó el reloj de pared para colocarlo en un lugar bien visible del portal de la vivienda, como un espontáneo homenaje a la belleza de la desagradable compañera de colchón. Después tomó un taxi y se dirigió al sitio en donde tenía aparcado el coche de Benjamin, olvidándose para siempre jamás del vehículo de Marino. Salió de Zaragoza y no paró hasta llegar a Atherratze – Tardets; aguantando, por medio de respiraciones rítmicas, un lacerante dolor cada vez que pisaba con mucho cuidado los pedales del coche. En “Beñat etchea” pasó la noche, y al día siguiente llamó por teléfono a Benjamin para decirle en dónde le dejaba el automóvil, y a los pocos días se fue con su taxi para París. En París se enteró días después, por medio de Patxo y Korta, que Retama se había ido con un moro a un país llamado Chirvan. Lo que no supieron explicarle fue que el motivo del viaje del jefe supremo de la organización, había sido una decisión de Yussuf. No quiso presentarse solo ante su Sumo Sacerdote y obligó a Retama a acompañarle. Al fin y al cabo, él había sido el que la había cagado. En cuanto a los compañeros de Retama, el comando de élite, Yussuf pensó que lo mejor era alejarse de ellos cuanto antes mejor. Así que los dejó en Suiza con tres billetes para París y con el firme propósito de no volver a verles nunca más. Cuando llegó Patxo a París, se reportó a su jefe Korta y le dijo que la Operación Infierno se había ido al traste por la eficaz intervención de la unidad especial de los Urandis. Terminó su informe diciendo que menos mal que pudieron acogerse a la inmunidad diplomática, que si no … Korta, con cara de circunstancias, le consoló diciendo que “al menos, habéis tenido suerte de no haber sido apresados por esos preparadísimos Urandis de los huevos”. También en París se enteró Pello de que Marino había sido encontrado por sus empleados al día siguiente del fallido atentado. Seguía dentro de la caja. Los operarios de S.M.A. retiraron la estructura metálica con las cargas explosivas escondidas en su interior, y Marino pudo seguir disfrutando de las agresivas delicias de su esposa Inocencia y de los convencionales polvos de su cariñosa, y dúlcemente femenina, amiga del Katti. Jon, sin su Amparo, conoció personalmente a Pello Mitarra y se ofreció a su héroe para todo aquello que hiciera falta. Jon, nada más enterarse de que Mitarra defendía la opción de la tregua, se convirtió en un ferviente seguidor de su alternativa. Como Jon, fueron muchos los que se posicionaron con Mitarra, acaso tal vez porque nunca se supo más de Retama. La salida digna consistió en presentar la declaración de tregua como una aceptación de la voluntad popular y como una concesión que se hacía a los partidos políticos durante un plazo indefinido en principio, a fin de que los susodichos partidos, sin la excusa de la existencia de la violencia, encontrasen una solución que satisficiese por igual a todos los contendientes. También se llegó a un acuerdo político con las fuerzas del nacionalismo moderado, más que nada a modo de gesto, el cual permitió ofrecer algún logro a los sectores más reacios a la tregua. Y, además, por si a los políticos no se les ocurría algo verdaderamente práctico, la propia organización les abría un posible camino. Cuando los puntos esenciales de la propuesta fueron aceptados por los distintos sectores, se celebró una asamblea extraordinaria de militantes, con el beneplácito de las autoridades francesas, para poder adoptar la decisiva decisión final. “La organización independentista armada vasca, Euskadi Ta Askatasuna, ha celebrado una asamblea extraordinaria en un lugar del Estado Francés. En ella se ha debatido la actual situación política de Euskal Herria y la estrategia desestabilizadora del Estado Español. Pero el Estado Español nunca se ha atrevido, ni le ha interesado, preguntar directamente a los vascos qué es lo que quieren. Por eso, Euskadi Ta Askatasuna ha decidido que no puede hacer lo mismo que el enemigo de nuestros derechos. En este sentido, se ha tomado buena cuenta de que la inmensa mayoría de nuestro pueblo desea el cese inmediato de la actividad armada. Éste es el primer motivo que nos impulsa a declarar un cese temporal en nuestra actividad armada, respetando, así de esta forma, la voluntad mayoritaria de Euskal Herria. El segundo motivo que nos ha impulsado a declarar el cese temporal, es el acabar con la excusa esgrimida por los partidos políticos para no hablar en serio de las posibles salidas al conflicto. Siempre han dicho que mientras no callasen las armas, no habría negociación posible. Pues bien, ahora, Euskadi Ta Askatasuna declara y anuncia públicamente que se compromete en el mantenimiento de un cese temporal en sus actividades, para que de esta forma, los partidos políticos se pongan a trabajar en serio sobre el tema. La pelota, señores políticos, está ahora en vuestro tejado. Euskadi Ta Askatasuna propone que la solución está en escuchar al pueblo. La organización ya ha dado el primer paso, al anunciar el cese de la actividad operacional en todos los frentes, y a continuación, presentamos una posible salida: La consecución o no del derecho a la autodeterminación, no se va a dirimir en el pulso particular mantenido durante tanto tiempo entre el Estado Español y los Patriotas Vascos. La consecución o no, la deben de dirimir los ciudadanos y ciudadanas de Euskal Herria. En este sentido, Euskadi Ta Askatasuna plantea que se debería de consultar al Pueblo Vasco si desea ejercitar o no su derecho a la autodeterminación, y anuncia, desde este momento, que aceptará la resolución popular, sea ésta la que sea. ¿El Estado Español, también estaría dispuesto a aceptarla? Pello descansó después de la aprobación del comunicado final. Sabía que no se podía hacer más. Ahora, que fuesen los listos de la política los que lo acabasen de arreglar. Decidió que al día siguiente se pondría en contacto con Arantza para plantearle las ideas, sentimientos y deseos que tenía sobre el futuro de ambos. Estaba seguro de que Arantza estaría de acuerdo con sus planes, porque sabía que se comprendían, se gustaban y se amaban. Y, además, se lo merecían. El afán imperialista de muchas naciones, sólo ha contribuido, ni más ni menos, a mantener y perpetuar la Voluntad, que es el Aspecto Masculino, de enfrentarse a la opresión de los más fuertes. Como consecuencia de lo anterior, a continuación se desarrolló el neutro Aspecto del Romanticismo, lo cual nos ha llevado hasta el Aspecto Femenino de la Inteligencia, la cual nos permitirá ver y comprender que la esencia del llamado conflicto vasco, sólo es que hay unos ciudadanos y ciudadanas que quieren que los vascos sean españoles, y otros, por reacción, que quieren que los vascos no sean españoles. Ahí está el núcleo del conflicto, y ahí, así mismo, está su arreglo. Y su arreglo o solución llegará cuando ambas posturas comprendan y acepten que las dos maneras de sentir lo nacional, y así tendrían que manifestarlo, son igual de lícitas y, por lo tanto, igual de respetables. Después de semejante avance mental, sólo haría falta saber cuál es la predominante, para de esta forma, terminar de resolver el conflicto como Dios manda. O dicho en plan más cursi, pero no por ello menos ideal, la solución consistiría en ejercer la voluntad de realizar la necesaria y desapegada acción de conocer y utilizar el preciado instrumento de la sabiduría natural, la cual es la resultante de una científica, mágica, etérica y divina combinación, y que cuya precipitación a la existencia se produce cuando conscientemente se mezclan en la misma proporción, el análisis racional, la Generosidad y la soñadora imaginación. Sólo de esta manera se manifiesta en nuestro ser el único Poder real; el, ello, la cual nos posibilitará alcanzar la cima de la definitiva y ansiada solución.
Capítulo 67. EL ÚLTIMO CUENTO En un instante preciso, y en un lugar de localización muy subjetiva, ya que este lugar, en lugar de estar en un lugar determinado, estaba ubicado en un lugar indeterminado y en un plano existencial mucho más etérico y sutil que el meramente terrenal, lo cual le definía como el lugar sin lugar; dos dioses, uno de ellos con vestimentas rojas y la otra con azules, acaban de terminar una partida en un tablero de un color brillantemente dorado, con muchas casillas parecidas a los de los campos de batalla del ajedrez, y de unas dimensiones curvilinéamente adimensionales más que respetables. Pero las dimensiones del tablero no se medían en unidades de espacio, ni tampoco en las más fluidas de tiempo; sólo se definían por la existencia de las fuerzas de los deseos, instintos, emociones, sentimientos y pensamientos. Los dioses conocían este juego con el nombre de la espiral de la causa – efecto – causa. Lo llamaban el cec y solían hacer el chiste entre ellos de decir que venían de la meca para jugar a la ceca. Los jugadores tampoco disponían de esculpidas piezas, finamente labradas, para moverlas por el dorado tablero vivencial. Pero sí utilizaban una especie de chapitas magnéticas de diversos colores. Las había anaranjadas, y verdes y de color añil índigo y también las había de un violeta subido de tono. El juego consistía en dejar que las chapitas se moviesen a su antojo, según las características de sus impulsos vitales, pero tenía la complicada dificultad de que los jugadores podían conceder más o menos energía a las chapas, en función del movimiento anterior y de los cambios de color que adquirían las chapitas en los diversos lances del juego. Había que estar muy atento, porque pese a la previsibilidad de la mayoría de los movimientos y cambios de colores de las fichas, muchas veces adoptaban giros, o colores, o situaciones que desconcertaban hasta a los propios dioses. En estas situaciones producidas por la imprevisible y divina creatividad humana, los jugadores tenían que andar muy finos para acertar con la dosis y el tipo adecuado de energía a emplear. Pero eran dioses, y casi siempre lo hacían muy bien. Y además, se divertían, porque para ellos, la vida sólo era un juego, eso sí, con unas reglas bien determinadas, pero un juego al fin y al cabo. — Ha sido una bonita partida. Has jugado muy bien con las chapas que te han tocado esta vez. Yo lo tenía un poco más fácil que tú, pero así con todo, me lo has complicado a base de bien. Le respondió el divino, voluntarioso y rojizo contendiente. — Oye, tú tampoco has estado manco cuando has alineado al Sumo Sacerdote. Era un contrincante de cuidado. Y luego has puesto en acción a la portera para poner camino de Bilbao a tus fichas. He intentado engañarles pero lo has evitado excelentemente. La divina contendiente, para no herir la susceptibilidad de su voluntarioso oponente, prefirió no aclararle que lo de los Urandis fue una filfa inventada por Patxo. Sin más ceremonias, los dos dioses se dieron la mano y se despidieron hasta la próxima partida de Ceca. Ahora tenían que ir a descansar a la Meca. Por eso, y aunque parezca de perogrullo, la relatividad es tan aleatoria y tan ondulante. Unas veces se está arriba y otras abajo. Unas veces se trabaja y otras veces se descansa, a fin de poder recuperar nuevos bríos para el siguiente trabajo o si se prefiere, para el siguiente relativo juego de la dualizada vida. Unas veces se es él, y otras se es ella. Y así hasta siempre, porque todas las cosas están en todo, y todo está en todas las cosas. Sólo es cuestión de superar la aparente dualidad de las cosas, para de esa forma, poder seguir ascendiendo en el gran juego. ¿Entendido? Pero las chispitas estamos para eso, para, cuan latino y ladino seductor, superar los caminos y accesos aparentemente complicados. Porque si no fuera así, ¿qué nos quedaría, además de la risa?
AMAIERA Últimos de Mayo de 1998
BIBLIOGRAFIA
– Textos Vedantas. – Problemas de la Prehistoria y Etnología Vascas. Michelena. Eta abar, eta abar, eta abar, eta......
VOCABULARIO Abazarrak o Atazarrak. Padres ancestrales. Adartza. Cornamenta. Adarra, cuerno o rama. Andia o handia. El Grande. Araba. De aran-be. Bajo los Valles. Bajo el Designio. Alaba o Álava. Argala. El delgado. Aritz zarra. Viejo roble. Arrozpide. Camino extranjero. Astarloa. De asto-arri-lohia. Burro-piedra-fango. Burros entre piedras y fango. Bai. Sí. Basajaun. Señor del bosque. Batzarre. Asamblea vecinal. Bigerriak. De bigun-erriak. Pueblos blandos. Bigerri según Roma. Ederki. Muy bien, perfecto, vale, de acuerdo; pero en fino. Ega. De egarri. Sed. Río al sur de Nabarra. Elurateak. De elur o edur-ateak. Nieve-puertas. Puertas de la nieve. Elurates. Elusates según Roma. Emakume. Mujer. Ercilla. Donde muere el pueblo. Orilla, donde acaba la tierra. Eskerrik asko. Muchas gracias. Etxeber. De etxe-be-eder. Casa-bajo-hermosa. Bajo la casa hermosa. Euskadi. Nación vasca. Comunidad autónoma vasca. Ez. No. Gabon. De gaba-ona. Buena noche. Hamarreko. Decena. Sin embargo, en el mus significa cinco piedras o tantos. Idiazabal. De idia-zabal. Buey-ancho. Gran buey. Jabe. Dueño. Amo. Kabi. Nido. Labastida. Extensión de hornos. Localidad del Bearn, así como de la Rioja alavesa. Mamia. Cuajada de leche de cabra o de oveja. Miharan. De mihare-aran. Valle del muérdago. Mijaran. Valle de Aran. Zona del nacimiento de los ríos Garona y Noguera Ribagorçana. Mitarra. Mineral de roca. Nafarroa. De nafar-ahoa. Boca de la llanura. Navarra. Oiartzun. Hondonada en la selva. Rekalde o Errekalde. De erreka-alde. Al lado del riachuelo. Sagardotegi. Sidrería. Talde. Grupo. Tar. Sufijo final que indica procedencia u origen. Tolesa. Dobladura. Tolosa. Toulouse de France. Txakolin. Vino verde del país. Ur. Agua. Xorgina eta xurginoa. Bruja y brujo. Zahar ona. Buen viejo, viejo bueno.
ÍNDICE Capítulo 1. El pacto
¿QUEDA ALGÚN PUENTE EN EUSKAL HERRIA? Enero del 2000 Introducción al “Puente Vascón”. El enconado y desagradable debate que está produciéndose entre nacionalistas españoles o constitucionalistas y nacionalistas vascos o soberanistas, sobre lo que para unos no es más que la continuación reiterada del llamado “problema vasco”, y para otros la lucha por la “independencia de Euskal Herria”, está llegando a niveles dificilmente comprensibles para la mayoría de la ciudadanía vasca. Y la mejor prueba de ello es la crispación y la confusión de argumentos que se observa en el continuo intercambio de acusaciones y contra acusaciones. Por todo lo antedicho, el autor cree precisa e imprescindible la declaración de dos sencillos principios que espero contribuyan a que por lo menos se me acuse lo menos posible de favorecer tanto a los unos como a los otros. El primer principio es que yo no soy nigún terrorista. Y si para que no haya dudas al respecto, hace falta decir que ETA es una organización fascistoide que se dedica a asesinar y extorsionar a ciudadanos, pues se dice. Y si para que no se me confunda con ningún terrorista, hace falta decir que deseo el éxito de la acción policial en su labor antiterrorista, siempre y cuando no haya torturas de por medio, pues también se dice. Lo cortés no quita lo valiente. El segundo principio es que algunos de mis planteamientos coinciden con algún planteamiento político de ETA. Pero por ello no voy a renunciar a ellos. Sería como si porque los terroristas utilizan zapatos, pues todos los demócratas tengamos que ir todos los días en alpargatas. O si porque los terroristas comen bacalao, pues ningún buen ciudadano debe volver a probar semejante maravilla. Y ya en plan más serio, sería como si porque ETA se dice socialista, pues el PSOE tuviese que renunciar a cualquier atisbo de planteamiento de izquierdas. Parece fácil de entender. Por lo tanto, espero y deseo que a nadie de los unos se le ocurra insinuar que soy un terrorista o un nazi vasco, y que a nadie de los otros se le ocurra acusarme de anti vasco o de fascista español. Una vez establecidos estos dos sencillísimos principios, y una vez presentada la composición ideológica sentimental de las dos orillas enfrentadas, sólo queda construir el Puente que logre su unión. Y este puente sólo puede construirse con las antiquísimas piedras de la tolerancia, la síntesis y la sabiduría equidistante; las cuales permitirán comprender que la esencia del conflicto vasco es que hay unos ciudadanos que quieren que los vascos y vascas sean españoles, y que otros ciudadanos, más bien por reacción, quieren no ser españoles. Y es así de simple; y por consiguiente ambas posturas son perfectamente lícitas y legítimas. Pero las dos, siempre y cuando sean defendidas por métodos exclusivamente democráticos y pacíficos. Una vez asimilado este “complicadísimo” concepto, sólo quedaría saber cuál de las dos es la predominante en la ciudadanía vasca. Y colorín colorado, y si en ambas orillas se quiere de verdad la solución, esta larguísima historia puede acabar así de fácil. Y así de democráticamente. Que así sea. Las Leyes fueron antes que los Reyes.
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